El muro y sus metáforas
9 Noviembre 2009
“Demagogias, las justas”. En una entrevista de Vera Gutiérrez Calvo para El País (5 de noviembre de 2009), Francisco Frutos se despedía de la secretaría general del Partido Comunista de España. En la entradilla de la noticia, la periodista escribía: “en una de las paredes de su despacho luce un cartel con la imagen del Ejército soviético entrando en Berlín. «¿Ha pensado alguna vez en colocar al lado la foto de la caída del muro?». Francisco Frutos (Calella, Barcelona, 1939) corta en seco: «Nunca. Demagogias, las justas»…”, leemos.
“Su legendaria aspereza se irá suavizando hasta desaparecer a lo largo de una hora de entrevista con este hijo de campesinos, sindicalista, comunista, que recién cumplidos los 70 años abandonará, el próximo domingo [8 de noviembre], la secretaría general del PCE”, apostilla Vera Gutiérrez Calvo. A lo largo de la interviú, la periodista le formula preguntas sobre el PCE, sobre Izquierda Unida, sobre su condición de secretario general. Hacia el final de la entrevista, vuelve a plantearle las cuestiones referidas al vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín. La respuesta es contundente, inconmovible.
«P. Se cumplen 20 años de la caída del muro de Berlín…
R. Yo no soy partidario de construir ningún muro.
P. ¿Y de celebrar su caída?
R. No, no… yo no celebro esas cosas. Insisto: demagogias, las justas. ¿Y el muro de Palestina?»
Las murallas. Históricamente, las murallas son para nosotros, los humanos, edificaciones ambivalentes. Por un lado, nos salvan, nos guardan; por otro, nos cercan, nos encierran. De una parte, el muro es protección; de otra, es custodia. Se erigen murallas cuando los bienes están amenazados, cuando lo interior debe ser preservado, separado; se levantan cinturones de seguridad, cuando lo externo es lo que se cierne, lo que amenaza. En la Europa del Este, el conflicto político y militar con Occidente fue esencial durante años, cosa que obligó a una carrera armamentista costosísima.
Pero el arma decisiva acabó siendo la televisión. Lo que los comunistas actuales no parecen haber comprendido, lo que Frutos parece ignorar aún, es que el Muro cae básicamente gracias a la televisión, a la publicidad que captan los receptores del Este, al mundo de ensueño que las pantallas reproducen. La persuasión es un frente de batalla que pierde el Pacto de Varsovia en el terreno de la imagen.
Justamente cuando se ablandan los controles; justamente cuando la seductora publicidad de Bonn llega a Berlin Este, justamente cuando los ciudadanos de la RDA pueden comparar su vida con la fantasiosa vida del Oeste, la ciudadela comienza a desmoronarse. Es una ciudadela hecha de corrupciones sin bienestar y de ventajismo burocrático. El descuido administrativo hace que se burle la muralla que divide no sólo a Berlín, sino a Alemania. Muchos ciudadanos de la RDA parten hacia el Oeste a través de las grietas fronterizas. El estilete fue la televisión: la televisión y sus ficciones.
Continuará…
Lo sublime y lo siniestro
6 Noviembre 2009
Uno. “Lo divino está en todas partes, incluso en un grano de arena”, decía Caspar David Friedrich (1774-1840). Si cada resto de lo que hay, hasta lo infinitesimal, tiene alma o al menos está insuflado por Dios, eso quiere decir que no hay nada secundario o irrelevante. El producto chiquito o la casualidad material tienen su lugar y se ofrecen al espectador. Por parte de Friedrich no se trata de proclamar, sin más, el panteísmo, sino de despertar lo inerte o lo pequeño. Observen el retrato del pintor, esa mirada aguda, penetrante, quizá extraviada.
“El auténtico arte se concibe en un momento sagrado y es alimentado en una hora santa; a menudo es creado por un impulso interior, sin que el artista sea consciente”, añade. El lenguaje religioso no expresa necesariamente una conducta irreprochablemente piadosa: es el instrumento de que se sirve el pintor para describirse. Si la Providencia es lo inefable, lo que no puede ser expresado propiamente, entonces lo humano pertenece también a ese prodigio de la creación. Pero creación no es sólo el acto bíblico original, sino la lucha cotidiana del artista por sacar de sí aquello de lo que es portador. Es, insiste Friedrich, “un impulso interior” a menudo inconsciente. Por eso, admitido que lo exterior sólo es es fuente de sugestión, “la única fuente verdadera del arte son los sentimientos puros, claros, que albergan nuestros corazones”. Dicho así –”sentimientos puros, claros, que albergan nuestros corazones” parece una declaración de bondad: la de que el ser humano ha de sacar aquello que mejor lo afirma.
El ser humano es un observador, Friedrich es un observador, y por ello se enfrenta bondadosamente a lo que ve, sí. No quiere dibujar o pintar arrebatado por el mal o por el demonio, sino por la ligereza o por la humanidad que lo constituye, que lo alberga. Pero aquello a lo que se enfrenta es un entorno convulso, indómito, de grandes dimensiones: naturaleza muerta que cobra una presencia amenazadora o la vida animal y la flora de un lugar cuyo movimiento nos atrae: un roquedo con árboles, por ejemplo. “Cada manifestación de la Naturaleza, regristrada con precisión, dignidad y sentimiento, puede llegar a ser tema del arte”, precisa. No hay temas mayores. Hay, sobre todo, una mirada que se sorprende, que registra, que reproduce o que recrea con limitadas capacidades, admitiendo la pequeñez humana, pero también el empeño del observador. “Debo rendirme a lo que me rodea, unirme con las nubes y con la piedras, para ser lo que soy. Necesito la soledad para entrar en comunión con la naturaleza”.
Visité la Exposición que la Fundación Juan March dedica a “Caspar Friedrich: arte de dibujar”. Es una muestra a la que tenía muchas ganas de acudir. Está abierta en la sede madrileña de la institución entre el 16 de octubre de 2009 y el 10 de enero de 2010. Antes de pronunciar mi conferencia el pasado pude recorrer la muestra. Iba acompañado de Ana Serrano. No pude tener mejor compañía, tan minuciosa, observadora fiel de los detalles… Escuchábamos la música de los murmullos, el ruido humano, las instrucciones expertas. En la muestra se recogen una setentena de obras realizadas sobre papel con técnicas diversas (acuarelas, gouaches, dibujos a lápiz…).
Esta exposición nos enseña la función del dibujo, lo que representa dibujar en el proceso creador del artista: cómo se acerca a su consumación partiendo de los esbozos, de las filigranas que le inspiran la naturaleza muerta, el roquedo, la ruina, el árbol seco, el túmulo. Como esbozos o filigranas que luego serán detalles de una obra mayor, partes que más tarde se incorporarán. El resultado es un entero cuyas partes han sido logradas antes. Como tantos otros pintores de su tiempo, Friedrich miraba la naturaleza con el vago propósito de imitarla, de copiar hasta su más mínima particularidad. Pero no la mímesis fiel no era su meta. El arte malogrado es imitación esclava, decía. “La tarea del pintor de paisajes no es la fiel representación del aire, el agua, las piedras y los árboles, sino que es su alma y su sentimiento lo que ha de reflejarse”. Es decir, son, en el fondo, las sugestiones que provocan en el alma y en el sentimiento del pintor. Lo eterno, lo muerto, lo siniestro, lo sublime. De todas las representaciones que Friedrich plasmó me interesan especialmente lo sublime y lo siniestro, esos temores y temblores del alma romántica que aún hoy nos conmueven.
Dos. ¿Y qué principio ha de seguir ese observador que es Friedrich? ¿Cómo guiarse técnica y prágmáticamente a la hora de pintar? Las teorías son muchas y la ejecución sólo es una. En cada cuadro o en cada dibujo, hay un problema técnico que resolver, pero sobre todo hay una expresión creadora que afirmar. ¿Qué hacer, pues? O, en los términos de Friedrich: “¿qué hay que hacer y hay que dejar de hacer ante tanto parecer y tantas doctrinas?”. La respuesta es orgullosa y rotunda: “¡Sigue la voz interior y acepta lo que te dice, y deja para los otros lo que a ellos les parezca justo, o no atiendas a nada de todo eso, pues no todo es para todos!”
El programa propuesto es la expresión de esa libertad interna a la que aspira el artista consumado, que no es una libertad incondicionada, sino un autoexamen, un análisis de lo que forma o constituye al pintor, en este caso. ¿Inventa? Cuando lo hace, “¿no significa esto, en otras palabras, que se ejercita en separar remiendos y recorser?”, se pregunta Friedrich. Separar remiendos y recoser: verdaderamente es tarea de creación, pero –si nos fijamos– tiene un sentido puramente artesanal, la laboriosa faena de obrar con lo viejo ahora rehecho. Friedrich no niega tal posibilidad, pero aspira a más. Ante la obra, la prefiere “no inventada, sino sentida”. Porque invención tiene en el pintor una acepción artificiosa. ¿Cuál es la solución? ¿Copiar?
Él desea apoderarse de lo que ya es para poder expresar lo que aún no existe, algo que es equidistante de la invención y de la mera reproducción. “El pintor no debe pintar meramente lo que ve ante sí, sino también lo que ve en sí. Y si en sí mismo no viera nada, que deje entonces de pintar lo que ve ante sí”, señala. ¿Por qué razón? Pues porque, “si no, sus cuadros parecerán biombos tras los que uno sólo espera ver enfermos o, quizá, cadáveres”. Naturaleza muerta, en el peor sentido de la expresión. Realidad inerte. Friedrich, por el contrario, observa. Solo, extraño, quizá algo enajenado, se sube a un promontorio o a una colina. ¿Y qué divisa? “¡Reproduce las cosas en el cuadro tal y como ellas actúan sobre ti!”, recomienda. Atisbando con dificultad, distinguiendo malamente lo que está al frente.
Aprehende algo grandioso, algo informe, propiamente indefinido, inconmensurable, nebuloso o confuso. Esa impresión le hace suspender el ánimo y de ello deriva un sentimiento de angustia e incluso de dolor o de temor. Adquiere conciencia de la insignificancia, la insignificancia de quien observa. Pero inmediatamente después se rehace ese espectador, se erige orgulloso, captando lo informe, lo inconmensurable por medio de sus sentidos, de sus recursos, de su finitud. A ese proceso de captación, impresión y reelaboración se le llamó el sentimiento de lo sublime y Caspar David Friedrich supo plasmarlo en sus cuadros. Lo pequeño, lo escueto, el detalle dibujado y luego trasladado al lienzo…, todo ello es parte de la misma exploración. ¿Un tópico del romanticismo? Algo más: una constante humana que sólo unos pocos saben expresar.
Tres. Pero apreciando los dibujos de Friedrich, sus obras aún inacabadas, sus iluminaciones, descubrimos ya las raíces de lo siniestro. Intuimos que algo puede pasar, que podemos precipitarnos justamente en el dibujo. Friedrich mira las cosas de cerca, incluso de muy cerca, aquello que sólo con lupa podría distinguirse.
Ana Serrano y yo nos sorprendemos de esas miniaturas, de su perfil. Hay que encajarse bien las lentes para percibir lo que él pudo advertir y supo dibujar. Y en los precipicios, en las ruinas, en los rostros, en las figuras humanas, en los árboles, en los roquedales, hay siempre un aura inquietante, quizá un abismo literal: antes o después de la figura o del paisaje hay una vida orgánica que ignoramos, algo que puede descomponerse o que ya está descompuesto. Todo puede precipitarse, en efecto. Bastan unos pocos trazos sabiamente ejecutados sobre el papel para que sintamos la inminencia de la finitud, de la muerte o de lo perecedero.
Lo siniestro, decía F. W. J. Schelling, es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado; es aquello que, habiendo desaparecido, regresa alterando el orden actual y previsible de las cosas. Es una referencia mil veces repetida en la que finalmente se inspiró Sigmund Freud. Sombra y nieve, roca y soledad, tras la imponente loma que aquí vemos es posible distinguir algo inconmensurable que nos perturba. La imagen nos resulta familiar pero Friedrich sabe “romantizar” lo común o lo ordinario.
“La vista de una montaña cuyas nevadas cimas se alzan sobre las nubes, la descripción de una tempestad furiosa, o la pintura del infierno por Milton producen agrado, pero unido a terror”, había dicho Immanuel Kant en Lo bello y lo sublime (1795). “Altas encinas y sombrías soledades en el bosque sagrado son sublimes“, había añadido. “La noche es sublime“, insistía. O también “una soledad profunda”: todo aquello que expresa la contingencia humana en medio de una naturaleza desatada, “el escenario en que la imaginación ha visto terribles sombras, duendes y fantasmas”. No hace falta que haya terror explícito. No es necesario que aparezca un espectro. Basta con lo grande, con lo sencillo. Por ejemplo, una gran altura, añade Kant. Nos produce estremecimiento, un particular pánico y un agrado impreciso. A ese sentimiento, que conmueve más que encanta, lo llamó lo sublime terrorífico, justamente aquello en lo que Friedrich será maestro.
Fonoteca: Ciclo “Las máscaras de un género”. Fundación Juan March:
Conferencia de Justo Serna, jueves 22 de octubre de 2009 (aquí)
Todas las conferencias del ciclo (aquí)
Preferiría leerlos y no decir nada
3 Noviembre 2009
Uno. La mucha faena y los numerosos encargos me impiden cumplir con algunas obligaciones primarias. Quedo mal, llego tarde y mis disculpas son menos creíbles. ¿Qué hago, qué completo? ¿Lo que da más lustre? No necesariamente. Al final suelo hacer lo que mayor satisfacción me procura, o lo que mayor irritación me provoca, aun cuando eso que escribo o eso de lo que hablo no sea lo más beneficioso materialmente o lo más rentable intelectualmente.
Este noviembre no es el mes más cruel, el de T. S. Eliot, aquel momento que “hace brotar / lilas del interior de la tierra muerta, mezcla / la memoria y el deseo, estremece / las raíces marchitas con lluvia de primavera”. No estamos aún en un invierno recogido y suspendido. Vivo arrastrado, en plena actividad, y con un entusiasmo quizá enfermizo. Yo no espero la llegada de abril para hacer brotar las lilas, para mezclar memoria y deseo, para estremecer las raíces marchitas. Supongo que es eso, el entusiasmo, lo que me hace brotar, mezclar, estremecerme. Tanto se suma que temo un ataque inminente: el estrés bajo la forma de una ciática. Hay indicios. Las lumbares siguen su fastidiosa labor de cada día, recordándome la fragilidad y el aviso…
Escribo, leo, doy clases, atiendo en tutorías, imparto conferencias. Es un ritmo poco saludable. De vez en cuando dejo de escribir ciertas reseñas encargadas; o amigos que me quieren me relevan de esos compromisos; o simplemente me prohibo extenderme sobre algunas obras. Prefiero leer. Prefiero abandonarme al placer no venal de la lectura, al disfrute largo, demorado de páginas y páginas que leer, libros que me satisfacen y que son felicidades chiquitas. En ese momento me veo como un personaje secundario de Batherby y compañía (2000), de Enrique Vila Matas, aquella novela que, inspirada en Herman Melville, rendía homenaje a los escritores sin obra o sin voluntad, sin líneas o sin consumación. Autores renuentes. Escribientes cansados.
Leo lentamente a Antonio Muñoz Molina, leo a Juan Planas, leo a Isabel Barceló. Si de escribir se trata ahora sobre ellos, francamente preferiría no hacerlo. ¿Por qué razón? Prefiero, sí, el disfrute puro de sus páginas exactas o acertadas, de la imagen y de las cosas, de la evocación histórica y familiar. Esto me lo procuran los libros de dichos autores, cada uno a su manera. Como otros, que esperan una lectura venidera: El exilio de los marinos republicanos (2009), de Victoria Fernández Díaz. Un exilio de individuos, pero también un desarraigo moral, generacional. Qué horror me espera… Preferiría leerlos y no decir nada, pero diré cosas sobre ellos en otros momentos.
Ahora dejo fuera, dejo sin hacer, reseñas posibles de libros completados. Por ejemplo, no escribiré sobre Caín (2009), de José Saramago. O, por ejemplo, no escribiré sobre Yo, comandante de Auschwitz (2009), de Rudolf Höss. No me extenderé. ¿Por qué razón?
Dos. ¿Tiene algún sentido regresar a la Biblia para reescribirla? En principio, podemos pensar que es absurdo. Son tan bellas las páginas de las Escrituras, en particular las del Antiguo Testamento, que parece una operación inútil. ¿Para qué retocar aquello que los siglos han consagrado? Para muchos, además, esas Escrituras son propiamente sagradas: son palabra de Dios. Aceptemos o no su condición santa, ¿no será una insensatez enmendar lo que permanece, esa prosa que enuncia la escatología humana?
Sin duda es una temeridad rectificar, corregir, completar o proponer un curso alternativo a lo que ya ha sido o permanece en la memoria oral y religiosa de tantos creyentes. Pero es que las mejores historias de la Biblia nos hablan de eso precisamente: de la presunta soberbia, de la supuesta arrogancia de los humanos…, que quieren parecerse a la Providencia o quieren alcanzar su cenit. Si lo pensamos bien, llevamos siglos haciendo eso: rehaciendo las viejas historias que en sus libros se cuentan. ¿Por qué razón? Porque la Biblia reúne nuestros mitos de origen, de vida, de muerte, de triunfo, de epifanía. En un mito, decía Claude Lévi-Strauss, no importa la exactitud de las palabras que lo enuncian, sino el sentido último que encierra. El mito puede reescribirse una y otra vez.
Aceptando ese supuesto, José Saramago reelabora la historia de Caín en clave irónica y eso le sirve para reprochar a Dios su acción y su inacción. Caín mata a Abel y el Ser Supremo lo condena: “Andarás errante y perdido por el mundo”. La historia que nosotros leemos ahora, la escrita por Saramago, está narrada en primera persona por alguien actual de quien nunca sabremos nada. Quiere obrar como un historiador o un cronista, escribe en minúsculas todos los nombres propios y alude constantemente a la vida de hoy por contraste con los tiempos bíblicos. Comete anacronismos deliberados, se burla de los grandes héroes del pasado y su propósito es relatar la verdadera historia de Caín, un tipo que no era tan odioso como las Escrituras indican, un individuo que efectivamente andará errante por el mundo transitando de presente en presente.
Vive tiempos distintos, como si viajara en una máquina del tiempo, como si cambiara de circunstancia gracias al teletransporte. Es por eso por lo que conoce personalmente a Abraham, aquel a quien el Señor ordena sacrificar a su propio hijo; es por eso por lo que conoce la edificación de Babel, la torre con la que los hombres quería alcanzar el cielo, cometiendo un pecado de soberbia que Dios castigará con la confusión de lenguas; es por eso, en fin, por lo que conoce a Lilith. ¿Y? Pues que el lector tiene la sensación de estar ante una fábula artificiosa, innecesariamente alargada. Por ejemplo, ya sabíamos de Noé, algo borrachín, por otros libros: por la Biblia y por el primer capítulo de Una historia del mundo en diez capítulos y medio, de Julian Barnes. Puestos a hacer guasa, prefiero ese relato del autor inglés a la novela del escritor portugués. El lector, en fin, tiene la sensación de que Alfaguara quiere sacarnos los cuartos sin que la historia merezca gran atención (cosa que ya me pasó con la primera obra suya que leí y de la que sí hice una reseña). Por supuesto, está bien escrita y bien traducida, pero la sensación creciente es la de producto innecesario, prescindible. Como no escribo reseñas breves, no completaré estas palabras. Faltan fuelle y mala leche. A Saramago y a mí.
Tres. Acudo presto a conferenciar. Hoy, miércoles 4 de noviembre de 2009 a las 10 horas, he de hablar larga, extensamente, sobre Historia y cultura. La novela. Esta actividad está dentro del Máster en Historia del mundo hispánico que la Universitat Jaume I (Castellón de la Plana) organiza en su propio campus, en concreto en la Facultat de Ciències Humanes i Socials. Hoy me toca hablar, aunque siguiendo lo que me inspira en este post, preferiría no hacerlo. Prefiriría seguir leyendo, ejerciendo de lector impenitente y caótico, para así poner en contraste y en contradicción los que uno aprende, siempre aprende, con cada página con la que disfruta o se irrita.
En mi disertación haré un pequeño homenaje a Claude Lévi-Strauss, a su noción de cultura, a su idea de artificialidad humana, espacio de relaciones en el que nacen los productos culturales. El etnólogo se ocupó de los salvajes, de los pueblos primitivos que llegan incólumes o parcialmente incólumes a la sociedad de hoy. A ese pequeño prodigo, a esas excecpiones, Lévi-Strauss destinó sus horas y su vida.
Lo universal es natural, decía el antropólogo; lo local es cultural. La cultura es un código normativo; es prescripción, prohibición; es una forma particular de hacer, una resolución de problemas concretos; pero es también contexto en el que se ponen en práctica destrezas locales y recursos universales. La novela –a la que Lévi-Strauss no le prestó gran dedicación– es uno de esos productos culturales de que nos servimos los modernos. De eso voy a hablar…, pero preferiría no hacerlo: preferiría leer.
Cuatro. Regreso de Castellón de la Plana contento, leyendo. El tren casi siempre es una dicha. Leer cómodamente instalado es una manera de darme satisfacción tras casi tres horas de conferencia e interlocución. Creo haber provocado a alguien. Ahora me toca a mí. Regreso, digo. ¿Leyendo qué cosa? Un traqueteo de antiguo ferrocarril me mece y me hace dormir. Cuando despierto vuelvo a la página y a mis subrayados salvajes, anotaciones en rojo, con rotulador, para dejar inservible el volumen.
Tengo en mis manos la reedición de El autor y la escritura, de Ernst Jünger. Ayer lo compré en Gaia y hoy a primera hora, cuando me preparaba la cartera con mis papeles y mis libros, me he decidido. Le haré un hueco en el portafolios –me he dicho–. Así, cuando vuelva en el tren, me dedicaré a leer las reflexiones de Jünger, anotaciones largas o aforismos que el escritor alemán fue registrando a lo largo de los años.
En estas páginas están sus ocurrencias y sus consecuencias, lo que el oficio le sugería y los efectos que tenía en su persona y en su obra: efectos auténticamente embriagantes o lúcidos, según. He leído libros grandes y menores de Jünger, pero no soy un experto en su obra… Me perdí la lectura de este volumen cuando se tradujo (en 2004). ¿Para qué retrasar más el placer y la discrepancia? En Jünger hay exageraciones, juicios expeditivos cuyo origen no es estricta ni exclusivamente nietzscheano.
En el autor hay conciencia de auctoritas y de creación. No es únicamente un escritor: siempre quiso ser autor. “Autoría. ¿Cómo hay que entender el concepto? De una manera absolutamente general, como exteriorización de la fuerza creadora. Autor somos todos y cada uno, pero la mayoría no sabe de su felicidad”, indica Jünger. La felicidad de ahormarse, de crearse, de sacurdirse fardos. El autor no mira a su público, dice Jünger, pues “detrás de cada poema logrado”, detrás de cada prosa consumada, “hay siempre algo más que la sociedad y la época: la soledad atemporal”. Los peores escritores son, precisamente, los que se atienen al contexto, aquellos que no emplean más que recursos obvios: los de su circunstancia. Y acaba: “tomado en sentido literario, el concepto [de autor] debe incluir al poeta y no puede legítimamente excluir al escritor”. No hay paradoja en este juicio, pues Jünger distinguía entre autor y escritor. A esta condición, ínfima o común, pueden aspirar muchos: todo aquel que es epígono, que es heredero. Ser llamado autor es el merecimiento de unos pocos.
Venía leyendo estas cosas y, de repente, me he tropeazado con una anotación que parecía hecha para mí, para hoy. “Ajetreos nuevos. Dar conferencias. Están asociadas con viajes y esfuerzos y consumen el tiempo productivo. Van seguidas de una charla, la mayor parte de las veces infructuosa”. ¿Infructuosa? ¿Es así? No sé qué responder. En todo caso, dar conferencias no es declamar. Es crear de otro modo, dejándose llevar por el hilo rojo de las palabras. “El autor puede, pero no debe, ser un entretenedor. Declamar está bien dentro del círculo de los amigos o de la familia”. Aunque hubiera querido, yo no habría podido hacerlo: un público latinoamericano de formación diversa y de concepciones distintas no es el círculo de los amigos o de la familia. Eso me ha obligado a esforzarme otra vez con mayor empeño. Nuevamente, el entusiasmo. En fin…
Regreso a la Biblia
30 Octubre 2009
1. Santo Job. Al leer los titulares de la prensa digital, la pasada noche del jueves 29 de octubre, no daba crédito. Distintos líderes del Partido Popular parecían haberse puesto de acuerdo para diagnosticar la crisis de su organización empleando metáforas atávicas, imágenes bíblicas. Estamos en tiempo de recogimiento, de reflexión, de recuerdo de los muertos y de las ánimas, pensé.
En el titular de elpais.com leo un titular que ya ha desaparecido. Es todo un poema: “Rajoy pierde la paciencia y anuncia que el martes tomará medidas”. Oh, vaya. No sé que es más sorprendente si la guasa del periódico rotulando así o la verdad que literalmente proclama: Mariano Rajoy ha perdido la paciencia, cierto; por eso, coge carrerilla y convoca al Comité Ejecutivo de su partido para cinco días después. ¿Por qué razón? Porque “Santo Job sólo habido uno en la historia”. Añado algo más: “Probablemente a veces hay que ser audaz, a veces prudente, a veces no siquiera se sabe si se acierta o no, porque no hay matemáticas en todo esto. Pero yo os digo que la paciencia -que es una de las más importantes virtudes que debe tener un político-… Santo Job sólo ha habido uno en la historia”.
Hombre, qué coincidencia: la próxima reseña que he de entregar, sobre Caín (2009), de José Saramago, me ha obligado a refrescar mis lecturas bíblicas, algo descuidadas en los últimos años. En uno de los momentos de la novela, el escritor portugués reproduce el pasaje de Job. O, mejor, lo recrea cambiando el sentido positivo que tradicionalmente se ha dado al hecho de aguantar, de aguantar lo que Dios mande (mande en el sentido de quiere y mande en el sentido de remite). Pero, para Job, la paciencia debía probarse ante la Providencia: ese Dios del Antiguo Testamento, tan irascible y exigente.
Digo y esto e inmediatamente recuerdo un cuadro típico de la pintura religiosa del Ochocientos. Es una imagen célebre que hemos visto mil veces, la del Santo Job, de Léon Bonnat: una obra de 1880 que se conserva en el Museo del Louvre. Su tratamiento de los personajes bíblicos le reportó cierto escándalo. Por su verismo. Troppo vero, podría haberse dicho otra vez. Como se sabe, Job, que tenía fama de ser recto e incorruptible, fue un varón a quien Satán sometió a todo tipo de desgracias y tentaciones. Esas sevicias fueron idea del Diablo pero fue Dios quien las autorizó para ponerle a prueba. Ello le causó enormes desdichas, a las que supo hacer frente. Fue declarado santo como ejemplo de virtud, de paciencia, y la Iglesia celebra su santoral el 8 de mayo.
Mariano Rajoy, que no es Job, no tiene paciencia para soportar las desgracias que le manda… ¿Dios? No es la Providencia la que manda directamente los males a Job. Es el Diablo bajo la autorización de Dios. En el caso de Rajoy, ¿quién es Dios y quién es el Diablo? Echen un vistazo al cuadro de Bonnat.
2. El pastor y su grey. Leo un despacho de Efe. Son unas declaraciones que Manuel Pizarro ha hecho a Telemadrid, en concreto a El Círculo a primera hora. La primera parte de sus palabras alude a una tradición de las organizaciones que ahora se ha roto: los traspos sucios se lavan en casa. “La justicia tardía no es justicia. Confío en que el PP actúe con ejemplaridad porque es lo que espera el ciudadano. Hay conductas que son punibles y, si no pasa nada, esto es la ley de la jungla”, asevera. A su juicio, “las discusiones tienen que darse en los órganos internos de los partidos. No te puedes pronunciar por ahí fuera en esos términos”. Y añade: “En cualquier situación de la vida hay que cuidar las formas y ser educado, porque cuando se pierden las formas, se pierde la educación y muchas cosas más”. Hasta aquí, lo previsible.
Luego Pizarro habla del descontrol verbal de su partido y concluye en términos muy rurales o muy bíblicos: “el ganado tiene que tener un pastor por delante y un perro guardián. El líder tiene que ir delante, llevar un secretario general que ponga orden y un motor muy claro que son los principios, los valores e ideas con los que intentas imantar a la sociedad”. “Cuando no se hace esto”, añadió, “el ganado se desparrama”.
En efecto, desde antiguo sabemos que hay pastorear las ovejas. En Juan 21,16, Jesús le pide a Pedro que apaciente su ganado. “¿Me amas?”, pregunta. Pues “apacienta mis ovejas”. ¿Ganado, pastor, perro guardián? Por lo que parece, para Pizarro, esos tres elementos son los recursos imprescindibles para el funcionamiento de un partido político. Para José María Aznar, los ingredientes también son tres: “Un líder, no varios; un partido, no varios; un proyecto, no varios”. Desde entonces, sin duda, repite esa fórmula. Y, como en la Biblia, también esos tres mandamientos se resumen en uno, su propio ejemplo: “la conjunción de estas tres cosas a mí me dio resultado”.
3. La Torre de Babel. Pero Aznar no se limita a endiosarse, no peca de arrogancia luciferina. Sabe diagnosticar: “Si los dirigentes políticos actuales no reaccionan con urgencia [ante los últimos escándalos de corrupción], habrá un momento en que no podrán salir a la calle”. Así lo ha advertido el presidente de honor del Partido Popular para acabar con una apostilla: quien no acepte su diagnóstico es que “está totalmente fuera de la realidad”.
Justamente es lo que he pensado al leer las declaraciones de Francisco Camps avalando a Ricardo Costa tras haber sido defenestrado. Según dice, “todos en el partido tenemos por [Ricardo] Costa el mayor respeto y avalamos su excepcional gestión”. Excepcional gestión. Vale, admitido: excepcional gestión.
¿Entonces a qué se debe su caída? ¿En qué ha pecado? Camps no aclarado esto. “Avalamos su excepcional gestión”, ha insistido al tiempo que indicaba que la suspensión adoptada por la dirección nacional del partido “nada tiene que ver” con los cargos que ha desempeñado como secretario general de los populares valencianos ni como portavoz del grupo parlamentario en las Cortes valencianas. Entonces deberemos admitir que la falta de Costa es un pecado de soberbia. Ha retado varias veces a la dirección nacional y su líder como un Dios tonante lo elimina. La soberbia no es sólo el mayor pecado según la Biblia, el primer pecado capital, sino también la fuente misma del mal. Es por eso por lo que de ella misma nace la mayor debilidad. Soberbio no es sólo el orgulloso, no es sólo quien se envanece, sino también quien menosprecia al otro, quien no lo reconoce. Como advirtió San Agustín,”la soberbia no es grandeza sin hinchazón, sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano”. ¿Quién es el grande y quien el hinchado en el Partido Popular?
4. La imagen de Rajoy se derrumba. Leo en El País un titular que reza así: “La imagen de Rajoy se derrumba“. Sirve para encabezar la noticia de una Encuesta para dicho periódico. En concreto, la “Encuesta de Clima Social de Metroscopia”. Según leo, “revela que la imagen de Rajoy como líder político está hecha añicos cuando va a afrontar la semana en la que, según anunció el viernes, piensa aclarar las cosas en la caótica situación interna del PP. Cuando se les pregunta [a los españoles] si confían en Rajoy, el 83% de los ciudadanos dice que le inspira ‘poca o ninguna’ confianza. Un asombroso 68% de sus propios votantes dice que no confía en él”.
¿Es una encuesta cierta o falsa? No es la pregunta pertinente. Por supuesta está realizada con la mayores garantías que estos sondeos precisan. Pero los sondeos no son sólo retratos de situación, como queremos creer. Las encuestas, como las imágenes de gran difusión e impacto mediático, provocan efectos, quizá los contrarios, de los que captan. Si yo dispongo de suficiente poder de convocatoria y aviso a la ciudadanía del hundimiento de una entidad bancaria o de la carrera de un político, es probable que ocurran dos cosas: o lo hundimos, justamente porque la acción posterior de todos nosotros –los clientes o los electores– refuerza la impresión previa; o lo rescatamos, precisamente porque la respuesta del conjunto compensa o corrige la previsión.
Por eso, un titular tan rotundo (“La imagen de Rajoy se derrumba“) no es sólo una descripción de lo real. Es también un enunciado realizativo que provoca consecuencias. Sus responsables saben que traerá efectos. Enunciado realizativo. Así lo llamó John Austin en su libro Cómo hacer cosas con palabras. Fue un libro que leí hace mucho tiempo, influido por Juan Goytisolo. No me pregunten por qué. Es probable que en alguno de sus ensayos lo mencionara con elogio. Cuando hablamos o cuando escribimos, cuando nos manifiestamos, simplemente nos expresamos, hay frases puramente descriptivas. Este arbol es verde. Y hay frases que realizan acciones. Un enunciado realizativo o performativo (depende de las traducciones del original performative) es algo más que una descripción: al describir cierto hecho lo ejecutamos. O, de otra manera, por la sola circunstancia de ser expresado realiza el hecho. ¿Puede evaluarse en términos de verdad o falsedad?
La aseveración de El País, que en la edición digital del domingo ya figura en cubierta, provoca un efecto, su efecto, por el solo hecho de enunciarse. ¿Cuál? ¿Recuerdan aquella imagen de Mariano Rajoy en el balcón de Génova inmediatamente después de perder las elecciones? Veíamos al político popular y a su esposa tiernamente abrazados: con la tristeza y la desolación reflejadas en el rostro de la mujer. Nos daba congoja el abatimiento que ambos experimentaban, y al menos mis sentimientos se parecían mucho a los de la caridad. Quizá me volvía el efecto de tanta lectura bíblica. ¿Cuál fue la consecuencia de aquella instantánea?
5. El milagro de los panes, de los peces y de los manifestantes. Hablando de instantáneas…, el sábado 31 de octubre hubo una manifestación en Valencia. Fue muy fotografiada. Aunque era una concentración convocada contra la corrupción, los asistentes se centraron básicamente en Francisco Camps. Creo que fue una decisión injusta: le dieron un enorme protagonismo al president valenciano, en estas horas terminales. Lamentablemente hay casos, numerosos casos, que salpican a este y a aquel partido y, por eso, protestar contra un Gabinete cadáverico es ensañarse con el débil. Ya podrían, ya…
Sin duda, el caso Gürtel es una particularidad local y, por eso, esta manifestación rindió homenaje a nuestros representantes más eximios. Lo entiendo, lo entiendo. Yo no acudí porque, entre otras cosas, tengo aversión a la multitud y al estrépito. No trato de justificarme ni de defender misantropía alguna. Simplemente, nadie es perfecto.
A lo que me cuentan, la concentración fue masiva y festiva: acudió un gentío de ciudadanos ruidosos y bullangueros, algunos muy conocidos de este blog. Viendo las fotografías que abajo reproduzco, creo que el Gobierno de Camps no tiene razón: no había decenas de personas; había unos poquitos más. Fue como un milagro, raro en esta tierra atea y descreída: se multiplicaron los panes, los peces y los manifestantes. Había pancartas muy ocurrentes, lemas simpáticos y mucha guasa. Uno de los carteles más celebrados fue aquel en el que podía leerse: “Si me queréis, irse”. Un bello homenaje a Lola Flores.
En la última instantánea que reproduzco vemos a un grupo de jaraneros tras la manifestación. Parecen contentos. ¿Litros del alcohol corren por su venas? Tienen aspecto de peligrosos alborotadores, extrema izquierda o algo así. O quizá sea la Última Cena que se conceden, quién sabe. Aunque no podemos verificarlo, es probable que alguno de ellos calce zapatillas: por si hay problemas al ir volao.
La socialdemocracia
26 Octubre 2009
La socialdemocracia. En el pasado, la voz socialdemocracia tenía prestigio entre sus afines, pero no tenía valor entre los socialistas más extremados, que empleaban dicha palabra como reproche que lanzar a los rivales internos. Durante mucho tiempo, entre los comunistas, calificar a alguien de socialdemócrata era poco menos que un insulto: un vendido al capitalismo. Entre los estalinistas, era equivalente a socialfascista, un monstruoso híbrido político, una aleación de lo más odiado, una figura hecha con los restos de los enemigos.
Se ha dicho muchas veces: la socialdemocracia nace en la segunda mitad del siglo XIX. Cuando aparece la voz, socialdemócrata es equivalente a socialista y es la adjetivación habitual en Alemania, en Rusia o en los países escandinavos, justamente cuando se constituyen los partidos políticos de las clases trabajadoras. Más adelante, la oposición a las bases del marxismo hará de algunos socialistas, militantes propiamente socialdemócratas. Por ello, la socialdemocracia se identifica con el socialismo democrático, reformista, gradualista, aquel que tiene como metas la justicia social y los derechos políticos. Se oponía al conservadurismo, al liberalismo y a la revolución inspirada por el marxismo.
Pero la suerte de la socialdemocracia fue desigual. El siglo XX es, entre otras cosas, la centuria de las guerras, de la nacionalización, de los fanatismos, de las atrocidades ideológicas. La socialdemocracia no fue un alma bella que permaneciera incólume, sin tacha, sino que fue una corriente con comportamientos circunstanciales variados. De acuerdo con contextos violentísimos. Los socialdemócratas tuvieron comportamientos dignos e indignos, valerosos y entreguistas. Y, sin duda, la presión del izquierdismo externo o la maquinaria del partido interno no les hicieron mejores que a otros, aunque a ellos, a los socialdemócratas, debamos logros políticos que hoy nos parecen evidentes. Con variaciones y matices, propugnan una cierta redistribución de la riqueza y una mayor igualdad dentro de la economía de mercado; postulan también una intervención limitada del Estado que salve la democracia política y que favorezca el bienestar, las oportunidades sociales. No les voy a dar una lección sobre esta corriente. No me voy a poner profesoral. Simplemente resumo lo archisabido, dejando fuera muchos matices que deberían hacerse: matices que mejoran o empeoran la historia de la socialdemocracia.
Paolo Flores d’Arcais. Siglo y pico después se habla de crisis de la socialdemocracia. ¿Es así? Habrá que seguir hablando de la socialdemocracia, en efecto. El pasado domingo 25 de octubre leí en El País un artículo de Paolo Flores d’Arcais sobre su crisis, sobre su presunta o real crisis. Lo titulaba La traición de la socialdemocracia. Habrá que seguir hablando, sí. Con Paolo Flores d’Arcais y con otros. Normalmente me satisface lo que escribe este ensayista italiano. Sin embargo, el artículo del domingo en El País me pareció muy facilón, demasiado simple. ¿La traición de la socialdemocracia? ¿Ah, pero hubo unos viejos buenos tiempos en que las cosas funcionaban admirablemente? La historia de esta corriente es muy compleja y, sin duda, no se limita a un pretérito mejor.
Parece mentira que diga eso, lo de la crisis actual, alguien que conoció a Bettino Craxi y a toda una generación del PSI que se hundió hace un par de décadas tras la corrupción y las malas maneras. Flores d’Arcais cita dos o tres momentos que serían simbólicos en la historia brillante de la socialdemocracia (la creación del Estado del Bienestar o, también, Willy Brandt de rodillas en Varsovia). Según él, hoy las cosas son muy distintas. Pero creo que los reproches que le hace a los partidos socialdemócratas actuales (que si son establishment, etcétera) son pegas que podrían haberse planteado igualmente hace varias décadas…, cuando la socialdemocracia iba viento en popa.
Las elecciones son una cosa y la maquinaria de los partidos es otra. ¿Son inutilizables los partidos socialdemócratas? Sí, dice Flores d’Arcais. Por ser partidos-máquina. Yo no creo que la cosa sea tan simple. La experiencia de “nuevos partidos” es generalmente desastrosa o, al menos, repite los vicios anteriores. Aquí lo tratamos cuando hablábamos de Ciutadans o de Unión, Progeso y Democracia, organizaciones que nacen –según dicen– para regenerar la democracia y que suelen reiterar el funcionamiento de los viejos organismos. Pongamos un contrajemplo. El Partido Popular ha ganado con suficiencia electoral en la Comunidad Valenciana. ¿Por qué? ¿Porque es un partido de mayor democracia interna? No es ése el factor. El asunto es más complejo, sin duda. Al PP valenciano no le ha hecho falta mejorar el funcionamiento de su aparato (o la democracia interna) para arrasar electoralmente. Elecciones y democracia partidista no son equivalentes. Igual que se pueden ganar votaciones y comicios sin grandes principios, sin disponer de convicciones profundas.
Paolo Flores d’Arcais habla a partir de su propia experiencia: la desastrosa experiencia de la izquierda italiana en la posguerra y después, con un Partido Comunista poderoso e institucional, relativamente alejado de Moscú, y con un Partido Socialista minúsculo secuestrado finalmente por una oligarquía funcionarial, dispuesta a sobrevivir y a enriquecerse. El Estado italiano y la corrupción, la Mafia y el parlamentarismo reciamente partidista provocaron el cataclismo de esa izquierda. Y la televisión; y el fútbol… La opción política de Silvio Berlusconi nace en ese contexto como un movimiento que presuntamente superaba los vicios de la partitocracia.
Como antes decía, las ideas de este ensayista han sido generalmente muy provechosas. Desde antiguo reivindica al individuo, un valor que ha de asumir la izquierda, según precisa. Recuerdo su libro El desafío oscurantista. Ética y fe en la doctrina papal (1994), un volumen imprescindible para entender la retroceso moral de la Iglesia católica con Juan Pablo II. Recuerdo su Hannah Arendt. Existencia y libertad (1995), un librito indispensable para pensar la idea de responsabilidad. Flores d’Arcais ha sido y es un referente para la izquierda después del estalinismo, decidido crítico de los atavismos socialistas, socialdemócratas y comunistas. Por eso, recuerdo especialmente una obra suya de largo aliento: El individuo libertario (2001). Tenía un título quizá algo confuso.
Ese libertario lo asociamos a lo ácrata. Pero no: en realidad, era una herencia del libertarismo de los ochenta, una opción radical que algunos liberales y socialistas asumieron para acentuar sus propias tradiciones o para cambiar ciertos tics de sus respectivas tradiciones. Lo libertario es lo que no se ciñe, lo que no se somete, lo que desborda los límites. Aquello que va más allá del Estado. Ese libertarismo tenía y tiene resonancias de Friedrich Nietzsche. “Allí donde termina el Estado comienza el hombre no superfluo”, leemos en Así habló Zaratustra. “Allí comienza la canción de lo necesario, el estilo único e insustituible. Allí donde el Estado acaba –¡mirad allí, por favor, hermanos! ¿No lo veis, el arco iris y los puentes del superhombre?”, concluía Nietzsche.
El individuo. Paolo Flores d’Arcais reivindica “el hombre no superfluo”, el individuo que se moldea porque no tiene restricciones que lo ahoguen o carencias que lo aplasten. ¿Y qué tiene que ver esto con la izquierda o con la socialdemocracia? En su libro El individuo libertario había un apartado que se titulaba “Izquierda quiere decir individuo”. Señalaba una cosa muy interesante, sugestiva aunque quizá utópica y bienintencionada. Los socialistas han hecho del colectivismo su seña de identidad, decía. ¿Por qué no pensamos al revés la cuestión? La izquierda ha de asumir el Estado limitado y ha de asumir la legalidad de la democracia representativa.
“La legalidad es el poder de los sin poder e incluso su bien material por excelencia”, decía. “Donde impone su ley el clan mafioso, o la banda juvenil, el restablecimiento de legalidad constituye incluso elemental liberación frente a la devastadora e inadmisible alternativa: la sumisión a la lógica de la violencia organizada o el heroísmo insensato en una cotidianidad hobbesiana. Pero sin llegar a tanto: cada corrupción o prevaricación impune, cada derecho vulnerado, cada denegada justicia constituye explotación y empobrecimiento de los sin poder”.
La ley es es el mejor instrumento de protección de los débiles. Y si hay algo débil es el individuo. O en sus propios términos: “La izquierda hasta ahora ha fracasado, y sigue fracasando, en la tarea de abordar esta esencial cuestión. Por tanto hay que reinventar la izquierda. Y, a la vez, la izquierda no tiene necesidad de inventar nada en absoluto. Izquierda quiere decir, en efecto –hoy como ayer, hoy más que ayer–, estar de la parte del más débil, del más frágil, del más indefenso, del más expuesto, del más en peligro. Si esto es verdad, entonces izquierda quiere decir individuo“. O con otras palabras: “la política de la izquierda es, pues, la política que tiene como objetivo constituir a todos y cada uno en individuos autónomos, y entregarles, de forma irrevocable y no fictica, el control de las instituciones”.
Sí y no, diríamos respondiendo a Flores d’Arcais. El control de las instituciones entregado a individuos autónomos y responsables (que es con lo que soñaba la principal inspiradora de Flores d’Arcais: Hannah Arendt) es un noble ideal que ignora el fuste torcido de la humanidad: nuestra mala cabeza, nuestra naturaleza inconstante y egoísta. Somos individuos con intereses contrapuestos. En los partidos hay intereses contrapuestos. ¿Alguien imagina que esos intereses desaparecen? No es pensable. Lo que sí es pensable es una organización sometida a controles legales que impidan el máximo despilfarro o el juego exclusivamente oligárquico. ¿Se ha conseguido? Bueno, llevamos décadas en ello. Mientras tanto, algunos se aprovechan, desde luego.
El problema del individuo libertario concebido por Flores d’Arcais o del individuo responsable de Hannah Arendt es que sus autores lo plantean desde el ideal del ciudadano republicano y virtuoso. Virtuoso. Qué casualidad, una posición muy cercana a la del Rodríguez Zapatero que profesaba el “republicanismo” como no explotación (Philippe Pettit). Qué curioso: una de las entrevistas más lisonjeras e inteligentes que se le hicieron al actual presidente español la firmaba Paolo Flores d’Arcais. Tal vez veía en Rodríguez Zapatero y en su partido una regeneración imposible en la izquierda italiana. Qué cosas.
Hemeroteca del día
JS, “Abusos”, El País, 28 de octubre de 2009
Trato en dicho artículo de los lamentables abusos que se dan en el seno de los partidos, esas instituciones a la vez tan necesarias. Lo que postulo es algo tan simple como el principio de legalidad.
En la primera plana de El Mundo correspondiente al martes 27 de octubre de 2009 vemos una fotografía que ilustra la cubierta. Los responsables han querido documentar con imágenes una noticia que tiene que ver con Esperanza Aguirre. No es la visita a los Teatros del Canal, que es concretamente lo que en la foto sucede. Lo que El Mundo hace es convertir en metáfora una imagen sacada de contexto. Es una práctica habitual de este periodico y, si me permiten decirlo, es una práctica lamentable.
¿Qué indica? ¿Que Esperanza Aguirre es capaz de acudir a los Teatros del Canal en plena crisis del PP por Caja Madrid? ¿Que la tragicomedia que representa por fin ha llegado a las tablas? ¿Que su seguridad es tal que puede iniciar unos pasos de danza manteniendo el equilibrio, dicho todo en su sentido metafórico más pedestre? Lean el pie haciendo click sobre la imagen.
En dicha fotografía llaman la atención dos cosas. En primer lugar, el cortesano que la acompaña, Albert Boadella, que aprueba con el gesto los progresos coreográficos de su jefa o pupila, no sé. Además le cubre las espaldas… Y, en segundo lugar, el atrevimiento, la osadía, la falta de vergüenza de la presidenta a la hora de hacer lo que no sabe hacer. Creo que ambas cosas definen muy bien su comportamiento: hay que rodearse de asesores áulicos y consejeros que ejerzan de guardia pretoriana y que cubran las espaldas; y hay que atacar un paso de baile o una iniciativa sin complejo alguno.
Autobiografía e historiografía
21 Octubre 2009
Literatura y autobiografía en la España contemporánea.
Éste es el título del ciclo de conferencias que dirige Jordi Gracia y que organiza la Fundación Juan March. Se desarrolla los martes y jueves del mes de octubre de 2009, en concreto los días 13, 15, 20, 22, 27 y 29. Intervenimos Jordi Gracia, José-Carlos Mainer, Enric Sòria, Miguel Ángel Aguilar y yo mismo. Para el último día, el 29, está prevista una mesa redonda con Andrés Trapiello, Antonio Martínez Sarrión y Esther Tusquets.
En mi caso la conferencia es el día jueves 22 a las 19:30 horas. Y su título es Autobiografía e historiografía. El caso de Antonio Muñoz Molina. En cincuenta minutos he de hablar de ambos géneros, de lo que distingue y aproxima a ambos géneros: lo que separa al memorialista del historiador, lo que acerca al autobiógrafo y al investigador. Trataré de la escritura del yo, del testimonio; hablaré del valor que el historiador puede conceder a la versión subjetiva del pasado; y hablaré, en fin, de la novela como espacio de autoficción y como recreación histórica.
Tomaré el caso de Antonio Muñoz Molina. Me basaré en alguna obra suya, comparándola con otras. Analizaré su condición de novelista, su condición de historiador (del arte), su perspectiva y observación a partir de la memoria, del recuerdo emocional de los hechos. Justamente, el recuerdo emocional de los hechos.
Perdonen que sea tan escueto, pero estoy en plena fase preparatoria, concentrado y ordenándome.
2. En ausencia de Blanca. La última novela de Muñoz Molina que he releído es En ausencia de Blanca. Aunque yo tenía ya mi ejemplar, muy gastado y subrayado y anotado, me he vuelto a comprar la nueva edición, fechada en 2007. ¿Me sirve para la exposición que debo hacer en la Fundación Juan March? Aparentemente, no. La historia menuda de un delineante de la Diputación de Jaén perdidamente enamorado de su esposa nada tiene que ver con el tema central: con la Autobiografía y la Historiografía. Muñoz Molina jamás ha sido delineante y que yo sepa tampoco ha trabajado en esa Diputación.
¿Qué es? ¿Una autoficción? Por supuesto. Como otras que él ha escrito y que le sirven para cotejarse, para pensarse en situaciones distintas de las efectivamente sucedidas. ¿Cómo habría reaccionado yo si en vez de irme a la capital me hubiera quedado en la provincia? Eso lo aplica en sucesivas ficciones con ingredientes varios y es una manera de hacer autoanálisis. Pero atención: no es mero autoanálisis. Hay que saber contar, saber mezclar materiales y recursos, y hay que saber persuadir al lector para que se quede, para que se interese por una historia que en principio no le concierne.
Contada en tercera persona, la narración tiene el punto de vista del varón protagonista. El personaje se llama Mario López y su circunstancia es conmovedora. Perdidito por su mujer, ve cómo ésta se aleja sentimentalmente. Blanca tiene muchos pájaros en la cabeza. Nacida en el seno de “una opulenta familia malagueña de abogados, notarios y registradores de la propiedad”, se cree destinada a grandes empresas culturales. Pero es víctima de sus muchos intereses e iniciativas: a la postre, sus metas suelen quedar en poca cosa. Quizá frustrada por ello, Blanca aprovecha para reprocharle a Mario su poca energía, su indolencia o pasividad de funcionario… Eso es lo que se nos cuenta en tercera persona, pero con la perspectiva del marido. La novela rinde homenaje a muchas historias ya contadas, aunque de manera directa se inspira –así lo advirtió Muñoz Molina– en un cuento fantástico de Adolfo Bioy Casares: En memoria de Paulina.
En ausencia de Blanca se publicó originariamente en 1999. Desde entonces la he releído varias veces sin venir a cuento. Quiero decir, sin tener necesidad, que es la mejor manera de disfrutar de una ficción y de sacarle provecho después. Umberto Eco decía que una tesis doctoral es como un cerdo: que todo aprovecha. Salvando las distancias –las distancias entre una novela y una tesis–, podríamos decir que también en una narración hay un despiece absoluto. Vamos, que lo leído nos regresa tiempo después y para otros fines.
Sin duda, no es la novela decisiva del autor, pero es una de esas obras menudas que tanto le agradecemos sus lectores. De cuando en cuando, al salir de un empeño de mayor cota, Muñoz Molina se divierte con una novelita. No tomen el diminutivo como algo despectivo. Toménlo como sinónimo de ligera. Según sostuvo el propio autor en Santillana del Mar, “ligereza, se ha dicho, no es lo contrario de seriedad, sino de pesadez”. Así es. Y allí, en esa novela ligera, hay una historia de amor, hay una historia de adulterio, hay una historia fantástica, de delirio, y hay una recreación muy convincente de la España de los ochenta. O, al menos, de cierta España cultural y banal. Pero no voy a seguir por aquí. Veo que me aprovecha, que las páginas de esta novelita también son historiografía recreada.
3. La casualidad. Martes, 20 de octubre. Recibo en mi casa la edición de las jornadas de Santillana del Mar: Lecciones y maestros. Es un precioso librito de tapas rojas en las que se recogen los textos de Luis Mateo Díez, Ángeles Mastretta y Antonio Muñoz Molina. También se editan las palabras de sus respectivos presentadores. No sé si la Fundación Santillana lo va a distribuir. He aprovechado para deleitarme en sus páginas, recordando las intervenciones de los escritores.
Miércoles, 21. Recibo en mi domicilio la nueva novela de Antonio Muñoz Molina. ¿Su título? Ya se ha divulgado en la prensa: La noche de los tiempos. Tengo una edición en pruebas que debo a la amabilidad del autor, a su amistad y cortesía. Por supuesto no podré tenerla leída antes de mi conferencia. Es literalmente imposible cumplir esa hazaña: mi ejemplar tiene novecientas cincuenta y ocho páginas, de las que sólo he leído las primeras. Para disfrute, vaya. Cuando pensaba en ello días atrás –cuando admitía que no podría llevar leída la nueva novela–, lo lamentaba. Ahora no. Ahora creo que es mejor así. Lo que yo pueda decir en la Fundación Juan March es fruto de la larga, repetida y demorada lectura de obras que ya han hecho su efecto, que a mí me hacen efecto. Lo que en Madrid diga no puede adelantar aquello que aún no existe, pues ese nuevo libro aparecerá dentro de unas semanas. Y un libro no es un texto, sino un artefacto material, algo que se completa cuando tiene tapas, cuando tiene paratextos, cuando llega al público. Esperaremos. Esperaremos a escribir sobre ello.
¿Y mientras tanto? Mientras tanto tengo otros dos originales que también estoy leyendo. Son las obras que un par de amigos me han confiado sin estar editadas aún: la novela de Isabel Barceló y el nuevo poemario de Juan Planas. ¿Ustedes se imaginan qué cortesía me hacen? Dedico mi tiempo a leer folios impresos, volúmenes que pronto –en los próximos días– verán la luz, textos que aún no han llegado al público. Tengo la suerte de que no los leo por obligación. Me procuran gran placer y, sobre todo, me permitirán dentro de poco discutir con sus autores. Líneas atrás citaba a Adolfo Bioy Casares. Pues bien en una página suya, el narrador –un trasunto de Bioy– se lamentaba de la lectura de originales a que estaba forzado, y en concreto deploraba la actitud de un tipo avasallador y hasta vulgar que le amenazaba con su gran creación. “Esgrimía, en la ocasión, un copioso manuscrito”, leo, “y el despótico derecho que la obra inédita confiere sobre el tiempo del prójimo”. Yo no lo vivo así, claro. Yo no veo que se ejerza sobre mí ese despótico derecho. Lo que tengo es mucha suerte. Pronto podrán compartir esta fortuna.
4. Crónica de la conferencia por Eduardo Laporte en El NáuGrafo digital.
Justo Serna, Antonio Muñoz Molina, autobiografía e historiografía: croniquilla del asunto.
Habíamos quedado a una hora de exactitud británica…
6. La crónica que no pudo ser, por JS.
Una conferencia es una conferencia es una conferencia
Premio de la Crítica Valenciana
16 Octubre 2009
Héroes alfabéticos. Por qué hay que leer novelas (PUV). Premio de la Crítica Valenciana 2008 en la modalidad de ensayo. Concesión: viernes 16 de octubre a las 19:30 horas en la Casa de la Cultura de Quart de Poblet. 
He leído Si temierais morir (2008), de Vicente Gallego, y El testamento ológrafo (2008), de Honorato Boscá. ¿Por qué lo he hecho? ¿Por cortesía con los premiados, compañeros de galardón? Si ésta fuera la razón, entonces llevaría los deberes hechos. Pero no, no es ése el único motivo. Hay algo más. Mucho más.
Por explícito título o por circunstancia personal, he leído ambos libros porque están relacionados con la muerte. Mi padre falléció hace un año y fue entonces, en esa circunstancia, cuando aumentó mi interés por la muerte. Por el absurdo que es, por el escándalo universal de la muerte. De siempre he leído sobre esto y no hay como la poesía para tratarla directamente, nombrando lo que carece de sentido. Ludwig Wittgenstein decía que hay cierta cosas que no pueden ser nombradas porque con las palabras no alcanzamos el sentido: como mucho, la descripción precaria de lo real, de lo tangible, de lo constatable. No me interesa mi muerte, fenómeno del que sólo puede preocuparme el dolor: el que yo podría experimentar o el que mi estado podría ocasionar. Me interesa el sentimiento que la muerte provoca.
Si temierais morir. El libro de Vicente Gallego es un poemario en el que se expresa la duda sobre la vida, la constatación de que nada es firme: tan sólo lo parece. ¿Una trivialidad? No creo que lo sea. Es la angustia profunda y superficial que tapamos con toda clase de afeites o maquillajes. Eso es: tenemos tapaderas. ¿Pero qué pasa cuando levantas la tapa o alguien se levanta la tapa de los sesos? “Esta vida, tan viva, tan segura, / ¿dónde esta sucediendo?”, se pregunta el poeta en “Humo de pajas”. Hay en sus versos esa constatación de que nada es firme, no sólo el amor, sino también el dolor que nos angustia. “¿Dónde van los amantes? / ¿Dónde el cuerpo que quiso y pudo tanto? / ¿Dónde yo cuando duermo, / dónde entonces la herida que en la noche me tenía velando?” El poeta corrobora el vacío de que estamos hechos, la sucesión de pérdidas, la identidad inevitablemente lacerada.
Intentamos vivir con sorpresa, sabiendo que no hay recambio y que esto que logramos es un prodigio: una ilusión y algo milagroso, perecedero o azaroso. “Quién obliga / este afán, / este beberse / la música no oída, este andar afinando / entre las cosas, pulsándoles el talle / por si hubiera sorpresa”. En esa esperanza vivimos, en que hay sorpresa (ilusión y milagro) que nos redima. Pero pronto, bien pronto, advertimos lo inútil del esfuerzo. “Esas pocas migajas que sorbemos / de la ración aguada del mendigo, / ¿nos han hecho crecer, / nos aprovechan? / Lo que ayer parecía vocación, / oficio de hombre libre, / ya se ve que es empleo / y a la fuerza se cumple”. No hay, pues, ilusión que dure y meta que se cumpla. Incluso aquello que era fruto de la voluntad del hombre libre se consume y se consuma como determinación y menester, algo previsible y ya fijado. “Esta vida / no es vida, es sólo menester”, afirma el poeta.
Y la muerte confirma esa previsión. “Aquí regresa todo: / la vida siempre urgente nunca cierta, / la muerte muy segura, / paso a paso”. Una y otra vez, el poeta se interroga sobre el absurdo que nos rodea o, mejor, sobre el absurdo que es el propio yo, un fingimiento o un error a punto de terminar. “¿Es que a nadie le extraña / lo que sucede aquí? / Llegamos sin quererlo; / partimos sin querer; / sin consuntar catálogo / cargamos con un cuerpo. / Ni la madre se elige, / ni lugar, ni ocasión; / y va de suyo / lo que llamamos alma, / cortada por qué mano a su capricho”.
Conforme leemos –y volvemos a leer– Si temierais morir certificamos la duda que no despejaremos. Habra que estar vivos, habrá que tener los ojos abiertos, sin tener miedo a los sueños. El padre ha sido guía, aquel que ha mostrado la audacia al niño o aquel que tutela al adulto que regresa lacerado. “Una noche dijiste, padre, / poniéndome en la frente / un fresco paño: / no temas a los sueños. / Yo volvía del mundo / más real que conozco, / donde afila / la vida sus ultrajes”. Pero nada dura y el padre, que es referencia que se pierde, desaparece porque no supimos defenderlo. Así lo vive el poeta, así lo vive el hombre. “Aquel que cuando niño / te rezó con la fe que sólo al niño / acuna y hace fuerte, / míralo aquí de vuelta, ha regresado / del más largo viaje, / el de perderte”.
Por supuesto, Si temierais morir es mucho más de lo que yo aquí esbozo. Es una rica sucesión de poemas que designan la angustia y una leve esperanza, lo temido y una frágil sorpresa. Pero yo lo leí sesgadamente, teniendo a mi espalda la sombra tutelar de mi padre. Yo también soy ése que menciona el poeta: “míralo aquí de vuelta, ha regresado / del más largo viaje, / el de perderte”.
El testamento ológrafo. Una muchacha apunta con un rifle de perdigones, porque… parece un rifle de perdigones. Es una joven bella y enérgica. El niño que a su costado observa atónito tiene un futuro por delante. ¿A qué disparan? No hay mejor ilustración para la cubierta de un libro. Lo ignoramos todo de la historia que aquí se cuenta…
De El testamento ológrafo, publicado en Pre-Textos en 2008, yo no sabía nada hasta que Lola, mi librera preferida, me la recomendó. Fue una viva recomendación, sí. Yo andaba buscando un libro para mi padre y ella sabía más o menos sus gustos, sus inclinaciones. Le precisé aún más. Mi padre, gran lector, estaba mal de salud, muy decaído y ya no soportaba cierto tipo de obras ajenas, es decir, ya no aguantaba historias que no le concernieran. Cuando Lola me explicó de qué iba, cuando comprobé la localización de la acción, la entidad de los personajes, la cronología de los hechos, inmediatamente le dije que sí, que me la llevaba, que seguro que le iba a encantar.
“Mira, lo que te traigo”, le dije a mi padre. “Esta novela la vas a disfrutar”, añadí mientras él asentía queriendo creerme. Ocurre en julio de 1954, entre Valencia y Alfambra, y la historia que nos cuenta el autor es la de una familia de clase media durante el veraneo de aquel año. Por supuesto alude a hechos anteriores, a circunstancias de la Guerra Civil y salen maquis. Eso le dije. Era un compendio escaso, escasísimo, pero suficiente para despertar la atención de mi padre.
Él había llegado a Valencia a comienzos de los años cincuenta, procedente de un pueblo muy parecido al de la novela, un pueblo como esa Alfambra en la que suceden los acontecimientos. “¿Y quién es el autor?”, me preguntó. Honorato Boscá, respondí. “No he leído nada de este escritor. Creo que es un autor novel, pero la novela parece muy madura y con intriga”, concluí. Yo había leído algunas páginas para cerciorarme de la elección. Su prosa impecable, precisa y recia auguraba deleite. “Además”, le insistí a mi padre, “Lola conoce al escritor. Años atrás fue jefe o compañero suyo en la empresa en que ambos trabajaban”. Este dato acabó por convencer a mi padre. Si la librera recomendaba una novela de alguien cercano, tan cercano, debía de estar bien. De lo contrario, habría evitado todo compadreo: se arriesgaba a que el lector regresara enfadado exigiendo hablar con el autor…
Mi padre ya no pudo leer la obra. Poco tiempo después moría y la novela quedaba inerte.Yo sabía que se estaba muriendo porque ya no leía. O como dije aquí en un post: mi padre no me lee. Era el síntoma inapelable. Por supuesto decidí leerla yo para completar lo que no pudo ser, para consumar ese acto interrumpido, pero también para averiguar qué historia era esa que transcurría entre Alfambra y Valencia. Y, francamente, no salí decepcionado.
El deleite verbal que la obra nos procura; la mirada tierna y levemente irónica del escritor; el cuidado con que trata, describe y da la vez y la voz a los personajes; el uso del estilo libre indirecto por un narrador omnisciente que se acopla a cada uno de los protagonistas; la moral que encierra, con la culpa y la redención como cargas personales y colectivas; el amor como posibilidad real en una España raquítica y miserable; la reconstrucción del presente a despecho del peso muerto de la historia, a despecho de la gravedad pretérita; el costumbrismo, los tipos reconocibles, pero también las sorpresas, las identidades confusas finalmente reveladas: todo esto hace de El testamento ológrafo la novela que mi padre habría disfrutado si hubiera podido leerla.
En una página de Héroes alfabéticos digo algo de un padre que es trasunto del mío. Hablo de sus hábitos como lector: “lleva desde 1973 (es decir, desde hace más treinta años) una libreta, un registro de las obras que ha leído (miles, hemos de suponer) y una calificación particular en donde anota su valoración del volumen: de 3 a 7, no preguntemos por qué. Cuando un libro le tienta, le seduce, le persuade, entonces le concede un siete, la máxima puntuación”, nota que “es efectivamente un sobresaliente”.
Estoy seguro de que, si hubiera podido leer El testamento ológrafo, mi padre habría calificado dicha novela con un 7, con la máxima puntuación. Y habríamos discutido felizmente. Seguro.
Nota de Europa Press (aquí)
Imágenes de la entrega de Premios (aquí). Cortesía de Isabel Zarzuela.
Glosa de Alfons Cervera en la entrega del Premio (aquí).
Otros comentarios, análisis y reseñas:
Trenor. Lo que queda
15 Octubre 2009
1. Jueves, 15 de octubre de 2009
Mesa redonda con el título de Trenor. Valencia hacia 1909. Organizada por el Fòrum de Debats de la Universitat de València, se celebra el jueves 15 de octubre a las 19:30 en el Aula Magna. Intervendremos Marcelo Trenor, Tomás Trenor, Josep-Vicent Boira, Anaclet Pons y yo mismo.
Ese mismo día, a las 18 horas, visita guiada por la Exposición a cargo de uno de los comisarios (JS). Puede asistir quien lo desee.
Trenor. La Exposición de una gran familia burguesa es una muestra en la que, aparte de los comisarios, han intervenido como colaboradores las siguientes personas: Tomás Trenor, Mónica Bolufer, Concha Ridaura, Carmen M. Pérez-Olagüe, Esther Alba, Amparo Ruiz, Josep-Vicent Boira y Alejandro Lillo. A ellos se deben muchas páginas del libro-catálogo, diseñado por Antoni Doménech.
El coordinador de la muestra fue Norberto Piqueras. La gestión de préstamos la realizó Manuel Martínez Tórtola. El diseño de la sala correspondió a Pepe Beltrán y su Taller Creativo. Las piezas musicales que allí pueden escucharse las escogió Vicente Galbis. El audiovisual con entrevistas e historia de la familia que allí puede verse es obra de José Vicente Viadel para el TAU.
Reproduzco en el punto número 2 de este post –en versión castellana– el artículo que he escrito con el título de “L’herència burgesa”. Ha sido publicado en Quadern, núm. 489, 15 d’octubre de 2009, pàg. 3. Quadern es el suplemento cultural de los jueves en El País (Comunidad Valenciana). Es un reclamo pensado para quien no sepa en qué ha consistido esta Exposición. Quienes la conozcan no encontrarán ideas nuevas o datos ignorados. El artículo esta escrito como síntesis de lo mostrado y escrito y como último llamamiento. Gracias.
Cada día, cuando circulamos por nuestra ciudad, por esta Valencia de la que no podremos escapar, miramos lo que nos rodea. Conducimos el automóvil y centramos nuestra mirada en los reclamos: en los anuncios, en los coches o en esos peatones que también nos observan. Transitamos por calles con nombre, con historia: allí se acumulan los restos de un pasado. No pisamos el presente, ese nuevo asfalto que todo lo cubre: de hecho repetimos itinerarios que otros han recorrido, una herencia que sólo parcial y empeñosamente modificamos.
Vamos, por ejemplo, por la Avenida del Marqués del Turia. Es una vía principal, densa y distinguida del ensanche burgués. ¿Por dónde circulamos? La ciudad se extendió y rotuló con nombres de patricios las nuevas calles que décadas atrás se abrieron. La Avenida honra a Tomás Trenor Palavicino, un prócer valenciano que ideó, organizó y en parte sufragó la Exposición Regional de 1909. Todo lo contrario de lo que hoy se hace…
Cuando transitamos por allí, por la calle escuchamos el ruido de las motos o de los automóviles precipitados. Ya no podemos oír a los antepasados, pero sí que podemos ver una parte de lo que ellos observaron. Miremos la ciudad con lentitud y cuidado, atisbando lo pretérito, distinguiendo esos restos de la urbe, esa herencia burguesa. Les propongo estacionar sus vehículos y bajar a la calle para acudir a un espacio peatonal: un lugar que resume y compendia lo que aquella Valencia fue y ya no vemos.
Hay en esta ciudad una Exposición que está a punto de clausurarse. Está organizada por la Universidad de Valencia y lleva por título Trenor. La exposición de una gran familia burguesa. Los comisarios somos Anaclet Pons y yo mismo. Está abierta al público en La Nau y allí, hoy mismo, a las 19:30 celebraremos una mesa redonda para evaluar el pasado, para mirar esa Valencia del Ochocientos y del Novecientos. El origen de estas actividades es la conmemoración de 1909, pero el motivo concreto son un individuo, Tomás Trenor Palavicino, y su familia.
Trenor es un linaje de origen irlandés. Se instala en la Valencia del siglo XIX y todavía perdura. Hacia 1820, un joven industrioso y avispado, Thomas Trenor Keating, llega a esta población. Comercia, fabrica, presta, compra. Adquiere fincas e inmuebles que él y sus descendientes transformarán y ampliarán: desde la Fábrica de Sedas de Vinalesa hasta el Monasterio de Sant Jeroni de Cotalba; desde viviendas hasta huertas y secanos. En pocos años, Trenor Keating consigue acumular una fortuna material e inmaterial: los bienes y el prestigio de un inmenso patrimonio. Es un hombre de negocios, el fundador de una casa comercial, el patriarca de una gran familia que, poco a poco y en distintas generaciones, irá relacionándose con otras dinastías mercantiles, nobiliarias, militares.
Aquellos Trenor de origen irlandés son cosmopolitas y emprendedores, notables que tienen poder, que tienen autoridad, que practican la filantropía, que incrementan el valor o el prestigio de lo heredado, que ejercen su influencia entre sus conciudadanos. Serán y se presentarán como potentados y como patricios: su predominio social les permite remover obstáculos, lograr servicios y mejorar infraestructuras. Serán y se presentarán como prohombres: varones que están en la obligación de devolver material y simbólicamente lo que Valencia les ha dado.
En 1909, uno de ellos, Tomas Trenor Palavicino, tiene una idea: promover y realizar una Exposición Regional que resuma y reúna los ingenios de la industria, de la agricultura, del comercio, una gran vitrina que exhiba los logros de la Valencia burguesa y creativa. Por sus iniciativas, Alfonso XIII le concederá el título de marqués del Turia. Y ahí empieza nuestra historia y la Exposición que aún pueden visitar. ¿Quiénes eran aquellos industriosos individuos? ¿Quiénes eran aquellos burgueses que tantos éxitos habían cosechado? La Exposición nos permite circular imaginariamente por la Valencia de ayer.
¿Circular? En el claustro de la Universidad y como reclamo de la Exposición hay dos vehículos que vienen de otro tiempo. Un Fiat y una tartana. Estamos a principios del siglo XX. La velocidad cambia las formas de vida de los europeos de aquel tiempo. Nuevos ingenios que acortan distancias, que abrevian los tiempos. El mundo se mecaniza, se masifica, se apresura. Pero ese mismo mundo urbano aún conserva medios de locomoción antiguos y de uso rural.
En 1885, Karl Benz había construido el primer coche con motor de gasolina: era un triciclo de tracción trasera con un cambio de velocidades por correa, un vehículo que hoy vemos con simpatía, con nostalgia. Las primeras fábricas montaban los automóviles de manera casi artesanal, hecho que encarecía notablemente su precio. Justamente por eso y durante bastante tiempo, los coches serán en Europa un lujo inalcanzable para la mayoría. A principios del Novecientos, las marcas compiten por ganarse a su restringido público: Fiat, Peugeot, Ford…
Los Trenor, una de las dinastías industriales y comerciales más importantes del siglo XIX, son propietarios de uno de los primeros automóviles que circularán por la Valencia de 1900: por ejemplo, de ese Fiat que podemos contemplar en el claustro de la Universidad. Con dicho vehículo emprendieron viajes y con él vivieron el vértigo de la velocidad. Y allí mismo podemos examinar la tartana que también les perteneció y que hoy es propiedad del Ayuntamiento de Vinalesa: un coche de tracción animal que empleaban los Trenor cuando se desplazaban por los bancales que poseían en torno a su Fábrica de Sedas.
Un mundo urbano y un mundo rural. La Valencia de 1900 es una ciudad próspera en la que ciertas familias han logrado reunir grandes patrimonios, trabajando, invirtiendo, comerciando, fabricando. Son linajes burgueses y distinguidos que ejercen su poder y su influencia, que practican la filantropía, que se mueven con el siglo, a toda velocidad. Es lo que nos queda…
3. Imágenes de los actos (Fotografías I. Z.). Aquí están en miniatura. Si quieren verlas a tamaño real, hagan click en el enlace o en cada una de las fotografías:
http://justoserna.wordpress.com/trenor-visita-y-mesa-redonda/
Duelo verbal
13 Octubre 2009
1.) MARTES Y TRECE. El miércoles 14 de octubre en El País aparecerá un artículo mío titulado “Secretario general“ . Ya está remitido [y ya ha aparecido]. Algunos amigos lo han leído. Es mi colaboración quincenal. ¿Trata de Ricardo Costa? Bueno, trata de Ric –así le llamaban ciertos amigos– y trata de otros secretarios generales. En 2.824 caracteres con espacio. Es breve, inevitablemente breve.
Ahora, para desahogarme, me extiendo. Voy a analizar el comunicado de Ricardo Costa, hecho público un martes y 13. Es una pieza digna de ser estudiada. Traerá cola. Bueno, de hecho ya trae cola: es un comunicado muy largo. Vayamos por partes. Es decir, voy a trocearlo.
Infinitivo. “En primer lugar, dejar claro que el presidente regional del PP y el presidente nacional del Partido siempre han dado instrucciones correctas y acordes a los estatutos, justas y en beneficio del PP”.
¿Por qué empieza así, con ese infinitivo, con la forma impersonal del verbo? Es, si me permiten, un modo muy actual de expresarse, muy joven y moderno, abreviando el lenguaje. El autor lo dice así para seguidamente afirmar que los presidentes de su Partido “siempre han dado instrucciones correctas y acordes a los estatutos, justas y en beneficio del PP”. Ah, vaya. Si es así, ¿quién lo corrobora? ¿Un subordinado, como es este secretario general? Resulta algo chocante o cómico que quien es jerárquicamente inferior confirme la corrección, la legalidad y la justicia de sus superiores. ¿Qué pretende con esa declaración inicial que nadie le ha pedido?
¿Obediencia debida? “Siempre he cumplido mis responsabilidades, y he trabajado con absoluta dedicación, cumpliendo la ley, y ciñéndome a las directrices que la Dirección Regional del Partido me han marcado”.
A esa figura se la llama obediencia debida. Cumple sus responsabilidades y la ley, trabaja con dedicación absoluta y se ciñe a las directrices superiores o, bueno, no tan superiores: las del Partido en la Región. Eso significa que ante todo se pliega a lo que le mande su inmediato superior jerárquico, que no es el líder máximo del PP. Yo no he hecho nada que no haya aprobado mi presidente. Luego… Es costumbre de los subordinados ampararse en sus superiores: más aún cuando se toma como chivo expiatorio. Hagamos preguntas simples. ¿Lo están sacrificando? ¿Es una víctima de su propio partido? El fiel subordinado se rebela y clama por su honor.
Nombres propios. “He actuado siempre con absoluta lealtad a los órganos del Partido, al presidente regional Francisco Camos y al presidente nacional Mariano Rajoy. He actuado correctamente cumpliendo mis funciones como secretario general y como militante”.
Observen cuáles son las palabras-clave. Lealtad, absoluta lealtad, funciones y, sobre todo, los nombres propios de sus presidentes. Por primera vaz, los menciona directamente, con sus nombres y apellidos, que es la forma directa de interpelar. En este caso, de retar. Repite con otras palabras su condición de escrupuloso cumplidor de sus obligaciones y lealtades, pero el cambio es significativo. Es un nuevo énfasis. Tras esa interpelación, ya no hay vuelta atrás.
Transmisor.“Por eso le he pedido al presidente Francisco Camps que le traslade al presidente nacional las razones por las que no he aceptado presentar mi dimisión”.
Es decir, Camps ha hecho de mero transmisor de instrucciones superiores. O sea, el presidente regional no ha tenido iniciativa. O sea, Camps ha sido un subordinado fiel de Mariano Rajoy. O sea, ¿lealtades encontradas o supervivencia personal? ¿En qué circunstancias queda Francisco Camps tras esta andanada? Costa sigue y sigue. Habla de su conciencia –tranquila, claro–, habla de las directrices del PPCV que ha debido seguir, aunque le hayan supuesto algún reparo personal. Habla, en fin, de su compromiso con Francisco Camps y con Mariano Rajoy.
¿Dimisión? “Mi dimisión sólo podría producirse si hubiera incumplido mis obligaciones como secretario general o como militante del Partido Popular. Creo honestamente que eso no se ha producido. Tampoco resultaría procedente, como algún medio de comunicación ha apuntado, que mi dimisión tuviera como única finalidad asumir como propias presuntas responsabilidades de terceros, responsabilidades que, en cualquier caso, no me constan”.
¿Cómo voy a dimitir si no he hecho nada de lo que deba arrepentirme, si no he incumplido mis obligaciones, si no tengo que cargar con las responsabilidades de otros? La afirmación o la pregunta –según queramos plantearla– es incontestable, inapelable, irreprochable. Costa se niega a ser víctima propiciatoria, chivo expiatorio, prenda de intercambio. Costa se repite una y otra vez, justamente desde la impotencia política. Por ello, probablemente, ha hecho la declaración más sincera de toda su carrera.
Exigir. “Yo estoy dispuesto a dar cualquier explicación pública que sea necesaria, sobre mi honradez o mi gestión. Pero creo que tengo derecho a exigir explicaciones”.
Una vez planteado el órdago a Mariano Rajoy y, por extensión, a Francisco Camps, el autor de la declaración vuelve a repetir las mismas palabras sobre la honradez de su gestión o la probidad de sus actuaciones. Exigir. Relean, por favor, ese infinitivo. ¿Un subordinado exigiendo a sus superiores? Costa cava su fosa porque sabe que está políticamente muerto, salvo que un milagro lo devuelva a la vida, una auténtica e improbable resurrección.
Vergüenza. “Creo que las conversaciones aparecidas en medios de comunicación y que afectan a mi persona pueden haber sido en algún caso desafortunadas. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que fueron realizadas hace más de 9 meses, que yo desconocía la vinculación de esas personas con cualquier trama, que fueron privadas (…). En cualquier caso, quiero aprovechar esta ocasión para pedir públicamente disculpas a todos los militantes de mi partido. Debo reconocer que cuando he leído esas conversaciones escritas en los medios de comunicacion me han avergonzado profundamente”.
Además de la actitud retadora que Costa demuestra, este reconocimiento es lo más significativo. Se avergüenza al leer esas conversaciones transcritas. Son suyas, son desafortunadas en algún caso y le producen vergüenza. Es una actitud que políticamente no tiene solución. Es decir, que él mismo está dando pie a su cese. En la prensa es frecuente que se hable de “cesar a Costa”. Es, como se sabe, un uso incorrecto de un verbo intransitivo. Camps no puede cesar a Costa, sino que es el secretario general quien ha de cesar. Esta incorrección habitual es muy significativa. En todo caso, el cese de Costa sería consecuencia, no de lo dicho tiempo atrás, sino de lo dicho a Rajoy y Camps ahora y de lo transcrito, eso que tanta vergüenza le produce. Si no ha habido delito, si no ha habido incorrección, si ha sido sorprendido en su buena fe, entonces es que es un pardillo, una bella alma, un inocente que fue confundido y ahora sacrificado.
Tristeza. “Nadie de la Dirección nacional me ha llamado para darme una explicación sobre esta situación, sobre su solicitud de dimisión o de expulsión del partido, ni tampoco para pedirme ninguna aclaración sobre mis responsabilidades o cualquier presunta actuación incorrecta (…). Como militante, esta situación me produce tristeza. Espero y deseo que el PP a nivel nacional defienda mi imagen, mi honor y mi honradez, y que lo haga de forma pública”.
He comprado el Infiniti con mi dinero; el obsequio de un reloj caro, que no carísimo, es de un amigo que ya no estaba desempeñando funciones políticas. Todo eso y otras cosas se han dicho para desprestigiarme. ¿Y qué hace la Dirección Nacional del PP? Pedir mi cabeza. No lo dice así, literalmente, pero podría inferirse de sus palabras. La cabeza de Juan el Bautista. Tiene un sentido bíblico su sacrificio injusto. Pero nadie parece sacrificarse por él. Ha sido traicionado, él, que tantas horas dedicó al Partido, que tantos años –veinte– ha militado.
La prosa o la vida. La verdad es que hace pensar este texto. Al leerlo, nos sobrecogemos. Es raro, es infrecuente, un duelo así planteado, un reto de este tenor. Escrito con una prosa no desdeñable, muy por encima de la sintaxis que es habitual en el medio político, el comunicado tiene difícil respuesta. Hagamos el duelo por Ricardo Costa.
¿Impotencia política? “Tiene difícil respuesta”, escribía yo mismo hace unas horas. “El comunicado [de Ricardo Costa] tiene difícil respuesta”. Son las 20:31 y aún no hay respuesta de la Dirección Nacional del PP. A estas alturas, por lo que se sabe, Costa ha pactado con Camps su permanencia en el cargo. Sólo lo dejará temporalmente si la Dirección Nacional ordena una investigación interna por una Comisión ad hoc. De momento, pues, es Rajoy quien está en pésima situación. ¿Saldrá a la palestra a alabar a Costa? No sé… Yo decía párrafos atrás que “Costa cava su fosa porque sabe que está políticamente muerto, salvo que un milagro lo devuelva a la vida, una auténtica e improbable resurrección”. Echando un vistazo a la situación, parece como si ese prodigio se hubiera producido: Costa sale temporalmente vencedor. De momento. En ese caso, quedaría invalidado el dictamen que yo mismo hacía hace unas hostas: “Costa se repite una y otra vez, justamente desde la impotencia política. Por ello, probablemente, ha hecho la declaración más sincera de toda su carrera”. A lo mejor no estoy tan equivocado. Desde luego alguien está mostrando impotencia política.
A toda costa. Cuando son las 23:57 del martes 13 de octubre, leo, repaso y vuelvo a repasar los titulares de la prensa on line. El caos interpretativo es mayúsculo. Para unos hay cese; para otros, no. Para unos, la Dirección Nacional no responde a quien ya ha sido destituido; para otros, Francisco Camps mantiene a Ricardo Costa en espera de que Mariano Rajoy ordene la constitución de una Comisión de Investigación.
En todo caso, a las 23:57, la Dirección Nacional del PP aún no ha contestado a uno de sus militantes levantiscos, que no levantinos: un dirigente regional que ha desafiado directamente a Mariano Rajoy. El presidente parece mostrar indiferencia, que es lo que postulaba días atrás, y así da el mutis por respuesta. ¿Por qué razón? Si hemos de creer lo que algunos medios dicen ahora, esa Dirección Nacional da por hecho el cese de ese secretario regional, mientras que éste niega tal cosa al sentirse respaldado por su presidente, es decir, Francisco Camps. ¿Alguien lo entiende? Hay, sí, una pose de ufanía en Costa, la de quien ya no tiene nada que perder porque con él se pierde todo. La situación sería realmente cómica si no fuera por las desastrosas consecuencias que tiene para el Partido, desastrosas consecuencias no necesariamente electorales.
Si Costa tiene razón –es decir, si Costa no ha hecho nada con los implicados en la trama Gürtel que no tolerara la presidencia regional–, entonces el problema del PP es el Gobierno autonómico que tiene en Valencia. ¿Y cómo se resuelve eso? ¿Amputando? Eso provocaría un cisma. Insisto: ¿cómo se resuelve una presunta implicación colectiva? Imaginemos que no hay tal cosa. En ese caso, Costa –que no está encausado– no sería el único que ha hecho declaraciones de las que debería avergonzarse profundamente. Por lo transcrito, por lo que hemos leído, la palabrería de algunos dirigentes y de los amigotes es chabacana. Y las glosas de Francisco Camps son simplemente cursis, muy cursis (esas alusiones a lo bonito que es quererse, etcétera). ¿Pero qué significa avergonzarse profundamente cuando no te reprochas nada? Esto es, señores, una comedia de enredo.
2) EL DÍA DESPUÉS.
The Day After. El día después es una película de 1983. Creo recordar que era un telefilm, pero en España lo vimos en pantalla grande. O, al menos, yo lo vi en el cine. Su título se tradujo de mala manera. Ya saben: El día después. Esa expresión ha hecho fortuna en el español deteriorado de nuestros días, en la neolengua. Hay un programa televisivo dedicado al fútbol que se titula así. Seguramente porque el spanglish convenía a la simpática dicción de su periodista-futbolista más famoso: Michael Robinson.
Pero regresemos a la película. La acción se desarrolla en una pequeña población de Kansas a comienzos de los años ochenta. Aún estamos en Guerra Fría y en esa localidad se concentra un abundante armamento nuclear. Ante la amenaza de un ataque de los soviéticos, los responsables americanos disparan sus misiles. Simultáneamente, el enemigo bombardea. Se produce la mutua destrucción asegurada, por decirlo en el spanglish de la Guerra Fría. Es decir, la devastación resulta total, desastrosa, como consecuencia de la radiación. Hay pocos supervivientes, pues la mayoría mueren tras las explosiones, tras la deflagración. Al día siguiente, su vida ha de iniciarse en un estado de barbarie. ¿Alguien recuerda qué pasa después? ¿Hay esperanza para el género humano? ¿Son capaces de reconstruir la célula originaria, la convivencia, tras esa destrucción mutua?
¿Ya está? Por fin parece que se cumplen los vaticinios –por otra parte evidentes– que hice ayer cuando escuché a Ricardo Costa. Inmediatamente después leí el comunicado y escribí el análisis que figura en párrafos superiores. La impresión más firme que yo tenía era ésta: “Costa cava su fosa porque sabe que está políticamente muerto, salvo que un milagro lo devuelva a la vida, una auténtica e improbable resurrección”. Tuve, horas después, un momento de duda (causado por el propio caos informativo del PP). ¿Se había producido el prodigio, la resurrección? Parecía ciertamente inverosímil que Mariano Rajoy se dejara chantajear con tanto desparpajo por su subordinado. Por eso, al comentar el primer y letal comunicado, yo mismo me había dicho: “Costa se repite una y otra vez, justamente desde la impotencia política. Por ello, probablemente, ha hecho la declaración más sincera de toda su carrera”.
“Aquí no hay pulsos que valgan”, ha dicho esta misma mañana María Dolores de Cospedal en la Cadena Cope. Inmediatamente después ha añadido: “Para que se tenga meridianamente claro: Costa no va a seguir siendo secretario general ni portavoz en la Cortes”. La secretaria general del PP no ha descartado incluso la expulsión: “si [Costa] se encastilla en una situación impropia de su condición habrá que tomar las decisiones oportunas”. Para rematar, De Cospedal ha concluido que la rueda de prensa que dio ayer Ricardo Costa “no fue apropiada”. Ya está. ¿Ah, sí? ¿Alguien me puede decir en qué posición tan desairada queda Francisco Camps? El duelo de Ricardo Costa se ha resuelto temporalmente. Hagamos el duelo por Ric. Pero en este sainete poco edificante, Francisco Camps queda seriamente tocado. “Nos apoyamos todos, que eso es lo importante. Estamos todos muy contentos”, dijo el president días atrás. “Nos apoyamos todos y eso es muy bonito”.
Muy bonito, sí.
A.-Hemeroteca del día
Justo Serna, “Secretario general”, El País, 14 de octubre de 2009
B.-Hemeroteca histórica
“Don Ricardo Costa”, El País, 30 de septiembre de 2009
“El calvario de Camps”, El País, 2 de septiembre de 2009
“El bolso”, El País, 22 de julio de 2009
“Aló, president”, El País, 24 de junio de 2009
“Yo, a Boston”, El País, 13 de mayo de 2009
“Detallazos”, El País, 29 de abril de 2009
“Lemon Market”, El País, 18 de febrero de 2009
El yugo musulmán
8 Octubre 2009
Monumento y documento. Cuando transitamos por la ciudad, entregados a nuestras cavilaciones, no miramos detenidamente. Salvamos obstáculos, consumimos nuestro tiempo y lo que nos rodea sólo es marco, escenario, mero entorno. De cuando en cuando deberíamos pasear pausadamente y mirar: simplemente pasear y mirar como viandantes despiertos. O como historiadores que ven el pasado en lo que queda. En las calles hay señales que nos guían, que facilitan el tráfico, pero hay sobre todo restos de un pasado que fue presente. Esos restos son numerosos y a poco que nos esforcemos podremos hallarlos. Son monumentos y son documentos. Michel Foucault y Jacques Le Goff, entre otros, han reflexionado sobre lo que les aúna y les separa.
El monumento es un artefacto singular, la huella material (en piedra, en mármol, etcétera) que unos individuos quieren dejar de su tiempo o del pasado en el que se reconocen o al que homenajean. Funciona como un recuerdo, como un memento. Dice Joan Corominas en su Diccionario etimológico de la lengua castellana que la palabra procede del latín y deriva concretamente del infinitivo monere: advertir. En efecto, el monumento nos advierte, no avisa, reclama nuestra atención, nos hace pensar: es un objeto visible que nos interpela y que nos exhorta.
En principio, el documento es otra cosa. También es un artefacto material, pero es principalmente el instrumento en cuyo soporte (papel u otros) se depositan datos, una pieza que forma parte de un conjunto: el archivo. El archivo no es el entorno visible, sino un recinto protegido, guardado, custodiado. Es un depósito. Etimológicamente, documento viene de documentum, palabra que entre otras cosas significa ejemplo. Y documentum viene del infinitivo docere: enseñar, manifestar, mostrar.
¿Qué tienen en común? Podemos tomar los monumentos como documentos, como testimonios del tiempo en que fueron erigidos, como ejemplo o huella de un presente del que extraer información; y podemos tomar los documentos como monumentos, como la imagen que las sociedades quieren dar de sí mismas, con énfasis y reconocimiento. Los documentos también nos advierten, nos exhortan… No nos perdamos en este galimatías académico y descendamos a la calle. En concreto, a una plaza de Valencia, la de Alfonso el Magnánimo.
Allí, en esa plaza hay un parque público que data de 1860: el Parterre, de resonancias e inspiración netamente francesas. En el centro de la plaza y del parque hay un monumento. Echémosle un vistazo. Aquí les presento un detalle. Es la estatua de Jaime I. ¿Qué sabemos de ella? En Metales comunes e ingenios mecánicos, Anaclet Pons y yo mismo hicimos breve alusión a ese conjunto escultórico. Nuestro escrito formaba parte del catálogo Dos siglos de industrialización en la Comunitat Valenciana, una exposición sobre la fabricación local.
Es conocida la estatua ecuestre del rey conquistador y allí, en nuestras páginas, precisábamos el momento en que fue colocada y erigida en su emplazamiento, en el centro del parque del Parterre. La inauguración tuvo lugar el 20 de julio de 1891. El traslado fue muy anterior, a finales de 1890: desde los talleres de La Maquinista Valencia, que fue la empresa de fundición que la fabricó (y a la que dedicaron un estudio Carmen García Monerris y Amparo Álvarez). Para tal fin –para proceder al traslado–, el Ayuntamiento de Valencia tuvo que adquirir “un rulo de vapor, un artefacto fabricado por cierta empresa británica que había costado 16 mil pesetas de entonces”. Con ese ingenio mecánico se remolcó la estatua. Hubo que escoltarla, hubo que iluminar el recorrido con hachas de viento de los peones camineros y hubo que contener al gentío con números de la Guardia Civil y Municipal. Así sucedió, en efecto.
Así lo relatan los cronistas. “Fue un costoso paseo de cuatro horas”, decíamos, “entre las nueve de la noche y la una de la madrugada, luchando contra el lodo que se acumulaba en algunas zonas, pero todo ello verificado bajo los aplausos de los curiosos y aclamaciones de júbilo. No sólo se materializaba un proyecto: también su consumación devenía espectáculo y ejemplo de la epopeya de la voluntad humana y valenciana. Quince minutos antes de las dos terminaba la operación y doce días después se colocaba en su pedestal”, añadíamos. “Hoy, como un ritual civil de obligatoria celebración, un gentío más o menos tumultuoso se reúne cada 9 de octubre para rendir homenaje al fundador, un modo de hacer historia monumental aplicando la razón retrospectiva, ulterior…”, concluíamos.
En uno de los flancos del conjunto escultórico hay una lápida con una leyenda que dice: “AL REY D. JAIME EL CONQUISTADOR FUNDADOR DEL REINO VALENCIANO. VALENCIA AGRADECIDA. AÑO MDCCCXCI”. En el otro flanco leemos: “ENTRÓ VENCEDOR EN VALENCIA LIBRÁNDOLA DEL YUGO MUSULMÁN EL DÍA DE SAN DIONISIO IX DE OCTUBRE DE MCCXXXVIII”.
El yugo musulmán. Retengamos esto. Como todos los años, cíclicamente, regresa la festividad del 9 de Octubre. O el 9 d’Octubre. Otra vez, la fiesta que conmemora la fundación del Reino de Valencia. Hace unos meses, en una sesión municipal dedicada a conmemoraciones y monumentos, el representante del grupo socialista, Juan Soto, pidió “la retirada de la placa” que está en la estatua del rey conquistador, esa lápida que reza: “Entró el vencedor en Valencia librándola del yugo musulmán”.
Esta frase, decía Soto, ”es ofensiva para los musulmanes, vejatoria y humillante, sin rastro de la Valencia plural y tolerante hacia la que deberíamos caminar”, añadió. ¿Qué deberíamos pensar de esa iniciativa? Entiendo la incomodidad de ese dictamen (el yugo musulmán), pero por supuesto me opongo a que se retire esa placa, así sin más. Por lo que es, precisamente: todo un documento ofensivo, de ofensa guerrera, ciertamente; todo un testimonio de orgullo…, varios siglos después. Así eran los antecesores. Es un monumento de guerra, pues nos advierte sobre lo que fue la fundación del Reino de Valencia, pero es también es un documento: nos enseña lo que pensaban nuestros antepasados de 1890. Como historiador, me opongo a asear el espacio público, a neutralizarlo, a esterilizarlo. La historia viva ha de estar presente aunque nos incomode.
Entiéndaseme. Prefiero que las leyendas ofensivas se contrarresten con memoriales históricos. Lo propuse en un artículo sobre la estatua ecuestre del General Franco en Valencia, que publiqué en El País. Y lo propuse también en una entrada de este blog que titulé La doctrina del fascismo. El conjunto escultórico del anterior jefe de Estado fue destinado a la Capitanía de la III Región Militar, quedando la plaza original libre de su presencia. Entiendo la necesidad democrática de retirar monumentos que son homenaje a guerreros, pero los restos del pasado son también documentos: nos ilustran, nos enseñan y nos advierten.
Señales de tráfico histórico. Quitar placas ofensivas, arrancar estatutas que dañan nuestra sensibilidad democrática, eliminar los monumentos dedicados a personajes odiosos nos alivia: creemos dar un final feliz a esa historia –la de España, por ejemplo– que siempre acababa mal. Creo que la clave de la educación cívica está en el pasado presente y no manipulado, en la exhumación contextual, en la pedagogía histórica. Todo ello se puede plasmar en la ciudad con cartelas o placas que contextualicen e ilustren brevemente, colocadas junto a las leyendas o la esculturas históricas, ofensivas o no. No se trata de ser pesadamente didácticos ni de ser políticamente correctos. Se trata de poner señales de tráfico histórico, si me permiten decirlo así: nos índicarían cuál ha sido el curso, ese tráfico de los hechos que se consuman y que se condensan en el monumento o en el rótulo de una calle. ¿Que será una ciudad densa de mensajes escritos y didácticos? Bueno, soportamos con entereza y en silencio la invasión publicitaria de nuestras calles: inmensos cartelones exentos, en las marquesinas, en los autobuses, en lo quioscos, etcétera. Nadie parece protestar.
La mayor parte de los nombres del callejero del barrio en que vivo pertenecen a los caídos por Dios y por España en la Guerra del 36: son naturales de Benimaclet, la parte de Valencia en donde resido. Son nombres cuya identidad hoy en día muchos desconocen y que yo mismo ignoraba hasta que un día acudí a la Iglesia principal para escuchar una Misa, unos oficios inacabables. Como me aburría, distraídamente reparé en una lápida depositada en una capilla lateral. Allí estaban todos esos “Emilio Baró”, “Leonor Jovani”, “Enrique Navarro”, “Francisco Martínez”, por donde yo transito cada día.
¿Acaso pido que se retiren esas placas? No, por supuesto. Pero la incomodidad me hizo pensar. Sorprendido por un descubrimiento tan tardío (llevo viviendo veintinco años en el barrio), me pregunté inmediatamente por los nombres de los fusilados republicanos a los que rendir un homenaje municipal con una calle dedicada en su recuerdo. ¿Qué sería? ¿Un acto de reparación histórica? Yo quiero verlo como un acto de restitución del pasado sepultado, negado, siniestro: la conversión –ahora sí– del documento en monumento, esa operación que muestra y advierte… No sé si aprenderemos.


















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