Las cosas sin nombre

17 Noviembre 2009

Presentación. Viernes, 20 de noviembre de 2009. Ayer jueves, en la Casa del Libro de Valencia Javier Jover y yo presentamos Tratado de las cosas sin nombre (Calima, 2009), de Juan Planas Bennásar. El autor estaba con nosotros, en la mesa, y nuestras palabras sólo tenían un propósito: glosar sus versos. O animar a la lectura. Hay que perderle el miedo a la poesía. El público asistente ya no puede seguir teniendo prevenciones. Hay que abandonarse a la sugestión del verso definitivo.

En cierto sentido vivimos una época prosaica, vulgar: un tiempo de sintaxis pedestre. Nos acostumbramos al sentido previsto de las cosas, a los nombres ya arruinados. Nos llevan de la mano, nos conducen. Todo tiene su designación y todo se repite, con esa sensación de gastado, sobado, que tienen las palabras previsibles o los gestos mil veces realizados. La poesía se concibe contra lo presunto, contra lo supuesto. En el mejor de los casos, es la expresión inaudita, una sorpresa semántica, un adjetivo paradójico, un nombre nuevo para las cosas viejas o una designación imprevista para hechos inesperados.

La poesía, decía Aristóteles en la Poética, es más profunda y filosófica que la historia porque, mientras la historia dice lo que es, la poesía dice lo que puede ser, lo eventual, lo conjetural, lo que puede aventurarse. Se ha repetido muchas veces ese dictamen. No sé si la historia, la disciplina de la historia, es tan llana o prosaica como decía el filósofo. Quiero pensar que no: que no depende del objeto. Depende del tratamiento, de la audacia de la representación, del respeto a la verdad. Creo que lo pasado también puede somerterse a un escrutinio insólito, imaginativo y documentado a un tiempo. Pero la poesía, la buena poesía de hoy, conserva quizá los rasgos que le atribuyó Aristóteles: conmover o provocar un pensamiento, inquietar con el lenguaje, nombrar el desorden de las cosas. El libro de Juan Planas se titula Tratado de las cosas sin nombre. Sin duda es un rótulo paradójico, contradictorio. Una auténtica provocación.

¿Por qué? Porque un tratado es siempre un discurso expositivo integral y objetivo que  ordena conocimientos sobre una materia. Suele estar dicho en tercera persona y, además, es una exposición sistemática que aporta definiciones, datos o fechas a partir de un desarrollo didáctico subdividido generalmente en apartados. El Tratado, de Juan Planas Bennásar no es eso, claro. Incumple las convenciones de dicho género y, por tanto, lo que hace es enunciar lo real de manera desordenada. ¿Hay alguien que enuncie? Por supuesto que lo hay pero quien se expresa no es uno sino varios, voces que no identificamos, voces que no son suma o mera proyección del autor. El Tratado es un diálogo poético, en efecto, que gráficamente se aprecia en el cambio del tipo de letra: en redonda, en cursiva, con acotaciones entre corchetes. Si no estuviera tan gastada la palabra, podríamos decir que este libro es un ejemplo de polifonía, páginas de enunciaciones distintas y contradictorias, páginas que además rinden homenaje a numerosos autores a quienes aquí podemos escuchar implícita o explícitamente. Dice Juan Planas en su nota de autor que ha tenido el propósito de “abrir algunos de sus propios versos al juego multiplicador y disimulado de las voces ajenas”. ¿Plagios encubiertos? No, por supuesto. Hay citas expresas que el lector habituado detectará y hay juegos o guiños a poetas cercanos a quienes se les homenajea o con quienes bromea en un libro que tiene una dimensión entre trágica y patética.

En  estos versos desencajados y y tristes las voces lamentan una carencia, una imposibilidad: la de domar el mundo con el lenguaje; la de captar total, integralmente, lo externo, lo real, ese referente extraño que nos sucede. El auxilio de la palabra se nos queda corto y los lejanos tiempos bíblicos en que coincidían las palabras y las cosas son eso: remoto y mítico pasado irrecuperable. Sólo nos queda inventar. “Intentamos domar el lenguaje y así el mundo, / pero el mundo es enorme y las palabras / son ajenas a la verdad, salvo si la inventan”. Tomemos el origen etimológico de “inventar”: no es exactamente fantasear o crear lo que no hay, sino hallar. Invenire significa encontrar. El poeta no inventa palabras en el sentido de la pura arbitrariedad compositiva: el poeta espera encontrar la palabra exacta. Busca en el lenguaje el mundo expresado quizá con un orden que externamente no percibe.

Cuando se abrió el turno de palabras y el público pudo intervenir en la presentación del libro, Francisco Fuster dijo algo muy pertinente: que este Tratado es voluntaria o involuntariamente deudor del Tractatus logicus-philosophicus, de Ludwig Wittgenstein. Muy atinada observación. ¡Cómo no se me había ocurrido a mí! No se me había ocurrido… cuando resulta evidente que lo que constata el libro de Planas es un mundo ya hecho, heredado, un patrimonio de pertenencias: “Había flores en las calles cuando nacimos. Su perfume / parece perseguirnos. La gente bailaba en corros / y vestía ropajes fantasmales de un domingo”. Un mundo ya hecho, pero también,  y en contradicción, un mundo alumbrándose, una realidad que duramente aparece cada día y que amenaza con no acabar. Todo se solapa: “El mundo –recuerdo ese verso y otro– es abril / y cruel como un parto, pero esta cesárea / ya dura demasiado. No se detiene el tiempo”. No se detiene el tiempo y, por tanto, tampoco la identidad es algo fijo, estable. No hay un fondo inmóvil del alma, que decía el joven Törless, de Robert Musil. Hay un proceso de llegar a ser el que se es, proceso aparentemente paradójico pero que es lo el poeta se propone, lo que quizá todo individuo quiere aspirar a ser cuando se descubre irrepetible y vulgar.

Las palabras nombran y son sobre todo sonoridad. Leemos poesía, esa poesía que trata de recrear un lenguaje único de designaciones definitivas, y lo que nos llega es sonido, pura belleza verbal, pura declamación oral. “Me dejo seducir por algunas palabras. Yacijas, / azagayas, quizá helechos, esporas. Con ellas podría / construirse una necrópolis, una sentina, una colmena / o una enorme ciudad de pilares sumerigidos. / El último lugar donde abrevan los dipsómanos”. Imaginen: con las palabras que nos persuaden es posible crear un mundo de lugares moralmente diversos, de consecuencias tan distintas… El verbo hace el mundo, lo compone. Por eso quizá el poeta no concibe que haya nada fuera del signo lingüístico: él mismo incluido. Es decir, desaparece también dentro de ese caudal de palabras. De nuestros mayores recibimos lo real, de ellos nos llega aquello que nos infunde vida, pero la mano joven que empieza ha de moldear lo que aún está por decir.

De mano a mano, precisamente, nos pasamos el libro de versos.


Tratado de las cosas sin nombre. Jueves, 19 de noviembre de 2009. Dice Juan Planas que el tono inicial de su Tratado de las cosas sin nombre se lo debe a “Elegía”, de José Carlos Llop. Este poema está incluido en La avenida de la luz, que aquí abordamos tiempo atrás.

En “Elegía”, Llop expresaba el dolor y, al tiempo, la necesidad de sobrevivir. ¿De sobrevivir a qué? A la muerte del padre, hecho fatal que nos deja un mundo falto, carente, mutilado. Llop, siguiendo a Zagajewski, “intenta celebrar el mundo mutilado”. No hay más que eso. Ése es el objeto de la vida adulta, el resumen impreciso de lo pasado y de lo que está por venir. Pero si lo pensamos bien el mundo siempre está carente, siempre se presenta mutilado. Los muertos nos rodean y sus voces aún resuenan.

¿Voces ancestrales? Desde el principio, cada uno de los poetas se propone tener voz propia, no resignarse a lo ya dicho o no aceptar como inevitable el patrimonio heredado. El poeta se alza contra la historia obligatoria y contra la evidencia de las cosas. Pero al hacerlo se topa directamente con el caos. Si no te resignas, si nadas contra la corriente, todo pierde su anclaje. Del libro de Juan Planas podría decirse lo que Josep Pla dijera en El quadern gris: “este cuaderno obedece a la necesidad de tomar posición ante mi tiempo”. Tomar posición ante mi tiempo no implica aceptarlo como inevitable, pues eso significaría que “yo tendría que ser un mero producto de mi tiempo”, añade Pla. “El determinismo ambiental funciona en los escritores que se abandonan a la corriente. Yo navego contra la corrupción de la corriente. Yo no soy un producto de mi tiempo; soy un producto contra mi tiempo”.

Aprecio en Planas una actitud semejante. En efecto, en el Tratado y en sus otros libros de poemas no veo que se abandone a la corriente. Observo que lucha contra la corrupción de lo evidente. Se sabe portavoz de otros que ha leído o escuchado, de unos pasados que llegan hasta él, pasados que todo lo desordenan, como sedimentaciones caóticas. Las cosas amenazan con aplastarnos. Por eso, “intentamos domar el lenguaje y así el mundo”, dice, pero lo dice como empresa humana y personal. Como un empeño de poeta que empieza la tarea de nombrar. ¿Pero quién habla en el Tratado? Hay una voz que se expresa en redonda y otras que hacen acotaciones en cursiva, a veces entre corchetes. No son la misma enunciación y, sin duda, esa forma que interrumpe el verso es una interlocución.

El mundo no es ordenado y las voces quiebran la exposición. De ese mundo, Planas se hace cargo, como el Pla del Quadern se hacía cargo del tiempo.  Es un espacio ya hecho cuando irrumpimos, en parte desaparecido y en parte completo, repleto, una suerte de alumbramiento. “El mundo –recuerdo ese verso y otro– es abril / y cruel como un parto, pero esta cesárea ya dura demasiado. No se detiene el tiempo / y sin embargo hacemos una pausa y escribimos / sobre la alergia, el vértigo o la indiferencia”. Escribimos sobre lo que nos acucia, pero sobre todo sobre lo que somos o creemos ser.

–Lo dijo Píndaro:


Ojalá llegues a ser

el que eres.

Leo esos versos y no regreso a Píndaro. Prefiero regresar a Friedrich Nietzsche, a su Ecce homo. Cómo se llega a ser lo que se es (1888). El yo con pústulas, con yagas, con laceraciones: con limitaciones ya insuperables. Es duro aceptar lo que a uno le forma, le constituye, sabiendo además que hay algo de crecación y mucho de fatalidad, de corriente y de tiempo en lo que te llega: cosas que no podrás alterar. Para Nietzsche, el yo finalmente expresado es una identidad fuerte, alguien cuyos escritos sólo unos pocos sabrán leer pues despiden un aire igualmente fuerte: “un aire de alturas, un aire fuerte”, insiste el filósofo en su autobiografía.  Una de las voces con que se expresa Planas lo dice igualmente: “Ojalá llegues a ser / el que eres”.

Pero el que eres es un extraño, un extraño en casa, “alguien que paseaba con nosotros / y se escondía en el eco de nuestros pasos”, en lo cotidiano, en lo evidente, en la corrupción cotidiana de la corriente. Es decir, el otro te habita y a la vez tú mismo eres un muerto venidero. “Ahora yazco en su ataúd y me levanto temeroso / de reencontrar su espectro. Aquí nadie pronuncia / su nombre. Aquí nadie pronuncia nombre alguno”. Ésa es la contradicción. El poema recata ahora lo inefable, lo indecible. Por eso, “afuera de este verso, el olvido”. Por ello, “afuera de este verso, el silencio”: un verso en el que hay resonancias de muertos, de extraños, de poetas que ahora reviven. T. S. Eliot, por ejemplo.

“Intentamos domar el lenguaje y así el mundo”. Miércoles, 18 de noviembre de 2009. Leo y vuelvo a leer unos versos de Juan Planas. Pertenecen, sí,  a su Tratado de las cosas sin nombre, que presentamos el jueves 19. “Había flores en las calles cuando nacimos. Su perfume / parece perseguirnos. La gente bailaba en corros / y vestía ropajes fantasmales de un domingo / hurtado al calendario. Ya no existen mis padres y -salvo entre estas líneas y no siempre- / parezco huido de un orfanato. Huyo / de la asfixia que nace adentro y viaja por nosotros. / Su ley física paraliza la voz en los cristales. El dibujo / no alcanza a decir lo que decimos, pero representa / cuán incapaces somos y cuánto silencio albergamos”.

Sin duda, estos versos expresan una orfandad y una impotencia existencial, la condición humana más básica: la de sentirse arrojado al mundo, la de sobrevivir malamente en un estado de asfixia. Hubo un tiempo en que todas las cosas y las personas parecían estar en su sitio. Incluso, formaban parte del escenario y adornaban su estado físico. “Había flores en las calles cuando nacimos. Su perfume / parece perseguirnos. La gente bailaba en corros”.

Era un mundo fijo o que se pensaba fijo, estable, un lugar en el que el niño no encontraba hostilidad. Poco a poco –hemos de suponer–, ese niño avanza y lejos de madurar, aceptando la frustración, aquello que encuentra es la irrealidad de todo lo que ha vivido y vive. No es que haya crecido en el error. Es que ha constatado un mundo evanescente. La vacuidad de todo, el vacío informe. Justamente por eso dibuja, que es la manera de dar forma, de contener, de perfilar figuras borrosas, aquello que carece de estabilidad y fijeza. Cuarteo el verso, aunque prefiero decirlo con sus palabras literales: “El dibujo / no alcanza a decir lo que decimos, pero representa / cuán incapaces somos y cuánto silencio albergamos”. Esa es una tarea propiamente humana y ése es el saldo: “cuán incapaces somos y cuánto silencio albergamos”.

Pero el dibujo es algo más: es el equivalente de la palabra, igualmente insuficiente. Las palabras designan las cosas y con dicha operación creemos contener el mundo. Conforme crecemos, descubrimos con estupor que la realidad vieja está mal designada y que lo nuevo carece de nombre o que el nombre que se le dio está arruinado. Esa impresión de falta, de confusión, es hoy aún mayor. No sabemos exactamente cuáles son las dimensiones y la ontología de lo real. ¿Cómo designarlo, pues?

“Fuera de la composición no existe el mundo”, leo en un verso de Planas. Lo vuelvo a leer. Lo acepto y lo rechazo. Lo acepto porque al leerlo asiente el hermeneuta moderado que llevo dentro. Pero lo rechazo inmediatamente. Lo rechaza el positivista  también moderado con el que también acarreo. Vivo en perpetua contradicción ante quienes niegan lo externo y la materialidad.  Por un lado creo que llevan razón –¿y cómo saber que llevan razón?– y por otro me niego a desechar lo material, lo externo, lo ontológicamente real.

Si fuera de la composición no existe el mundo, entonces es que no hay nada ahí fuera, no hay hecho externo que pueda darse al margen de su interpretación. Es una constatación vertiginosa, es decir, que produce vértigo. El poeta nos dice: no hay nada, no busques nada fuera de este lenguaje impotente que designa una realidad sin anclajes. O con mayor precisión poética: “Intentamos domar el lenguaje y así el mundo, / pero el mundo es enorme y las palabras / son ajenas a la verdad, salvo si la inventan”. ¿Inventamos la verdad?

Hoy, miércoles 18, a las 16 horas, he de acudir a una mesa redonda en la que hemos de hablar de cosas que ya tienen nombre, la Web 2.0; hemos de hablar de un mundo virtual cuya ontología externa no es constatable aunque sí los efectos que produce. “Intentamos domar el lenguaje y así el mundo”.

Archivos. Martes, 17 de noviembre de 2009. ¿Qué es esto que escribo? Un post. Es decir, una entrada de diario. En mi adolescencia nunca llevé un dietario. Tal vez porque la pudibundez me lo impedía. ¿Cómo podía detallar lo que me pasaba sin sentir a la vez reparo, rubor, vergüenza? Era muy arriesgado escribir lo que me ocurría o  lo que se me ocurría.

Arriesgado en el sentido de que los sentimientos no tenían nombre: arriesgado en el sentido de que las cosas aún estaban por designar. Para mí, el mundo era muy reciente y el vocabulario era escaso. Luego crecemos y creemos dominar el lenguaje y la expresión, las palabras de las cosas. En realidad, es un espejismo. Conforme uno envejece o conforme el mundo cambia desbocadamente,  lo nuevo irrumpe, como irrumpen nuevos nombres.

En 2004, con un cierto retraso –ya ven–, descubrí la palabra blog. Yo la había visto escrita antes, pero la verdad es que no me había preocupado de la cosa que designaba. En realidad empecé a interesarme por ello sólo por indicación de Arcadi Espada, que me invitó a participar en su primer blog, abierto justamente en enero de 2004. Ya lo he contado alguna vez. Durante meses, a lo largo de ese año, frecuenté la bitácora de este periodista, una página que se convirtió en una especie de navío. Allí, yo mismo depositaba mis comentarios (como tantos otros) sobre lo que el anfitrión anotaba cada día o sobre la controversia directa o indirecta que entre los galeotes se suscitaba.

Fue muy amable conmigo, hasta el punto de tolerar mis reproches. Repetidamente le fui manifestando mi decepción por el tono jactancioso, faltón, insultante que tan frecuente era allí: en principio, no tanto por lo que él escribía, sino por lo que sus lectores apuntaban. Pude mantenerme a flote durante meses, a pesar de que, como los personajes de Joseph Conrad, estuve soñando con la deserción. Finalmente, en diciembre de 2004 me despedí, después de haber contribuido con mis observaciones a lo que allí se decía o no se decía.

Poco tiempo después abrí Los archivos de Justo Serna. Salvo seis meses de inactividad, Los archivos se vienen actualizando desde 2005. Aprendí lo que era un blog sobre la marcha, conforme yo mismo escribía. Y leía. Leer produce efectos. Fermenta, decía André Gide y he repetido algunas veces. Para evitar que se me evapore lo escribo o para evitar que lo asimilado me ocupe sitio. Llevo casi cinco años escribiendo un blog, una manera de volcar lo que aprendo o creo saber. Pero el blog no es un repertorio de conocimientos ordenados. Es, por el contrario, una exposición imprevista de saberes parciales. Lo que leo me remite a lo que vivo, y lo que vivo me conduce a lo que leo. Al final, una cosa lleva a la otra: la actualidad me provoca y eso me hace exhumar lo que acabo de leer o aquel otro libro que había olvidado. Para mí, escribir en un blog es tantear la actualidad, lo contemporáneo, lo inmediatamente presente.

Algo parecido había intentado años atrás. Hacia 1994 inicié la escritura sistemática de unos cuadernos, unos manuscritos en los que anotaba mis lecturas, lo que me sugerían los libros que disfrutaba o me irritaban. Eran unas libretitas de la marca Conquerant en las que archivaba la impresión que esta o aquella obra me causaba. Cuando empecé Los archivos de JS no tuve dudas acerca del título. Esa palabra, archivos, me parecía sonora, muy precisa: muy próxima a lo que yo hacía al anotar mis impresiones. Además, el archivo era un lugar que yo conocía bien: el depósito que visita el historiador, un espacio en el que hallar los restos de una vida pasada.

Permítanme esta evidencia: un blog –ya lo saben– es un dietario, una suerte de cuaderno en el que registrar lo que nos ocurre o lo que se nos ocurre. En mi caso y en mi circunstancia más inmediata: la inquietud venidera –una mesa redonda prevista para el miércoles y la presentación de un libro para el jueves– o el balance de lo hecho o de lo leído. Básicamente, yo no vivo. Vamos: que no soy un hombre de acción. Leo, y leo porque me faltan datos, porque quiero tener conocimientos, porque aspiro al saber. Qué fatuo suena esto, ¿no es cierto? Pues no: esas metas así expuestas sólo muestran humildad, la modestia de querer aprender y dejarlo registrado. Pero, en ese caso, ¿por qué exponerlo y para qué exhibirlo? Por un lado, lo escribo porque temo perderlo. Por otro, lo publico porque eso que anoto lo comparto. Me gusta repartir mi pequeña erudición. Tal vez, ésas son maneras de profesor, algo parecido al desprendimiento.

“Sólo el desprendimiento puede explicar sus alardes de erudito”, decía de sí mismo Guillermo Cabrera Infante. O, mejor, lo decía de su alter ego: G. Caín. “Si él fue pedante”, seguía Cabrera Infante, “fue porque siempre quiso ser desprendido y odiaba atesorar conocimientos tanto como el pródigo odia al avaro. Su gusto por lo hermético, su dificultad y en último término su barroquismo fueron no los defectos de una inteligencia petulante, sino los excesos de un espíritu de fineza: él quiso considerar a sus lectores como sus iguales”. Sus escritos incitaban a desarrollar una especie de “democracia intelectual”, añadía Cabrera  Infante. “Todo lo que hace lo hace para divertirse”, le reprochaban. Cierto, cierto, respondía G. Caín, pero “sé que hago bien porque en mis páginas encontrarán de todo, menos esa forma sutil del desprecio por el otro: la condescencia”.

Algo de esto es lo que aquí intentamos.

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Hemeroteca: Últimas Noticias de Antonio Muñoz Molina

portada2_0958_mercurio1109_ME.inddRevista Mercurio, número de noviembre de 2009 dedicado a Antonio Muñoz Molina con motivo de la publicación de La noche de los tiempos. Con entrevista al autor y con artículos de Pere Gimferrer, Ángel Loureiro, Justo Serna, Olga López-Valero Colbert y William Sherzer. Información de Europa Press (aquí)

Primer capítulo de La noche de los tiempos (aquí)

La vida ordinaria

14 Noviembre 2009

Laapuestabiografica¿Quién vive y quién cuenta? Meses atrás, leí con aprovechamiento dos obras ciertamente recomendables. La primera es La apuesta biográfica, de François Dosse (PUV, 2007). La segunda obra es el dossier correspondiente al número 1 (2005) de Cultura escrita & sociedad, dedicado a la autobiografía y a los documentos personales. A esta revista, dirigida por Antonio Castillo, ya hice alusión tiempo atrás. La reflexión a que nos fuerzan Dosse y las páginas de dicha publicación es de primera necesidad. Y digo bien con esa expresión que puede parecer exagerada:  en ello nos va la vida, la vida que se plasma en la autobiografía  y en la biografía. Las páginas de una y otra obra están escritas por historiadores y, por tanto, no dejan estos géneros para sus oficiantes o para los teóricos de la literatura. Son, pues, empeños atendibles y muy documentados que ahora no voy a reproducir, claro.

La autobiografía y la biografía son géneros de escritura en los que se plasma una vida ordinaria o excepcional, sí, pero son sobre todo trabajos, esfuerzos, de azarosos resultados. De entrada no sabemos si lo que se expone o se narra a partir de recuerdos, testimonios o documentos tendrá sentido, coherencia; no sabemos si será suficiente, si lo escrito se atendrá a los hechos verdaderamente ocurridos. Perdonen lo obvio: toda escritura es una selección, un recorte, una presentación, un fragmento. Vivir es emprender numerosas acciones de las que después no queda registro: desde acciones propiamente físicas hasta pensamientos no expresados. ¿Qué autobiografía o qué biografía podrían retener todo ese material perdido o no documentable?

Por eso, pese a lo que pueda parecer, escribir sobre uno mismo o sobre otros es una empresa difícil. No nos conocemos bien. No conozco bien a aquel que fui, en parte porque he olvidado lo que hice y lo que sentía, lo que experimentaba y el significado que entonces le daba a lo que hacía; en parte porque no siempre sé bien el paso que doy y las consecuencias que tendrá; en parte porque no conozco enteramente mis motivaciones o mis justificaciones; y en parte porque no quiero examinarme cada vez que actúo: no hago continuas reflexiones o cogitaciones para evaluar todos los datos internos o externos con los que opero. Muchos actos los realizamos dejándonos llevar sin interrogarnos sobre su sentido. Muchos años después, si hiciéramos memoria para escribir una autobiografía, probablemente buscaríamos significado a aquello que emprendimos. Que lo encontráramos no quiere decir que fuera el sentido que le dábamos entonces. Ciertamente, es muy difícil escribir de uno mismo en términos autobiográficos si lo que nos anima es decir la verdad y decirlo todo. Esa meta está llena de obstáculos.

Si todo eso nos ocurre con lo que hemos vivido, si todas esas dificultades y obstáculos son los que debemos salvar para recordar lo propio, siempre insuficiente, ¿cómo podemos adentrarnos en la intimidad de un individuo a cuya existencia accedemos sólo a partir de esos vestigios, de esos restos exiguos y dudosos? Cuando acometemos dicha empresa, hacemos biografía, una tarea rara, extraña. Ya lo dijo Jorge Luis Borges, la biografía es un género paradójico. Se ha repetido muchas veces pero vale la pena reiterarlo. Decía Borges en Evaristo Carriego “que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutada con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía”. Un documento no es el hecho, sino su huella, lo que queda cuando el acto se ha cumplido o frustrado u olvidado. Pues bien, de eso se valen siempre los biógrafos: de un material incierto, precario, al que atribuir significado en su contexto. La empresa se consuma adecuadamente cuando esos documentos son abundantes y permiten ahondar en la esfera pública, privada e íntima del biografiado, pero sobre todo se realiza bien cuando las interpretaciones, cuando los actos de sentido a que se ve obligado el biógrafo, no pecan de anacronismo o de suficiencia o de generalización.

¿Por qué leemos las vidas de otros? ¿Por qué el género autobiográfico o el biográfico tienen hoy dicho éxito? En una época de incertidumbre, lo que otros hacen nos sirve de ilustración y ejemplo: de lo bueno y de lo malo. Estos géneros siempre han tenido un sentido moral para el lector, casi una lección que aplicar a la propia vida. Las autobiografías y  las biografías nos obligan a examinarnos: nos fuerzan a averiguar de qué manera recordamos y con qué hilos trazamos la identidad fija a la que nos agarramos. Nos obligan a compararnos. La urgencia de vivir y de saber cómo vivir nos lleva a leer y a escudriñar cómo vivieron los otros, si fue la suya una existencia desastrosa, rica, plena o irrelevante. Una existencia ordinaria o excepcional. Somos cotillas pero somos también discípulos de alguien que nos precedió: individuos que seguiremos a un predecesor o que desmentiremos lo que él hizo. De ahí la fuerza de estos géneros, de la autobiografía y la biografía. Quienes cuentan o les cuentan la vida  podemos tomarlos como sujetos carnales y visibles a los que les suceden cosas, individuos que se resignan o se adaptan, que se enfrentan animosamente a sus propios límites y a sus contextos o que pretextan la obediencia debida.

Podríamos poner numerosos ejemplos, pero en principio me voy a ceñir a uno que me resulta especialmente desagradable.

Yocomandante¿El monstruo? Desde que leí Yo, comandante de Auschwitz no dejo de pensar en este volumen, en esta autobiografía. No quería hablar de él, pero sus páginas están volviendo obsesivas… Las leí antes de reparar en dos reseñas recientes: una de Jacinto Antón, en El País, y otra de Eduardo González Calleja en ABCD Las Letras. ¿Qué dicen ambos periodistas? Lo veremos. ¿Quién es el autor de esas memorias? Rudolf Höss (1900-1947), comandante de Auschwitz desde 1940 hasta 1943. Creo que en ese caso límite se cumplen las observaciones que antes hacía sobre los géneros del yo. No quería hablar de este libro, justamente por la repugnancia que puede llegar a provocar. Pero su rara y banal sinceridad y su percepción de las cosas me obligan.

No me motiva morbosidad alguna. Tampoco deseo contrastar todos los datos históricos. No es ésa mi intención. Ni esto es una reseña ni un examen documentado. Prefiero detenerme en la autobiografía como género y, por tanto, de qué manera se maneja Rudolf Höss. Por lo que dice y por cómo lo dice, podemos aprender muchas cosas acerca de… nosotros mismos, acerca de la naturaleza humana.

“En las páginas siguientes quisiera hacer un balance de mi vida interior”, dice Höss al principio de su obra. “Evocando, de la manera más verídica”, añade, “todos los acontecimientos esenciales de mi existencia y los efectos psicológicos, unas veces positivos y otras negativos, que han influido sobre mí”. Es sobrecogedor este primer párrafo. ¿Por qué razón? Porque Höss, el comandante de Auschwitz, adopta la retórica precisa de la tradición autobiográfica, la de las Confesiones, la que empieza con San Agustín y llega a Jean-Jacques Rousseau. La obra del filósofo ginebrino comienza con una fórmula que es consumación de esa tradición, el acuerdo con el lector, un presunto pacto de verdad. Si San Agustín comenzó confesándose ante Dios, Rousseau hará algo parecido. Las consecuencias son muy distintas

LasconfesionesRousseauConfesiones.“Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores”, dice Rousseau. “Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo. Sólo yo. Conozco mis sentimientos y conozco a los hombres. No soy como ninguno de cuantos he visto, y me atrevo a creer que no soy como ninguno de cuantos existen. Si no soy mejor, a lo menos soy distinto de ellos. Si la Naturaleza ha obrado bien o mal rompiendo el molde en que me ha vaciado, sólo podrá juzgarse después de haberme leído. Que la trompeta del Juicio Final suene cuando quiera; yo, con este libro, me presentaré ante el Juez Supremo y le diré resueltamente: “He aquí lo que hice, lo que pensé y lo que fui. Con igual franqueza dije lo bueno y lo malo. Nada malo me callé ni me atribuí nada bueno; si me ha sucedido emplear algún adorno insignificante, lo hice sólo para llenar un vacío de mi memoria. Pude haber supuesto cierto lo que pudo haberlo sido, mas nunca lo que sabía que era falso. Me he mostrado como fui, despreciable y vil, o bueno, generoso y sublime cuando lo he sido”.

Rousseau podría haber dicho algo semejante a esto otro: voy a emprender un balance de mi vida interior, evocando, de la manera más verídica, todos los acontecimientos esenciales de mi existencia. Como se sabe, el filósofo ginebrino fantaseó abundantemente, recreando fantasiosamente su vida para hacerla modélica y aleccionadora: para hacer de su ejemplo un caso moral. Una parte de lo dicho la inventó literalmente y a otra parte le dio un sentido imaginario, el sentido que los hechos no tenían cuando sucedieron. Pero ese párrafo inicial, que es un incipit muy célebre, fija la convención. Todo memorialista parece obligado a comenzar así. Que empiece así no significa que todo memorialista mienta tanto como fantaseó Rousseau. Significa que el sujeto adopta un código expresivo, una regla. Y adopta también un interlocutor: en unos casos, como en el filósofo ginebrino, es Dios, un Dios  al que alude vagamente como remoto destinatario.

También Robinson Crusoe, el Robinson de Daniel Defoe, cuando está perdido en la isla, tiene un interlocutor a quien interpela, exige, reclama: alguien con quien conversa para hacer balance de lo bueno y de lo malo. ¿Lo recordamos? Él se ha convertido en un industrioso fabricante, un tipo que modifica todo su entorno para hacerlo  habitable. Se siente orgullo: tiene cualidades que ignoraba poseer. Pero él es un burgués, un inglés nacido libre, el hijo de una familia acomodada que ha recibido una buena educación y, sobre todo, el temor de Dios. Cuando Robinson tiene recaídas en la pura nostalgia, la nostalgia de lo que ha perdido realmente, se sobrepone enseguida anotando en una especie de dietario el haber de sus acciones, lo positivo de su vida  aparentemente desdichada. Si no está trabajando, escribir para él es, efectivamente, hacer balance, un medio de sopesar, de registrar y de frenar la desesperación. Y Dios es ese destinatario que supervisa a todo creyente, un ojo que todo lo ve pero sobre todo una conciencia a la que dirigirse. Si se hace memoria ante Dios, ¿cómo se va a mentir? Entre las convenciones del género Confesiones, la interlocución con la Providencia suele ser esencial y frecuente. ¿Y en otros casos, cuando Dios queda relegado?  un papel ¿Y en otros?

En el caso del comandante de Auschwitz, el descreimiento o el enfriamiento religioso será un factor decisivo en su formación o malformación. Por eso, en las Confesiones que escribe no es exactamente Dios quien espera el relato. Son la humanidad a la que se dirige y sus captores. El individuo sólo haciendo un examen… muy autoindulgente: el del empleado público que cumplió fielmente sus obligaciones. Apresado por los británicos, entregado a los polacos, Höss ha escrito con ganas y con soltura porque sabe que todo está perdido y porque sabe que su tarea fue funcional y funcionarial. Nada más. O nada menos. La escritura es lo único que le queda. Redacta algo así como la memoria de su gestión, una labor de la que no tiene por qué arrepentirse globalmente. Se siente bien incluso, leemos. Tiene unos destinatarios que sabrán comprender su ejecutoria como empleado.  “Jamás habría accedido a revelar mis pensamientos más íntimos, más secretos, exhibiendo desde mi yo, de no haber sido tratado aquí con tanta comprensión, tanta humanidad”. ¿Qué pensar ante esa declaración? “Ahora mi vida llega a su fin. A lo largo de estas páginas he expuesto todo lo que me ha ocurrido de esencial, todo lo que ha influido en mí y me ha impresionado. Me he expresado conforme a la realidad y la verdad; he contado lo que vi con mis propios ojos, dejando de lado los detalles que me parecían secundarios. También hay muchas cosas que he olvidado o que no recuerdo muy bien”. ¿Una impostura?

hoessUna vida circunstancial. Todo su relato es una suma de episodios corrientes o aparentemente corrientes. Desde su infancia anodina en Baden-Baden, con un padre distante, frío, exigente,  hasta su llegada a Auschwitz en 1940, con  expectativas de funcionario: Auschwitz como la consumación de una existencia ordinaria,  una vida de bronca y disciplina, de guerra y de camaradería recia, viril, en los Freikorps, una vida familiar con granja y jardín. Habrá dudas religiosas, pronto aliviadas con la hermandad del matonismo. Pagará por ello: en concreto por la ejecución de un traidor. Ese crimen le lleva a la cárcel condenado a una pena de diez años de trabajos forzados por ser el “instigador y principal participante en una condena a muerte”. Estamos en los años veinte y la República de Weimar se ve sacudida por la violencia del escuadrismo. Höss es uno de sus más activos responsables.

La vida carcelaria será, claro, su otro lugar de formación y malformación. “La vida en la celda presentaba rasgos comunes con el confesionario”, admite con una analogía que no es disparatada. “En aquellos tiempos me asombraba escuchar a los presos revelar con tanto descaro sus secretos más íntimos”, añade. Nuevamente, las confesiones como relato de vida, prosa y orden. El confesionario es la celda con un interlocutor ante el que te presentas, un tercero que te examina. Nada escapa a su visión. De ahí que se obstine en hacer las cosas bien, sin impurezas o desarreglos, con el orgullo o la neurosis de quien sólo se vigila a sí mismo. “Siempre he insistido en resolver por mí mismo los problemas que más me angustiaban”, dice en una página. Solo, con esa autosuficiencia rencorosa y reprimida del veterano que sobrevivió a la Gran Guerra, a la temprana orfandad, a la prisión. Laborioso, con ese activismo neurótico del que cree posible gestionarlo todo. Riguroso, con esa obediencia del que sabe cumplir su “deber de manera puntillosa”, dice. Con “la aprobación general”, añade. Así, con esos ideales domésticos, este probo ciudadano regentará después distintos campos: en concreto, un campo de exterminio ideal, aquel al que hubiese querido dar el orden definitivo y eficaz. El orden, precisamente, y su expresión más pequeña, recóndita y bella: como un jardín bien cuidado, como una granja familiar, en una vida ordinaria y previsible.

Toda su existencia se organiza en torno a ese ideal de orden doméstico. Las cosas en su sitio, con cada pieza funcionando. “Habituado desde niño a la obediencia absoluta, a la limpieza y el orden meticulosos, no tenía inconveniente en someterme a las duras exigencias de la disciplina carcelaria”, dice cuando describe el cumplimiento de su condena en los años veinte. “Me empeñaba en respetar rigurosamente los reglamentos, mantenía mi celda pulcra y ordenada y ni siquiera los más maliciosos tenían motivos para criticarme”, concluye. Ése será su modelo de vida, el esquema que aplicará en Dachau, en Sachsenhausen y, después, en Auschwitz: ya afiliado al NSDAP y ya oficial de las SS.

Y en esa gestión del orden, todo fueron tropiezos. La desatención de los superiores, dispuestos a poner en marcha la Solución Final sin los medios pertinentes. La pillería de los subordinados, dispuestos siempre a evitar el trabajo, el rigor o la responsabilidad. ¿Que eran duras o crueles las órdenes recibidas? “¡Cuántas veces tuve que esforzarme por aquel entonces para parecer duro e implacable!”, dice. La obediencia debida era lo que permitía no interrogarse. Escribir las memorias es preguntarse sobre su actuación; vivir es ejecutar, disponer, realizar. Höss responde con inocencia  obscena o con cinismo sincero. Parafraseémoslo: hice lo que debía y no pude hacer más, como era mi propósito, porque ni superiores ni subordinados me ayudaron lo suficiente. Porque él quería ser probo y eficaz, neutralizando para ello cualquier prurito moral. Mis funcionarios no tenían el temple adecuado y el burocratismo impedía la buena marcha del establecimiento. “Yo no podía estar en todo”, se lamenta. Por eso, “debido al ambiente de desconfianza general que reinaba en Auschwitz, yo mismo me acabé transformando en otro hombre”, un tipo deshumanizado, desilusionado, “un ser insociable”, pues “no hacía más que pensar en mi trabajo”, ese que no podía delegar con tranquilidad. Por ello, “relegaba a un segundo plano todo sentimiento humano” y no era infrecuente que buscara “refugio en el alcohol” o en el trabajo incesante. “No podía reflexionar: tenía que ejecutar la consigna. Mi horizonte no era lo bastante amplio para permitirme elaborar un juicio personal sobre la necesidad de exterminar a todos los judíos”.

AuschwiztEntrada¿Colofón? En un artículo de Cultura escrita & sociedad, revista que antes citaba, Richard L. Kagan habla de las “autobiografías involuntarias o inducidas que se producen como consecuencia de alguna forma de coerción o coacción”. Generalmente, “los autores de este tipo de autobiografías son individuos que, por alguna razón, han entrado en conflicto con la ley y, como consecuencia, se han visto atrapados en un proceso judicial instruido para obtener de ellos un relato detallado y «veraz» de sus vidas”. Kagan pone el ejemplo de la Inquisición española, “que requirió de forma regular que los individuos sujetos a juicio elaborasen un «discurso» sobre sus vidas”. ¿Son creíbles?

Desde luego, no puede compararse la circunstancia de Höss con la de las víctimas inquisitoriales, pero cabría preguntarse si su autobiografía es involuntaria o inducida y si de ese hecho deriva la verdad o no del documento. Digo esto y me corrijo. ¿Importa esta cuestión? En realidad, Höss escribe con placer, con orgullo, con detalle y con pormenor. No oculta su aportación al exterminio. No se molesta en designar la naturaleza de sus crímenes, ni siquiera los califica en esos términos. Höss habla de error (el exterminio judío), cosa que resulta repugnante. Pero eso no hace inválido dicho testimonio. Lo que nos muestra es su percepción.

“En resumen”, dice Primo Levi en la introducción (1985) que acompaña el texto, “el libro es una autobiografía esencialmente verídica, y es la autobiografía de un hombre que no era un monstruo”. Tampoco era un “diablo”, calificación sensacionalista que empleaba Jacinto Antón en su artículo de El País. “Intento decir”, añade Levi, “que se le puede creer cuando afirma que nunca ha disfrutado al infligir dolor y al matar: no ha sido un sádico, no tiene nada de satánico”. Es decir, que era un tipo normal de vida ordinaria que suspendió el juicio moral, que no opuso la moralidad a la presión violenta, destructiva, de su ambiente ideológico. “Fue uno de los máximos criminales que jamás hayan existido, pero en esencia no era distinto de cualquier otro burgués de cualquier otro país”.

Un tipo corriente, un tipo corriente…

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Hemeroteca: Últimas Noticias de Antonio Muñoz Molina

portada2_0958_mercurio1109_ME.inddRevista Mercurio, número de noviembre de 2009 dedicado a Antonio Muñoz Molina con motivo de la publicación de La noche de los tiempos. Con entrevista al autor y con artículos de Pere Gimferrer, Ángel Loureiro, Justo Serna, Olga López-Valero Colbert y William Sherzer.

Información de Europa Press (aquí)Lanochedelostiempos

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Primer capítulo de La noche de los tiempos (aquí)

Condorcet7 “Est-il utile de tromper le peuple?. Acaba de aparecer un librito que puede pasar inadvertido. Es ciertamente pequeño, de tapas grises: un prontuario y poco más. Lo vi en la librería Gaia, de Valencia, que con mano firme llevan Lola y Alejandro. El establecimiento ha mejorado. Sus responsables  han cambiado la disposición del espacio; han hecho más visibles y accesibles los expositores, así como el contenido de los anaqueles. Lo han hecho para aprovechar los metros, que no son pocos, y para ofrecer un mejor servicio.  Uno llega a la librería y tiene la impresión de que todo se le ofrece, de que no hay nada interesante que no se le muestre, de que difícilmente se nos va a escapar una novedad relevante por pequeña que sea.

El librito que vi en Gaia y que pronto he leído está publicado por Ediciones sequitur, un pequeño sello que ya reúne un fondo interesantísimo. ¿Su título? ¿Es conveniente engañar al pueblo? ¿Su autor? Marie-Jean-Antoine-Nicolas de Caritat, marqués de Condorcet. Sí: Condorcet. Este opúsculo ha sido bellamente traducido por Javier de Lucas e impecablemente introducido y contextualizado por Miguel Catalán. Da gusto, la verdad, poder leer cosas así: así de bien editadas y así de bien pensadas. La prosa nos remite al Setecientos y con un ensueño de la imaginación uno podría pensarse sentado a la mesa de Condorcet hacia 1778.

Es en esa fecha, sí, cuando Federico II de Prusia convoca un certamen, un concurso en el que debían presentarse disertaciones filosóficas sobre la utilidad política del engaño. El título original de la obra de Condorcet es, precisamente, esa pregunta Est-il utile de tromper le peuple? “Condorcet escribió su disertación para este concurso, si bien no llegó finalmente a presentarla”, aclara Miguel Catalán. Dada la celebridad del filósofo y dada la pertinencia de sus argumentos, esa obrita no quedará inédita. Aún hoy es objeto de interés y de reedición. La podemos leer ahora no sólo por un afán histórico-documental, sino por razones de estricta actualidad.

mentiraLos consejeros  y el engaño. Los gobernantes pueden tener interés en mantener a los ciudadanos en el error, precisamente para conducirles con mayor facilidad. Y los gobernados pueden desear la ignorancia o la superstición para así despreocuparse, para así irresponsabilizarse. Estas actitudes, señala Condorcet, son una ruina, son indeseables. Pese a lo que dijera Maquiavelo, el Gobierno de un país no puede funcionar recta y justamente con la “noble mentira”. Y la población no puede tener una existencia plena, digna de ser vivida, si se deja intoxicar por el estupefaciente del engaño voluntario. Los individuos serían como esclavos.

Maquiavelo, nos recuerda Catalán, parte del supuesto de que los súbditos obran mal siempre que pueden. Lo cual, podríamos admitir, es cierto. Es cierto que obran mal si de su acción no se derivan consecuencias, si su delito se consuma con impunidad. Por eso, Maquiavelo recomienda lo siguiente: “Es necesario que quien dispone una república y ordena sus leyes presuponga que todos los hombres son malos y que pondrán en práctica sus ideas perversas siempre que se les presente la ocasión de hacerlo libremente”.

Por supuesto, numerosos Ilustrados se opondrán a la expansión del cinismo gubernamental. Por ello lucharán modestamente contra las impunidades, procurandajustar mejor el funcionamiento de la ley. Que la ley se extienda, que la legalidad sea la base de las actuaciones de los gobernantes y de los gobernados. Pero para que eso suceda es preciso instruir, formar. Condorcet, como no podía ser de otra manera, confiaba en la educación, y educar no es engañar. Lo perjudicial es la falta de instrucción, fuente de todos los errores, de todas las supersticiones, de todos los fanatismos. ¿Cómo puede ser útil mantener al pueblo en la ignorancia?, se pregunta. “Nunca es la verdad en cuanto tal lo que es perjudicial, y aun la verdad unida a los errores hace menos mal y mayor bien que lo que hayan podido hacer por sí solos los errores. Por tanto, la verdad es de por sí útil, aunque no se la conozca sino a medias, y sería perjudicial sustituirla por el error”, precisa Condorcet. Y es ésta una indicación válida para los gobernantes rectos, ilustrados, benevolentes, como ese Federico II que tanto hizo por las artes y por el pensamiento. Pero es válida también para los gobernados, pues “sería igualmente útil para la clase oprimida conocer la verdad ya que si no estuviese engañada no buscaría otra cosa que los medios más seguros para evitar la opresión”, dice Condorcet.

Si esto es así, ¿a quién interesa mantener los engaños, la “noble mentira” de los gobiernos? “Para que la opresión pueda ser útil para el opresor, es necesario que el oprimido sea presa de la superstición o esté privado de razón: esa es la razón por la que la sumisión imbécil de algunos pueblos era muy cómoda para sus sacerdotes, y por lo que la sumisión de las bestias de carga proporciona tanta utilidad a los hombres”. Por favor, relean la cita anterior: parece estar escrita para nosotros. “Los errores que se le mete al pueblo en la cabeza lo vuelven estúpido; ahora bien, de la estupidez a la seducción y a la ferocidad no hay más que un paso”, admite. Y “el entusiasta ignorante no es un hombre, sino la más terrible de las bestias feroces”.

Condorcet quiere erradicar las bestias feroces de la sociedad de los humanos, pero quiere también impedir que los opresores sigan valiéndose del engaño para burlar sus responsabilidades, para gobernar con humo, con promesas inverificables. “¿Se puede aprender la verdad de labios de los cortesanos o ministros, de los informes de los espías, de los escritos de los panegiristas o de los gacetilleros a los que se soborna para engañar, de las cartas que tenga interés en mostrar quien se ha dedicado a tan infame violación…?” Un consejero gubernamental que engaña es un mal, como lo es también confiar a ciertos hombres un empleo público, un ministerio, si su objetivo es “hacerse ricos o tener fama y halagos”.

Ah, Condorcet, qué actualidad la suya…

Hemeroteca del día

Justo Serna, “Don Rafael Blasco”, El País, 11 de noviembre de 2009 (aquí)

Última imágenes. Aparte del Rafael Blasco solidario, Abc nos presenta al portavoz popular en su mejores poses: como Superman o como severo preceptor (esta última tomada de Efe):

BlascoSupermanMartes 10 de noviembre: “El PPCV se marca el objetivo de captar 95.000 votos de origen inmigrante”.

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BlascoLunaMiércoles 11 de noviembre: “La Generalitat lanzó el mensaje de la fusión ante el interés de Caja Madrid por Bancaja”.


El muro y sus metáforas

9 Noviembre 2009

MurodeBerlin1“Demagogias, las justas”. En una entrevista de Vera Gutiérrez Calvo para El País (5 de noviembre de 2009), Francisco Frutos se despedía de la secretaría general del Partido Comunista de España. En la entradilla de la noticia, la periodista escribía: “en una de las paredes de su despacho luce un cartel con la imagen del Ejército soviético entrando en Berlín. « ¿Ha pensado alguna vez en colocar al lado la foto de la caída del muro?». Francisco Frutos (Calella, Barcelona, 1939) corta en seco: «Nunca. Demagogias, las justas»…”, leemos.

“Su legendaria aspereza se irá suavizando hasta desaparecer a lo largo de una hora de entrevista con este hijo de campesinos, sindicalista, comunista, que recién cumplidos los 70 años abandonará, el próximo domingo [8 de noviembre], la secretaría general del PCE”, apostilla Vera Gutiérrez Calvo. A lo largo de la interviú, la periodista le formula preguntas sobre el PCE, sobre Izquierda Unida, sobre su condición de secretario general. Hacia el final de la entrevista, vuelve a plantearle las cuestiones referidas al vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín. La respuesta es contundente, inconmovible.

«P. Se cumplen 20 años de la caída del muro de Berlín…

R. Yo no soy partidario de construir ningún muro.

P. ¿Y de celebrar su caída?

R. No, no… yo no celebro esas cosas. Insisto: demagogias, las justas. ¿Y el muro de Palestina?»

televisorLas murallas. Históricamente, las murallas son para nosotros, los humanos, edificaciones ambivalentes. Por un lado, nos salvan, nos guardan; por otro, nos cercan, nos encierran. De una parte, el muro es protección; de otra, es custodia. Se erigen murallas cuando los bienes están amenazados, cuando lo interior debe ser preservado, separado; se levantan cinturones de seguridad, cuando lo externo es lo que se cierne, lo que amenaza. En la Europa del Este, el conflicto político y militar con Occidente fue esencial durante años, cosa que obligó a una carrera armamentista costosísima.

Pero el arma decisiva acabó siendo la televisión. Lo que los comunistas actuales  no parecen haber comprendido, lo que Frutos parece ignorar aún, es que el Muro cae básicamente gracias a la televisión, a la publicidad que captan los receptores del Este, al mundo de ensueño que las pantallas reproducen. La persuasión es un frente de batalla que pierde el Pacto de Varsovia en el terreno de la imagen.

Justamente cuando se ablandan los controles; justamente cuando la seductora publicidad de Bonn llega a Berlin Este, justamente cuando los ciudadanos de la RDA pueden comparar su vida con la fantasiosa vida del Oeste, la ciudadela comienza a desmoronarse. Es una ciudadela hecha de corrupciones sin bienestar y de ventajismo burocrático. El descuido administrativo hace que se burle la muralla que divide no sólo a Berlín, sino a Alemania.  Muchos ciudadanos de la RDA  parten hacia el Oeste a través de las grietas fronterizas. El estilete fue la televisión: la televisión y sus ficciones.

hozymartillo¿Qué es ser comunista hoy? Vera Gutiérrez Calvo mantiene una entrevista con Willi Meyer y con Esther López Barceló. Es para El País y su título es “¿Qué es ser comunista en 2009?

Pregunta. ¿Qué es ser comunista hoy?

Esther López Barceló. En lo fundamental sigue siendo lo mismo que era. Los valores son los mismos: el reparto equitativo de la riqueza, la socialización de los bienes de producción… Luchamos contra el capitalismo, a fin de cuentas, lo mismo que en el siglo XIX. Lo que cambia es la coyuntura y nuestras formas de articular la respuesta. El problema sigue siendo el capitalismo, la desigualdad.

Willy Meyer. Hoy, 7 de noviembre [día en que se realizó esta entrevista], celebramos la toma del Palacio de Invierno por los bolcheviques, la expresión más clara de la llegada al poder del ideario comunista. La idea central de esa toma del poder en la URSS tiene absoluta actualidad. En el siglo XIX se trata de seguir defendiendo la igualdad. Mi generación nunca pensó que el siglo XXI fuera a ser tan terrible para la humanidad, ha habido un retroceso en las ideas que nosotros representamos…

Leer más aquí.

nosferatuChupar el trabajo vivo. “El capital es trabajo muerto que sólo se reanima, a la manera de un vampiro, al chupar trabajo vivo, y que vive más cuanto más trabajo vivo chupa”. Estas palabras, de Karl Marx, son célebres. Pertenecen al libro I de El capital. En ellas compara el capitalista con el vampiro, con el no-muerto. Drácula pena durante siglos y se nutre de la sangre de los vivos. Visto así, Drácula pertenece al pasado. Es una excrecencia que sobrevive alimentándose de otros, del flujo ajeno, del esfuerzo colectivo. El dueño de los medios de producción succiona el trabajo vivo del asalariado: eso dice Marx. El obrero entrega su fuerza –la fuerza de trabajo– a cambio de una percepción económica que siempre es inferior al tiempo dedicado a producir la mercancía. Recibe un salario, una suma  a la que se la restado una parte, la plusvalía.

Esta imagen es pura poesía, un empeño por designar las cosas que aún no tienen nombre. Marx empezó a calificar lo nuevo en 1848 (y sobre ello ya me ocupé en otra ocasión). No es preciso que estemos de acuerdo con él. Simplemente es descripción de un mundo de industrias, de fábricas, de chimeneas humeantes que irrumpen transformando el paisaje. ¿Descripción? En realidad, Marx no describe, sino que designa lo que hay a partir de categorías que tipifican lo que ve. Es literatura. Literatura poderosa, muy influyente. Comparar al capitalista con el vampiro es una imagen fuertemente poética y ahí radica, en parte, la capacidad de seducción que Marx aún provoca.

Martes, 10 de noviembre, 18 horas: he de asistir a un grupo de lectura que hemos creado en la Facultad de Historia de Valencia. Objeto de análisis: Drácula.

“El vampiro que hay entre nosotros tiene la fuerza de veinte hombres y es más astuto que cualquier mortal, porque su sagacidad ha ido aumentando con los siglos; además domina la necromancia, que es la adivinación a través de los muertos, y los muertos por él invocados obedecen a su mandato; es una bestia, o peor que una bestia; es insensible como un demonio y carece de corazón; dentro de ciertos límites, puede aparecerse cuando quiere y donde quiere adoptando ciertas formas a su antojo; y dentro de ciertos límites, también, puede mandar sobre elementos como la tempestad, la niebla o el trueno; ejerce poder sobre todos los seres inferiores: las ratas, los búhos, los murciélagos, las mariposas nocturnas, los zorros, los lobos, y es capaz de aumentar su volumen, de disminuirlo y hasta de desvanecerse. Así que, ¿cómo entablaremos la lucha para destruirle? ¿Cómo descubriremos dónde está, y una vez descubierto, cómo le destruiremos? Amigos míos, es mucho lo que tenemos por delante; vamos a emprender una misión terrible cuyas consecuencias pueden hacer estremecer al más valiente. Si fracasamos en esta lucha, será él quien gane; ¿y qué será de nosotros?”, leo en Drácula, en este caso en la versión de Francisco Torres Oliver.

Hagamos una prueba. Sustituyamos al vampiro por el capitalista: el párrafo parecerá una parafrásis materialista. Nos saldrá la lucha contra el capitalismo rapaz del Ochocientos, en versión de Karl Marx. El jueguecito es atractivo, pero no se puede llevar hasta el final. El nosferatu de la tradición que codifica Stoker en Drácula (1897) es un noble feudal, alguien que se arrastra durante siglos. Ahora vive en la Europa convulsa del capitalismo concurrencial. Es, pues, un tipo ajeno y enajenado, un desplazado cuyo tiempo ya pasó. En cambio, el vampiro de Marx, ese al que alude en el libro primero de El capital (1867),  es el capitalista que chupa el trabajo vivo. Qué imágenes tan vívidas, sí…

Lo sublime y lo siniestro

6 Noviembre 2009

CasparDavidFriedrichUno. “Lo divino está en todas partes, incluso en un grano de arena”, decía Caspar David Friedrich (1774-1840). Si cada resto de lo que hay, hasta lo infinitesimal, tiene alma o al menos está insuflado por Dios, eso quiere decir que no hay nada secundario o irrelevante. El producto chiquito o la casualidad material tienen su lugar y se ofrecen al espectador. Por parte de Friedrich no se trata de proclamar, sin más, el panteísmo, sino de despertar lo inerte o lo pequeño. Observen el retrato del pintor, esa mirada aguda, penetrante, quizá extraviada.

“El auténtico arte se concibe en un momento sagrado y es alimentado en una hora santa; a menudo es creado por un impulso interior, sin que el artista sea consciente”, añade. El lenguaje religioso no expresa necesariamente una conducta irreprochablemente piadosa: es el instrumento de que se sirve el pintor para describirse. Si la Providencia es lo inefable, lo que no puede ser expresado propiamente, entonces lo humano pertenece también a ese prodigio de la creación. Pero creación no es sólo el acto bíblico original, sino la lucha cotidiana del artista por sacar de sí aquello de lo que es portador. Es, insiste Friedrich, “un impulso interior”  a menudo inconsciente. Por eso, admitido que lo exterior sólo es es fuente de sugestión, “la única fuente verdadera del arte son los sentimientos puros, claros, que albergan nuestros corazones”. Dicho así –”sentimientos puros, claros, que albergan nuestros corazones” parece una declaración de bondad: la de que el ser humano ha de sacar aquello que mejor lo afirma.

Roquedoconarboles20demayode1799El ser humano es un observador, Friedrich es un observador, y por ello se enfrenta bondadosamente a lo que ve, sí. No quiere dibujar o pintar arrebatado por el mal o por el demonio, sino por la ligereza o por la humanidad que lo constituye, que lo alberga. Pero aquello a lo que se enfrenta es un entorno convulso, indómito, de grandes dimensiones: naturaleza muerta que cobra una presencia amenazadora o la vida animal y la flora de un lugar cuyo movimiento nos atrae: un roquedo con árboles, por ejemplo. “Cada manifestación de la Naturaleza, regristrada con precisión, dignidad y sentimiento, puede llegar a ser tema del arte”, precisa. No hay temas mayores. Hay, sobre todo, una mirada que se sorprende, que registra, que reproduce o que recrea con  limitadas capacidades, admitiendo la pequeñez humana, pero también el empeño del observador.  “Debo rendirme a lo que me rodea, unirme con las nubes y con la piedras, para ser lo que soy. Necesito la soledad para entrar en comunión con la naturaleza”.

Visité la Exposición que la Fundación Juan March dedica a “Caspar Friedrich: arte de dibujar”. Es una muestra a la que tenía muchas ganas de acudir. Está abierta en la sede madrileña de la institución entre el 16 de octubre de 2009 y el 10 de enero de 2010. Antes de pronunciar mi conferencia el pasado pude recorrer la muestra. Iba acompañado de Ana Serrano. No pude tener mejor compañía, tan minuciosa, observadora fiel de los detalles… Escuchábamos la música de los murmullos, el ruido humano, las instrucciones expertas. En la muestra se recogen una setentena de obras realizadas sobre papel con técnicas diversas (acuarelas, gouaches, dibujos a lápiz…).

Arbolseco26demayo1806Esta exposición nos enseña la función del dibujo, lo que representa dibujar en el proceso creador del artista: cómo se acerca a su consumación partiendo de los esbozos, de las filigranas que le inspiran la naturaleza muerta, el roquedo, la ruina, el árbol seco, el túmulo. Como esbozos o filigranas que luego serán detalles de una obra mayor, partes que más tarde se incorporarán. El resultado es un entero cuyas partes han sido logradas antes. Como tantos otros pintores de su tiempo, Friedrich miraba la naturaleza con el vago propósito de imitarla, de copiar hasta su más mínima particularidad. Pero no la mímesis fiel no era su meta. El arte malogrado es imitación esclava, decía. “La tarea del pintor de paisajes no es la fiel representación del aire, el agua, las piedras y los árboles, sino que es su alma y su sentimiento lo que ha de reflejarse”. Es decir, son, en el fondo, las sugestiones que provocan en el alma y en el sentimiento del pintor. Lo eterno, lo muerto, lo siniestro, lo sublime. De todas las representaciones que Friedrich plasmó me interesan especialmente lo sublime y lo siniestro, esos temores y temblores del alma romántica que aún hoy nos conmueven.

Friedrich2Dos. ¿Y qué principio ha de seguir ese observador que es Friedrich? ¿Cómo guiarse técnica y prágmáticamente a la hora de pintar? Las teorías son muchas y la ejecución sólo es una. En cada cuadro o en cada dibujo, hay un problema técnico que resolver, pero sobre todo hay una expresión creadora que afirmar. ¿Qué hacer, pues? O, en los términos de Friedrich: “¿qué hay que hacer y hay que dejar de hacer ante tanto parecer y tantas doctrinas?”. La respuesta es orgullosa y rotunda: “¡Sigue la voz interior y acepta lo que te dice, y deja para los otros lo que a ellos les parezca justo, o no atiendas a nada de todo eso, pues no todo es para todos!”

El programa propuesto es la expresión de esa libertad interna a la que aspira el artista consumado, que no es una libertad incondicionada, sino un autoexamen, un análisis de lo que forma o constituye al pintor, en este caso. ¿Inventa? Cuando lo hace, “¿no significa esto, en otras palabras, que se ejercita en separar remiendos y recorser?”, se pregunta Friedrich. Separar remiendos y recoser: verdaderamente es tarea de creación, pero –si nos fijamos– tiene un sentido puramente artesanal, la laboriosa faena de obrar con lo viejo ahora rehecho. Friedrich no niega tal posibilidad, pero aspira a más. Ante la obra, la prefiere  “no inventada, sino sentida”. Porque invención tiene en el pintor una acepción artificiosa. ¿Cuál es la solución? ¿Copiar?

Él desea apoderarse de lo que ya es para poder expresar lo que aún no existe, algo que es equidistante de la invención y de la mera reproducción. “El pintor no debe pintar meramente lo que ve ante sí, sino también lo que ve en sí. Y si en sí mismo no viera nada, que deje entonces de pintar lo que ve ante sí”, señala. ¿Por qué razón? Pues porque, “si no, sus cuadros parecerán biombos tras los que uno sólo espera ver enfermos o, quizá, cadáveres”. Naturaleza muerta, en el peor sentido de la expresión. Realidad inerte. Friedrich, por el contrario, observa. Solo, extraño, quizá algo enajenado, se sube a un promontorio o a una colina. ¿Y qué divisa?  “¡Reproduce las cosas en el cuadro tal y como ellas actúan sobre ti!”, recomienda. Atisbando con dificultad, distinguiendo malamente lo que está al frente.

Aprehende algo grandioso, algo informe, propiamente indefinido, inconmensurable, nebuloso o confuso. Esa impresión le hace suspender el ánimo y de ello deriva un sentimiento de angustia e incluso de dolor o de temor. Adquiere conciencia de la insignificancia, la insignificancia de quien observa. Pero inmediatamente después se rehace ese espectador, se erige orgulloso, captando lo informe, lo inconmensurable por medio de sus sentidos, de sus recursos, de su finitud. A ese proceso de captación, impresión y reelaboración se le llamó el sentimiento de lo sublime y Caspar David Friedrich supo plasmarlo en sus cuadros. Lo pequeño, lo escueto, el detalle dibujado y luego trasladado al lienzo…, todo ello es parte de la misma exploración. ¿Un tópico del romanticismo? Algo más: una constante humana que sólo unos pocos saben expresar.

Caradeprecipicio1799Tres. Pero apreciando los dibujos de Friedrich, sus obras aún inacabadas, sus iluminaciones, descubrimos ya las raíces de lo siniestro. Intuimos que algo puede pasar, que podemos precipitarnos justamente en el dibujo. Friedrich mira las cosas de cerca, incluso de muy cerca, aquello que sólo con lupa podría distinguirse.

Ana Serrano y yo nos sorprendemos de esas miniaturas, de su perfil. Hay que encajarse bien las lentes para percibir lo que él pudo advertir y supo dibujar. Y en los precipicios, en las ruinas, en los rostros, en las figuras humanas, en los árboles, en los roquedales, hay siempre un aura inquietante, quizá un abismo literal: antes o después de la figura o del paisaje hay una vida orgánica que ignoramos, algo que puede descomponerse o que ya está descompuesto. Todo puede precipitarse, en efecto. Bastan unos pocos trazos sabiamente ejecutados sobre el papel para que sintamos la inminencia de la finitud, de la muerte o de lo perecedero.

Lo siniestro, decía F. W. J. Schelling, es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado;  es aquello que, habiendo desaparecido,  regresa alterando el orden actual y previsible de las cosas. Es una referencia mil veces repetida en la que finalmente se inspiró Sigmund Freud. Sombra y nieve, roca y soledad, tras la imponente loma que aquí vemos es posible distinguir algo inconmensurable que nos perturba. La imagen nos resulta familiar pero Friedrich sabe “romantizar” lo común o lo ordinario.

“La vista de una montaña cuyas nevadas cimas se alzan sobre las nubes, la descripción de una tempestad furiosa, o la pintura del infierno por Milton producen agrado, pero unido a terror”, había dicho Immanuel Kant en Lo bello y lo sublime (1795). “Altas encinas y sombrías soledades en el bosque sagrado son sublimes“, había añadido. “La noche es sublime“, insistía. O también “una soledad profunda”: todo aquello que expresa la contingencia humana en medio de una naturaleza desatada, “el escenario en que la imaginación ha visto terribles sombras, duendes y fantasmas”. No hace falta que haya terror explícito. No es necesario que aparezca un espectro.  Basta con lo grande, con lo sencillo. Por ejemplo, una gran altura, añade Kant. Nos produce estremecimiento, un particular pánico y un agrado impreciso. A ese sentimiento, que conmueve más que encanta, lo llamó lo sublime terrorífico, justamente aquello en lo que Friedrich será maestro.


Fonoteca: Ciclo “Las máscaras de un género”. Fundación Juan March:

Conferencia de Justo Serna, jueves 22 de octubre de 2009 (aquí)

Todas las conferencias del ciclo (aquí)

BartlebyycompañiaUno. La mucha faena y los numerosos encargos me impiden cumplir con algunas obligaciones primarias. Quedo mal, llego tarde y mis disculpas son menos creíbles. ¿Qué hago, qué completo? ¿Lo que da más lustre? No necesariamente. Al final suelo hacer lo que mayor satisfacción me procura, o lo que mayor irritación me provoca, aun cuando eso que escribo o eso de lo que hablo no sea lo más beneficioso materialmente o lo más rentable intelectualmente.

Este noviembre no es el mes más cruel, el de T. S. Eliot, aquel momento que “hace brotar / lilas del interior de la tierra muerta, mezcla / la memoria y el deseo, estremece / las raíces marchitas con lluvia de primavera”. No estamos aún en un invierno recogido y suspendido. Vivo arrastrado, en plena actividad, y con un entusiasmo quizá enfermizo. Yo no espero la llegada de abril para hacer brotar las lilas, para mezclar  memoria y deseo, para estremecer las raíces marchitas. Supongo que es eso, el entusiasmo, lo que me hace brotar, mezclar, estremecerme. Tanto se suma que temo un ataque inminente: el estrés bajo la forma de una ciática. Hay indicios. Las lumbares siguen su fastidiosa labor de cada día, recordándome la fragilidad y el aviso…

Escribo, leo, doy clases, atiendo en tutorías, imparto conferencias. Es un ritmo poco saludable. De vez en cuando dejo de escribir ciertas reseñas encargadas; o amigos que me quieren me relevan de esos compromisos; o simplemente me prohibo extenderme sobre algunas obras. Prefiero leer. Prefiero abandonarme al placer no venal de la lectura, al disfrute largo, demorado de páginas y páginas que leer, libros que me satisfacen y que son felicidades chiquitas. En ese momento me veo como un personaje secundario de Batherby y compañía (2000), de Enrique Vila Matas, aquella novela que, inspirada en Herman Melville, rendía homenaje a los escritores sin obra o sin voluntad, sin líneas o sin consumación. Autores renuentes. Escribientes cansados.

Leo lentamente a Antonio Muñoz Molina, leo a Juan Planas, leo a Isabel Barceló. Si de escribir se trata ahora sobre ellos, francamente preferiría no hacerlo. ¿Por qué razón? Prefiero, sí, el disfrute puro de sus páginas exactas o acertadas, de la imagen y de las cosas, de la evocación histórica y familiar. Esto me lo procuran los libros de dichos autores, cada uno a su manera. Como otros, que esperan una lectura venidera: El exilio de los marinos republicanos (2009), de Victoria Fernández Díaz. Un exilio de individuos, pero también un desarraigo moral, generacional. Qué horror me espera… Preferiría leerlos y no decir nada, pero diré cosas sobre ellos en otros momentos.

Ahora dejo fuera, dejo sin hacer, reseñas posibles de libros completados. Por ejemplo, no escribiré sobre Caín (2009), de José Saramago. O, por ejemplo, no escribiré sobre Yo, comandante de Auschwitz (2009), de Rudolf Höss. No me extenderé. ¿Por qué razón?

CainSaramagoDos. ¿Tiene algún sentido regresar a la Biblia para reescribirla? En principio, podemos pensar que es absurdo. Son tan bellas las páginas de las Escrituras, en particular las del Antiguo Testamento, que parece una operación inútil. ¿Para qué retocar aquello que los siglos han consagrado? Para muchos, además, esas Escrituras son propiamente sagradas: son palabra de Dios. Aceptemos o no su condición santa, ¿no será una insensatez enmendar lo que permanece, esa prosa que enuncia la escatología humana?

Sin duda es una temeridad rectificar, corregir, completar o proponer un curso alternativo a lo que ya ha sido o permanece en la memoria oral y religiosa de tantos creyentes. Pero es que las mejores historias de la Biblia nos hablan de eso precisamente: de la presunta soberbia, de la supuesta arrogancia de los humanos…, que quieren parecerse a la Providencia o quieren alcanzar su cenit. Si lo pensamos bien, llevamos siglos haciendo eso: rehaciendo las viejas historias que en sus libros se cuentan. ¿Por qué razón? Porque la Biblia reúne nuestros mitos de origen, de vida, de muerte, de triunfo, de epifanía. En un mito, decía Claude Lévi-Strauss, no  importa la exactitud de las palabras que lo enuncian, sino el sentido último que encierra. El mito puede reescribirse una y otra vez.

Aceptando ese supuesto, José Saramago reelabora la historia de Caín en clave irónica y eso le sirve para reprochar a Dios su acción y su inacción.  Caín mata a Abel y el Ser Supremo lo condena: “Andarás errante y perdido por el mundo”. La historia que nosotros leemos ahora, la escrita por Saramago, está narrada en primera persona por alguien actual de quien nunca sabremos nada. Quiere obrar como un historiador o un cronista, escribe en minúsculas todos los nombres propios y alude constantemente a la vida de hoy por contraste con los tiempos bíblicos. Comete anacronismos deliberados, se burla de los grandes héroes del pasado y su propósito es relatar la verdadera historia de Caín, un tipo que no era tan odioso como las Escrituras indican, un individuo que efectivamente andará errante por el mundo transitando de presente en presente.

Vive tiempos distintos, como si viajara en una máquina del tiempo, como si cambiara de circunstancia gracias al teletransporte. Es por eso por lo que conoce personalmente a Abraham, aquel a quien el Señor ordena sacrificar a su propio hijo; es por eso por lo que conoce la edificación de Babel, la torre con la que los hombres quería alcanzar el cielo, cometiendo un pecado de soberbia que Dios castigará con la confusión de lenguas; es por eso, en fin, por lo que conoce a Lilith. ¿Y? Pues que el lector tiene la sensación de estar ante una fábula artificiosa, innecesariamente alargada. Por ejemplo, ya sabíamos de Noé, algo borrachín, por otros libros: por la Biblia y por el primer capítulo  de Una historia del mundo en diez capítulos y medio, de Julian Barnes. Puestos a hacer guasa, prefiero ese relato del autor inglés a la novela del escritor portugués. El lector, en fin, tiene la sensación de que Alfaguara quiere sacarnos los cuartos sin que la historia merezca gran atención (cosa que ya me pasó con la primera obra suya que leí y de la que hice una reseña). Por supuesto, está bien escrita y bien traducida, pero la sensación creciente es la de producto innecesario, prescindible. Como no escribo reseñas breves, no completaré estas palabras. Faltan fuelle y mala leche. A Saramago y a mí.

UJITres. Acudo presto a conferenciar. Hoy, miércoles 4 de noviembre de 2009 a las 10 horas, he de hablar larga, extensamente, sobre Historia y cultura. La novela. Esta actividad está dentro del Máster en Historia del mundo hispánico que la Universitat Jaume I (Castellón de la Plana) organiza en su propio campus, en concreto en la Facultat de  Ciències Humanes i  Socials. Hoy me toca hablar, aunque siguiendo lo que me inspira en este post, preferiría no hacerlo. Prefiriría seguir leyendo, ejerciendo de lector impenitente y caótico, para así poner en contraste y en contradicción los que uno aprende, siempre aprende, con cada página con la que disfruta o se irrita.

En mi disertación haré un pequeño homenaje a Claude Lévi-Strauss, a su noción de cultura, a su idea de artificialidad humana, espacio de relaciones en el que nacen los productos culturales. El etnólogo se ocupó de los salvajes, de los pueblos primitivos que llegan incólumes o parcialmente incólumes a la sociedad de hoy. A ese pequeño prodigo, a esas excecpiones, Lévi-Strauss destinó sus horas y su vida.

Lo universal es natural, decía el antropólogo; lo local es cultural. La cultura es un código normativo; es prescripción, prohibición; es una forma particular de hacer, una resolución de problemas concretos; pero es también contexto en el  que se ponen en práctica destrezas locales y recursos universales. La novela –a la que Lévi-Strauss no le prestó gran dedicación– es uno de esos productos culturales de que nos servimos los modernos. De eso voy a hablar…, pero preferiría no hacerlo: preferiría leer.

ErnstJungerCuatro. Regreso de Castellón de la Plana contento, leyendo. El tren casi siempre es una dicha. Leer cómodamente instalado es una manera de darme satisfacción tras casi tres horas de conferencia e interlocución. Creo haber provocado a alguien. Ahora me toca a mí. Regreso, digo.  ¿Leyendo qué cosa? Un traqueteo de antiguo ferrocarril me mece y me hace dormir. Cuando despierto vuelvo a la página y a mis subrayados salvajes, anotaciones en rojo, con rotulador, para dejar inservible el volumen.

Tengo en mis manos la reedición de El autor y la escritura, de Ernst Jünger. Ayer lo compré en Gaia y hoy a primera hora, cuando me preparaba la cartera con mis papeles y mis libros, me he decidido. Le haré un hueco en el portafolios –me he dicho–. Así, cuando vuelva en el tren, me dedicaré a leer las reflexiones de Jünger, anotaciones largas o aforismos que el escritor alemán fue registrando a lo largo de los años.

En estas páginas están sus ocurrencias y sus consecuencias, lo que el oficio le sugería y los efectos que tenía en su persona y en su obra: efectos auténticamente embriagantes o lúcidos, según.  He leído libros grandes y menores de Jünger, pero no soy un experto en su obra… Me perdí la lectura de este volumen cuando se tradujo (en 2004). ¿Para qué retrasar más el placer y la discrepancia? En Jünger hay exageraciones, juicios expeditivos cuyo origen no es estricta ni exclusivamente nietzscheano.

En el autor hay conciencia de auctoritas y de creación. No es únicamente un escritor: siempre quiso ser autor. “Autoría. ¿Cómo hay que entender el concepto? De una manera absolutamente general, como exteriorización de la fuerza creadora. Autor somos todos y cada uno, pero la mayoría no sabe de su felicidad”, indica Jünger. La felicidad de ahormarse, de crearse, de sacurdirse fardos. El autor no mira a su público, dice Jünger, pues “detrás de cada poema logrado”, detrás de cada prosa consumada, “hay siempre algo más que la sociedad y la época: la soledad atemporal”. Los peores escritores son, precisamente, los que se atienen al contexto, aquellos que no emplean más que recursos obvios: los de su circunstancia. Y acaba: “tomado en sentido literario, el concepto [de autor] debe incluir al poeta y no puede legítimamente excluir al escritor”. No hay paradoja en este juicio, pues Jünger distinguía entre autor y escritor. A esta condición, ínfima o común, pueden aspirar muchos: todo aquel que es epígono, que es heredero. Ser llamado autor es el merecimiento de unos pocos.

Venía leyendo estas cosas y, de repente, me he tropeazado con una anotación que parecía hecha para mí, para hoy. “Ajetreos nuevos. Dar conferencias. Están asociadas con viajes y esfuerzos y consumen el tiempo productivo. Van seguidas de una charla, la mayor parte de las veces infructuosa”. ¿Infructuosa? ¿Es así? No sé qué responder. En todo caso, dar conferencias no es declamar. Es crear de otro modo, dejándose llevar por el hilo rojo de las palabras. “El autor puede, pero no debe, ser un entretenedor. Declamar está bien dentro del círculo de los amigos o de la familia”. Aunque hubiera querido, yo no habría podido hacerlo: un público latinoamericano de formación diversa y de concepciones distintas no es el círculo de los amigos o de la familia. Eso me ha obligado a esforzarme otra vez con mayor empeño. Nuevamente, el entusiasmo. En fin…

Regreso a la Biblia

30 Octubre 2009

SantoJob1. Santo Job. Al leer los titulares de la prensa digital, la pasada noche del jueves 29 de octubre, no daba crédito. Distintos líderes del Partido Popular parecían haberse puesto de acuerdo para diagnosticar la crisis de su organización empleando metáforas atávicas, imágenes bíblicas. Estamos en tiempo de recogimiento, de reflexión, de recuerdo de los muertos y de las ánimas, pensé.

En el titular de elpais.com leo un titular que ya ha desaparecido. Es todo un poema:  “Rajoy pierde la paciencia y anuncia que el martes tomará medidas”. Oh, vaya. No sé que  es más sorprendente si la guasa del periódico rotulando así o la verdad que literalmente proclama: Mariano Rajoy ha perdido la paciencia, cierto; por eso, coge carrerilla y convoca al Comité Ejecutivo de su partido para cinco días después. ¿Por qué razón? Porque “Santo Job sólo habido uno en la historia”. Añado algo más: “Probablemente a veces hay que ser audaz, a veces prudente, a veces no siquiera se sabe si se acierta o no, porque no hay matemáticas en todo esto. Pero yo os digo que la paciencia -que es una de las más importantes virtudes que debe tener un político-… Santo Job sólo ha habido uno en la historia”.

Hombre, qué coincidencia: la próxima reseña que he de entregar, sobre Caín (2009), de José Saramago, me ha obligado a refrescar mis lecturas bíblicas, algo descuidadas en los últimos años. En uno de los momentos de la novela, el escritor portugués reproduce el pasaje de Job. O, mejor, lo recrea cambiando el sentido positivo que tradicionalmente se ha dado al hecho de aguantar, de aguantar lo que Dios mande (mande en el sentido de quiere y mande en el sentido de remite). Pero, para Job, la paciencia debía probarse ante la Providencia: ese Dios del Antiguo Testamento, tan irascible y exigente.

Digo y esto e inmediatamente recuerdo un cuadro típico de la pintura religiosa del Ochocientos. Es una imagen célebre que hemos visto mil veces, la del Santo Job, de Léon Bonnat: una obra de 1880 que se conserva en el Museo del Louvre. Su tratamiento de los personajes bíblicos le reportó cierto escándalo. Por su verismo. Troppo vero, podría haberse dicho otra vez. Como se sabe, Job, que tenía fama de ser recto e incorruptible,  fue un varón a quien Satán sometió a todo tipo de desgracias y tentaciones. Esas sevicias fueron idea del Diablo pero fue Dios quien las autorizó para ponerle a prueba. Ello le causó enormes desdichas, a las que supo hacer frente. Fue declarado santo como ejemplo de virtud, de paciencia, y la Iglesia celebra su santoral el 8 de mayo.

Mariano Rajoy, que no es Job, no tiene paciencia para soportar las desgracias que le manda… ¿Dios? No es la Providencia la que manda directamente los males a Job. Es el Diablo bajo la autorización de Dios. En el caso de Rajoy, ¿quién es Dios y quién es el Diablo? Echen un vistazo al cuadro de Bonnat.

pastordeovejas2. El pastor y su grey. Leo un despacho de Efe. Son unas declaraciones que Manuel Pizarro ha hecho a Telemadrid, en concreto a El Círculo a primera hora. La primera parte de sus palabras alude a una tradición de las organizaciones que ahora se ha roto: los traspos sucios se lavan en casa. “La justicia tardía no es justicia. Confío en que el PP actúe con ejemplaridad porque es lo que espera el ciudadano. Hay conductas que son punibles y, si no pasa nada, esto es la ley de la jungla”, asevera. A su juicio, “las discusiones tienen que darse en los órganos internos de los partidos. No te puedes pronunciar por ahí fuera en esos términos”. Y añade: “En cualquier situación de la vida hay que cuidar las formas y ser educado, porque cuando se pierden las formas, se pierde la educación y muchas cosas más”. Hasta aquí, lo previsible.

Luego Pizarro habla del descontrol verbal de su partido y concluye en términos muy rurales o muy bíblicos: “el ganado tiene que tener un pastor por delante y un perro guardián. El líder tiene que ir delante, llevar un secretario general que ponga orden y un motor muy claro que son los principios, los valores e ideas con los que intentas imantar a la sociedad”. “Cuando no se hace esto”, añadió, “el ganado se desparrama”.

En efecto, desde antiguo sabemos que hay pastorear las ovejas. En Juan 21,16, Jesús le pide a Pedro que apaciente su ganado. “¿Me amas?”, pregunta. Pues “apacienta mis ovejas”. ¿Ganado, pastor, perro guardián? Por lo que parece, para Pizarro, esos tres elementos son los recursos imprescindibles para el funcionamiento de un partido político.   Para José María Aznar, los ingredientes también son tres: “Un líder, no varios; un partido, no varios; un proyecto, no varios”.  Desde entonces, sin duda, repite esa fórmula. Y, como en la Biblia, también esos tres mandamientos se resumen en uno, su propio ejemplo: “la conjunción de estas tres cosas a mí me dio resultado”.

TorredeBabel3. La Torre de Babel. Pero Aznar no se limita a endiosarse, no peca de arrogancia luciferina. Sabe diagnosticar: “Si los dirigentes políticos actuales no reaccionan con urgencia  [ante los últimos escándalos de corrupción], habrá un momento en que no podrán salir a la calle”. Así lo ha advertido el presidente de honor del Partido Popular para acabar con una apostilla: quien no acepte su diagnóstico es que “está totalmente fuera de la realidad”.

Justamente es lo que he pensado al leer las declaraciones de Francisco Camps avalando a Ricardo Costa tras haber sido defenestrado. Según dice, “todos en el partido tenemos por [Ricardo] Costa el mayor respeto y avalamos su excepcional gestión”. Excepcional gestión. Vale, admitido: excepcional gestión.

¿Entonces a qué se debe su caída?  ¿En qué ha pecado?  Camps no aclarado esto. “Avalamos su excepcional gestión”, ha insistido al tiempo que indicaba que la suspensión adoptada por la dirección nacional del partido  “nada tiene que ver” con los cargos que ha desempeñado como secretario general de los populares valencianos ni como portavoz del grupo parlamentario en las Cortes valencianas. Entonces deberemos admitir que la falta de Costa es un pecado de soberbia. Ha retado varias veces a la dirección nacional y su líder como un Dios tonante lo elimina. La soberbia no es sólo el mayor pecado según la Biblia, el primer pecado capital, sino también la fuente misma del mal. Es por eso por lo que de ella misma nace la mayor debilidad. Soberbio no es sólo el orgulloso, no es sólo quien se envanece, sino también quien menosprecia al otro, quien no lo reconoce. Como advirtió San Agustín,”la soberbia no es grandeza sin hinchazón, sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano”. ¿Quién es el grande y quien el hinchado en el Partido Popular?

rajoyelvira4. La imagen de Rajoy se derrumba. Leo en El País un titular que reza así: “La imagen de Rajoy se derrumba“. Sirve para encabezar la noticia de una Encuesta para dicho periódico. En concreto, la “Encuesta de Clima Social de Metroscopia”. Según leo, “revela que la imagen de Rajoy como líder político está hecha añicos cuando va a afrontar la semana en la que, según anunció el viernes, piensa aclarar las cosas en la caótica situación interna del PP. Cuando se les pregunta [a los españoles] si confían en Rajoy, el 83% de los ciudadanos dice que le inspira ‘poca o ninguna’ confianza. Un asombroso 68% de sus propios votantes dice que no confía en él”.

¿Es una encuesta cierta o falsa? No es la pregunta pertinente. Por supuesta está realizada con la mayores garantías que estos sondeos precisan. Pero los sondeos no son sólo retratos de situación, como queremos creer. Las encuestas, como las imágenes de gran difusión e impacto mediático, provocan efectos, quizá los contrarios, de los que captan. Si yo dispongo de suficiente poder de convocatoria y aviso a la ciudadanía del hundimiento de una entidad bancaria o de la carrera de un político, es probable que ocurran dos cosas: o lo hundimos, justamente porque la acción posterior de todos nosotros –los clientes o los electores– refuerza la impresión previa; o lo rescatamos, precisamente porque la respuesta del conjunto compensa o corrige la previsión.

Por eso, un titular tan rotundo (La imagen de Rajoy se derrumba“) no es sólo una descripción de lo real. Es también un enunciado realizativo que provoca consecuencias. Sus responsables saben que traerá efectos. Enunciado realizativo. Así lo llamó John Austin en su libro Cómo hacer cosas con palabras. Fue un libro que leí hace mucho tiempo, influido por Juan Goytisolo. No me pregunten por qué. Es probable que en alguno de sus ensayos lo mencionara con elogio. Cuando hablamos o cuando escribimos, cuando nos manifiestamos, simplemente nos expresamos, hay frases puramente descriptivas. Este arbol es verde. Y hay frases que realizan acciones. Un enunciado realizativo o performativo (depende de las traducciones del original performative) es algo más que una descripción: al describir cierto hecho lo ejecutamos. O, de otra manera, por la sola circunstancia de ser expresado realiza el hecho. ¿Puede evaluarse en términos de verdad o falsedad?

La aseveración de El País, que en la edición digital del domingo ya figura en cubierta, provoca un efecto, su efecto, por el solo hecho de enunciarse. ¿Cuál? ¿Recuerdan aquella imagen de Mariano Rajoy en el balcón de Génova inmediatamente después de perder las elecciones? Veíamos al político popular y a su esposa tiernamente abrazados: con la tristeza y la desolación reflejadas en el rostro de la mujer. Nos daba congoja el abatimiento que ambos experimentaban, y al menos mis sentimientos se parecían mucho a los de la caridad. Quizá me volvía el efecto de tanta lectura bíblica. ¿Cuál fue la consecuencia de aquella instantánea?

CONTRACAMPS1485. El milagro de los panes, de los peces y de los manifestantes. Hablando de instantáneas…, el sábado 31 de octubre hubo una manifestación en Valencia. Fue muy fotografiada. Aunque era una concentración convocada contra la corrupción, los asistentes se centraron básicamente en Francisco Camps. Creo que fue una decisión injusta: le dieron un enorme protagonismo al president valenciano, en estas horas terminales. Lamentablemente hay casos, numerosos casos, que salpican a este y a aquel partido y, por eso, protestar contra un Gabinete cadáverico es ensañarse con el débil. Ya podrían, ya…

Sin duda, el caso Gürtel es una particularidad local y, por eso, esta manifestación rindió homenaje a nuestros representantes más eximios. Lo entiendo, lo entiendo. Yo no acudí porque, entre otras cosas, tengo aversión a la multitud y al estrépito. No trato de justificarme ni de defender misantropía alguna. Simplemente, nadie es perfecto.

A lo que me cuentan, la concentración fue masiva y festiva: acudió un gentío de ciudadanos ruidosos y bullangueros, algunos muy conocidos de este blog. Viendo las fotografías que abajo reproduzco, creo que el Gobierno de Camps no tiene razón: no había decenas de personas; había unos poquitos más. Fue como un milagro, raro en esta tierra atea y descreída: se multiplicaron los panes, los peces y los manifestantes. Había pancartas muy ocurrentes, lemas simpáticos y mucha guasa. Uno de los carteles más celebrados fue aquel en el que podía leerse: “Si me queréis, irse”. Un bello homenaje a Lola Flores.

En la última instantánea que reproduzco vemos a un grupo de jaraneros tras la manifestación. Parecen contentos. ¿Litros del alcohol corren por su venas? Tienen aspecto de peligrosos alborotadores, extrema izquierda o algo así. O quizá sea la Última Cena que se conceden, quién sabe. Aunque no podemos verificarlo, es probable que alguno de ellos calce zapatillas: por si hay problemas al ir volao.

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La socialdemocracia

26 Octubre 2009

socialdemocraciaycapitalismoLa socialdemocracia. En el pasado, la voz socialdemocracia tenía prestigio entre sus afines, pero no tenía valor entre los socialistas más extremados, que empleaban dicha palabra como reproche que lanzar a los rivales internos. Durante mucho tiempo, entre los comunistas, calificar a alguien de socialdemócrata era poco menos que un insulto: un vendido al capitalismo. Entre los estalinistas, era equivalente a socialfascista, un monstruoso híbrido político, una aleación de lo más odiado, una figura hecha con los restos de los enemigos.

Se ha dicho muchas veces: la socialdemocracia nace en la segunda mitad del siglo XIX. Cuando aparece la voz, socialdemócrata es equivalente a socialista y es la adjetivación habitual en Alemania, en Rusia o en los países escandinavos, justamente cuando se constituyen los partidos políticos de las clases trabajadoras. Más adelante, la oposición a las bases del marxismo hará de algunos socialistas, militantes propiamente socialdemócratas. Por ello, la socialdemocracia  se identifica con el socialismo democrático, reformista, gradualista, aquel que tiene como metas la justicia social y los derechos políticos. Se oponía al conservadurismo, al liberalismo y a la revolución inspirada por el marxismo.

Pero la suerte de la socialdemocracia fue desigual. El siglo XX es, entre otras cosas, la centuria de las guerras, de la nacionalización, de los fanatismos, de las atrocidades ideológicas. La socialdemocracia no fue un alma bella que permaneciera incólume, sin tacha, sino que fue una corriente con comportamientos circunstanciales variados. De acuerdo con contextos violentísimos. Los socialdemócratas tuvieron comportamientos dignos e indignos, valerosos y entreguistas. Y, sin duda, la presión del izquierdismo externo o la maquinaria del partido interno no les hicieron mejores que a otros, aunque a ellos, a los socialdemócratas, debamos logros políticos que hoy nos parecen evidentes. Con variaciones y matices, propugnan una cierta redistribución de la riqueza y una mayor igualdad dentro de la economía de mercado; postulan también una intervención limitada del Estado que salve la democracia política y que favorezca  el bienestar, las oportunidades sociales. No les voy a dar una lección sobre esta corriente. No me voy a poner profesoral. Simplemente resumo lo archisabido, dejando fuera muchos matices que deberían hacerse: matices que mejoran o empeoran la historia de la socialdemocracia.

PaoloFloresPaolo Flores d’Arcais. Siglo y pico después se habla de crisis de la socialdemocracia. ¿Es así? Habrá que seguir hablando de la socialdemocracia, en efecto. El pasado domingo 25 de octubre leí en El País un artículo de Paolo Flores d’Arcais sobre su crisis, sobre su presunta o real crisis. Lo titulaba La traición de la socialdemocracia. Habrá que seguir hablando, sí.  Con Paolo Flores d’Arcais y con otros. Normalmente me satisface lo que escribe este ensayista italiano. Sin embargo, el artículo del domingo en El País me pareció muy facilón, demasiado simple. ¿La traición de la socialdemocracia? ¿Ah, pero hubo unos viejos buenos tiempos en que las cosas funcionaban admirablemente? La historia de esta corriente es muy compleja y, sin duda, no se limita a un pretérito mejor.

Parece mentira que diga eso, lo de la crisis actual, alguien que conoció a Bettino Craxi y a toda una generación del PSI que se hundió hace un par de décadas tras la corrupción y las malas maneras. Flores d’Arcais cita dos o tres momentos que serían simbólicos en la historia brillante de la socialdemocracia (la creación del Estado del Bienestar o, también, Willy Brandt de rodillas en Varsovia). Según él, hoy las cosas son muy distintas. Pero creo que los reproches que le hace a los partidos socialdemócratas actuales (que si son establishment, etcétera) son pegas que podrían haberse planteado igualmente hace varias décadas…, cuando la socialdemocracia iba viento en popa.

Las elecciones son una cosa y la maquinaria de los partidos es otra. ¿Son inutilizables los partidos socialdemócratas? Sí, dice Flores d’Arcais. Por ser partidos-máquina. Yo no creo que la cosa sea tan simple. La experiencia de “nuevos partidos” es generalmente desastrosa o, al menos, repite los vicios anteriores. Aquí lo tratamos cuando hablábamos de Ciutadans o de Unión, Progeso y Democracia, organizaciones que nacen –según dicen– para regenerar la democracia y que suelen reiterar el funcionamiento de los viejos organismos. Pongamos un contrajemplo. El Partido Popular ha ganado con suficiencia electoral en la Comunidad Valenciana. ¿Por qué? ¿Porque es un partido de mayor democracia interna? No es ése el factor. El asunto es más complejo, sin duda. Al PP valenciano no le ha hecho falta mejorar el funcionamiento de su aparato (o la democracia interna) para arrasar electoralmente. Elecciones y democracia partidista no son equivalentes. Igual que se pueden ganar votaciones y comicios sin grandes principios, sin disponer de convicciones profundas.

Paolo Flores d’Arcais habla a partir de su propia experiencia: la desastrosa experiencia de la izquierda italiana en la posguerra y después, con un Partido Comunista poderoso e institucional, relativamente alejado de Moscú, y con un Partido Socialista minúsculo secuestrado finalmente por una oligarquía funcionarial, dispuesta a sobrevivir y a enriquecerse. El Estado italiano y la corrupción, la Mafia y el parlamentarismo reciamente partidista provocaron el cataclismo de esa izquierda. Y la televisión; y el fútbol… La opción política de Silvio Berlusconi nace en ese contexto como un movimiento que presuntamente superaba los vicios de la partitocracia.

Como antes decía, las ideas de este ensayista han sido generalmente muy provechosas. Desde antiguo reivindica al individuo, un valor que ha de asumir la izquierda, según precisa. Recuerdo su libro El desafío oscurantista. Ética y fe en la doctrina papal (1994),  un volumen imprescindible para entender la retroceso moral de la Iglesia católica con Juan Pablo II. Recuerdo su Hannah Arendt. Existencia y libertad (1995), un librito indispensable para pensar la idea de responsabilidad. Flores d’Arcais ha sido y es un referente para la izquierda después del estalinismo, decidido crítico de los atavismos socialistas, socialdemócratas y comunistas. Por eso, recuerdo especialmente una obra suya de largo aliento: El individuo libertario (2001). Tenía un título quizá algo confuso.

Ese libertario lo asociamos a lo ácrata. Pero no: en realidad, era una herencia del libertarismo de los ochenta, una opción radical que algunos liberales y socialistas asumieron para acentuar sus propias tradiciones o para cambiar ciertos tics de sus respectivas tradiciones. Lo libertario es lo que no se ciñe, lo que no se somete, lo que desborda los límites. Aquello que va más allá del Estado.  Ese libertarismo tenía y tiene resonancias de Friedrich Nietzsche. “Allí donde termina el Estado comienza el hombre no superfluo”, leemos en Así habló Zaratustra. “Allí comienza la canción de lo necesario, el estilo único e insustituible. Allí donde el Estado acaba –¡mirad allí, por favor, hermanos! ¿No lo veis, el arco iris y los puentes del superhombre?”, concluía Nietzsche.

RepublicanismoEl individuo. Paolo Flores d’Arcais reivindica “el hombre no superfluo”, el individuo que se moldea porque no tiene restricciones que lo ahoguen o carencias que lo aplasten. ¿Y qué tiene que ver esto con la izquierda o con la socialdemocracia? En su libro El individuo libertario había un apartado que se titulaba “Izquierda quiere decir individuo”. Señalaba una cosa muy interesante, sugestiva aunque quizá utópica y bienintencionada. Los socialistas han hecho del colectivismo su seña de identidad, decía. ¿Por qué no pensamos al revés la cuestión? La izquierda ha de asumir el Estado limitado y ha de asumir la legalidad de la democracia representativa. 

“La legalidad es el poder de los sin poder e incluso su bien material por excelencia”, decía. “Donde impone su ley el clan mafioso, o la banda juvenil, el restablecimiento de legalidad constituye incluso elemental liberación frente a la devastadora e inadmisible alternativa: la sumisión a la lógica de la violencia organizada o el heroísmo insensato en una cotidianidad hobbesiana. Pero sin llegar a tanto: cada corrupción o prevaricación impune, cada derecho vulnerado, cada denegada justicia constituye explotación y empobrecimiento de los sin poder”.

La ley es es el mejor instrumento de protección de los débiles. Y si hay algo débil es el individuo. O en sus propios términos: “La izquierda hasta ahora ha fracasado, y sigue fracasando, en la tarea de abordar esta esencial cuestión. Por tanto hay que reinventar la izquierda. Y, a la vez, la izquierda no tiene necesidad de inventar nada en absoluto. Izquierda quiere decir, en efecto –hoy como ayer, hoy más que ayer–, estar de la parte del más débil, del más frágil, del más indefenso, del más expuesto, del más en peligro. Si esto es verdad, entonces izquierda quiere decir individuo“. O con otras palabras: “la política de la izquierda es, pues, la política que tiene como objetivo constituir a todos y cada uno en individuos autónomos, y entregarles, de forma irrevocable y no fictica, el control de las instituciones”.

Sí y no, diríamos respondiendo a Flores d’Arcais. El control de las instituciones entregado a individuos autónomos y responsables (que es con lo que soñaba la principal inspiradora de Flores d’Arcais: Hannah Arendt) es un noble ideal que ignora el fuste torcido de la humanidad: nuestra mala cabeza, nuestra naturaleza inconstante y egoísta. Somos individuos con intereses contrapuestos. En los partidos hay intereses contrapuestos. ¿Alguien imagina que esos intereses desaparecen? No es pensable. Lo que sí es pensable es una organización sometida a controles legales que impidan el máximo despilfarro o el juego exclusivamente oligárquico. ¿Se ha conseguido? Bueno, llevamos décadas en ello. Mientras tanto, algunos se aprovechan, desde luego.

El problema del individuo libertario concebido por Flores d’Arcais o del individuo responsable de Hannah Arendt es que sus autores lo plantean desde el ideal del ciudadano republicano y virtuoso. Virtuoso. Qué casualidad, una posición muy cercana a la del Rodríguez Zapatero que profesaba el “republicanismo” como no explotación (Philippe Pettit). Qué curioso: una de las entrevistas más lisonjeras e inteligentes que se le hicieron al actual presidente español la firmaba Paolo Flores d’Arcais. Tal vez veía en Rodríguez Zapatero y en su partido una regeneración imposible en la izquierda italiana. Qué cosas.

Hemeroteca del día

JS, “Abusos”, El País, 28 de octubre de 2009

Trato en dicho artículo de los lamentables abusos que se dan en el seno de los partidos, esas instituciones a la vez tan necesarias. Lo que postulo es algo tan simple como el principio de legalidad.

Imagen del día

EsperanzanopierdeelequilibrioEn la primera plana de El Mundo correspondiente al martes 27 de octubre de 2009 vemos una fotografía que ilustra la cubierta. Los responsables han querido  documentar con imágenes una noticia que tiene que ver con Esperanza Aguirre. No es la visita a los Teatros del Canal, que es concretamente lo que en la foto sucede. Lo que El Mundo hace es convertir en metáfora una imagen sacada de contexto. Es una práctica habitual de este periodico y, si me permiten decirlo, es una práctica lamentable.

¿Qué indica? ¿Que Esperanza Aguirre es capaz de acudir a los Teatros del Canal en plena crisis del PP por Caja Madrid? ¿Que la tragicomedia que representa  por fin ha llegado a las tablas? ¿Que su seguridad es tal que puede iniciar unos pasos de danza manteniendo el equilibrio, dicho todo en su sentido metafórico más pedestre? Lean el pie haciendo click sobre la imagen.

En dicha fotografía llaman la atención dos cosas. En primer lugar, el cortesano que la acompaña, Albert Boadella, que aprueba con el gesto los progresos coreográficos de su jefa o pupila, no sé. Además le cubre las espaldas… Y, en segundo lugar, el atrevimiento, la osadía, la falta de vergüenza de la presidenta a la hora de hacer lo que no sabe hacer. Creo que ambas cosas definen muy bien su comportamiento: hay que rodearse de asesores áulicos y consejeros que ejerzan de guardia pretoriana y que cubran las espaldas; y hay que atacar un paso de baile o una iniciativa sin complejo alguno.  

Lasmascarasdeungenero1. Las máscaras de un género.

Literatura y autobiografía en la España contemporánea.

Éste es el título del ciclo de conferencias que dirige Jordi Gracia y que organiza la Fundación Juan March. Se desarrolla los martes y jueves del mes de octubre de 2009, en concreto los días 13, 15, 20, 22, 27 y 29. Intervenimos Jordi Gracia, José-Carlos Mainer, Enric Sòria, Miguel Ángel Aguilar y yo mismo. Para el último día, el 29, está prevista una mesa redonda con Andrés Trapiello, Antonio Martínez Sarrión y Esther Tusquets.

En mi caso la conferencia es el día jueves 22 a las 19:30 horas. Y su título es Autobiografía e historiografía. El caso de Antonio Muñoz Molina. En cincuenta minutos he de hablar de ambos géneros, de lo que distingue y aproxima a ambos géneros: lo que separa al memorialista del historiador, lo que acerca al autobiógrafo y al investigador. Trataré de la escritura del yo, del testimonio; hablaré del valor que el historiador puede conceder a la versión subjetiva del pasado; y hablaré, en fin, de la novela como espacio de autoficción y como recreación histórica.

AntonioMunozMolinaTomaré el caso de Antonio Muñoz Molina. Me basaré en alguna obra suya, comparándola con otras. Analizaré  su condición de novelista, su condición de historiador (del arte),  su perspectiva y observación a partir de la memoria, del recuerdo emocional de los hechos. Justamente, el recuerdo emocional de los hechos.

Perdonen que sea tan escueto, pero estoy en plena fase preparatoria, concentrado y ordenándome.

EnausenciadeBlanca2. En ausencia de Blanca. La última novela de Muñoz Molina que he releído es En ausencia de Blanca. Aunque yo tenía ya mi ejemplar, muy gastado y subrayado y anotado, me he vuelto a comprar la nueva edición, fechada en 2007. ¿Me sirve para la exposición que debo hacer en la Fundación Juan March? Aparentemente, no. La historia menuda de un delineante de la Diputación de Jaén perdidamente enamorado de su esposa nada tiene que ver con el tema central: con la Autobiografía y la Historiografía. Muñoz Molina jamás ha sido delineante y que yo sepa tampoco ha trabajado en esa Diputación.

¿Qué es? ¿Una autoficción? Por supuesto. Como otras que él ha escrito y que le sirven para cotejarse, para pensarse en situaciones distintas de las efectivamente sucedidas. ¿Cómo habría reaccionado yo si en vez de irme a la capital me hubiera quedado en la provincia? Eso lo aplica en sucesivas ficciones con ingredientes varios y es una manera de hacer autoanálisis. Pero atención: no es mero autoanálisis. Hay que saber contar, saber mezclar materiales y recursos, y hay que saber persuadir al lector para que se quede, para que se interese por una historia que en principio no le concierne.

Contada en tercera persona, la narración tiene el punto de vista del varón protagonista. El personaje se llama Mario López y su circunstancia es conmovedora. Perdidito por su mujer, ve cómo ésta se aleja sentimentalmente. Blanca tiene muchos pájaros en la cabeza. Nacida en el seno de “una opulenta familia malagueña de abogados, notarios y registradores de la propiedad”, se cree destinada a grandes empresas culturales. Pero es víctima de sus muchos intereses e iniciativas: a la postre, sus metas suelen quedar en poca cosa. Quizá frustrada por ello, Blanca aprovecha para reprocharle a Mario su poca energía, su indolencia o pasividad de funcionario… Eso es lo que se nos cuenta en tercera persona, pero con la perspectiva del marido. La novela rinde homenaje a muchas historias ya contadas, aunque de manera directa se inspira –así lo advirtió Muñoz Molina– en un cuento fantástico de Adolfo Bioy Casares: En memoria de Paulina.

En ausencia de Blanca se publicó originariamente en 1999. Desde entonces la he releído varias veces sin venir a cuento. Quiero decir, sin tener necesidad, que es la mejor manera de disfrutar de una ficción y de sacarle provecho después. Umberto Eco decía que una tesis doctoral es como un cerdo: que todo aprovecha. Salvando las distancias –las distancias entre una novela y una tesis–, podríamos decir que también en una narración hay un despiece absoluto. Vamos, que lo leído nos regresa tiempo después y para otros fines.

Sin duda, no es la novela decisiva del autor, pero es una de esas obras menudas que tanto le agradecemos sus lectores. De cuando en cuando, al salir de un empeño de mayor cota, Muñoz Molina se divierte con una novelita. No tomen el diminutivo como algo despectivo. Toménlo como sinónimo de ligera. Según sostuvo el propio autor en Santillana del Mar, “ligereza, se ha dicho, no es lo contrario de seriedad, sino de  pesadez”. Así es. Y allí, en esa novela ligera, hay una historia de amor, hay una historia de adulterio, hay una historia fantástica, de delirio, y hay una recreación muy convincente de la España de los ochenta. O, al menos, de cierta España cultural y banal. Pero no voy a seguir por aquí. Veo que me aprovecha, que las páginas de esta novelita también son historiografía recreada.

leccionesymaestros33. La casualidad. Martes, 20 de octubre. Recibo en mi casa la edición de las jornadas de Santillana del Mar: Lecciones y maestros. Es un precioso librito de tapas rojas en las que se recogen los textos de Luis Mateo Díez, Ángeles Mastretta y Antonio Muñoz Molina. También se editan las palabras de sus respectivos presentadores. No sé si la Fundación Santillana lo va a distribuir. He aprovechado para deleitarme en sus páginas, recordando las intervenciones de los escritores.

Miércoles, 21. Recibo en mi domicilio la nueva novela de Antonio Muñoz Molina. ¿Su título? Ya se ha divulgado en la prensa: La noche de los tiempos. Tengo una edición en pruebas que debo a la amabilidad del autor, a su amistad y cortesía. Por supuesto no podré tenerla leída antes de mi conferencia. Es literalmente imposible cumplir esa hazaña: mi ejemplar tiene novecientas cincuenta y ocho páginas, de las que sólo he leído las primeras. Para disfrute, vaya. Cuando pensaba en ello días atrás –cuando admitía que no podría llevar leída la nueva novela–, lo lamentaba. Ahora no. Ahora creo que es mejor así. Lo que yo pueda decir en la Fundación Juan March es fruto de la larga, repetida y demorada lectura de obras que ya han hecho su efecto, que a mí me hacen efecto. Lo que en Madrid diga no puede adelantar aquello que aún no existe, pues ese nuevo libro aparecerá dentro de unas semanas. Y un libro no es un texto, sino un artefacto material, algo que se completa cuando tiene tapas, cuando tiene paratextos, cuando llega al público. Esperaremos. Esperaremos a escribir sobre ello.

¿Y mientras tanto? Mientras tanto tengo otros dos originales que también estoy leyendo. Son las obras que un par de amigos me han confiado sin estar editadas aún:  la novela de Isabel Barceló y el nuevo poemario de Juan Planas. ¿Ustedes se imaginan qué cortesía me hacen? Dedico mi tiempo a leer folios impresos, volúmenes que pronto –en los próximos días– verán la luz, textos que aún no han llegado al público. Tengo la suerte de que no los leo por obligación. Me procuran gran placer y, sobre todo, me permitirán dentro de poco discutir con sus autores. Líneas atrás citaba a Adolfo Bioy Casares. Pues bien en una página suya, el narrador –un trasunto de Bioy– se lamentaba de la lectura de originales a que estaba forzado, y en concreto deploraba la actitud de un tipo avasallador y hasta vulgar que le amenazaba con su gran creación. “Esgrimía, en la ocasión, un copioso manuscrito”, leo, “y el despótico derecho que la obra inédita confiere sobre el tiempo del prójimo”. Yo no lo vivo así, claro. Yo no veo que se ejerza sobre mí ese despótico derecho. Lo que tengo es mucha suerte. Pronto podrán compartir esta fortuna.

naufregalo4. Crónica de la conferencia por Eduardo Laporte en El NáuGrafo digital.

Justo Serna, Antonio Muñoz Molina, autobiografía e historiografía: croniquilla del asunto.

 

 

 

 

 

Queardalacasa5. Crónica, por Ana Serrano.

Habíamos quedado a una hora de exactitud británica…

 

 

 

 

 

 

Nadadelotromundo6. La crónica que no pudo ser, por JS.

 Una conferencia es una conferencia es una conferencia

 

HeroesalfabeticosHéroes alfabéticos. Por qué hay que leer novelas (PUV). Premio de la Crítica Valenciana 2008 en la modalidad de ensayo. Concesión: viernes 16 de octubre a las 19:30 horas en la Casa de la Cultura de Quart de Poblet. Heroesalfabeticos1

He leído Si temierais morir (2008), de Vicente Gallego, y El testamento ológrafo (2008), de Honorato Boscá. ¿Por qué lo he hecho? ¿Por cortesía con los premiados, compañeros de galardón? Si ésta fuera la razón, entonces llevaría los deberes hechos. Pero no, no es ése el único motivo. Hay algo más. Mucho más.

Por explícito título o por circunstancia personal, he leído ambos libros porque están relacionados con la muerte. Mi padre falléció hace un año y fue entonces, en esa circunstancia, cuando aumentó mi interés por la muerte. Por el absurdo que es, por el escándalo universal de la muerte. De siempre he leído sobre esto y no hay como la poesía para tratarla directamente, nombrando lo que carece de sentido. Ludwig Wittgenstein decía que hay cierta cosas que no pueden ser nombradas porque con las palabras no alcanzamos el sentido: como mucho, la descripción precaria de lo real, de lo tangible, de lo constatable. No me interesa mi muerte, fenómeno del que sólo puede preocuparme el dolor: el que yo podría experimentar o el que mi estado podría ocasionar. Me interesa el sentimiento que la muerte provoca. 

sitemierasmorirSi temierais morir. El libro de Vicente Gallego es un poemario en el que se expresa la duda sobre la vida, la constatación de que nada es firme: tan sólo lo parece. ¿Una trivialidad? No creo que lo sea. Es la angustia profunda y superficial que tapamos con toda clase de afeites o maquillajes. Eso es: tenemos tapaderas. ¿Pero qué pasa cuando levantas la tapa o alguien se levanta la tapa de los sesos? “Esta vida, tan viva, tan segura, / ¿dónde esta sucediendo?”, se pregunta el poeta en “Humo de pajas”. Hay en sus versos esa constatación de que nada es firme, no sólo el amor, sino también el dolor que nos angustia. “¿Dónde van los amantes? / ¿Dónde el cuerpo que quiso y pudo tanto? / ¿Dónde yo cuando duermo, / dónde entonces la herida que en la noche me tenía velando?” El poeta corrobora el vacío de que estamos hechos, la sucesión de pérdidas, la identidad inevitablemente lacerada.

Intentamos vivir con sorpresa, sabiendo que no hay recambio y que esto que logramos es un prodigio: una ilusión y algo milagroso, perecedero o azaroso. “Quién obliga / este afán, / este beberse / la música no oída, este andar afinando / entre las cosas, pulsándoles el talle / por si hubiera sorpresa”. En esa esperanza vivimos, en que hay sorpresa (ilusión y milagro) que nos redima. Pero pronto, bien pronto, advertimos lo inútil del esfuerzo. “Esas pocas migajas que sorbemos / de la ración aguada del mendigo, / ¿nos han hecho crecer,  / nos aprovechan? / Lo que ayer parecía vocación,  / oficio de hombre libre, / ya se ve que es empleo / y a la fuerza se cumple”. No hay, pues, ilusión que dure y meta que se cumpla. Incluso aquello que era fruto de la voluntad del hombre libre se consume y se consuma como determinación y menester, algo previsible y ya fijado. “Esta vida / no es vida, es sólo menester”, afirma el poeta.

Y la muerte confirma esa previsión. “Aquí regresa todo: / la vida siempre urgente nunca cierta, / la muerte muy segura, / paso a paso”. Una y otra vez, el poeta se interroga sobre el absurdo que nos rodea o, mejor, sobre el absurdo que es el propio yo, un fingimiento o un error a punto de terminar. “¿Es que a nadie le extraña / lo que sucede aquí? / Llegamos sin quererlo; / partimos sin querer; / sin consuntar catálogo / cargamos con un cuerpo. / Ni la madre se elige, / ni lugar, ni ocasión; / y va de suyo / lo que llamamos alma, / cortada por qué mano a su capricho”.

Conforme leemos –y volvemos a leer– Si temierais morir certificamos la duda que no despejaremos. Habra que estar vivos, habrá que tener los ojos abiertos, sin tener miedo a los sueños. El padre ha sido guía, aquel que ha mostrado la audacia al niño o aquel que tutela al adulto que regresa lacerado. “Una noche dijiste, padre, / poniéndome en la frente / un fresco paño: / no temas a los sueños. / Yo volvía del mundo / más real que conozco, / donde afila / la vida sus ultrajes”. Pero nada dura y el padre, que es referencia que se pierde, desaparece porque no supimos defenderlo. Así lo vive el poeta, así lo vive el hombre. “Aquel que cuando niño / te rezó con la fe que sólo al niño / acuna y hace fuerte, / míralo aquí de vuelta, ha regresado / del más largo viaje, / el de perderte”.

Por supuesto, Si temierais morir es mucho más de lo que yo aquí esbozo. Es una rica sucesión de poemas que designan la angustia y una leve esperanza, lo temido y una frágil sorpresa. Pero yo lo leí sesgadamente, teniendo a mi espalda la sombra tutelar de mi padre. Yo también soy ése que menciona el poeta: “míralo aquí de vuelta, ha regresado / del más largo viaje, / el de perderte”.

eltestamentoolografoEl testamento ológrafo. Una muchacha apunta con un rifle de perdigones, porque… parece un rifle de perdigones. Es una joven bella y enérgica. El niño que a su costado observa atónito tiene un futuro por delante. ¿A qué disparan? No hay mejor ilustración para la cubierta de un libro. Lo ignoramos todo de la historia que aquí se cuenta…

De El testamento ológrafo, publicado en Pre-Textos en 2008, yo no sabía nada hasta que Lola, mi librera preferida, me la recomendó. Fue una viva recomendación, sí. Yo andaba buscando un libro para mi padre y ella sabía más o menos sus gustos, sus inclinaciones. Le precisé aún más. Mi padre, gran lector, estaba mal de salud, muy decaído y ya no soportaba cierto tipo de obras ajenas, es decir, ya no aguantaba historias que no le concernieran. Cuando Lola me explicó de qué iba, cuando comprobé la localización de la acción, la entidad de los personajes, la cronología de los hechos, inmediatamente le dije que sí, que me la llevaba, que seguro que le iba a encantar.

“Mira, lo que te traigo”, le dije a mi padre. “Esta novela la vas a disfrutar”, añadí mientras él asentía queriendo creerme. Ocurre en julio de 1954, entre Valencia y Alfambra, y la historia que nos cuenta el autor es la de una familia de clase media durante el veraneo de aquel año. Por supuesto alude a hechos anteriores, a circunstancias de la Guerra Civil y salen maquis. Eso le dije. Era un compendio escaso, escasísimo, pero suficiente para despertar la atención de mi padre.

Él había llegado a Valencia a comienzos de los años cincuenta, procedente de un pueblo muy parecido al de la novela, un pueblo como esa Alfambra en la que suceden los acontecimientos. “¿Y quién es el autor?”, me preguntó. Honorato Boscá, respondí. “No he leído nada de este escritor. Creo que es un autor novel, pero la novela parece muy madura y con intriga”, concluí. Yo había leído algunas páginas para cerciorarme de la elección. Su prosa impecable, precisa y recia auguraba deleite. “Además”, le insistí a mi padre, “Lola conoce al escritor. Años atrás fue jefe o compañero suyo en la empresa en que ambos trabajaban”. Este dato acabó por convencer a mi padre. Si la librera recomendaba una novela de alguien cercano, tan cercano, debía de estar bien. De lo contrario, habría evitado todo compadreo: se arriesgaba a que el lector regresara enfadado exigiendo hablar con el autor…

Mi padre ya no pudo leer la obra. Poco tiempo después moría y la novela quedaba inerte.Yo sabía que se estaba muriendo porque ya no leía. O como dije aquí en un post: mi padre no me lee. Era el síntoma inapelable. Por supuesto decidí leerla yo para completar lo que no pudo ser, para consumar ese acto interrumpido, pero también para averiguar qué historia era esa que transcurría entre Alfambra y Valencia. Y, francamente, no salí decepcionado.

El deleite verbal que la obra nos procura; la mirada tierna y levemente irónica del escritor; el cuidado con que trata, describe y da la vez y la voz a los personajes; el uso del estilo libre indirecto por un narrador omnisciente que se acopla a cada uno de los protagonistas;  la moral que encierra, con la culpa y la redención como cargas personales y colectivas; el amor como posibilidad real en una España raquítica y miserable; la reconstrucción del presente a despecho del peso muerto de la historia, a despecho de la gravedad pretérita; el costumbrismo, los tipos reconocibles, pero también las sorpresas, las identidades confusas finalmente reveladas:  todo esto hace de El testamento ológrafo la novela que mi padre habría disfrutado si hubiera podido leerla. 

En una página de Héroes alfabéticos digo algo de un padre que es trasunto del mío. Hablo de sus hábitos como lector: “lleva desde 1973 (es decir, desde hace más treinta años) una libreta, un registro de las obras que ha leído (miles, hemos de suponer) y una calificación particular en donde anota su valoración del volumen: de 3 a 7, no preguntemos por qué. Cuando un libro le tienta, le seduce, le persuade, entonces le concede un siete, la máxima puntuación”, nota que “es efectivamente un sobresaliente”.

Estoy seguro de que, si hubiera podido leer  El testamento ológrafo, mi padre habría calificado dicha novela con un 7, con la máxima puntuación. Y habríamos discutido felizmente. Seguro.

Nota de Europa Press (aquí)

Imágenes de la entrega de Premios (aquí). Cortesía de Isabel Zarzuela.

Glosa de Alfons Cervera en la entrega del Premio (aquí).

Otros comentarios, análisis y reseñas: 

  • W. Héroes alfabéticos, Reseñas y menciones
  • W. Héroes alfabéticos. David P. Montesinos
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