Observar, contar

27 Abril 2008

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0. Observar (27 de abril, 17:43)

Nuestra mirada puede cambiar el hecho mirado; el observador puede alterar la cosa observada; el enfoque puede modificar el objeto enfocado…

Todas estas afirmaciones, que parecen audaces, sólo son evidencias de sentido común: del sentido común que hoy domina, que hoy nos domina. Antes, todo parecía ser objetivo, impenetrable, universal. Dios o un narrador omnisciente contaban las cosas y no había problema en contarlas. Una mirada dominadora y un conocimiento general permitían relatar el antes y el después, lo externo y lo interno. Las cosas eran obvias y tenían una calificación incontrovertible. O eso se creía. Los datos eran los que eran y la descripción del objeto debía compartirse.

Hoy, sin embargo, discrepamos sobre el hecho, sobre el objeto, sobre la cosa; disentimos del enfoque y de la presentación, de la perspectiva, de lo que es relevante, justamente porque hacemos depender el hecho, el objeto y la cosa del juicio, de la posición. Hoy, todo parece reducirse a la versión, a la narración, a la opinión. Contamos y ese acto de habla crea propiamente lo observado. ¿Algo reprochable? Habiendo vivido épocas de lenguaje apodíctico y de moral restrictiva –épocas en las que la realidad era un dato inapelable–, que ahora todo se cuestione es… un alivio: un alivio mientras eso no nos paralice. Podría derrotarnos la pereza reflexiva, la duda analítica, sabedores de que sólo reunimos testimonios dudosos, documentos rebatibles, enfoque parciales.

Unas noticias abundantes, unos datos excesivos, nos detienen. Hay que atreverse a pensar con datos siempre exiguos. Los mass media y el dominio de Internet nos han impuesto la lógica del exceso informativo, con reparos crecientes sobre lo que podemos o no podemos saber. Es tal el efecto de los medios de comunicación que empezamos a interrogarnos sobre la posibilidad de llegar a consensos descriptivos, a significados compartidos. Hay miles de páginas sobre un mismo hecho y esas webs se nos ofrecen sin criterio.

En la enseñanza, por ejemplo, hay estudiantes que litigan con sus profesores porque creen que el examen es un repertorio de opiniones, porque creen que la rendición de cuentas es un juicio personal y no la descripción de ciertos hechos con sentido razonado. Ahora bien, aún quedan docentes que se obstinan en lo contrario. Oiga, joven: no hay más que esta presentación de los hechos; no hay más que este significado; cualquier discrepancia es, pues, un error.

Entre la demagogia vulgar que sostiene la equivalencia de todas las opiniones y la tiranía intelectual que elimina toda discrepancia significativa, hay desde luego un trecho transitable. Podemos compartir la voluntad objetiva  de encontrar certezas, de rastrear lo que todos esperamos o creemos ver; podemos hacer el esfuerzo de salir de la mera evidencia para fundamentar, para contrastar y para documentar nuestra opinión. Es más difícil describir que opinar, decía Josep Pla. Infinitamente más, añadía. Quizá por ello todo el mundo opina, concluía el ampurdanés. Creo que el escritor catalán nos planteaba una dicotomía confusa.

No está claro que sea más sencillo opinar que describir: creo que es más difícil opinar con datos que no se tergiversan que describir con evidencias que no se cuestionan. Sobre todo porque el juicio documentado nos obliga a salir de nosotros mismos, nos fuerza a buscar lo que no sabíamos, de modo que el dato nuevo altera la percepción. En cambio, podemos describir echando un mero vistazo a lo que veíamos de antemano, a lo que ya atisbábamos sin mayor esfuerzo. De hecho, Josep Pla, que fue un gran observador, tuvo que molestarse en viajar, en documentarse, en leer cosas dispares, en analizar libros distantes… para poder describir y, sobre todo, para poder pasarnos de matute opiniones muy, pero que muy, personales.

Leer cosas dispares, decía. Analizar libros distantes, añadía. Cosas y libros que, en principio, nada tienen que ver entre sí. No hay mayor placer intelectual que el de la pesquisa documentada, el del acierto insólito, el de la chiripa, incluso el de la serendipia: ese placer que se da cuando, por ejemplo, oímos ecos insospechados; o cuando hallamos informaciones variadas que nada tienen que ver entre sí y de las que esperamos algo. Hay que tener cuidado con los hallazgos: podemos mezclar cosas ciertamente insolubles. Pero hay que tener un punto de arrojo, de audacia intelectual. Y hay que tener un punto de vista: la convicción de que podemos dar los datos básicos, de que podemos describir, de que podemos razonar, de que podemos contar. No es preciso que todo eso fertilice inmediatamente. Podemos esperar años antes de que la suma, la adición de lo diverso, fermente.

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1. Contar (28 de abril) 

Leo Sobre la dificultad de contar, el discurso de ingreso en la Real Academia de Javier Marías.  Tiempo atrás ya nos hicimos eco… Me gusta leer discursos de ingreso, los propiamente literarios y los analíticos. Me parece un género apreciable, sintético, una representación: una forma de compendiar una obra siempre más extensa y previa; un modo de hacerse valer sometiéndose a un rito de paso. La candidatura de quien ingresa ha de ser presentada y avalada por académicos. Es un requisito antiguo, propio de otros tiempos quizá más exigentes, corporativos y suspicaces. Una vez aceptado, el nuevo miembro ha de escribir un discurso. Lo leerá preceptivamente en una ceremonia a la que asistirán las autoriades, sus iguales y el público invitado. Imagino Madrid un 27 de abril, a media tarde, con un sol ya declinante que ilumina increíblemente el Retiro y sus alrededores. Imagino la calle de la Academia, con la calzada impoluta y con las aceras aseadas…  

Entre los discursos literarios de ingreso en la institución, recuerdo textos memorables, como el de Max Aub o el de Antonio Muñoz Molinareleídos ahora en un único volumen sobre el que escribí. El de Aub es una invención, un discurso dolorosamente apócrifo; el de Antonio Muñoz Molina es un homenaje elegante y evocador, dedicado a la España vencida, a la España virtual, al pasado y a la tradición que un joven escritor tuvo que recrear sin rendirse al casticismo. Entre los discursos propiamente analíticos, recuerdo el de Carlos Castilla del Pino. El psiquiatra y memorialista tuvo conmigo un generoso detalle: me obsequió con un bello ejemplar de su discurso, expresamente dedicado, una reflexión profunda y liviana a la vez, justamente titulada Reflexión, reflexionar, reflexivo

Leo ahora las palabras de Marías, palabras que reverencian un género y que, al mismo tiempo, tienen su punto de guasa. Están dedicadas a la novela y a los novelistas, a la ficción. Dice  cosas que modestamente suscribo, que le recuerdo, que le apruebo como viejo lector suyo; y dice otras con las que he de mostrar mi desacuerdo. Aborda, exactamente aborda, algunas de las paradojas de la observación y algunos de los aprietos del observador que yo les anticipaba breve y modestamente en el primer apartado de este post (0. Observar). Entre otras cosas, Marías distingue:

-lo real (siempre simultáneo) y el relato (siempre sucesivo);

-los hechos (siempre contundentes) y las palabras (siempre metafóricas e igualmente contundentes, como subrayara Fernando Lázaro Carreter);

-el narrador (quien ordena de acuerdo con un punto de vista informado) y los testigos (quienes testimonian de acuerdo con un enfoque particular);

-lo relevante (“vaya al grano”, no se desvíe) y las digresiones (propiamente la literatura, es decir, remontarse, alejarse, extenderse);

-los personajes reales (siempre dependientes de un documento y de un historiador que les dé vida) y los personajes ficticios (criaturas del aire, recuerda Marías con Fernando Savater, capaces de ir más allá de lo que su creador concibió para ellos).

Frente a los historiadores o los cronistas, frente a los reporteros o los biógrafos, los novelistas desempeñan una tarea que tiene algo de pueril, añade Marías. Además es una ilusión: se pretende decir con palabras lo no sucedido. Los novelistas son, en el fondo, “los únicos que podemos contar sin atenernos a nada y sin objeciones ni cortapisas, o sin que nadie nunca nos enmiende la plana ni nos llame la atención y nos diga: «No, esto no fue así»“.

Pues no. No es exactamente así. Me gustaría matizar, aunque sé que si lo hablara con él seguro que convendríamos en lo esencial. Los novelistas no se atienen sólo a una verdad interna, como dice Marías, pues sus obras no son únicamente textos. Son artefactos materiales: son libros cuyo significado final no depende exclusivamente del escritor, sino de un contexto, esa circuntancia mudable que inviste de sentido. Una crónica puede finalmente leerse como ficción: igual que una novela puede cobrar toda la fuerza o todo el mimetismo de un relato verídico. Dice Javier Marías que las narraciones referenciales fracasan irreparablemente, dado que la palabra traiciona, guste o no guste. Es posible que las cosas sean así, pero creo que podemos aceptar que algunas crónicas o algunas historias o algunas biografías son mejores que otras. Mejores porque relatan con mayor esmero y seducción, y mejores porque se atienen con mayor fidelidad al referente. O al menos a lo que su público conviene como referente. El problema es que, andando el tiempo, también cambia: cambia el dato externo, cambia la percepción y cambia su recreación interna. O sea su verosimilitud. Igual que hay novelas que en su momento fueron muy aceptadas y, andando el tiempo, se nos vuelven indigeribles: por inverosímiles.

Contrariamente a lo que espera Javier Marías, tampoco se sigue que los personajes irreales o reales que hay en las ficciones sean necesariamente superiores o ajenos a las criaturas del mundo referencial hasta el punto de suplantarlas. En ocasiones sucede. En otras no. Los caracteres de las novelas, su identidad y reconocimiento, dependen también de su uso, de su interpretación, cosa que varía con el paso de los años, con los contextos variados, con el registro que cada época le da a ciertos comportamientos. Hay personajes, como bien dice Marías, que cobran una dimensión imperecedera gracias a que un escritor se fijó en este o en aquel tipo histórico. Igual que hay criaturas ficticias que se agigantan hasta emanciparse de su creador. Pero eso depende de elementos muy variados y azarosos: no de la mágica intervención de un novelista.

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2. El efecto de realidad  (28 de abril)

Javier Marías cita expresamente a Arturo Pérez-Reverte, autor –dice– de “una vibrante novela sobre los acontecimientos del 2 de mayo de 1808 en Madrid, Un día de cólera. Estoy convencido de que gracias a sus retratos (…), sumados a los de Pérez Galdós en su ‘episodio nacional’  El 19 de marzo y el 2 de mayo, tendremos una imagen mucho más nítida y recordable de los militares Daoiz y Velarde y de cuantos paisanos intervinieron en aquel levantamiento”.

Me permito discrepar. La afirmación de Marías es amistosa, agradecida para con un colega. Pero es aventurada y, desde luego, ignora la suerte de los contextos. Entre otras cosas, no tiene en cuenta la circunstancia actual de patriotismo artificioso que él mismo combate: Marías no parece considerar el significado que el esperancismo le da a dicha conmemoración y de la que esta obra no escapa, voluntaria o involuntariamente: en este caso, Pérez-Reverte se deja querer por el político de turno… ¿quizá uno de esos felones que siempre acaba abandonando al pueblo? El esperancismo lo encarna, claro, la Presidenta Aguirre, pero lo difunde principalmente su historiador de guardia: Fernando García de Cortázar, del que ya hablé en otra ocasión. Hay coincidencias entre los objetivos de Esperanza Aguirre y la crónica que Pérez-Reverte ha publicado, pero no hay una identidad completa: mientras los esperancistas pintan de patriotismo hinchado la jornada del Dos de Mayo, el novelista la convierte en una revuelta extremada y popular de la que hacer crónica, en una intifada de navaja y macetazo. Así la califica en uno de sus artículos explicativos. ¿Algo nuevo, inaudito?

Un día de cólera destaca ahora por una clave intratextual archirrepetida (la del pueblo leal y la de los gobernantes felones), una clave que está en distintas novelas de Pérez-Reverte. Por otro lado, Javier Marías tampoco se plantea qué podrá ser de esta crónica cuando el Bicentenario de 2008 se enfríe, es decir, cuando Daoiz y Velarde o el bajo pueblo de Madrid vuelvan a ser olvidados sin épica alguna, como meros figurantes del autor o de un remotísimo Pérez Galdós. 

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3. La dificultad de contar  (28 de abril)

Perdonen que me repita. Decía más arriba que “no hay mayor placer intelectual que el de la pesquisa documentada, el del acierto insólito, el de la chiripa, incluso el de la serendipia: ese placer que se da cuando, por ejemplo, oímos ecos insospechados; o cuando hallamos informaciones variadas que nada tienen que ver entre sí y de las que esperamos algo. Hay que tener cuidado con los hallazgos: podemos mezclar cosas ciertamente insolubles. Pero hay que tener un punto de arrojo, de audacia intelectual. Y hay que tener un punto de vista: la convicción de que podemos dar los datos básicos, de que podemos describir, de que podemos razonar, de que podemos contar. No es preciso que todo eso fertilice inmediatamente. Podemos esperar años antes de que la suma, la adición de lo diverso, fermente”. Eso, exactamente eso, es lo que ocurre con el modo de novelar de Javier Marías, que difiere muchísimo de la crónica naturalista a la que aspira Pérez-Reverte en Un día de cólera. Eso es lo que yo vi en Tu rostro mañana: en las dos partes iniciales y en la final.

Pues eso: punto final.

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4. Colofón (29 de abril)

Hay hechos efectivamente ocurridos que, convertidos en materia de una novela, son inverosímiles. Hay personas  reales que, concebidas como personajes de una ficción, son increíbles. La actualidad, ese fenómeno que marea con novedades incesantes, nos aporta casos que podrían narrarse, con caracteres fuertes y sucesos vertiginosos: monstruos que no lo parecen, con vida privada y sentimientos comunes; caraduras que se enriquecen manipulando los sentidos de su público; diputados que trastean para su propio y exclusivo provecho; ex mandamases avispados que prosperan en la empresa privada. Si leyéramos novelas protagonizadas por gentes así nos parecería volver al siglo XIX: serían parte de La comedia humana actual. Son materia de la prensa, objeto de atención de los medios, pero no son, no pueden ser personajes de ficción. De serlo, el novelista de hoy debería hacer el inventario de vicios y virtudes. Debería “componer tipos mediante la fusión de rasgos de varios caracteres homogéneos”, según Balzac. ¿Estamos dispuestos a regresar al naturalismo? Leo la prensa, leo las últimas noticias y, aunque no quiero pensarlo, me parece estar en el Ochocientos, en uno de los novelones de aquel tiempo: husmeando, curioseando las vidas ajenas, “los hábitos, la indumentaria, el lenguaje, las viviendas de un príncipe, un banquero, un artista, un burgués…”, según añadía Balzac. No me pidan mayores reflexiones sobre la novela: vuelvo a hojear la prensa y las novedades me aturden. Todo me resulta irreal e increíble, difícil de contar…

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Carta a Fuca

24 Abril 2008

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Poesía

0. Discurso de recepción del Premio Cervantes por Juan Gelman (25 de abril)

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1. Carta a Fuca (24 de abril)

Autor: Manel Cantarell i Recatalà

Ciutat de València. 2008. 04. 23.    

Hola Fuca… sí, Fuca y no doña Francisca, porque aquí, ahora, puedo quitarme la máscara y charlar más reposadamente contigo. ¡Por supuesto que voy a usar el tuteo!, coincido plenamente con tu opinión al respecto. El tratamiento engolado, petimetre, artificial, buscado pedante, forzado sabiondo de Manel Cantarell i Recatalà es, como le gusta definir a nuestro contertulio David Montesinos, un simulacro: forma parte de su atavío.

Obviamente, tampoco mi nombre propio es el que va con la máscara pero, de la misma forma que me pareció bien que no quisieras conocer en vivo a la gente que conoces a través de Internet, espero que me permitas respetar ese pequeño velo que aun conservo. Todos tenemos nuestras pequeñas manías. A la postre, como Ulises, soy Nadie, en todo caso, un viajero, como tantos otros, hacia esa Itaca que tanto nos gusta a los lectores de Kavafis, adentrados en la vida con la música de Lluís Llach

Bueno, mira, Kavafis y Llach salen a colación y ellos mismos me permiten entrar en el tema, la poesía de Miguel Veyrat… 

En cierta ocasión mantenía en el blog de Justo Serna mi opinión sobre que el arte debería ser independiente del artista, lugar y tiempo de su realización. Las artes, en su sentido prístino, original, auténtico, entiendo, no pueden ser contingentes si no lo más próximas a la idea de eternidad que tenemos los humanos. Desde ese punto, dudo que nunca hubiera leído a Miguel. 

La explicación de ello se refiere a otra idea muy personal mía. Para mí, que soy licenciado en historia y trabajo como técnico de servicios culturales, la cultura Occidental está viviendo su etapa de decadencia, su agonía. Me importa un soberano rábano si, diciendo esto, coincido con algún pensador nazi. Es como lo veo. Y lo puedo razonar. Pues, a pesar de la permanente autosatisfacción de nuestra cultura, de su sentimiento de invulnerabilidad e infinitud, lo cierto es que ciclo vital concluye, ineluctablemente. En cómputos universales, una tenido un recorrido corto, un impacto más traumático que constructivo y una herencia tan banal – pues se fundamenta en su idealismo, por tanto en algo especulativa y evanescente, la materia de los sueños – como negativa: la humanidad entera conservará en sus pesadillas la memoria de la rapiña humana, cultural y económica de este Occidente. 

Claro que si te digo esto, debería justificarlo y así nos podríamos pasar varias cuartillas. Te dije que no te atormentaría con mis explicaciones y no lo haré así que concédeme tu confianza y admíteme, al menos como hipótesis de trabajo, mi punto de vista básico. Éste se resume en 

(1) No hay diferencia substancial entre el producto cultural que nació con el Renacimiento y nuestro mundo coetáneo. El periodo 1450 – por poner números redondos – 2008, intrínsecamente, es el mismo. Eso es el Occidente contemporáneo. Eso es lo que ya agoniza. 

(2) Dicho periodo se vertebra en cuatro periodos: 

[1] Orígenes. Con la conformación de un nuevo paradigma cultural que trata de recuperar el pasado clásico y que, por ende, revindica el humanismo y la libertad de conciencia como ejes del nuevo mundo que nace al enfrentarse al mundo integrista cristiano del espacio histórico medieval (ss. IV a primera mitad del XV). Pone los cimientos de las artes y las letras actuales. Ocuparía desde el trecento hasta finales del XVI. 

[2] Crecimiento. Con la lucha definitiva contra la última gran reacción integrista cristiana de Occidente (Reforma y Contrarreforma) y el consiguiente triunfo de la Ilustración. Nos movemos en los siglos XVII y XVIII. Las artes y la cultura de Occidente se consolidan y se convierte en una forma pletórica de cultura universal. 

[3] Madurez. El cenit occidental. Un largísimo siglo XIX que comienza con la generación de Goya, aun en el XVIII, y acaba con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Las artes, ya desarrolladas y plenas, alcanzan sus mejores momentos y exponentes de esa cultura. El paradigma del Occidente contemporáneo se fija. Los límites, se alcanzan. 

[4] Decrepitud. Es el periodo en el que nos encontramos. Se agrava con cada crisis, con cada bandazo que da un Occidente ya siempre desorientado, estéril, impotente: Primera Guerra Mundial (absurda e innecesaria), Entreguerras (el capitalismo demuestra su incapacidad), Segunda Guerra Mundial (la mejor demostración de las contradicciones en las que entra el sistema) y la Guerra Fría (o la globalización del fracaso de Occidente) conforman los escalones de su patíbulo. Una escalera por la que seguimos ascendiendo, no es que estemos al final de la misma. 

Los signos de los tiempos son tozudos. Tras la URSS, Occidente que sólo ha logrado generar ideología estadounidense con elementos de cultura popular tan potentes como el Ratón Micky, las zapatillas Nike, los productos Microsoft o los restaurante de comida-basura Burger King. Las artes entran en barrena. Sólo se puede generar un producto menor, irracionalista y tan peligroso como un mono con navaja: la Postmodernidad. Parida por intelectuales pretenciosos norteamericanos y frustrados intelectuales europeos, es la mejor demostración de la vacuidad del pensamiento actual y de las artes que en dicho caldo se cuecen. 

Hablamos, pues, de un espacio cultural póstumo para un arte vacío y comercializado, un pensamiento esclerótico, impotente para generar ideas, fútil, insuficiente, insatisfactorio para las personas e inconsistente para la estética, incapaz de superar lo habido antes de la Primera Guerra Mundial, ni siquiera lo previo a la Segunda. Como en la figura alegórica clásica, este periodo que vivimos resulta un tiempo de enanos sentados en el hombro de un gigante… un gigante que agoniza. 

(3) Este último periodo crítico, en cierta forma gramsciano, pues lo nuevo no acaba de nacer ni lo viejo de morir; en cierta forma marxista, pues cuanto vemos a nuestro alrededor es incierto, vaporoso… a mí, personalmente, me despierta mucho recelo respecto a la capacidad de creación que tiene. Es cierto que existen gloriosas excepciones. En los tiempos crepusculares siempre se alumbran las últimas teas que destacan en la mediocridad del fatum. Hoy, como nunca, de Occidente ha brotado tanta cultura, sí, y nunca hubo tanta materia deleznable, prescindible. Brillan las últimas antorchas, sí, pero eso es lo insólito, lo que escapa a la regla. Occidente, se venda los ojos, niega las evidencias y, con el cartelito de “experimental” se lanza a reiterar lo ya creado o a inventar caminos a ninguna parte, experimentos estériles, productos abortados, proyectos absurdos… tutto vanità. Ya no se generan presencias reales en la vida de las personas, si acaso, imposturas intelectuales. Ya no impulsa la inteligencia. Ya no crea razón. 

¿A qué viene todo esto?, a fijarnos, desde esa perspectiva, en los signos de los tiempos en nuestra cultura cotidiana. Cuando pienso que nuestra música clásica, la danza, la arquitectura, el teatro, la literatura… ya no dan más de si, no lo expreso de una forma tremendista, ni pesimista. No lo vivo desde el milenarismo, ni en mis palabras ni en mi propósito hay terribilità, sencillamente, tengo la conciencia serena de que Occidente se acaba como concluye toda obra humana. Nuestro ciclo dominante, nuestra capacidad directora, con sus aciertos, errores, frustraciones, alegrías, insuficiencias y herencia se apaga como una vela cuando ya no le queda apenas cera para quemar. Es nuestra penumbra. El sueño de nuestra razón. Como diría Kavafis, vivimos esperando la llegada de los bárbaros. Somos sabedores que nuestro Imperio ya es sólo su ruina, su fachada, su decorado. Están al llegar, hoy no, tal vez mañana, incertidumbre en el día, certeza en su arribada, los bárbaros llegarán. Sabedores también que los muros apuntalados de nuestra cultura ya sólo albergan perillanes, botarates, mercachifles, sinvergüenzas, comerciantes y críticos de arte… fabricantes de irracionalidad, de monstruos. 

¿Por qué iba a escapar la poesía a ese sino terminal? Por más sublime que se vea a si misma, la poesía no es más que otra obra humana dependiente de su medio sociocultural. Mi interés por la poesía, así, va languideciendo, hasta desaparecer, conforme avanza el siglo XX. Tras un primer tercio, una primera mitad si quieres, brillantísima, una auténtica súper nova, tan deslumbrante como exponente de una estrella que muere, lo que sigue, no me interesa. La herencia de la segunda mitad del XX es una estrella muerta, negra, silenciosa e insoportable. También se vuelve simulacro, farsa. La que alcanza el siglo XXI, peor. Pervierte su propio fundamento, la rima, y une su destino al de la música “clásica” contemporánea cuando del ritmo se trata. Una estructura inarmónica desacreditada socialmente que, encima, se vanagloria de su “deconstrucción” como si ello fuera un valor añadido al engendro poético. ¿Qué mejor certificado de defunción?… todo es nada… apariencias… presunciones… 

No obstante, conocí a Miguel en el blog. O, mejor, reconocí a Miguel en el blog. Paradojas de la vida, milagros y prodigios de nuestro mundo casual (que no causal) ese Miguel Veyrat no era un desconocido para mí. Oh, no, no lo conocía ni como poeta, ni como traductor, ni siquiera como periodista, para mí, fue mucho más que todo eso, era una parte de mi pasado, casi, casi un miembro de mi familia al que nunca había conocido. Un héroe televisivo para mi abuelo, un compañero en los revueltos tiempos del tardofranquismo, un pequeño mito familiar por el que supe de la existencia de Voltaire (mi abuelo lo definía machaconamente como volteriano) o que el mundo no era el que veía sino el que se ocultaba tras aquella falsa realidad de los medios franquistas cuando daba sus crónicas desde París. 

Ya sé que no es muy serio lo que te voy a decir pero me negaba a creer que Miguel, “mi” Miguel, fuera un mastuerzo de los que esperaban a los bárbaros cometiendo tropelías e imposturas. Y es que, a la desconfianza abstracta y general sobre la cultura occidental, de la que te hablaba más arriba, aplicaba una constancia concreta de hechos palpables. No eran especulaciones mías, es que lo que la postmodernidad – e incluso la anti-postmodernidad – ofrecía como críptico no era mas que un camelo, lo abstruso se limitaba a lo confuso, lo abstracto, a lo inconcreto y lo elevado, sólo a lo inflado. Lo dicho, el producto de un zote. Miguel no podía ser eso. 

Y así lo comencé a leerlo. Llevaba la balanza de Anubis en mi mano, en uno de sus platillos todos mis juicios racionales sobre la cultura contemporánea, en el otro, mi irracionalidad suelta, mi intuición, repitiéndome que Miguel bien podía ser (sólo podía ser) un hiperbóreo, uno de los últimos hiperbóreos nietzchianos que, confundido en la maraña del mercantilismo, la fatuidad pública y el engaño intelectual de nuestros días, conservaba la integridad filosófica aún en el final de nuestros tiempos. Con semejante bagaje me adentré en él. 

Me apresuro a decirte que, en absoluto me defraudó. Es cierto, no hay rima en su obra y su ritmo es quebrado, o sea, lo que te decía más arriba que abomino… pero… y ahí comienza la diferencia substancial de Miguel… si seguimos con el símil de la poesía contemporánea con su música coetánea, en Miguel no encontrarás la pretenciosidad vacua de los músicos que se llaman a si mismos “cultos” o “clásicos”, esos que interpretan polifonías asonantes, inarmonía y ruidos que nos quieren hacer pasar por música, vestidos, eso sí, con cuello cerrado y de Hugo Boss. En Miguel encontraré la voz quebrada del saxo en un obscuro club de jazz; tal vez en un recinto muy pequeño, lleno de humo, lleno de gente… de gente sin pajarita en la garganta, gente quebrada, como el jazz, como su poesía. Y cuando comencé a sentir eso, adentrarme en su poesía comienza a serme más fácil pues mis prevenciones disminuyeron y, relajado, sus palabras, sus ideas, comenzaron a fluir más fácilmente en mí. No sabes lo mal que me supo no escucharlo en vivo cuando estuvo en València, estoy seguro que su voz no diferiría demasiado de la de Tom Waits, al menos en su cadencia y profundidad. 

Si me sigo adentrando en su obra. Vista y admitida su ausencia de rima y su ritmo quebrado… mmm… quebrado, sí, pero no por eso roto en un sentido violento, en ningún caso, como la línea recta, artificial, interrumpida de la poesía actual, quebrado como retorcido, como una rama, como una raíz, como un tronco, como algo orgánico, humano. Perdón, me voy, decía que sin rima y con un ritmo orgánico hemos de llegar a la misma estructura de su obra… y el peligro latente de la “decontrucción” como fórmula “moderna” de presentación. Miguel lo resuelve de una manera magnífica: manda a la papelera de las estupideces tan desabrido concepto y, sencillamente, no crea estructura, pasa por completo de ella. Propone al lector una lectura laberíntica. Recupera el pensamiento complejo implícito de los clásicos en la figura del laberinto y convierte cada libro suyo en uno. Así el lector, cuando entra, puede hacerlo como Teseo, Dédalo o Ícaro, ese es su poder, un privilegio que muy pocos poetas permiten, camina por sus poemas entre la esperanza por descubrir una vía viable – valga la redundancia – y el temor a tropezar con el minotauro, con el monstruo, con la sinrazón. Miguel, pues, se me hacía cada vez más próximo, su obra era tan compleja como la corteza de un árbol o como el diseño del microcircuito impreso de un chip y eso es de agradecer en este tiempo de poesía pulida y cromada. 

¿Pero… no olvido algo de las formas?… Sí, su propia base, el elemento substancial con el que se construyó ese laberinto orgánico, las palabras. ¡Por fin pude leer a un poeta coetáneo que utilizara más de media docena de conceptos! Por fin las palabras se engarzaban en conceptos tras los cuales había ideas, se acabaron los conceptos postmodernos, huecos por definición. Palabras, palabras, palabras… por fin palabras con significado, palabras con fundamento, palabras para decir algo, para expresar alguna cosa, para extirparse dolor-amor del alma y construir con ellas ese laberinto. Palabras como las dichas en los templos de Sumer, en ágoras y foros del Mediterráneo, en las carabelas ibéricas transoceánicas, en las fábricas de Manchester, en los frentes de combate de las guerras mundiales. Palabras vivas, conceptos vivos, poesía viva con formas orgánicas, serpenteantes, ricas… sí, Miguel presentaba con fuerza sus credenciales de hiperbóreo… Y a mi me entusiasmaba. 

Faltaba apreciar si su ser volteriano reverberaba dentro de semejantes formas. 

En este capítulo de contenidos, ay, cada vez nos adentramos más en lo subjetivo, en la intuición propia, en la percepción irracional de nuestro cerebro. Tenemos menos asideros, menos argumentos con los que defender nuestra opinión… ¡claro!… es que nos adentramos en la república de la poesía pura, más allá de lo formal y ahí nuestros valores palidecen y callan ante los poemas. 

Honradamente, no sé ni por donde comenzar, precisamente por esa variedad laberíntica de su obra. Lo dejo al albur de los Dioses Inmortales y te lanzo mis opiniones con el mismo (des)orden del laberinto. 

Miguel y lo que dice. Creo que hay otro elemento que diferencia y magnifica a Miguel de los poetastros actuales. Estos son unos plomos. Unos parecen unos desdichados psicóticos practicando alguna terapia escrita para aclarar sus problemas mentales, otros son engolados representantes de la pretenciosidad más falsa, fatua, engolada, incluso ridícula que uno pueda imaginar. Mientras en ellos leemos lo egocéntrico, lo psicoanalítico, lo personal y lo carente de interés – salvo que se sea un cotilla –, Miguel nos habla desde si, no de si, y lo hace con ideas universales que lo conmueven a él, como puede conmoverse cualquier ser humano. Nos libra de las aburridísimas disquisiciones de aquellos mendrugos preocupados por su ombligo… y maldita sea el interés que tiene su ombligo para nadie… y nos propone visiones humanas. Como en el principio hermético de “como es arriba, es abajo”, Miguel facilita al lector el viaje de lo personal a lo universal y viceversa a través de su poesía. 

¿Miguel, pretencioso, pedante? Es fácil para un intelectualillo de tres al cuarto hacer una lectura así de su obra. Y, fíjate qué paradójico, precisamente la facilidad del tránsito del plano personal, íntimo, al otro universal, público, demuestra su sencillez. No hay en él pretenciosidad, es la sinceridad de la inteligencia, un bien escaso, este, que no siempre se sabe evaluar con justicia cuando el inteligente – el sabio, y Miguel presenta esas características de conocimiento acumulado y de taumaturgia devenida de ello – hace uso de ella abiertamente. 

Por eso tampoco es un pedante, no se aprecia engreimiento en su inteligencia, ni retuerce los textos para hacer un alarde de erudición, sencillamente, aplica en su poesía los elementos que considera oportunos de su universo mental. Lo que ocurre es que éste es muy amplio y, por consiguiente, muy bien dotado de recursos, algo que, por fuerza, han de envidiar los cerebros pequeños y las almas simples, frustradas por sus limitaciones… en fin, lo cotidiano y abundante en la cultura crepuscular. 

Miguel, desde esa perspectiva, lejos de ser un clérigo en su púlpito clamando en una lengua que nadie entiende pero que, en su ignorancia, todos admiran, es un intelectual que con su obra impele al conocimiento, provoca las ganas de conocer, empuja a saber, fomenta la razón, la crítica, el conocimiento del uno en si y en su proyección cósmica. Y eso duele. 

Lo abstruso de Miguel. A esas alturas, podía encontrar en Miguel mucha materia de mis entretenimientos: mitos y leyendas clásicos, filosofía sin contaminar de cristianismo, mecánica quántica… y así me di cuenta que contaba con una ventaja que otros lectores no tenían… sabía cuando hablaba de incertidumbres que se refería al Principio de Heisemberg, no a una especulación espiritual; donde otros leían metafísica – y en ella se perdían – yo percibía el mundo subatómico de la física quántica; las alusiones al viaje de Gilgamesh, la épica clásica, las visiones isíacas de la Luna… Por algún extraño misterio, nuestros gustos, aficiones y manías habían venido a coincidir en una proporción sorprendentemente grande, toda vez que nunca nos hemos visto, ni siquiera hablado, directamente. Lo cual se traduce en que, sin haberlo pretendido, tenía en mi poder un buen montón de claves para discurrir por su laberinto, para mí, nada abstruso. 

Lo que no entiendo de Miguel. Sin embargo, también hay claves de Miguel que no me cuadran. Eso, lejos de resultarme incómodo, al revés, actuaron como esa palanca que apoya el conocimiento. Con lo que no entiendo me fuerzo para querer saber más, porque sé que tras sus poemas, sus imágenes, sus palabras, hay algo más que sólo conceptos. 

Tal vez lo más acuciante para mí sea el fuego y todo su campo semántico: la llama, el incendiario, quemar, lucir… ¿Es el fuego de Heráclito, fundamento de todo, alma de todo, inquietud abrasadora permanente, o es el de la hoguera de Platón en la puerta de su cueva, el deformador de la realidad, el creador de sombras, de incertidumbres? ¿Hablamos del fuego como vida, como furia, como tea de la razón y la rabia por la estupidez? ¿hablamos del fuego domesticado, constructivo, cauterizador? Aquí mis lecturas tuvieron que ir y venir, encontrar trazos por acá y por allá, pensar y repensar, interpretar, soñar… bueno, al final, sin entenderlo, disfrutar. 

Lo que no comparto de Miguel

Intermezzo 

Acabo de darme cuenta de la hora que es, del rollo que te estoy soltando y de que acabo de llegar al capítulo… ¡¡¡¡al que quería dedicar más espacio!!!! 

Perdona, por favor, perdona porque no era mi intención soltarte semejante filípica. Resuelvo esto por la vía rápida y te dejo en paz. Palabra. 

La obra de Miguel también tiene para mí aspectos – y no menores – que no comparto. Te los esbocé en mi participación el blog de Justo y ahora, vistas las circunstancias, apenas te lo podré desarrollar un poco más. 

En el colmo de lo sucinto te diré que los tres elementos de mi mayor discrepancia con él residen en las figuras de la niebla, el naufragio y la muerte. No, no es eso. No puede serlo. Me estira con fuerza el pensamiento cínico griego – el cínico real, no su reinterpretación platónico-cristiana –el epicúreo romano, el hedonista universal, la luz de la razón, la ilustración, la vida, el Mediterráneo… ¡hasta la paella tira de mí cuando me enfrento a esos tres conceptos!, así que frente a su planteamiento decadente, prefiero, respectivamente, el Sol, la navegación y la vida. 

Aquí, Miguel se recubre con una toga que no creo que sea la suya. Si naces en València y tienes sangre saboyana no puedes mirar el paisaje desde la umbría. Vamos, para mí es incomprensible que se deje atrapar por los sfumatos y los pentimentos de la vida. Ese no es mi Voltaire personal (ni el de mi abuelo). Me desconcierta su mirada al abismo cuando sabe, por Nietzsche, que el abismo lo mirará a él. Un ser de razón, de luz, ha de portar en su antorcha la alegría, el humor, la lucha, la sonrisa, el puño cerrado, la acción, la intuición, hasta la magia… No puede cubrir Babilonia de resignación, no puede secar el Nilo, ni vaciar los templos de los Dioses Inmortales, no puede pedir morir para evitar la muerte porque la muerte es vida… ¡es vida! 

En fin, pero esto ya es una visión personal mía que no tiene mayor interés, el interés está en el poeta – afortunado mortal que puede portar tal nombre – y en una obra más que abstrusa, enigmática, sobre todo humana, inteligente y generadora de inteligencia, satisfactoria, afortunadamente laberíntica y orgánica, escrita con palabras, cerebro y alma. 

Acabo. 

La obra, pues, aun con mis disidencias, me gustó y, stricto sensu, en realidad, a pesar de tenerla toda leída, no la he concluido. Es más, sospecho que jamás la acabaré. El bendito laberinto en el que nos adentra tiene demasiadas dobleces, recovecos, alternativas, perspectivas, renuncias, propuestas, ideas, irritaciones, furia, como para disponer de tiempo suficiente en esta vida para agotarlo. Ya te dije, es un poeta. 

Por último, recordarte que, como dije en el blog, este texto se lo pasaré a Miguel que tenía interés por leer mi opinión sobre su obra (¡insensato!). Doy por sentado que, compartiendo la amistad-e los tres no te ofrecerá inconveniente alguno. 

Te dejo ya, Fuca. Lamento una vez más la perorata que te he lanzado pero, ya ves, me pongo a escribir y se me va el tiempo sin darme cuenta. Espero que seas clemente conmigo, al fin y al cabo, sólo es mi opinión. 

Ahora, vuelvo a ponerme la máscara. 

Señora mía, Dama Galaica, doña Francisca (Fuca para el universo mundo), ríndome enteramente a sus pies de usted, cual devoto admirador suyo que soy. Para cualquier contingencia, quedo a su entera disposición. No dude en reclamarme si acaso me precisare que, presto, me pondré a servicio. 

Suyo afectísimo en la solidaridad internacional de los pueblos ibéricos, 

Manel Cantarell i Recatalà, vulgo Kant, ciudadano valenciano de nación catalana.

Esperanza Aguirre

21 Abril 2008

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0. Proemio (21 de abril, 12:43)

La actualidad es un concepto discutido y discutible. Como la nación. Como el Espíritu Santo. Como Esperanza Aguirre. Como Dios…, ah, qué grandes momentos he pasado leyendo los últimos libros de Manuel Talens y a Eduardo Mendoza. Aún me divierto pensando en las carcajadas que me han provocado. Deberíamos estar siempre agradecidos a quienes nos hacen reír. También Esperanza Aguirre me hizo reír cuando se convirtió en personaje habitual de Caiga Quien Caiga, con un Pablo Carbonell divertido y demente persiguiéndola. Incluso le dedicaron su apartado especial en la emisión: “El rincón de Espe”, creo que lo rotularon.  Eran momentos de esplendor político. Estaba endiosada. Como ahora.  

En La cinta de Moebius, de Manuel Talens, Dios aparece en persona, aquejado de dolencias humanas, demasiado humanas, avejentado tras siglos de faena providencial: tras siglos de una tutoría agotadora. En El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza, es el Niño Jesús quien aparece: un pillete bastante repelente, de ingenio agudo, un pícaro, un sabelotodo. Dios y el Niño Jesús están convencidos de su verdad, de la Verdad. Creen ser muy listos, sabedores de sus respectivos papeles en el mundo; y creen tener sentido estratégico, conscientes de que librarán batallas trascendentales que les dejarán en buen lugar. Bien mirado, el rol que desempeñan es algo desastroso. Ambos se saben decisivos pero no calculan suficientemente el peligro de sus enemigos. Un exceso de confianza o de autoestima les lleva a desatender lo que es una vida eterna.

Esperanza Aguirre no tiene una vida eterna. De hecho, su existencia política se está acortando. Es una mujer avispada, de ingenio agudo, algo pícara y convencida de su faena providencial, pero le pierden su sentido pijo de la presentación y la representación, sus hachazos mal dados y una militancia doctrinaria que cree estratégica. Pero hay más. Esperanza Aguirre no es un símbolo: es un concepto. Es persona, sí, pero también es un concepto discutido y discutible. Como Dios: se postula indirectamente, valiéndose de sus segundos y, por tanto, se sueña como líder… pero sin conseguir el aplauso mayoritario de su partido, de sus secuaces y de sus opositores, claro. Leamos bien: secuaz es quien “sigue el partido, doctrina u opinión de otro”, dice el Diccionario de la RAE. Aguirre tiene gentes que la siguen, que la quieren como “lideresa” del partido, como ariete doctrinal, como directora de opinión. Pero el suyo es un concepto discutido: los marianistas se le oponen. También el suyo es un concepto discutible porque el liberalismo no intervencionista que abandera Aguirre es una posición doctrinaria que no aceptan todos los votantes del PP. Pero eso no es lo peor. Lo peor es la colusión entre mercantilismo, periodismo y ambición política.

De hecho, la presencia y la actualidad de Aguirre entre nosotros se deben a los periodistas de papel o radiofónicos: son ellos quienes la encumbran o la convierten en centro de discusión. Es triste el papel que el periodismo está desempeñando en esta lid. Nada nuevo…: habrá que volver a leer a Karl Kraus y confirmar que hay profesionales que  emplean diputados en uso o en desuso para sus fines político-mercantiles. “¿Es la prensa un mensajero?”, se pregunta Kraus. “No: es el acontecimiento. ¿Un discurso? No: es la vida. No sólo plantea la exigencia de que el verdadero acontecimiento lo constituyan sus noticias sobre los acontecimientos, sino que provoca también esa siniestra identidad por la cual, en apariencia, se informa de los hechos antes de que se hagan realidad”.

Lunes 21 de abril. Esperanza Aguirre tiene previsto reunirse con Francisco Camps. ¿Qué declaraciones hará? Lunes 21 de abril. Esperanza Aguirre tiene previsto acudir a un programa televisivo, 59 segundos, enteramente dedicado a ella.  Allí podrá departir con periodistas. ¿Qué declaraciones hará? ¿Será hoy el día?

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1… 59 segundos  (21 de abril, 23:56 horas)

Veo las imágenes de Esperanza Aguirre en el programa de Televisión Española. Ante periodistas varones y ante la moderadora se presenta simultáneamente rotunda, medida, inconsciente, contenida, temeraria, convencida, suelta, segura. Con respuestas necesariamente rápidas, como exige el esquema de los cincuenta y nueve segundos, se afirma sin afirmar, se postula sin postularse, se vende sin vender directamente el producto. Esperanza Aguirre es un producto –como diría Risto Mejide– y ella lo sabe: sabe que en este momento no puede ganar el congreso del PP pero sabe a la vez que el candidato a la Presidencia del Gobierno no tienen por qué elegirlo ahora.  Por tanto, ha de iniciar la campaña futura cuando cuente con sus recursos potenciales, con sus avales; cuando Mariano Rajoy dé sus boqueadas como candidato. Sin embargo, Aguirre parece haberse quemado en poco tiempo.  Quizá por ello las dificultades o el fracaso de Rajoy se salden con un tercero en disputa. ¿Un tercero en disputa?

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Hemeroteca

Justo Serna, Tertius gaudens, El País, 22 de abril de 2008 El artículo que ahora leen se escribió y fue remitido el pasado 11 de abril. Siendo como es un artículo de plena actualidad, su publicación se ha retrasado once días. Aparece hoy en El País-Comunidad Valenciana. Si se ignora lo anterior, ese lapso, y se lee ahora, podría interpretarse como un análisis implícito de los últimos choques y desenlaces de Esperanza Aguirre con los suyos: con Alberto Ruiz-Gallardón, con Mariano Rajoy e incluso con Francisco Camps.  Pero no es así: no lo he escrito valiéndome de los últimos hechos noticiables. Es un vaticinio de lo que puede suceder en el futuro al margen de lo ocurrido en la última semana. Es decir, sigo pensando que Esperanza Aguirre –que ahora parece reservar su hachazo para mejor ocasión– tiene muy difícil conciliar a quienes se ha enfrentado a tumba y ambición abiertas. No descartemos, pues, a un tercero. ¿A quién?

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Hemeroteca histórica

Una entrada de este blog dedicada a la última novela de Manuel Talens, ahora traducida al inglés para su mayor difusión y publicada de nuevo. No me pregunten por qué.

-Red de traductores Tlaxcala

-Revista Cubanow

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Hemeroteca y predicciones hechas en este blog

-El barrito del elefante (1 de febrero de 2008): ”…imaginen una derrota clara de uno de los dos candidatos, de su oferta: entonces la rabia, la ojeriza y el malestar serán manifiestos. Si ocurre eso, el líder vencido será inmediatamente cuestionado, viviendo su partido un período convulso, lleno de incertidumbres que a todos nos afectarán, claro: condicionará el conjunto del sistema democrático y, además, el hostigamiento y el probable rencor contra quien gane seguirán. Es una banalidad metafórica, pero resulta definitivamente cierta: los partidos políticos son maquinarias pesadas de las que oímos el ruido de sus engranajes. Mientras se gana, todo funciona como un resorte bien engrasado; cuando se pierde, todo chirría, amenazando el conjunto del mecanismo. O quizá los partidos son como elefantes (que tantos servicios prestaron en las antiguas guerras): barritando…, temibles en ataque, en sus embestidas; pero lentos y torpes cuando deben correr o rehacerse rápidamente”.

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HOY, JUEVES, 24 DE ABRIL, NUEVO POST A LAS DOS DE LA TARDE 

Inversión poética

14 Abril 2008

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5. El fin de la poesía (18 de abril) 

El fin de la poesía es poder ser leída, recitada, escuchada: escuchar ese lenguaje creador, fundador de realidad. ¿Comunicar? Más que transmitir, su fin básico, su primera acción, es el nombrar que instaura el ser y la esencia de las cosas, como sostuvo Martin Heidegger. Las cosas carecen de nombre y ese pequeño dios que es el poeta se adueña de la palabra, forcejea con ella emprendiendo una acción que es propiamente lingüística. Pero el suyo no es un decir caprichoso, una explosión de verbosidades. El decir del poeta es una acción fundadora, aquella que establece y fuerza los límites de la expresión, de lo enunciable. El poeta hace público todo cuanto después hablamos y tratamos en el lenguaje cotidiano, añadía Heidegger en Hölderlin y la esencia de la poesía. Por tanto, ejecuta una acción constitutiva que permite su uso colectivo, su perduración: no es mero ensimismamiento expresivo, sino arte propiamente creador. Es por eso por lo que el poeta no toma el lenguaje como algo preexistente, como un material ya moldeado del que servirse con rutina y pericia, al modo de un artesano resabiado: la poesía misma hace posible el lenguaje primero al nombrar y al forzar el sentido último de las cosas designadas, dificultosamente designadas. Hay, pues, algo de originario, de primitivo: hay propiamente la instauración del ser y de sus nombres, de cada uno de los seres que lo materializan, que lo actualizan. Por eso, por ser el diálogo el fundamento de la existencia humana, por ser el diálogo el propio acontecer del lenguaje, la tarea de la poesía es instauradora. Hay, sí, una tradición con que el poeta acarrea; hay otros poetas que lo preceden, pero al final es en cada instante de expresión poética, de iluminación, cuando el creador rehace lo ya hecho, lo expresado. Ése es su fin, su objetivo; y ése es su fin, su final.

El jueves 17 de abril asistimos a un acto poético en la Casa del Libro de Valencia. En esa circunstancia, la voz quebrada y potente de Miguel Veyrat agigantaba cada uno de los poemas recitados, creaciones que expresan estados de ánimo frente al mundo, frente a la interioridad también quebrada y frente a un exterior amenazante pero aún prometedor. Al escribir (y al recitar), hay que hacerlo como si ese acto de enunciación fuera el último. O el primero, en términos de Heidegger. La creación –la escritura– puede parecer un juego. Desde luego no lo es: no induce al reposo inactivo, o a la familiaridad.  No es un adorno que embellezca la existencia. Tampoco es pasajera exaltación, añade Heidegger. La poesía acalora y enfría a la vez: despierta el elemento fantasmagórico que las rutinas nos velan y destapa ese lado irreal que nos desfamilariza. Nos creemos habitantes de una realidad palpable y ruidosa, nos creemos como en casa, y de repente un poema enérgico recitado con impostación suficiente nos altera o conmueve: no es acaloramiento. Es tensión.

En tensión nos puso Veyrat, dando voz a la palabra primera en la que resuenan los ecos remotos de lo primitivo, de lo primordial, ajeno al lenguaje neutro y meramente transitivo de la prosa ordinaria del mundo. Recitaba con pausa, buscando el significado insólito de los vocablos viejos cuando se expresan en contexto nuevo. En muchos momentos, su poesía tiene el propósito (heideggeriano) de inaugurar el lenguaje-mundo, una arrogancia de naúfragos que se saben dioses, de cigarras que esperan sobreponerse a la muerte y al amanecer que cesa: sus versos trata de hacernos regresar al momento primitivo en que las palabras y las cosas coincidían, a aquella fase en que el hombre robó el fuego o en que la cigarra cantaba sin freno. ¿Lo consigue? Quiero pensar que la voz de Veyrat consiguió doblegar a los presentes, al público allí reunido y a quienes le acompañábamos en la mesa: a Juan Planas, a José Vicente Peiró y a mí mismo. Juan Planas, qué descubrimiento. No sólo como poeta: también como persona, como fino humorista a quien seguiré en sus crónicas en El Mundo. Me prometo leerle de continuo… Como a Veyrat. Siempre

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4. Invitación (17 de abril)

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miguelveyratanniemouriere.jpg Fotografía: Annie Mouriere 

3. Miguel Veyrat (16 de abril)

El arte más persistente no es mero asalto; la creación más conmovedora no es la que nos deslumbra de una vez, con el estrépito de lo evidente. La obra se recibe al principio con resistencia, pues nos incomoda, pero hay un momento en que su arte nos derriba: reduce nuestra incredulidad hasta adueñarse de la impresión. Creemos apropiarnos de ella, de la obra, cuando en realidad se nos apodera; es entonces cuando nos preguntamos por qué antes no veíamos su estallido, por qué no estábamos ni estamos tocados por la inspiración del autor. Tendemos, entonces, a confirmar la idea del arrebato, a creer en la teoría de los estros: un creador, conmovido, escribiría igual que expulsa, expelería lo que le trastorna. Pero no es exactamente así. Al menos no siempre es así. La obra es elaboración y reelaboración de esbozos, compilación, elección, rechazo, descarte. La improvisación como arrobo místico que trastorna es algo excepcional: excepcional en todos los sentidos de la expresión. Lo que hay es una percepción embotada que finalmente fluye y se la encauza, como si se consumara lo que llevaba tiempo en sazón. Por eso, frente al tópico más extendido, Nietzsche llevaba razón cuando decía: “Los artistas son a menudo individuos desenfrenados precisamente, en tanto que no son artistas”. En cambio, cuando obran como tales, se someten a unas disciplinas poco comunes para así expresar con contención lo que antes no tenía forma o no se sabía que se sabía. Expresar con contención lo bello, pero también el espanto, lo que debilita y acongoja al hombre, lo que le hace hijo de la decadencia, de la incapacidad. Eso sí: sin moralizar, por favor; sin mejorarnos, sin reforzar el prejuicio o la pereza perceptiva. El buen poeta hace de la palabra su empeño, abreviando, condensando y expandiéndose a la vez, siendo profundo, no pareciéndolo. Ése es el auténtico creador, pues –como dijera Nietzsche otra vez– lo que distingue a la mente propiamente original no es que sea la primera en ver algo nuevo sino que vea lo viejo como nuevo, que vea de otro modo aquello que ya ha visto todo el mundo y que había pasado inadvertido. Nada más. Nada menos.

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2. Luciérnagas (15 de abril)

En los poemas de Juan Planas Bennásar que he leído, una mansión es el centro del mundo. En ellos, el autor se proyecta en una mirada y en una voz que no son suyas: son las de alguien que avanza tentativamente por los corredores de una mansión, por los pasillos de una oquedad, de la nada. Son la mirada y la voz de alguien que observa tras las ventanas sin saber qué hay más allá, ese resto inacabable del mundo. Estos poemas afirman un sentimiento de angustia ante lo desconocido, pero sugieren también audacia ante eso que malamente se distingue fuera de la casa. Juan Planas se afirma de modo plural, poniéndose en el lugar de alguien que observa y que para mirar acarrea vivencias dolorosas o placenteras, incluso sueños lascivos, con evocaciones de personajes de los que nunca llegaremos a saber gran cosa: Edith, Nicolás, Elizabeth, Emir son ectoplasmas de la experiencia, seguro.

En Alrededores…, un narrador –porque es, propiamente, un narrador– enuncia y se expresa adoptando la perspectiva de ese ser recogido pero que se aventura avanzando por los espacios de la casa, sumido en el desconcierto y en la amenaza del mundo que está del otro lado. Insisto: hay una imagen poderosa que es la de la propia mansión, ese centro desde el que se divisan destellos. ¿Símbolo maternal de protección y acogida? En realidad, no es sólo eso. Si tal cosa sostuviéramos, estaríamos reduciendo de manera simple la potencia interpretativa de dichas palabras, confusas, ambiguas, abiertas. La mansión es un yo rodeado: más que protegido, un yo solo, aislado, ajeno a ese mundo que nos amenaza y del que el observador no se puede librar. Insisto: la mansión es un yo cercado por la ignorancia del adulto y por un miedo prácticamente infantil: como son el pánico y el desconcierto del hombre.

Nosotros, los lectores, miramos desde una vivienda señorial que intuimos abandonada, acosada por objetos quizá inútiles, por fenómenos  tal vez extraños, por sonidos indescifrables, por luces equívocas, por luciérnagas que alumbran y, a la vez, oscurecen. Las luciérnagas –que se nos muestran como motivo central de la expresión angustiada del poeta– son luces indirectas, insuficientes y ubicuas, que sirven para iluminar breve, escueta, intermitentemente. Las luciérnagas carecen de todo sentido o destino, pero alumbran desde su pequeñez: son destello mínimo de un mundo sumido en sombras. ¿Iluminan para sí mismas o para quien mira desde la mansión? Desde luego son restos de luz sin objeto, lo que queda de un sol escondido que sobrevive en lo ínfimo, en lo infinitesimal.

Toda casa tiene una ubicación. Ignoramos cuál es la que ésta tiene, a pesar de que el poema expresa la mirada desde dentro de la mansión, o justamente por eso, con el punto de vista de un personaje que vislumbra.  Las observaciones están puntuadas, acotadas, con hechos que regresan, con sentimientos pretéritos, con pasados que se evocan, con nombres (Edith, Nicolás, Elizabeth, Emir) que se repiten como cifra y misterio: son palabras de cuya certeza no hay prueba y que al lector le sirven para confiar y para esperar. ¿Quién es ese personaje que nos guía? “Hay un mujer muy pálida”, leo en Duellum: una sirvienta, una sirvienta que atiende llamadas telefónicas periódicas. Siempre hay un interlocutor que reclama al señor de la casa. Y siempre hay un teléfono negro que perturba. Pero el señor no está, está de viaje. Como un ritornello demente, en Alrededores… hay repetición y leves variantes que van afirmando todas las posibilidades:

–El señor no está en casa. Dicen / que no volverá nunca

–El señor no ha llegado y dicen / que es inútil la espera

–El señor no ha vuelto. No volverá / porque nadie le espera

–El señor no ha llegado. Dicen / que no tiene motivos para ello

–El señor no ha venido. No hay ninguna estrella / en el cielo que pueda traerle de regreso

–El señor no está en casa. En realidad / la casa está sitiada por espectros

–No, el señor no ha vuelto. Dicen / que los alrededores están tomados por la muerte

–No, el señor no ha llegado. Dicen / que decrepitud sólo es falta de esperanza

–El señor no está en casa. Quizá el viaje / o alguna vieja herida le retenga en Tennyson

–El señor no está en casa / y sólo existen los alrededores / repletos de luciérnagas

La sirvienta responde dando largas porque no sabe o, mejor, responde diciendo exactamente que no hay espera… ni larga ni corta, pues no está previsto el regreso del señor. ¿Una sirvienta como protagonista? Más aún, ¿alguien que “lleva unos meses al servicio / de alguien que no conoce”? En realidad, es un sujeto adventicio: lo que queda de la identidad cuando el yo está evacuado, cuando además la casa está sitiada por espectros: literalmente por la muerte. Desde luego, me ha trastornado Alrededores. Lo he leído dos, tres veces. Aún sigo repasándolo, anotándolo. Hay una atmósfera de ruina y desolación que me ha hecho evocar a T. S. Eliot y a Ezra Pound, autores a quienes Planas cita. Una crisis que me recuerda La caída de Casa Usher, de Edgar Allan Poe. Hay un sentimiento de podredumbre y un presentimiento de muerte, de jardines anegados, sombríos, húmedos: un desecho moral que me recuerda a H. P. Lovecraft en aquellos relatos en los que una mansión enferma acoge a un habitante maldito e irrecuperable, alucinado. Hay una recreación del acoso, del sitio a que está sometida la residencia, que me hace pensar en Casa tomada, de Julio Cortázar. Pero no se trata de la erudición literaria, pues hay numerosas ficciones y poemas que hacen de la mansión la figura central: prescindo de fundamentar esas sugestiones que Alrededores… me provoca.

Al final, lo relevante no es la casa, sino lo que la circunda: esos alrededores que son cerco y posibilidad. Seguimos allí, averiados en parte, sin cicatrizar: sigue allí, en un lugar “donde ocultarse del gentío / y desafiar los ciclos del tiempo, sus instantes / de creación y sus periodos de derrumbe”. ¿Saldremos? Lo que hay fuera es la vida, un ovillo, pero esa vida sólo la intuimos, no la distinguimos con claridad… Exactamente como nos sucede a cada uno. No hay paraíso. “El paraíso es sólo un soborno / y su precio un exceso”, leo en Alrededores O, mejor, no hay que confiar en “la hipnosis de un soborno / y un paraíso en sombras”, según se dice en Duellum. No hay paraíso que nos compense, podríamos añadir con Nietzsche. Hay que vivir ese eterno momento que no tiene sucesión ni progreso. “Puro deleite del instante / que se aniquila, / desaparece / y después nada”. Nada. ¿Por qué razón?

–La muerte nos sacude sólo una vez / pero repite cuando la olvidamos.

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1. Inmersión poética (14 de abril)

Empiezo una semana de inversión poética. Era previsible. Después de Nietzsche, de demorarnos en el desgarro poético y en la tortura expresiva de Nietzsche, ¿qué esperaban? ¿Una reflexión sobre el nuevo Gobierno, sobre el poder? Me reservo para otra ocasión… Ahora, por el contrario, prefiero entregarme a las letras o, mejor, a la república de las letras. Como hoy es día 14, catorce de abril, pienso en la República y pienso en la República de las Letras, en el poder que algunos escritores tienen para abordar lo inefable, ese bullir de las palabras que son pensamientos o destellos. 

Escribiré inversamente. Es decir, iré sobreponiendo y sobreponiéndome: colocando una encima de la otra las reflexiones que las últimas lecturas me produzcan. Esta semana de inmersión poética concluirá con una presentación de libros en Valencia: Instrucciones para amanecer, El incendiario, Fronteras de lo real. Desde este modesto puente de mando les invito a asistir, sabiendo que los poemas de Miguel Veyrat, que las escrituras sobre las que voy a reflexionar, no son música para los oídos: son tortura y culpa, exhumación, un mero atisbo de lo que nos importa, de lo que entrevemos y nos angustia al percibirlo o al nombrarlo. Me sucede con los libros de Veyrat. Gracias a él he descubierto, mirando con el catalejo, los poemas de Alrededores o La mansión de las luciérnagas y Duellum, de Juan Planas Benássar. He dicho puente de mando –desde el que se mira con el catalejo–, he dicho culpa y he dicho nombrar: inmediatamente pienso en Joseph Conradante quien siempre acabo rindiéndome. Permítanme esta breve expansión.

El domingo 13 de abril, en una cadena televisiva, emitían la versión cinematográfica de Lord Jim. Siempre he pensado que el bello Peter O’Toole y la dirección artística de ese film –las cuidadas imágenes y su ambientación– son superiores al guión de Richard Brooks. ¿Por qué razón? Porque en la novela de Conrad todo es relato e ignorancia, espacio vacío que se completa con conjeturas, con giros imprevistos, con aproximaciones tentativas del capitán Marlow, que no sabe nada o casi nada de lo que realmente importa. Ahora, Edhasa reúne todos los relatos en los que Marlow es narrador u observador o personaje. Las he leído por separado y espero poder leerlas en ese volumen. En cualquier caso, me emociona volver a comprarlas para fantasear con la lectura inacabable de lo desconocido, de lo que no acaba de verse bien.  Siempre me gusta leer sin comprender enteramente, sin percibir claramente las cosas. Un exceso de luz deslumbra porque, como ya dije, ver no es conocer. Quizá sea mejor aventurarse de modo tentativo, pues. En Alrededores o La mansión de las luciérnagas, de Juan Planas, las cosas no se ven bien y quien habla avanza tanteando. Tanteando pero sin abandonar la casa…

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1. ¿Qué le da actualidad a un pensador ya fallecido? Sin duda, la reimpresión de sus obras: la lectura o relectura de sus libros. Los textos de Friedrich Nietzsche, por ejemplo, se reeditan constantemente en diferentes sellos. En nuestro país, Alianza editorial, Biblioteca NuevaAkal o Alba, entre otras, nos devuelven las obras de aquel filósofo: y dicha coincidencia no es una rareza española, desde luego.  ¿A qué se debe? Esa vuelta puede ser algo puramente académico: por ejemplo, convertidos en referentes del canon, este o aquel pensador podrían regresar sólo porque los sabios y los eruditos hacen de ellos objeto de especulación, de análisis o de erudición. Como preceptores que tutelan, los maestros indicarían a sus alumnos lo que hay que saber… En ese caso, al viejo pensador se le tomaría propiamente como clásico o legado que preservar, haciendo que sus piezas sirvieran para examen de los discípulos. Uno se prueba en las obras eximias y con su examen verifica el grado de conocimiento adquirido: prácticamente convertidas dichas obras en libros de texto, en manuales que compendian el saber del que el alumno debe dar cuenta, pierden quizá su intención original, aquel objeto para el que fueron escritas. ¿Y eso es malo? No necesariamente: aprender algo, algo ventajoso, algo de otra época, algo incluso antiguo e inservible, algo que nos desmiente, es hoy muy recomendable.

El espíritu de nuestro tiempo premia lo útil, lo breve, lo escueto, lo poco duradero. Todo se agota –se agota en su función– y pronto es reemplazado: como si lo que sigue fuera realmente nuevo e interesante. A los jóvenes de otro tiempo los domaban a mamporros o con la historia, con ese patrimonio al que se debían y que era corsé: una forma de ahormarlos, de sujetarlos más allá del instante creador, de la potencia del momento, del presente como estallido. Nietzsche deploró ese uso y abuso de la historia, ese pasado en el que presuntamente deberían inmolarse los muchachos vigorosos que irrumpen en la vida. La lección de Nietzsche sigue vigente, desde luego. Así lo creo: cada vez que nos saquen lo pretérito como obligación deberíamos oponernos, resistirnos; deberíamos reclamar nuestra vida irremplazable, incomparable. Por eso, sigo pensando frente a todo nacionalismo o colectivismo que hay que oponerse a la Historia, a la Historia como patrimonio que te fuerza. 

Hoy, sin embargo, en la época de Internet y del acceso instantáneo a la información, la tendencia se está invirtiendo: el sentido común celebra el puro presente, la vida que no dura y que se consume en el acto.  Todo accesible y sin freno: eso es lo que se nos promete. La publicidad y las utopías telemáticas nos muestran un mundo de información absoluta, de lujos virtuales, de ocios instantáneos, de reparación inmediata. ¿Qué hacer? La escuela, el instituto o la universidad tienen serias dificultades para competir con la información electrónica, con la seducción virtual. Hay que repensar la instrucción, desde luego, y hay que repensar de qué modo establecemos criterios de educación. Criterios: no mera información. El profesor no puede permanecer ciego o rebelde a lo que le toca: incurriría en el olvido del presente para refugiarse en lo pretérito, cosa que deploraría Nietzsche. Pero tampoco podemos celebrar bobaliconamente el presente devastador. Por eso, para depurarme, me entregado durante unas horas a una lectura que contraría: Nietzsche. Un ensayo sobre el radicalismo aristocrático, de Georg Brandes , un contemporáneo del filósofo… Lo edita SextoPiso, un sello mexicano que se asienta en España.  Este libro es felizmente inactual, intempestivo del todo.

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2. Admito mi ignorancia culpable: hasta hace poco desconocía completamente quién era Georg Brandes, un erudito danés de origen judío que publicara diferentes obras críticas. Nació en 1842 en Copenhague y murió en la misma ciudad en 1927. Allí hizo estudios de derecho y filosofía y, a lo que nos dicen sus biógrafos, bien pronto se manifestó como un espíritu cosmopolita, radical, crítico, empeñoso, un espíritu renovador de la cultura y de la literatura danesas. Estuvo influido por Hippolyte Taine y por John Stuart Mill (el gran Stuart Mill) y en su etapa docente, como profesor en la Universidad de Copenhague, fue el difusor del realismo en la literatura. Fue amigo de Henrik Ibsen, fue amigo de August Strindberg y también puede decirse que fue amigo de… Friedrich Nietzsche. Con este último mantuvo una correspondencia extraordinariamente interesante, informativa, reveladora de los estados de ánimo de ambos remitentes. Las cartas que se mandaron Brandes y el filósofo se reproducen en este volumen, cubriendo el período que va del 26 de noviembre de 1887 al 4 de enero de 1889. Además de esas misivas, el libro contiene un ensayo breve sobre las ideas de Nietzsche, sobre su gestación, sobre su elaboración prácticamente en tiempo real o, al menos, inmediatamente después de que se plasmaran en sus libros: conforme el pensamiento del alemán se derramaba en una prosa arrebatada, económica, metafórica, explosiva, tentativa, ensayística, fragmentaria, aforística. Me entusiasma la percepción clara, atinada, que de dicha obra tiene Brandes. Digo que me entusiasma porque vemos a un contemporáneo que sabe ver lo que un genio feliz y atormentado crea. No hay huella alguna de envidia o de servilismo en Brandes: se toma a Nietzsche como un nutriente, pero no para absorberlo desechando su restos, sino para elevarse leyéndolo, comentándolo, dudando, matizando, aprendiendo una lección de la que podrá sacar enseñanza. Tomar a los grandes como fuentes de la propia elevación es una decisión muy provechosa, muy sensata y, desde luego, dice mucho de quien no se resigna a la modestia adocenada de los tiempos. El presente no siempre nos procura modelos a partir de los cuales aprender o discutir: también hay una vulgaridad poco exigente que amenaza con aplastarnos. Por su parte, la historia no es un cementerio de grandes monumentos: también es un depósito de mediocridades de las que conviene alejarse. Brandes supo ver en Nietzsche a un par al que aspirar, dicho así: aunque suene cacofónicamente erróneo.

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3. El subtítulo de la obra es aleccionador: un ensayo sobre el radicalismo aristocrático. Si es un ensayo, eso quiere decir que es un esbozo, que tiene la calidad de lo provisional, de lo fragmentario, de lo tentativo. Brandes no escribe una obra académica en la que se expresaría el estudioso que documenta al detalle cada una de sus afirmaciones. En realidad, escribe el amigo, el admirador, el corresponsal que se toma en serio el estímulo del filósofo. En ocasiones, cuando leemos a los grandes, vemos despertar en nosotros el entusiasmo del descubrimiento: no necesitamos ser pesadamente precisos ni tampoco necesitamos el pormenor erudito o el aparato crítico del sabio. Simplemente hay una página que nos provoca. Como la poesía que vence nuestra resistencia: es un acicate que nos lleva a glosar lo que acabamos de leer, deseosos de comunicarlo. O como cuando vemos una película que nos arrebata y necesitamos contar lo que nos maravilla. Algo semejante nos ocurre con los libros que nos conmueven. Pues bien, Brandes obra así: como un comentarista fervoroso que quiere pregonar a pesar de sus discrepancias. Pero, además, el ensayo no es un puro subjetivismo. Es un ejercicio de rigor en un terreno en el que no se tienen o no se quieren los recursos de la ciencia. Por eso, Brandes detalla casi casi en tiempo real su deslumbramiento nietzscheano. No lo sistematiza, dado que Nietzsche se opuso a toda sistematización. No lo simplifica: si tal cosa significa liquidar lo complejo, lo simultáneo, lo instantáneo, que es aquello que el filósofo celebró. Tampoco lo biografía: si eso implica aclarar con la vida las urgencias expresivas, las energías productoras de quien no supo ni quiso saber cuál era la fuente de su pulsión creadora. En realidad, lo que hace es escribir como si leyera: desordenadamente, fragmentariamente, en clave nietzscheana, con la recreación constante de lo mismo. ¿Y qué dice, qué halla?

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4. Brandes ve sobre todo a un inmoralista, a un crítico de esas certidumbres colectivas que se imponen al individuo nada más nacer. Una de ellas, tal vez la más importante, es la religión: esa comunidad moral de obediencia, de resignación, de compensación. Confiamos en el más allá para desentendernos del más acá. Y el más acá es lo inmediato sin sucesión, sin esperanza. Esperar es soportar la penalidad sin rebelarse. Nietzsche quiere ser extraño y quiere vivir como tal, sin Dios, de ahí que proclame su muerte. Los últimos años de su vida, el filósofo los pasará en Turín, solo: “soy la soledad hecha hombre”, admite. En efecto, los pasará frecuentemente aislado, agigantando su rebeldía o su megalomanía, según el diagnóstico apesadumbrado de Brandes. Los pasará luchando contra la resignación y el mañana…, hasta su crisis final, esa que tan bellamente narró Lesley Chamberlain en Nietzsche en Turín. El subtítulo inglés era exacto: The End of the Future. Tonta, pomposamente, el editor español cambió el enunciado para subtitularlo así: Los últimos días de lucidez de una mente privilegiada (1998). Chamberlain describía aquellas semanas anteriores al derrumbe, semanas febriles de cogitación constante. ¿Qué se había propuesto Nietzsche? Alzar la voz contra la moral, llevar a cabo la transvaloración de todos los valores, consumar el ataque a esas verdades colectivas y presuntas que nos aquietan, nos contienen, nos refinan, nos civilizan y nos domestican. Pero el de Nietzsche es un grito sin respuesta: contra esas hormas que nos ciñen deteniendo el crecimiento explosivo de cada uno en el instante, en un eterno retorno de lo mismo que es lo más parecido a la vida eterna. Explosivo, en efecto, el estallido de sí mismo… Eso es lo que busca por las calles de Turín.

Frente al inmoralista que no se atiene, frente al poeta que no se calla, frente al creador que no se resigna, que se consume forjando el tipo del superhombre, el resto de los individuos nos apañamos: nos vamos igualando, nos vamos pareciendo unos a otros, convertidos en masas, en nación, balando gregariamente, diría Nitezsche. Mientras tanto, la sociedad nos premia con la fijeza y con la estabilidad, con el plebeyismo, con un confort burgués que nos desindividualiza. Pero él no quiere ser así: no quiere vivir en la autocontención, aunque se equivoque, pues –como dice en alguna página– “los errores de los grandes hombres son dignos de veneración porque son más fecundos que las verdades de los pequeños”. Ahora bien, Nietzsche tal vez se equivocó al final: justamente cuando cayó derrumbado por la megalomanía, dice Brandes. “El hombre es sabio hasta que busca la verdad”, había recordado el filósofo, “pero cuando pretende haberla encontrado se convierte en un loco”. Brandes recibe cartas de Nietzsche y allí, en esa correspondencia, se aprecia el giro final: justamente cuando firma como el Crucificado o como el Anticristo. ¿Rebeldía adolescente mal curada? Es, sin duda, algo más importante que eso. Antes de consumarse y consumirse, Nietzsche se ha apartado de los saberes académicos y de las prácticas herrumbrosas que ordenan la filología, la historia, el arte, la ciencia. Pero no para caer en el mero solipsismo o en el estricto narcisismo: también el yo recibe su varapalo y con él los conceptos que lo anclan (la identidad, la pertenencia, la herencia). Nietzsche altera y trastorna: tomado a grandes dosis, purga y enajena; tomado en sorbitos, tonifica y estimula. Lejos de Nietzsche, instalado en Copenhague, Brandes supo evitar la ebriedad final.  

Fin

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CONVOCATORIA E INVITACIÓN GENERAL 

1. Dios

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Siempre he querido tener unas palabritas con Dios, un encuentro de tú a tú para decirle lo que de niño no pude… por falta de arrestos. Cuando era un muchachito leía la Biblia con unción y con fruición: sintiéndome culpable, a la vez, por la dicha que aquellas páginas me procuraban, una felicidad muy materialista y carnal. Había escenas sicalípticas y batallas cruentas, combates cuerpo a cuerpo y movimientos de masas. Había soledades y penalidades, pero sobre todo había el mito hecho relato, narración inacabable: el mito del origen, de la moralidad, del pecado, de la muerte. Había la literalidad, pero había también lo figurado: esa hermenéutica infantil a lo que yo me aplicaba para sacar provecho y lección de aquellas enseñanzas. La cinematografía sagrada de Semana Santa multiplicaba las consecuencias de mis lecturas. Por eso, al poner rostro a los personajes bíblicos, películas como Los diez mandamientos confirmaban lo que aprendía: me provocaban un efecto de realidad y, por supuesto, de temor. 

Pero regresemos a la letra… Aquellas páginas las leía siempre, preferentemente las del Viejo Testamento, admirándome con la variedad de etnias que poblaban la antigüedad bíblica. Las leía sin parar quizá porque, en la biblioteca exigua que mi padre había conseguido reunir, las Escrituras ocupaban un lugar destacado y bien visible: la mirada siempre reparaba en aquella encuadernación severa de  las Ediciones Paulinas, en lomo de piel simulada. Conservo aquel volumen. O, mejor, lo conservaba hasta hace poco tiempo: ahora no lo encuentro entre los anaqueles de mi biblioteca confusa, urgente. Me siento culpable. Debo recuperarlo para volver a releer el Antiguo Testamento, el gran relato de la tradición, esa suma de textos en que aparecen pueblos escogidos e indómitos que se recuperan tras fracasos reiterados, malvados temibles que amenazan la fortuna y el patrimonio de los buenos, santos que son ejemplo de piedad y recogimiento. Pero sobre todo debo recuperarlo para volver a oír la palabra de Dios, ese ser distante y rigurosísimo que tanta desazón nos causaba a los adolescentes.

En aquellas páginas, siempre me angustiaba la presencia de la Providencia, omnisciente y omnipotente. Los creyentes de entonces temíamos, en efecto, la imagen imponente de aquel Dios severo y vigilante que imponía penas y penitencias a unos devotos pecadores, muelles. Siempre me sorprendía con el pie cambiado, con el pecado cometido; siempre con tentaciones invencibles. En mi ejemplar de las Ediciones Paulinas había unas pocas fotografías bíblicas: sí, fotografías de los años sesenta –calculo– en las que quedaban retratados tipos israelíes, palestinos, campesinos, artesanos, o en las que se mostraban parajes desérticos y oasis fertilísimos. O eso recuerdo. Era un modo de ilustrar la lectura piadosa en un mundo actualísimo, vertiginoso. El efecto que me provocaban aquellas imágenes era el de permanencia, vigencia: en Tierra Santa, los tipos humanos y los paisajes seguían siendo los mismos miles de años después. Eso quería decir algo…  De quien no había fotografía era de Dios, claro: una ausencia que aumentaba su enigmático poder para mi imaginación adolescente. 

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 2. Manuel Talens

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Desde que leí su primera narración envidio a  Manuel Talens. Envidio su portentosa imaginación, capaz de edificar mundos inexistentes pero extraordinariamente parecidos al real; capaz de recrear con la sintaxis lo que justamente quiere decir. Con una palabra de más, con barroquismos lujosos, o con economía verbal –escueta y exacta, pues– su escritura siempre me parece de una sonoridad precisa. No se trata de que escriba bien o bellamente. Es algo más sutil y más importante, por supuesto. Que su escritura sea de una sonoridad precisa significa que dice lo que quiere decir, pero sobre todo que cada personaje (narrador incluido) se pronuncia con el habla, con los modismos, con los idiolectos que le son propios. En general, todos ellos se comunican con gran corrección, incluso cuando los tipos retratados son vulgares o analfabetos: hay en sus voces una sabiduría antigua, popular. Una de las habilidades expresividades que distinguen las obras de Talens son sus exabruptos, sus imprecaciones, sus malas palabras, cuidadosamente dispuestas cuando toca y por quien toca. Hay también en la prosa del autor una capacidad probada para reproducir discursos culturalmente muy distintos, de espacios y de extracciones sociales muy diversas.

Cuando esto se da en un escritor, los críticos literarios suelen decir que el novelista tiene buen oído: que tiene buen oído para captar los registros particulares del pueblo, de los doctos, de los gobernantes, de los refinados y de los adocenados. Es un tópico, ya lo sé, pero en el caso de Manuel Talens, tal capacidad está suficientemente probada. Ahora bien, esa habilidad no sería gran cosa sin el humor. Saber reproducir lo que un capellán o lo que un campesino dicen –y cómo lo dicen– está bien. Lo que está mejor es que quien escribe consiga remedar esos discursos haciendo guasa con la expresión misma, bromeando con nuestro tenor expresivo, con esas fórmulas más o menos estereotipadas, con esos restos verbales del pasado que repetimos cuando hablamos. No es el único rasgo creativo de Talens, pero la ironía es decisiva en sus ficciones: más aún, la ironía posmoderna. “La respuesta posmoderna a lo moderno consiste en reconocer que, puesto que el pasado no puede destruirse –su destrucción conduce al silencio–, lo que hay que hacer es volver a visitarlo; con ironía, sin ingenuidad”. Eso decía Umberto Eco y eso hace su aventajado discípulo, Manuel Talens.     

Ahora acaba de publicar una novela, La cinta de Moebius, en la que retoma pasajes bíblicos con libertad creativa y con documentación abundante, con recursos de escritor o de lector resabiado: con numerosísimos guiños posmodernos, con citas explícitas e implícitas, con alusiones crípticas o expresas. Hay hasta una bibliografía final. ¿Bibliografía? ¿De quién? ¿Del narrador o del escritor? Bien pensado, ese exhibicionismo erudito sólo puede deberse al narrador empírico. Fíjense que en esta novela Dios tiene una presencia definitiva. Es más: es propiamente su narrador. Así, con todas las letras. Si Dios es omnisciente, no le veo justificándose, poniendo acreditaciones o documentando sus afirmaciones. Es, pues, el escritor quien añade ese aparato crítico en el que se basa la ficción. Desde luego no es la primera vez que ocurre. En otra de sus novelas, Hijas de Eva,  hacía algo semejante: enumeraba los libros que le habían servido para recrear, por ejemplo, la Valencia de antaño. ¿Está obligado el escritor a hacer algo así? Por supuesto que no. A mis alumnos, siempre que puedo y viene a cuento (nunca mejor dicho), les expongo el caso de Hijas de Eva: el autor empírico de una ficción no está obligado a detallar su fuentes; menos aún, si una parte de esos libros son pura invención, como es el caso de aquella novela de Talens. Cuando eso sucede, ¿qué es lo que estamos leyendo? ¿Una bibliografía apócrifa que, al modo de Jorge Luis Borges, se burla de los usos eruditos? En fin, un lío… posmoderno. También Umberto Eco, naturalmente, se valía de estos recursos académicos para liarnos a su antojo y a su manera: para provocarnos una impresión, un efecto de realidad, que diría su amigo Roland Barthes.

No les voy a descubrir los contenidos de la novela, de La cinta de Moebius, obra en la que lamentablemente toda la bibliografía citada es real. Digo lamentablemente porque en ese apartado final, el dedicado a las fuentes, el autor parece haber abandonado el juego de la erudición apócrifa. Mezclar lo verdadero con lo verosímil es propio de las novelas. De las novelas. En éstas, no es extraño que el novelista disponga al principio o al final del texto, pero siempre fuera del relato, lo que llamaremos notas de autor: son esos apartados paratextuales que sirven para aclarar procedimientos o para justificar decisiones. Hay novelas, sin embargo, en donde las notas de autor son artificio y, por tanto, se integran en la narración misma, en su ficción. Así sucedía, por ejemplo, en El nombre de la rosa. Creo que Talens es capaz de gamberradas  como la que se propone en esta ficción, pero –quién sabe– quizá su parte edificante o su disposición académicamente correcta le han aconsejado reprimir la licencia de la bibliografía apócrifa, algo que se consentía en Hijas de Eva.

“Todo narrador de oficio sabe bien que, para ser verosímil, cualquier libro que aspire a reproducir el tiempo pasado debe apoyarse necesariamente en otros libros que lo procedieron. La siguiente es una lista no exhaustiva, aunque sí fundamental, de los que han sido utilizados”, decía al final de Hijas de Eva. ¿Decía? ¿Quién decía eso? El apartado se titulaba “Bibliografía” y las palabras literales que he reproducido no podían tomarse propiamente como nota de autor: la mayor parte de los títulos de los libros eran inventados y, además, si quien decía hablaba de “narrador de oficio”, entonces es que era el propio narrador –quien cuenta la novela– y no el autor empírico –quien la escribe– el que se estaba refiriendo a sí mismo. “Además, el narrador quiere expresar…”, concluía aquella nota.

Si, ahora, Manuel Talens es tan temerario como para poner a Dios en el centro de un relato –cosa que supera lo previsible–, entonces no entiendo por qué no se deja llevar por la ficción hasta el final: hasta ese elenco bibliográfico fabuloso que acreditaría lo dicho. Pero dejemos este reproche erudito…: yo jamás me atrevería a ello, a idear ficciones con Dios como personaje. Pero no por contención piadosa (válgame Dios), sino por mi propia incapacidad para fantasear tan audazmente: nunca se me ocurríría escribir sobre Dios haciéndole protagonista de un relato o usurpando su papel.

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3. El narrador omnisciente

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El papel de Dios, justamente. Darle todo el protagonismo a la Providencia hasta el punto de descubrirnos su mundo interior y su entorno. Es de celebrar que un autor como Talens –ateo, supongo– se tome en serio eso del Reino de los Cielos haciendo de dicho espacio el lugar de la acción novelesca. Allí reina Dios, efectivamente, pero es Gabriel Arcángel (que es como firma) quien nos sirve de guía por aquellos dominios. No tenemos a Virgilio, sino a este ser alado y de sexo aplumado. Dicho personaje –que se halla básicamente desocupado desde la Anunciación a María– quiere hacer algo productivo, algo en lo que se reconozca. En este empeño veo un esfuerzo contrario a la alienación, ese estado anímico sobre el que los filosósofos  alemanes tanto han escrito… Alienación, enajenación: verse extraño, desubicado, no reconocerse en las obras o en los actos, en los productos finalmente resultantes. Gabriel desea sentirse necesario y desea también sentirse justificado. Desde luego es alguien que valora mucho la formación intelectual y, por lo que leeremos, alguien que tiene una tendencia progresista irreprimible. Un trasunto del autor, quizá? Y qué más da. Gabriel se preocupa por el estado general del Cielo y, más aún, por el estado particular de Dios. Si allá arriba las cosas no marchan demasiado bien, ¿qué podemos decir de esa copia deslucida que es la Tierra? Pero…, ¿quién cuenta todo esto, quién relata? Volvemos al problema que nos planteábamos más arriba. Desde luego no es una voz que se exprese en primera persona, sino un narrador omnisciente que es Dios, exactamente Dios, un mecanismo autogenerador, capaz de decir, de contar, de hacer incluso en estado latente.

Está en medio de la obra observándolo todo, el devenir del mundo. Ese Dios presente pero ausente a un tiempo es también el autor, que gobierna el destino de sus personajes con la autoridad de quien es responsable y creador. El Dios de La cinta de Moebius es efectivamente responsable: rige el curso del mundo y de sus criaturas, aunque –eso sí– con alguna dificultad insalvable. Frente al monstruo de Frankenstein, dejado por su creador, o frente a los Replicantes huérfanos de Philip K. Dick, abandonados, el Dios de Talens se ocupa del orbe. Pero al final ese mundo es igualmente caduco, por lo que habrá que resetearlo, que repararlo, tarea más propia de un autor que de Dios: un autor –Talens– que se descubre en su voluntad ideológica de rehacer voluntariosamente lo torcido o lo que juzga indigno. ¿Una intromisión autorial? Digo esto e inmediatamente recuerdo el consejo de Gustave Flaubert, sus reparos de novelista-demiurgo: “el autor debe estar en su obra como Dios en el universo: presente en todos lados, visible en ninguno. Dado que el arte es una segunda naturaleza, el creador de esta naturaleza debe actuar según procedimientos análogos: que se note en todos los átomos, en todos los aspectos, una impasibilidad escondida e infinita.”  

No me pidan más detalles ni me insistan con mayores pormenores. No diré más para no fastidiarles la novela. También me he reprimido al escribir la reseña para Ojos de Papel. Lo que un comentarista debe mostrar no es un resumen  argumental, sino escrutinio crítico y, sobre todo, entusiasmo lector: más allá de que coincidamos o no con la ideología del autor, con su plan de ataque o con su reelaboración del mundo externo. Yo dediqué tres días a leer, anotar y comentar esta novela… con Dios. En plena Semana Santa. Nada mejor podía hacer: reservarme una obra tan bíblica en fechas especiales para elevar mi decaído espíritu con levadura irreverente. Ahora, para expiar mis debilidades, haré la relectura completa de Todo Talens. O eso espero. Me lo piden el cuerpo y una penitencia que me han impuesto.

FIN

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4. Hemeroteca

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-Reseña de Justo Serna de La cinta de Moebius para Ojos de Papel (abril de 2008)

-El escritorio de Manuel Talens. El sitio web del escritor.

-Entrevista a Umberto Eco: la interviú que alguna vez habría que releer…

-Naturalmente, Umberto Eco.

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5. Scriptorium

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“…Hay muy buena literatura sobre la venganza imaginaria. Estoy pensando, por ejemplo, en Manuel Talens. En Venganzas (Tusquets), un espléndido libro de relatos, Talens reunía un conjunto de cuentos, generalmente narrados en primera persona y enmarcados en una época crucial de la historia reciente, la que va de la República al final del franquismo. La clave de todas esas peripecias y personajes era la dignidad, la cualidad humana de aquellos que no renuncian a su condición y que se rehacen. Las ‘venganzas’ del título lo son, sí, pero desde esa dignidad. En alguno de esos relatos, el desquite se consuma desde la justicia poética: como es la muerte de Franco por asfixia excrementicia…” Más