Las clases que doy
10 Julio 2009
1. El depósito de inmundicias. Soy profesor, profesor de Historia Contemporánea, y una parte fundamental de mi tiempo la empleo mejorando y ampliando los temas sobre los que voy a impartir. Eso no significa que gaste horas y horas preparando concretamente las clases que doy, sino que consumo muchas energías leyendo, releyendo o completando libros sobre asuntos y objetos que luego salen en el aula. Procuro hacerlo de manera cruzada.
Es decir, no me marco un plan de lecturas acorde con esta o aquella asignatura, con el orden previsible de las materias a impartir, sino que procuro aumentar lo que sé de modo libre, indisciplinado, intuitivo y transversal. Si averiguo más cosas sobre x o sobre y –digamos–, el siguiente paso será adentrarme en un tema distante y ajeno. Lo distinto, lo variado y lo contradictorio te obligan a plantearte preguntas no previstas y, por tanto, te hacen cambiar la perspectiva que podrías repetir todos los años.
No quiero aburrirme. Entonces… Entonces, un libro te lleva a otro libro diverso y el resultado de lo que aprendes suele ser imprevisible. Generalmente acudo a clase con pocas notas, con unas referencias básicas, con un esquema mínimo, con cinco frases anotadas que me sirven de pecios en mi posible naufragio. Si la alquimia de las lecturas funciona (perdonen la cursilada), entonces lo ya sabido y lo recién aprendido me provocan, me interpelan. De ello procuro dar cuenta en las clases: o, al menos, intento que se me note. En otros términos, el volumen que acabo de disfrutar produce un reajuste interno.
¿Un reajuste interno? Mi interior es un contenedor de desechos líquidos y sólidos: si arrojo algo nuevo –una obra recién editada o un clásico disfrutado o un libro releído–, eso hace que floten ciertos saberes o intuiciones, lo que ahora he aprendido o los restos de objetos viejos que también vuelven a la superficie. La imagen, ya lo sé, es simplemente repulsiva. Comparar el proceso del saber o del aprendizaje con un depósito de inmundicias es repugnante, nauseabundo. Y, sin embargo, a mí me funciona así: en ese estercolero de líquidos y sólidos siempre actualizado hay cosas que flotan y otras que no, materia orgánica que cobra nueva forma, viejos instrumentos desechados que ahora recuperan su función.
Aparte de inmunda, la imagen quizá no sea muy adecuada: si hay líquidos en el depósito, todo lo sólido permanecerá en el fondo, anclado o perdido para siempre. Y no es exactamente así: cada vez que echo nuevos datos, que remuevo unos contenidos, las piezas sólidas también recuperan la flotación, aunque sea brevemente. Y es entonces cuando yo recuerdo algo que tenía efectivamente perdido, sumergido, olvidado. El proceso me lo provocan las lecturas, pero también la necesidad: tener que impartir una materia de la que no has leído en tiempo es un acicate nuevo, un estímulo para renovar los sedimentos del estercolero, en fin.
2. Clases. Escribo lo anterior y un amigo me manda un correo cariñoso para apoyarme. Piensa que la imagen del contenedor revela un estado de ánimo: apesadumbrado, decaído, entristecido. No, no. El depósito de basuras es la descripción gráfica de lo que yo creo que es mi cabeza. Holmes, Sherlock Holmes, decía que la suya era como un pequeño ático lleno de muebles: un ático del que periódicamente había que desalojar trastos para dar entrada a otros. Yo no aspiro a tanto. Mi cabeza es un depósito de restos en suspensión que flotan, reflotan o quedan hundidos hasta que algo nuevo los saca al exterior. Es una vivencia puramente objetiva, no una tristeza de profesor.
Pero digo esto y recuerdo la observación de John H. Watson, el Dr. Watson. “Tan notable como lo que sabía era lo que ignoraba”, decía refiriéndose a Holmes. Ustedes me perdonarán la vanagloria: en eso me reconozco igual al detective. Pasa el tiempo y leo para explicar y explicarme mejor en mis clases. Pues bien, me sorprende mi ignorancia: la ignorancia culpable de lo que no quiero saber y la ignorancia que jamás conseguiré colmar a pesar de mi voluntad. Hay conocimientos útiles, decía Holmes, y hay conocimientos inútiles, esos que los necios amontonan en el ático, en la cabeza: no dejan espacio para los conocimientos que podrían serles ventajosos. Creo saber qué me puede ser útil para mis clases, pero conforme me hago mayor casi todo acaba interesándome: casi todo lo que compro o y finalmente leo. El resultado es económicamente gravoso y el caos mental aumenta. O, si quieren, las imundicias del contenedor amenazan con rebasar los bordes.
Desde que empecé la docencia, hace veintidós años, he dado clases de Sociología, de Historiografía, de Historia del pensamiento social, de Introducción a la historia, de Historia y cultura en la época contemporánea, de Historia del mundo actual, de Historia Cultural. En las licenciaturas de Historia, de Historia del Arte, de Comunicación Audiovisual, de Periodismo. En el doctorado y ahora en el máster. Con temas tan variados y con asignaturas tan diversas, ¿cómo quieren que me ordene y me ciña? Son materias que cubren un campo vasto, un dominio amplio de saberes e intereses. Y de problemas: incluso para uno mismo. Así son las cosas…
Ahora, para el curso que viene, dejo las licenciaturas de Arte y Periodismo, con alumnos generalmente muy preparados y motivados, y regreso a mi Facultad para impartir otra vez Introducción a la Historia. E Historia del pensamiento contemporáneo (que compartiré con el amable profesor que era titular de dicha materia hasta este año). Tengo la sensación de que acaban un ciclo y un paraíso. Pero tengo también la impresión de que mi caos mental puede agravarse.
Continuará…
¿Qué miran?
8 Julio 2009

1. La ratonera de Francisco Camps. Bien mirado, no hay nada trivial. La relevancia de lo que observas depende del ojo que escruta (si me permiten esta licencia): en realidad, depende del significado que atribuyes a lo que distingues. O del sentido que los otros dan a lo que tú estás viendo (o haciendo). Lo aprendimos de Max Weber, el gran sociólogo alemán. Su Economía y sociedad. Esbozo de sociología comprensiva empezaba con la acción social. La acción es un acto intencionado, no el puro reflejo del cuerpo ante el placer o el dolor. Para explicarme, yo siempre pongo el mismo ejemplo. Ustedes me perdonarán. Si me quemo la mano accidentalmente y la aparto, eso no es acción social (en el sentido de Weber), sino la reacción instintiva que manifiesta daño, que me preserva. Si me quemo la mano voluntariamente, con decisión, entonces emprendo dicho acto confiriéndole un determinado significado. Si eventualmente me observa alguien, ese individuo probablemente tratará de interpretar un acto anormal que solemos evitar. Los actos humanos son, sobre todo, actos con significado para el ejecutante, un significado que puede ser coincidente o no con el que los espectadores.
Francisco Camps mira y a él le miran. Observa un roedor en el Hospital Clínico de Valencia. Ha hecho una visita protocolaria y un fotógrafo (J.J. Cárdenas/Efe) le saca una instantánea de las muchas, de las docenas y docenas que probablemente le haya hecho. El día 7 de julio, El Mundo decide llevar esa fotografía a su primera plana tomándola como excusa para titular su editorial (Atrapado en una absurda ratonera) y para sacar moraleja o lección de esa circunstancia: “No resulta extraño, pues, que Camps se sienta atrapado en una absurda ratonera, como el roedor que mira en la fotografía que publicamos en nuestra portada”. El editorialista convierte algo ordinario, un acto de la agenda del President, en símbolo de lo que le ocurre.
Esa resignificación y manipulación de la fotografía -porque manipulación es, al fin y al cabo- me han hecho recordar lo que sucedía en un cuento de Julio Cortázar: Instrucciones para John Howell. Contemplando una obra de teatro abstrusa, oscura, un espectador desinhibido comentaba: “Todo es símbolo, supongo”. Pues eso: en la ratonera de Camps, todo es símbolo. Los periodistas han hecho metáfora de su condición, con un abuso icónico-semántico (perdón por los palabros) que no es infrecuente en El Mundo.
Pero, en El País, la imagen de Camps también es objeto de selección a partir de un hecho real. De todas las instantáneas que el fotógrafo pudo hacerle –que, de hecho, le hizo– los editores de dicho periódico decidieron elegir una para ilustrar la noticia de interior que aparecía el día 7 de julio. La captó Tania Castro. Es un primer plano en que vemos al President con la cabeza gacha: un político con expresión sombría, triste, pensativa o ensimismada. Esa imagen –que es real, que existió– refuerza la impresión del espectador: ¿la ratonera en que se halla el President? Recuerdo haber visto en televisión al político valenciano: siempre esforzándose por sonreír, incluso por sonreír beatíficamente. En cambio, ya ven: en esta fotografía, el gesto del President contradice su puesta en escena habitual. ¿Seguro que estaba triste y pensativo, cavilando sobre su inmediata circunstancia?
Hoy 8 de julio, en el mismo periódico, en El País, lo vemos sonriente. Francisco Camps comparece en un acto público en Algemesí: es el día inmediatamente anterior. Esa expresión que el fotógrafo, Carles Francesc, ha captado, ¿a qué corresponde? ¿Saluda a los incondicionales, a un conocido? ¿Responde a un gesto cariñoso que se le ha hecho? En realidad, más que una sonrisa parece un gesto de reconocimiento, un “eh, hola, gracias, estoy aquí, te he visto”: quizá un ademán que afecta buen humor y entereza, un acto que dura segundos. Segundos…, los mismos que el retratista tarda en capturar lo que finalmente parece una mueca o un mohín. La pregunta sigue: ¿a qué corresponde ? Parece como si la prensa tratara de hallar un indicio que revelara el estado de ánimo. O tal vez es como si los medios quisieran transmitir a la audiencia la radiografía exacta del retratado. Pero el retrato ya no es aquella pose antigua que tardaba horas en reflejarse, un estado duradero. Es una instantánea entre miles posibles. ¿Qué o a quién mira Francisco Camps?
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2. ¿Qué mira Tomás Trenor? Mirar, contemplar, escudriñar, examinar, evaluar… son, al fin, tareas que una y otra vez emprendemos. Conjeturamos el sentido de lo que pasa a partir de informaciones siempre escasas -y una fotografía lo es- y algunos se atreven además a hacer símbolo de lo banal o de un hecho que no tiene una conexión clara con otro hecho. Algunos aventuran interpretaciones audaces que están fuera de campo…
Cuando miro esta fotografía de Tomás Trenor Azcárraga, tengo la tentación de abandonarme a todo tipo de cavilaciones, de suposiciones, de sobreentendidos. Podría suponer, por ejemplo, que el burgués observa a gentes del pueblo, apartado, protegido del sol por ese canotier tan elegante, bajo la sombra de un árbol, vestido con una indumentaria que adivinamos de buen paño. El retratista lo saca de perfil, mordiéndose el labio inferior, cruzando los brazos. Está distante y ajeno. ¿Realmente mira a esas dos personas que circulan por un camino pedregoso y polvoriento o, por el contrario, se entrega a ensoñaciones que nada tienen que ver? No lo sabemos. En realidad, lo relevante parece estar fuera de campo. O dentro de la cabeza del retratado. Como en el caso de Camps cuando mira al roedor.
3. Nuevo artículo de Justo Serna en El País, 8 de julio de 2009:
A propósito de Trenor. La Exposición de una gran familia burguesa (Centre Cultural La Nau, Calle Universidad, 2. Valencia).
¿Qué miran los Trenor y qué miramos nosotros?
“Cuatro generaciones de los Trenor viajan a 1909“, leo en Las Provincias. “Reunión de los Trénor en Valencia“, leo en Levante-Emv. Gentes de hoy, descendientes de aquellos burgueses del Ochocientos acuden a la Exposición que la Universidad les dedica para mirar una muestra que exhibe a sus ancestros, para observar objetos de antaño. Los supongo interesados y concernidos, desde luego; pero los imagino inquietos. Esa Exposición habla de un pasado que ontológicamente no existe, un pasado que sólo sobrevive en la memoria familiar y en restos materiales (fotografías, óleos, muebles, vestidos, uniformes, libros, manuscritos), una parte de los cuales forman la base de dicha muestra. ¿Qué relación es la que mantenemos con lo pretérito? ¿Cómo miramos un mundo que ya no está pero del que procedemos?
Political T-Shirt
3 Julio 2009
La camiseta.
Estamos en pleno verano, los calores aprietan y andamos ligeros de ropa. Sobre todo los jóvenes. Algodones y linos; mangas cortas o tirantes; colores claros o simplemente blancos. La muchachada decide enfundarse camisetas que alegren sus pechos o sus pectorales, con leyendas ocurrentes, con dibujos originales.
El rey de la casa y su señor padre han decidido exhibir una serie de diseños posibles para camisetas. Es ésta una exposición virtual. Los dibujos que el joven alumbra tienen un fácil traslado al algodón. Esta prenda lleva camino de convertirse en la indumentaria universal, si ya no lo es. Todas iguales, pero a la vez todas distintas: cada uno se la personaliza para marcar su diferencia.
Por un lado, es una pieza barata; por otro, sirve para reforzar esa distinción que todos ansían. En origen, la camiseta con diseño es un producto de la sociedad de consumo, del turismo de masas. Por una parte, le confiere a su portador un aspecto informal, desenvuelto, como es el viajero del Novecientos que reúne souvenirs. Por otro, le alivia de la canícula y del ahogo.
¿Y el nombre? Leo en La camiseta. Un artículo universal (2009), de Troth Wells, que hay dos posibles orígenes. “El nombre inglés de la camiseta, T-shirt, proviene de la forma que tiene una vez estirada la versión de manga corta y cuello redondo. Otra posibilidad es que, como la prenda se utilizaba para entrenar, la T venga del término inglés Training“.
Political T-Shirt. Pero una camiseta no es sólo vestimenta, tejido que tapa o cubre: es leyenda y moraleja, promoción, publicidad, propaganda, concepto de vida o crítica de costumbres. “Una simple camiseta lisa, sin el estorbo de una chaqueta o camisa, era un sitio muy bueno en el que se podía escribir algo”, dice Troth Wells, refiriéndose a la Norteamérica de posguerra. “Ahí, en el pecho, donde todos pudieran ver el mensaje”, añade. “¿Quién lo hizo por primera vez? Siempre atentos, posiblemente fueron los animales políticos los primeros de la manada en llegar”, precisa con ironía. “Algunos creen que fue en 1948, cuando el gobernador de Nueva York, Thomas E. Dewey, mandó imprimir una camiseta que decía: Dew It for Dewey (Hazlo por Dewey) para su campaña presidencial”.
No es imprescindible averiguar la verdad de esta leyenda urbana. Importa el sentido promocional del que la camiseta sería portadora. La imagen adosada al pecho vino más tarde: primero, las propias estrellas de Hollywood tuvieron que enfundarse esta prenda –blanca, sin grafismos–; después, los numerosos seguidores imitaron ese atuendo reproduciendo la efige de los admirados personajes en sus respectivos pechos. Cine y cultura del rock fueron y siguen siendo motivo de ilustración, tomando esos pocos centímetros como un pequeño espacio promocional. Piénsese, por ejemplo, en los usos publicitarios que Santiago Segura le da a sus camisetas cada vez que prepara el estreno de un Torrente. Acude a las entrevistas con el cartel adherido, con esa imagen autorreferencial.
Pero, en este tiempo de liviandad y de crítica, las camisetas son también espacio para la humorada, para el guiño incluso político, para la guasa anticomercial. Deformar una imagen repetida, una marca, y alterar un eslogan son ya hábito común. No es infrecuente tropezarse con jóvenes que llevan camisetas en las que reza Amporio Jamani, Don’t Just Do It o cosas así.
El rey de la casa y su señor padre han decidido poner a disposición del público una serie camisetas con diseño ocurrente y moraleja crítica. Han decidido titularla Political T-Shirt. No me pregunten por qué. Les expongo las primeras muestras. En ellas vemos a dos políticos de esta localidad en la que habito en actitudes muy reverenciales. Echen un vistazo a la leyenda que acompaña esos grafismos. En un caso se juega con el nombre; en el otro se hace broma de la esperanza.
Alguna de estas camisetas está teniendo ya un éxito notable: a su autor se la quitan de las manos, oigan, al módico precio de 10 euros. Me dice que funciona bajo pedido y con indicación del tallaje. Si ustedes gustan, pueden manifestarlo aquí, en este blog y ya les pondré en contacto con el diseñador. A falta de una tienda real, él mismo es quien distribuye las prendas en este espacio virtual y por lo que parece para gran satisfaccción de la clientela. Ya me dicen.
Pero hay más.
Tiene intención de ampliar la referencia política de sus camisetas para que cobren cada vez más un sentido universal. Está en ello. Creo que lo ha conseguido con estos dos diseños que ahora les reproduzco.
El primero alude a la revuelta de Tiananmen, de la que ahora se cumplen veinte años. La imagen es muy conocida, ciertamente, pero no ha perdido la fuerza original: el individuo cargado de razones frente al carro armado, frente al poder del Estado.
El segundo dibujo es un sueño, probablemente bienintenciobado. Aúna el 68 y el hippismo, la represión de la gendarmería y el mundo de flores, mariposas y amor que los jóvenes de entonces alumbraron. No sé si debemos esperar esta colusión y estas mezclas, pero como leyenda o moraleja resulta muy llevadera para un verano de rigor.
Si les interesa, ya saben…
Instrucciones para escribir
30 Junio 2009
0. Caminar y mascar chicle. Con frecuencia me veo obligado a caminar y a mascar chicle a la vez, dos tareas que nada tienen que ver entre sí y que te exigen operaciones bien distintas. En ocasiones, incluso, me veo forzado a pensar y a mascar goma. Es vertiginoso, no crean. En mi caso, eso significa escribir sobre una cosa y leer sobre otra, mientras absorbes los sabores neutros del chicle.
Labores diferentes realizadas a un tiempo te crean un leve estado de confusión, un pequeño aturdimiento. Los seres humanos, decía Herbert Simon, carecemos de una racionalidad olímpica de la que servirnos. Olímpica: ¡quién pudiera! Sólo disponemos de una razón limitada, o de una ración limitada, bastante corta, la verdad: no podemos atender a varias cosas a la vez. A poco que lo intentes te despistas. Por eso, los trabajos importantes no los hacemos simultáneamente, sino sucesivamente: ahora una cosa, luego la otra; ahora camino, luego masco chicle; ahora la goma, luego el pensamiento. O, cuando me atrevo, estiro el pensamiento-goma hasta hacer un globo, dos globos, tres globos. Bueno, o eso creo.
Y así estoy, hinchando globos y moldeando no sé qué: ahora Papeles inesperados, de Julio Cortázar; luego El Valle de los Caídos, de José María Calleja. ¿Y qué tienen que ver entre sí el narrador argentino y el monumento franquista? Nada, por supuesto. Sólo el azar o el puro capricho han querido que lea y escriba sobre temas tan dispares en un tiempo vecino y sucesivo: abandonándome al placer de lo arbitrario. ¿Indisciplinado? No, por favor… De todo se cumplen aniversarios comunicantes, números redondos que te invitan a leer, a releer y a pronunciarte.
Hace veinticinco años murió Julio Cortázar; hace cincuenta se inauguró el Valle de los Caídos. Hace medio siglo nací yo en un Hospital Católico (sic). El primero es un monumento de las letras; el segundo es un monumento de la imaginación kistch. Del primero escribo una reseña; del segundo leo un ensayo periodístico que utilizaré en una conferencia. Para sellar esta tarea contradictoria, para amalgamar lo distinto, me he procurado una divertidísima argamasa: la celebérrima Historias de cronopios y de famas. He procedido a releer esas páginas del Cortázar mas chistoso para ver si encuentro solución.
¿Recuerdan la primera parte, la titulada “Manual de instrucciones”? Un manual con el que sobrellevar las circunstancias banales. Busco en ese capítulo por si hay instrucciones para escribir o para vivir, que al final no son tareas tan contradictorias. No las veo exactamente, aunque –ahora que lo pienso– en Cortázar todo es un código para escribir viviendo, o para vivir escribiendo. En Cortázar hay instrucciones para llorar, para cantar; normas sobre la forma de tener miedo; reglas para entender tres pinturas famosas, para matar hormigas en Roma, para subir una escalera, para dar cuerda al reloj.
Faltan instrucciones, y la arbitrariedad de las normas que Cortázar finalmente recoge me recuerda la clasificación animal que Jorge Luis Borges postuló en uno de sus cuentos. Se trataba de una taxonomía imposible. Michel Foucault la celebraba al comienzo de Las palabras y las cosas. Borges le había provocado una conmoción, una conmoción del pensamiento y de la risa: justamente lo que sintió el creador del chicle cuando observó su producto. Intentemos enumerar esas instrucciones que Cortázar no nos proporciona. Imaginémoslas. No garantizo nada: puede que el resultado sea tan absurdo como el que Borges ideó. Yo, por mi parte, lo pienso modestamente: para mis alumnos, de quienes estoy acabando de corregir trabajos; y para mis amigos, que tienen la caridad de leerme a pesar de los rigores veraniegos.
1. Instrucciones para escribir. Vayamos, pues, con ellas.
Primera. Observe todo lo que sucede a su alrededor. Con ojo clínico o crítico o cítrico. Nada es lo que parece ser. Mírelo de cerca y exprima su imaginación; luego, aléjese: distienda los músculos del ojo. Postule el entorno de lo que ve, ese círculo menor. Imagine un contexto más extenso, el amplio mundo del que forma parte. Cierre los ojos. Ha de sentir algo de miedo, una inquietud. Aventure un significado.
Segunda. Lea todo lo que tenga a mano. Los prospectos farmacéuticos, los insertos publicitarios, los rótulos callejeros, los libros de los amigos, los artículos de los enemigos, la novela que no entiende, el poema que le arrebata. Todo ello, a la vez: sin hacer ascos. Fíjese en la letra pequeña. Utilice lupa: descubra la prosa absurda de la vida.
Tercera. Escriba inmediatamente. Lo que se le antoje: un aforismo o una rutina, un esquema o el resumen acabado de una idea. ¿Y dónde lo escribo? En el reverso de un boleto, de la lista de la compra, de un papelillo, de un cuaderno de campo. En el notebook. Esto es muy recomendable: lleve, siempre que pueda, una libreta chiquitita, de poco peso. No se preocupe por el orden. La sintaxis y el sentido vendrán después.
Cuarta. Discuta con sus amigos lo que lleva escrito. Sus ocurrencias, sus obsesiones, los enunciados y los esbozos. Ideas sueltas, vaya. No les lea lo redactado. Reformule la expresión oralmente. Espere a ver cuál es la reacción de las amistades. Si les parece absurdo, es probable que tenga interés. Si lo juzgan nuevo, increíble, rompedor, es posible que sólo sea una estupidez.
Quinta. Documéntese sobre las cosas que le interesan. No sea haragán, no se conforme con las repeticiones. ¿Va usted a reiterar lo ya sabido, lo ya dicho, lo ya pronunciado? Sea audaz. No es preciso informarse de todo lo que se ha escrito sobre ese asunto. Observe y lea con intuición, admitiendo que no podrá agotar todo lo sabido o lo dicho o lo pronunciado. Entre la erudición demente y el tópico perezoso hay un saber informado y limitado.
Sexta. Escriba para gentes desinteresadas. Ya se va a sentar a poner en orden todo lo recopilado, todo lo que le ha ocurrido o se le ha ocurrido. No redacte pensando en personas a quienes ya tiene ganadas. Escriba para gentes que carecen de todo interés: usted mismo antes de que el tema le arrebatara. Deberá persuadir al desmotivado, al ignorante y al documentado. De entrada, nadie está a favor suyo.
Séptima. Escriba para gentes extrañas. Redacte sin dar nada por supuesto, sin aceptar la evidencia de lo que dice. Quien le lea es probable que no tenga las referencias que usted ha reunido; es posible que no tenga los conocimientos básicos que usted da por descontado. No escriba para adeptos o convencidos, sino para salvajes o nativos de otras tribus.
Octava. Esmérese con las formas. No hay forma y contenido. Hay el contenido de la forma: no aspire a la bella prosa, sino a la comunicación eficaz. ¿Eso qué significa? Que estamos rodeados de rutinas expresivas, de topicazos verbales, de frases hechas, de ideas arruinadas y aceptadas. Sorprenda a su interlocutor. Porque así ha de tomar a su destinatario: como alguien con quien dialoga en términos refinados. ¿Y por qué refinados? Porque lo basto es impreciso, romo, insuficiente, escaso. ¿Es ése su retrato?
Novena. Escriba un primer esbozo o borrador sin libros, sin artículos, sin red. Usted se ha documentado abundantemente; ha analizado con detalle; ha anotado pensamientos y ha registrado observaciones. Un resto importante de todo ese material está en su cabeza. Con esos materiales recordados ya puede escribir. No se ciña a la literalidad de los textos que ha reunido: así evitará el bloqueo. Después ya mejorará y corregirá.
Décima. Escriba como si hubiera un toro a punto de empitonarlo. En esta fase no se consienta tranquilidad alguna; no se permita la pereza de quien mañana lo puede hacer mejor. Presuntamente. No está nada claro que usted lo pueda hacer mejor. El miedo a la página en blanco es, muchas veces, una falsa impresión de omnipotencia.
Undécima. Pásele a un amigo o conocido lo escrito, aún en esbozo. No busque su aprobación, el mero asentimiento, sino el escrutinio severo. El escrutinio amistoso y leal. Quien lea su escrito le recomendará cambiar esto lo otro; detectará ambigüedades; advertirá erratas o confusiones. Quien le lea amistosamente no le envidiará: se sentirá honrado con su deferencia. Y usted con su cortesía.
Duodécima. Lea libros y artículos que nada tengan que ver con sus intereses más inmediatos. Mientras espera el juicio de sus amistades, mientras aguarda la última versión, contraste lo que ha escrito con la literatura más alejada, con los asuntos más distantes. Daremos por supuesto que usted ya conoce la bibliografía específica del tema. En ese caso, aventúrese con los textos menos afines. Tal vez encuentre en alguna página una de esas ideas que no esperaba, una negligencia valiosa o una epifanía definitiva.
Decimotercera. Piense dejándose iluminar libremente: con las sugestiones verbales y con los parecidos reales. Lo que se parece y es distinto nos activa y estimula, nos exige clarividencia para atisbar lo común, las homofonías, las sinonimias y las casualidades; y nos obliga a separar aquello que creemos un calco, lo idéntico y lo sucesivo. Las cosas no son mero remedo, pero el mundo está lleno de reproducciones sin remedio.
Decimocuarta. Haga esquemas y anotaciones; inscriba leyendas en los márgenes de sus libros. El volumen que maneja es, ahora, su interlocutor. Con él establece una discusión beligerante o amistosa. Por eso, en dicho hueco, en el margen blanco, ha de quedar su huella personal, su escritura sincopada, potencial, locutiva. Sin miedo: lastime los libros, hágales incisiones, déjelos inservibles para una relectura. Las inscripciones son los párrafos que añadirá a ese texto final que aún están leyendo sus amistades. Son sus esquemas o un balbuceo, el registro de sus ruidos cerebrales.
Decimoquinta. Incluya en su texto quince palabras inevitables. No tema. Elija esos vocablos sin los cuales su original ya no sería suyo ni el mismo. Por ejemplo: defenestración, sajar, círculo, lenitivo, ventosidad, vicario, sumidero, calamitoso, ancilar, ojete, divino, sublime, escupidera, haragán, seminal, desecho. No sé si son quince, pero en todo caso evite los fáciles neologismos. Puede consentirse algún terminacho como, por ejemplo, epistemología.
Decimosexta. Reclame a sus amistades la devolución del original que usted les pasó. Que no pretexten falta de tiempo o lectura exhaustiva. Simplemente, sus amigos pertenecen al gremio descrito en la instrucción sexta: son gentes desinteresadas, desmotivadas, ignorantes o documentadas a las que usted no ha sabido persuadir a primera vista. Recuérdelo: de entrada, nadie está a favor suyo.
Decimoséptima. Póngale título final a su texto, ni poético ni puramente descriptivo. Échele un vistazo a Google. Escriba entrecomillado ese título: si los registros del buscador superan las veinte mil entradas, es una frase hecha, un tópico o una lamentable coincidencia. En ese caso, descártelo o, al menos, modifique levemente su enunciado, justificándolo en la introducción.
Decimoctava. Vamos a ir acabando con un decálogo que no es tal. Si ya tiene que entregar su texto, admítase las erratas inevitables, las fórmulas mejorables, las ambigüedades prescindibles, las cacofonías insuperables. Admita que el secreto está en seguir leyendo, en adoptar rutinas verbales, practicando con series de tres y ciclos de quince. Si no dispone de tiempo o está de mal humor, fíese de su instinto y lea los Consejos sobre el arte de escribir cuentos, de Roberto Bolaño (que descubrí en su libro Entre paréntesis y que ahora Alejandro Lillo me lo ha hecho recordar ).
Decimonovena. Regrese a Julio Cortázar o, mejor, a Edgar Allan Poe, que es también lo que Bolaño recomendaba. Poe, en efecto. ¿Que no quiere redactar cuentos, sino ensayos? No importa: las instrucciones valen igualmente. Mientras tanto, mejore su soltura escribiendo folletos publicitarios o reseñas de libros. Los folletos le servirán para comunicar con habilidad profesional: pensará que de su prosa eficaz y escueta depende la venta de un producto. ¿Y las reseñas de libros? Pues las reseñas le facultarán para destrozar un volumen en un par de folios, que es el sueño inconfesable de todo plumilla. Borges empezó redactando una nota dedicada al yogur y acabó escribiendo prólogos concisos.
Colofón.
Intente hacer las cosas a su aire, sabiendo que no hay reglas y que, de haberlas, no son aplicables a la poesía. Simplemente intente escribir con gracia y claridad. De lo contrario pronto nos resignaremos a la prosa oscura de los impresos o la sintaxis inverosímil de tantas traducciones. Aunque, ahora que lo digo, lo mejor para escribir bien es traducir una y otra vez. Cortázar tradujo a Poe y de su versión aún nos servimos. Inténtelo. Empiece con un rótulo callejero, con un folleto publicitario, con un manual de instrucciones o con un prospecto farmacéutico. O, si le resulta imposible, ábrase un blog.
2. Cortazariana
Cortázar 1. “Siempre que llegan estas fechas me acuerdo de un relato de Julio Cortázar, un cuento que forma parte del volumen Todos los fuegos el fuego“. Leer más, aquí. Estas palabras proceden de un viejo artículo, publicado en El País hace cuatro años: una tribuna en la que rindo homenaje a Julio Cortázar. ¿Cuál es la moraleja? Aparte de la prudencia, amigo conductor, el artículo trata del placer que significa escribir y de la felicidad que nos procura leer. Siempre estoy dándole vueltas a lo mismo. Con Cortázar me ocurre lo que con todo maestro: que releo con ganas y con deslumbramiento cada uno de sus aciertos; que me decepciona y le tolero cada una de sus páginas perezosas.
Cortázar 2. Reseña de Julio Cortázar, Papeles inesperados. Madrid, Alfaguara, 2009. En esta reseña, publicada en Ojos de Papel (julio de 2009) hablo, entre otras cosas, de la cubierta del volumen. Cuando trato este asunto, aparentemente menor, digo: “Según leemos en la página de créditos, el diseño de esa cubierta –obra de Raquel Cané y Pablo Rey— confirma la novedad editorial. Del extremo superior, del cielo en definitiva, parecen caer unos papeles mecanografiados, blancos, grises y amarillentos: unos papeles inesperados, ciertamente. ¿Y a quién le caen? En primer lugar, a la efigie que parece recibirlos, a esa persona que reposa cómodamente en lo que es un asiento de piedra. Es Julio Cortázar, ajeno a la edad y al tiempo, sin que los años lastimen su aspecto juvenil, su cabellera…” (Leer más, aquí) .
3. Otras reseñas. Francisco Fuster: Ahmed Rashid: Descenso al caos. EE.UU y el fracaso de la construcción nacional en Pakistán, Afganistán y Asia Central (Península, 2009), Ojos de Papel, 1 de julio de 2009.
Michael Jackson
26 Junio 2009
Supongo que no lo puedo evitar… Hay muertos, incontables y anónimos muertos, de quienes no escribo nada. Hay fallecidos ilustres de quienes tampoco me ocupo. Pero hay vivos distantes que forman parte de tu vida. Cuando mueren, es irremediable que te acuerdes de ti mismo. Eso me sucede con Michael Jackson. Cada pose o cada excentricidad te son familiares. Cada logro, aquel logro, te devuelve a 1982.
Yo estaba acabando la mili en Sevilla y pernoctaba en un piso que habíamos alquilado varios soldados. Era hacia el final del servicio y nuestras relaciones se habían enfriado mucho. Prácticamente, cada uno de nosotros hacía vida independiente en su habitación, sin intercambiar palabra con su vecino más cercano. El inmueble, de principios del siglo XX, era enorme, con unas viviendas grandes, señoriales, de techos altísimos. En nuestro piso, las habitaciones eran desproporcionadas, aunque –eso sí– contábamos con una cocina increíblemente pequeña que casi no empleábamos. En cada cuarto, uno podía hacer la vida completa. Tenías tus libros, reunías unos pocos cassettes y disponías de lo necesario: las cosas de aseo, detergente, Mimosín, algo de comida y un transistor. Con la radio estabas permanentemente enchufado. Era nuestra conexión exterior.
Una de aquellas últimas tardes de diciembre de 1982, en un programa musical, escuché Thriller. Estaba producido por Quincy Jones. Yo ya conocía a Michael Jackson, principalmente por la serie televisiva que protagonizaban los Jackson Five y por los discos que los habían lanzado al estrellato. Pero, ah amigos, en 1982 estaba asistiendo al estreno radiofónico de aquel Long Play. Quedé muy impresionado. Siempre me habían gustado la música funky, los ritmos discotequeros y el pop, tan denostado por los rockeros puros y por los cantautores. Pero ese aprecio me lo reservaba para mí: lo padecía en silencio, con algo de vergüenza y de reparo, pues revelaba al tipo ordinario que yo era. Nada sofisticado.
Me fue imposible no quedar trastornado por el Thriller, de Michael Jackson. Te sacudía el cuerpo, obligándote a seguir sus ritmos poperos, a contonearte. Con increíble torpeza por mi parte, claro. Cuando regresé a Valencia, en 1983, su videoclip me impresionó aún más. En las discotecas que frecuenté (no diré con quién) se hacía el silencio cuando empezaba a sonar, pero sobre todo cuando empezaban a emitirse las primeras imágenes de aquella historia filmada por John Landis. Dejábamos de bailar: con aire reverencial nos disponíamos a ver una y otra vez aquel clip que iba a cambiar la historia de la música popular. No exagero ni un ápice. El género no lo inventó Jackson, desde luego. Pero fue a partir de su Thriller cuando se impuso el videoclip como recurso de creación y difusión, como reclamo, como arte de la composición.
La voz, los fraseos y la risa sardónica de Vincent Price, los zombies que recuerda Isabel Zarzuela, la historia de amor imposible, las tumbas humeantes de las que salían muertos vivientes envueltos en harapos. Michael Jackson capitaneaba la coreografía de aquellos zombies, ejecutando unos pasos que luego han sido imitados hasta la saciedad, como descoyuntados y deslizantes, inspirados en el baile callejero de los negros. ¿Recuerdan aquellos radiocassettes gigantescos? Ser portador de un aparato de estas medidas daba prestigio a su dueño. De sus entrañas salían músicas de baile, pero sobre todo salían los sones de Thriller.
Repaso las caras de los zombies y rememoro aquella risa final e inmediatamente recuerdo algunas de sus referencias. Por supuesto, La noche de los muertos vivientes (1968), de George A. Romero, y las versiones cinematográficas de Edgar Allan Poe protagonizadas por Vincent Price.
Michael Jacson acaba de morir con cincuenta años. Yo estoy a punto de cumplirlos. Hace un par de temporadas, mis hijos me obsequiaron con el CD conmemorativo de Thriller, una nueva edición de lujo. ¿Su título? Thriller 25. Lleva como subtítulo la siguiente leyenda: The World’s Biggest Selling Album of All Time. Y, sin duda, lo es.
Es el mismo disco, pero no lo es. En principio, a Michael Jackson no lo vemos pálido, en su último estado (según nos recuerda Juan Planas). Lo vemos rotundamente negro: en la contracubierta se reproduce la portada original, en la que, si se fijan, ya estaba fuertemente iluminado, con un traje blanco que parecía desvanecerse. Mi primer Thriller lo adquirí como cassette. Si no me equivoco, era algo más económico que el vinilo. Tenía, además, la ventaja de ser verdaderamente portátil: te lo podías llevar en tu radiocassette más chiquito. Pero la cinta tenía la desventaja de su corta y pésima duración. Tras haberlo escuchado cientos o miles de veces, no sé, mis canciones tenían sonidos extraños y opacos, resonancias imprevistas que se añadían a los aullidos de los zombies, por ejemplo. Thriller 25 tiene los cortes originales y otras nuevas versiones para justificar su precio verdaderamente lujoso.
Pero tiene, además, una seria advertencia: “Contains moderate horror“. Y el anónimo redactor añade: “Suitable only for persons of 15 years and over. Not to be supplied to any person below that age“. ¡Ah, la corrección política! En efecto, el DVD que completa la carpeta o disco-libro tiene las imágenes de aquel videoclip y, sin duda, nuestros jovencitos impresionables pueden quedar seriamente acongojados por la coreografía de aquellos muertos. Como le pasó a Isabel Zarzuela. Pero ahora imaginen, imaginen que nos ponemos ordenancistas y prohibimos esas imágenes a los muchachos menores de 15 años: ¿llegarán algún día a amar las películas de zombies?
Dejémonos de bobadas y regresemos al muerto real. Michael Jackson ha fallecido y yo siento más cerca el aliento de la Parca. Pobre Michael. En los próximos días voy a revivirlo, a recrearlo, a exhumarlo, escuchando sus animosas canciones, sus viejas canciones, algunas de las cuales me seguirán acompañando hasta el final de mis días.
Lecciones y maestros
21 Junio 2009
Introducción.
Los escritores Antonio Muñoz Molina, Ángeles Mastretta y Luis Mateo Díez protagonizan la tercera edición de las jornadas Lecciones y maestros, que se celebran en Santillana del Mar (Cantabria) los días 22, 23 y 24 de junio.
Leo en la comunicación oficial que “esta cita internacional de la literatura iberoamericana ha reunido, en ediciones anteriores, algunas de las más destacadas figuras de nuestras letras: Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, José Saramago, Arturo Pérez-Reverte, Javier Marías y Mario Vargas Llosa. Tras el éxito y difusión alcanzados por las jornadas, esta nueva edición contará, una vez más, con invitados nacionales e internacionales, entre ellos catedráticos de literatura, críticos, editores, académicos, periodistas y personalidades del mundo de la cultura”.
Aparte de los protagonistas, ¿quiénes participan? Luis Miguel Aguilar, Nuria Amat, J. Ernesto Ayala-Dip, Álvaro Colomer, Álvaro Delgado-Gal, Soledad Foz Maura, Luis G. Martín, Ángel G. Loureiro, Luis Leante, Olga López-Valero, Joaquín Marco Revilla, José María Merino, Julio Ortega, Chritine Pérès, José María Pozuelo Yvancos, Patricio Pron, Domingo Ródenas de Moya, Dora Esthela Rodríguez, Manuel Rodríguez Rivero, Saïd Sabia, Santos Sanz Villanueva, William Sherzer, Michi Strausfeld, Fernando Valls y yo mismo.
Me han invitado a participar. No soy catedrático de literatura, no soy crítico, no soy editor, no soy académico, no soy periodista: tampoco eso que llaman una personalidad del mundo de la cultura. Me han invitado a participar para hablar de la obra de Antonio Muñoz Molina. Allí podré exponer una parte de las conclusiones a que llegué en mi libro Pasados ejemplares. Historia y narración en Antonio Muñoz Molina (Biblioteca Nueva, 2004). Y allí podré participar en las discusiones sobre la novela a partir de los casos de Luis Mateo Díez y de Ángeles Mastretta.
Leo algo más del comunicado oficial: “estas jornadas, organizadas por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y la Fundación Santillana, tienen lugar en la Torre de Don Borja, sede de la Fundación en Santillana del Mar, Cantabria, y forman parte de los cursos de verano de la UIMP. Aunque no constituyen una actividad abierta al público, se transmiten íntegramente a través de Internet. La sesión de clausura –con entrada libre hasta completar aforo– tiene lugar en Santander, en el Paraninfo de La Magdalena”.
Todas las sesiones podrán seguirse en directo en: elpais.com, fundacionsantillana.org, uimp.es, elboomeran.com y alfaguara.santillana.es.
Luis Mateo Díez. Primera sesión del encuentro Lecciones y maestros, en este caso dedicada a Luis Mateo Díez. En la sede de la Fundación Santillana, en un espacio organizado como un café literario, sin barreras, hemos tenido el encuentro con el escritor leonés. Ha sido un repaso por su obra, una creación que no es propiamente autobiográfica. Tampoco es autoficción, aunque incorpore experiencias del autor. Es una misteriosa y afortunada aleación de datos ciertos y fantasías verosímiles. La revisión que ha hecho José María Merino ha apuntado estas y otras cosas, ha subrayado la importacia del territorio de Celama y ha destacado el lugar de la Provincia como espacio propio de sus ficciones. Los invitados de la mesa redonda moderada por Fernando Valls han incidido en estos y en otros aspectos y el propio Luis Mateo Díez ha dado la réplica amistosa haciendo especial hincapié en el callejón –en los callejones– como epicentro de las relaciones humanas, las de una demografía vasta e inventada. Interpreten esta palabra –callejón– en un sentido metafórico pero también real.
La cosa ha transcurrido severa y académicamente hasta que hemos topado con un dato característico de su obra, un dato irrepetible que ha provocado coincidencia general y un buen humor creciente: la importancia que tienen los pirados en las novelas del autor. Digo bien: los pirados, los extraviados, esos individuos algo dementes que pululan por la provincia, por los callejones, por los negociados. Son gentes capaces de no ver lo evidente o de atisbar con una clarividencia aplastante lo que está oculto, gentes de discurso tajante que vaticinan, gentes averiadas por la vida y aún esperanzadas.
No se le ha mencionado expresamente pero cuando se hablaba de estos tipos, yo estaba pensando en Alejandro Saelices Cordal, el poeta olvidado, el vate enterrado de El expediente del náufrago (1992). Es una novela antigua de Luis Mateo Díez pero su lectura o relectura actuales aún siguen conservando el encanto demente, humorístico y finalmente patético de la primera vez. ¿Alguien imagina a un versificador que decide enterrar entre legajos su obra poética? Trabaja en el Archivo –así, con mayúsculas– y allí, entre los expedientes de Actas –si no recuerdo mal– sepulta su obra. No les cuento más, claro. No sé por qué esta novela de Díez me cautivó especialmente: es probable que sea el espacio del Archivo, ese mundo de papel polvoriento en el que el tiempo arruina todo lo previsible, toda expectativa razonable.
El Archivo es un depósito ordenado, un limbo, pero es también metáfora viva del caos real que la clasificación o la catalogación de los facultativos no pueden detener, un pozo de aguas estancadas. A la postre, muchos expedientes cuidadosamente guardados en lengajos que a su vez van a parar a secciones forman eso: un archivo. ¿Podemos hacer analogías con la vida? Es posible hacerlas porque en este negociado también habitan esos individuos pirados que sobreviven o mueren entre la rapiña polvorienta de los documentos. Los documentos no son toda la existencia, no registran toda la vida. Hay siempre un exceso y una falta, y entre el exceso y la falta están los sanos y los insanos que entre sí tienen tratos directos o vicarios.
La obra de Luis Mateo Díez es como un inmenso archivo con documentos varios, algunos hermanados entre sí y otros orgullosamente solos. En todo caso, necesitan ser leídos para comprender las intenciones de los individuos que las pueblan y para explicarse el mundo general que les rodea. Si, además, su lenguaje sabe captar registros antiguos y expresiones actuales, fórmulas arcaizantes y modismos de hoy, el resultado es el de una sintaxis espectacular. No es prosa sonajero, sino una lengua recias resonancias, de ecos cervantinos, y con un poderoso dominio de la descripción, de la representación. ¿De qué? De lo fantaseado, entre la suma ingente de pirados que luchan por hacerse un hueco entre las páginas de las averías humanas.
Ángeles Mastretta. Lo primero que llama la atención de Ángeles Mastretta es su simpatía, su expansiva humanidad, su dominio escénico. En este mundo, no es raro tropezar con el autor ensoberbecido o fatuo. En Mastretta hay humor, buen humor, y hay también seguridad en el habla, la propia de alguien que confía en sí misma y en sus propios logros.
Antonio Muñoz Molina. El homenajeado del día estuvo cariñoso y cercano con quienes estuvimos con él, con quienes debíamos glosar su obra. Dice Juan Cruz en su blog que “Muñoz Molina está dotado de una lupa muy especial; dijo Justo Serna que es la lupa del historiador del arte, capaz de asomarse a las profundidades de un detalle para agarrar de éste todo su poder de metáfora”. ¿Es posible un liberalismo no sectario?
19 Junio 2009
1. Ralf Dahrendorf. Uno de los preceptos de las notas necrológicas es el de no justificar los datos del fallecido con circuntancias del biógrafo. Es decir, no contar la vida del muerto por las coincidencias que con él hayamos tenido. Creo es que sensata esa prescripción de buen periodismo.
Pero yo no escribo ahora una nota necrológica, sino una triste despedida. Lo dije hace un par de años y lo vuelvo a repetir ahora: el 11 de marzo de 2006 comencé a colaborar semanalmente en Levante-Emv con un artículo titulado “Los liberales y la calle”; el 26 de noviembre de 2007 se publicaba mi última columna en dicho periódico, “La cena de los políticos”. En esa fecha desaparecía, pues, la rúbrica bajo la que escribía, Lente de contacto, un epígrafe nada original –lo admito— pero que expresaba humildad: yo miraba valiéndome de recursos ajenos; yo leía para entender.
Cuando acabé lo dije públicamente: esperaba no haber sido sectario. Quizá se me reconozcan ciertas simpatías ideológicas, pero me siento cómodo leyendo a quienes me desmienten o a quienes me obligan repensar las cosas. Rarl Dahrendorf ha sido uno de ellos. En el primer artículo que publiqué en Levante-Emv empezaba citando a Ralf Dahrendorf; en el último, sin saber aún que iba a ser el último, volvía a mencionarlo. Citaba el mismo libro y por la misma razón: por la agudeza de su autor. Quién me iba a decir a mí que el ciclo se cumplía con estas simetrías imprevistas.
La lectura de Dahrendorf ha sido una prescripción muy saludable que me he administrado durante años para bien de mi raciocinio. Era un político y un politólogo, pero era sobre todo un lector de filosofía, de filología, de sociología. Lo he leído con profusión. No paso ningún curso académico sin él: regreso a dicho autor, a sus textos antiguos o a los nuevos. ¿El último que le he leído? La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria (Trotta, 2009). Era un pensador que, como Isaiah Berlin, vivió el liberalismo sin tentaciones sectarias, sin hacer doctrina o ariete de sus ideas. Fue alemán e inglés y, como Berlin, supo hacer compatible la naturaleza de su nacimiento y la elección por la que finalmente optó: Gran Bretaña.
En ese libro que antes mencionaba, el autor celebra el coraje de algunos pensadores libres, virtuosos, vagamente erasmistas: el de quienes supieron defender la propia opinión; el de quienes supieron escuchar; el de quienes supieron hacer autocrítica para no caer en el narcisismo o en el sectarismo; el de quienes supieron observar con compromiso y distancia, con moderación y cercanía. Los pensadores libres no se sienten fuertes por pertenecer a una cofradía más o menos multitudinaria, sino que suelen estar solos o escasamente acompañados, sabiendo lo que merece ser defendido.
Eso crea un estilo: “ser capaz de no dejarse apartar del propio rumbo aun en el caso de que uno se quede solo, estar dispuesto a vivir con las contradicciones y los conflictos del mundo humano, tener la disciplina de un espectador comprometido, que no se deja comprar, y una entrega apasionada a la razón como instrumento del conocimiento y de la acción”. Recuerdo las anotaciones que hice en los márgenes de esas páginas: mi ejemplar de La libertad a prueba está subrayada, garabateada, dialogada, con admiraciones y con interrogaciones, con dudas y con rechazos. Cuando lo leí, reconocía en él a un inspirador intelectual con quien congraciarme y con quien polemizar.
Aunque no siempre compartiera sus pronunciamientos públicos, yo le tenía un enorme respeto: Dahrendorf era de la generación de mi padre, algo más joven. Pero, como él, como tantos otros, había tenido que sobrevivir a una dura posguerra europea. A diferencia de quienes abrazaron causas perversas, Dahrendorf se mantuvo firme: firme frente a los hermanos sectarios y liberales, que los hay; y firme frente a la tentación totalitaria, que seduce a tantos intelectuales. ¿Es posible un liberalismo no sectario? ¿Es posible un intelectual contrario al totalitarismo?
Tiempo atrás me lo preguntaba. ¿Por qué hay individuos, ciudadanos, intelectuales… que, sin ser especialmente valientes, se oponen a las dictaduras? ¿Por qué lo hacen si es más fácil entregarse? Las preguntas de Dahrendorf eran ésas. Una dictadura es represión, cierto, pero también alguna forma de consenso… perverso. ¿Por qué se dan estas adhesiones? ¿Porque se obtienen ventajas materiales o porque se manipula la conciencia? Si ésta es una respuesta suficiente, habría que preguntarse por qué algunos individuos desechan esas ventajas o por qué algunas conciencias se resisten. Dahrendorf fue uno de ellos.
Silencios, imágenes, palabras
16 Junio 2009
0. Silencio. Aquí estoy, escribiendo en el blog: a la espera de un motivo inspirador. Pero no hallo nada que me sirva de acicate. ¿Es el cansancio? ¿El tedio? ¿El abatimiento? No. O no sólo: uno es optimista y las tristezas le duran muy poco. O tal vez sea la pereza. Ahora siento estupor: la constatación de que no sé de qué escribir; la evidencia palpable de que prefiero callar o leer. De momento me callo para leer. ¿Qué cosa? Un libro que tengo desde hace días y cuya lectura he ido retrasando por razones banales y ordinarias…
1. Razón del mirlo.
Callar o leer. Leo –aún en pruebas– el nuevo libro de Miguel Veyrat: Razón del mirlo (Renacimiento, 2009). Aquí lo tienen, sentado, posando ante el fotógrafo de la revista Tiempo, que días atrás daba cuenta de la nueva obra del poeta. El autor tuvo la amabilidad de remitirme esa copia aún provisional del libro sevillano. Así podía adelantar la lectura. He cometido la descortesía de retrasarla. Pero, si lo pienso bien, esa circuntancia está justificada. La poesía de Veyrat tiene su tiempo, un tiempo largo, demorado, circular y reflexivo.
Es largo porque a cada verso que avanzas en realidad te remontas a otro momento, a esta o aquella otra resonancia cultural a la que explícita o implícitamente rinde homenaje intertextual. Su poesía es un repertorio de resonancias, en efecto; un conjunto de restos milenarios que es preciso reconstruir. Es demorado su tiempo, porque con cada expresión que lees de hecho te detienes, te frenas, para interpretar todo su significado, siempre equiprobable, si es que finalmente el poema recién pronunciado, declamado, cantado tiene un sentido accesible. Es circular ese tiempo porque la intratextualidad, la remisión o eco de lo ya dicho son artificios constantes en Veyrat, artificios que te impiden salir de ese espacio angosto que son los pocos versos del poeta. Es reflexivo, finalmente, porque la experiencia del autor queda transfigurada en materia universal, en preguntas constantes o en metáforas ya sabidas y ahora nuevas de la condición humana.
Avanzo en la lectura, que es escritura de la impresión y efecto que sus versos me ocasionan… Los poemas de Veyrat son de varia estirpe pero aquí sirve un pasaje de Ocnos, de Luis Cernuda, como exergo, como punto de partida. “…¿Qué puede importarle al mirlo la muerte?, como si ella con su flecha pesada y dura no pudiera pasarle, silba el pájaro alegre, libre de toda razón humana”.
El mirlo, en efecto, es un motivo constante: la inconsciencia del pájaro cantarín ante la muerte. En el libro anterior, Instrucciones para amanecer (Calima, 2007), Veyrat hacía de la cigarra su portavoz. Ahora es un ave que aprende fácil, que incluso tiene capacidad para repetir la voz humana. ¿Qué tiene de humano el mirlo? ¿Ese sonido que remeda? En realidad, lo que de él toma es la alegría inconsciente de quien vive como si no fuera a morir: arrojado al mundo, frágil y orgulloso de su trino.
El volumen es un sondeo del terreno que se pisa, del mar inestable, del pasado que fluye. La vida es, sí, un viaje: una metáfora archisabida y nunca suficientemente explotada. El poeta avanza sin instrumentos, a ojo, con intuición y vehemencia, con mapas inciertos y con los pecios, unos pocos pecios. ¿Un naufragio? En realidad, son los restos de las vidas anteriores, las huellas materiales de lo que va quedando y que sirven como suelo firme. No hay regreso al pasado móvil: sólo un avance a tientas, palpando o conjeturando lo que quizá pueda pasarle, pasarnos.
Una y otra vez, las referencias a la vida que hace Veyrat son las de un vagar sin encontrar. ¿Marchamos a ciegas? En el principio de la vida humana no está la oscuridad, sino la evidencia de la luz, “la primera palabra/ para disimular la noche”. El poeta escribe: ¿ilumina, quizá “con sus dedos transparentes”? Luz y palabra son, en efecto, pecios de una reconstrucción imposible, de una iluminación de lo que la vida ya no es o de lo que el pasado veló.
Itaca está al frente, otra vez, siempre. Pero es un meta inalcanzable, un destino último que querríamos liberador. Ahora bien, no hay vuelta atrás ni reparación: el propio cuerpo acumula las heridas, los ultrajes que el tiempo inflige. “Y su trazas el mapa de tu propio/ cuerpo, sentirás cómo coincide/ con el universo de tu palabra. Y también/ que a las ínsulas se llega/ solamente por los ríos de sangre…” El poeta pone proa hacia lo incierto, con coraje, “sin precisar de sextante ni instrumentos./ Pero no hay regreso, capitán. Atrás/ quedan las estatutas que nunca/ o pronto volverán a la arena”.
El poeta ha vivido, sí, pero sobre todo ha escrito: “junta pecios para después leerlos”. Las palabras que iluminan o disimulan la noche son restos inconexos, pues. Son trozos sin ensamblaje ni argamasa, partes de esas vidas que carecen de coherencia o de brillante consumación. No hay brillante consumación. Hay un fin que no repara, la muerte del individuo, del poeta: una muerte que es la madre nutricia de un mundo que no termina para escándalo de ese hombre que caduca.
Un hombre que caduca y que quiere asemejarse al mirlo, que vive una agonía “limpia/ ya de razón humana, lista para seguir el camino trillado/ de la especie”. La muerte, sí, una muerte que frena o contiene con un poema que justifique, con el poema irrepetible en el que se reúna el Todo. No habrá extinción, así, ni vacío sin sombra. Mientras tanto, el poeta recibe a Virginia: ¿conviertiéndola en quién, acaso en su Beatriz de ahora mismo? ¿Y por qué no? Pero no hay infierno o purgatorio o cielo. Hay un jardín fresquito, lo más parecido a un Edén modesto y perecedero.
Por ese espacio –improbable hasta ahora mismo– avanzan. Avanzan ambos por lo oscuro, buscando la vocal y la consonante, confirmando el resultado: Tú. Todo lo que rodea cobra una dimensión diferente, inaudita, y hasta el arte interesa o conmueve: el torero y el toro bravo que sangra y tiñe, la lluvia en el parque de María Luisa, un beso en los jardines de Murillo. Pequeñas cosas. Pero siempre con la amenaza evidente: esa muerte.
Mirlo o lobo, inconsciente o voraz, el poeta busca un lugar donde caerse muerto, una tierra desnuda en la que dejar de ser extranjero, un lugar del que nunca regresar. “Pero la tierra siempre/ tiene dueño –sólo vuela/ libre la inocencia, lugar ignoto/ que nadie es capaz de descubrir”. No hay tierra inocente, pues. No hay Paraíso del que “ser expulsado otra vez”. Así queda su grito, “rebelde desde el abismo a la nada”. Ahí está el rebelde, “sobre otro acantilado”.
Pero no todo es tan sublime (acantilados, abismos). La circunstancia es pequeña, incluso banal. Lo propio, lo que nos constituye, es una materia orgánica. “A veces los vientos acumulan hojas secas/ en un rincón del jardín”, precisa. “¿Son mis trozos las mismas hojas que arrastro/ ahora y renacerán del compost/ en la esquina maloliente del jardín?”. Ese jardín, ese Edén modesto y fresquito, es también un pudridero o un depósito de guano. Las aves defecan, sí.
Vuelve la imagen del mirlo, de los pájaros jóvenes que baten sus alas con energía y demencia, lanzándose hacia el abismo; o de los pájaros ya ancianos, cuyas “alas se vuelven poco a poco/ transparentes”. Arrojarse al abismo o quedar absorbido por lo abisal, ésa parece la trayectoria del poeta convertido en ave, quizá un mirlo ya libre de toda razón humana. “Muy pronto el futuro ciego/ nos persigue y avanzamos entre brumas/ de un pasado que se extingue”.
Es ésta una contradicción que vive el poeta hecho hombre, “un hombre solo y débil/ que escribe al borde del abismo” otra vez, patroneando un bote, que no un buque, siempre con los mapas inciertos y con los pecios escasos que acarrea. “Coloca/ pues el pie en la barca y larga velas”. Alas o velas, lo más frágil para describir una empresa azarosa y de previsible consumación. “Escogió para morir un día soleado –puso/ después rumbo hacia alta mar”.
Colofón. Miguel Veyrat nos daña con su poesía de la muerte y de la consumación, con sus versos eruditos y saturados, citados, anotados. Varios de los poemas que aquí forman Razón del mirlo están dedicados a distintos personajes que conocemos: un homenaje del autor a algunos de nosotros, a algunos de los que frecuentamos este blog. Así consta en las “Deudas, notas, envíos y datos” que el poeta incluye al final. Pero eso es secundario. Lo principal precede. No se lo pierdan. A mí me ha servido para aturdirme, para dolerme.
Tiempo de escritura
12 Junio 2009
1. Rafael Blasco. Es muy probable que los lectores no valencianos de este blog conozcan a Rafael Blasco Castany, Consejero de Inmigración y Ciudadanía del Gobierno de Francisco Camps. Digo que es muy probable porque tiene ya un largo currículum como político en activo: ha desempeñado distintos cargos institucionales con el Partido Socialista y con el Partido Popular. Eso le ha dado una gran versatilidad: facilidad para acomodarse a distintos ambientes. Según leo en su página oficial: sus empleos se han repartido en siete Consejerías distintas del Gobierno valenciano.
Además del ejercicio cotidiano de sus tareas, Blasco acostumbra a salir en las fotos. Quiero decir que se deja caer en todo tipo de actos para así retratarse con un público más o menos vistoso. De ello hablé aquí hace unos meses, en el blog, y en algún artículo de prensa . Su frecuencia de aparición ha aumentado. Ahora, ya no hay día en que el retrato del Consejero no salga en uno, dos o tres medios afines, generalmente acompañado por noticias que son loa personal o prosa propagandística.
Entre los suyos se le tiene por un gurú electoral. Es decir, averigua los resultados venideros y eso hace que se le respete como si de un nigromante se tratara. ¿Cómo acierta los vaticinios electorales? Desde luego parece dedicar mucho tiempo a estos menesteres y, seguro, las horas que emplea no las roba a su trabajo de Consejero: quizá las robe al sueño o al descanso o a la reparación. Aunque su robustez parece indicar lo contrario. No sé.
Su activismo es incansable. Ha sido uno de los coordinadores de la pasada campaña europea del PP de la Comunidad Valenciana y, con motivo de ello, ha publicado numerosos artículos antes y después de los comicios. Sorprendente su frenética actividad. Al día siguiente de esas elecciones, Blasco aparecía en distintos medios como autor de uno, dos, tres, cuatro y cinco textos en periódicos locales: por ejemplo, éste que aquí enlazo.
Pero no sólo eso: en medio de la campaña aún le quedó tiempo para conceder entrevistas a medios valencianos o catalanes: por ejemplo, ésta en la que defendía a Francisco Camps. O, mejor dicho, el personaje quedaba muy bien retratado, entre listo y sibilino: se protegía cuando parecía estar amparando al presidente de la Generalitat.
En los mentideros locales se dice que Rafael Blasco tiene negros que le realizan parte de esas tareas. Escribir un artículo cuesta su tiempo, y el uso de metáforas, de analogías históricas, de recursos eruditos y de bromas y guasas con el adversario es un trabajo que requiere sus horas, su dedicación.
Por ejemplo, en uno de los artículos que ahora firma y que he enlazado, Blasco usa a Borges para lacerar al PSPV, y lo usa con desparpajo y sin necesidad: sin que la erudición en este caso esté justificada. Aunque sólo sea para este empleo ornamental, usar a Borges exige memoria o, al menos, una erudición superficial. ¿La tiene Blasco? No quiero pensar que para recurrir a esto el Consejero necesite tener escritores a su servicio. Puede haber leído y atesorado y puede no descansar, puede no dormir y puede tener gran facilidad para la prosa: justamente lo contrario de lo que le sucede a Javier Marías, que admite lo laborioso de su escritura, lo costoso de su reescritura, lo detenido y lento de sus sprints.
2. Javier Marías. “¿No es una distracción tener que escribir un artículo semanal de dos folios para alguien que ha pasado ocho años inmerso en una historia de casi mil seiscientas páginas?”, le pregunta el periodista de El País. “Distrae, sí, pero un artículo es un sprint de tres horas del que sales cansado. Cuando lo escribo no trabajo en la novela que tenga entre manos. Y agradezco que se me obligue a no escribir. Te obliga a pensar. Y no está mal pensar”, añade Marías.
No está mal pensar. Podríamos parafrasear al propio novelista cuando afirma que escribir suele ser averiguar lo que uno no sabía que sabía. O podríamos decir que escribir es pensar lo que no sabíamos que habíamos pensado. Es un proceso que lleva su tiempo y que la escritura de periódico hace fugaz.
Ahora, Javier Marías reúne noventa y tantas piezas suyas, columnas aparecidas en El País Semanal y que yo leo en su nuevo formato: un libro titulado Lo que no vengo a decir (Alfaguara, 2009). Hay amigos que me preguntan por qué le dedico tanta atención a Javier Marías, al novelista pero también al articulista. He tratado de razonarlo en varios artículos (por ejemplo, éste que enlazo) e incluso en alguna entrevista.
Con sus escritos dominicales, Javier Marías se granjea numerosos adversarios, gentes que le profesan una ojeriza incurable. ¿La provoca él? Marías es es columnista habitual, un escritor de semanario. Cada domingo, desde hace años, juzga, se pronuncia, aprueba o desaprueba lo que le rodea. Aborda cuestiones muy distintas y tiene temas persistentes: las malas maneras, la chulería ufana, el ruido español, el avasallamiento, la invasión católica de lo público, etcétera.
Ahora, repito, reúne nuevos artículos en Lo que no vengo a decir. Si lo pienso bien, ese título –afortunado como casi todos los de Marías– podría prestárselo a Rafael Blasco. El Consejero afirma decir distintas cosas en los artículos que aparecen con su nombre. Podría muy bien hacer una recopilación de sus escritos efímeros para disfrute de sus admiradores, seguidores o estudiosos (es mi caso).
¿Su título? Lo que vengo a decir. Con ese epígrafe aumentaría su prestigio como gurú, pues allí, bajo dicho rótulo, se recogerían las palabras y las erudiciones que ha repartido a manos llenas durante tanto tiempo. Ahora bien, si las tribunas periodísticas no le dan para un número suficiente de páginas, podría añadir pensamientos íntimos o públicos, las opiniones y reflexiones de un político de campo. Ése sería el título del apartado o capítulo. “Las opiniones y reflexiones de un político de campo”.
3. Manuel Pizarro. Digo opiniones y reflexiones, digo gurú, e inmediatamente me viene a la cabeza una lectura que he hecho estos últimos días gracias a los aviesos consejos de Alejandro Lillo: la de Manuel Pizarro, El arte de la economía. Opiniones y reflexiones (La Esfera de los Libros, 2009).
Es un libro de retales de pasmosa composición: Jesús Salgado hace un copypaste con “frases cortas extraídas de sus comparecencias en distintos medios de comunicación, actos públicos y conferencias pronunciadas durante los últimos veinte años”. Justamente lo que Rafael Blasco debería encargar que alguien le hiciera: un compendio. Pero…
Pizarro no ha dedicado ni un minuto a escribir este libro o a reescribirlo o recomponer sus palabras. Todo lo que leemos precede. No ha tenido la deferencia de colocar un prólogo de agradecimiento, un prefacio justificativo. Ha sido el propio Salgado quien ha debido escribirlo y ha sido también él quien ha debido componer el volumen con frases sueltas.
Por tanto, el editor no es un negro, pues no oculta su autoría. Justamente por eso resulta muy difícil determinar quién dice qué. ¿Está Pizarro dispuesto a firmar un libro con palabras suyas sacadas de contexto, palabras que parecen tener un sentido aforístico?
El aforismo es un arte para el que muy pocos están dotados: una sentencia resume o abrevia con ingenio lo que es una lección profunda que no todos ven. La frase ha de tener sonoridad y sobre todo ha de tener algo paradójico, imprevisto. Algunas de las sentencias de Pizarro tienen cierto sentido y poca gracia, qué le vamos a hacer. Otras muchas son trivialidades que no sé si imputar al político del PP, a Jesús Salgado o a ambos, mecachis.
¿Me piden ejemplos? ¿Ejemplos de frases banales? No puedo extenderme: convertiría este post en un surtido inacabable. Les reproduciré alguna de esas frases para regresar después al tiempo de escritura. En estos ejemplos no brilla el aforista; tampoco el prosista; menos aún el creador de metáforas, pues las que emplea suelen estar muy gastadas. ¿Luce el sentido común? En algunos momentos sí, pero para eso no hace falta componer este breviario…
“La educación bien entendida empieza en el seno de la familia. Es el primer eslabón que tiene el ser humano para unirse a la sociedad”, dice Salgado que dice Pizarro. “Me gusta enseñar a pescar, no estar dando peces toda la vida, porque el caladero de los subsidios, como los del mar, acaba agotándose”, dice Salgado que dice Pizarro.
“España somos un país que gastamos más de lo que ingresamos. Así no hay economía familiar o estatal que resista”, dice Salgado que dice Pizarro. “Una gran parte de los abogados, jueces… son ya mujeres. Su abanico de incorporación se está desplegando todos los días”, dice Salgado que dice Pizarro.
“La ley de igualdad, violencia de género, norma que permite los matrimonios homosexuales…, una parte es semántica, que me importa bastante poco”, dice Salgado que dice Pizarro. “En España, un país ordenado, el orden y los valores están en la ley. Es la ordenación de la razón para el bien común, que decía Santo Tomás”, dice Salgado que dice Pizarro.
“Tengo una especial admiración por la figura del autónomo, porque son personas que creen en la libertad y en su propio esfuerzo”, dice Salgado que dice Pizarro. “La Iglesia católica lleva dos mil años diciendo lo mismo. ¿A qué viene ahora rasgarse las vestiduras?”, dice Salgado que dice Pizarro. “En Teruel, como no tenemos mar, es muy difícil ser tiburón. A lo más que se llega es a barbo o trucha, que son animales objeto de depredación por parte de otros. Soy una persona tranquila a la que le gusta pasear y leer”, dice Salgado que dice Pizarro.
4. Escribir o mirar. En una página de Lo que no vengo a decir, Javier Marías dedica a Manuel Pizarro un párrafo absolutamente cruel. Es uno de esos miramientos que el novelista practica desde hace tiempo: escrutar fotografías con el ánimo de sacar el ánima del retratado. Hay mucho de observación realista y hay mucho de fantasía literaria o cinematográfica.
Todo lo que vemos, viene a decir Marías, lo hemos visto ya. Todas las caras que miramos se parecen a las de personas o personajes que conocemos o de quienes tuvimos conocimiento. El cine nos suministra rostros que se fijan en nuestra memoria y que, ahora, nos sirven para tipificar a este o a aquel individuo.
A Marías le suena el aspecto de Pizarro. Es como si pudiera identificarlo con algún personaje de la gran pantalla. ¿Con quién? “Ahora ha surgido una cara nueva, la de Manuel Pizarro, ‘fichaje estelar’ del PP –dicen–, y como aún lo miramos ‘con ojos vírgenes’, en seguida he podido ‘meterlo’ en una película. Y la verdad, parece que ese Partido los busque desagradables: su gesto cruel y despectivo me ha hecho verlo al instante como uno de esos despiadados magnates de las viejas cintas de Frank Capra, dispuesto a dejar a James Stewart en la ruina por arañar unos pocos más dólares. O bien –es una alternativa– como uno de esos malhumorados campesinos suréños de escopeta y Biblia que pululan por las películas de Ku-Klux-Klan y conflictos raciales. Hasta tiene cara de los años cuarenta o cincuenta del pasado siglo”, concluye Marías con crueldad analítica, con extrema dureza.
Tiene para todos, sin embargo: para Rodríguez Zapatero, para José Blanco, para Esperanza Aguire, para Isabel San Sebastián, para Juan José Ibarretxe, etcétera. Por hache o por be, en todos encuentra algo calamitoso o premonitorio. “¿Por qué no miramos en la vida como en la sala oscura? (…). Ojalá recuperáramos la capacidad para verlos a todos con mirada cinematográfica”. Como cuando éramos niños, o ya de adultos, y así “nada más asomar un personaje” podríamos decirnos: “Huy, éste no es de fiar”.
Me pregunto qué podría decir Javier Marías si echara un vistazo al rostro repetido de Rafael Blasco, a esos cromos que reparte en los diarios. Tiene la oportunidad de verlo cada día en distintos periódicos valencianos. Allí se nos presenta con retratos favorecedores, con extras más o menos exóticos, apoderándose del instante y del fotograma.
Por supuesto no he conseguido ninguna fotografía suya escribiendo: escribiendo en la intimidad, quiero decir. Sólo lo he sorprendido firmando: ¿será alguno de esos artículos a los que, precisamente, les pone la firma? No, responderá indignado el Consejero. Firmo acuerdos y convenios que hacen prosperar la sociedad, añadirá.
Lo que han de hacer los socialistas
8 Junio 2009
0. ¿Refundación socialista? Estoy escribiendo una columna para El País: para el miércoles día 10, que es cuando me toca publicar. No sé si finalmente la acabaré. Quizá me harte y cambie de asunto…
Pienso en la refundación del Partido Socialista Valenciano. No es éste el título, pero ése es su sentido. Yo no soy militante de dicha organización, aunque juzgue urgente su renovación radical para bien de la ciudadanía y del equilibrio democrático. No soy quién para arrogarme el derecho de indicarle al PSPV lo que debe hacer. Pero quién sabe: quizá algo sensato pueda decir.
Creo que ya está bien de candidatos averiados, de propuestas ignotas, abortadas. Ya está bien de sectarismos y purismos. Y creo que ya está bien de electores dengosos, siempre dispuestos a poner peros y reparos, tantos simpatizantes que observan ese partido con resignación o con fatalidad.
Aún estoy escribiendo. No sé si acabaré mandando dicho artículo. Me esfuerzo. Se admiten ideas. Quién sabe: quizá algo sensato podamos decir…
1. La Europa que queda. Pienso en términos locales e inmediatamente el triunfo del Partido Popular me hace recordar el resultado del Parlamento europeo, con una derecha desacomplejada o extremista a la que Silvio Berlusconi puede pastorear.
Pienso en términos continentales e inmediatamente el estado de aquellos escaños me hace recordar también el contrapeso norteamericano. En otras fases y momentos históricos, la amenaza de Europa o su deriva peligrosa se han visto frenadas y compensadas por el contrapunto estadounidense.
¿Recuerdan los primeros pasos de la Administración Obama? Unos pocos casos de políticos encausados o sospechosos de corrupción eran inmediatamente apartados de la primera línea, del puesto de responsabilidad. De no hacerlo así, el nuevo Gobierno habría quedado afectado por esa avería, con amenaza de apagón. La agilidad de Obama y el dominio de la puesta en escena mediática le están dando mucho aire frente a una Europa que, ante las crisis, siempre se inclina por lo peor. ¿O es que Berlusconi no es de las peores opciones…?
2. Liderazgo. Recuerdo cuando leí por primera vez Los partidos políticos (1911), de Robert Michels. Era en la época del felipismo, cuando la hegemonía socialista empezaba a hacer aguas. Me pareció un texto premonitorio y acertadísimo. Por supuesto, la mía era un falsa impresión. Aunque Michels había analizado con finura el funcionamiento de la institución moderna, de la organización de masas, del partido obrero, su texto tenía fecha y contexto. Y tenía subtexto. Michels era un desencantado de la socialdemocracia alemana y la experiencia la volcaba contra sus antiguos correligionarios, aquejado de un rencor incurable.
A pesar de ser un instrumento de la democracia, decía Michels, el partido obrero no puede tener democracia interna. Todo se delega en beneficio de un líder o de unos líderes que tienden a atesorar el poder, a concentrar los recursos, a exigir obediencia. No es posible ejercer la democracia directa, las decisiones colectivas tomadas por todos en la plaza pública. Por eso, hay tensiones continuas para hacerse con la representanción: tensiones que no siempre acaban en equilibrio, sino en oligarquía de los dirigentes.
¿Hay solución? Internamente no la hay, respondía. Michels hablaba de la ley de hierro de la oligarquía. Quien dice organización dice oligarquía, precisaba. Es un círculo vicioso: en su funcionamiento interno no es posible crear un mecanismo democrático, porque los líderes o disputan entre sí o se someten al dirigente máximo. Por supuesto, en ese esquema hay elementos ciertos y datos de hecho, pero elementos y datos que no son rasgos exclusivos de la socialdemocracia. Todo partido tiene esas tendencias oligárquicas.
¿Qué respuesta acabará dando Michels a la oligarquización? Pues la elección, la elevación de un líder carismático que ponga fin a los conflictos internos, un líder irrevocable que conduzca a todos hacia un objetivo común. A comienzos del siglo XX, esa solución llevará al fascismo, que es aquello a lo que finalmente se adhiere Michels. Criticar la institución partido como una forma antidemocrática supone inevitablemente respuestas excepcionales. La disolución del sistema de partidos, por ejemplo.
En la sociedad de masas, de cuyo origen Michels sólo pudo ver los inicios, el liderazgo es algo imprescindible desde el punto de vista de la organización, pero también desde el punto de vista de la comunicación. No está claro que lo único posible sea el jefe providencial, una figura peligrosa que acaba confundida con el dictador: siempre popular, siempre excepcional. En realidad, lo deseable es un líder democrático, con capacidad de organización y de comunicación, un dirigente que sepa transmitir honestidad y habilidad, que sepa incorporar tradición e innovación, que sepa emplear los medios habituales y los nuevos recursos. ¿Existe? ¿Es posible auparlo?
Colofón: Justo Serna, “¿Un líder socialista?”, El País, 10 de junio de 2009


