Teoría del ciberinsulto
13 Septiembre 2006
Hoy nos ponemos graves. Les pido disculpas por hablar tanto y tan seguido con terminachos académicos. Hoy, insisto, nos damos a la teoría, como quien se entrega a un vicio inconfesable o como quien se embriaga con sus propias palabras. Tal vez nos suceda esto, pero de eso, de las palabras, buenas y malas, es de lo que ahora hablamos, de la cortesía y del insulto.
Dicen Sergio Bufano y Jorge S. Perednik que, puestos a hacer una reflexión sobre el vituperio, habría que distinguir entre aquellos vocablos que son insulto y aquellos otros que calificamos de malas palabras u obscenidades. Las últimas, añaden, pertenecen al dominio público, a los usos corrientes que hay en una comunidad lingüística, usos que permiten evacuar malos humores, manifestar estados de ánimo, expresarse con muletillas vistosas. En cambio, el insulto, que pertenece por principio al ámbito privado y corresponde a la iniciativa individual, se elabora y se enuncia contra un destinatario particular. Podemos pronunciar malas palabras en voz baja, podemos injuriar a Dios y a los suyos por querer lamentar nuestra condición, podemos ensuciarnos la boca con toda suerte de obscenidades, pero esas iniciativas van más allá de lo propio o doméstico o privado, pues dichos recursos verbales son un riqueza idiomática gestada en el dominio público que ofende en términos generales, que vulnera ciertos límites de la moralidad.
En cambio, el insulto no es una mera recuperación de enunciados públicos ofensivos: su principal objetivo es deshonrar a alguien. Quien insulta realiza el escarnecimiento de una persona valiéndose para ello de las malas palabras, voces que, curiosamente, primero fueron injurias particulares, injurias que por su éxito, ocurrencia, chispa o logro acabaron ingresando en el patrimonio de esas malas palabras colectivas. “Las dos clases de palabras mencionadas”, precisan Sergio Bufano y Jorge S. Perednik, “se cruzan y retroalimentan: el insulto usa como materia prima las malas palabras, mientras que el corpus de malas palabras de un cualquier idioma se nutre de las injurias exitosas, las que han causado la conmoción o sorpresa que la injuria pretendía”. Porque, en efecto, la injuria suele llegar a oídos de terceros, “además de los destinatarios, y obtiene su aprobación, cuando no su complicidad. Si esto ocurre se cumple el mecanismo alimentador de la lengua: la (mala) palabra es incorporada por la comunidad para el uso de todos”, apostillan.
¿Cuáles serían las características generales del insulto? Para que haya insulto debe vivirse o experimentarse algún conflicto implícito o explícito, una provocación, un fastidio grave cometido por alguien, actividades frente a las cuales habría la imposibilidad objetiva o subjetiva de enfrentarlas de otro modo. De ahí nace la violencia verbal. En segundo lugar, para que pueda hablarse de insulto propiamente, el vituperio ha de hacerse en determinado contexto, es decir, necesita un marco de significado que le dé sentido y que permita ser comprendido como tal. Abstraído de dicha circunstancia, esa mala palabra funciona en la comunidad lingüística como otra mala palabra más. Ya lo decía Ludwig Wittgenstein: no me pregunten por el significado de las palabras; pregúnteme por su uso, un uso cuyo conocimiento sólo puede averiguarse bajo un marco que le confiere su sentido particular. Los juegos lingüísticos de los que hablara el filósofo austríaco no describen la semántica de ciertos enunciados sino su pragmática. Somos hablantes que actuamos en contextos particulares y con una intencionalidad igualmente particular.
En tercer lugar, en el insulto, más que la palabra en sí, lo que de verdad agravia es esa intencionalidad particular, el deseo expreso de vituperar, el animus iniuriandi, pero el ánimo no sólo se cumple en el designio de quien escarnece, sino en la percepción de quien se siente ultrajado. En cuarto lugar, el insulto, que generalmente lo vemos como algo gravísimo, como una violencia verbal que daña a un tercero, es, sin embargo, un avance civilizado: puede ser motivo de agresiones físicas, puede provocar una colisión a trompadas, pero cuando sólo alcanza el estadio verbal es una sublimación de antagonismos o de agonismos guerreros. En ese caso, la violencia física a mamporros es sustituida por un enfrentamiento incruento que tiene algo de ordalía ritual, simbólica, en la que se descargan aquellos malos humores de los que partíamos. Jorge Luis Borges recomendaba ciertas formar en el arte de injuriar. Si el vituperio es un avance frente a la pura violencia física, si es una sofisticación que nos aleja de la fuerza bruta, entonces puede haber una techné del insulto y un refinamiento de esa práctica. Techné y refinamiento permiten hablar de arte, del arte de injuriar y éste se logra, según explicaba Borges en su Historia de la eternidad, cuando nos valemos de una habilidad especial para denostar haciendo uso del humor, mostrando agudeza, atacando con una andanada ácida, irónica.
Pero en todo caso, en esta aproximación teórica al insulto, nos falta aún algo fundamental: la persona injuriada. Para que pueda hablarse propiamente de denuestos, de ultrajes, debe haber un individuo vituperado, alguien que se sienta así, que se reconozca como tal. Ahora bien, esas cosas suelen suceder en la vida real. En el mundo virtual de Internet, aquel en el que se ha impuesto el nick como máscara o defensa tras las que emboscarse, el ultraje no es tal: a lo sumo, esa mala palabra se dirige contra una careta o disfraz que alguien emplea como embozo. Por tanto, los insultos para sentirse como tales han de humillar a alguien con características reales, no a un rótulo que carece de atributos personales.
Más aún, en Internet, un alias no siempre oculta a la misma persona, sino a varias que se valen de ese nick. O, incluso, aunque el apodo sea el de una sola persona, es probable que sea el disfraz de distintos estados de ánimo, de un yo múltiple que se desdobla haciendo de la incongruencia el nuevo modo de vivir la pluralidad incoherente de la vida. O, como dijera Sherry Turckle, a muchos Internet les ha cambiado el tipo de personas que son o creen ser, pues la adopción de nicks les ha facilitado verse a sí mismas como fluidas, variables, emergentes, descentradas, flexibles, misceláneas, sin compromisos estables. Por tanto, cuando una persona que firma con nombre y apellidos ultraja a un alias que se expresa, ¿quién siente la afrenta? ¿Un flatus vocis?




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