Una exposición. Alejandro Lillo y yo estamos preparando una Exposición sobre la música de los jóvenes americanos: la de la revolución de los años cincuenta y primeros sesenta. Nos centramos en la época gloriosa del rock, en el momento de los grandes iconos, en la imagen que de aquella cultura se daba. La muestra está organizada por el Vice-Rectorat de Cultura de la Universitat de València y podrá visitarse en el Centre cultural La Nau. Sus responsables nos están ayudando con gran profesionalidad. Próximamente les anunciaremos los colaboradores: los amistosos colegas que escriben en el catálogo. Les anunciaremos también la fecha de inauguración y el título exacto. 

En principio, todo es previsible y archisabido, pero no nos resignamos: en los pequeños detalles podemos advertir cosas impensables. Entre las personas que colaboran está Luis Puig, que nos cede sus discos, aquellos que podamos necesitar. Su auxilio es providencial, con un saber y una generosidad que no tienen precio. No es coba: es una descripción literal. Gracias a él nos deleitamos con piezas y joyas verdaderamente deslumbrantes. Por ejemplo, la carátula de una obra histórica: Please, Please, Please, de James Brown, que originariamente fue una canción publicada en 1956. 

Por supuesto, este disco nos interesa por distintas razones. Pertenece a la época que nos ocupa. Pero nos atrae también por su portada. Como nos advierte Luis Puig, es un ejemplo de algo que la industria discográfica norteamericana hacía a menudo por aquellos años. Si se pretendía que el disco de un artista negro estuviera al alcance del gran público, entonces se le quitaba todo elemento abiertamente étnico. Esas carátulas se concebían de manera especial: se ideaban de modo que pudieran exhibirse y venderse en las tiendas para blancos del Sur norteamericano. En la portada de Please, Please, Please, apostilla Luis Puig, no aparece James Brown ni ningún  negro: sólo blancos.

Nos hemos puesto a verla (o recordarla, porque es imposible no haberla visto), y a la vez se nos han ido los ojos y la imaginación. Pensamos en lo que se aprecia inmediatamente y en lo que no se muestra, en lo que está bien visible y en lo que está fuera de campo.  Yo soy muy recatado. Alejandro Lillo lo es menos…

Lo que yo digo. ”Está carátula es simplemente una maravilla. Ella sube (por esas fechas, las chicas suben rotundas) y en su atuendo se aprecia la influencia de Christian Dior. Tiene los pies en escalones diferentes. Lleva tacones de aguja (algo reciente y algo preceptivo en aquellos años para una muchacha distinguida que quisiera pisar fuerte). La ropa no oculta sus redondeces:  un trasero bien turgente que perfila la falda. Las manos en la cadera y en la rodilla muestran a una joven desinhibida. De hecho, la postura es la de alguien que ha perdido todo reparo o todo recato, no sé: se está afirmando.

“¿Y él? Adivinamos su ropa de buen paño, elegante, pero informal: no es un terno. El hombre no sube. A pesar de que también tiene los pies en escalones distintos, él está detenido: algo por encima de ella, pero parado. Con unos mocasines recién lustrados, con un porte muy varonil. Ignoramos su rostro y su ánimo, pero hemos de suponerlo rendido ante la dama, que imaginamos bella y maquillada: con sus labios resaltados por el rouge. Hay mucha luminosidad. Estamos en el sur o en la costa oeste y sólo puede ser primavera, el comienzo del verano como mucho, pues ella no lleva chaqueta y él sí: la  elegancia masculina obliga”.

Lo que dice Alejandro. “La portada del disco es muy buena, sí. Yo voy a ser algo malévolo. Aunque a finales de los 50 no sucede como en los 70, los diseñadores saben lo que se hacen. Si prolongamos imaginariamente las líneas que trazan los cuerpos algo nos indican. Ambos tienen una pierna más adelantada que la otra, aunque la postura de ella la veo algo forzada.  La separación de las piernas en la chica le confiere, en efecto, una actitud sugerente, incitadora incluso.

“Pero la postura de él es aún más clara. Los mocasines: están dirigidos hacia ella. Eso no es todo: el hombre, con la piernas abiertas y separadas, tiene casi-casi entre las piernas tres Please, Please, Please rectos, duros, trazados en línea ascendente, apuntándola también a ella. ¿Please, please, please, qué? ¿Qué le está pidiendo por favor? Sutil, subliminal incluso, pero claro. Por otro lado, la rodilla de ella prolonga esa línea imaginaria ascendente que parte del título del disco y nos conduce inevitablemente, como dice Justo, a un trasero turgente. ¿Y qué decir de la posición que ocupa el nombre del autor? Cuando un cliente llegue a la tienda de discos y mire quién es el artista del vinilo, leerá como mucho: James Brown y luego verá dos pechos duros y firmes”.

¿Para qué ver más? Dejemos la carátula de momento. Veamos al propio Brown agitarse con su coreografía espasmódica. Escuchémoslo. Estamos en 1965. En Shindig!, un programa de la ABC. No se pierdan esta actuación; no se pierdan esta Exposición…

Vivimos en un ay

25 enero 2012

Dos mujeres. Me escriben  dos amigas preguntándome por qué no renuevo el post, ay. Es lo que tiene el e-mail: la inmediatez. Ya no nos acostumbramos a la demora, a la lentitud (de la que hablábamos aquí tiempo atrás). O a la melancolía. O  al desconcierto: no saber qué decir.

El domingo 22 de enero me encontré con Gregorio Martín. Durante los minutos que tuvimos de charla me expresó el estupor que la situación actual le provoca: la falta de líquido, de fondos, de recursos colectivos. La Comunidad Valenciana va a la deriva, lamentaba. Yo asentía sin saber tampoco qué contestar. “Y Europa está en decadencia”, apostillaba. A ver qué hacemos, me animaba. Al día siguiente aparecía un artículo suyo en el que señalaba la circunstancia, un verdadero diagnóstico de los males que nos aquejan: “Enfrentar la emergencia“. 

Vivimos en un ay, como decía Luis Eduardo Aute en aquella canción. Gregorio Martín me recomendó un libro de Loretta Napoleoni: Maonomics (2012). Inmediatamente me hice con un ejemplar, que hojeé con interés y temor. Aún no he podido leerlo, pero me angustian la medicina china, la disciplina y el recorte que he visto anunciados en sus páginas. El capitalismo sin democracia; el marxismo como sistema de provecho. Al artículo de Gregorio Martín no puedo poner pero ni oponer resistencia. Sólo se me ocurre una columna amarga. Me manifestaré este jueves en Valencia a las 18:30. 

Mientras tanto, mientras espero la convocatoria o el cataclismo autonómico, leo a Elvira Lindo: Lugares que no quiero compartir con nadie (2011), dedicado a Nueva York. Su guía urbana, tan local y tan universal, me alivia y me saca de esta cosa tan valenciana, castiza y chusca. Entre bromas y veras, con ironía y guasa, también Elvira Lindo manifiesta dolor.

Mañana les cuento.

No me toquen los sexenios. ¿Qué les puedo decir? ¿Que lo mejor es dedicarse a apalabrar, a cerrar negocios, a pedir favores, a solicitar puestos? No sé: cualquier cosa menos trabajar en algo rutinario.

Francisco Camps es un hombre piadoso. Ha querido creer y hay visto cómo se obraba un milagro. De los benditos es el reino de los cielos.

Se agarró a la caña con una media sonrisa y, probablemente, rezó dispuesto a pasar el calvario. Así lo vemos en este diseño de Monigote.

Estoy tocado, pero no hundido: eso es lo que debió de pensar cuando tuvo la epifanía, el primer avistamiento. La vista pública, quiero decir. Allí había un letrado  eficaz.

Yo no quiero creer, me digo. No me llega el sueldo para abonar los haberes de un buen abogado. Por eso no confío en Dios, que es perezoso.  Tendré que ir a defenderme antes de que me toquen los… sexenios.

Hemeroteca 

Justo Serna, “Que las pasen canutas”, El País, Comunidad Valenciana, 25 de enero de 2012 

Me pregunto…

20 enero 2012

¿La Educación pública? La educación pública, sí. Con orgullo, con legítimo orgullo. ¿Hay que sumarse a una Manifestación por la educación pública? Sí, hay que ir. Yo, desde luego, pienso acudir. Y ello pese a que no suelo frecuentar los eventos multitudinarios: las manifestaciones, quiero decir. ¿Y por qué voy? Pues por vergüenza y por enojo. Hasta aquí hemos llegado.

Nuestros hijos –los míos, al menos– se han educado en la enseñanza pública: a pesar de la cicatería y de la roña de las autoridades autonómicas.  El Gobierno de la Generalitat Valenciana, que ha patroneado el Partido Popular en los últimos años, ha gastado lo que no tenía en eventos vistosos, en espectáculos costosísimos. Y además lo ha hecho fanfarroneando. Yo no me sentía orgulloso.

Ahora, el nuevo Gabinete autonómico del PP nos quiere hacer copartícipes del recorte cuando no somos responsables del despilfarro y de la ostentación. Para ello, para afrontar la deuda, adelgazan los sueldos de los docentes, reducen el gasto social y nos dicen que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Es un sarcasmo.

Yo ahorro, procuro evitar el gasto inútil y sólo me consiento algunos pequeños lujos: siempre al alcance de mi presupuesto. Desde luego lo que no hago es alardear de riquezas que no poseo. Sin duda, es lo que el Gobierno del PP ha hecho en los últimos años. Ahora, todos somos culpables. ¿Ah, sí? Muchos somos moderados, personas morigeradas. Por eso, precisamente por eso, queremos protestar ante este desaire, ante este descaro. No nos resignamos y acudiremos a la Manifestación. ¿Cuándo, dónde?

Sábado  21 de enero, a las 18 horas, en la Plaza de San Agustín de Valencia.

Allí estaremos.

¿Y ahora?

Fotografías hechas con el teléfono móvil:

  

Fotografías hechas por Isabel Zarzuela:

¿Dónde está Eduardo Zaplana? Meses atrás, pronto hará un año, me preguntaba eso exactamente. Pasado un tiempo me sigo interrogando. No es por falta de imaginación, sino por ausencia de respuesta. De respuesta social. ¿La habrá ahora, ahora que vemos peligrar derechos sociales y logros colectivos? En la Comunidad Valenciana, el Partido Popular ha ganado amplia y repetidamente las elecciones. Se le perdonaba el fasto. Y se le perdonaba la ostentación. Parecía que todos estábamos sobrados. Creo que ahora no disculparemos el recorte de gastos sociales y de sueldos. Hubo expectativas de lucro. Hubo descaro. Rapiña, lo llaman algunos. Hoy nos piden paciencia y cooperación.

Don Eduardo Zaplana fue quien irrumpió, quien mostró el camino del triunfo y quien hizo pedagogía del éxito particular, sin complejos. Me sigo preguntando aquello que planteaba en mi columna de El País:

“Echo en falta a don Eduardo Zaplana Hernández-Soro. Qué tiempos, cuando al antiguo alcalde de Benidorm se le dedicaban fiestas y saraos, regocijos públicos que celebraban su liberalidad y su agudeza. Simboliza otras épocas: las del esplendor material. Éramos ricos, creíamos ser ricos o esperábamos ser ricos. Así era él -o eso pensábamos- y así queríamos o creíamos ser: avispados, dispuestos a atesorar fastuosamente, invitados a una recepción en la que de todo podíamos hartarnos. De cualquier cosa había en abundancia hasta quedar ahítos: bienes y recursos, relojes de gama alta y coches de mucha pompa, manjares exquisitos y whiskys finos”.

Continuará…

El progreso de España

16 enero 2012

Cero. El progreso de España. Mesa redonda: Santos Juliá y Pedro Ruiz Torres. Moderador: Justo Serna. Martes 17 de enero a las 19 horas. Centro Cultural Plaza de Tetuán, nº 23. Valencia. Entrada libre.

Uno. “¿El progreso de España? Hace unos años no teníamos democracia. Carecíamos de Constitución y una dictadura impedía las libertades. Más aún, décadas atrás, el conflicto ideológico enfrentaba a unos españoles con otros. Ahora vivimos en un régimen parlamentario y compartimos unos valores comunes, unos acuerdos básicos. Eso es un progreso; eso es un progreso político, pero también social: un logro de la sociedad civil.

 ”¿Qué es la sociedad civil? El trabajo de los particulares y la organización de las corporaciones. La sociedad es un conjunto de instituciones, de acciones individuales y colectivas. Pero no es mecanismo. Es algo dinámico: con intelectuales que la piensan, con ciudadanos que la crean, la conciben y la viven.

 ”¿Cómo era España tiempo atrás? ¿Qué decían sus universitarios? Santos Juliá y Pedro Ruiz Torres son catedráticos e intelectuales reconocidos. Y son expertos en historia contemporánea. El día 17 de enero, a las 19 horas en el Centro Cultural sito en la Plaza de Tetuán número 23, dialogan sobre todo ello. Es una mesa redonda organizada por la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia y moderada por Justo Serna.

 ”Hablarán de la historia de los siglos XIX y XX, de los avances y los alcances, de las mejoras y de las rémoras: de las guerras civiles y de la paz social. ¿Estábamos tan atrasados? ¿Qué vigor tenían el pensamiento, la literatura, la ciencia, la empresa, la universidad?

 ”La ignorancia de lo que sucedió antes de que naciéramos nos convierte en niños, decía Cicerón. El saber de lo que ocurrió nos ilustra y nos responsabiliza, completó Immanuel Kant.  El progreso es tarea de todos”.

Dos. Las palabras anteriores son una invitación y una nota de prensa. Las ha remitido la Real Sociedad Económica del País de Valencia (RSEAPV). La institución las dirige a los medios de comunicación para informar del acto previsto para el martes 17 de enero a las 19 horas en el Centro Cultural de la Plaza de Tetuán número 23. Es una mesa redonda que tengo el honor de organizar y moderar y que reúne a dos especialistas en Historia Contemporánea: Pedro Ruiz Torres y Santos Juliá.

El título es deliberadamente chocante. Tiene resonancias de otro tiempo. Resulta una paradoja hablar de El progreso de España cuando la circunstancia actual es de crisis económica y de malestar social. Y es un enunciado desusado, como de otra época: justamente cuando nuestros antepasados se preguntaban por el progreso, por el avance, por la mejora material del país. Pero, bien mirado, no es un título tan antiguo, pues pregunta por algo muy actual: ¿qué podemos hacer para salir de ésta y qué nos enseña la historia para remontar las recaídas, las crisis?   

Pero, como les decía, la nota de prensa  es también una invitación que yo les curso y que me ilusiona hacerles llegar: es un acto que he pensado mucho y al que me gustaría que asistieran todos ustedes. La entrada es libre y la institución que organiza, la RSEAPV, encarna lo mejor de la sociedad civil, de la Ilustración valenciana. De su pasado y de sus actividades actuales hablamos tiempo atrás, en un post que le dediqué con motivo de la publicación que compendiaba su historia.

Acudan el martes 17: vale la pena dedicar una hora y pico a escuchar a estos dos historiadores. Es un acto generoso y reflexivo: lo que hoy o ahora nos pasa no es un hecho reciente; tiene su pasado y tiene sus circunstancias. La historia nos ayuda a pensar y a sopesar mejor. Les espero.

El progreso de España

Mesa redonda: Santos Juliá y Pedro Ruiz Torres.

Moderador: Justo Serna

Martes 17 de enero a las 19 horas

Centro Cultural Plaza de Tetuán, nº 23

Entrada libre

Tres. Audio de la sesión El progreso de España (por gentileza de la RSEAPV):

El género chico

11 enero 2012

Brevedad. Un amigo me escribe para manifestarme alguna sorpresa. “Acabamos de recibir Mercurio (con algún cambio de formato, creo)”, dice. “Enhorabuena, veo que te multiplicas. El aforismo y Castilla del Pino lo merecen”, concluye el corresponsal. Es breve, brevísimo.

El remitente se refiere a dos artículos que publico en el número 137  de dicha revista, de enero de 2012. El primer texto sirve de introducción al dossier titulado “Arte de la brevedad”. En dicha colaboración escribo sobre la “Actualidad del aforismo”. El segundo texto es la reseña que dedico a Aflorismos (2011), de Carlos Castilla del Pino. La titulo “Prontuario moral”.

“No”, le respondo. “No me multiplico. Me divido y me fragmento”. Todo lo que hago es chico: me falta fuelle para la gran obra. Pierdo pronto la resistencia: sin duda, algo a diagnosticar. 

“Por eso, siempre me ha interesado el aforismo (de Friedrich Nietzsche a Joan Fuster, por ejemplo) y siempre me ha interesado Carlos Castilla del Pino (al que hace años le hice una entrevista para Pasajes)”, le contesto a mi corresponsal.  

Y cito a Carlos Castilla del Pino, a Friedrich Nietzsche, a Joan Fuster. Pero también podría haber mencionado a Emil Cioran.  

Todos estos autores cultivaron el género chico: lo breve, lo escueto, lo hallado y lo tallado en frase irrepetible. En un billete, en un cuaderno, plasmaron el ensayo corto, la idea extensa: tónicos de la inteligencia. De ellos hay motivos para hablar. De ellos celebramos centenarios o novedades editoriales. Pero de momento acabo, que me estoy alargando. 

Inédito. Cuando te piden un artículo, a la vez te marcan el objetivo y la extensión: siempre chica. Te lo piden o te lo aceptan. Confían en ti y por eso mismo están obligados a tratarte, a responderte. ¿Y tú? Tú estás obligado a sus requisitos y a sus requerimientos: a escribir negro sobre blanco, ciñéndote. Tantos caracteres con espacio. Espacios: esos huecos que dejamos en blanco. Tú tienes que llenar y ellos no pueden dejarte en blanco. O en el limbo. Prestación y contraprestación, que son obligaciones mutuas. Yo tengo la suerte de ser profesor. Por ello cobro. Lo que escribo no me da de comer: como mucho, mis escritos efímeros completan una dieta de gastos. Punto y aparte.

Joan Fuster –de quien se cumplen veinte años de su muerte– publicaba en la prensa: tenía columnas o tribunas regulares, de periodicidad fija. Escribía reseñas y más o menos vivía de eso. Alguna vez lo dejaron inédito. Quiero decir: alguna vez dejaron sin publicarle esta o aquella colaboración pactada y pedida, cosa que era un grave quebranto para su economía. Como era muy frugal, me lo imagino acomodándose a los malos tiempos, a los recortes, a las rebajas. Me lo imagino en blanco. Sobre ese blanco escribía, anotaba en un diario que luego era el borrador de ensayos más extensos. Las entradas de su Diari son un tesoro. Estamos ante pensamientos cortos, escritos potenciales, ideas, boutades, planes, citas, reseñas que no le publicaron y que alguna revista se perdió irremisible, culpablemente. Todo es muy chico.

Saldos. Todo se reduce, sí. Se rebaja… Sir ir más lejos, el libro de Joan Fuster que editamos Encarna García Monerris y yo hace años ahora está a muy buen precio. En una librería de Valencia figura entre los saldos de esta temporada. No pasa de los tres euros. Dos y pico concretamente. Sólo puedo hablar en pasado: lo publicó Espasa y lleva por título Nuevos ensayos civiles (2004).

Escribimos una larga introducción de cuarenta y tantas páginas para la que debimos documentarnos. En porcentaje no era tanto: como mucho un 5% de lo que habíamos leído de o sobre Fuster. Fuimos brevísimos, pues. El resto del volumen era una selección de los ensayos más relevantes del autor, algo escueto para las miles de palabras que escribió. Hicimos una traducción adaptando al castellano una prosa catalana, erudita, irónica: en ocasiones socarrona; a veces desgarrada. 

Fuster fue un gran lector y con sus libros se hizo un mundo propio. Es decir, no tuvo que salir de su  biblioteca ambulante: el sedentario Fuster viajaba con esos autores que leía y releía incansablemente; con esa ayuda que los poetas, los moralistas, los ensayistas le prestaron. Hacerse un mundo propio no es necesariamente bueno. En ocasiones te hace vivir en una realidad imaginada de la que hay que saber regresar…

Una de las cosas que Fuster mejor practicó fue, precisamente, el aforismo. Las reflexiones breves y episódicas, las cápsulas de doctrina o las píldoras, según las llamó. Un pensamiento epigramático, una agudeza, la sátira festiva de quien se sabe mortal y ya consumado y consumido, puro combustible. A Fuster lo encumbraron y lo quemaron en efigie. Además le pusieron una bomba en su casa de Sueca, en su biblioteca, una explosión que no le alcanzó y de la que salió milagrosamente vivo. 

Este año  se cumplen dos décadas de  su muerte. Habrá que aprovechar para releer algunas de sus páginas, especialmente ese género chico que él también cultivó. En uno de sus aforismos lo dejó dicho: morir tal vez sea dejar de escribir.

Hemeroteca del día

Justo Serna, “Esta la pago yo”, El País, Comunidad Valenciana, 11 de enero de 2012

La televisión repite

3 enero 2012

Uno. En el número de enero de 2012 de la revista Ojos de Papel,  dos amigos y yo nos damos un festín televisivo. Hace unas semanas, aprovechando la actualidad de The Walking Dead, convertíamos a los zombis –esos seres que comen sin parar– en interlocutores vivientes. Prácticamente nos devorábamos: tales fueron el tenor y el calor de la discusión. Ahora, aprovechando el gusto que nos dan otras series, algunas ya muertas, ya concluidas, repetimos.

Volvemos a la revista que dirige Rogelio López Blanco. Nos las hemos zampado (las series), pero a la vez aún las estamos digiriendo. Sus historias no caducan. Es más: repiten. Repiten con gracia y reciclan con guasa argumentos universales.

David Montesinos habla de un volumen que examina las últimas producciones televisivasTeleshakespeare se titula. El autor es Jorge Carrión.

Alejandro Lillo habla de muertos, de cadáveres, de ataúdes, todo visto desde la superficie: A dos metros bajo tierra.

Dos. ¿Y yo...? Pues yo  hablo de Los Soprano. Si hemos de creer al autor de Teleshakespeare, dicha producción es la mejor serie

de mafiosos que se ha hecho jamás. Jorge Carrión sabe lo que dice, pero… no sé si convendría con este juicio. O es obvio, o está errado. Los Soprano no es exactamente una serie de mafiosos: a pesar de los italonorteamericanos del crimen organizado que aparecen. Es una gran serie sobre la angustia humana, sobre la fiera humana, algo muy distinto. Hay un hombre demediado, triste: Tony Soprano.

Es un varón frustrado. Un tipo agresivo, muy agresivo (como me recuerda en un aparte Rogelio López Blanco): un individuo que hace de la violencia su nutriente. Todo eso es cierto. Pero, a la vez, Tony es patético y hasta grotesco: igual que cualquiera de nosotros en condiciones lamentables.  Vive suspicaz, amenazando, consumido por la codicia y permanentemente excitado. Padece una compulsión: la de la repetición.

Tres. ¿Quien es Tony Soprano? Dejaré para un quinto punto el asunto de la violencia que inteligentemente me plantean Jorge Carrión y Rogelio López Blanco. Y dejaré para después la identificación étnica de los Soprano. Ambos asuntos los abordo en la reseña, pero no me importa extenderme. Ahora no. De momento reponderé inocentemente a la pregunta formulada. ¿Quién es Tony? Vayamos a la caracterización sociológica.

Es un marido, un padre de familia que vuelve a casa. Es un tipo serio, formal, fiable, respetuoso de los códigos en los que ha sido educado y, por supuesto, un hombre lleno de dudas, en ocasiones paralizado por la incertidumbre, por la muda vertiginosa de los cambios. El mundo está irreconocible.

Ha desempeñado su trabajo a lo largo del día. Ha estado organizando negocios en la trastienda de Satriale’s en compañía de sus subordinados. Ha acudido al Bada Bing!, el club de chicas que regenta. Pero al final del día,  como el americano  corriente, como el ejecutivo medio, retorna al hogar. Es una residencia de la que se siente orgulloso, el lugar en el que cobijar a su familia, el fortín en el que proteger a la esposa y los hijos. El mundo es un sitio violento, un lugar en el que reina la desconfianza. Tony espera hallar seguridad y sobre todo compensación  moral y material. Su llegada al comienzo de cada capítulo nos advierte ya de la naturaleza de la historia: es una epopeya familiar con ritos que se repiten y con decepciones que no pueden evitarse. 

Cuatro. ¿Recuerdan Los Picapiedra (1960-1966? No quiero trivializar. Los saco a colación porque esta serie primitiva universalizó dicho motivo: el del marido americano que regresa. La tele repite. Repite ahora lo que ya es la epopeya del hombre corriente, la  del americano que cuida de su familia y que regresa tras una jornada de duro trabajo. Ya que estamos de repeticiones, reiteraré lo dicho meses atrás:

“…Su casa está en Rocadura: una zona  residencial, una inmensa urbanización de bungalows, es decir, de viviendas unifamiliares. Wilma y Pedro Picapiedra disfrutan de una comodidad material evidente. Pedro trabaja en una pedrera o cantera, pelando la montaña a lomos de un dinosaurio gigantesco. Wilma, si no recuerdo mal, ejerce sólo de ama de casa. Atiende a su maridito cuando éste regresa. Como todo el mundo sabe, el esposo es algo bruto y, por eso, suele gritar de alegría (Yabba-dabba-doo) o suele dar órdenes terminantes a su mujer: ¡Wilma, ábreme la puerta!

Son clase media americana. Compran en un hipermercado gigantesco: ah, la prosperidad de la Edad de Piedra. Tienen un autocine cercano, como habíamos visto que tenían los estadounidenses de los cincuenta. Si hay un autocine es porque disponen de coche. La rueda ya se ha inventado, por supuesto. Así es: la familia es propietaria de un coche muy aireado, una suerte de cabriolet. Me refiero al troncomóvil, una envidia para quienes viajábamos subidos en un Seiscientos.  

El troncomóvil no viene con extras pero es muy fashion. Funciona con tracción animal (los pies de Pedro), las ruedas son dos pesadísimos cilindros y la carrocería es de madera. Tiene capacidad para cuatro adultos: aparte del matrimonio Picapiedra, otra pareja de amigos, Pablo y Betty Mármol. Ah, y sus respectivos hijos: Pebbles y Bamm Bamm. No recuerdo si Dino, la mascota que hace las veces de perro y que disputa con Pedro también se sube al carro. Lo que sí recuerdo es el inmenso costillar que les sirven cuando se disponen a ver una película en el autocine.

O repetiré lo dicho sobre una serie posterior a Los Picapiedra. Pero imbuida del mismo espíritu familiar con maridito que retorna: Embrujada (1964-1972). ¿Qué decía concretamente? 

…Darrin era publicitario, sí, y era algo inocentón. El capítulo cobraba vida cuando el marido regresaba a su residencia: de varias plantas, en una zona acomodada fuera de la ciudad, como era normal entre las clases prósperas. Darrin solía mostrarse orgulloso de sus logros, de sus posesiones. Aquello no era nada comparado con los poderes de Samantha, capaz de arreglar las cosas o de mejorarlas moviendo la naricilla. Todas nuestras madres decían que querían parecerse a Samantha: básicamente para no tener que hacer las tareas domésticas, pesado y rutinario trabajo que recaía sobre ellas. La bruja de la tele nunca parecía aburrirse, siempre estaba dispuesta… a enmendar lo que funcionaba mal y jamás se enfadaba con su esposo. Darrin temía que los vecinos se enteraran de lo que pasaba en casa: siempre hay gente cotilla. Eran muchos los padecimientos cómicos de Darrin para tapar los prodigios de Samantha y era mucha la paciencia que debía tener el publicitario con su odioso jefe, el tipo que dirigía la empresa.

Cinco. Tony Soprano cuida mucho de su familia. Vigila y protege a la progenie. Es un buen padre, atento con los estudios de sus hijos. Es un esposo aceptable, si descontamos las infidelidades (que no son pocas). Pero Tony es un mafioso, sí. Es un tipo que basa su trabajo en el mercado cautivo, en el chantaje, en la extorsión, en la amenaza, en la muerte. Favorece la prostitución y el juego ilegal. Forma una familia y  una famiglia, con capitanes y subordinados. En cuanto se le traiciona no tiene reparos en matar. Su moral no es la nuestra. Pero eso no impide nuestra simpatía. ¿Cómo es posible tal cosa? La clave está en la perspectiva con la que vemos lo que ocurre. Como nos recuerda Nöel Carrol,

“nuestra estimación moral de Tony Soprano también se beneficia de lo que podríamos llamar el fenómeno ‘ojos que no ven, corazón que no siente’. Es decir, no se nos enseñan muchas de las repercusiones a largo plazo de las actividades criminales de Tony y, en consecuencia, no las contamos en nuestro cómputo moral. No vemos cómo su estafa con las tarjetas de teléfono ha podido de hecho quitarle el alimento a una familia inmigrante con niños desnutridos. Este fenómeno, desde luego, está relacionado con el hecho de que gran parte de la serie está narrada desde el punto de vista de Tony, en el sentido de que ignora una parte considerable de la destrucción que en última instancia generan sus acciones”. 

Este aspecto es muy relevante. Cuando leemos una novela, si la voz en primera persona narra algo inmoral o desagradable no debemos imputárselo al autor. ¿Recuerdan El cementerio de Praga (2010), de Umberto Eco?

Hace justamente un año, un reseña mía aparecía en Ojos de Papel. Entre otras cosas abordaba el asunto del punto de vista, la perspectiva desde la que se contaban las cosas. El capitán Simonini, su protagonista, profesa un furioso antisemitismo. No deberíamos atribuirle al autor esas palabras. Son responsabilidad de ese personaje odioso.

En Los Soprano, Tony también es un personaje odioso. A veces incluso se nos hace simpático. ¿Por qué? Porque lo vemos torpe, lamentable, empeñado. Como uno de nosotros. ¿Le perdonamos sus crímenes?

Todo está tan bien narrado –desde su punto de vista– que hasta esa palabra, crímenes, nos resulta chocante. Si Soprano es casi de la familia, si es uno de los nuestros… Ochenta y tantos capítulos excepcionalmente producidos hacen que eso ocurra: que nos familiaricemos con él. Y ahí lo vemos: Tony buscando el sentido, buscando lo mejor, al tiempo que practica una ética aberrante.

Jorge Carrión acierta al analizar las series como productos de alto nivel, eso mismo que destaca David P. Montesinos. Aprendemos tanto… ¿Acierta al equiparar estos dramas o comedias con los de William Shakespeare?

Colofón. ¿Hay que gritar en la tele? Si nos fiamos de las peores cadenas, la única manera de llegar a la audiencia es chillando. Pues no. Muchos nos negamos a vocear. Podemos polemizar sin tirarnos los trastos: sin vanaglorias o sin estrépito. Hay algo verdaderamente notable en una discusión pública que se hace sin aspavientos. Hay algo edificante en un debate a viva voz entre espectadores que intervienen activa, crítica y cortésmente. Por lo que sé, nuestras diatribas televisivas han llegado muy lejos. Hasta América incluso. Eso me dicen.

Ha sido un placer tratar de series: y todo ello a partir de un libro, el de Jorge Carrión, que es una guía, un mapa de lo que ahora más vale y mejor se hace en la pantalla. Como dice David P. Montesinos en su texto de Ojos de Papelhace tiempo que la tele dejó de ser la caja tonta. El nivel narrativo está muy alto. ¿La prueba? Alejandro Lillo escribe de una serie, A dos metros bajo tierra, que es un alarde de finura y guasa. De dolor y esperanza. Parece mentira que pueda decirse algo chistoso sobre una funeraria. Y parece sorprendente que alguien pueda decir con tal mesura algo sobre ese escándalo que es la muerte.  

Yo, por mi parte, he procurado atenerme a mi obsesión de los últimos meses: Los Soprano. ¿Por qué? Porque habla de la familia, de los hijos, de las expectativas, de la experiencia, del dolor. Y de la muerte. Porque nos muestra la condición humana. Échenle un vistazo al libro de Jorge Carrión. El observador lo hace bien, incluso muy bien. Como si fuera un analista, un terapeuta. Los demás somos lectores. O espectadores. O pacientes.

Ha acabado la sesión. 

(Continúa)

Uno. Días atrás leí un artículo de Arturo Pérez-Reverte. Llevaba por título Copartícipes secretos. Como el relato de Joseph Conrad (El copartícipe secreto, 1910), pero en plural.  Se refería Pérez-Reverte a su amistad con Javier Marías. Me pareció una pieza delicada, generosa. La dedicaba a Marías, a la amistad que ambos tienen a pesar de las diferencias. Pérez-Reverte revelaba algo íntimo, privado, estrictamente personal: algunas de aquellas cosas que  comparten. Por ejemplo, su amor por Joseph Conrad:

“…el siempre enorme y más grande a cada relectura Joseph Conrad: la obra extraordinaria donde también convergen, desde lugares casi opuestos, la admiración de Javier y la mía. Las formas tan diferentes de contar, y contarnos. Con movimientos de las manos, intentando mostrar la posición del barco, recurro a lo que sé de maniobras a vela y viradas por avante para comentar la importancia del sombrero blanco flotando en el agua de El copartícipe secreto. Luego hablamos de que Nostromo ya no parece tan ágil leída por tercera o cuarta vez; y de Victoria, a la que Javier no ha vuelto desde hace mucho y que yo sigo considerando, en lo formal -en el contenido es superior Lord Jim, creo-, la más perfecta y conradiana de las novelas de Conrad…”

Dos. Qué quieren: al leer ese párrafo me sentí bien, reconfortado. Yo no paro de admirar a Conrad. Me conmueve lo que dijo sobre la juventud, la audacia, el dolor, la culpa, la penitencia. Siempre que puedo lo parafraseo. Aquí, en este blog, no dejo pasar mucho tiempo sin mencionarlo. A la menor ocasión que se me presenta vuelvo a él. Hace unos años, con motivo de la edición española de El copartícipe secreto escribí una reseña  para Ojos de Papel. Meses atrás, debiendo entregar un artículo sobre la juventud y la educación para Mercurio me inspiré nuevamente en  El espejo del mar.

La amistad y la generosidad no están reñidas con la ambición. Hay que ser jóvenes o hay que recordar la juventud para aceptar las metas y las pérdidas. La literatura de Conrad nos enseña mucho. Precisamente por ello regreso a sus páginas: para aprender o desaprender. He releído Juventud (1902), una de sus obritas más sencillas. Está protagonizada por Marlow, ese personaje que aparece y reaparece como narrador de sus historias.

Tres. En Juventud, Marlow refiere a un narrador –cuyo nombre desconocemos– esta historia que ahora leemos, una travesía accidentada que tuvo como destino Bangkok. La  relata ante un auditorio,  cuatro personas que beben, que se pasan la botella de clarete: es exactamente la vicisitud que Conrad escribe para nosotros. El Marlow narrador sobrepasa los cuarenta y lo que detalla es un episodio juvenil, justamente cuando ejerce por primera vez de segundo oficial de navío mercante. Marcha a bordo del Judea,  un viejo bergantín comandado por el capitán Beard, oficial de sesenta y tantos. “Era mi primer viaje a Oriente”, recuerda el Marlow cuarentón. Aunque “también era la primera vez que mi patrón tomaba el mando. Admitiréis que ya era hora”. 

La historia no relata el descubrimiento de la madurez, sino la epifanía primeriza, la revelación de la juventud y de la inexperiencia: la ambición, el empeño, la paciencia, el genio y los pensamientos de un muchacho ante la fuerza desatada de la naturaleza; los corajes de un anciano ante un suceso que no conoce, tan inexperto como el joven. ¿Naturaleza? “El mundo no era sino una inmensidad de enormes olas espumeantes, que nos embestían bajo un cielo tan próximo que podía tocarse con la mano y tan sucio como un techo ahumado”.

Es, sí, un episodio angustioso y liberador, una experiencia, “una  aventura del demonio, algo que uno suele leer en los libros”. Es en los libros en donde uno aprende, aunque lo detallado sea pura invención. Pero estos hechos son reales…, no porque los refiera Marlow, sino porque Conrad los escribe para nosotros. Hace cierto lo que es imaginado y hace verdadero lo que es fabulado: una ficción novelesca que convierte una travesía o un naufragio en metáfora de la vida. Un barco “condenado a no llegar a parte alguna”.

Cuatro. En 2012 se cumplen cien años del hundimiento del Titanic. Con motivo de ese hecho, la editorial Gadir, de Madrid, publica un librito que reúne las dos piezas que Joseph Conrad escribiera sobre dicho acontecimiento. Aparecieron originariamente en 1912 en las páginas de la English Review. El volumen se titula El Titanic.

Como siempre, leer a Conrad es una experiencia inquietante y aleccionadora. Toma el mar como metáfora. O, mejor dicho, toma el barco como símbolo moral, esa travesía humana que siempre se ve amenazada por el acoso de la naturaleza, pero también por la propia estupidez de nuestra especie. Somos soberbios y nos sentimos pagados de los logros. La técnica es la palanca de nuestros errores y el palenque de nuestras cobardías.

El Titanic fue un buque de 45 mil toneladas que se hundió al chocar con un témpano de hielo, al tropezar con un iceberg. La historia es muy conocida y ya lo era cuando Conrad escribe esas páginas. El mundo estaba suficientemente informado o mal informado. Porque el suceso multiplica el tratamiento sensacionalista de los hechos. Ese tratamiento en parte lo provocaron los armadores y responsables del navío: que si era un barco que no podía hundirse; que si era una nave habilitada para miles de pasajeros; que si era un hotel flotante, un lujazo de la industria y del progreso; que si era un poderío de la técnica y del esplendor burgués, tras un siglo de adelantos materiales. Pero el Titanic se hundió. Lo que Conrad critica, lamenta, deplora es la arrogancia humana. Él ha sido un marino, un hombre que ha desarrollado su juventud en el mar a bordo de veleros.

Por esas fechas, los vapores han apartado, han arrinconado, las viejas embarcaciones, aquellas en las que Joseph Conrad había aprendido a navegar, primero como simple marino y luego como oficial. En esos frágiles barcos –como el bergantín de Juventud–, los hombres se han adiestrado. Y se han aleccionado: qué es la furia de los océanos, qué son las acometidas del oleaje y los vientos.

Conrad ha sido un hombre corajudo y temeroso a la vez, y sabe lo que es gobernar una embarcación: la prudencia, el cálculo, la audacia que hacen falta para surcar el mar entre tempestad y calma chicha. Los botes salvavidas son elemento esencial, no un engorro. Son pequeños, necesariamente pequeños, y son instrumento humano, demasiado humano, para protegerse, para defenderse de los azotes marinos. Flotar, gobernar el barquito, arrimarse a la costa, ser divisado por un buque que finalmente te lleve a puerto. Como sucede en Juventud.

Joseph Conrad no fue tripulante de embarcaciones de guerra, sino de la marina mercante. Allí aprendió a ser disciplinado, respetuoso y sobre todo aprendió a desarrollar “una indulgencia natural para con la fragilidad de las instituciones humanas”. No hay soberbia ni cicatería que nos salven. Justamente eso es lo que hundió al Titanic. ¿Era necesario construir un “hotel de 45.000 toneladas de magníficas láminas de acero para asegurar una clientela de, pongamos, un par de miles de ricos”?, se pregunta Conrad. ¿Era preciso satisfacer la soberbia de armadores y de viajeros, un “puñado de fatuos individuos, con tanto dinero que ya no saben qué hacer con él”? Acero: se tenía mucha, excesiva confianza en los materiales y se pensó poco, muy poco, en los contratiempos. 

“Pero todo esto tiene una moraleja”, admite Conrad al final de su primer texto. Es una enseñanza aparentemente simple: “el material puede quebrar, y los hombres también pueden quebrar a veces; pero con frecuencia, cuando se les da la oportunidad, estos se demuestran a sí mismos que tienen más temple que el acero”. Es una lección sencilla, propia de quien aprendió todo lo que sabe sobreviviendo humilde y bravamente. 

En Los triunfos del burgués (2011), Anaclet Pons y yo hablamos de otro naufragio, en este caso metafórico: hacia 1909, la Valencia esplendorosa del largo Ochocientos acaba. Acaba con una magna Exposición Regional que se piensa como un escaparate del progreso, una gesta del lujo y de la técnica. Cuando se cierre el recinto, cuando se desmonten pabellones y concluyan los actos, la sociedad padecerá una crisis profunda, unos trastornos graves. Concluye un espectáculo soberbio y termina el mundo de ayer. Estamos en otro siglo, pero las limitaciones humanas duran. ¿Cómo remontarlas?

Colofón. La lectura de Conrad me reanima. Si te ves decaído o simplemente dudoso, una página de Juventud o de El espejo del mar te rehacen y te hacen preguntarte de qué te quejas. Yo no espero nada del nuevo año, ni tengo grandes expectativas. ¿Por qué? ¿Acaso porque lo tengo todo? No, no. En realidad,  me apiado de la especie humana y me compadezco de mí mismo. Me conformo con seguir o completar esta travesía y que ustedes lo vean: ustedes, quienes me acompañan y quienes en silencio se asoman de cuando en cuando. Hago lo que puedo. Como Conrad, yo no viajo con vapores a todo tren. Prefiero una velocidad de crucero para llegar a un destino modesto y satisfactorio. Total, si vamos a morirnos, no hace falta llegar corriendo. Yo, mientras tanto, leo a quien fue su esposa, a Jessie Conrad. Leo Joseph Conrad y su mundo (ahora editada por Sexto Piso). Qué mujer tan perspicaz, tan indulgente: te hace confiar nuevamente en la especie humana, en su inteligencia. Me esperan unos días de felicidad.

Menuda entrada de año.

Hemeroteca

Justo Serna, “El traje nuevo”, El País, 28 de diciembre de 2011

Los triunfos del burgués

23 diciembre 2011

Uno. El burgués se retrata. Con actitud cariñosa instruye al hijo señalando lo más alto. ¿Acaso la cúspide del éxito? ¿Quizá el cielo?

El padre viste de oscuro, con sobriedad indumentaria, como es preceptivo entre las buenas familias del Ochocientos; el niño, de blanco, con un vestidito de mucho vuelo y fantasía, como es normal entre los vástagos de otro tiempo. El progenitor le enseña a jugar sus bazas.

Estamos en Valencia, en un terrado; estamos en algún momento del largo siglo XIX, esa centuria que llega hasta la primera década del XX. La fotografía recoge un instante de la vida doméstica, una estampa afectiva, con dos generaciones de una misma dinastía de comerciantes, industriales y propietarios. Adoptan una pose familiar y visten para la ocasión.¿Cómo era la jornada de aquellos burgueses? ¿Cómo había sido la vida de sus antepasados?

Este libro desvela parte de esos secretos privativos y rastrea los vestigios que quedan en la sociedad valenciana. Valiéndose de una documentación copiosa, los autores de este volumen narran el orden burgués de la ciudad, el origen de sus fortunas, los logros del comercio y de la industria, las relaciones personales, los negocios, los triunfos que obtenían, el mundo de ayer”.

Dos. Las palabras que preceden son un texto de contracubierta y glosan una fotografía de principios del siglo XX perteneciente al álbum personal de Tomás Trenor. La instantánea ilustra el nuevo volumen que Anaclet Pons y yo hemos publicado, en este caso en una colección que dirige Joan Romero para la Editorial Tirant Lo Blanch.

El libro está escrito para familiarizarnos con el pasado, con una realidad desaparecida. Está pensado como una vía de acceso. Queremos adentrarnos en un mundo que ya no es el nuestro. Y lo hacemos a partir de los vestigios que aún sobreviven, a partir de los restos materiales que hay en el presente.

No es un volumen para valencianos, sino para todos aquellos que quieran descubrir una sociedad remota de la que quedan documentos y monumentos. No está escrito para especialistas, sino para todo tipo de lectores: que cualquiera de nosotros pueda imaginar qué era ser burgués, cuál era el orden de la ciudad, cómo vivían las gentes distinguidas y propietarias, cómo se defendían de la enfermedad o de la muerte, cómo concebían la vida, qué veían y de qué se protegían.

Tres. Reproduciré ahora, en el punto cuarto de este post, los primeros párrafos de Los triunfos del burgués. Qué quieren que les diga: hemos quedado moderadamente contentos y, por supuesto, les recomiendo su lectura. No por nada. Sólo por esto: nosotros, los autores, lo pasamos de muerte. Eso, la muerte, está muy presente en el arranque de este volumen. La páginas que reproduzco, la 9 y parte de la 10, es un preparativo, una suave introducción que se prolongará algo más. Describimos el sentido, la extrañeza, la ventaja de tratar con muertos. Es una operación rara, pero finalmente muy provechosa y aleccionadora. Es una manera de dejar de ser uno mismo, de abandonar esos personajes previsibles que somos los contemporáneos. Echando un vistazo a los antiguos, a los antepasados, descubres cosas peculiares, conductas e ideas que no son las nuestras, que nos sacan de quicio o de nuestras casillas. Eso está bien: nos las tenemos que ver con gentes que de entrada no siempre entendemos o con vida inerte que nos fuerza a pensar. Lo dicho: nos las tenemos que ver con muertos

Cuatro. 1. Con este volumen queremos mostrar un mundo o, mejor, un pedazo del mundo burgués, de esa forma de vida y de civilización que triunfa en la Europa del Ochocientos: la sociedad valenciana del siglo XIX. Queremos presentar a personajes reales, a individuos que residieron, que comerciaron, que prosperaron en esas tierras y en aquel tiempo. No es teatro ni ficción novelesca. Es investigación histórica y síntesis de conocimientos documentados: una operación que nos permite examinar a gente ya desaparecida, a nuestros antecesores.

Podríamos decirlo parafraseando a Stephen Greenblatt: lo primero fue nuestro deseo de hablar con los muertos. “Este deseo es un móvil habitual, no siempre confesado”, insistía Greenblatt.

“Nunca creí que los muertos pudieran oírme, y sabía muy bien que no podían hablar, pero estaba seguro de que podría recrear una conversación con ellos. Ni siquiera renuncié a este deseo cuando comprendí que por más que me esforzara en escuchar lo único que alcanzaría a oír sería mi propia voz. Pero mi propia voz es la de los muertos, ya que han dejado huellas textuales que se oyen en las voces de los vivos”.

 La mayoría de esas huellas tienen escasa resonancia´´, admitía Greenblatt, aunque todas contengan “algún fragmento de vida perdida´´. Es ese fragmento, en efecto, lo que nos proponemos recrear de aquel mundo burgués europeo y valenciano. Son sus caminos, sus puertos, sus ferrocarriles, sus comercios, sus calles, sus paseos, sus vivos y sus muertos los que se asoman a estas páginas. Pero no los rescatamos para instrucción de nuestros convecinos, ni para solaz de los naturales. O al menos no sólo con esa intención.  En realidad,  narramos la vida de gente remota, de burgueses muertos en un siglo que no es el nuestro y en unas ciudades que tampoco son exactamente las que ahora habitamos. De ellos nos separa el pasado.  Esos mismos individuos y ciudades, con sus costumbres y sus formas de relación,  no son las nuestras, pues sus actos no son equivalentes a los que hoy emprendemos. Hablamos de un tiempo alejado: un pasado extraño y distante que, en principio, no nos concierne. Por eso, hemos de recuperar y recrear esa vida, esas vidas, lo que tienen de concreto y lo que tienen de general, de manera eficaz, con sentido y con un relato convincente.

Nos dirigimos a lectores variados que no necesariamente tienen interés en estas materias ni conocimiento de esta época. Este volumen no convoca sólo a los valencianos, sino a todos aquellos que quieran curiosear en el mundo burgués del que procedemos. El pasado no es exactamente el espejo en el que hallar nuestra imagen nítida y evidente. ¿O sí? De serlo, entonces ese espejo sólo reflejaría algo borroso, fracturado, una superficie en la que con suerte podríamos distinguir ciertas figuras, algunos perfiles apenas intuidos que deberíamos reconstruir. ¿A quiénes corresponden esos reflejos? Tienen algo de nosotros, sin duda, pero esas imágenes no son nuestro calco: son un juego de espejos cuyo resultado desconocemos…

Las músicas ligeras

21 diciembre 2011

Uno. El ciclo Bandas Sonoras. Los jóvenes, la música y la revolución cultural llega a su fin, tras un experiencia realmente espléndida. Ahora toca el cierre, el colofón.

Las jornadas, organizadas por el Vicedecanato de Cultura de la Facultat de Geografia i Història de la Universitat de València, empezaron el 9 de noviembre. Con mesas redondas, con proyecciones de películas, con discusiones y debates entre públicos e invitados.  El miércoles 21 de diciembre, Bandas sonoras concluye con un conferenciante de altura, de mucho talento y fina ironía. Me refiero a Luis Suñén.

Luis Suñén es poeta, es editor, es periodista. Y es melómano: desarrolla numerosas actividades como experto y crítico musical. Escribe en prensa. Por ejemplo, en Babelia, de El País. Es responsable de la revista Scherzo (en donde podemos seguir su blog). Y dirige un programa radiofónico dedicado precisamente a la cultura musical, como Juego de espejos en Radio Clásica. Además de por su saber, Luis Suñén destaca por su bonhomía. No sé ustedes, pero yo no me pierdo su conferencia en la Facultad de Historia a las 17 horas del 21 de diciembre.

Dos. El conferenciante emprenderá un recorrido por la música ligera: la música que los jóvenes hicieron popular en el siglo XX, esa cultura asociada a la rebeldía, al consumo y a las masas del Novecientos. Pondrá ejemplos bien sonoros. ¿Con trazas autobiográficas, quizá? ¿Con referencias generacionales? Luis Suñén, nacido en 1951, vivió el éxito de The Beatles en su primera juventud. Vivió también otras músicas y  culturas pop, las propias del Swinging London. Y asistió en vivo, como un contemporáneo más, a la reinvención del rock que trajeron las fusiones americanas de los años sesenta. ¿Y la psicodelia? ¿Y el folk y la canción instrumental y el rock sinfónico?

Música ligera fue una expresión corriente entre los críticos musicales de la España de los sesenta y setenta. En nuestro país se empleó genéricamente. Aludía al rock y al pop y con ella los locutores de radio se referían a los ritmos bailables, a esas canciones que duraban tres minutos o menos con estribillos pegadizos e instrumentaciones sencillitas. ¿Sencillito? No fue todo tan simple: ni las melodías eran tan esquemáticas ni las letras eran tan ramplonas. Del swing al rock, del folk al pop, muchas de esas canciones han reinventado el mundo, han afirmado valores de los que no se hablaba.Los ritmos de la música ligera son el fondo sonoro de varias generaciones y nos mueven, nos hacen movernos. Cuando alguien tararea música ligera siente, en efecto, una ligereza. Como si se le fueran los pies, como si no pudiera parar: dispuesto a taconear o a dar los pasos, dispuesto a seguir el ritmo.    

Ignoro qué revisión nos hará Luis Suñén en su charla, en qué hitos se detendrá.  Acudiré encantado a la conferencia. Les aviso: Luis derrochará saber, ritmo, jovialidad y ligereza, esa cortesía que el auténtico experto tiene con su público. Con mucho swing. Insisto: ¿se lo van a perder? Yo no haría eso. Recuerden: la entrada es libre y la salida, agradecida. En  la Sala Joan Fuster de la Facultat de Geografia i Història a las 17 horas. Luego seguiremos aquí.

Tres. La música ligera no es arte despreciable. No es mero fondo, la sonoridad que tenemos asociada a un hecho. No es sólo un ritmo bailable, esquemático y repetitivo. La música ligera es cultura de masas, es un producto más o menos esmerado y de disfrute colectivo. La asociamos involuntariamente a un acontecimiento personal o común y, sin duda, se nos van los pies cuando empezamos a escucharla. Los creadores podrán ser más o menos virtuosos. O nada. Pero son los públicos quienes convierten una pieza de tres minutos y pico en fragmentos de un todo sonoro. El que escucha hace suya la canción, la tararea, la recuerda y en su evocación o repetición la vincula a una circunstancia emocional. Las emociones no son un subroducto de lo humano. Son estados del alma, si me permiten decirlo así. Son los humores que se escapan, exhalaciones del ánimo: y esta manifestación individual siempre es ruidosa y seguramente colectiva.

De eso y de mucho más habló Luis Suñén la tarde del miércoles 21 de diciembre. Habló con conocimiento y desparpajo, y con énfasis: se supo atraer al público presente, interesándolo por unas canciones que exhumaba con gracia y erudición. Puso varias piezas, pero la última nos emocionó, justamente. ¿Quién no responde ante una simpatiquísima provocación? ¿Quién no responde ante Tom Jones cantando It’s Not Unusual (1965)…

Las ilusiones

18 diciembre 2011

La alegría. Veo The Artist (2011), dirigida por Michel Hazanavicius. Está protagonizada por Jean Dujardin, Bérénice Bejo, James Cromwell y John Goodman, entre otros. Conocía el trabajo de John Goodman, aquí un perfecto secundario, pero ignoraba el buen hacer de Dujardin o Bejo. He tardado mucho tiempo, demasiado tiempo. Es una suerte haberlo descubierto.

Acudimos a la primera sesión, a la del estreno: el viernes 16 de diciembre a las 16:30. Llevábamos una semana de mucho trabajo y creímos que era un obsequio que nos merecíamos. Fue una recompensa. Lo indiqué días atrás cuando hablaba de cine, del cine puro. ¿Hay algo más satisfactorio que un film que cumple las expectativas o que te da incluso más de lo que tenías previsto?  

He contemplado una película con fotografía de Guillaume Schiffman en blanco y negro sencillamente excepcional. Sin palabras. Durante meses he podido vivir ignorándolo todo sobre este film. Fui al estreno con muy pocos datos, sabiendo sólo que era una historia bien contada, bien interpretada, bien dirigida. Nada más. El resultado es superior a lo esperado. Simplemente es una obra de arte que no tendrá continuidad, una recreación muda de la cinematografía.

Me ha hecho recordar esa época gloriosa que homenajeó Paul Auster en El libro de las ilusiones (2002). En aquella novela, David Zimmer, escritor en horas bajas, emprendía una investigación sobre Hector Mann,  un cómico del cine mudo. Esta pesquisa, trepidante, le devolverá la vida.

A su manera, The Artist nos hace regresar al cine mudo, a la vida. Y nos alecciona sobre la importancia del ruido, de los miedos; nos enseña el significado de la expectativa, del fracaso. Y nos muestra qué es la alegría, bailar con arte y dicha. No tengo palabras.

Pero he de seguir. Todo gira. El protagonista se llama Georges Valentin. Es, evidentemente, un trasunto de Rodolfo Valentino y John Gilbert. O, mejor, un híbrido de ambos. Ahora bien, eso es lo de menos. ¿Y qué es lo de más? Saber contar una historia que nos habla de hoy, de la actualidad, con personajes y circunstancias de antaño. Que nos habla… sin decir palabras. Saber plantear un problema universal y constante sin didactismos, sin pedagogías pesadas, pero sí pensadas.

¿Qué ocurre cuando todo cambia y tus habilidades son de otro tiempo? ¿Cómo adaptarse a un contexto que se transforma sin cesar? Tus virtuosismos ya no sirven o al menos ya no te los valoran en un cine que muda, en un mundo de furia y ruido. El presente es algo indescifrable y  el porvenir ya no puedes adelantarlo. ¿Tienes algo que hacer?  ¿Compadecerte? 

No te apiades. Mantén la ilusión. Las ilusiones no son sólo embustes. También son propósitos, metas que nos sacan del aturdimiento o que nos obligan a actuar, a movernos. Eso es un engaño, dirán el escéptico o el pesimista. Y sí: el cine es una ficción, pero una ficción de la que es posible regresar, de la que puedes salir. ¿O no? 

Dolor, horror y humor. Leo Discordancias (2011), de Elena Casero. Es un libro de relatos publicado por Talentura. Repito: Talentura, rótulo quizá extravagante para un editor. No importa. Aceptemos la referencia y la acepción de esa mezcla: el
talento y la calentura. Justamente eso es lo que hay en el volumen de Elena Casero: excitación y fiebre, por un lado; y virtudes y recursos, por otro. En pocas palabras: ilusión con talento, en efecto.

No pongo reparo alguno a lo que he leído, relatos que pasan en el firmamento y en la tierra. O en el purgatorio, ese lugar en donde precisamente muchos esperan purgándose antes de entrar en el cielo. Son cuentos sobre la vida cotidiana y matrimonial, sobre el sexo y el sexo de los ángeles. En esta obra hay palabras, pero también hay muchos silencios y elipsis. Al igual que el cine o en el cine mudo. ¿Cómo se puede observar lo ordinario relatándolo con esa precisión?

Me maravilla la modestia de unas historias que detallan problemas o apetitos muy corrientes: el amor, los celos, la inquina, la violencia, la cursilería o las ganas de joder (entiéndase esto último en el sentido recto de la expresión).

No sé si llegará a ustedes este libro. Si pueden, no se lo pierdan. Como lector no le pongo peros. O sí, otra vez el rótulo: lo que menos me gusta del volumen es el título, pues discordancias es una palabra demasiado culta y rebuscada.

Pero, ah amigos, lo que cuenta es el interior, nunca mejor dicho (si me permiten indicarlo así). Me sorprende la capacidad de narrar: el relato generoso. ¿Cómo es posible que algunas personas tengan esa virtud y además la apliquen sin esfuerzo aparente? Yo no estoy dotado para ello. Para contar cuentos, quiero decir. No tengo paciencia para inventarme las cosas. Y si lo intento me veo forzado y poco natural.

En el libro de Elena Casero, el pequeño detalle lo es todo y la última frase confirma el hallazgo del relato, la sorpresa. Sin trampas, eso sí.  Hay gran habilidad y capacidad, maestría en el manejo del punto de vista y una prosa muy dotada. Cuando hallamos un tópico expresivo no se debe a la escritora, sino al narrador que nos cuenta las cosas, que nos precisa los datos. Puede ser en primera persona. O puede ser en tercera: eso sí, con el punto de vista o perspectiva de este o de aquel personaje, al que a la postre le perdonamos todo.

Me ha hecho ilusión poder leer este libro…

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 179 seguidores