Terrorismo y Concepto

17 Octubre 2006

 terrorismo.jpg  soldado.jpg¿Cómo deberíamos llamar a los combatientes que se oponen a la nueva administración de Bagdad? ¿Cómo tendríamos que calificar a los suicidas que se enfundan con bombas para dañar a quienes consideran sus enemigos? Son éstas preguntas que hemos visto planteadas en la prensa durante estos últimos meses. Los combatientes de Irak son grupos e individuos que ponen explosivos, que matan a cientos de personas, que destruyen edificios, que arruinan un país. Insisto: ¿cómo llamar a esos fieros beligerantes? ¿Terroristas o resistentes? En principio no hay dudas: hay que llamarles terroristas. Y punto. ¿Y punto? ¿Cuál es el problema?  

La palabra resistente tiene un gran prestigio en la historia política como consecuencia de la oposición armada al fascismo y al nazismo, tarea de oposición que dio una gran reputación a quienes se enfrentaban por todos los medios a aquellas dictaduras. La Resistencia francesa, por ejemplo, goza de una merecida fama y, para el propio imaginario galo, es un ejemplo de dignidad en medio de la ignominia del régimen de Vichy. Pero la Resistencia francesa empleó métodos terroristas, justamente para oponer resistencia a los ocupantes alemanes y a los compatriotas que colaboraban con el sistema impuesto. No hemos querido reflexionar públicamente sobre este asunto: como los nazis encarnaban el mal absoluto, hemos pasado por alto el hecho de que los resistentes adoptaran métodos terroristas. Como Mussolini fue un dictador fascista, el dictador fascista por antonomasia, también hemos pasado por alto cómo ajusticiaron al odioso tirano y a Clara Petacci.  

En los últimos días he leído en la prensa española un par de artículos sobre estos problemas de lenguaje, pero ahora referidos a los fanáticos islamistas que aquí y allá se involucran en una actividad violenta, terrorista. Estos problemas de lenguaje son también los de la Administración Bush. La lucha contra el terrorismo la denominaron Guerra contra el Terror  convirtiendo, pues, un fenómeno nuevo (el terrorismo global) en un asunto aparentemente conocido: una Guerra Mundial con un enemigo reconocible. Pero tras esta operación hay dos cuestiones.  

Primer problema: El frente de batalla. En este caso, en el de Irak y en el del terrorismo islamista, ¿dónde está el frente? Como admitía recientemente Umberto Eco en una entrevista, “desde la guerra del Golfo, la guerra ya no se desarrolla entre dos líneas de frente netamente separadas, y las nuevas tecnologías de comunicación permiten, de Bagdad a Washington, flujos de información que nadie puede detener y que desempeñan el papel que tenían antes los servicios secretos. La guerra produce una inteligencia permanente con el enemigo. Desde el 11 de septiembre, la guerra ya no concierne a dos países opuestos. Se enfrentan, por un lado, la comunidad occidental, y por otro, el terrorismo fundamentalista, que no tiene patria ni territorio. Peor aún, el territorio más seguro para el terrorista es el mismo país al que quiere amenazar y cuya tecnología y armas adopta (se han destruido dos torres estadounidenses con dos aviones estadounidenses); el enemigo vive en la sombra. Aunque el fin de todo acto de terrorismo no es solamente matar ciegamente a algunas personas, sino también lanzar un mensaje destinado a desestabilizar al enemigo, desde el momento en que los medios de comunicación retransmiten estos actos (y no pueden evitar hacerlo), colaboran de hecho con el enemigo”.  

Perdonen la inmodestia, pero me alegra coincidir con Eco. Según escribí en enero de 2005: “La circunstancia actual me ha hecho evocar una película, Which Way to the Front? (1970), de Jerry Lewis. Ustedes la recordarán: al principio de la Segunda Guerra Mundial, un rico ostentoso, Brendan Byers III, interpretado por Jerry Lewis, un magnate, en fin, quiere alistarse como voluntario en las tropas del frente europeo. Es rechazado, sin embargo, por un Tribunal del Ejército. Brendan Byers III no renunciará a su sueño, empeñado en ser partícipe del conflicto, como un nuevo y torpe Fabrizio del Dongo en Waterloo. Organizará un ejército financiado por él mismo, una tropa formada por unos pocos, tan ineptos como él. Su propósito era noble: armarse de valor para combatir fieramente al enemigo nazi. Pero… ¿dónde está el frente? Las guerras tienen frentes, incluso trincheras, enemigos reconocibles, uniformados, alineados, con banderas, con bayonetas. En las contiendas hay artillería y aviación, dos ejércitos combatiéndose y sobre todo unas imágenes censuradas. En Irak no parece haber esto. Se decretó el fin de las hostilidades, se proclamó cumplida la misión, se auguró una reconstrucción, se habló de democracia para el porvenir. De momento, sin embargo, el resultado de dicha operación es un proscenio bélico, un campo de entrenamiento para terroristas y, además, a la vista del mundo entero, con explosiones suicidas que se registran en directo, con ajusticiamientos atroces que se difunden por la Red”. 

Segundo problema: La definición del enemigo. Si el combate contra el terrorismo islamista lo definimos como una Guerra Mundial (cuyas vicisitudes ya conocemos), entonces el enemigo también puede ser calificado en un términos reconocibles. Por ejemplo, islamofascismo es un hallazgo idiomático de la Administración Bush: si bien se mira, es una manera muy extraña de calificar al oponente al que habría que derrotar. Por un lado, hace de la memoria antifascista un aliado retrospectivo de la nueva guerra; y por otro, subsume el islamismo bajo las formas reconocibles del totalitarismo.  El fascismo fue un comunitarismo extremista, generalmente ateo o religiosamente indiferente, fundado en los lazos primarios de la Nación, una nación guiada por un Líder, siempre de origen modesto como la mejor encarnación del pueblo; fue un movimiento organizado militarmente en milicias o escuadras que empleaban la intimidación violenta y visible contra los enemigos de  clase o los oponentes de las formaciones antinacionales; fue una experiencia política en la que un partido aspiraba a la toma del Estado, a adueñarse de todas sus instituciones para así imponer ese aparato sobre la sociedad civil, sobre las instancias intermedias, a las que invadiría o propiamente haría desaparecer. Como ya dijimos tiempo atrás, el fundamentalismo islamista no es exactamente eso. Siguiendo a Bernard Lewis, en el islam moderno, la nación no es  una referencia central de su organización política, entre otras cosas porque las estructuras estatales se ven como herencias o artificios coloniales: la unidad política real es, por el contrario, la comunidad de los creyentes, algo transnacional. Por tanto, llamar a los terroristas islamofascistas es un enredo conceptual de grandes dimensiones. 

¿Y por qué este lío expresivo? Desde antiguo, los fenómenos nuevos, inauditos, tendemos a identificarlos con un léxico previo con el fin de conjurar fantasiosamente lo que ignoramos y, sin embargo, eso no reduce el proceso desconocido y las consecuencias inusitadas del acontecimiento. Creo que tenemos serio problema con la violencia extrema del islamismo, con los atentados, con las amenazas…, y creo que tenemos un grave asunto con el lenguaje. Los periodistas, los historiadores, observan la realidad, pero esa realidad no es un dato que se imponga sin intelección alguna. Necesitan un armazón conceptual que les permita entender qué tienen ahí enfrente, qué significado hay que darle para después transmitírselo a los lectores. ¿Me refiero al lenguaje? Resulta obvio que es así, pero esa afirmación es insuficiente porque con los lectores no sólo compartimos un idioma del que nos servimos, sino también ciertos significados de las cosas, el sedimento histórico que las palabras tienen. Decía Umberto Eco que el proceso de comunicación (que inicia un periodista, pero que empieza también un historiador) comienza no con un mensaje, sino con la puesta en marcha de varios códigos. Esos códigos someten el hipotético mensaje a transmitir a una serie de reglas expresivas de modo que pueda hacerse llegar a través de algún canal. Si los lectores compartimos los códigos, entenderemos el idioma del redactor, entenderemos los usos verbales, entenderemos también qué nos quieren decir expresa o implícitamente, los datos explícitos y los sobreentendidos. Pero sobre todo entenderemos de qué cosas nos hablan, qué es eso que hay ahí fuera, qué es lo que ha ocurrido, cosas a las que el emisor alude.  

Pues bien, el nuevo terrorismo es un fenómeno efectivamente reciente e inaudito, para el que nos faltan referencias, una conceptualización en la que se  están empeñando los mayores expertos (no sin polémicas) y que no tiene por qué coincidir con la designación que a esos hechos les dan los Gobiernos y las Administraciones. Hay un mundo externo, referencial, que funciona o sucede al margen de la voluntad del observador, sea éste un reportero o sea éste un investigador, pero ese mundo necesita, en efecto, de alguien que lo atisbe, que lo escrute y que, al final, sepa relatarlo, explicarlo e interpretarlo poniendo en orden los datos. Para narrar, los cronistas (de la índole que sean) precisan un dato documentado y un vocabulario cierto: un léxico que aluda a algo externo que se quiere aclarar, pero sobre todo los cronistas necesitan los conceptos, las nociones generales y abstractas con las que indicar los datos concretos. Pues bien, pese a los cinco años transcurridos desde el 11-S aún estamos en esa fase previa, aquella en la que distinguimos a qué refriegas nos enfrentamos y con qué rótulo calificamos al enemigo.

Nadie conoce a nadie

13 Octubre 2006

  vetedemi.jpg  Crees conocer a una persona y de repente te sorprende con un giro inesperado, señalándote el ultraje que tú le habrías infligido sin saberlo o agradeciéndote una deferencia, una cortesía que no recuerdas haberle hecho. Nos levantamos cada día pensando que hoy es ayer, que todo sigue igual y súbitamente el pequeño destino cambia: el significado que debes darle a las cosas, el sentido con que te conduces. Creemos posible hacernos un porvenir y de repente descubrimos que todo propósito sólo es una prerrogativa accidental o una parca casualidad. Todas aquellas cosas que nos importan, como la paternidad, el amor, la amistad, tardan en lograrse y, una vez obtenidas, pueden disiparse. Ignoramos qué nos espera y ese dato banal cobra una fatalidad dramática y retrospectiva, una premonición.  

No hay aburrimiento posible en las relaciones humanas, no hay rutina ni repetición; hay siempre sorpresa, pesquisa y novedad. A pesar de lo que queremos creer, la identidad del hijo, del viejo camarada o del que creemos nuevo amigo no lo conocemos, ni su rostro ni sus pliegues internos. No hay nada dado de antemano, no hay amistad asegurada, hay riesgo y hay fantasmas que emergen, que se desbordan y que muestran rencores o afectos, emociones que no sospechábamos.  

Internet ha agrandado esa dimensión ignota de nuestros corresponsales o amigos. No ves el rostro, esa máscara que creemos reveladora de la identidad y de los humores, sólo un nombre propio o un nick que sirven para identificar y para ocultar, para acercarnos y para decir adiós. Pero entre esa voz que no oyes, entre esa expresión escrita y tú hay un abismo infranqueable: no puedes acceder y tu pesquisa siempre se queda corta. En realidad, las relaciones humanas siempre se quedan cortas. Hasta en el cara a cara, el otro tiene una densidad y un parapeto que te impiden averiguar lo que quieres saber o que te hacen suponer que sabes algo de lo mucho que esconde.  A pesar de lo que queremos creer, no conocemos la epidermis ni los pliegues interiores del ser amado, como no conocemos del todo las demandas de nuestro propio cuerpo, las urgencias, las tentaciones, los desajustes. Adentrarse en lo cotidiano entre personas que creemos conocer no tiene nada de ordinario, pues nada hay de antemano, nada hay de lealtad asegurada: sólo una intimidad reflexiva que ignoras, que no siempre aceptamos o que no siempre sospechamos y que se sobrepone a la vida pública con la que se muestran o nos mostramos. 

Pensaba en estas cosas después de haber visto una excelente película española: Vete de mí (2006), de Víctor García León. Interpretada por Juan Diego y Juan Diego Botto, la historia que se cuenta es la de un derrumbe, la de un actor ya viejo, Santiago, que sobrevivía felizmente representando vodeviles en teatros de segunda, piezas dramáticas de salón, para un público poco exigente, quizá adocenado. Su existencia no es envidiable, pues muchos de sus sueños se han evaporado o han sido desmentidos por la realidad tozuda. Pero, a pesar de todo, ha conseguido rehacer su biografía después de un primer matrimonio: vive en un pequeño apartamento con una mujer más joven a la que quiere y con la que comparte el trabajo. En efecto, su enamorada representa un papelito en ese vodevil: poca cosa, pero lo suficiente como para pensar en que ambos son actores que comen de su trabajo. Todo empieza a hundirse el día en que en casa de Santiago aparece el hijo que tuvo de su primer matrimonio: es un joven de treinta años, un soltero ya machucho (aunque de aspecto aniñado) que dice haberse ido de casa de su madre. Por haberse enemistado con ella pide auxilio al padre para pasar allí, en el apartamento, sólo unos días.  

Esos pocos días se alargan, los suficientes como para que el progenitor descubra cómo es o cómo cree que es su hijo.  No tiene oficio ni beneficio: dice haber empezado mil carreras y haber trabajado de esto y de aquello, de nada, en fin. Pero sabe ser atractivo, seductor: fascina a las mujeres e irrita al padre. Por su simpatía, por su entusiasmo, todo parece que se le perdona, pero su actitud  es destructiva y eso el espectador lo ve: parece que con lo que dice sabe manipular a los demás, palparles la parte más frágil o más débil o más necesitada de cariño. Puede hacérsenos detestable, justamente porque estamos viendo cómo empieza la destrucción del  padre, un derrumbe que es autodestrucción. ¿Por qué razón? Porque la simple convivencia de ambos remueve un interior amansado o remansado.  

Durante esos días, el hijo hará preguntas acerca del pasado, pero sobre todo hará que el interlocutor –el padre– se plantee interrogantes sobre la existencia ordenada que cree disfrutar o sobre el determinismo cobarde con el que parece haber aceptado sus derrotas y renuncias. Con amargura, el viejo distingue lo que no quería ver: su propia mediocridad, que durante tanto tiempo tapó creyéndose mejor de lo que era… Ahora bien, el hijo no se va, no se aleja, queda allí también adherido a esa mediocridad demolida que es su padre, sin nada que ofrecer, compartiendo la soledad y disputándole unos tallarines fríos. No hay más, no hay nada. El padre ha vivido su existencia protegiéndose con respuestas falsas y reparadoras, defensas contra su propia decepción, con frases hechas, con esquematismos, con soluciones triviales. 

Pero sobre todo ese viejo ha alcanzado la tercera edad creyéndose una fábula conspirativa: si no ha podido llegar a más ha sido por culpa de los restantes o del teatro, de esa profesión en retroceso que, además, no lo ha reconocido.  El hijo también queda derribado por su propia miseria, por su desidia, pero sobre todo por sus quimeras de excelencia: como cree ser alguien destinado a cumplir altas metas no puede conformarse con lo cotidiano, con un trabajo regular y con una felicidad ordinaria. La solución de ambos, desde luego, era no haberse encontrado (o, mejor, reencontrado), de modo que esa relación enfermiza no los desarbolara. Como el hijo ha regresado a casa del padre y la experiencia es desastrosa por lo que remueve, la salida menos destructiva habría sido la de romper ese lazo, dejar de hablar entre ellos, no hurgar en las heridas del viejo. Había tiempo para frenar aquello, para huir.  

Y esa fue la ruina de ambos o, quizá, la ruina de los seres humanos: pueden soportarlo casi todo, la mediocridad, la mentira, la propia falsedad, siempre que la vida íntima y  las fantasías que las animan no se toquen. “Esa vida de fantasía, la vida íntima a la que me estoy refiriendo, tiene una propiedad formidable: hace al sujeto omnipotente en esa realidad”, precisa Carlos Castilla del Pino. “Gracias a la vida de la fantasía, forma figurada del deseo, podemos soportar esa otra vida a la que habitualmente reservamos el calificativo de real, la externa a nosotros, la vida social, preñada  de frustraciones, errores, desengaños y sufrimientos”, insiste. “La fantasía, que nadie lo dude, es la ortopedia del sujeto”, apostilla Castilla del Pino.   

Viejo y joven, interpretados por Juan Diego y Juan Diego Botto, destapan sus fantasías respectivas, levantan su ortopedia, muestran su indigencia y se derrumban: nadie conoce a nadie –ni siquiera a uno mismo– hasta que no se quitan esas defensas con que nos hemos protegido. ¿Y qué descubrimos? Generalmente, el vacío. Punto.

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ATENCIÓN: mantenemos hoy lunes 16 de octubre esta entrada del fin de semana. Por problemas técnicos del servidor, este blog no ha podido leerse en los últimos días. Por fin se ha solucionado la avería. Mañana martes nueva entrada. 

La máquina del tiempo

11 Octubre 2006

  davis.gif    11 y 12 de octubre de 2006

Acaba de aparecer un libro en cuya traducción he participado. La versión al castellano la hemos hecho Anaclet Pons y yo mismo. Lo edita PUV y lleva por título Pasión por la historia. Se trata de un libro en el que Denis Crouzet entrevista con Natalie Zemon Davis, la gran historiadora norteamericana. Les recomiendo vivamente el volumen. Es un auténtico manual de instrucciones: un texto reflexivo en el que Davis detalla con perspicacia y memoria lo que ha sido su tarea como investigadora. Otro día volveré sobre este libro, sobre sus contenidos. Ahora bastará con señalar que en sus páginas queda muy claro qué distingue a un historiador de un amateur, qué le diferencia de un reportero o de un novelista o de un poeta, a pesar de que la obra de Davis muestre coincidencias con las tareas que éstos emprenden. Ella regresa al pasado francés como si de un corresponsal se tratara, intentando transmitir a sus lectores de hoy lo que es un mundo distante, ajeno, con valores que no son exactamente compatibles con los nuestros; ella se plantea el problema de la ficción y la relación o no que ésta pueda tener con la escritura de la historia, ese espacio jamás visto que se alberga en los archivos y que hay que hacerle ver al destinatario; ella se plantea, en fin, la función de la palabra, el papel que desempeña la comunicación, pero también la expresión en sí, aquello que no siempre es comunicable, aquello que es abstruso y que forma parte del mundo de percepciones de los antepasados. A la postre, su ejercicio como historiadora es una traducción: la traslación de un repertorio de experiencias ajenas que se condensan en palabras y en imágenes… 

Nosotros, quienes hemos traducido el libro, creo que experimentamos una pasión por la historia semejante a la de Natalie Zemon Davis, pero, también como ella, nos hemos planteado reflexivamente ese ejercicio práctico de traducción: una historiadora que se expresa en inglés, que se ocupa de temas franceses –de la época moderna– que no son inmediatamente accesibles o comprensibles. Si lo pensamos bien, la tarea del historiador se asemeja, es cierto, a la del traductor, incluso a la del intérprete: debe transportar un repertorio de referencias a unos destinatarios que las ignoran… En eso consiste, precisamente, la historia: en sondear un espacio ignoto –normalmente, un espacio escrito que se conserva en los archivos— para interpretar textos que son versiones del mundo, textos mutilados, llenos de sobreentendidos, evidencias que nos resultan incomprensibles. En eso consiste, justamente, la traducción.  

Digo traducción y me acuerdo inmediatamente de un artículo de Fernando Savater. Me da la risa. Aunque tiene más de diez años, todavía me acuerdo de mis carcajadas. Me desternillo aún cuando lo releo. Reproduciré para ustedes el párrafo más cómico. Se trata de un artículo fechado en febrero de 1995 cuyo título era Menosprecio al castellano.  Decía: es deplorable el estado de “los folletos de instrucciones de algunos aparatos que se venden en España”, pero no por la impresión, por el papel o por la tinta, sino por la lengua que emplean. “Supuestamente redactados en varios idiomas, al llegar al castellano” es triste confirmar que manejan “una jerga no ya incorrecta, sino ininteligible y paródica”, constataba Savater.  

“A uno de mis hermanos le regalaron estas navidades un calentador de toallas, cuyas normas de manejo venían, al parecer, en inglés, alemán, francés y castellano. Las tres primeras lenguas, con mayor o menor propiedad, resultaron reconocibles, pero las reglas en castellano desafiaban al más fino hermeneuta. Verbigracia: una de las recomendaciones importantes nos prevenía así: “Para evitar quemadura acaso, no deje desnudo piel alcanzar caliente superficie, reserva superior barra cuando mudando”. Más claro, agua. Otra imprudencia posible quedaba no menos nítidamente advertida: “No opera cerca de niños o inválidos, siempre que su toalla calentador es dejado operado y no concurrido”. En efecto, ni a un calentador de toallas le gusta que le operen y luego nadie le concurra. Y también, por si acaso: “No arrolla cuerda cuando en servicio a evitar calor levantado”. Lo del “calor levantado” es un hallazgo que les sugiero a próximos concursantes al premio de La Sonrisa Vertical, usen o no toallas”. 

No me pregunten por el calentador de toallas: no he llegado aún a esa sofisticación del confort. Cuando el buen tiempo lo permite me valgo de toallas tendidas y aireadas en la terraza. Cuando el relente valenciano del invierno mantiene húmedo su paño, entonces llenamos nuestra casa de tendederos, qué le vamos a hacer. Es decir, que en Navidades te regalen un calentador me puede parecer el colmo del consumismo tonto. O no, tal vez no. Eso que contaba Savater con tanta guasa ocurría diez años atrás: hoy en día, el colmo del gasto quizá sea ese último teléfono repleto de prestaciones que tantos ambicionamos. En fin… 

Lo que me llamaba la atención del artículo de Savater era su porfía en favor de la buena traducción. Queremos pensar que la poesía es una de las más exquisitas creaciones humanas. Justamente por eso, su traducción exige un esfuerzo muy notable, descomunal incluso. ¿Por qué razón? Porque la recreación del poema obliga a trasladar no sólo el logro verbal, sino también las imágenes en él contenidas, las experiencias allí acumuladas o incluso las vivencias incomunicables que se han forjado a través de una lengua particular. En un texto poético resuenan miles de voces: es efectivamente polifónico y a poca virtud que se alcance ese poema encierra otros textos que lo anticipan, que lo prefiguran y de los que esos versos son su consumación y recreación. Precisamente por esto, como decía Octavio Paz refiriéndose a la poesía, “cada texto es único y, simultáneamente, es la traducción de otro texto. Ningún texto es enteramente original, porque el lenguaje mismo, en su esencia, es una traducción”, añadía. “Pero ese razonamiento puede invertirse sin perder validez: todos los textos son originales porque cada traducción es distinta. Cada traducción es, hasta cierto punto, una invención y así constituye un texto único”.  

Ésa es una de las paradojas de la traducción, la posibilidad o no de repetir, de decir casi la misma cosa, como reza uno de los últimos libros de Umberto Eco, dedicado precisamente a la traducción: Dire quasi la stessa cosa. La poesía  obliga a un gran esfuerzo “translaticio”, por la dificultad que supone capturar esas imágenes, esas voces que aún resuenan, esa tradición o esos libros que hasta el poema llegan. Pero, si lo pensamos bien, incluso en textos más banales, el empeño a que obliga la traducción es notable. Como decía Karl Popper en su autobiografía, Búsqueda sin término,  “cualquiera que haya hecho alguna traducción, y que haya pensado sobre ello, sabe que no existe ninguna traducción de un texto interesante que sea gramaticalmente correcta y además casi literal. Toda buen traducción es una interpretación del texto original; e incluso iría más lejos y diría que toda buena traducción de un texto no trivial ha de ser una reconstrucción teórica (…). Incidentalmente, es un error pensar que en la tarea de traducir un fragmento de un escrito puramente teórico. No son importantes las consideraciones estéticas”.  

¿Es un texto trivial un manual de instrucciones, aquel en el que se detalla al funcionamiento de un calentador de toallas? Indudablemente no: la simple, la alocada  incorrección del caso que contaba Savater puede dañar el buen funcionamiento de la máquina. Cuando adquirimos un electrodoméstico, solemos ignorarlo todo o casi todo de su mecanismo. ¿Cómo aprendemos a hacer un uso adecuado de dicho aparatito? O bien disponemos de un conocimiento previo de sus funciones básicas, de su utilidad práctica, que es fruto de una experiencia anterior; o bien recurrimos al manual que nos aclare qué ocurrirá si por azar pulsamos aquella tecla que su diseñador ha colocado allí. Al final, nuestra destreza de consumidores y ese librillo (cada vez más grueso, cada vez más librote) nos permitirán accionar correctamente el aparatito de marras. Eso…, siempre que el manual no nos dé instrucciones incomprensibles o aberrantes.  

Si el prospecto de un electrodoméstico no es exactamente trivial, ¿qué podríamos decir de un manual de instrucciones como el que nos propone Natalie Zemon Davis? Ella debe accionar un mecanismo complejo que es la historia, una suerte de artefacto que permite trasladarnos en el tiempo provocando en nosotros la impresión de haber estado allí, justamente en esa Francia moderna, en aquella tierra convulsa. Del recto entendimiento de sus claves depende la adecuada comprensión de nosotros mismos, pues la historia nos proporciona el contraste para nuestro propio autoanálisis. Si tan importante es, ¿cómo no íbamos a cuidar la traducción que hemos hecho? Ahora bien, si nos hemos equivocado, entonces la lectura aberrante de ese manual de instrucciones dañará el funcionamiento de la comprensión y, por tanto, el mecanismo que sirve para accionar nuestra particular máquina del tiempo: la historia.  

   aidez.jpg  Cuando recordamos, la función de la memoria es siempre selectiva e incluso arbitraria, un mecanismo que se activa por estímulos internos y externos y que desentierra no los hechos pasados, sino la huella que aquéllos nos dejaron, un vestigio que puede ser vago, muy vago. Los individuos rememoramos con sentido y eso que regresamos al presente lo recubrimos con el significado que hoy le damos a las cosas pasadas, un significado que frecuentemente no se ajusta al que tuvo tiempo atrás. Las sociedades que organizan sus mecanismos de recuerdo, que erigen monumentos, que conservan sus huellas del pasado, actualizan esas épocas pretéritas con el fin de atribuir sentido a los actos de ahora. Pero esa memoria colectiva que las instituciones promueven para fines honestos o siniestros, para rendir justicia a los muertos o para organizar agresiones y enfrentamientos, no es exactamente equiparable a la historia. Mientras la memoria es sugestiva, completa, coherente, emocional, la historia que llevan a cabo los historiadores es problemática, incompleta, intelectual y analítica.  

Cuando durante estas semanas se habla de la ley de memoria histórica, suele hacerse para hablar de las víctimas. “A estos ciudadanos y ciudadanas exiliados –así como los llamados niños de la guerra—supervivientes ya de aquel trágico episodio de nuestra historia, el Congreso de los Diputados considera un deber rendir un tributo de admiración y afecto, por la lealtad a sus convicciones y el sufrimiento que hubieron de padecer por un golpe antidemocrático y una guerra impropios de una nación cuya razón de ser ha de estar en el respeto a los valores democráticos”. Eso decía la Proposición de Ley, la primera iniciativa emprendida en este sentido, a cargo del Grupo de Izquierda Unida.  Tiene fecha de 2 de diciembre de 2005. Las discusiones parlamentarias que después ha habido son muy reveladoras y en ocasiones muy equivocadas, pues suelen mezclar historia y memoria: en todo caso, expresan con mayor o menor contundencia esa idea, proclaman la necesidad de preservar los lugares de la memoria (en expresión del historiador Pierre Nora), denuncian el olvido entre la ciudadanía de lo que fue el régimen de Franco.

En los debates parlamentarios y mediáticos, la expresión deber de memoria aparece una y otra vez y aparece como si esto, el recuerdo histórico, fuera algo obvio y asociado inevitablemente a las víctimas: por tanto, como si los negociadores de nuestra Transición hubieran evitado expresamente a las víctimas en la definición política del nuevo régimen democrático. En el sentido que hoy se está planteando es así, desde luego. Pero como bien ha planteado el historiador Enzo Traverso en un libro estupendo y que hoy evoco en Levante, está fórmula (el deber de memoria) es algo reciente, una corriente que se impone en Europa a mediados de los ochenta  y ya en los noventa, como consecuencia entre otras cosas de la caída del Muro de Berlín. En efecto, incluso el espanto que mayores escalofríos nos produce (la Shoah) no empezó a ser considerado digno de memoria, la memoria de las víctimas, hasta fecha bien tardía: prácticamente hasta finales de los años setenta. Hasta entonces, Occidente pasaba rápidamente por un genocidio al que no solía mirar directamente. Es decir, achacar a los políticos de la Transición que no ajustaran cuentas con el pasado es una percepción nuestra, pero no una evidencia de entonces. Por otra parte, antes de que las víctimas se recuperaran aquí y allá para cumplir con ese deber de recordar, la memoria histórica aludía a algo bien distinto. Aludía al patriotismo evocador de los connacionales y de los antepasados, al nacionalismo conmemorativo.

Seguro que los mayores no lo habrán olvidado: hubo un tiempo en que la memoria histórica se empleaba para elevar la moral de la tropa –idealmente, la nación en armas–; para dar forma, hondura y antigüedad al espíritu nacional. No piensen sólo en el tiempo de la afirmación franquista: era también el recurso de todas las nacionalizaciones que comenzaron en el siglo XIX, el tóxico que envenenó a las masas en vísperas del 14, la solución que se daba una Europa guerrera que exaltaba el narcisismo de las pequeñas diferencias, por decirlo a la manera de Freud. Todas las naciones han demandado a sus súbditos la entrega sublime, el libramiento colectivo, para honrar la memoria de las víctimas… de siglos atrás. Hoy, felizmente, son cada vez menos los que aún confían en las propiedades de ese estupefaciente comunitario. La mayoría ya no sorbe dicho bebedizo: ya no acepta convertir la historia en esa memoria venenosa y sublime que irriga los vínculos primarios de la comunidad de origen o de pertenencia; ya no acepta inmolar la vida breve en el altar de la nación y de la historia para reparar faltas colectivas, deudas pendientes, antiguas batallas perdidas.  Cuando hablemos de víctimas, pues, hablemos de aquellas que han sufrido, que han padecido y que aún pueden transmitirnos su relato, pero también de aquellas que por haber muerto ya no pueden narrarnos su dolorosa experiencia. No hablemos de victimismo retrospectivo ni de nacionalismo conmemorativo y, sobre todo, no confundamos la justicia o la reparación debida con la historia.   

fraga.jpg  Es extraordinariamente interesante el repaso que ayer domingo le daba la prensa al estado de nuestra derecha. Por ejemplo, Abc se tomaba en serio el análisis de esa derecha reformista de la que el periódico se siente emisario o portavoz. De una parte, el director del diario, José Antonio Zarzalejos recordaba a aquel José María Aznar del año 2000, cuando el centrismo  sin complejos parecía la palabra de orden del partido, cuando los principales dirigentes no estaban condicionados por el discurso extremista que ahora les viene de fuera –dice– y que tanto beneficia a José Luis Rodríguez Zapatero. De otra parte, una entrevista en Abc a Alberto Ruiz Gallardón le permitía al entrevistado buscar ese reformismo, esa moderación  que consigna entre sus correligionarios y que peligra por el estrépito de la derecha extrema y externa (a la que, por cierto, Fraga también ha criticado recientemente). Hoy lunes, el periódico conservador vuelve a tratar este grave asunto en uno de sus editoriales. Celebra, otra vez, el liderazgo de Mariano Rajoy, auténtico heredero de aquella derecha centrista o reformista que habrían encarnado Manuel Fraga y el primer Aznar, y acaba diciendo: “las condiciones son, por tanto, muy favorables al PP, y lo seguirán siendo siempre que sea capaz de centrar el debate social y político sobre estos asuntos y no secundar la estrategia de crispación que, al alimón, están ejecutando tanto quienes, diciéndose afines a los populares, buscan anular su capacidad de maniobra e instalarlos en la radicalidad, como el Gobierno, para asegurarse una participación similar a la del 14-M y, por tanto, el voto del electorado de la izquierda más extremista”. 

Por otro lado, El País evocaba ayer domingo la fundación de Alianza Popular, de la que hoy se cumplen treinta años.  En el reportaje el diario reproducía unas palabras de Fraga pronunciadas justamente en 1976. Confiaba agrupar a la derecha reformista, decía: “Lo que estamos haciendo en AP es aislar a la extrema derecha y traer las fuerzas conservadoras hacia el centro”. Fue, qué duda cabe, una tarea interesante, de supervivencia personal y de reordenación del espacio político, cosa que se prolongó años después con la refundación del partido, con la creación del PP. A la vez, en el mismo diario, Karmentxu Marín le hacía una de sus entrevistas guasonas a Manuel Fraga. En una parte de la interviú, Marin hacía mención de una cita empleada alguna vez por el ex presidente de la Xunta de Galicia para alegrarse de haber promocionado a José María Aznar: “Si no vencí reyes moros, engendré quien los venciera”, reproduce Marín para preguntar inmediatamente: “¿Aznar es su engendro?”. La respuesta de Fraga es contundente y previsible: “No. La palabra engendro tiene dos significados. Yo le designé, y me alegro de haberlo hecho”.  

Estas palabras me han hecho recordar ciertas cosas… He releído el capítulo que José María Aznar dedica a su mentor, a Manuel Fraga, en su libro Retratos y perfiles. Justamente allí habla de la oportunidad que le dio permitiéndole encabezar el paso de Alianza Popular al nuevo Partido Popular. Y he releído también mis papeles, lo que escribí para mí… Es curioso: si atendemos a los esbozos que Aznar hizo en su último libro, el capítulo que dedica a Fraga es seguramente muy certero y a la vez bastante inmisericorde. Le tiene respeto, claro, le tiene admiración, una admiración debida, contenida, algo roñosa (como parece corresponder al carácter del ex presidente del Gobierno). Tal vez por eso hay también en sus palabras algo de reproche o de reconvención indirecta, el reparo de quien se ve justamente como el contraejemplo del retratado, el pero de quien valora la quietud y el sosiego en la toma de decisiones.  

En palabras de Aznar, Fraga siempre habría sido expeditivo, “un vendaval”: como esos individuos a los que les cuesta disfrutar de la lentitud y de la demora, de esa parsimonia en la que la vida se expresa y en la que están los mejores detalles de la existencia. Cuenta el autor que, siendo joven, veía a don Manuel, entonces ministro de Información y Turismo, acudir a un piscina de mucho ringorrango del Madrid más distinguido, la misma balsa a la que concurrían quien hace la semblanza y sus hermanos. “Aparecía con un bañador grande”, nadaba, tomaba el sol y se iba. “En total, venían a ser unos cinco o seis minutos”. Siempre las prisas, esas perentorias urgencias del que está muy ocupado y no dedica más que unos minutos al solaz o al descanso: siempre ese vendaval…, un ventarrón que, sin llegar a ser temporal, amenaza con arrastrar todo lo que encuentra a su paso, siempre esos apremios de quienes se jactan de trabajar más que nadie o de quienes llegan los primeros y se retiran los últimos.  

Cuando casi está por acabar el capítulo que le dedica, José María Aznar traza un perfil de Fraga de una precisión verdaderamente asombrosa. “Fraga es la encarnación misma de la pasión política. Vive por la política, para la política y de la política. Es su elemento, el único horizonte donde está cómodo, la única atmósfera donde puede respirar. No he conocido a nadie con una vocación política tan arraigada en su propia naturaleza, tan indiscernible de su identidad y de su carácter. Eso le ha proporcionado una increíble capacidad para sacrificarse por lo que él consideraba una causa justa o adecuada a los intereses generales, y también ese rasgo de carácter tan propio de Fraga que consiste en empeñarse en ser siempre el primero y marcharse el último. Fraga ha padecido más que nadie las consecuencias de esa ansiedad, que podía conducir a la precipitación, en algunos casos a la dispersión, en otros a una sobreactuación no siempre necesaria. El ritmo vertiginoso que imprimía Fraga a su actividad le llevaba a elaborar y articular proyectos sumamente valiosos, pero también a pasar demasiado de prisa sobre muchas cosas y a no rentabilizar como era posible hacerlo el ingente esfuerzo que estaba desplegando. Ahora bien, a esa energía le debemos nuestro partido. Fraga es el creador del Partido Popular y consiguió articular un proyecto en torno a esa gran visión”.

 Repasemos esos enunciados, los verbos que definen la actividad del retratado.

1. Vivir la política como pasión y ser ésta “el único horizonte donde está cómodo, la única atmósfera donde puede respirar” hasta el punto de ser “indiscernible de su identidad y de su carácter”. ¿Cuál ha sido, pues, la vida de don Manuel más allá de la política? Si hemos de hacer caso al autor de esta semblanza no hay atmósfera ni horizonte que no sea esa actividad. 

2. “Sacrificarse por lo que él consideraba una causa justa o adecuada a los intereses generales”. Capacidad de sacrificio por lo que uno mismo juzga adecuado o pertinente no significa necesariamente esfuerzo generoso, sino una visión cerrada, autosuficiente, incluso intolerante.

3.  ”Empeñarse en ser siempre elprimero y marcharse el último”. Quien llega el primero y se marcha el último demuestra empeño, laboriosidad, dedicación, pero quien destaca en otra persona esa obstinación diagnostica también un desmedido afán de protagonismo.  

4. Padecer “esa ansiedad, que podía conducir a la precipitación, en algunos casos a la dispersión, en otros a una sobreactuación no siempre necesaria”. La ansiedad es congoja, es desazón, es falta de sosiego que lleva, en efecto, a la premura, a la multiplicación improductiva y sobre todo a un exceso. Decir de Fraga que sobreactúa no tiene lectura positiva alguna.

5. “Elaborar y articular proyectos sumamente valiosos, pero también a pasar demasiado de prisa sobre muchas cosas y a no rentabilizar como era posible hacerlo el ingente esfuerzo que estaba desplegando”. Nuevamente, los apremios de quien carece de sosiego, de quien no sabe sacar un provecho razonable del empeño, del “ingente esfuerzo”, sólo pueden revelar a una persona que es incapaz de medir con lógica y mesura la tarea que realiza.  

¿Se puede decir más en menor espacio, con menos palabras y con una crítica más explícita? ¿Se puede reprochar de una manera más expresa? Con este perfil trazado, José María Aznar demuestra tener una maña increíble de retratista, pues le saca al personaje los claroscuros…

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Lo he recordado ahora que la prensa se apresura a esbozar la imagen de Fraga, treinta años después de que fundara Alianza Popular.

La insidiosa actualidad

6 Octubre 2006

prensa.jpg   Hace semanas fui entrevistado por Víctor Romero para El boletín de las Empresas. Me interrogaba por ser yo un blogger y un historiador. Fue muy amable y cortés. Cortés: algún día deberemos escribir sobre la cortesía, esa virtud tan necesaria en todo tiempo y más… en épocas convulsas. Pensaba que una parte de lo que en aquella interviú respondí ya no interesaba, pero echándole  un vistazo al cuestionario y a las respuestas, me he dado cuenta de la actualidad de los asuntos abordados y sobre todo de la insidiosa permanencia de ciertos problemas. No hay manera de desprendernos de lo que ya es pasado y aún nos incomoda… Desde luego, no quiero reproducir toda la entrevista, sino regresar a los asuntos que más convienen a este blog. En nuestra bitácora hablamos de historia, de política, de cultura, de medios de comunicación, entre otras cosas. Algunas de las observaciones que Víctor Romero me hacía y algunos de los diagnósticos que yo aventuraba siguen en pie y se relacionan con nuestras preocupaciones ordinarias. O eso creo. Juzguen ustedes.  

¿La historia es una ciencia exacta?

¿Una ciencia exacta? ¡Ni pensarlo! Es una disciplina sometida a reglas, rigurosa. O al menos aspira a serlo. Quiero decir: es un saber fruto de la investigación, desempeñado por profesionales, no por amateurs, un saber que a la postre tiene como principio la búsqueda de la verdad. Afirmar que puede ser una ciencia exacta me parece una exageración. 

Según Pío Moa, la guerra civil fue producto de una reacción a una revolución marxista en España. ¿Podría ofrecer una opinión sobre el punto de vista que tienen estos revisionistas de la historia como Moa o César Vidal?

Están Pío Moa y estos historiadores amateurs, aunque César Vidal no sea un historiador amateur, sino alguien graduado en historia… Pero al margen de la titulación la particularidad de todos ellos es que convierten el pasado en objeto de disputa contemporánea, una exhumación política. Establecen analogías apresuradas entre lo que son hechos históricos –que nos afectan y cuyos efectos todavía llegan hasta nosotros– y el presente. Operan de tal modo que proclaman una relación inmediata o una identificación estrecha entre el pasado y nuestro tiempo. Hasta tal punto es así, que si leemos el último libro de Pío Moa, el dedicado a Franco, bien pronto podemos advertir cuál es el objetivo del libro: no es evaluar al anterior Jefe de Estado, sino denostar a Rodríguez Zapatero, criticarlo radicalmente mostrando las lagunas o las insuficiencias del Gobierno actual. Obrar así contraviene los preceptos del buen historiador. 

¿España ha restañado sus heridas internas?

En todo país que ha pasado por una guerra civil o por una serie de guerras civiles es difícil que lo pretérito no sea objeto de forcejeo. Lo que ocurre es que ahora en particular y desde mediados de los noventa, desde que José María Aznar decidiera convertir el pasado en objeto de revisión y por tanto de querella, ciertos sectores de la derecha y de la izquierda han entrado al trapo y una nueva generación de gente más joven está convirtiendo los tiempos pasados y los hechos históricos en elementos de controversia actual, como si lo ocurrido varias décadas atrás pudiera ser restituido, enmendado o reparado.  

¿A qué atribuye el auge de los nacionalismos?

En principio, el nacionalismo no es un fenómeno carente de fundamentos. En el caso de España, las diferencias culturales que nos distinguen a unos y a otros se basan en las diversas lenguas que hay. Esas diferencias culturales y lingüísticas no son una impostura, no son algo artificioso, sino que están bien fundamentadas y han tenido un largo proceso y desarrollo. Lo que ocurre es que desde finales del XIX, desde el 98, desde que entra en crisis el Estado-nación decimonónico, el modelo político se ha convertido en objeto de disputa y lo español ha tendido a identificarse con una anomalía, con un fracaso. El franquismo agravó ese proceso al convertir todo lo español, o una parte fundamental de las tradiciones y del imaginario español, en la identidad antiliberal y antidemocrática del propio régimen.  

¿El PP es también un partido nacionalista?

Digamos que los partidos estatales, el PSOE o el Partido Popular, tienen una concepción del Estado-nación, de lo que es la nación española y de lo que puedan ser las naciones periféricas. El hecho de que se tenga un concepto de nación, como espacio hospitalario en el que hacerse copartícipes, no significa que se sea exactamente nacionalista. Lo que ocurre es que el Partido Popular de un tiempo a esta parte está convirtiendo su discurso, de controversia con el Partido Socialista, en un discurso efectivamente nacionalista, de exaltación de la identidad española, por oposición a la fiebre periférica. ¿Eso es bueno o es malo? El Partido Popular cree encontrar réditos electorales en ese tipo de disputa subrayando las hipotecas que el Partido Socialista podría tener con sus socios de Gobierno. 

En esa línea que comenta sobre los discursos de los partidos políticos, diríase que vivimos en tiempos de crispación, en tiempos de confusión. ¿Qué papel juegan los medios de comunicación en esta especie de circo político?

A mi juicio, la crispación en España es un fenómeno político realmente llamativo, sobre todo por lo artificioso que es, que llega a ser. Hay una relación evidente, una vinculación explícita entre medios de comunicación y partidos políticos. En ese sentido, yo creo que el objeto principal o el factor que genera la mayor crispación política en los últimos años no son exactamente los partidos, sino los medios de comunicación. Es una disputa mediática por el control de la información, de la opinión y de la difusión, y en definitiva por la expansión de los propios medios. A partir de ahí, justamente porque hay una vinculación política entre los distintos medios y los partidos, este hecho agrava las cosas. Insisto: no es tanto un problema político (que se suele resolver en las elecciones y en la aritmética parlamentaria) como un problema mediático. De lo que se trata es de abatir al rival, de vender más periódicos o de tener más oyentes, o en definitiva, de tener más espectadores. Creo que eso se puede ir retroalimentando y generando una situación ciertamente perversa que poco tiene que ver además con la percepción, más calmada, de la gente. 

¿Los periodistas, por tanto, diría que somos fabricantes de realidades?

Todo discurso acerca de lo real es una construcción de la realidad, evidentemente. No hay un mundo transparente y obvio que se imponga, que pueda ser mostrado sin comentario, sin atribuirle algún sentido particular. En la medida en que traducimos la realidad a un discurso le conferimos un significado u otro. Ahora bien, pensar que todo discurso es una mera construcción, y por tanto que lo que hay es sólo una controversia de discursos, más aún, que cualquier periodista que diga cualquier cosa tiene idéntica legitimidad que cualquier otro, me parece una exageración, porque entonces no se puede establecer una jerarquía de discursos en función de la verdad. 

Tendría que haber una conexión con la realidad real, por explicarlo de alguna manera…

En efecto, debe haber algún tipo de correspondencia. Lo veo semejante a lo que hacemos los historiadores. Los discursos de los historiadores sobre la realidad histórica se fundamentan en una serie de fuentes, de documentos, por ejemplo albergados en los archivos. No puedes arrogarte el derecho de inventarte hechos históricos que jamás han existido. Como tampoco puedes hacer conjeturas sobre hechos si esas hipótesis carecen de fundamento documental y en definitiva histórico. A partir de ahí el sentido que le atribuyas a las cosas dependerá de la percepción y de los esquemas teóricos con los que las analizas. Pensar que cualquier discurso periodístico o histórico acerca de la realidad es una mera construcción entraña un riesgo muy grave: nos hace caer en la irrelevancia o en la equidistancia. 

¿Federico Jiménez Losantos es el Walter Winchell de la derecha española?

(Ríe) No. Como tampoco es Thomas Mann, que desde el exilio alertaba a sus compatriotas contra el diabólico Hitler valiéndose de un discurso exaltado. Jiménez Losantos es un personaje al que le gusta ser retador, algo de lo que extrae réditos: alguien que está siendo devorado por su éxito. Es un portavoz, creo, de sus propios intereses empresariales, intereses que hacen de la crispación su capital económico y simbólico. Es, además, portavoz de ciertos intereses ideológicos, que no sé si identificar con la extrema derecha, pero sí con ciertos sectores de la extrema derecha… sin complejos, unos sectores que se revisten de un aparatoso envoltorio ideológico presuntamente liberal. Sin embargo, el liberalismo ha sido históricamente tolerante, no ha generado crispación, ni ha hecho un discurso bravucón. El liberalismo español, el que arranca del doceañismo de las Cortes de Cádiz, ha tenido poco que ver con lo que dice representar Jiménez Losantos.  

Usted también ha discrepado públicamente con Arcadi Espada. Sin embargo, hay quien dice que en el interior ambos comparten ciertas dosis de jacobinismo.

No sé si discrepo de Arcadi Espada, porque hace tiempo que no nos comunicamos y su blog multitudinario ha dejado de interesarme intelectualmente. Arcadi Espada vive una circunstancia política difícil en Cataluña. Defiende una tesis y unos presupuestos, defiende unas posiciones, abiertamente antinacionalistas que no le generan ningún tipo de comodidad. Ahora bien, esa incomodidad digamos valerosamente defendida, esas posiciones críticas del nacionalismo valerosamente proclamadas, a veces le han llevado a extremar su posición negando cualquier tipo de acierto o de legitimidad a los sectores nacionalistas o próximos al nacionalismo. Por tanto, creo que si se le dijera a Arcadi Espada que tiene posiciones jacobinas como si eso fuera un insulto se carcajearía muchísimo. 

¿Y si se lo dijeran a usted también?

Francamente, no me importa en absoluto (ríe). 

¿Pero usted sí que tiene un concepto del Estado, de cómo deberían ser las cosas para que se alcance un cierto grado de convivencia?

Creo que la Transición política en España ha ido razonablemente bien, que el Estado de las autonomías ha construido una estructura estatal adecuada, acertada, mejorable por supuesto, pero que ha resuelto bastantes problemas que históricamente habían acarreado los españoles. Sobre esa concepción por la que me pregunta yo no puedo decirle nada que no sea mi aprobación de lo que fue una modélica transición política en España. Incluso diría más: cuando hoy en día se revisa la Transición pensando que ha sido un conjunto de abdicaciones por parte de unos y de otros, me parece un error, un riesgo, plantearlo así. O por ejemplo, cuando se supone que la Constitución está lastrada por el ruido de sables me parece un error de planteamiento. De algún modo, la amenaza del golpismo, y sobre todo, el recuerdo de la guerra civil fueron precisamente lo que llevaron al consenso, pero no por el miedo, sino por la intención de evitar la repetición de los mismos errores. 

¿Qué ve detrás de Zapatero?

He de confesar que me desconcierta. En ocasiones me parece una mente verdaderamente perspicaz y en otros momentos me parece portavoz de evidencias tan simples…, que no me lo puedo creer. En ocasiones resulta conmovedor y obvio el fundamento en el que dice basarse Rodríguez Zapatero, pues…, ¿quién no suscribiría parte de ese programa radical? Insisto, es desconcertante: suele hacer declaraciones enfáticas en las que proclama la ética de la convicción como base de sus decisiones políticas, pero a la vez no nos lleva hasta el límite de esas consecuencias y por tanto administra sus disposiciones y providencias con gran realismo, con maquiavelismo incluso. Al menos de momento. ¿Hasta cuándo? 

¿Y de Rajoy?

De Rajoy se alaba habitualmente la fina ironía gallega, incluso el sarcasmo sutil. Creo que Rajoy es una persona lastrada básicamente por dos pesos heredados, que son Acebes y Zaplana. Ante sus correligionarios, ante los conmilitones que le supervisan, Mariano Rajoy ha dicho varias veces que es libre, que es libre y que se siente libre para tomar decisiones y para reorganizar la estructura de mando de su partido. Qué énfasis, qué insistencia en proclamarse horro de dependencias. ¿No será acaso que es justamente al revés? ¿Que Mariano Rajoy está condicionado por Aznar, vigilado por el ex presidente, determinado por su herencia? De hecho, Acebes y Zaplana son la clave de futuro de Rajoy, pero no en el sentido que se quiere transmitir, sino en el sentido de que el candidato gallego remontará sus hipotecas cuando se desprenda de ambos. 

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El observatorio del historiador, artículo de JS, hoy viernes 6 de octubre en Levante-Posdata.

¿Quién es el traidor?

5 Octubre 2006

    sincara.jpg  Los adultos no solemos prestar mucha atención a los cuentos.  Los juzgamos material culturalmente irrelevante o secundario. Donde esté una gran obra de creación que se quite ese relato infantil…, que suele ser ingenuo, ramplón y adocenado. Total, ¿qué nos cuentan los cuentos? Seguramente la historia de un héroe, el relato de alguien que acabó comportándose como tal cuando no estaba destinado a ello. ¿Un material secundario? Creo que podemos convenir en que los relatos son la matriz originaria, esquemática, de la cultura, bocetos que nos sirven para socializarnos, para adquirir nuestras primeras nociones acerca del bien y del mal. Luego crecemos y nos hacemos más complejos. O eso creemos.   De hecho, si los pensamos así, como bocetos culturales, los cuentos infantiles no son  irrelevantes porque sean repetitivos, sino todo lo contrario: al repetirse aquí y allá, en esta y en aquella cultura, es por lo que proclaman algo importante y universal, un repertorio de valores, de normas, de reglas con las que habría que conducirse. Con los relatos populares sabemos qué es el miedo y qué el coraje; quiénes obran mal y quiénes actúan bien; qué es el compañerismo, la camaradería, la solidaridad, la traición…   

Sí, ya sé que su esquema es básico, muy primitivo, y que las funciones que se atribuyen a los personajes son previsibles. Lo hemos leído en nuestros libros infantiles, lo hemos escuchado y lo hemos visto en esos films que tantos detestan: los de Disney. Las muchachas siempre son material frágil y los varones son machotes fiables: o, mejor dicho, fiables son los varones buenos, porque fuera de la madrastra de Blancanieves y alguna arpía más, la población de los malvados es mayoritariamente masculina.  Con ello, los cuentos no yerran, sino que expresan una evidencia frecuente: la fuerza bruta suele ser condición y patrimonio de los hombres, y las arpías…,  pues éstas suelen ser almas corruptas pero sibilinas. En fin.  En función de este esquema tradicional y muy simple, el héroe suele ser un varón originariamente timorato y luego intrépido, alguien que se enfrenta a un rufián odioso: un malvado en el que todo, hasta el aspecto, pregona su villanía. El protagonista es un muchacho o un adulto (despabilado, qué duda cabe), alguien que primero se acobardó para luego enfrentarse a su enemigo.  Todo suele empezar con un orden roto, con un caos originario que habría que conjurar: el secuestro de una princesa, el robo de un tesoro, un gran embuste que aclarar, una conspiración que oprime al Reino.  El animoso hombre se vale de amigos, de ayudantes, de donantes que le auxilian en las circunstancias graves por las que se le hace pasar. Pero ese varón no sólo cuenta con subalternos: se las tiene que ver también con traidores.   

Ah, el traidor, qué personaje tan interesante: expresa una parte fundamental de la conducta humana, su doblez. De los traidores nos fiamos por su apariencia embustera:  dan el pego, ciertamente. Parecen de los nuestros y equivocadamente los juzgamos nuestros aliados. Pero pronto, bien pronto, descubrimos el error en que habíamos incurrido: son solidarios del villano y tratan de beneficiarse. Es más, durante un tiempo tenemos serias dudas acerca de la presunta maldad que le hemos sorprendido. No es posible, nos decimos: no es posible que alguien obre con tanto fingimiento, con tanta simulación…   

Pero los cuentos sirven para otra cosa: para aquietar al niño, para aplacarlo con dulzura. Todo se repite y todo es previsible aunque el muchachito que oye exprese sorpresa. El soniquete monocorde sosiega y el relato le reafirma en esos valores que va aprendiendo. El metal de la voz es en este caso una especie de adormidera que pronto o tarde va provocando su efecto. Recibe una lección y una gama más o menos amplia de significados, de conceptos, de valores.   Probablemente, la función simple que en otras épocas cumplieron los relatos populares –esos cuentos infantiles que mostraban conductas dignas, heroicas o malvadas— la satisfacen ahora muchas crónicas periodísticas. Es frecuente que la prensa más estrepitosa e incluso la más seria coincidan en un creciente esquematismo moral: lo tenemos todo perdido de villanos, héroes, traidores, princesas secuestradas y tesoros robados, complots. Es como si la política cobrara la forma de un gran cuento infantil en el que cada uno de los personajes cumpliera unas tareas asignadas por un gran demiurgo. Incluso las moralejas de los cuentos están implícitas en muchas de esas crónicas periodísticas. Dar noticias se está convirtiendo en algo parecido a contar cuentos. 

En los relatos de Disney –ya lo sabemos— las circunstancias están muy edulcoradas y al final los buenos logran lo que persiguen, y los malos reciben su merecido. Por el contrario, en los cuentos populares de antaño, la fiereza y la crueldad no acaban, y su desenlace sólo es una suspensión temporal de las dificultades y del horror. No sé si en la descripción de la realidad gubernamental y parlamentaria que está haciendo la prensa al final los buenos recibirán su merecido… Precisamente por eso, cuando leo acerca de ciertos personajes de la política o de los medios (ustedes ya saben…), me pregunto quién es el traidor.   

De mi experiencia infantil recuerdo la ambivalente atracción que los traidores me provocaban. Por un lado, yo quería ser un buen chico. Justamente por esto debía condenar la astucia de que se servían los traidores para derribar al bueno. Por otro, yo no acababa de explicarme por qué había gente que estaba en ambos lados de la moral. Los traidores no eran la encarnación del mal absoluto, sino que expresaban inmejorablemente la débil condición humana. No sé: llevados por su codicia (el villano les prometía tesoros) o movidos por su mala cabeza, a los felones los veía humanos, demasiado humanos. Uno no podía ser héroe todo el tiempo y, por tanto, con frecuencia se dejaba arrastrar por conductas impías o renegadas. Los veía, en fin, como gente muy semejante a nosotros, los niños. Queríamos ser héroes, pero a la postre nos contentábamos con salir airosamente, como los mejores y más astutos traidores. Sí, ya sé que al final, en los relatos, cada uno recibe su merecido, pero la tristeza en que quedaba sumido el felón no era el infierno del malvado. En fin.  

Insisto: cuando leo acerca de algún personaje de la  política española, tengo la alarmante  impresión de que nos están tomando por niños a los que hay que contar un cuento archisabido. Me pregunto a quién nos están presentando con tanto esquematismo: si al héroe que dejó de serlo, al villano que siempre fue o al traidor. Y ahora pongamos nombre a ese personaje público.  

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Microhistoria

 Los responsables del programa argentino Con ciencia y trabajo, un espacio dedicado a la cultura en la Radio Nacional Argentina (AM 870), tienen un blog de gran repercusión cultural. Han reproducido este texto de Anaclet Pons y mío sobre la microhistoria.  Próximamente aparecerá allí una entrevista que me han hecho…  Tal vez, la lectura de esta Nota sobre la microhistoria aclare ciertos aspectos de lo que es esta corriente historiográfica y, sobre todo, cuáles son sus rendimientos intelectuales.

Hannibal Lector

4 Octubre 2006

libroscolecciones.jpg Hace más de treinta años yo sólo era un lector, un muchacho que luchaba por abandonar la adolescencia en el momento mismo de ingresar en la Universidad. Era frecuentemente taciturno y casi no tenía amigos que me agradaran. Esa circunstancia de desamparo se agravaba por el hecho de padecer una huelga interminable de profesores. Los recién ingresados estábamos desorientados, sin saber qué hacer. O tal vez sí: tal vez tuve claro lo que quería hacer. Por eso, por no poder disfrutar de unas aulas vacías y por no poder compartir con nuevos amigos mis inquietudes, solía irme a los Jardines de Viveros, en Valencia, a leer.

No me agradaba la soledad lectora a la que me entregaba en tardes inacabables: sentado en un banco del parque, rodeado de ancianos y de parados, me dedicaba a devorar libros con gusto, con rabia, anotando en escuetos cuadernos o folios arrugados lo que aquellas páginas me sugerían. Echaba vistazos a lo que a mi alrededor pasaba por si algo cambiaba mi suerte. Pero nada ocurría: seguía viendo viejecitos y seguía sin ver jóvenes con quienes comunicarme y discutir sobre lo que leía o veía. Pues bien, sólo por eso acababa leyendo aún más. Tenía tantas ganas de acumular libros (nunca fui un bibliófilo) que los ejemplares que podía adquirir siempre me parecían pocos.

Justo por eso adquirí entonces una costumbre curiosa: la de escribir directamente a las editoriales, la de dirigirme a las grandes casas cuyos fondos deseaba. Solicitaba catálogos, prospectos publicitarios, todo lo que buenamente pudieran mandarme. Hablo de cuando tenía quince o dieciséis años, una edad que me resultaba odiosa, carente, ese tiempo en que adoleces…Yo había vivido el final de mi infancia en Bétera, en donde había hecho buenos amigos, pero conforme llegaba a la adolescencia, un traslado definitivo de mi familia a Valencia y mis propias aficiones lectoras me fueron apartando de aquellos muchachos con los que había crecido. Fue por eso por lo que me refugié pronto en los libros, como un alivio temporal. Lo que empezó siendo provisional acabó, sin embargo, convirtiéndose en duradero. No podía comprender cómo había lectores de un solo libro, cómo podían contentarse con tener un único volumen en la mesilla de noche. A pesar de que mis padres me facilitaban dinero para libros, mi economía adolescente no me permitía grandes compras y por eso, sólo por eso, me dirigía a las editoriales buscando papel impreso y, probablemente también, un interlocutor.

Cada vez que en el buzón aparecía un paquete o carta postal de Alianza, de Península, de Ariel, aquel presente me colmaba de dicha. En aquel envío había novedades y una lista de libros que me llegaban. Los mejores catálogos no sólo contenían un elenco de los fondos: añadían también  algunas fotografías de las cubiertas de los volúmenes más destacados e incluso una síntesis de sus contenidos o un extracto de sus páginas. Decía Groucho Marx en Groucho y yo que él ejerció de joven como lector gorrón entendiendo por tal actividades depredatorias en las librerías neoyorquinas. No se trataba tanto de robar un volumen cuanto de leerlo gratis.

 Algo de esto hice yo también: me recuerdo algunas tardes en la librería de unos grandes almacenes leyendo de gorra, saltando entre las páginas de libros que no me podía comprar…, así hasta que un día (sí, lo admito) hurté un ejemplar muy codiciado y de precio inaccesible: el primer tomo de las obras en colaboración de Borges y Bioy Casares. Dicha necesidad me la alimentaron los catálogos de Alianza, pero también aquellas bellísimas y chocantes cubiertas que Daniel Gil hacía para su fondo. Es decir, los prospectos publicitarios de las editoriales habían provocado en mí su efecto deseado: que no renunciara a tener aquel lujo del pensamiento, de la creación, de la literatura, en fin.

Cuando Ariel o Península me contestaban, me sentía importante, un corresponsal animoso de provincias al que los grandes ejecutivos de Barcelona consideraban todo un señor. Yo, por supuesto, no confesaba nunca mi edad y daba a entender que era un hombre de mundo, resuelto y con mucha determinación. Es más: pensaba que algún día también yo publicaría libros. Qué sueño… Pero sobre todo, entonces, lo que me más me atraía era establecer una relación de iguales entre los editores y yo. Era tan inocente que cuando un ejecutivo me contestaba mi soberbia intelectual me hacía creer que yo formaba parte de ese mundo literario o bibliográfico que añoraba. Quería pensarme manso y temerario a la vez, dispuesto a decir, a decir profusamente ante mis interlocutores (en este caso, los editores), ensoberbecido por las palabras y por las imágenes con las que quería expresar mi mundo.

Tanto es así que durante un mes, por ejemplo, un importante comercial de la Enciclopedia Británica me estuvo telefoneando a casa para ver si efectivamente compraba ese depósito del saber por el que yo había manifestado tanto interés. Charlábamos durante minutos y minutos sobre aquel repertorio, sobre su calidad. Para que todo fuera creíble yo engolaba la voz y me hacía el mayor, pero sólo para demorar el no, el no puedo, el no puedo adquirir esa joya que usted me propone en cómodos plazos. Ya ven: mis relaciones con los libros fueron en principio y sobre todo con los editores o con sus mediadores: gentes animosas y anhelantes como yo. Sólo después he conocido a escritores, a autores. Sólo después yo mismo he visto cumplir mi sueño: publicar libros. Sin embargo, ahora que lo pienso, mi sueño no es ése.

En realidad, lo que siempre he deseado es seguir siendo lector. Han pasado treinta años, ya digo, tengo una profesión (soy historiador) y, más allá de mis autores favoritos, de mis libros más apreciados, tengo amigos y amigas con los que compartir dudas. Pero a la vez creo que sigo haciendo básicamente lo mismo: leer… Incluso cuando redacto, escribo aquello que me gustaría leer y que no lo he visto en los fondos de las editoriales.

La historia embrionaria

3 Octubre 2006

ramirez.jpg  Los historiadores  tratan de cosas generalmente desaparecidas, de hechos o procesos del pasado que ya no están y que por tanto no forman parte de la actualidad, de la urgencia de cada día. Bien mirado, es un ejercicio extraño, una tarea rara: contar acontecimientos o mostrar estructuras sociales y políticas de otros tiempos reclamando la atención de los lectores parece una labor inane, casi inexplicable. De hecho, hay jóvenes que toman lo que los historiadores hacen como batallitas del pasado, como asuntos del abuelito. Podemos documentarnos, estudiar, analizar y narrar el proceso revolucionario español del siglo XIX o podemos abordar hechos más recientes, la II República, por ejemplo. En ambos casos, dichos objetos no parecen tener nada de actuales. Por supuesto no es así. Y no sólo por los efectos que esos procesos aún provocan (somos hijos, nietos o herederos de realidades históricas que no han concluido, de generaciones cuyas vivencias nos han sido transmitidas).  

Lo pasado no es un patrimonio inactual, entre otras cosas porque los políticos y los medios lo recrean, lo reviven, porque esos hechos pretéritos estimulan  nuestra imaginación, nos llevan, en fin, a compararnos, a cotejar lo que nuestros antepasados fueron y lo que nosotros creemos ser.  Por tanto, lo actual no es una sucesión vertiginosa de acontecimientos vividos por personajes de hoy, sino todo aquello que nos preocupa o de lo que hablamos hoy:  por ejemplo, los protagonistas de una ficción cinematográfica que, lejos de permanecer en pantalla, salen de sus respectivas historias para albergarse en la imaginación, en la vivencia y en el recuerdo de sus espectadores…, como Alatriste; pero también esos personajes pretéritos que –sensata, razonablemente– sabemos que no son tan pasados, que no están inertes, y cuya actualidad les hace reaparecer de entre los muertos…, como Salvador Puich Antich.  

Bien mirado, lo actual es un concepto extraño: el acto es la consumación de lo que sólo era potencial. Y las historias de Alatriste o de Salvador sólo eran potenciales. De la potencia al acto, pues, por decirlo en términos aristotélicos. Pero para que podamos hablar de actualidad ha de haber registro de esos hechos, un reportero que dé cuenta de ellos, un cámara que los filme, etcétera. Es decir, lo actual no es lo de hoy, sino lo que los medios de comunicación  presentan como tal. Los periódicos o la televisión o la radio o Internet nos multiplican la agenda –que dicen los anglosajones–, nos agrandan y seleccionan el temario de cosas que nos preocupan, de los personajes que nos interesan y de los que sería imperdonable ignorar su presencia o no hablar. 

Durante estos días hemos hablado de la España franquista, de la fascinación estética que el fascismo provocó, del pasado tomado como objeto melancólicamente perdido, del envilecimiento personal de los intelectuales totalitarios, de las fotografías de otro tiempo que son espectros que aún nos intimidan, de la historia potencial, de aquello que bien podría haber ocurrido si un giro, un leve giro de los acontecimientos hubiera cambiado las cosas. Pensaba en ello al recordar lo dicho por Pedro J. Ramírez días atrás, justamente cuando le devolvía al franquismo una actualidad insólita, de significado raro. “El franquismo”, dijo este periodista, “¿no fue una fase larguísima de transición para que se llegaran a dar las condiciones de desarrollo, ahora sí, de la democracia?” Me parece perverso razonar así, me digo a mí mismo en un artículo que hoy publico en Levante, y me parece objetable esa concepción porque convierte el pasado en embrión de lo que ahora hay. Todo lo que hoy tenemos tiene una fecha, tiene un proceso: eso es una evidencia indiscutible, incluso una trivialidad. Pero la idea embrionaria de la historia con la que se maneja Pedro J. Ramírez es algo bien distinto: es aplicar una racionalidad retrospectiva a lo pasado para dar a las cosas de ayer el mismo significado que ahora tienen para nosotros: como si lo que hoy tenemos se estuviera gestando, en efecto, en aquel tiempo. Lo que dice Ramírez…, o bien es una banalidad, o bien es un anacronismo. Me inclino por lo segundo. Un anacronismo, una proyección de lo de hoy en lo de ayer.  

En el artículo de Levante tomo El Valle de los Caídos como ejemplo, como espacio sacrificial del franquismo. Inaugurado en 1959, sería una especie de vierteaguas simbólico y cronológico. Lejos de facilitar la transición o la reconciliación, aquel monumento fue una exaltación de la Victoria, expresión de la alianza del trono y del altar que Franco quiso reactualizar: una Cruzada…, contra los infieles, claro. “Nuestra guerra no fue, evidentemente, una contienda civil más”, dijo Franco en su inauguración, “sino una verdadera Cruzada, como la calificó entonces nuestro Pontífice reinante; la gran epopeya de una nueva y para nosotros más trascendente independencia. Jamás se dieron en nuestra Patria en menos tiempo más y mayores ejemplos de heroísmo y de santidad, sin una debilidad, sin una apostasía, sin un renunciamiento. Habría que descender a las persecuciones romanas contra los cristianos para encontrar algo parecido”. Pero el monumento no sólo fue o es un espacio de religiosidad político-bélica, providencial: es también un lugar propiamente físico, propiamente natural. “La Naturaleza parecía habernos reservado este magnífico escenario de la Sierra” añadía Franco, “con la belleza de sus duros e ingentes peñascos, como la reciedumbre de nuestro carácter; con sus laderas ásperas, dulcificadas por la ascensión penosa del arbolado, como ese trabajo que la Naturaleza nos impone; y con sus cielos puros, que sólo parecían esperar los brazos de la Cruz y el sonar de las campanas para componer el maravilloso conjunto”.  

Por tanto, el espacio es una suerte de documento humano, artificial y gigantesco, labrado sobre la naturaleza en forma de paisaje, con piedra y con esculturas, los colosos de Juan de Ávalos. Es un monumento, sí, pero también es un documento: un testimonio topográfico que niega la afirmación de Pedro J. Ramírez. Es el más rotundo mentís de esa concepción embrionaria de la democracia española. La dureza del Régimen, su inmovilismo ideológico, su apego a una Victoria total…, todo eso está en cada muro, en cada piedra, en el granito, en los mármoles allí encajados. Como el propio discurso del General lo subrayó expresamente. Para eso están los documentos de los historiadores: para desmentir las falsas continuidades que hoy queremos trazar, para impugnar y contradecir lo que algunos fantasiosamente quieren pensar.   

Yo soy Bartleby

2 Octubre 2006

 escribir.JPGYa lo dije una vez y vuelvo a proclamarlo: cuando el cronista desfallece, cuando el blogger se siente irreparablemente cansado, le gustaría ser Bartleby, aquel personaje indolente y enigmático de Herman Melville. Ser Bartleby y decir: “Preferiría no hacerlo”, preferiría no escribir, preferiría permanecer al margen.

El actual ciclo narrativo de Enrique Vila-Matas empezó con su celebrada obra Bartleby y compañía (2000). Si recuerdan, se trataba de un ingenioso artificio literario y metaliterario. Con la leve excusa narrativa de un oficinista de baja que relata su diario o las notas al pie de un texto inexistente, el relator nos detalla y presenta una nómina de bartlebies, la serie de aquellos que no escribieron o dejaron de escribir haciendo de la inacción creativa un acto propia y paradójicamente artístico. Esta obra entusiasmó y el público saludó el artificio, el recurso para hacer crítica literaria y para mostrar erudición narrando. No era, desde luego, la primera vez que el autor se proponía algo así. En Extraña forma de vida (1997), por ejemplo, había una novela dentro de la novela, escritura sobre la escritura, reflexión sobre la reflexión. Todas esas oposiciones eran objeto de narración a partir de las similitudes que podían darse entre el espía y el novelista: observadores, perseguidores y, al final, reveladores o inventores de tramas.

Pero Bartleby y compañía fue su gran consagración, un homenaje literario a Melville, y una ingeniosa recreación del silencio creativo –lo que el blogger a menudo se pide a sí mismo–, de la pereza recompensada y enigmática. De hecho, el relato del norteamericano ha inspirado variadas interpretaciones, tal vez porque su personaje principal es una incógnita en sí mismo. ¿Por qué Bartleby el oficinista responde siempre con ese “preferiría no hacerlo” ante pedidos o recados que van más allá de la copia amanuense? ¿Es pensable la inacción? ¿Hay alguna razón de peso para preferir no hacer lo que todo el mundo hace aunque esa indiferencia le reporte desventajas materiales? No sabemos nada de él: ni siquiera el narrador –su jefe en la oficina— consigue arrancarle alguna confesión o información. “De otros copistas yo podría escribir biografías completas; nada semejante puede hacerse con Bartleby. No hay material suficiente para una plena y satisfactoria biografía de este hombre. Es un pérdida irreparable para la literatura…”, nos dice su jefe. Y esta pérdida irreparable para la literatura y esa imposibilidad de averiguar las razones de su indolencia, Melville las convierte en objeto de relato, de exposición de un caso en el que el ser humano carece de impulso para seguir o para ambicionar. Hasta su figura dice poco de él: “¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada!” ¿Es un enigma absoluto, es una esfinge con secreto o es el puro vacío?

Como todo escribiente que empezara con algún pequeño entusiasmo, “al principio, Bartleby escribió extraordinariamente. Como si hubiera padecido un ayuno de algo que copiar, parecía hartarse con mis documentos”, revela su jefe. Me vi yo también así, en esta bitácora, como un galeote de la tecla y me vuelvo a ver ahora. “No se detenía para la digestión”, añade. “Trabajaba de día y de noche, copiando, a la luz del día y a la luz de las velas”. Pero era un espejismo. Ese inicial afán de escribir, de rellenar sin fin escritos y escritos fue enfriándose hasta hacer su trabajo “silenciosa, pálida, mecánicamente”. ¿Sólo Bartleby?

Esa resignación del oficinista está igualmente presente en otro de los grandes empleados de la literatura, en Bernardo Soares, aquel semiheterónimo inventado por Fernando Pessoa. Volver a él tiene la ventaja de que es este mismo individuo quien se expresa, sin la mediación de un narrador, como le sucedía a Bartleby. También Soares vive una vida de retraimiento y escritura mecánica. “Todos nosotros, que soñamos y pensamos, somos ayudantes de tenedor de libros en un almacén de paños, cualquier tipo de paño, en una Baixa cualquiera. Escrituramos y perdemos; sumamos y pasamos; cerramos el balance y el saldo invisible es siempre en contra nuestra”.

¿Ateísmo, ausencia de un Dios que se añora? Simplemente falta de esperanza. Pero esa falta de esperanza no es una carencia o una nostalgia que curar, como los religiosos creerían, sino un dato exacto de la experiencia después del nihilismo. Como la mía. “Siempre seré de la Rua dos Douradores, como el resto de la humanidad. Siempre seré, en verso o en prosa, un oficinista. Siempre seré, en lo místico y en lo no místico, local y sumiso, esclavo de mis sensaciones y del momento de tenerlas”. Se trata, pues, de vivir sin trascendencia alguna que me sobrepase y me justifique en el futuro (Dios o la humanidad), y sin nostalgia del pasado perdido, podríamos decir parafraseando a Soares.

Sólo su dietario (el Libro del desasosiego) parece darle alguna vida. ¿Y cómo registra en él sus asientos? No son intimidades gruesas reveladas. Son impresiones de lo externo, como en esta bitácora nos proponemos. “Narro indiferentemente mi autobiografía sin acontecimientos, mi historia sin vida. Son mis Confesiones”, añade adoptando el género de san Agustín y de Rousseau, “y, si en ellas nada digo, es porque nada tengo que decir”, dado que no hay nada, que no soy nada, que no espero nada, apostilla. Aceptar que las cosas están así y que de ellas se va a escribir no significa, sin embargo, hacerlo de cualquier manera: dice escribir su “literatura como escribo mis asientos –con cuidado e indiferencia”, con el cuidado y la indiferencia del escribiente abnegado y ajeno. ¿Lo leerá alguien? “¿Qué me importa que nadie lea lo que escribo? Lo escribo para distraerme de vivir”, admite finalmente.

Hay días en que al blogger le sucede algo así: escribe “silenciosa, pálida, mecánicamente”, según la descripción que leíamos en Bartleby. Hay días, como hoy, en que estas confesiones electrónicas parecen no decir nada. ¿Es así? En todo caso, si eso sucede, “si en ellas nada digo es porque nada tengo que decir”, como le ocurre a Soares, dado que no hay nada, que no soy nada, que no espero nada. La urgente realidad se desvanece, la convulsión mediática la veo lejana y sólo una indiferencia budista se apodera del blogger. Es entonces, cuando algún lector me interpela para que escriba expresamente sobre algo o cuando yo mismo me impongo un tema sobre el que escribir, es entonces, insisto, cuando acabo por decirme o espetarle: preferiría no hacerlo…