Los avatares del blog
Julio 15, 2008
AVISOS
Universitat d’Estiu de Gandia, 23 de julio a las 17:30 horas, Casa de la Marquesa
“Pasados: Historia y ficción”, por Justo Serna
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0. Selecciones del blog
Algunas de las entradas de la pasada temporada. Noviembre de 2007:
–Espionaje y novela: “Javier Marías” (12 de noviembre de 2007)
–Historia y franquismo: “El Valle de los Caídos” (20 de noviembre de 2007)
–Retrato de un presidente: “José Luis Rodríguez Zapatero” (23 de noviembre de 2007)
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1. El blog. Nos vamos despidiendo: hasta el 5 de septiembre, en que regresaremos con nueva temporada del blog. Repaso lo escrito y lo pensado en el curso que ahora acaba, y no puedo más que estar satisfecho. Si me permiten decirlo, he de reconocer que los últimos meses han sido la mejor temporada de esta casa. Al inicio de Los archivos…, en 2005, convencido de que había que atraer lectores, renovaba el post todos los días. El precepto que rige en estos sitios electrónicos es el de que hay que actualizar la bitácora frecuentemente, incluso muy frecuentemente, para así crear y mantener una audiencia modesta o grande pero casi siempre voluble o volátil.
¿Atraer, crear y mantener una audiencia? ¿Cómo? ¿Cuáles son los asuntos que interesan a quienes puedan leer un blog? Si nos atenemos a lo que los medios registran o a lo que suponemos relevante, el desconcierto puede ser mayúsculo. En Internet, la chiripa de Google hace que te visiten exploradores inesperados. En las tripas de este blog, en las entrañas de la plantilla de que me sirvo, hay una pestaña dedicada a las estadísticas. Allí compruebas desde dónde te visitan, desde qué enlaces. Compruebas también cuáles son las palabras-clave que los internautas escriben en los buscadores. Esos robots rastrean la red y, por hache o por be, siempre te traen nuevos lectores que agradeces porque algunos se quedan para frecuentar esta bitácora.
Cuando yo empecé en esto de los blogs, en ese lejano 2005, me había preocupado previamente de averiguar las palabras-clave del año anterior, esas voces más repetidas por los internautas en sus rastreos. Merrian-Webster, un gran editor de diccionarios y de textos de referencia, hace una selección anual con las diez palabras más destacadas, esas que han estado en boca de todos durante meses y meses. Pues bien, el primer puesto de la lista de aquel 2004 lo ocupaba la palabra blog. Le seguían: incumbe, electoral, insurgente, huracán, cicada, pelotón, partisano, soberanía y defenestración. ¿Defenestración? ¿Ustedes creen que me atuve a lo que esa lista proponía? Los intereses de las personas mudan y son frecuentemente insondables por mucho que los publicistas o los asesores políticos crean tener la clave de nuestros deseos. En la red, menos aún. En general, los internautas somos poco fieles y no suele haber compromisos firmes. Paul Mathias –un filósofo francés de quien Anaclet Pons y yo incluimos un artículo en el próximo número de Pasajes, dedicado a Internet– habla de la sensación de vacío que tantas veces experimenta quien escribe en la red o para la red.
2. Avatares. “¿Por qué participar en un sistema comunicativo dentro del cual la voz no llega y en cuyo interior lo escrito sigue siendo esencialmente ilegible?, ¿por que hacerlo en un sistema donde los interlocutores que pretendemos conseguir no tienen otro estatuto que el de avatares…?”, se pregunta Paul Mathias. Cuando escribimos un comentario aquí o en otros sitios electrónicos, ustedes y yo sólo somos eso: avatares, una reencarnación parcial, virtual, incluso ficticia de quienes de verdad somos en el mundo real. ¿De verdad?
El nombre es un rótulo que permanece pero nuestra identidad es menos estable de lo que pensamos: obligados como estamos a desempeñar papeles diferentes en espacios distintos, a encarnar figuras variadas según vayamos por aquí o por allá, conduciéndonos de acuerdo con normas que también cambian. Hasta los atavíos con que nos revestimos también nos modifican: si llevas o no llevas americana; si te anudas o no te anudas la corbata; si vistes o no vistes de sport o casual…
Perdonen la obviedad: uno cree ser siempre el mismo y a uno puede que lo vean esencialmente igual, pero cada uno de nosotros obra de acuerdo con las exigencias del contexto. Nos sentimos bien cuando no nos fuerzan a cambiar completamente, cuando podemos actuar según quien creemos ser. Por debajo de la indumentaria y de las exigencias, quieres pensar que hay un fondo inmóvil del alma –como dije en cierta ocasión citando a Robert Musil–, algo que te justifica y que permanece efectivamente. Lo demás son afeites que recubren o cosméticos: una segunda piel, vaya.
Sin embargo, a poco que quieras ser coherente, te das cuenta de que ese objetivo es básicamente contextual. También son contextuales los avatares electrónicos tras los que nos emboscamos al escribir en la red, aun cuando empleemos el nombre propio. De hecho, en los blogs todos somos avatares de dudosa y fluida identidad que se prestan a un juego, personajes en parte ficticios. Por eso, no le falta razón a Paul Mathias cuando dice en ese artículo que en la red “los únicos lectores de los que estamos realmente seguros son los robots, no los hombres”: los “programas de almacenamiento de Internet que compañías como Google o Yahoo dirigen con fines comerciales perfectamente transparentes”.
3. Queridos lectores. ¿Seguro que Paul Mathias tiene razón? Aquí se reúne un selecto comité de lectura; aquí somos así de raros. Hablando de raros: es extraordinariamente gentil, amable, Àngel Duarte cuando a Anaclet y a mí nos llama raros en una entrada de su blog. Es un modo cariñoso de afear la conducta a tantos de nuestros colegas, los historiadores, que no suelen tener blogs y hasta alardean de ello, con ese desprecio por lo nuevo y por lo vulgar, ¿quizá? En el fondo, esa actitud displicente que muestran tantos académicos hacia Internet — de la que hablábamos días atrás– es, otra vez, un miedo antiguo: el pánico a la máquina, a ese robot que ya tendríamos en el jardín y que amenazaría con adueñarse del resto de la casa. Es también una prevención ante los cambios acelerados: ¿qué pasará con el saber académico si los conocimientos del historiador se desparraman por la red? Hay que tener en cuenta que los universitarios solemos ser celosos vigilantes de lo que escribimos, tal vez porque pensamos que siempre hay alguien interesado en apropiarse de ello. ¿Pero no era un queja frecuente de los académicos la poca difusión de nuestros saberes? ¿En qué quedamos?
En parte, los reparos son incapacidad para adaptarse a la revolución tecnocientífica que está en marcha y de la que habla con gran finura el filósofo Javier Echeverría en la entrevista que le hacemos para Pasajes. Algunos se aferran a lo ya sabido, a lo ya conocido, a lo ya experimentado. Con ello sobreviven en un medio académico en el que se creen inmunes o a salvo de la ordinaria irrupción de lo digital. Pero acometer lo ordinario es el primer precepto del historiador. Averiguar cuál es el contexto habitual de las cosas, cuál es el espacio concreto de lo que sucede: hacerlo propio para explicarse los hechos, para interpretar las acciones humanas. Y lo que hoy nos sucede es la expansión de la cibercultura: la interconexión, la interactividad, la conversión de los internautas en emisores y receptores en un entorno propiamente inmaterial, en una esfera en la que lo externo llega sin necesidad de salir, en un dominio en el que lo lejano y lo cercano se mezclan. Por eso, he querido titular así mi contibución a Pasajes con un artículo que habla de una vivencia concreta, personal: El pensamiento ordinario. La experiencia del blog. Sin duda, las cabales reflexiones que el historiador Àngel Duarte acaba de publicar en su blog apuntan en una dirección semejante y expresan un sentimiento común de intervención.
Lo digo con mis propias palabras. Nuestra intervención tiene dos objetivos. El primero, pensar al tiempo que se escribe, averiguar lo que no se sabía que se sabía, materializar un pensamiento haciendo el esfuerzo de expresarse: es decir, plasmar una idea que aún tenía el prestigio de lo inexpresado. El segundo, crearse interlocutores, una red de discusión, de consulta, de interpelación: aquí lo hemos logrado con personas de diferentes extracciones, de distintos intereses, de variadas inclinaciones y lecturas que aquí vuelcan. Quiero mencionar especialmente a Marisa Bou, a Arnau Gómez, a Alejandro Lillo. Esto es sumamente placentero y enriquecedor. Los meros avatares, que es como el cibermundo nos llama a todos nosotros, son también figuras del saber y de la experiencia que dominan la expresión: veáse aquí quienes aparecen como Miguel Veyrat o Kant o Fuca, que se expresan con generosa cultura, con cortesía antigua y con la severidad del preceptor. Pero esos avatares que así firman pronto son contestados con ironía y ternura, que son los rasgos polemistas de David P. Montesinos o de Juan Planas o de Pavlova. Con ello suele iniciarse una controversia que tiene que ver o no con lo que el blogger había planteado. Intervenir en un blog argumentando, rastreando enlaces pertinentes y sabios, buscando pruebas… es un modo de ser generoso, de ofrecer a manos llenas: eso es lo que tan frecuentemente hace Paco Fuster, tan insultantemente joven y razonable.
Pero, dicho eso, inmediatamente me corrijo. Que los académicos asumamos lo concreto para intervenir, que procuremos adaptarnos a las nuevas tecnologías para experimentar, no significa que abandonemos los libros, los viejos medios de formación. Seguimos leyendo. Seguimos leyendo libros tentativamente. “Hay una foto donde se ve a Borges que intenta descifrar las letras de un libro que tiene pegado a la cara. Está en una de las galerías altas de la Biblioteca nacional de la calle México, en cuclillas, la mirada contra la página abierta. Uno de los lectores más persuasivos que conocemos, del que podemos imaginar que ha perdido la vista leyendo, intenta, a pesar de todo, continuar. Ésta prodría ser la primera imagen del último lector, el que ha pasado la vida leyendo, el que ha quemado sus ojos en la luz de la lámpara”, escribe Ricardo Piglia en El último lector (2005). Es a lo que aspiro…
Nos vamos de vacaciones, pero no cerramos. Volvemos el 5 de septiembre: ese viernes actualizaremos el blog, dando inicio a una nueva temporada. Por todo lo vivido y comentado, gracias. Hasta entonces, justamente porque no cerramos, pueden revisar algunas de las entradas mejor acabadas o algunos de los post con los comentarios más refinados e irónicos.
Aviso. Jueves 17 de julio por la tarde, como cierre de temporada en este blog, gran “quedada” con las personas que lo frecuentan. Tenemos selecto servicio de bar y cafetería con horchata o con cualquier otro refresco. La invitación corre de mi cuenta…,siempre que no se me amontonen (no creo). Se celebra en Valencia ese 17 de julio (aciaga víspera), a las 19:30. El lugar de la invitación es la Heladería La Jijonenca sita en la Calle Guardia Civil, de Valencia, famosa por su espléndida horchata y por sus “fartons” caseros.
Críticas ejemplares
Julio 11, 2008
1. El criticón. “Un periodista cultural me preguntó recientemente sobre el futuro de la crítica literaria”, dice Germán Gullón en Una venus mutilada (2008), “sugiriéndome que con tanto blog los críticos éramos una especie a extinguir”. ¿Es así? Gullón, que publica reseñas en El Cultural de El Mundo, dedica dicho libro a La crítica literaria en la España actual, que es como reza el subtítulo. Destina el volumen a ese objeto, a defender lo legítimo de la profesión: la de crítico literario, me refiero. Y dedica igualmente esa obra a mostrar su perplejidad ante la avalancha de lo electrónico, ante la popularización del juicio y de la opinión gracias a Internet, ante la mercantilización de lo cultural (el triunfo del best seller, vaya).
“Le contesté simplemente que se equivocaba. Bien es verdad que el Web 2.0, la segunda generación de Internet, ha originado una proliferación de bitácoras escritas por aficionados, repletos de críticas y reseñas de libros, pero la mayoría contienen comentarios literarios superficiales o bien ajustes de cuentas, donde por lo general la ambición personal pisotea cualquier posible juicio objetivo”. Citando un par de libros, Gullón defiende al lector profesional frente al crítico amateur, ese aficionado que se expresaría en blogs y las restantes plataformas electrónicas. Por eso, añade tajante: “nada conseguirá en el inmediato futuro, y mi convicción es firme y fundamentada en la mejor investigación sobre el tema, sustituir a nuestros mejores periodista o crítico, que llevan tiempo leyendo y enjuiciando libros”.
¿Y la mercantilización de la literatura, el dominio del best seller? “Añadí después que tampoco la narrativa de entretenimiento, a la que en las páginas siguientes dedico bastante atención, las novelas negras o las históricas, acabarán con la literatura”. La conclusión a la que llega está establecida de antemano: “los malos presagios permanecerán incumplidos si atendemos a lo esencial, cuidar de que la calidad cultural sea respetada en el espacio público”.
Leo y releo lo anterior: me interesa y me inquieta. Me perdonarán si les dejo: si dejo sin responder esta cuestión…, de momento; y si este post también se alarga. Me voy a completar la lectura del volumen, que trata de las cosas que más me preocupan ahora, afirmadas –eso sí– en un tono apocalíptico que no puedo compartir. ¿Cómo podría compartirlo si soy blogger y lector, si escribo reseñas para publicaciones en papel y para medios electrónicos? ¿Qué puedo replicar si me gustan el refinamiento literario y, a la vez, la cultura de masas? Todo ello, además, practicado a tiempo parcial, según las apetencias que yo tenga este o aquel día. Las páginas de Gullón “van dirigidas a debatir sobre la crítica española, que en mi opinión necesita un reajuste”. ¿Qué reajuste es éste? Insisto: me perdonarán que ahora calle: el sábado 12 de julio, a poqueta nit, regreso aquí y les cuento. Mientras tanto, les dejo con el blog de Germán Gullón…
2. Demora. Es sábado, poqueta nit, y tras mi desconexión veo que Àngel Duarte aborda cuestiones que tienen que ver con este post: la crítica y el amateurismo. Tenía previsto desarrollar aquí mi lectura del volumen de Germán Gullón. Me permitirán no precipitarme. Deseo leer esa reflexión aparecida en El tinglado de Santa Eufemia. Retraso, pues, hasta el domingo la conclusión de mi post o, quién sabe, la redacción de uno nuevo…
3. Críticos ejemplares (domingo, 13 de julio). El libro de Germán Gullón se titula Una venus mutilada aludiendo con ello a Marcel Proust cuando éste afirmaba que la belleza periodística de un artículo de prensa no está en la literalidad de lo escrito, sino en la forma en que cada lector actualiza dicha pieza. Hasta que los destinatarios no hacen suyo el texto (lo dicho y lo no dicho, captando y comprendiendo su objeto), ese artículo está incompleto, separado, mutilado. Es el lector quien actualiza lo que tan escuetamente se escribe y, por tanto, es el receptor quien entiende y se atiene, quien entiende y añade, quien entiende y, eventualmente, corrige o se corrige. El crítico informa y dictamina, proporciona datos y enjuicia. No puede hacer eso desde la arbitrariedad, desde la pura subjetividad, desde el mero individualismo, avanza Gullón. Debe obrar con prudencia porque sabe que orienta el destino de un libro; debe empeñarse porque antes que él otros se esforzaron para materializar un volumen.
En realidad, el protagonista del libro de Gullón no es uno, sino dos: el crítico y, también, el lector, ese lector que en el siglo XXI degusta obras propiamente literarias y libros de entretenimiento. Todo su volumen es un búsqueda denodada de una figura imprecisa: la del lector informado, la del lector con gusto, con juicio, con criterio. Todos podríamos ser ese lector, pero no todos podemos ser el crítico que se expresa en los medios: ese crítico es un lector especial que, por ser reconocido como mediador, se convierte en guía de numerosos destinatarios que lo siguen, que aprecian sus evaluaciones, que las aceptan. Ése es un momento de gran poder. La influencia hace del crítico una especie de oráculo –podríamos decir–, alguien cuyas palabras siempre breves y condensadas se interpretan, convencen o refuerzan, cambian u orientan. Contrae una gran responsabilidad, añade Gullón, porque escribe en medios masivos: los suplementos de novedades literarias que publican los periódicos o las revistas culturales.
Lo que propone Gullón es seriedad, entrega, formación, contención y dedicación, cosa con la que convenimos; lo que postula es que el crítico sepa asumir su responsabilidad actuando de mediador cultural: no habla desde el solipsismo o desde el egotismo, sino desde un grupo humano amplio que espera sus dictámenes y eso le exige ser muy riguroso, muy escrupuloso con sus propios juicios, con sus críticas, unas críticas que han de ser ejemplares. También en esto convenimos. Pero este propósito es muy difícil de cumplir, de alcanzar, pues la tarea del crítico se desarrolla en un medio que no es la cátedra, sino la columna periodística. Es la suya una tarea pedagógica que debe ser entretenida y competente, ejercida además en prensa: con una mercantilización creciente del campo cultural, con una competencia de –y entre– los mass media cada vez más decisiva. ¿Qué hacer con los intereses de los grupos editoriales y con los objetivos de los periódicos?
Resulta un libro ambivalente. Por un lado, propone seriedad y rigor al crítico, alguien que debe escribir con cuidado, con entrega y con claridad, que es la cortesía no sólo del filósofo. Por otro, incumple su propio precepto: la obra que leemos está escrita con un metalenguaje que difícilmente entenderán quienes no sean universitarios; está redactada con sobreentendidos, con citas crípticas, con supuestos, especialmente dirigidos a connaisseurs, a enterados; tiene numerosas erratas que emborronan páginas y páginas…, páginas frecuentemente lúcidas y sensatas, algunas apocalípticas y otras razonables. Es una pena que la editorial Biblioteca Nueva haya publicado un volumen formalmente descuidado. No me sorprende, sin embargo, ya que tengo experiencia con ellos: mi libro sobre Antonio Muñoz Molina, publicado en la misma editorial, tiene algunas erratas (y errores del autor, que también hay, por supuesto) que son un verdadero espanto. Días atrás decíamos que un momento decisivo del proceso de escritura es, precisamente, cuando corregimos. Los autores deben mejorar su mecanografía nerviosa, pero los editores deben reinventar la figura del corrector. Digo reinventar, porque en el pasado los correctores formaban una divertida fauna que hoy ya no podemos consentirnos.
Recordaba Roger Chartier un viejo volumen del siglo XVII en el que se enumeraban los diferentes casos. Los había de cuatro tipos: “los graduados de las universidades, que conocen la gramatica, la teología y el derecho pero que, al no ser impresores, lo ignoran todo de las técnicas del oficio; los maestros impresores, que son suficientemente exactos en lengua latina; los cajistas más expertos, aunque no sepan latín, porque pueden pedir ayuda del autor o de una persona instruida; por último, los ignorantes, que apenas saben leer, empleados por las viudas de los impresores o por los libreros que no son ellos mismos impresores”. No sé a quién deberían emplear los de Biblioteca Nueva, pero los lectores (y los autores) nos merecemos un mejor trato. Y no basta con echar la culpa a los ensayistas que publican con precipitación: también en la Edad Moderna que estudia Chartier los escritores grandes eran muy libres y descuidados. Como dice Jorge Luis Borges en La supersticiosa ética del lector, “la página que tiene vocación de inmortalidad puede atravesar el fuego de las erratas, de las versiones aproximativas, de las distraídas lecturas, de las incomprensiones, sin dejar el alma en la prueba”. Pero que aceptemos eso no significa que toleremos el fatalismo de la errata. También Borges zanjaba: “ni quiero fomentar begligencias ni creo en una mística virtud de la frase torpe y del epíteto chabacano”.
Seguro que en este blog y, concretamente, en este post hay erratas dolorosas y errores que son imputables a mi ignorancia, pero en la blogosfera –esa que sentenciaba Germán Gullón con condena general– nos lo podemos consentir: la actualización frecuente nos lleva a esa escritura nerviosa que antes señalaba. Pero lo que no acabo de entender en el volumen de Gullón es lo expeditivo de su juicio antiblog: inicialmente, el autor parece mostrarse contrario a las bitácoras literarias (lugares ”repletos de críticas y reseñas de libros” en donde “la mayoría contienen comentarios literarios superficiales o bien ajustes de cuentas…”); enuncia ese dictamen para no desarrollarlo o razonarlo. Eso no es una errata: eso es una inconsistencia. En su blog, Àngel Duarte nos hablaba con tino y con ironía melancólica de José Ortega y Gasset, de la filosofía en la prensa, con palabras que hago mías. Precisamente, el filósofo madrileño decía: “El crítico tiene que operar a la intemperie y a campo traviesa; al mismo tiempo que juzga una obra tiene que conquistar autoridad para la ley general que aplica”. Los bloggers deberíamos someternos a ese precepto. También Germán Gullón, que es crítico, que es blogger: es él quien cita este pasaje de Ortega al principio de su obra, un libro tan interesante y con el que tanto me he irritado en dos días de lectura provechosa.
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Aviso
Para el jueves 17 de julio por la tarde, como cierre de temporada en este blog, estamos organizando una “quedada” con las personas que lo frecuentan: tomaremos una horchata o cualquier otro refresco que ustedes quieran. Invito yo, por supuesto. Se celebrará en Valencia. Les anunciaré oportunamente el lugar y la hora.
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Nuevo post, martes 15 de julio, por la mañana.
Escribir, corregir, editar
Julio 7, 2008
0. Javier Marías. “Cuando las cosas acaban ya tienen su número y el mundo depende entonces de sus relatores, pero por poco tiempo y no enteramente, nunca se sale de la sombra del todo, los otros nunca se acaban y siempre hay alguien para quien se encierra un misterio”, leo en Mañana en la batalla piensa en mí (1994). Todo eso sucede “mientras viajamos hacia nuestra difuminación”. ¿Cómo? ”Lentamente”, añade el narrador: “para transitar tan sólo por la espalda o revés de ese tiempo”.
Hace dos años publiqué en este blog una entrada entusiasta. Estaba dedicada a Javier Marías, al ser nombrado miembro de la Real Academia de la Lengua. Sé que es una persona que despierta grandes antipatías, incluso entre los lectores habituales de este blog. No sé por qué. ¿Será por sus opiniones contundentes?, por decirlo con Vladímir Nabokov.
Cuando me abandono a sus narraciones me recreo enormemente. Como así le está pasando a una buena amiga, que disfruta en estos momentos de Tu rostro mañana (2002, 2004, 2007). De esa novela he escrito en Ojos de Papel un par de reseñas, en 2005 y en 2007. Qué suerte tiene mi amiga: puede leer ahora, como nueva, dicha novela. Yo regresaré, a ella, a sus personajes y a su narrador, pero como un lector que ya ha leído esa prosa. En fin. Aquella pieza que publiqué en el blog hace dos años la titulé Cuatro buenas razones para leer a Javier Marías. Qué curioso: de casi todo hace dos años…
1. Dos años. El 6 de julio de 2006 reabrí el blog que ahora leen. Había tenido una primera etapa en bitacoras.com, que acabé cerrando tras un año (más o menos) de actualización diaria: una locura. Meses después y a petición expresa del director de Levante-Emv, Pedro Muelas, di inicio a la reapertura de dicha bitácora, en este caso en blogs.epi.es/jserna. Yo llevaba unos meses colaborando en ese periódico gracias a Juan Lagardera, jefe de Opinión: Juan había confiado en mí… saltándose, quizá, el reparo de sus superiores, que me veían probablemente como un articulista de El País o como un columnista prolijo. En aquel momento, sin embargo, mi colaboración semanal parecía gustar a los responsables de Levante-Emv: o, simplemente, me padecían en silencio… El caso es que a comienzos de julio de 2006 recibí una llamada del sr. Muelas pidiéndome la reapertura del blog, tan seguido, tan leído –me dijo– en su primera etapa. Era una forma, me insistió, de reforzar mi colaboración en el periódico. Recuerdo el escepticismo de mi respuesta. No sé si vale la pena, le dije. Quizá ya agoté mi carrera como blogger, le añadí. Recuerdo su insistencia, a la que finalmente cedí.
Fue un momento dulce para mí: escribía y corregía, me editaban. O, en otros términos, colaboraba en la prensa con alegría, con energía; y encima solicitaban que reactivase la bitácora. Le dije que sí, comprometiendo mi salud y comprometiéndome, además, a traer más bloggers a epi.es. Los incorporé, efectivamente, al cabo de unas semanas. Hoy, que yo sepa, ha habido deserciones bien justificadas entre aquellas personas que recomendé en Levante. Es un trabajo que no pagan, luego… no hay compromiso que ate. El periodismo ciudadano es una cantinela repetida frecuentemente en Internet: es uno de los modos que tienen las empresas periodísticas de no pagar a los colaboradores. ¿Un malentendido? Si no van a abonar nada –podríamos decirles–, entonces permítanme recolocar mi blog en un servidor distinto del que ustedes no puedan beneficiarse: desde luego, ya está bien de regalarles colaboraciones. ¿Sí? Aún estoy esperando alguna explicación de sus responsables…
Son minucias personales, me dirán; pero son a la vez miserias del mundo digital y editorial muy significativas. Te hacen volver a sentir el maltrato que siempre padece quien publica por primera vez, ese momento primero en que cuesta hacerte aceptar. Es como una orfandad… Qué efecto nos causa publicar por primera vez: suele ser una experiencia muy placentera, pero equívoca. Cuando ves impresos tu nombre y el texto de que has sido capaz te sientes, por un lado, fuerte; por otro, lamentas el resultado, siempre decepcionante, irrecuperable, una consumación. Lo inexpresado es todavía muy prometedor: estamos aún por realizar. Lo escrito, corregido y editado tiene algo de muerto, de amputado. Cuando publicas te desprendes y eso comienza ya a resultarte extraño, ajeno. Por eso, la publicación tiene también algo de arte funerario, de cierre. Editar es dejar de corregir, decía Jorge Luis Borges. Pero publicar es admitir que ya no llegarás a más en esa lucha concreta. Es una lección de modestia, pero es también una despedida.
2. Aquella mitad de mi tiempo. Al mirar atrás. “Cuando yo escribí y publiqué Los dominios del lobo“, dice Javier Marías en una de las páginas de Aquella mitad de mi tiempo. Al mirar atrás (2008), “y puse y vi mi nombre en letras de imprenta junto a ese título, hubo constancia de que lo había hecho, y, por así decir, empecé a sepultarme o empecé a contemplar mi propia espalda”. A sepultarme o a contemplar mi propia espalda, a distinguir las huellas que como imprenta-impronta uno iba dejando: los libros o los artículos en papel no son los blogs, ni se les parecen. Un volumen te confirma y te retrata con una imagen en la que tu pose se detiene, se congela. Es una fotografía más o menos favorecedora sobre la que puedes volver sin alterar lo que vislumbras. Quizá podrás dar un sentido distinto cuando te vuelvas a ver (o a releer), pero lo dicho queda fijado irreparablemente.
Por eso, hay escritores que lucharon durante todas sus vidas para olvidar sus obras primerizas: Adolfo Bioy Casares fue uno de ellos. Incluso el propio Borges consiguió frenar la reedición de sus primeros libros de ensayos, muy criollistas. En vida lo consiguió. Salvando nuevamente las distancias, yo mismo he procurado olvidar el primer artículo académico que me publicaron: como yo estaba en el Servicio Militar, ese escrito mío salió sin corregir, propiamente sin editar, y el resultado fue previsiblemente desastroso. También he procurado alejarme de algún otro libro mío primerizo, anterior a la tesis doctoral. Fue entonces cuando comprendí eso sobre lo que Roger Chartier insiste una y otra vez: que una obra no es un libro; que un texto no es un volumen; que en un libro intervienen muchas manos, a veces literalmente; que incluso en un escrito del que creemos ser básicamente responsables la autoría se desdibuja.
¿Y en un artículo, en un artículo de prensa concretamente? Mi experiencia es ambivalente: por un lado concibes un texto sometiéndote a las limitaciones materiales que el periódico te impone, que son muchas; por otro, su publicación se hace en contexto, en un día determinado, con unas noticias propias de esa jornada, condiciones que no suelen ser las que motivaron tu escritura; finalmente, cuando lo editan para publicar, tu artículo sufre frecuentes e involuntarias alteraciones, erratas que incluso lo mejoran. Etcétera. Por tanto, la lectura de ese escrito está mediatizado por numerosas interferencias que rebajan tu ufana autoría. La autoría se desdibuja, decía antes; tu ufana autoría te la rebajan, añadía. De eso se trata, precisamente, crees ser eso, autor, y la verdad es que sólo posees un nombre modesto que no repite entera, totalmente, tu identidad.
3. Héroes alfabéticos. Tengo las primeras pruebas de imprenta de Héroes alfabéticos. Por qué hay que leer novelas, el libro que acabé semanas atrás y que aparecerá en unos pocos meses. Es un volumen de escritura y corrección, de retoques, de aleaciones: de partes concebidas en momentos distintos y con fines también diversos. Es un libro de lecturas. ¿De reseñas? Recuerdo el caso de Roger Chartier, cuyo libro El juego de las reglas: lecturas (2000) disfruté. En ese volumen, el historiador francés editaba las reseñas que había ido publicando a lo largo de varios años. Era una especie de mapa histórico personal, el repertorio de sus lecturas, el elenco de sus colegas: allí aparecen los historiadores que considera sus iguales. Como destacábamos y analizábamos Anaclet Pons y yo en La historia cultural (2005), Chartier acostumbra a publicar sus ensayos breves aquí y allá, a republicarlos en numerosas ocasiones adaptándolos a los contextos diferentes de edición. ¿Refritos?
No exactamente: un artículo es una escritura que se consuma según el todo al que se adhiera, según el entero del que forme parte. Chartier lo aprendió de numerosos maestros, pero sin duda fue Jorge Luis Borges quien le hizo ver la recreación de una prosa en función de su edición: cobran nuevos significados el cuento o el ensayo, el artículo y el texto breve, si esas piezas van a parar a volúmenes varios. Cuando eso sucede, cuando el mismo texto sale en libros distintos o en contextos diversos, ¿cuál es el original? ¿Cuál es el texto primero del que los restantes serían las versiones abreviadas, corregidas, aumentadas? Todos lo son o ninguno lo es propiamente, contestábamos en La historia cultural, puesto que los contextos de recepción y de uso son diferentes y cada uno de ellos les da un sentido propio, particular.
Salvando nuevamente las distancias, lo que me he propuesto en Héroes alfabéticos –ese libro próximo– es algo semejante: reahabilitar unos textos pasajeros, efímeros…, remendándolos, mejorándolos –si es posible– en virtud del volumen que ahora los reúne. Al juntar pieza a pieza, tengo la impresión de completar un puzzle que desconocía, que ha ido formándose de 1996 a 2007, sin plan alguno, sin un proyecto deliberado. O, como dice Javier Marías, cuando empecé a escribir “no sabía lo que sabía”. Mejor aún, cuando uno empieza a escribir con cierta libertad, sin las coerciones académicas, va exhumando cosas que ignoraba conocer y va añadiendo otras que se siguen naturalmente de lo que ya sabía. Es un proceso verdaderamente interesante: uno avanza a tientas, observando, distinguiendo los indicios y rememorando lo que ya había leído o conocido. Es una forma de conocimiento, sin duda, pero es también una forma de autoconocimiento.
Desde mediados de los noventa salí a publicar sobre temas que, por convención y por tradición, estaban vedados a los historiadores: la literatura narrativa y otras formas de ficción. Digo salí, como dicen los noveles, los primerizos. O los toreros. Perdón por el tópico pero es así: había que arrimarse y, para ello, había que salir del burladero, cosa que mis colegas no siempre están dispuestos a hacer. Desde mediados de los noventa (aunque ya antes había escrito alguna cosa sobre el tema), he querido reflexionar sobre la novela, sobre la creación, sobre el arte de la ficción: no como asuntos ajenos a la historia, sino como materialización cultural de la propia historia, algo que se condensa en ciertas obras. Leo una novela y ese libro es un artefacto concreto publicado en la colección de una editorial; tiene una cubierta con determinada ilustración: tiene determinados paratextos o leyendas que informan al comprador… Ese volumen me proporciona unas determinadas informaciones y otras no: otras me las hurta. Concibo mi relación con ese libro como una pesquisa: averiguaré datos de personajes y situaciones; me pondré en su lugar, procurando aprender de esa obra y de su autor. Cuando leo, quiero imaginarme dentro de ese mundo alfabético sabiendo lo que se me dice y buscando lo que el narrador no me transmite: he de aprender a vivir en esa isla con pocos pecios. O en ese bosque denso en el que no siempre es fácil orientarse. La imagen, ya tópica, no es mía por supuesto. La recupera Umberto Eco en un libro espléndido: Seis paseos por los bosques narrativos. Eso es leer para mí: sobrevivir con un poco de experiencia, con algo de olfato, con algo de vista, con algo de intuición, en ese mundo limitado, falto, carente, y a la vez repleto de noticias. Cuando estamos perdidos avanzando por un sendero o cuando rehacemos un hospedaje que nos salve del naufragio, no nos aventuramos a lo loco. Debemos obrar con prudencia: atentos a lo que ya sabemos pero habíamos olvidado por pereza o comodidad. Debemos probarnos también.
De repente, una parte de lo que he leído y una parte sobre lo que he escrito convergen y casan. Veo que ambas guardan entre sí una coherencia de la que al principio me creía incapaz. Seguramente es un autorretrato vicario, indirecto, desplazado (en términos psicoanalíticos): hablo de ciertos personajes literarios que me han sido decisivos. No soy exhaustivo, por supuesto, ni tampoco original. Sólo pretendo juntar a algunos de ellos para rendirles un homenaje particular, el de un historiador que admira el poder de la ficción. No es la historia novelada lo que me gusta: como decía Javier Marías en una página de Vida del fantasma (1995), esos intentos de biografía novelada o historia novelada son esfuerzos dificilísimos de los que raramente se sale con bien. Lo normal es que acaben siendo pastiches o híbridos que tratan de contentar o de satisfacer indiscriminadamente a públicos muy diversos. Prefiero, insisto, la novela que en sí misma tiene la historia sin énfasis, sin erudiciones abusivas, sin historicismos: sólo como un dato escaso de la experiencia de los propios personajes, que son en parte como nosotros. Decía E. M. Forster que concebía el Paraíso compartiendo una charla con sus escritores preferidos. Yo quiero imaginar el cielo como una conversación tensa y amistosa con mis héroes alfabéticos, gentes de épocas diversas, con culturas distintas, con retos varios. Quiero imaginármelos reprochándoles sus villanías o cobardías o celebrándoles sus audacias, que al final son también las que yo supongo mías.
4. Apuntes de un hombre solo. Prácticamente todo lo que he escrito en este post (desde las miserias del periodismo hasta el vértigo de la literatura) se ejemplifica en un caso extremo. Hay una imagen cierta que tomamos como resumen egregio de lo que arriba es tentativa modesta: un hombre solo que consulta y confronta varios periódicos al día para informarse y para descubrir las manipulaciones de la prensa; un hombre solo que lee varios libros –hasta ocho– a la semana para triturarlos, para sacar de ellos su alma; un hombre solo que escribe con libertad y desorden sus apuntes sobre temas diversos y aparentemente menores, como la cultura, como la literatura, como los folletines, como las novelas y los novelones; un hombre solo que reescribe, que corrige sin parar, ignorando si podrá editar lo que emborrona y añade, si habrá oportunidad para él. Ese hombre es… Antonio Gramsci.
Durante meses, Anaclet Pons y yo hemos estado leyendo y releyendo a Gramsci, reconstruyendo su itinerario, rastreando su biografía, representándonos su circunstancia personal. ¿Quién fue? Un líder obrero que en el contexto del bolchevismo se pregunta por la cultura, por las formas culturales de que se sirven los sectores populares. Un dirigente comunista que examina la formación, la instrucción, la transmisión de las clases distinguidas, como un heredero de la Ilustración. Un pensador que reflexiona sobre los intelectuales, sobre la prensa, sobre la comunicación, sobre las miserias y grandezas del periodismo. Pero Gramsci fue sobre todo un cerebro reducido a prisión por el régimen de Mussolini, alguien que en la celda aprende y escribe, consulta libros que Piero Sraffa le remite o le facilita; alguien que rehace su propio entorno observando (leyendo) y anotando, corrigiéndose. Murió antes de ver editados sus apuntes, sus Quaderni del carcere. que empezaron a publicarse a partir de 1948. Inéditos, en efecto, por la circunstancia carcelaria, por el contexto político. Pero inéditos también porque Gramsci nunca dejó de corregir.
5. Colofón. Mientras no hemos publicado esa página o ese apunte, un anhelo nos justifica: la convicción de que seremos mejores de lo que realmente somos. De momento no hay nada impreso, luego todavía no hemos arruinado una expresión o una idea. Cuando nos editan lo que escribimos y corregimos, un hallazgo nos sorprende: la constatación de que sabemos más de lo que creíamos saber. Eso, de momento, nos calma. ¿Y lo erróneo y la errata? “Los desconchados ya los repararé”, nos consolamos. “Es cierto que escribir me calma”, dice Julio Cortázar en Liliana llorando. “Será por eso que hay tanta correspondencia de condenados a muerte, vaya a saber. Incluso me divierte imaginar por escrito cosas que solamente pensadas en una de esas se te atoran en la garganta, sin hablar de los lagrimales; me veo desde las palabras como si fuera otro, puedo pensar cualquier cosa siempre que en seguida lo escriba”. Pero el resultado es decepcionante y no nos calma: a pesar de lo que descubrimos –no sabíamos lo que sabíamos–, lo que finalmente averiguamos de nosotros mismos no es ni la mitad de lo que cada uno creía merecer. Pero, para entonces, ya estamos condenados.
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Hemeroteca-Novedades
A. Entrevista a Justo Serna sobre Javier Marías. Léala aquí.
B. Reseña del nuevo libro de Javier Marías, Aquella mitad de mi tiempo. Al mirar atrás, Ojos de Papel, 8 de julio de 2008, por Justo Serna. Léala aquí.
Manifiesto por la lengua común
Julio 4, 2008
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Si te dicen que el idioma común está en peligro, la pregunta es desde cuándo. Si te señalan –como hace Félix de Azúa– que no hay posibilidades de ejercer los derechos individuales, la pregunta es igualmente desde cuándo. Si la urgencia es tan palmaria y evidente, la pregunta es por qué hay gente que no lo firma. ¿Por qué, por ejemplo, el director de la Real Academia se desentiende? ¿Por miopía, por ceguera, por venalidad, por cobardía… o por distancia institucional? ¿Y los otros intelectuales que desconfían de la iniciativa de El Mundo, una iniciativa que empezó siendo una campaña de Unión, Progreso y Democracia? Las colusiones político-periodísticas siempre han de despertarnos la suspicacia, porque son fruto de sociedades de apoyo mutuos, de intereses comunes, generalmente materiales. Si tan española era la necesidad de reivindicar esa lengua común, ¿por qué una sola formación nacional tomó la iniciativa? ¿Por la molicie institucional de los restantes partidos?
En el caso de que pudiera interpretarse así, la legislación catalana no sería más opresiva de lo que pudo ser en origen y, en todo caso, la lengua vehicular –sea la que sea– no garantiza su conocimiento. Ése es el problema principal que tienen que enfrentar tantos profesores desengañados: justamente al comprobar el escaso dominio verbal –simplemente verbal– de tantos discentes. Como tampoco se garantiza el conocimiento de la lengua común o adyacente con unas pocas horas de enseñanza semanales. Ése es el otro gran problema que no se arregla fácilmente. ¿O es que, acaso, se piensa que con unos minutillos semanales aprende uno a manejarse en un idioma? Es como el caso de Educación para la Ciudadanía, asignatura probablemente necesaria y bienintencionada que no garantizará, desde luego, un aumento sensible del civismo si esa lección no se refuerza con el activismo familiar y exactamente ciudadano.
Lo único que potencia una lengua es su uso sistemático, su uso correcto, su uso literario y esmerado, con vergüenza torera, queriendo hacer y decir las cosas bien, incluso muy bien. Lo único que garantiza su mejora y crecimiento –no sé si en número pero sí en calidad– es la lectura: la lectura pero también la escritura, la oratoria, la declamación. “Entone, Gutiérrez…”, decía el viejo maestro. Lo único que permite pasar de una lengua a otra es la formación y, sobre todo, vivir ambos idiomas como un patrimonio, no común, sino personal, del que valerse, un instrumento de autocreación: una autocreación que, siempre, necesitará comunidades lingüísticas que hagan factible la comunicación. ¿Que hay, que puede haber iniciativas legales de dudosa constitucionalidad? Combátanse. ¿Que hay mandatarios que sueñan con comunidades monolingües? Retírenles el apoyo electoral.
Yo no creo, sin embargo, que la lengua vehicular sea lo determinante del conocimiento: no es irrelevante, pero tampoco es determinante. Por otra parte, mi experiencia como castellanoparlante me muestra una y otra vez la generosidad y la tolerancia con que me tratan los catalanoparlantes de mi tierra, muchos de los cuales se pasan inmediatamente a nuestra lengua común cuando no deberían hacerlo porque saben que les entiendo perfectamente y que si no me expreso diariamente en su lengua es por pereza o por vergüenza idiomática: sólo hablo aceptablemente el castellano; nada más. En fin. Pero, dicho esto, lo que me sorprende de tantas y tantas declaraciones de intelectuales reconocidos o sobrevenidos que se pronuncian sobre este Manifiesto –y que recoge El Cultural– es la profunda ignorancia que muchos de ellos demuestran, pareciéndose en esto a los políticos de campanario: el presente no es como el que ellos sueñan o desean; es un presente menos exasperado, una circunstancia ordinaria en la que la gente se expresa con libertad, con liberalidad, sabiendo que, en poco tiempo, la lengua común quizá acabe siendo el inglés… O el chino.
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2. Los intelectuales contra Berlusconi (6 de julio de 2008). Los manifiestos de intelectuales sirven para afear la conducta al poder o para adular a sus representantes, pero sobre todo sirven para acercar a sus firmantes, para sentir la cercanía de quienes dicen compartir nuestra causa. Nos sabemos fiscales. Encausamos, pues. Los males de la Patria lo merecen. Es por eso por lo que la retórica expresiva de los manifiestos –a derecha o a izquierda– suele ser muy común y un punto altisonante: la Patria o los Ciudadanos están en peligro o adormecidos; esta pequeña iniciativa removerá las conciencias dejando en evidencia a los traidores o a los cómodos o a las cobardes; y apartará los últimos obstáculos legales que nos impiden vivir en el país que queremos. Pero concretemos: de un discurso político redactado por un filósofo o por un literato esperamos encontrar finura analítica, morigeración. Deben saber que un texto no es sólo un texto: es también el efecto que ocasiona y, sobre todo, el modo en que es leído, interpretado o reinterpretado con significaciones sobreañadidas.
Por eso, no debe extrañarnos que ciertos firmantes se alarmen al comprobar las consecuencias o los usos de la letra suscrita: no debe extrañarnos que se apeen. Los intelectuales no son especies sin ataduras, sujetos volátiles, sin lazos. Son incluso demasiado humanos. Es por eso por lo que un manifiesto puede tomarse como un tónico de la voluntad alicaída, como un refuerzo mutuo de confianza y autoestima, muletas o muletillas en las que se suelen apoyar autores o creadores que quieren hacer valer sus conciencias dengosas: es una causa común defendida y proclamada por quienes se sienten solidarios y lo toman como un murete frente a la acometida; y es también el momento de la exaltación hiperbólica y de la exageración que deforma. Un manifiesto es un cuento moral en el que lo malo y lo bueno simplifican inevitablemente las cosas, pues sirve aquél para aclarar cada jornada, para determinar qué es lo perverso, para diagnosticar superficialmente sus daños y para prescribir remedios.
El pasado sábado 4 de julio, Félix de Azúa fue entrevistado por el diario El Mundo como uno de los dieciocho promotores del Manifiesto. Sostenía la tesis de que el texto es una defensa de los derechos individuales. Después de admitir esto, el entrevistado, que es un intelectual de postín y columnista ocasionalmente brillante y siempre tajante, concluía: “Soy profundamente pesimista y creo que el país se encamina a una situación similar a la de Sicilia y Nápoles. El Gobierno no está dispuesto a que la realidad le estropee la siesta. Ni los negocios. Cada vez nos acercamos más a su modelo ideal: la Italia de Berlusconi”.
Estupor. La descripción y el análisis de Féliz de Azúa me produjeron estupor. ¿Se puede decir algo tan hiperbólico y tan dañino? España se va asemejando a Sicilia y a Nápoles, señala. Decir algo así es ignorar qué sucede en Nápoles, por ejemplo, lugar en el que el imperio de la ley ha desaparecido o tiende a desaparecer, espacio en el que los ciudadanos honrados se resignan al gobierno del camorrismo, a la colusión delictiva. ¿Son comparables San Sebastián y Nápoles? ¿Acaso lo único que las diferencia es el grado de refinamiento o el colmo de las basuras? Que la vida cotidiana en el País Vasco pueda ser insufrible para muchos ciudadanos es algo objetivo y deplorable, algo que debe ser cambiado, evitado, corregido. ¿Con qué instrumentos? Con la ley, por supuesto; pero también con la actitud solidaria de los vecinos: uno no puede desentenderse. Sí, ya sé que es fácil decir esto desde el Mediterráneo, pero que yo pudiera obrar cobardemente si me viera en dicha circunstancia no quita para que ambas cosas (la ley y la solidaridad vecinal) sean los instrumentos. ¿Y la España de este Gobierno tiene como modelo ideal la Italia de Berlusconi? ¿Pero por qué se expresa así un exasperado Félix de Azúa?
Alegrías y alergias
Junio 30, 2008

1. Alegrías
Vaya por delante: me alegro del triunfo de la Selección Española de Fútbol. Vaya si me alegro: durante décadas la he padecido en silencio, verificando una y otra vez que los jugadores españoles sólo sabían lamentarse, dar patadones y sacar la furia. O eso me parecía, en mi ignorancia… Días atrás leía un artículo de Javier Marías. Parecía pensado para mí, para expresar lo que yo mismo sentía (y tantos otros). Estos muchachos de ahora no parecen españoles, venía a decir Marías: son lo contrario de lo que hemos sido. Lo contrario de lo que hemos sido. A mí, que nunca me ha gustado el fútbol, había que ganarme con el espectáculo, con un juego bonito que nunca le he visto a la Selección… hasta ahora mismo. Los nuestros siempre me provocaban tedio o un padecimiento absurdo. ¿Qué hago yo viendo un partido de fútbol, un juego que no me interesa? Eso me preguntaba desde hace varias décadas. Tal vez por eso evité emplear mucho tiempo en algo que no me procuraba placer alguno. Jugar, amagar, controlar el balón, driblar, golear: eso eran virtudes de otros. Lo nuestro era el patetismo, el agonismo y… la agonía. En fin.
Quizá había algo personal en todo ello: siempre me ha provocado envidia la habilidad corporal, quien sabe hacer esas cosas (jugar, amagar…). Precisamente porque siendo joven yo siempre me mostraba tardo y escaso, rudimentario o falto de inspiración. ¿Inspiración? Jamás tuve algo parecido. Recuerdo que en el bachiller elemental nos obligaban a formar dos equipos, que alguna vez se llamaron Roma y Cartago. Cuando era un partido de fútbol, los capitanes de ambos grupos elegían a los jugadores respectivos: unos pocos nos quedábamos como resto, de tal mal que jugábamos. Nos ponían de defensas (o de porteros), confiando en que hiciéramos pared o rompíéramos piernas, no sé. Evidentemente no prestábamos interés alguno a una habilidad de la que carecíamos y, por eso, nos dedicábamos a simular: como si realmente supiéramos contener al contrario. Mientras tanto, en aquel campo de tierra y cantos, rodeado de bancales de cítricos, los torpes nos dedicábamos a coleccionar piedrecitas y a saciarnos con las naranjas que birlábamos.
He escrito lo que arriba han leído mientras escuchaba a través de mi teléfono y con auriculares una música que mi hijo me pasado con el bluetooth. No es un himno (aún recuerdo el artículo de Javier Marías dedicado a los himnos en la competiciones futbolísticas, ahora recogido en Salvajes y sentimentales), pero merecería serlo: es el Volare de los Gipsy Kings. ¿Se imaginan? ¿Cabe mayor alegría? Es, como me dice mi hijo, un fenómeno del melting pot: un grupo francés de gitanos españoles con nombre en inglés que canta rumba catalana versionando un clásico italiano. Debería ser el himno de la Unión Europea: lo contrario de todo nacionalismo; lo contrario de lo que hemos sido. Sí, ya sé que fantaseo. Pero, qué quieren, no me digan que no es una bella quimera.
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2. Alergias
Más que una quimera, son auténticas pesadillas esos himnos vulgares que sirven para vitorear, para alimentar lo gregario o para encender la pasión plebeya. Si Volare, entonado por Gipsy Kings es un lenitivo, Que viva España (Y viva España) cantado por Manolo Escobar es un purgante. La recepción masiva de los jugadores en la Plaza de Colón, en Madrid, fue una explosión de alegría, desde luego. Aunque volver a oír esa cancioncilla alemana que exalta la España tópica me hace regresar al final del franquismo cuando, siendo adolescente, yo evitaba el fútbol y lamentaba vivir bajo una dictadura. Lo siento, pero esa pieza de mediados de los setenta me abochornaba entonces y aún me abochorna, produciéndome una alergia insuperable. Todavía me provocan rechazo el patrioterismo, la unanimidad, el belicismo coral y algo beodo: ése suele ser el contexto festivo en el que se canta dicha letra, tan espiritual, que habla de flores, de fandanguillos y de diestros con la gracia de un hidalgo español.
Qué bonito sería poder emocionarse sin remordimiento alguno, pero el franquismo contaminó demasiadas cosas de las que otros países se sirven sin problema. “Nuestra Marcha de Granaderos“, nos recordaba Javier Marías, es una pieza del siglo XVIII: ”no está nada mal, tocada suave y lentamente –de manera derrotista, sólo la he oído una vez–, llega a ser casi tan melancólica y poco ofensiva como la cuerda de Haydn cuando es sólo cuerda. Es difícil, sin embargo, que la pieza no resulte más bien odiosa, al menos para nuestra generación, que la oyó demasiadas veces en desfiles y presididos por la mano floja que subía y bajaba como un paso a nivel, qué barrera”, concluía.
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4. Observador participante (2 de julio)
Dice Juan Planas en su comentario del 2 de julio que le resultan curiosas nuestras palabras sobre los himnos. Confiesa no haber sentido nada ante ningún sonsonete o señera: nada de todo eso que nosotros decimos padecer. Lejos de tomárselo como una carencia –la carencia de un sentimiento positivo o negativo que otros experimentan–, el poeta afirma disfrutar únicamente con las cosas que le gustan. Bien mirado, es un buen programa de vida: tomar de ella sólo aquello que nos procure placer y sólo cuando nos lo procure. Insisto: no parece un mal plan…, siempre y cuando podamos costeárnoslo materialmente (incluso la austeridad obliga a desembolsos); siempre y cuando nuestra psique tenga una fina película protectora que nos evite la sensibilidad indeseada; siempre y cuando rijamos nuestar conducta con mano de hierro, expulsando aquello que nos contraríe o nos produzca disonancia moral o cognitiva. O, mejor aún, siempre y cuando lo externo, eventualmente dañino o ansiógeno, lo asimilemos como fuente de dicha o empeño autocreador: a eso aspiro yo.
Los himnos –o despotricar contra los himnos– no me producen especial angustia: son un estímulo reflexivo que me saca de mi aturdimiento, de mi nirvana o duermevela. Me gusta estar en activo y, desde luego, los sones patrióticos que tanto detesto me sirven para ponerme en guardia. En el mejor sentido: pensando sobre lo que no me agrada. Así evito tomar como natural, normal o familiar lo que sólo es histórico, contingente: por supuesto es una manera de desfamiliarizarme. Pero es también una manera de preguntarme sobre lo obvio, sobre aquello que a tantos otros sí conmueve. Ni el fútbol, ni los toros, ni la America’s Cup –que se celebrará o no en Valencia– son acontecimientos que logren intersarme vivamente. Como mucho, son eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, en célebre expresión de Machado. Bueno, más o menos: más o menos acontecen consuetudinariamente, es decir, frecuente, periódicamente; y más o menos en la rúa, es decir, son externos y multitudinarios.
Según le dije a Miguel Veyrat hablándole de la Fiesta, yo observo esos hechos (en el sentido sociológico) sin gran emoción y, como mucho, con un interés erudito, de observador distante. Me pasa igual con las fiestas populares. Perdonen la pedantería: en antropología, el observador participante mira a los nativos, sus costumbres ancestrales, sus formas de sociabilidad, sus ritos, sus normas y su convención. Toma nota y se interesa por cosas que no le apetecen o que, incluso, le producen rechazo, pero entiende que esos eventos efectivamente consuetudinarios merecen ser registrados. No se le puede pedir que, además, los apruebe. Tampoco se le puede pedir que adopte ante ellos una actitud indiferente. En su Diario de campo en Melanesia (A Diary In the Strict Sense of the Term), el gran Bronislaw Malinowski protestaba contra los bárbaros nativos y sus costumbres: el observador participante mira, anota y deplora lo que no le gusta. Al final, lo que no le gusta es lo que le despierta, lo que le saca de su modorra.
Creo que muchos de los que aquí intervien hablando de los himnos manifestan ambivalencia u oposición, como hacen Kant o Alejandro Lillo o Arnau Gómez, y creo que no lo hacen porque sean nacionalistas encubiertos de la parte contraria, antiespañoles emboscados, sino porque les producen sentimientos contradictorios lo que ven y lo que escuchan: como Ana Serrano cuando cantaba algo improcedente (La Marsellesa) o como Marisa Bou cuando en tierra extraña se emocionaba a los sones del pasodoble valenciano. En cuanto a mis emociones, pues qué quieren que le diga… Al nacer aquí –o allí– se me fuerza a ser miembro participante de una comunidad de costumbres, tradiciones y atavismos. Yo sólo deseo ser un observador participante… que se irrita y despierta y lee. Tal vez por eso, sr. Duarte, leo con interés campechano las declaraciones de Luis Aragonés, un tipo –por cierto– que canta endiabladamente mal hasta el himno más ligero. No sé si tomarlo como un informante, como un hechicero o como el jefe de la tribu.
Variedades
Sin palabras. ¿Leer más?
Los himnos. Leer más.
Entre flores, fandanguillos y alegrías. “…En las tardes soleadas de corrida, / la gente aclama al diestro con fervor / Y él saluda paseando a su cuadrilla, / con esa gracia de Hidalgo Español / La plaza por sí sola vibra ya, y empieza nuestra Fiesta Nacional / Por eso se oye este refrán / ‘Que Viva España’…”. Leer más.



