Copypaste

30 Mayo 2008

0. ¿Existen los negros?

Llevo días y días corrigiendo exámenes y trabajos, textos más o menos extensos. Como un galeote atado a su galera, cumpliendo condena y padeciendo un sedentarismo tóxico, muy tóxico. Lo noto. Yo procuro caminar horas y horas, sumido en mis ensoñaciones de paseante solitario, sí: buscando un cierto anonimato andarín. Esos momentos son, para mí, instantes de observación y de reflexión, unas horas de autoexamen y de contraste. Qué placer. Durante estas últimas semanas, ya digo, no he podido cumplir mi dieta peripatética. Camino mucho menos y acuso esa circunstancia temporal. Son jornadas de lecturas académicas inacabables. Algunas placenteras; otras, no.  Pruebas de primer ciclo por aquí; tesinas por allá;  disertaciones por acullá. Son lecturas instrumentales y obligatorias, claro, que en ocasiones te sorprenden muy agradablemente. Otras veces te decepcionan.  En cualquier caso aprendes mucho… sobre la condición humana y sobre la Universidad.

En la entrada anterior les hablaba del último Buenafuente con que nos deleitamos en casa. Las lecturas no son inocentes, ya lo sabemos. Y todo produce efectos que sirven para contrastar, consecuencias imprevistas. Si lees Digo yo, de la factoría de El Terrat, y aprecias su prosa jocunda y correcta, entonces te vuelves más exigente con tus alumnos: si un tipo joven e indocumentado, como el personaje que encarna –que encarna– Andreu Buenafuente es capaz de firmar eso, de escribir con soltura y sin atoramientos, entonces cualquier universitario debería estar en condiciones de redactar algo con precisión, algo con erudición, algo con guasa bien medida.  No, se me dirá. Buenafuente tiene un equipo de guionistas o redactores y, en todo caso, el showman es literalmente un cómico, alguien que juega con el lenguaje, con los dobles sentidos, con los sobreentendidos, con los malentendidos. No todo el mundo está dotado para ello, para esos volatines verbales. Por tanto, comparar lo que escriben los estudiantes con lo que firma Buenafuente es incorrecto.

Pues bien, yo creo que no lo es. Buenafuente es un individuo cuya identidad privada no conocemos:  y, además, no nos interesa. Pero el personaje que representa es un síntoma o un espejo: un tipo en cuyo reflejo quizá harían bien en mirarse muchos de los alumnos. Encarna a un colega que conoce sus carencias, un tipo normal lleno de dudas, alguien que no tapa sus lagunas culturales y que cuando se jacta de algo sabe sobreactuar para reírse de sí mismo, para frustrar la vanagloria. Como decía, sus libros los firman varios, entre ellos y últimamente el gran Jordi Évole alias el Follonero, que ahora desarrolla un nuevo programa en La Sexta bien recomendable: Salvados por… No se lo pierdan: la gamberrada en estado puro. Quizá algo exagerado a veces, aunque siempre incisivo y ocurrente. Pero vuelvo, que me pierdo.

Decía que los libros de Buenafuente los firman varios guionistas. ¿Son negros? No se ocultan, ya digo y digo yo, y cuando las ocurrencias son propias del showman bien que nos lo advierte: en la televisión y en sus libros. O, como dije tiempo atrás, “hacer explícito este hecho (que Buenafuente se preste como emisor de una voz colectiva y zumbona que denuncia lo que nos pasa) tiene, pues, otra parte chistosa: hasta el cómico que cuenta chistes es un farsante, un impostor y lo que dice son palabras de otros, pero esos otros tampoco son los dueños de esa cháchara pues compendia con guasa lo que mucha gente piensa o lamenta o deplora”. Perdón por la prosa.

En otros términos, los monólogos de su programa son eco, resonancia, documentos de nuestro tiempo pasados por el cedazo del choteo. ¿Copian, repiten, plagian? No: lo que hacen es tomar palabras ya dichas para rehacerlas con ironía. Una actividad muy posmoderna, en realidad. No podemos desechar la realidad; no podemos olvidarnos del pasado; no podemos ser enteramente originales. Muy bien: pues si somos enanos subidos a espaldas de enanos (de enanos, insisto), apropiémonos de ese fardo usándolo explícitamente. Reelaboremos frases hechas, tópicos de nuestro tiempo, materiales de desecho, cosas ya dichas millones de veces para decirlas ahora de otro modo. Como los amigos de Buenafuente son profesionales no plagian, no repiten, no copian.

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1. La prueba del algodón

Entre esos trabajos académicos que he debido corregir en las últimas semanas he detectado unos cuantos casos de copypaste. Cualquier profesor me admitirá que pasar por ello es una experiencia decepcionante: que un alumno tuyo copie y pegue un texto azarosamente encontrado en Internet haciéndolo pasar como propio es un fraude. Una interpretación precipitada de este hecho puede llevarnos a la resignación: estamos en decadencia; nunca como ahora se ha rebajado tanto el nivel; ser un caradura es ahora más fácil. No se fíen de explicaciones de esta índole.

La copia ha existido siempre, precisamente para que el saber no se pierda: como hacían esos monjes copistas que estaban en el scriptorium repitiendo obras antiguas o como esos personajes que sobreviven en Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, unos tipos que aprendían de memoria libros enteros para transmitirlos oralmente. De acuerdo, se me dirá, pero estamos hablando de copias fraudulentas. Si, en efecto. También la copia fraudulenta ha existido… desde el principio. En los exámenes, por ejemplo, siempre ha habido gente que ha intentado usar chuletas o mirar el ejercicio del vecino. Y en los trabajos escritos, igualmente: siempre ha habido listillos que han fusilado párrafos enteros de libros o enciclopedias haciéndolos pasar como propios. Sí, me admitirán, pero ahora todo es más fácil para cometer fraudes. Gracias a páginas como la Wikipedia (a la que Ciberpaís dedica un monográfico muy interesante), los estudiantes perezosos pueden calcar lo que allí pone para solventar el expediente, para hacer un trabajillo en un plis-plas. ¿Que es más fácil copiar ahora y así poder aparentar un esfuerzo o una sintaxis de la que se carecen? No y mil veces no. Es justamente lo contrario: gracias a Internet es mucho más sencillo descubrir el fraude. ¿Cómo?

Un amigo y yo lo llamamos la prueba del algodón (lo siento: mi degradada cultura de masas perturba mi prosa). ¿En qué consiste? Te entregan un trabajo, referido a Mayo del 68, por ejemplo. Empiezas a leerlo y de repente te tropiezas con una expresión rara, una frase que comienza diciendo: “el veterano periodista”. Que un joven de hoy escriba eso es altamente improbable, salvo que sea coetáneo de ese veterano, o salvo que tenga una retórica algo gastada, o salvo que…

Copias esa oración en Google, primero entrecomillada, y luego pulsas la tecla Enter. ¿Y qué descubres? Más de treinta y cinco mil entradas, un océano de referencias. Vuelves copiar eso de “el veterano periodista” pero ahora le añades el nombre del señor que el estudiante menciona. ¿Y qué adviertes? Que esa oración aparece entre las primeras páginas del elenco de Google: la ves allí, y en negrita; allí está, en efecto, aquella frase que te chocó en el trabajo que estabas leyendo. ¿Una casualidad expresiva? Ingresas en esa web, ¿y qué descubres? Si hay fraude, es altamente probable que junto a dicha oración aparezcan párrafos y párrafos que te suenan y que tú, en tu buena fe, atribuías a la cuidadosa redacción del discípulo aventajado. Ja, ja, ja.

Años atrás, leí Com va la vida. Buenafuente Greatest Hits, una antología de los cinco volúmenes que hasta ese momento había publicado el showman. ¿Quién firmaba el prefacio de dicha obra? El grupo de guionistas: pero, eso sí, burlándose del plagio, de la impostura, de la autoría presunta. Los prologuistas firmaban como “Ana Rosa Quintana“: saqueando, pues, un nombre, adoptando un nick, jugando a la copia de la copia. Ya digo y digo yo: a aquellos estudiantes que, creyendo ser avispados, sean sorprendidos en un renuncio, debería imponérseles como penitencia la lectura… y la copia: la lectura de la obra completa de Buenafuente y sus amigos, con copia manual y en folio aparte. O, si prefieren, que hagan tareas cooperativas redactando voluntariamente voces para la Wikipedia. Así aprenderán.

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Variedades

-Ex jóvenes. Ahora que acaba mayo y que André Glucksmann ha vuelto con su hijo para rehabilitar en parte el viejo 68 (Mai 68 expliqué à Nicolas Sarkozy), convendrá recuperar también lo que en este blog decíamos hace justamente trece meses. ¿Sarkozy? ¿Glucksmann? Lean, lean…

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-Nick. Hablando de nicks, el señor Kant despierta interés entre los lectores de este blog. Sin duda. Sus intervenciones provocan la adhesión o la irritación o la discusión: no dejan indiferente. Ha habido lectores de esta bitácora que, personalmente o por correo privado, me han preguntado quién es este señor Kant. El interesado desea permanecer emboscado bajo dicho alias, pero ha tenido la amabilidad de mandarme su retrato, firmado nada menos que por Liniers. Aquí lo tienen. Más no puedo hacer…

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-Exámenes. Amy Winehouse. “Es lo que le faltaba a Amy Winehouse (…). A su reconocida autoridad musical –comparada con leyendas del jazz y del vocalismo negro americano– se ha unido ahora la autoridad literaria: un examen final de Literatura de la Universidad de Cambridge la ha puesto a la altura de William Skakespeare y sir Walter Raleigh”. Siga leyendo...

Lunes 2 de junio de 2008, nuevo post a las 14 horas

Cultura de masas

27 Mayo 2008

  

0. La rebelión plebeya

 No quería volver a tratar este asunto, pero como para algunos analistas estamos en una situación de emergencia la responsabilidad obliga. Las audiencias se disparan como nunca y eso provoca un desconcierto creciente, mayúsculo, entre las elites culturales. Con su falso tupé, Rodolfo Chikilicuatre nos empitona a todos. Es un fenómeno -porque Rodolfo… es un fenómeno-, algo que a todos desconcierta: a los listos y a los tontos, a los cultos y a los ignaros, a los severos y a los caraduras, que no sé si son los mismos. Incluso quienes estamos dispuestos a no culparnos –quienes estamos preparados para divertirnos con la bulla, asumiendo lo kitsch y aceptando el triunfo inevitable del frikismo–, un caso como éste nos pone en un brete. En efecto, Rodolfo and Friends son un aprieto para todos nosotros. Nos obligan a preguntarnos muchas cosas. Piensen: más allá del producto, la circunstancia seguirá. ¿Y cuál es la circunstancia? El Terrat, la productora que inventó a Rodolfo, se ha propuesto disolver la severidad impostada, ha decidido convertir en rentable el choteo universal.

Saben hacer caja promocionando a todos los monstruos, siempre una figura reconocible. ¿Recuerdan al Neng, inspirado en un bakala? ¿Recuerdan a Narcís Reyerta, un Risto Mejide avant la lettre? La verdad es que Buenafuente and Friends dan vértigo. La evaluación de lo aceptable y de lo inaceptable, de lo bello o lo monstruoso, se quiebra si lo kitsch es consciente y sarcástico. Los de El Terrat parecen un grupo de universitarios gamberros de Colegio Mayor, gentes dispuestas a reventar esa severidad del preceptor, del profe, del tutor. Temibles… Es fácil olvidarse de ellos, descartarlos como los que son: unos bromistas pendencieros. Lo difícil es sobrevivir a una guasa que se impone y se universaliza. Como Chiquito de la Calzada, tan amado por Buenafuente y por un público basto, vasto e interclasista. Hay hallazgos verbales en Chiquito, agudos que perforan el tímpano de sus espectadores, deslizamientos corporales propios de un maiquelyacson.

 Llevamos un siglo perorando sobre la comunicación de masas, sobre el descrédito del elitismo cultural. Llevamos varias décadas interrogándonos sobre el Festival San Remo su arte canoro; sobre el de Eurovisión y su decadencia; sobre Abba y sus arreglos; sobre Julio Iglesias y el embeleso de su voz, y resulta que es ahora cuando la rebelión plebeya y el mal gusto explícito triunfan sin embozo; es ahora cuando se abre una hendidura difícil de sellar. ¿Por qué razón? Porque la exaltación de lo kitsch –que Buenafuente and Friends perpetran– se hace con mañas deliberadas; porque ese mal gusto no es inocente y sus factores, quienes lo elaboran, se sirven de sobreentendidos inteligentes, de guiños muy rentables.

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1. El crusaíto
¿Qué va a quedar del Chiki Chiki? Si las cosas van bien, esta notable pieza musical será un éxito en las verbenas del próximo verano. Ya me imagino mis odiadas fiestas populares con remedos de Rodolfo, Rodolfo multiplicándose: veo orquestas con nombre evocador y antiguo (Ritmo y melodía, Apaches) interpretando el sonsonete universal mientras sus respectivos vocalistas -tocados con tupé- organizan el contoneo colectivo. Ay, qué dolor, qué pena.

El lunes 27 de mayo, un periódico tan circunspecto como El Mundoel diario de la mosca– dedicaba un editorial al Chiki Chiki. Y lo hacía doliéndose también: al editorialista le duele esta España y así lo manifestaba con desgarro, con sentimiento, con escándalo. ¿A quién hay que atribuir este ridículo continental?, se preguntaba. ¿Quién es el responsable de este desaguisado?, insistía. Una sencilla manera de responder a esta cuestión: culpar de todo a Televisión Española y a las instituciones oficiales; decir que esto es un esperpento subvencionado. Días atrás, El País –si, sí, El País de… las Tentaciones– dedicaba dos extensísimas páginas a ello precisamente: a la exaltación y a la subvención del frikismo. Por otro lado, su suplemento juvenil –ese Tentaciones, ahora EP3– se ocupaba de Sébastien Tellier con la excusa de su sofisticación: justamente como el hombre que dignifica Eurovisión. Admito que me sorprende muy agradablemente el cantante francés: con mucho, el más insólito de la noche festivalera. Pero esa  transgresión se apropia de valores y de recursos igualmente frikis. Pero dejemos a los jóvenes formales de Tentaciones. Otros periódicos, igualmente severísimos, también han acabado por lamentar el horror estético que encarnaría el payaso fabricado por El Terrat, ese monstruo del crusaíto. La cuestión no es baladí. ¿De verdad, de verdad, que hemos debido esperar a 2008 para preguntarnos sobre el kitsch, sobre la participación de Televisión Española en la cultura hortera de las últimas décadas?

No nos engañemos y no nos ensañemos. ¿Es que acaso la cultura popular del tardofranquismo puede pensarse sin la canción del verano, aquel vulgarísimo certamen que se disputaban Los Diablos, Fórmula V o Tony Ronald? Yo los seguía con fidelidad adolescente, sintiéndome culpable: una culpa solitaria sólo compensada con mi afición simultánea a Lou Reed o David Bowie. ¿O quizá estos cantantes del rock o del glam, del gay power, eran figuras egregias e indiscutibles de la música ligera. Por otra parte, la poesía del pop y del rock: es, con frecuencia, síntoma de deseos toscamente expresados y de desechos menores, sin atisbo de grandeza; es, comúnmente, señal de frustraciones nada trágicas, de aspiraciones incluso colectivas y poco inspiradas; cuando eso ocurre, también es indicio de una empeñosa escritura, virtud demasiado tosca. Pero insistamos ahora en el pasado hortera de TVE. 

 ¿Es que acaso la cultura audiovisual de la transición puede concebirse sin Aplauso (1978-1983), dirigido por José Luis Uribarri? Aquel programa producido por Televisión Española, bien popular a comienzos de los ochenta, tenía un microespacio que se titulaba La juventud baila y del que era responsable José Luis Fradejas: convertían el plató en una provisional sala de baile, simulando una discoteca febril, precisamente: era la de la época de John Travolta, de los Bee Gees, de Grease, de Olivia Newton-John. Allí, en estudio televisivo, numerosos muchachos se esforzaban y se empeñaban demostrando sus habilidades coreográficas: un antecedente, vaya, de los Operación Triunfo, ¡Mira quién baila!, Fama, Tú sí que vales, etcétera. ¿Cuál es la diferencia con Rodolfo? Pues que la celebración de lo cutre que Chikilicuatre ahora emprende es deliberada, sacando el estereotipo a pasear, a bailar, a perrear, parodiándolo con sarcasmo y ternura, con la consciencia de que dinamitamos con guasa impenitente la idea loca de un certamen canoro: eslavo, báltico, mediterráneo, británico, centroeuropeo o de Uribarri. Sólo encuentro un precedente más o menos equiparable: el programa de Chicho Ibáñez Serrador que Televisión Española emitió años atrás, El Semáforo. De todos los virtuosos que allí accedieron para cantar provocando espanto hay uno al que se le recuerda con estupor y cariño: Cañita Brava, se llamaba aquel políglota cantante cuyas piezas aún suenan (¡un saludo!). En un viaje reciente lo vi paseando por la capital coruñesa, con determinación y tímido desparpajo: era una leyenda local, alguien que tenía repertorio, que había hecho galas y bolos y que, para colmo, había participado en Torrente.

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2. El plebeyismo

Hay una conexión estética, sin duda, entre El semáforo… El Terrat o Amiguetes Entertainment, la productora de Santiago Segura. Es más: se dice que el autor de la letra del Chiki Chiki es el director y protagonista de Torrente. Más allá de colaboraciones esporádicas o vinculaciones efectivas (entre Buenafuente y Segura, o entre Rodolfo y Santiago), lo cierto es que todo ese feísmo explícito y esa guasa consciente forman parte del plebeyismo. ¿Una patología? ¿Una novedad? Ya Ortega y Gasset se lamentaba de esta afección en un ensayo de… 1917. ¿Su título? Democracia morbosa.

Estamos a comienzos del siglo XX y las masas parecen imponer su dominio sobre la cultura, sobre la política, sobre la sociedad. Hay indicios que el aristocratismo de Ortega le permite percibir. La descortesía o el dicterio, el grito y el estrépito ganan: como ganan lo bajo y lo ruin, añade. La democracia entendida estricta y exclusivamente como norma del derecho político parece una cosa óptima, precisa Ortega. Pero la democracia como igualitarismo exasperado de la plebe es el triunfo del mínimo común denominador. La ley del número no tiene por qué aplicarse a dominios en los que no juzgan ni pueden juzgar las mayorías. Nació la democracia, añade Ortega, como el noble propósito de salvar a la plebe de su condición: nace para romper la desigualdad jurídica, para elevar al pueblo, para proporcionarle las posibilidades –culturales, entre otras– que la fatalidad histórica no ha concedido. Pero lo que está ocurriendo es que el demócrata ha acabado por simpatizar con la plebe en cuanto plebe: se generalizan sus costumbres, sus hábitos, sus enfoques. ¿Y? Pues, según Ortega, parece toda una venganza de los bajos contra los antiguos privilegiados, parece la consumación del resentimiento que dictaminara Friedrich Nietzsche: se abandona toda excelencia y se impone lo ordinario, de modo que –como una zorra perezosa– el hombre vulgar prefiere lo agraz, las uvas amargas; prefiere abandonarse sin exigirse a sí mismo.

Pero no se piense que lo ordinario es sólo característico de la plebe: la vulgaridad se ha impuesto entre escritores o políticos mediocres, entre gentes cultivadas, entre gentes con posibilidades, que deberían exigirse algo más. No lo hacen y desdeñan cuanto les desmiente y cuanto les contraría: y todo envenena su interior. Es inútil, insiste Ortega, que consigan desempeñar algún papel vistoso en la sociedad. “El aparente  triunfo social envenena más su interior, revelándoles el desequilibrio inestable de su vida, a toda hora amenazada de un justiciero derrumbamiento. Aparecen ante sus propios ojos como falsificadores de sí mismos, como monederos falsos de trágica especie, donde la moneda defraudada es la persona defraudadora”. ¿Y en qué oficios o tareas se manifiesta más evidentemente?, se pregunta. Ese estado del espíritu se hace presente sobre todo en “aquellos oficios donde la ficción de las cualidades ausentes es menos posible”. ¿Hay algo más triste que un escritor, un profesor o un político carentes de talento, sin capacidad sensitiva, sin finura expresiva, doblegados por el fracaso íntimo que les duele? Periodistas, profesores y políticos sin talento son, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, dice Ortega. Literalmente, ”la purulenta secreción de esas almas rencorosas”.

Si regresamos a 2008, ¿a quiénes podríamos aplicar esos diagnósticos ciertamente apocalípticos? Podría parecer que hablamos de los payasos que hacen reír a las masas en la televisión. En ese caso concluiríamos que son avispados cómicos quienes rebajan el nivel de la plebe: aquellos que serían responsables de la confusión, del desorden. No niego que en ciertas ocasiones algunos de ellos se entreguen a lo fácil, incluso a la procacidad más palmaria; pero en otras ocasiones su humor es un corrosivo de la impostura, un disolvente de la falsa gravedad, de la tiranía del pijo. En ese sentido son biehechores y su labor es benemérira: son cómicos, los de una tradición dignísima de la cultura popular, de aquella que viene del carnaval, de la inversión del mundo, de la critica soez. Hay, sin embargo, otros payasos que pertenecen por derecho propio a la cultura de masas más degradada: a aquella en la que triunfa el charlatán cuyo fin es enredar, ese charlatán sibilino, que opera con cinismo, que se instala en un cinismo encubierto atreviéndose a juzgar desde allí.

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 3. La educación

En realidad, las procacidades o las gansadas no son gran cosa ni producen graves consecuencias si aprendemos a ver, si aprendemos a leer, si sabemos discernir, si asistimos con ironía y y distancia a lo soez o lo chocarrero: al espectáculo del horror estético, por ejemplo. Buenafuente  es un payaso, ya digo, un payaso plebeyo cuyas bromas son perfectamente digeribles si tenemos estómago para asimilarlas. Desde luego no hay que hacer un curso especial: solamente tener una cultura aceptable, tener inquietudes, tener un puntico de ironía. Es lo que procuramos en casa. Allí, por ejemplo, algunos de los lectores que nos reunimos hemos disfrutado con el último volumen de Buenafuente. Entre nosotros es tradición adquirir los libros del showman. Tenemos ya una Biblioteca Buenafuente. La nueva obra se titula Digo yo y recoge los monólogos de La Sexta. Mi hija, de once años, ha disfrutado con algunos de sus sermones más entretenidos. ¿Le han hecho daño? ¿Le han sentado mal?

Creo que, a poco que les ayudemos, los niños saben distinguir muy pronto cuándo se les toma el pelo, cuándo se les trata con cinismo, cuándo se les toma en serio. El volumen de Buenafuente es no engaña: aparece como autor el cómico catalán y detrás de él aparecen también Jordi Évole, Joan Grau, Xavi Roca y Berto Romero, entre otros: así hasta un docena de firmantes. Exactamente lo contrario de lo que ocurre con el autor más prolífico de la España reciente: César Vidal. ¿Cuántas obras suyas aparecen al mes? Pestañeas y seguro que te pierdes uno de sus libros: firmado por él, sin duda. ¿Escrito por él? Suponemos que, al menos, leído por él…

Buenafuente, en cambio, suele hacernos una entrega anual y, encima,  los guionistas también firman. El Terrat  nos saca los cuartos, pero aún no les he visto un producto totalmente insolvente o completamente cínico.  Digo yo está bien escrito (para lo que es el nivel del periodismo  actual), tan bien escrito que es muy recomendable como lectura infantil. No es broma: yo no pasaría cualquier cosa a mis hijos. No puedo consentirme ese cinismo. Procuro recomedarles páginas que les eleven el espíritu, y los monólogos de Digo yo son instrucción moral y guasa, todo ello expresado con prosa resuelta y correctísima. No es necesario estar siempre de acuerdo con Buenafuente and Friends. No es preciso reírse de todas sus gansadas, pero, ah amigos, los gamberros de El Terrat son inteligencia explosiva.

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Nuevo post, vienes 29 de mayo a las 12 horas

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Variedades

-A. El intelectual de guardia. Escribe Àngel Duarte sobre José María Lassalle. Escribe con tino y sutileza, pero creo que falta algo en su dictamen. Lassalle es un intelectual que, frente a otros, no pierde fuelle teórico o analítico por el hecho de ser asesor áulico. Se le nota, quizá, la ambición, pero eso, en política, no es malo. Sólo es erróneo calcular malamente las consecuencias imprevistas de la acción. Y creo que Lassalle, experto conocedor de la tradición liberal, no siempre ha calculado los efectos inintencionales de lo que hace o de lo que escribe. Por ejemplo, meses atrás me decepcionaba una y otra vez cuando se ponía el disfraz de diputado pendenciero, algo que sucedía con alguna frecuencia en la pasada legislatura, la legislatura de la bronca: perdía su brillo, su lozanía reflexiva, para convertirse en ariete de un partido confuso, el suyo. En cambio, cuando escribe sobre el liberalismo o sobre Isaiah Berlin (en Abc recuerdo alguno), generalmente acierta. Se lo dije al propio Lassalle en un correo privado y él tuvo la generosidad de remitirme un artículo más extenso sobre el mismo tema titulado “Hamlet en Oxford”, publicado en la revista de la FAES. En FAES, precisamente: ése es el fardo que acarrean los moderados del PP. O, en otros términos, el problema de Lassalle es el problema de Rajoy: han creído que lo liberal, lo sensato o lo moderado pueden finalmente salir adelante en un medio hostil, guerrero, al que ellos no le hicieron ascos en su momento. Han creído que ciertos apoyos y ciertas colusiones eran beneficiosas (sin efectos secundarios). Ahora estamos viendo que no es así. Habrá que volver sobre Lassalle. Hace años, nos rendimos homenajes mutuos a pesar de no ser de la misma cuerda: Anaclet Pons y yo escribimos una reseña de su espléndida tesis doctoral (dedicada a John Locke) y él –en contraprestación y agradecimiento–nos hizo otra de Cómo se escribe la microhistoria. Todo en Ojos de Papel. Ahora, Àngel Duarte nos hace regresar… Qué vueltas da la vida

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-B. Gramsci y Espada.Tengo prisa. No en el blog. En la vida. Sé que a veces no se me entiende con facilidad. Lo sé. Pero es que tengo prisa. No puedo perder el tiempo con nexos y pedagogías. Léautaud: lo que me importa es que concuerden las ideas y no las frases”, nos decía el periodista en Ojos de Papel. No y no. Han de concordar las ideas y también las frases.

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-C. El cuento de Federico. Aquí.

0. Os recibimos, americanos, con alegría…  (23 de mayo)

  ”Independientemente de toda opinión política, desde un simple punto de vista imaginativo, pienso que la mayoría de nosotros preferiría que fueran los americanos los primeros en llegar a la Luna. En efecto, a los americanos en la Luna nos los imaginamos”, decía Umberto Eco en un artículo de 1959, recogido después en Diario mínimo. ¿Que por qué nos los imaginábamos? Porque para aquellas fechas toda una literatura de ciencia-ficción había facilitado esa posibilidad aún pasmosa e irrealizable. ¿Y los rusos? También los soviéticos podían llegar a la Luna. Al fin y al cabo, el lanzamiento del Sputnik en 1957 había sido una proeza en plena Guerra Fría. ¿Un satélite artificial alrededor  de la Tierra? Aquello abatió a los norteamericanos, dicen: esa afrenta tecnológica dio origen al programa Explorer y, después, a la misión Apolo. ¿Recuerdan? Diez años después de que Umberto Eco escribiera ese artículo, los norteamericanos llegaban a la Luna. El Apolo 11 consumaba un sueño y sobre todo unas fantasías propiamente literarias. Recuerdo ahora el artículo que escribí sobre El viento de la Luna, la obra de Antonio Muñoz Molina: el novelista supo recrear con belleza y sofisticación esa hazaña que a tantos nos deslumbró.

 

Pero regresemos a 1959. ¿Y los rusos?, se preguntaba Umberto Eco. “Los rusos… Hay que hacer un esfuerzo para imaginárselos allí”, se respondía el ensayista italiano. Situémosnos. Estamos a finales de los años cincuenta. La literatura de la que habla Eco ha creado una experiencia de lo imaginario (la llegada a la Luna) y una expectativa de lo posible: el triunfo de los americanos en lucha contra la amenaza roja o contra el ataque exterior. O dicho en otros términos: las novelas –el cine y el curso histórico– han creado un espacio de experiencia y un horizonte de expectativas de lo que es probable, temido o deseado (por emplear expresiones de Reinhart Koselleck). Y en la ciencia o en la técnica también lo probable, temido o deseado, suele ser lo que ya creemos saber con las narraciones: nuestra imaginación alimentada por las novelas o el cine

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1. Esperando a Indiana Jones (23 de mayo)

 Años después, la última entrega de Indiana Jones, de Steven Spielberg, de Georges Lucas, de Harrison Ford, está ambientada en esa época, justamente en 1957, recreando la Guerra Fría. Como indican las crónicas, los villanos ya no son los nazis, sino unos temibles soviéticos. Leo en un despacho de la Agencia Efe que algunos comunistas de San Petersburgo han mostrado su indignación por la imagen que de Rusia se da en la película de Spielberg. “El film describe de forma caricaturesca y miserable la actuación de los soldados soviéticos, de nuestros agentes de inteligencia, liquidados cínica y despiadamente por el superhéroe americano Indiana Jones”, dicen esos militantes agraviados. Pero continúo.

“Semejantes mentiras fomentan en los rusos de las nuevas generaciones un estado de ánimo decadente, inseguridad en el poderío de su país y un sentimiento de idolatría por Estados Unidos”, añaden. “La película tiene como objetivo denigrar a los comunistas soviéticos, engendrar una nueva ola de antisovietismo y crear entre la juventud actual un concepto tergiversado de la política exterior de la URSS de los años 50 del siglo XX”, precisan. Pero, para acabar, los actuales comunistas rusos recuerdan a Spielberg que “en 1957 (año en que transcurre el film) la URSS no enviaba terroristas a Estados Unidos, sino que lanzó una cohete artificial al cosmos, lo cual provocó la admiración de todo el mundo”. Etcétera, etcétera.

 

Como comprenderán, con una polémica así, muchos espectadores arderán en deseos de ver la película. ¿Será tramposa, como dicen los comunistas de San Petersburgo? ¿Con qué criterios juzgan estos críticos? Estoy demorando la espera, aguardando el mejor momento de acudir al estreno. No por falta de interés, desde luego. He visto el tráiler, he visto las imágenes promocionales y he leído algunas críticas. ¿Recuerdan las primeras películas de la serie? Con Indiana Jones estamos, por supuesto, ante un relato característico de la literatura popular, un relato probablemente poco respetuoso con la historia real pero muy fiel al pasado fantasioso de héroes y villanos: alguien que lleva una vida de rutina tiene que sacar coraje para enfrentarse a malvados en una circunstancia excepcional. El personaje encarnado por Harrison Ford es, sin duda, nuestro arqueólogo favorito, imaginario, irreal: lo que quieran, pero atractivo, sobre todo porque hace parodia del heroísmo que él encarna. Es un profesor: es difícil imaginarse a un docente como un personaje de acción. Spielberg, Lucas y Ford lo lograron: desde luego no hay que tomarse muy en serio esas hazañas improbables.

 

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2. Nunca te enamores de tu propio zepelín (23 de mayo)

 

Tengo la impresión de que los comunistas de San Petersburgo dan mucha importancia a la ficción. Al idolatrar el pasado de la URSS han confundido el Sputnik con un dirigible. ¿Recuerdan  lo que ocurrió cuando se inventó dicho ingenio? “Qué cosa más maravillosa, pensó la gente, poder viajar por el aire como los pájaros. Y entonces se descubrió que el zepelín era un invento sin porvenir. El invento que sobrevivió fue el aeroplano. Cuando aparecieron los primeros dirigibles, la gente creyó que se produciría una progresión lineal a partir de ahí, un avance hacia modelos más refinados y más rápidos. Pero no fue así”, nos cuenta Umberto Eco, nuevamente, en una de las páginas de Predicciones, un libro colectivo que en España publicó Taurus. ¿Por qué razón? Porque lo más lógico no se cumplió: lo lógico era ser más ligero que el aire para poder surcar los cielos. En realidad, resultó que había que ser más pesado que el aire para volar mejor y más rápido. La sensata moraleja que extrae Eco es la de que en ciencia –pero también en filosofía y en historia– no hay que enamorarse del propio zepelín: en poco tiempo, ese ingenio puede ser quincalla o pieza de museo. Punto y aparte.

 

Incluso en una ficción está feo que los norteamericanos se mofen de los soviéticos o que los describan básicamente como villanos sanguinarios y temibles. Eso es generalizar: aunque, ahora que lo pienso, ya se sabe que en la cultura popular los malvados son siempre de una pieza: como los héroes. Antonio Gramsci tiene páginas memorables dedicadas a ello que harían bien en repasar los comunistas de San Petersburgo: quizá para que puedan tomarse a guasa lo que no puede tomarse en serio. Aunque peor que la literalidad es la melancolía: seguir enamorado del Sputnik en… 2008 es un grave error, una ficción. ¿Por qué? Es meláncolica, arcádica, la imagen que esos rusos tienen de dicha época y de los esplendores de la URSS hacia 1957. La melancolía es ese estado de añoranza por algo pasado que nos hace creer en cosas que realmente no sucedieron o, al menos, que no sucedieron tal como imaginamos.

 

Como nos recuerda Álvaro Lozano en La Guerra Fría, para el líder soviético de 1957, Nikita Kruschev, que el Sputnik hubiera sobrevolado el cielo de Norteamérica era la prueba o el vaticinio de la que la URSS vencería en la disputa bipolar. “No hacía falta ser un experto en cohetes para predecir cuál sería el paso siguiente: dotar a este tipo de misiles de cabezas nucleares capaces de alcanzar cualquier objetivo en territorio estadounidense en tan sólo media hora”, precisa por su parte John Lewis Gaddis en su clásico volumen dedicado al tema, también titulado La Guerra Fría. En todo caso, el optimismo de Kruschev era un error de perspectiva y, sin duda, el lanzamiento del satélite ruso provocó efectos contrarios a los deseados, pues fue un acicate para los estadounidenses. Como consecuencia de ello, el Gobierno norteamericano puso en marcha el programa National Defense Education Act , una misión no espacial, sino intelectual: de batalla intelectual. Y es en ese frente de la Guerra Fría cultural en donde los estadounidenses ganaban sobradamente: con Hollywood, con la televisión, con la literatura de ficción. Y eso es lo que no acaban de comprender los comunistas melancólicos, enamorados de su zepelín…  

 

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3. El héroe y sus sombras (24 y 25 de mayo)

 

Yo también caí rendido al contemplarlo. Pero dejemos momentáneamente los años cincuenta. Regresemos a una época más cercana. Un domingo de 1982, en Sevilla, yo también me enamoré… del Dr. Jones: no era mi zepelín; era el superhéroe, un calco, una ficción. Todo ello ocurría en una tarde inacabable, sin perspectivas de nada, sumido en tedio. Por casualidad había ido al cine. No tenía nada mejor que hacer. Estaba en la capital andaluza sirviendo al Rey y unos conmilitones algo toscos me dijeron que aquella película –de la que yo lo ignoraba todo– parecía entretenida. Cuando abandoné la sala notaba mi euforia reparadora, la compensación de una historia trepidante e irónica de buenos y malos. A aquellos soldados algo romos, sin ínfula intelectual alguna, sólo les podía estar agradecidos. Persecuciones, chicas empeñosas, villanos detestables y un héroe que rendía homenajes constantes a los personajes de antaño. En busca del Arca perdida (1981) la descubrí así, sin referencias, con ingenuidad de espectador antiguo. Nunca he olvidado cómo me consoló de mi tristeza y desarraigo.

 

Qué me quedó de aquel momento eufórico y solitario. La imagen de un héroe que sólo lo es a veces y la de unos malos siempre acechantes y taimados. ¿Un profesor de arqueología convertido en hombre de acción? ¿Unos nazis de tebeo, pérfidos y crédulos a la vez? La película admitía ese toque irónico pero –eso sí– cumpliendo con el precepto básico de todo film de aventuras: hay que entretener sin dejar que el espectador se apoltrone. La música de John Williams subrayaba admirablemente esa trepidación. Muchos años después, la cuarta entrega de Indiana Jones responde a los mismos criterios: ahora, además, con parodias cinematográficas más explícitas, con citas literales de la cultura popular, con autohomenajes del propio Spielberg. Como dijo hace unos años el propio Harrison Ford, “echaré de menor todo lo que significa el personaje. Para mí siempre fue un placer interpretarlo. Me encanta el sentido del humor de las películas. Me hace sentirme como un niño”.

 

Humor, en efecto: algo que me permitió reírme en 1982 y reírme ahora. La cuarta entrega es más preciosista, con una fotografía espléndida que reproduce muy bien las películas rodadas en los cincuenta. Pero… yo tengo veintiséis años más y soy un espectador más resabiado: aunque -eso sí- no he perdido las ganas de entretenerme con un producto eficaz, en ciertos momentos deslumbrante. No me descubre nada que no haya visto antes, pero me permite recrearme con lo que ya conocía siguiendo a un Dr. Jones talludito y solvente. En esta última película –como en toda la serie– cabe todo o casi todo, retales o trozos, reescrituras: como un centón en el que se borra y se reescribe para hacer del film una historia de la madurez y del aprendizaje, una ficción ya vista en la que un impetuoso joven se inicia y un experimentado abuelo se tienta. Juzguen la película así, admitiendo el puro goce del hedonismo impenitente: déjense llevar por su fotografía, por sus imágenes, inspiradas en parte en Norman Rockwell; déjense llevar por sus lances sabiendo que se basa en un guión imperfecto, a veces confuso, a veces resuelto; déjense llevar por el deleite sin culpa. Spielberg no abusa de los efectos digitales ni de la fantasía…, al menos hasta un determinado momento en que ciertas criaturas acuden en su auxilio. Ahora bien, las fantasmadas o las marcianadas han de ser verosímiles y congruentes, como los buenos cuentos. También en este caso, la historia de Indy es un cuento, en efecto. Pero que sea un arqueólogo empeñoso (o un hombre de acción) no le ahorra a nuestro héroe el esfuerzo baldío o los errores. Sabemos que ha tenido que rehacerse en varias ocasiones, que ha debido remendarse y recomponerse, dando muestras de arrojo, de audacia, pero también de camaradería y de humor socarrón. Tiene cicatrices, llega a la vejez y, a pesar de ello, aún se debe a su padre, que supo exigirle.  

 

Como en todo relato popular, hay, por supuesto, villanos: gentes que esperan robar un tesoro o que desean dominar el mundo. Los soviéticos son malos de tebeo o malvados de cuento. Históricamente increíbles, desde luego: pero tampoco el perfil que Spielberg trazaba de los nazis en las anteriores entregas era respetuoso con lo documentado, con lo cierto. Eran, insisto, villanos de escenografía: un héroe ha de probarse contra ellos; y hacia 1957 no había mejores malvados que los pérfidos soviéticos aún herederos de un Stalin muerto años atrás.  Contra ellos, el héroe envejecido emprende una lucha sin cuartel, pero con humor, sabiendo que le admitimos lo improbable de su fantástica proeza sólo por cariño y nostalgia. Cuenta con viejos y nuevos amigos y aliados, pero también con traidores a los que hacer frente. Siempre hay un traidor, un socio que no es tal. No revelo más, pero no se pierdan al agente del MI6. Como en todo cuento hay personajes fantásticos y hay corredores: corredores que le llevan a lo más profundo y por los que debe adentrarse como un nuevo profesor Lidenbrock. Por momentos parece que nos aventuramos al centro de la Tierra. Hay pasadizos, sí, que son la vía de acceso a lo ignoto, a ese objetivo que se ambiciona…

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 4. Colofón (26 de mayo) 

 

 Pero el objetivo que se ambiciona no es la posesión material: esas riquezas inauditas y finalmente inservibles. Frente al expansionismo rapaz que caracterizaba al protagonista de Las minas del rey Salomón, un clásico de aventuras; o frente a la caza arqueológica del joven Indy, ahora el Dr. Jones y sus amigos sólo desean restituir la pieza a su lugar, con una generosidad sobrevenida: para así acceder a lo ignoto. Y lo ignoto a lo que hay que llegar es el conocimiento o el reconocimiento de lo que somos y de nuestras identidades confusas, que es lo que los individuos de verdad añoran desde el nacimiento: ¿de quiénes somos hijos? Hay una inocencia original que hemos perdido, una época en que las cosas eran más simples (hasta los villanos): ese Edén al que sólo se puede regresar gracias a la ficción. Es la infancia de Spielberg, esos cincuenta que son los de la Guerra Fría. Pero son también los años del expansionismo yanqui, de la sociedad de consumo, de la cultura del rock. Hacia 1957, Spielberg tiene once añitos y para entonces ya han triunfado lo joven y los jóvenes, los rebeldes con mayor o menor causa, los muchachos más o menos airados. Pero, atención, siempre habrá un Indy casi anciano que resista bravamente, que no ceda el sombrero coqueto, elegante, protector: su Fedora.

                                                      

       Fin

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Variedades

 

-A. Día del Orgullo Friki. Acabó el Festival de Eurovisión. Un magno evento, sin duda, porque da dinero y porque lo retransmite en directo la televisión. De ese certamen algo decaído, ya escribí en febrero de este año: mi estadística me dice que tuve numerosas visitas en aquel momento. Tantas como votos le faltaron a Rodolfo Chikilicuatre para ser ganador. Obtuvo un honroso décimosexto puesto. En su actuación definitiva le vi nervioso. La canción es ingeniosa y pegadiza pero para poder disfrutarla le pasa lo que al reggaeton o al agua tónica: hace falta escucharla y bailarla varias veces, haciéndola propia, con desenfreno infantil. Será la bomba en las verbenas del mes de agosto. Dentro de unos meses, nadie se acordará de la musiquilla rusa que ganó el certamen, en cambio el himno de Chikilicuatre perdurará en la memoria sonora y gamberra de todos nosotros. Periodista Digital, que es un diario online muy serio, muy grave, muy severo, aún no se ha repuesto de nuestra representación eurovisiva: “Un ridículo continental“, resume. Vaya, ahora cuando salgamos a Inglaterra o Francia, los extranjeros nos dirán: “Perrea, perrea”. Y, claro, será un bochorno. Es verdad, qué razón tienen los vigías de Occidente… (25 de mayo)

 

 

-B. La France. Para mi gusto, la mejor canción del Festival –respetuosa con sus tradiciones canoras y sonoras, y con reminiscencias sesenteras– fue la pieza interpretada en representación de Francia. Divine, se titula y la canta Sébastien Tellier. Sólo tiene una pega: es breve, demasiado breve e intelectual para un certamen que premia hoy copias degradadas del modelo Abba. Tellier no oculta su frikismo consciente (y no involuntario como Rusia, Europa oriental o los países escandinavos), y tiene unos coros que le dan excepcionalmente la réplica: como si recreáramos en una nueva balada el tonillo de Rocky Sharpe & The Replays. Su look es inquietante y canta en inglés (25 de mayo).

 

 

-C. ¿Mariano Rajoy en el diván? Leo en El Mundo: “Una semana en el diván. El líder del PP padece el ‘efecto Crespi’. Consiste en la asimilación de la derrota convirtiéndola en victoria. Así interpreta el psiquiatra Adolf Tobeña la singladura de Rajoy, en la semana en la que Ortega Lara dio el portazo y a Eta se le vieron otras caras”. ¿Psiquiatrizar al candidato repudiado? ¡Cómo somos los universitarios! He de leer ese informe. Ya les cuento… Leo el artículo de Tobeña y compruebo que la precisión de esa entrada editorial (las palabras entrecomilladas) poco o nada tiene que ver con lo que el psiquiatra dice. Si nos fiáramos de la impresión, que es la que en El Mundo quieren provocar, deberíamos pensar que Rajoy es un tipo averiado, con serias dolencias psíquicas. El informe de Tobeña no confirma esas palabras: contrariamente al periódico que le ha encargado ese diagnóstico, le tiene simpatía. Pero lo curioso es que ese informe se haga a distancia. Es un psiquiatra que examina de lejos. Su diagnóstico se hace a partir de impresiones y de datos insuficientes, imprecisos: los que cualquier lector o espectador pueden obtener. Llama la atención que un experto pueda atreverse a eso sin un tratamiento del paciente. Más aún, carece de sentido el tópico  que emplea el periódico: ese diván que aquí no se ha utilizado: no hay escucha del analista ni hay verbalización del analizado. ¿El diván como metáfora? Ya estamos otra vez con los símbolos… Días atrás era una mosca posada en la nariz de Ibarretxe. Hoy es el diván en el que no se recuesta Rajoy (25 de mayo).

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Martes, 27 de mayo, a las 14 horas, nuevo post

 

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0. Estimados lectores, se avecinan cambios en este blog anteriormente alojado en epi.es: un servidor de bitácoras que proporciona Prensa Ibérica. Algunos de estos cambios ustedes ya los van viendo; otros los irán apreciando. ¿Adivinan cuáles? En las próximas horas les iré comunicando las novedades de las que yo me haga cargo. Me gustaría poder decirles ya cuál es el cambio principal, el que justifica este modesto misterio. Pero prefiero esperar… De todos modos, no se hagan ilusiones. Ni los amigos ni los enemigos. A mi edad ya no es posible cambiar gran cosa, apreciablemente. O, como decía John Le Carré en una de sus novelas, uno de los misterios de la vida es crecer, incluso envejecer, sin mejorar. Algo exagerado, sin duda. Yo aún espero mejorar un poquito haciendo lo que hago: entre otras cosas porque cuando era muchacho no me gustaba mucho a mí mismo. Ahora he perdido la melena que tuve cuando joven, he encanecido y no siempre me reconozco en ese que veo ante el espejo. Pero he descubierto cuál es mi nivel de incompetencia, por decirlo con Peter, con Laurence J. Peter. Esto es, creo saber qué cosas hago francamente mal, qué puestos no podría desempeñar o en qué tareas fracasaría, si fuera promocionado.

¿Me refiero a mi condición de profesor? Admiro el oficio de docente y desde pequeñito quise ser profesor. Me parecía y me parece prodigiosa la capacidad que tienen algunas personas para despertar el interés y la valía de un tercero. Ojalá yo haya conseguido estimular a alguien. Si no ha sido así, aún espero conseguir esa proeza. Lo mismo puedo decir de lo que escribo. Ojalá se vea en ellos la vergüenza torera: yo me arrimo. Me arrimo al menos en lo que creo hacer mejor: esto que escribo. Creo que me sale mejor un artículo de prensa o una entrada del blog que un extenso tratado doctrinal, labor esta última para la que no estoy dotado. Artículo de prensa y blog: de eso precisamente quería hablarles. Y del nivel de incompetencia. Pero antes de continuar, permítanme hacer un inciso. 

 

Tachín, tachín

 

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1. Nuevo emplazamiento para Los archivos de Justo Serna

Los archivos de Justo Serna han cambiado de emplazamiento. A partir de ahora mismo tendrán una nueva dirección. Este sitio con un servidor distinto será el nuevo lugar en el que leer Los archivos de Justo Serna, tanto los posts anteriores como los que a partir de ahora iremos añadiendo. Les invito, pues, a abandonar la dirección antigua (blogs.epi.es/jserna o últimamente blog.levante-emv.com/jserna) para quedarse en el sitio en el que ahora están:

 

http://justoserna.wordpress.com/ 

 

Recuerden: http://justoserna.wordpress.com 

 

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2. ¿Y por qué este cambio radical?

Sin duda, debo una explicación. Yo fui colaborador de Levante-Emv  desde marzo de 2006 hasta noviembre de 2007. En la colaboración había un compromiso que el director me pidió expresamente: reabrir mi blog para asociarlo a la Editorial Prensa Ibérica. Mi colaboración como columnista acabó en noviembre de 2007, insisto. A partir de esa fecha cesé a petición del director del periódico. ¿Censura política? ¿Presiones? La razón que se me dio era económica. La prensa en papel está atravesando un mal momento y la publicidad no llega como antes llegaba. ¿Es cierto? Por supuesto, los periódicos están pasando por una etapa de absoluto desconcierto: Levante-Emv, entre ellos. ¿Pero por qué la reordenación o el adelgazamiento de colaboradores de ese diario deben empezar por mí y acabar… por mí? Una razón general no sirve para explicar un caso particular si otros casos equivalentes no se ven afectados por aquélla. Un cese como el mío puede justificarse por otras causas, pero no por una genérica que no explica nada. Ah, responderá mi crítico, ¿es que, acaso, al director de este o de aquel periódico tiene que gustarle por fuerza tus artículos? No, por supuesto. Puede, incluso, lamentar mi estilo, los objetos que abordo y el tratamiento. Pero, entonces, la razón económica no basta o es mera excusa: justamente cuando la profunda remodelación que me comunicaron no la he visto por lado alguno. Entonces, ¿estás rencoroso?, me dirá mi crítico. Esta circunstancia, qué duda cabe, me produce desazón.

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3. La prensa y su crisis

Pero, más allá de mi caso, ejemplos de esta índole confirman un agostamiento, un escoramiento, un alineamiento: que es lo que de unos años a esta parte observamos en numerosos diarios españoles. La pujanza de los periódicos gratuitos, el frecuente sectarismo partidista, la tomatización de la prensa, la incultura desacomplejada, la manipulación burda y sutil a un tiempo, las opiniones desbordantes, la mezcla de hecho y juicio, la mercantilización de las informaciones: todo ello y mucho más nos son fenómenos alarmantes. Hasta la banalidad se impone. Vean, por ejemplo, una primera plana de El Mundo: corresponde al miércoles 21 de mayo. No la reproduzco: la enlazo. Si no la conocen, verán qué sorpresa:

La mosca…

Ahora, que han regresado, pensarán: vaya fotografía, qué manera de informar. En un curso de periodismo o de comunicación, esa portada debería estudiarse. Pero no por la imagen, sino por el pie que en el periódico le ponen a la foto de Alberto Cuéllar: “Una mosca perturba al ’lehendakari’ en plena rueda de prensa, ayer, en el Palacio de la Moncloa”. ¿Una mosca perturba? ¿Es acaso un símbolo? No lo puedo creer. La tentación de hacer metáforas con hechos simples o banales, de rellenar con significado, con sobreinterpretaciones, lo que es pura causalidad, es algo que los periodistas no se pueden consentir.  Pero no sólo ocurre esto cuando los cronistas se abandonan por manipulación o pereza. Sucede también cuando los columnistas o articulistas juegan con el exceso. Las muestras son abundantísimas, pero me ceñiré a un caso muy reciente. Por ejemplo, la tribuna que a Joan Garí le publicaron en El País el pasado 20 de mayo. Empezaba con una comparación tan desmesurada y detestable, que nada de lo que después pudiera decir era ya sensato. Lean, por favor, el primer párrafo.

Nicolae Ceaucescu…

Después de esa entrada, ¿que se puede añadir? Suelo leer los artículos de Garí con interés: y ello a pesar de que pueda discrepar. O precisamente por ello. Pero, después de comparar a la alcaldesa de Valencia con un serial killer o con Ceaucescu, sólo cabe el estupor: la extrañeza. Analogías arriesgadas o imágenes de inspirado o temerario simbolismo son un recurso del periodismo y del articulismo: las metáforas las carga el diablo. ¿Cuánta realidad estamos dispuestos a soportar? Es lo que me preguntaba precisamente meses atrás cuando leí unas palabras del señor arzobispo de Valencia. Se cumplía medio siglo desde la riada de 1957. Estaba ante las autoridades civiles y militares, ante la prensa, y justo en ese momento, llevado por la tentación, por la tentación literaria a la que son muy dados ciertos clérigos, Agustín García-Gasco pronunció unas palabras inauditas.

Hizo equivalentes una riada real, con muertos, con víctimas numerosas, y otra metafórica: la ola de relativismo, de increencia, de materialismo que nos llega y que amenaza con anegarnos. Escribí un artículo tocándole las metáforas al arzobispo. Al parecer sentó muy mal que un periódico tan piadoso como Levante-Emv, un periódico que reparte estampas de la Geperudeta entre sus promociones más apreciadas, publicara un texto tan disolvente como el mío. Días después, tras unos pocos artículos, fui apeado de mi columna: dejaba de colaborar en Levante-Emv. Cuando cesé por invitación del director del diario, se me dijo expresamente que no había censura política alguna. Crean lo que me confesó: no puedo negarlo sólo a partir de indicios; y ello a pesar de que sea muy sospechoso que yo ya no haya podido publicar artículo alguno en sus páginas desde noviembre de 2007. Lo dejo estar, pues: el post y ese periódico llamado Levante-Emv. No me toquen las metáforas…, que me irrito.

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Blogosfera

Mi cese como columnista de Levante-Emv: lo que dije el 29 de noviembre de 2007

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Viernes 23 de mayo por la tarde, a poqueta nit, nuevo post:

Examinando al Dr. Jones

Leer y releer

16 Mayo 2008

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0. Chiripa 

No sé si ha sido el azar: tal vez, la indisciplina lectora. Uno es tan agónico y ciclotímico que no sabe cuándo es objetivo o cuándo se abandona a la pura arbitrariedad, al pequeño delirio de las cosas medianamente aprendidas. Sólo medianamente: esas cosas que luego recuerdo por libre asociación y con torpeza erudita. El caso es que he leído, uno tras otro, varios libros que se interpelan mutuamente, a pesar de ser tan distintos.  Son novedades editoriales de ahora mismo que me llevan a otros textos anteriores, pero fuera de ese hecho circunstancial no hay nada común entre dichas obras. En efecto, son volúmenes que poco tienen que ver entre sí y sólo los reúnen la chiripa, la casualidad y mi apetencia. Yo los he querido leer tomando o descubriendo algún hilo conductor: al modo de un tipo algo demente que sabe que todo se relaciona con todo; o a la manera de un individuo algo delirante que se deja arrastrar por los ecos y sus sugerencias. ¿Nunca han leído así? 

Les recomiendo esta forma asilvestrada de disfrutar y de distinguir las resonancias. Se trata de hermanar páginas diferentes a partir de un indicio común: un indicio que está en uno mismo, en el lector. Quizá sea un modo alocado de acercarse a los libros, un modo nada académico desde luego, pero es también una manera de obligarse a releer más adelante con otros lentes, con otras intuiciones: cada vez accederemos a esas mismas páginas según criterios diversos y, por tanto, en cada ocasión aprenderemos variadas cosas que no teníamos previstas. Según confiesa, Groucho Marx leía así, sin ánimo exhaustivo. Qué remedio: ejercía de lector gorrón en las librerías, picoteando aquí y allá, en esta o en aquella página. En su juventud tenía poco dinero, se justifica. Cierto. Pero sobre todo tenía intuiciones o intereses desbordantes, muy superiores a su liquidez. Eso lo leí hace años, precisamente en uno de los volúmenes de su autobiografía: en Groucho y yo. El señor Kant, conocido de ustedes, me lo prestó cuando éramos jóvenes e indocumentados, muertos de risa y celebrando la evidencia del genio que aprende a trancas y a barrancas: así, a las bravas, con pocos maestros, con autodidactismos y fiándose de su olfato. Tal vez, como a Groucho, también nos faltaban educadores egregios, docentes definitivos…

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1. Lettre aux éducateurs

Educadores egregios, docentes definitivos. El primer volumen que quería comentar es un opúsculo de Nicolas Sarkozy. En realidad, es un discurso del presidente francés, bastante célebre, fechado en septiembre de 2007: Lettre aux éducateurs. Aparece ahora publicado en edición bilingüe por Sequitur (Madrid, 2008): Carta a los educadores. He tenido la oportunidad de leer algún otro libro de Sarkozy, de abordarlo aquí, en el blog, e incluso de escribir algún artículo de prensa. Cada vez que el político francés trata de la educación no me deja indiferente: o lleva razón y convengo; o me provoca malestar y disiento. Suele llevar razón cuando dice cosas obvias, enfáticas: esas cosas que no pueden negarse o decirse del revés. Por ejemplo, cuando ensalza el respeto, el mérito, la maduración, la autoestima, la exigencia, la pluralidad, la laicidad. ¿Quién no podría estar de acuerdo con esos principios? Si son tan evidentes, si yo los comparto, entonces… ¿qué me separa del presidente conservador? La verdad es que hay que sospechar cuando un mandatario exalta la educación. Mientras no lo concrete con mayores presupuestos y con mejores dotaciones, esa celebración no cuesta nada y, además, es políticamente correcta. Es un brindis al sol, que luego parecen desmentir las propias decisiones. En su librito, Sarkozy deplora la pérdida de influencia de la educación, de la cultura, de las humanidades. ¿También de la filosofía? Propone una refundación del sistema educativo, un cambio que podría traer un nuevo Renacimiento, así, con mayúsculas. Nada menos.

¿Refundación? ¿Renacimiento? Es probable que debamos conformarnos con objetivos más modestos, sin grandeur. Eso sí: siempre que diagnostiquemos adecuadamente los males de la educación. El presidente francés no dice prácticamente nada de lo que ocurre y por qué sucede. A lo único que Sarkozy se atreve es a constatar el fin del saber tradicional, cosa que antes homologaba y daba expectativas: la instrucción pública podía tomarse como una vía de ascenso social. Ahora, en cambio, ese saber homologador lo habríamos perdido. Pero el mandatario no dice nada de la sociedad de la información; tampoco… de la multiplicación de referencias. No dice nada de la sociedad de la comunicación de masas; tampoco… de la ruptura de las jerarquías tradicionales. Sólo deplora lo que para él es la incapacidad expresiva de numerosos muchachos: su falta de recursos a la hora de enunciar los sentimientos. “Si tantos adolescentes no logran expresar lo que sienten, si tantos jóvenes en nuestro país ya no consigue expresar sus emociones, sus sentimientos, compartirlos, encontrar las palabras para expresar amor o dolor, si muchos de ellos ya sólo consiguen expresarse a través de la agresividad, de la brutalidad, de la violencia, se debe quizás también a que no los hemos acercado a la literatura, a la poesía, ni a ninguna de las formas del arte que logran expresar lo más emotivo, lo más sensible, lo más trágico que el hombre tiene en sí”.

¿La literatura como lenitivo? ¿La poesía como antídoto? ¿O, por qué no, la filosofía como terapia? ¿Platón como ansiolítico? No… Sarkozy tiene un concepto erróneo de la violencia y de la descivilización. En el siglo XX hay casos, numerosos casos, de individuos refinadísimos de vasta cultura y, a la vez, de conducta agresiva, brutal y violenta. Parece mentira que la solución del presidente francés sea tan políticamente correcta y tan inútil. La cultura general, que es la medicina que él se propone administrar, no es lo que da criterios. Un analfabeto puede ser una persona enteramente sensata, razonable. Ése no es el problema. Lo que rebaja la exigencia o lo que erosiona los criterios es la percepción de la potencia sin freno; la sensación de que todo se puede alcanzar sin reparo, sin acuerdo; la impresión de que la banalidad no es un mal: el infantilismo, que no la infancia. Prefiero releer Schopenhauer como educador, de Nietzsche. Allí encuentro una reflexión profunda acerca de la educación como gestión personal, como maduración atrevida, y no como cultura general: allí se expresa el empeño de superar la trivialidad que nos acecha.  

De todos modos, podemos admitir como hipótesis de trabajo la denuncia de Sarkozy. Aceptémosle que los jóvenes no sepan expresarse porque carecen de cultura general. En ese caso debemos preguntarnos cuándo, en qué época, sus antecesores habrían sabido expresarse. Sarkozy suele imputar estos males al 68, a mayo del 68. En realidad, los males de la sociedad que él atisba son a la vez sus ventajas: la masificación actual corre pareja a la democratización de los recursos culturales y a la crítica de unos criterios antes inapelables. Nunca como ahora ha habido un acceso mayor a la cultura, a las fuentes de información. Pero nunca como ahora se cuestionan con tanta porfía los valores anteriormente evidentes. No me parece mal. Todo lo contrario: pero hay que tomarse en serio a uno mismo. No se trata de mirarnos con gravedad enfática, sino con seriedad trágica e irónica, cosa que es muy distinta de la banalidad que algunos difunden. El propio Sarkozy, que se ha beneficiado del cuestionamiento de los valores, ha facilitado lo trivial con entusiasmo de neófito. Lo trivial no es el amor que le dispensa a Carla Bruni, sino la representación pública, masiva, de los sentimientos: la recreación publicitaria de una relación siguiendo los cánones de los mass media.

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O, como decía Jean Baudrillard, “las imágenes han pasado a las cosas. Ya no son el espejo de la realidad: han ocupado el corazón de la realidad transformándola en una hiperrealidad en la cual, de pantalla en pantalla, ya no hay para la imagen más destino que la imagen. La imagen ya no puede imaginar lo real, puesto que ella es lo real”

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Digresión filosófica, Colección de Richard M. Cohen

2.  Digresión filosófica

 ”¿Y qué con el libro? ¿Y qué con el título del cuadro? La mujer de Hopper, nos dice un crítico, comentó alguna vez que «el libro abierto es de Platón, releído demasiado tarde». Otro crítico reporta que fue el propio Hopper quien subrayó que el hombre «ha estado releyendo a Platón, quizá tarde en su vida». Personalmente, soy incapaz de reconocer qué tiene de malo leer o releer a Platón tarde en la vida”, dice Mark Strand en su libro Hopper (Lumen, 2008). Platón aparece como motivo y como conjetura cuando el autor comenta la Digresión filosófica (Excursion into Philosophy), de Edward Hopper. Es un lienzo datado en 1959, el año en que yo nací, y forma parte de las obras desoladas del pintor norteamericano. En realidad, la alusión al pensador griego es meramente circunstancial e incluso dudosa. ¿Qué indicio hay en el cuadro que permita sostener que el libro que vemos es un texto de Platón?

Con toda probabilidad, hay filosofía en esta obra, pero no es necesariamente lo que Hopper o su esposa nos dicen. Los autores no son quienes han de darnos el significado final, entre otras cosas porque lo que nos digan es siempre paratexto, algo externo, posterior (o anterior), algo que redondea,  completa o corrige lo que el libro o el lienzo nos aportan. Así, cuando miramos un cuadro o cuando leemos una novela, por ejemplo, debemos ceñirnos a los datos que internamente se nos suministran. Entonces, ¿cómo dar con el sentido? Desde luego, una obra de creación dice y no dice: en ella son importantes lo dicho y lo no dicho, lo mostrado y lo no mostrado. En cualquier caso, eso que vemos es la información que el autor juzgó relevante o necesaria o suficiente para avanzar en su significado. Como espectadores o como lectores deberíamos aprender a mirar, a captar, a conectar y sólo después a conjeturar sobre lo no dicho o no mostrado. En realidad, los datos y los vacíos de un cuadro o de una novela no son distintos a las informaciones y a las lagunas con que nos tropezamos cada día en nuestra vida cotidiana. Echamos un vistazo a las cosas que ocurren, avizoramos los comportamientos de nuestros vecinos, atisbamos lo que acaece. Y de todo ello, ¿qué sabemos realmente? Hay que aprender a mirar. O como acierta a decir Sarkozy en su enfático discurso: “tenemos que enseñar a nuestros hijos a mirar la obra tanto del artista como de la naturaleza”.

De eso, de la vida cotidiana en la que hay humanidad y naturaleza, tratan los cuadros de Hopper. Y tratan de la mirada parcial, fragmentada, desorientada o desinformada que es siempre la del espectador. En su libro Hopper, el poeta Mark Strand sabe sacar partido a ese doble objeto: se atiene al dato que el cuadro da,  conjeturando sólo a partir de lo que la fuente visual proporciona. Eso suele hacer: mirar y describir con tiento. Echen un vistazo al Hopper que les he reproducido. ¿Qué vemos? “En Digresión filosófica, un hombre, a todas luces preocupado, está sentado en el borde de un sofá cama en el que una mujer, con el trasero y las piernas desnudas, yace de espaldas a él. La luz de una ventana abierta ha quedado impresa en el suelo, delante de los pies del hombre, y en la pared que está detrás del sofá. A un costado del hombre hay un libro abierto. Está claro que aquí hay una historia que contar”, admite Strand.

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Habitación de hotel, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

3. Una historia que contar

Un creador que quisiera urdir una historia podría inspirarse en dicho cuadro o en Habitación de hotel, de 1931, una obra esta última que yo siempre procuro ver cuando acudo a Madrid. Podría, en efecto, concebir unos hechos anteriores o posteriores que contar, aportando datos que el pintor no da. En parte, la creación es eso: añadir con verosimilitud lo que no está; fantasear con congruencia a partir de informaciones siempre escasas; aventurar sin posibilidades de verificar o de desmentir en el mundo que se toma como referente. Ésa es la libertad de inventar y sobre ello, sobre sus límites, reflexionaba Antonio Muñoz Molina en su obra Ventanas de Manhattan. Hopper era en ese libro una referencia constante… 

A veces, cuando analizan las obras, algunos críticos literarios o artísticos se abandonan a la ficción: se consienten estas libertades, propias de un novelista o de un poeta en ejercicio, pero no de un analista. Strand no quiere inventar; quiere plantear hipótesis narrativas que no son ficciones. La ficción sería aquí lo fácil. Strand no hace eso. Aunque él no lo indica, podemos señalar que su operación nos es la de la fantasía, sino la de la ékfrasis: trata de atisbar fundadamente la historia contada de la que la escena es parte o momento o indicio. Como antes decía, él se ciñe a los cuadros y sólo conjetura a partir de datos bien visibles. Admite estar ante las imágenes  de un mundo reconocible, el de su propia infancia en los años cuarenta, por ejemplo. Pero admite también que esos cuadros recrean de manera escasamente realista hechos que no sabemos. Las imágenes son muy contextuales, mínimas, y al mismo tiempo se abstraen de la circunstancia concreta en la que parecen inspirarse: nos resultan familiares y extrañas a la vez. 

Strand a veces se aventura: tanta es la sugerencia del cuadro. Como en la obra del Thyssen-Bornemisza que tanto me atrae y que contemplo como si fuera un fotograma de La ventana indiscreta, de Hitchcock. “El modo en que la mujer de Habitación de hotel se sienta en el borde la cama, un tanto jorobada, el modo en que sostiene la carta, con las manos descansando sobre las rodillas, sugieren que ha leído muchas veces esa carta, y que las noticias que contiene no son buenas”, dice Strand. Leer y releer, precisamente. Pero Strand no quiere abandonarse al estupor de la pura ficción: “la pulcra estrechez de la habitación,a despiadada blancura de las paredes iluminadas, las frágiles líneas verticales y horizontales, proporcionan un agradable ambiente de severidad que obliga a los observadores a no ir más allá mientras la mujer se enfrente a su lectura”.

Leer, otra vez: en este caso, esa carta que la mujer deposita sobre sus rodillas. O como en Digresión filosófica. Allí hay un libro, sí: un libro que está abierto del que no sabemos nada. Ni siquiera sabemos si alguien lo ha leído. O releído. Si hemos de hacer caso a Hopper y a su esposa, entonces aquel cuadro trataría de los males de una lectura tardía de Platón. Yo prefiero abstenerme y mirar.

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Hemeroteca

–Neus Campillo, “Acampados por la filosofía“, El País, 16 de mayo de 2008

–Vicente Sanfélix, “La educación en el Levante feliz“, El País, 19 de mayo de 2008

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Blogosfera

David P. Montesinos, “Enseñar filosofía“, La cueva del gigante, 14 de mayo de 2008

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Atención: nuevo post, martes 20 de mayo, a poqueta nit 

Deng Xiao Ping

14 Mayo 2008

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Desde luego todo atentado está concebido para dañar objetivamente: para herir, para matar o para ambas cosas a la vez. Pero estos ataques están igualmente pensados para activar o agravar procesos de victimización, para que nadie se sienta a salvo, para que los medios registren el hecho: un acontecimiento del que siempre darán cuenta los periódicos buscándole inevitablemente algún significado. Por supuesto todos somos potenciales víctimas, pero hay más probabilidades de que asesinen a quienes son símbolos o pueden tomarlos como tales. Aparte de matar, eso es lo más extraño de estas acciones: que los ejecutores no lo hacen por razones personales; sólo para que escarmienten los símbolos. Supongo que quienes han puesto una bomba de más de cien kilos en un cuartel no tenían nada particular contra una persona nacida en Melilla hace cuarenta y tantos años: de profesión, guardia civil. Hacer de alguien un emblema de algo tiene la ventaja de que no es preciso enemistarse con él. Basta con convertirlo en símbolo de lo odiado. 

Un atentado cobra dimensiones de terror sublime cuando la muerte real agiganta el hecho, pero también cuando la matanza potencial hace imaginar un infierno. Sin embargo, la violencia simbólica en sí tiene poco de sublime: suele ser banalidad incurable, impotencia mediocre, razonamiento averiado. ¿Que en ocasiones hay circunstancias objetivas que parecen justificar el hecho violento? Digo esto y me acuerdo de lo que cuenta Santiago Roncagliolo en La cuarta espada, un volumen en el que el autor rastrea el terror en el Perú reciente, el provocado por Sendero Luminoso y el organizado por el contraterrorismo. Las primeras acciones ordenadas por Abimael Guzmán fueron concebidas por su dimensión especialmente simbólica. O eso creyeron él y los suyos.

El primer atentado ocurría en la madrugada del 17 de mayo de 1980. Duró una media hora. Cinco encapuchados redujeron al guardián de un colegio electoral en Chusti. Quemaron las urnas y el libro de registro. 

Quemaron las urnas y el libro de registro

Durante las siguientes semanas, los senderistas cometieron otros atentados con dinamita y con bombas caseras. Atacaron bancos, torres eléctricas, locales públicos y… algunas dependencias de la embajada de China en Lima.

La embajada de China.

La siguiente acción más llamativa tuvo lugar el 24 de diciembre de ese mismo año: “una columna senderista”, escribe Roncagliolo, ”atacó una hacienda, secuestró al propietario de sesenta años, lo torturó a golpes, le cortó las orejas y lo mató”.

Le cortó las orejas y lo mató

Dos días después, el 26 de diciembre, Sendero Luminoso engalanó el centro de Lima con adornos de simbolismo obvio: en algunos postes de la luz colgaron perros. Los responsables policiales pensaron que los animales llevaban dinamita. En realidad, los perros sólo tenían carteles con una leyenda extraña: “Deng Xiao Ping, hijo de perra”.

 Deng Xiao Ping, hijo de perra.

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Una acción de violencia simbólica, fotografiada por Carlos Bendezu para la Revista Caretas. Con esta acción contraria al reformismo comenzaba en Perú la guerra de guerrillas, replicada con ferocidad por el Estado. Deng Xiao Ping en los Andes… El resultado, casi setenta mil muertos. Desde luego en el origen de tantas violencias suele haber un principio banal que se hace pasar por simbólico, una justificación presunta, un escarmiento.

No me pidan que ahora razone: no puedo decir más de lo que ya he dicho muchas veces. Sólo puedo mostrar mi estupor.

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Viernes 16 de mayo, a poqueta nit, nuevo post.

Salvemos el PP

12 Mayo 2008

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0. El Partido Popular está en crisis (12 de mayo)

Está en crisis… desde 2004. Ahora, una generación se aparta o se jubila o es tentada por la empresa privada; la nueva cohorte, al menos los rostros más conocidos que la forman, llega a los puestos de responsabilidad aupada por Mariano Rajoy en un momento de grave enfrentamiento. El Partido Popular corre el riesgo de eliminar las mesnadas de su propio recambio. ¿Y por qué debería preocuparme si el PP es una organización en la que no milito? Perdonen el didactismo: porque la democracia depende de los partidos que compiten, y los partidos son agregados generales de intereses contrapuestos, formas institucionales que se basan en expectativas personales, estructuras que se nutren de poder, el mismo tóxico que envenena las relaciones. ¿Pero es pensable un sistema político sin ese nutriente? Por supuesto es una ingenuidad creer que la forma partido puede ser reemplazada por algo distinto y mejor: por ejemplo, por una organización en la que no se dé un juego de suma cero. Pero los juegos políticos no son sólo lizas entre individuos con expectativas: son básicamente choques y alianzas entre coaliciones internas que compiten para adueñarse de la organización. Son formaciones en las que se milita. El lenguaje es evidentemente bélico y ello no es una casualidad. Pero en un ejército el conflicto no se da sólo hacia el exterior: contra ese enemigo que tratamos de reducir o eliminar. El conflicto se da también internamente: entre esos oficiales y clase tropa que esperan subir en el escalafón granjeándose el apoyo del mando. Por eso, en su seno, todo puede ser objeto de disputa, entre otras cosas porque se fundamentan en un recurso escaso: el poder y sus consecuencias.

Pero digo lo anterior y me corrijo. Un partido es algo bien distinto a un ejército. Salvo casos extremos, la jerarquía no se cuestiona entre la tropa. Las informaciones suben y las órdenes bajan. Pero en una formación política la ejecución de los planes no depende siempre de la anuencia colectiva, sino de los consensos.  Cada parte del partido, cada órgano de la organización, es un canal de influencia, un canal a través del cual fluye la capacidad de dirección, de cooptación, de asentimiento. Salvo que haya una fracción suficientemente poderosa, capaz de imponer su dominio y de repartir prebendas, el equilibrio es inestable. El poder institucional es un producto-milagro, un engrasante que suaviza. En principio, una pequeña cantidad sobra para lograr la consecuencia inmediata: para alcanzar una posición aseada. Pero, por lo que parece, el poder es también un narcótico cuyo efecto se disipa pronto porque su disfrute siempre escaso y revocable está amenazado.  Digo poder y pienso en Michel Foucault.

1. La sociedad cortesana (13 de mayo)

La única manera sensata de abordar qué sea el poder en un partido es hacerlo desde el pesimismo, desde la lucidez de quien carece de expectativas o desde la voluntad de quien no tiene ambición. Por no militar en partido alguno o por no desear poder institucional alguno, observo su funcionamiento desde el puro desapego. Frente al encanto y frente al engaño de los diagnósticos, hay que oponer el realismo político y el paganismo de las creencias: nada de fantasía o de expectativa o de sagrado. En un partido, como en todo lo humano, cualquier cosa es contrariedad ordinaria, un drama muy vulgar. Si los pensamos bien, es casi milagroso que sean pacíficas la mayor parte de nuestras relaciones: es sorprendente teniendo en cuenta que lo humano suele ser competitivo. Sólo la ingenuidad o la mala fe revisten la competición con la buena intención del altruismo, con la paz del todo que unos y otros aceptan. 

Pero un partido político es una Corte. Permítanme esta metáfora.   La organización tiene vida de palacio en torno al príncipe, esa vida de palacio es propiamente representación cortesana: una lucha generalmente incruenta entre  nobles (y no sólo guerreros) que disputan entre sí, que se retan buscando el apoyo, el favor, el consentimiento del monarca y de los restantes titulados. Es una nueva forma de batallar con ostentación, con amagos, con excesos; una nueva manera de refinar del combate originariamente bélico, decía Norbert Elias. Es un nuevo modo de civilizar y civilizarse, es decir, de hacer incruenta la liza, dado que disputan luciendo las mejores galas, persuadiendo al príncipe, atrayendo al pueblo, que observa lejano y atónito ese conflicto cortesano. Pero ese monarca no siempre consigue ser un rey absoluto, dueño manifiesto de todos los recursos y de todos los concursos, amo de la soberanía y de la jurisdicción, de la representación del poder y de sus instituciones. Es un primus inter pares.

Para empezar no puede deshacerse impunemente de quienes le acompañaron en las guerras que sostuvo con anterioridad. No se lo perdonarían. Siempre habrá nobles irredentos, nobles dispuestos a abandonar la vida muelle de palacio, la insignificancia que el futuro o el soberano les deparan: por vanidad, por orgullo, desearán disfrutar de los tesoros ganados o, mejor, desearán salir otra vez a batallar, a ensanchar los confines del Reino, a apropiarse de su parte del botín. Sin embargo, si ahora el rey espera beneficiar con títulos y empleos a los advenedizos que llegan, esa camarilla afín que desplaza a los rancios, es probable que la Corte de viejos guerreros se resienta, se levante. El monarca –tan legítimo, tan divino, tan lejano– está necesitado de apoyos y coaliciones: no puede reformar contra sus propios mantenedores ni contra los valedores que antaño ampliaron la superficie del Reino. Podría verse solo, desamparado, arrastrando con él y en su caída a quienes él mismo aupó. Se sacrificaría así a una nueva generación de nobles ambiciosos y jóvenes recién titulados. ¿Es pensable tal cosa? Quizá lo pensable o lo venidero sea la irrupción de un tercero, la salida de un inesperado representante de los valores dinásticos, una línea depuesta pero legítima o un linaje imprevisto pero aceptable: alguien en fin que reclame tradición y reformas, batallas que puedan calmar la sed de los guerreros y que puedan satisfacer las ambiciones de los nuevos, esa rivalidad ostentosa de quienes ya alardean en la Corte. Pero ese tercero no podrá ganar contra una parte del Reino. Mejor dicho, no podrá ganar contra una parte de la Corte.

José Luis Rodríguez Zapatero fue el tercero en disputa en unas primarias socialistas (primus inter pares), alguien que supo obtener sus triunfos sin apear a toda una generación, aportando –eso sí– gente nueva con ambiciones no menores. Se trataba de reunir apoyos de los viejos para dar paso a los advenedizos, operación que encabezó un joven hombre del aparato y de la estructura parlamentaria del partido. Con aparente ingenuidad y con resuelto maquiavelismo, Rodríguez Zapatero ha sabido representar su acto como si de una narración épica se tratara, como un nuevo Arturo. Suso de Toro, escritor áulico del actual presidente, lo glosaba rememorando el mito: “El mito es bien conocido: a la muerte de Uther, el soberano, el reino se había sumido en el desconcierto y el desgobierno; los nobles se disputaban el trono, pero sólo aquel que arrancase la espada de la piedra sería el elegido. Pero no fue ninguno de los barones, sino Arturo, un muchacho de origen incierto, quien arrancó limpiamente la espada”. Eso leemos en Madera de Zapatero, aquel volumen electoral que aquí analizamos y que les invito a repasar. Desde luego no fue exactamente así, de ese modo prístino, original, adánico que sus oponentes le reprochan. Hay que leer más y creo que muchos de los que opinan en la prensa no leen suficientemente o, al menos, se dejan llevar por la impresión no madurada.

Por ejemplo, estoy seguro de que muchos de los que los que le son hostiles no han leído el Examen a Zapatero, de Philip Pettit. En unas declaraciones que en sus páginas se recogen, el actual presidente habla de las relaciones internacionales y dice: “Los intereses de nuestro país están mejor servidos con una labor discreta y constructiva que permita ir ganando aliados que con confrontaciones estériles con las que se acaba alienando a socios que antes o después vas a necesitar”. Por favor, olviden las relaciones internacionales y lean en clave personal y maquiavélica el texto que les he reproducido. Rodríguez Zapatero se presenta como un político sagaz que sabe lo que se juega: su éxito no dependería sólo de sí mismo, sino de las coaliciones que fuera capaz de organizar, de las colusiones que pueda orquestar, de los potenciales aliados que pueda reunir.

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Blogosfera 

Àngel Duarte, “Dejen de devorarse a ustedes mismos, por favor“, El tinglado de Santa Eufemia, 13 de mayo de 2008

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Miércoles 14 de mayo, nuevo post a poqueta nit

Leyendo…

10 Mayo 2008

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0. Leyendo…

Una cosa lleva a otra, una lectura lleva a otra. Estar atento tiene ese riesgo: que te multipliques exponencialmente. A veces de manera demente. ¿Estás ahíto? Sí, en ocasiones, resoplas, como el tipo ese de la foto… Como vio Marx, todo tiene resonancias, todo despierta un eco de otra lectura previa, de esa biblioteca que está detrás de ti y que te exige, una biblioteca en la que cada libro reclama tu atención. Para escribir, por ejemplo. En todo caso, cuando te pones, has de evitar el diletantismo. Ya lo dije: la mera expansión, el tratamiento superficial que liquida el tema, ese picoteo que sólo busca el dato escaso. Por tanto uno debe insistir, debe volver cada cierto tiempo, procurando imponerse rigores y disciplina intelectual: leyendo cosas variadas precisamente. El mejor antídoto contra las muchas lecturas es administrarte dosis no letales de ese mismo veneno. 

Los mejores blogs son conversaciones a distancia, charlas virtuales en las que los comparecientes juegan, se interpelan, se retan, se recomiendan mutuamente lecturas y, en ocasiones, hasta se prestan sus libros. 

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Por ejemplo, en este blog. Si no me equivoco, Francisco Fuster se citó con Marisa Bou para pasarle un par de volúmenes interesantes. En esta bitácora, quienes intervienen se organizan para no dar descanso a los lectores más ávidos, ya ven. Por ejemplo, me han recomendado expresamente a un autor del que nada sabía: Bruce Bégout. Admito mi ignorancia. Me habló de él el propio Francisco Fuster, dejándome un ejemplar de su obra más célebre, ahora recién traducida: Zerópolis. Pero no es Fuster de quien parte esta recomendación: según creo, fue David P. Montesinos quien le habló con entusiasmo de este joven filósofo francés. Y ya ven. Yo, ahora, me veo leyendo este interesante libro. La verdad es que lo he acabado en unas pocas horas, de tan breve que es: eso no significa, sin embargo, que no sea enjundioso.

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1. Leaving Las Vegas 

¿A qué está dedicado? A Las Vegas. ¿A Las Vegas? ¿Y a quién le interesa algo así, un volumen sobre una ciudad tan estrafalaria, tan distante? Sí, en efecto, Nevada nos queda muy lejos. Pero no creo que el exceso de esta ciudad nos sea tan ajeno: el exceso de la mezcla, de la incongruencia. Ya nos hemos habituado a esas aleaciones imposibles: forman parte de nuestras vidas. De nuestras vidas imaginadas, fantaseadas con el auxilio del cine y de la televisión. Primero, Las Vegas fue precisamente el centro del urbanismo descentrado, extremo y, también, el lugar de la incoherencia impenitente: el espacio de la mera adición; la urbe incongruente de edificios que se repelen. 

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 Pero es también el lugar del énfasis lumínico, la sede de la luz abundosa, sobrante, con neones explícitos que desafían la indiferencia del espectador, del jugador.

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Para algunos, esa incoherencia descentrada y este exceso estético son un logro insólito y posmoderno, una operación que se vale del collage y la ironía. Entre otros, esta tesis la sostuvo Robert Venturi en un libro que leí años atrás y cuyo impacto aún me dura: Aprendiendo de Las Vegas. Sabemos de los hoteles-casino y de la compulsión de los jugadores, del ruido de las máquinas. Sabemos de la presencia de una clase de servicio que atiende con prontitud y frialdad profesional los deseos del visitante. Sabemos también de su excepcionalidad urbana: Las Vegas aparece como un artificio descomunal y superficial, luchando contra el determinismo de la naturaleza, del desierto. Aún nos sorprendemos de esas copias de edificios europeos y de esa invasión de los neones luminosos que hipnotizan verdaderamente.

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Pero parece también la ciudad de la incomunicación, del ensimismamiento, del solipsismo. Cada jugador encerrado en su apuesta, ajeno al mundo exterior, atento al azar, dispuesto a consumir y consumirse. Es fácil, sí, hacer metáfora de Las Vegas: adoptarla como un microcosmos de nuestro mundo. Bégout evita convertir la ciudad en símbolo de nuestro tiempo. Es de agradecer que el filósofo francés no la tome como metáfora del mundo actual. Es lo obvio, lo falso obvio. Bégout, por el contrario, la recorre con mirada atenta, con los ojos de un antropólogo europeo que no se fía de la familiaridad inmediata de las cosas, que espera entender las formas de ese gigantesco parque de atracciones, el vértigo de su impacto visual. Es, en efecto, una suerte de parque temático cuyo objetivo será siempre divertirse hasta morir o, mejor, divertirse regresando sin haber muerto. ¿Es así? El parque temático nos procura solaz y nos pone en riesgo, recrea entornos urbanos, naturales e históricos, pero a la vez nos protege con la ficción, con lo que no es verdad. Yo, al menos, lo vivo así.

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Leyendo a Bégout releo indirectamente a Roland Barthes (Mitologías), a Umberto Eco (La estrategia de la ilusión), a Jean Baudrillard (América), autores que me enseñaron a mirar de cerca las pequeñas cosas de la modernidad: los gadgets, el mal gusto, el kitsch propiamente. Entre otros, Bartes, Eco y Baudrillard me mostraron cómo enfocar la perspectiva microanalítica que me revela la porosidad y la profundidad de lo meramente superficial, de lo aparente: Superman y los moteles, la autopista y el museo inacabable de la utopía americana, objetos y el espíritu de esos objetos. No hay nada irrelevante o descontextualizado si miramos bien en el mundo saturado que nos rodea; no hay nada desprovisto de significado y todo se convierte en objeto de pesquisa. Eso hizo Walter Benjamin para el París del Ochocientos y eso mismo podemos hacer ahora cuando miramos la ciudad que nos rodea. No hay que quedarse absorto… Por ello, al menos de momento, me despido de Las Vegas, que es lo que recomienda Bégout (también el final ha de ser Leaving Las Vegas): abandono Zerópolis , esa ciudad en la que se confunden lo real y su sombra, el objeto y su ficción, la nada y su expresión. La abandono para vivir y leer de otro modo y en en otro lado. ¿Y qué encontraré?

2. Continuará…

No continuará. La situación del PP es tan grave (temporalmente grave) que suspendo este post. Martes 13, nuevo post.

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Hemeroteca

-Enric González, “El horror“, El País, 11 de mayo de 2008

-Gustavo Martín Garzo, “Las enseñanzas de Sherezade“, El País, 11 de mayo de 2008

El horror y el humor

6 Mayo 2008

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1. El horror, el horror

En poco tiempo, con una intensidad que no me recordaba, he leído un libro breve pero sobrecogedor. Es el Cuaderno de Fontilles , de Vicente Sorribes Santamaría. Se trata de la edición de un dietario firmado por un joven médico valenciano, un manuscrito que abarca desde el 3 de julio hasta el 6 de septiembre de 1943: unas pocas semanas, pues. Es el diario íntimo, personal, angustiado, exasperado que el galeno lleva mientras cumple con su destino en el Sanatorio de San Francisco de Borja para Leprosos, situado en Fontilles. Sus páginas son un viaje al fin de la noche, como el que emprende el joven médico Ferdinand Bardamu en la obra de Céline. Pero lo que en la novela francesa es malditismo y autodestrucción, en el dietario de Sorribes es empeño y decepción, la materialidad misma de la corrupción. 

El joven Bardamu se había alistado voluntario en 1914. Muy pronto descubrirá la irracionalidad y la sordidez de la guerra, algo que le derriba, víctima del aturdimiento, de la insania: será conducido a un sanatorio-prisión igualmente sórdido, miserable, del que saldrá abandonándose a la incredulidad, evacuando sus pruritos morales. Sorribes no obra así, con el cinismo de Bardamu. El médico valenciano se duele crecientemente, avanza a tientas, contempla la podredumbre de la carne, el despedazamiento, y detalla sin novelería alguna la repugnancia que la patología le produce, la hostilidad que le rodea.

No hace metáfora de la posguerra, ni generaliza el caso. No convierte el recinto sanitario en símbolo de la España autárquica y violenta. La leprosería no es un microcosmos de algo mayor, no. El lugar es el infierno particular, sin exageraciones literarias ni proyecciones exteriores. Frente a la tentación del lector actual –pensar el sanatorio como espejo de aquella España–, el documento se nos muestra como testimonio de una experiencia irrepetible que ha de enunciarse para ser soportada. Eso es lo que tienen los documentos: nos enseñan algo que no está y que el lector, el historiador exhuma; son versiones de una vivencia sentida subjetivamente pero expresada con los recursos colectivos que un individuo recibe. El dietario es un género con normas particulares: entradas breves escritas, por ejemplo, al final del día; anotaciones cronológicamente ordenadas con información e impresión, con datos y sentido, con descripción y moraleja, tal vez; minucias personales y profesionales, una enumeración de lo que pasa. ¿De lo que pasa? En realidad, en el diario, como en cualquier testimonio escrito, es más importante lo que no se dice: o bien porque el autor se censura, se reprime, temeroso de sí mismo, de lo que sería capaz de expresar, de desear, de criticar si no se contuviera; o bien porque el escritor juzga ciertas cosas como evidentes y redundantes, un innecesario detalle para ese primer lector (quizá único lector).

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Pero regresemos a Sorribes, a 1943. El lector se deja llevar por su prosa escueta y precisa, sabiendo de la brevedad e intensidad de sus confesiones. Poner en orden sus experiencias –sus impresiones, sus ideas, sus decepciones– es una forma de atribuir sentido a las cosas espantosas que suceden, a la mediocridad: un contraste entre el joven animoso que llega al sanatorio esperando ser un auxilio, un profesional eficaz, y la miseria moral y material que todo lo detiene. La contradicción entre esos empeños iniciales, esas fuerzas que le llevan a resistir (que tienen raíces religiosas) y esas frustraciones, esas impotencias que lo frenan, me recuerdan las tribulaciones del joven licenciado que protagoniza El árbol de la ciencia, y  me recuerdan también la vocación abnegada de Santiago Ramón y Cajal en una sociedad miserable y raquítica. Por su parte, Pío Baroja había hecho de Andrés Hurtado un médico resistente en el medio hostil de la España finisecular. “¿De manera que allí no has perdido tu virulencia ni te has asimilado al medio?”, le pregunta Iturrioz a Andrés Hurtado. “Ninguna de las dos cosas”, responde el protagonista de El árbol de la ciencia. “Yo era allí una bacteridia colocada en caldo saturado de ácido fénico”, confiesa Hurtado.

En Fontilles, Sorribes se esfuerza cada día por no experimentar el puro abatimiento. Conmueve la lucha del médico valenciano por entender lo que le rodea, esa enfermedad que desfigura, el mal que amputa, que destruye, una dolencia a la que tradicionalmente se le achacaba una perversión moral. Conmueve su amor propio, ese esmero por hacer las cosas bien, por oponerse a la indolencia administrativa, a la incuria institucional. Conmueve su esfuerzo, finalmente baldío, tratando de enfrentar el abandono y la desolación del enfermo desahuciado. Él es un profesional que desea desempeñar su cometido, atender a sus pacientes, cumplir sus obligaciones administrativas. Pero nada de lo que le rodea funciona verdaderamente, como en la España barojiana de Andrés Hurtado: ni la dirección del centro, ni los empleados que allí trabajan, ni los religiosos que han de velar por las almas de los internados.

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Todo se le opone, hasta la belleza natural que circunda, esas montañas abundantes que son encierro, separación. Hay propiamente una muralla elevada que mide cinco quilómetros de diámetro, nos dice. Hoy, cuando a la mínima pretextamos incapacidad, deberíamos repasar la confesión de Sorribes: sus palabras son un antídoto contra la pereza. Fue una persona religiosa y eso, sin duda, le mantuvo con fuerza en los momentos de mayor abatimiento. Pero en esas páginas Dios es siempre una referencia lejana, incluso silenciosa y hasta ausente. Sorribes sobrevive como un náufrago y, como Robinson Crusoe, ha de empezar un diario para mantenerse, para dialogar consigo mismo, para documentar sus pequeños logros, para dictaminar sobre las desesperanzas y sobre los motivos de las desesperanzas. Vive en un encierro vegetal, entre montañas que le oxigenan y le ahogan. Como el personaje de Daniel Defoe, tampoco Sorribes puede comunicarse propiamente, razón por la que permanecerá silencioso, mudo, precavido: no puede volcar sus sentimientos en un proceso de transferencia imposible con internados hostiles o con un personal administrativo o médico desinteresado. Necesita, pues, llevar un diario en el que realizar esa transferencia. Robinson tardará días y días en escribir, cosa que sólo hará cuando el medio artificial que  había construido –aquella empalizada, aquella techumbre menesterosa– empezó a procurarle un entorno más hospitalario. “Fue entonces cuando empecé a llevar un diario de mis tareas cotidianas”, dice el personaje. “En un principio había estado demasiado ocupado, no solamente con mi trabajo sino con los confusos pensamientos que pasaban por mi mente, y mi diario hubiera aparecido lleno de cosas torpes y melancólicas”, leemos en la versión de Robinson Crusoe que hiciera Julio Cortázar. Vicente Sorribes no espera: inicia la escritura conforme emprende el viaje, conforme se adentra entre aquellas montañas abundantes y opresivas, con un dolor creciente.

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Y allí escribe. No son páginas esterilizadas, con datos clínicos, sino registros objetivos y emocionales, a un tiempo; anotaciones precisas y subjetivas en las que el médico trata de sobreponerse al asco: propiamente al espanto que el rostro del leproso le refleja y le provoca. Pacientes sin tabique nasal que expelen arrogantemente el aire, humedeciendo la cara del interlocutor; enfermos que esputan descuidadamente al hablar, salpicando las mejillas de médico con gotitas de saliva infecta. Leprosos retadores de los que no hay vestigio o fotografía en el libro, gentes que nada agradecen, incluso dementes, y que el médico ha de contener: de ellos espera extraer experiencia clínica, con ellos cree poder investigar. En ese punto, el diario muestra irritaciones varias con aquellos a quienes auxilia y con aquellos de quienes se informa. Ese tono dolido, avinagrado, me hace recordar vagamente alguna página de un gran dietario, el de otro finísimo observador, también airado con sus informantes, igualmente harto de sus circunstancias: el Diario de campo en Melanesia, de Bronislaw Malinowski, aquel diario en el sentido estricto del término que tanto escandalizó a sus colegas científicos, incrédulos ante las irritaciones del respetado antropólogo. Pero eso que digo es excesivo: fruto de la angustia de influencia, probablemente. Quizá no sea sensato comparar a Sorribes con Malinowski: al fin y al cabo, las estancias de ambos entre nativos o leprosos poco tienen que ver, más allá del viaje metafórico, humanamente incómodo, emocionalmente perturbador.

Si hubiera que buscar referencias, entonces tal vez deberíamos considerar La montaña mágica, de Thomas Mann, como un caso inevitable. Vida de sanatorio; vida en la montaña; vida mórbida, patológica. Pero inmediatamente me corrijo: tampoco la novela de Mann sería el ejemplo con el que cotejar el Cuaderno de Fontilles. En La montaña mágica, doctores y pacientes se abandonan lánguidamente a la enfermedad, deseosos de alcanzar la lucidez que las dolencias pulmonares provocarían. Hans Castorp, la criatura de Thomas Mann, se adapta bien a la vida en Davos, a la existencia ordinaria del Sanatorio Internacional Berghof. El establecimiento de la novela sí que es una transfiguración de la Europa de preguerra, una metáfora de las naciones enfrentadas, un lugar en el que disputan Naphta y Settembrini, entre otros: o sea, Davos es un espacio en el que se representa el choque entre la razón y la naturaleza, una naturaleza de la que también forma parte la propia enfermedad…  Pero Sorribes no es Castorp: como tampoco lo son los médicos que allí atienden. El sanatorio de Fontilles no permite la reflexión demorada o la languidez mórbida: en ese establecimiento no hay lugar para la melancolía sin objeto.

El libro que tengo en mis manos es el compendio breve de una vida aún incompleta, inacabada, hacia 1943. El joven médico abandonará el sanatorio en septiembre de ese mismo año, marchando a Madrid para rendir exámenes del doctorado. El juicio que Sorribes anota sobre los catedráticos no es muy favorecedor y, como en Fontilles, se siente igualmente maltratado por la incuria, por la pereza institucional. El Diario de un nuevo médico incompleto, que es el título original del manuscrito, ha llegado hasta nosotros. ¿Cómo? ¿Por qué?

Ruzafa Show Ediciones lo ha publicado en la colección Los libros de la memoria. Y ello ha sido posible gracias a los herederos del autor, que han puesto el manuscrito en manos de especialistas: de los editores; de Josep Lluís Barona, catedrático de Historia de la Medicina, que ha escrito una introducción breve pero imprescindible a Fontilles, a la lepra; de Francisco Gimeno Blay, catedrático de Ciencias y Técnicas Historiográficas, que ha revisado minuciosamente la transcripción del manuscrito; y de Ignasi Mora, periodista y escritor, que ha reflexionado sobre la dimensión literaria del diario. Por supuesto, toda obra de edición es mejorable. Habría sido preferible que Barona se hubiera extendido más sobre las condiciones históricas de la enfermedad, sobre el fenómeno de las leproserías. Habría sido preferible también que Gimeno hubiera sido menos respetuoso con ciertas incorrecciones ortográficas de Sorribes: no es ésta una edición erudita o académica y, sin duda, ciertas mejoras del texto finalmente impreso no habrían traicionado el manuscrito original. Habría sido igualmente preferible que Mora no lamentara tanto el estado deplorable de las letras valencianas: el diario no necesita una novela para agigantar el valor de lo que allí se cuenta, precisamente sin intenciones literarias.

Leo Cuaderno de Fontilles y les recomiendo vivamente su lectura. Allí descubrirán el horror. El horror, el punto final.

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2. El humor, el humor

Acaba de aparecer una reseña que he firmado. Es una aproximación a El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza. La protagonizan un patricio romano lenguaraz de vientre suelto y un jovencito de pronto avispado. Transcurre en el siglo primero de nuestra era… Al leer dicha novela, lo fácil es asimilar esta broma genial a las locuras de los Monty Python,  aquel film que tanto nos divirtió: La vida de Brian (1979). Por supuesto que hay una afinidad más o menos explícita entre ambas obras, pero he preferido pensar esta novela como un precipitado de otras tradiciones propiamente literarias. O mejor: he querido leer esta obra buscando y hallando el sentido del humor, el gamberrismo, la corrección burguesa que Mendoza aplica a materiales narrativos ya ensayados y por él renovados con el recurso posmoderno.

¿Qué es lo posmoderno? Aceptar la carga del pasado con ironía: dado que los contemporáneos siempre estamos en falta, dado que nuestros antepasados siempre parecen exigirnos, el posmoderno acarrea lo pretérito rebajándolo, alterándolo, haciendo collages, parodias explícitas y citas encubiertas. Mendoza asume la gran tradición, incluso las tradiciones menores de la literatura: se hace cargo de ellas con libertad, con broma, con ironía. Presta homenajes aunque, a la vez, rebaja el determinismo del pasado mezclando lo insoluble, sumando lo egregio y lo chusco, lo impostado y lo humilde, lo monumental y lo menesteroso, lo culto y lo chabacano. Eso produce un efecto humorístico generalmente irresistible.

Pero, efectivamente, no es sólo la literatura lo que anima a Mendoza. El cine, sí, también está presente. Ahora bien, más que Monty Python son los hermanos Marx (o Groucho, concretamente), expertos en mezclar lo insoluble, aquello que le inspira: los Marx, capaces de hacer payasadas y de lanzarse tartas y, al mismo tiempo, capaces de soltar un parrafada jocamente erudita y pedante. Este Mendoza cortés, elegante y gamberro podría ser sensible ante un virtuoso del arpa, aplaudiendo a la vez la ocurrencia escatológica. Así quiero ser yo… Siempre he admirado a los que no son sofisticados todo el tiempo. ¿Imaginan qué pesadez? Pomponio, tan reflexivo y culto tiene, simultáneamente, problemas intestinales: flatulencias que no oculta en su relato, en esa confesión epistolar que hace a su destinatario, Fabio. Digo Fabio y digo correspondencia y pienso en la Epistola moral a Fabio. Sí, ya sé que nada tiene que ver la nouvelle de Mendoza con esta obra del barroco sevillano, pero fue leer ese nombre y recordar una obra que, no sé por qué, me remite a un momento concreto de mi adolescencia. Ha sido leer la epístola de Pomponio e inmediatamente preguntarme qué he hecho en mi vida: qué he hecho de mi vida si no soy capaz de escribir algo así.

Ajá, eso es lo que me ocurre: que no soy capaz de hacer reír, de hacer parodias o payasadas reflexivas con estilo y buena prosa, con registros varios. Y, en efecto, no tengo esa virtud, pero creo ser poseedor de una cualidad muy saludable que me libra de mí mismo: la de procurar divertirme. Mi pronto es severo, grave incluso. Pero, a poco que se me conozca y a poco que intime, lo que intento es reírme. Mendoza me hace reír frecuentemente: no hay obra suya en la que no encuentre una página genial. En Pomponio he visto lo mejor: Groucho y Fabio, lo grosero y lo refinado, donde lo grosero es Fabio y lo refinado es Groucho. Oigan, aprovechen. Dejen de leerme y vayan a las páginas de Mendoza: son un antídoto contra lo inauténtico, contra la mala leche. Son también un homenaje juguetón a las clases menesterosas: qué homenaje tan deliciosamente burgués. Para quienes vivimos consumidos por el rencor de clase contra los pijos, un señor de Barcelona tan elegante como Mendoza nos reconcilia con el mundo.

Fin…

Mendoza y yo

La Cataluña real“, Levante-emv, 23/3/2007

Si no lees te quedas tonto“, El País, 9/3/ 2002

Baroja y yo“, Ojos de Papel, 1/12/2001

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Selecciones

Hemeroteca, fonoteca y blogosfera del mes de mayo

–Justo Serna, Reseña de El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza, en Ojos de Papel, mayo de 2008.

–Francisco Fuster, “Barack Obama y tres precursores“, Claves de razón práctica, núm. 181 (abril de 2008). Texto completo en pdf, aquí.

–Francisco Fuster, Reseña de I Love Your Glasses, de Russian Red, en Ojos de Papel, mayo de 2008,

–”Éste no es otro artículo sobre el Dos de Mayo“, El náufrago digital. Blog de Eduardo Laporte.

–”Martillo de infieles“, La grieta en el cristal. Blog de Small Blue Thing.

–”Una historia de violencia“, La cueva del gigante. Blog de David P. Montesinos

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Convocatoria de Cursos de verano en Santander. Palacio de La Magdalena

Escribir a solas. El diario íntimo en el siglo XIX“, UIMP, 18-22/08/2008.

Viernes 22, 9:30 horas:

Original burgués. Reflexiones sobre el diario en el siglo XIX

Ponencia de Justo Serna

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0. Lo que la historia no es, 2 de mayo de 2008

Habrá que convenir en unas cuantas evidencias, unas pocas certidumbres acerca de lo que es la disciplina histórica, acerca de lo que los historiadores no hacen o no deberían hacer. Será el mejor modo de mostrar los excesos y la manipulación, el manejo de un pasado para fines actuales, la resignificación de lo pretérito para la política de hoy.

La historia no es nuestro calco; no es ese espejo en el que los contemporáneos nos contemplamos para ver reflejada nuestra efigie. No es un banco de analogías de las que servirnos para confirmar lo actual; no es ese depósito de imágenes ya obvias de las que nos valdríamos para corroborar lo presente. Tampoco es el embrión que se desarrolla y en el que se materializa lo que ya estaba prefigurado de antemano. Menos aún es el objeto del que hacer arrobo y literatura, una exaltación verbosa que se aprovecha de la ignorancia común. 

En otros términos, la historia no es un devenir que confirme lo que ya estaba en el origen. No es un relato ordenado y coherente en el que todo encaje para reconocimiento general. En efecto, la historia es conocer, no reconocer… La historia no es un fermento en el que el principio conduzca inexorablemente al fin, siguiendo un ascenso cronológico, sumando acontecimientos congruentes. No es memoria monumental que dé significado simbólico a lo ocurrido. Tampoco es un devenir que pudiéramos racionalizar ulteriormente para confortarnos o para darnos ánimo.

Sólo es posible regresar al pasado de manera metafórica, indirecta, vicaria, parcial, tentativa, buscando el significado que los hechos tuvieron para quienes los vivieron. Quienes protagonizaron esos acontecimientos no sabían cómo iban a andar las cosas; no sabían qué vendría después; no sabían qué hecho o circunstancia serían objeto de rememoración y con qué sentido posterior. La historia se hace con fuentes, con documentos, que son testimonios, versiones; con textos e imágenes, que son productos de su tiempo, productos que tienen su clave interpretativa en el contexto que los alumbró. Por eso, el historiador ha de mirar con cuidado, con respeto, sin forzar lo dicho o lo imaginado, sin sobreinterpretar lo escrito o pintado, sin hacer literatura, pésima literatura, fantaseando, rellenando y añadiendo lo que no está, presentando  como cierto lo que sólo es conjetura. ¿Puede conjeturar un historiador? Por supuesto: siempre que avise, siempre que lo diga expresamente. Lo que no puede es pensar hipotéticamente ocultando que lo dicho es mero tanteo, imaginación.  

Los hechos históricos son instantes del pasado, de significado no siempre evidente ni general, momentos cuyo sentido varía de acuerdo con lo que los relacionemos, pero esos otros hechos con los que los relacionamos no deben ser aquellos que los protagonistas no podían concebir o no podían ser o no podían hacer.  No podemos comparar lo incomparable ni atribuir semillas de democracia a actores históricos que carecían de todo sentido de la Democracia. Como tampoco podemos hablar de Liberalismo o de Nación para atribuírselo a amotinados que se levantaban por razones menos egregias, pero quizá más cercanas: un sentimiento de ultraje, una sucesión de manipulaciones, unas especies que circulan, unos rumores que encienden, unos hechos que no se toleran. 

La historia no es simple suma ni progresión; no es trayectoria ascendente ni generalización de lo minúsculo, esa operación en virtud de la cual se extienden ciertos rasgos para así simbolizar mejor, para así abreviar el esfuerzo intelectual. La historia no es sólo resultado, ese final cuyos hechos precedentes serán los únicos constatados: exclusivamente aquellos que muestren la consumación. Hay acontecimientos contradictorios, planes alternativos, protagonistas que desaparecieron o procesos que no cuajaron; políticos que quisieron elevarse y que finalmente fracasaron, mandatarios que anhelaron gobernar su partido y que a la postre fueron apartados; ambiciosos que desearon auparse y que vieron fracasar su proyecto presuntamente indiscutible.

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1. Guerra y memoria, 25 de abril… de 2006

Con frecuencia, los partidos y las instituciones políticas organizan actos de celebración que sirven para conmemorar el pasado. Con esos actos esperan sus responsables exhumar el ejemplo de nuestros antecesores, espejo en el que deberíamos mirarnos. En principio, todo agregado humano tiene derecho a festejar lo que considera gestas principales de tiempos pretéritos, un proceder que se fundamenta como memoria colectiva. Recuerda lo que hicieron tus ascendientes, se nos indica. Recuerda sus proezas, no olvides aquello que te une a ellos. Has de saber de dónde arrancas, has de conocer cuál es la procedencia y cuál es tu sangre, has de mantener su patrimonio. En otros casos, cuando el pasado es odioso, cuando de él emanan trastornos, cuando ese tiempo pretérito sólo refleja sevicias y perversidades, entonces su remembranza será edificante: quien desconoce lo que otros hicieron, quien olvida lo que sus antecesores perdieron, está condenado a repetirlo, a equivocarse otra vez, a ocasionar daños. En uno u otro caso, a la historia se la concibe como un cemento o como un restaurador que daría coherencia a lo que difícilmente la tiene o como una enseñanza que encauza y de la que se desprenderían ejemplos a seguir o a evitar. Pero, además, al pasado se le atribuirían valores comunitarios. Esto es, si volvemos sobre la historia, si hacemos ejercicios de memoria, es porque su evocación nos hace conscientes de nuestra herencia y de nuestra pertenencia, se nos dice. Así como el recuerdo individual nos confirma la filiación, la memoria colectiva nos ataría a una comunidad afirmando los lazos primarios, haciéndonos ver que no somos individuos condenados al presente, sino sucesores que no se pertenecen del todo.

Aunque podamos admitir que esa concepción de la historia tiene su virtud cívica, me permitirán que discrepe, harto de tanta exaltación rememorativa. Algunos historiadores tendemos a desconfiar de la celebración a que estaríamos obligados y que fue faena frecuente entre numerosos colegas, tan inclinados a facilitar provisiones patrióticas para la edificación de las naciones. Concebida así, la historia ha servido y seguiría sirviendo para rendir justicia y homenaje a nuestros muertos, pero sobre todo se emplearía para confirmar identidades. Ese pasado (en realidad, el espejo de los muertos) nos daría un retrato muy mejorado de nosotros mismos, amoldado a los perfiles de nuestra progenie, reafirmándonos frente a los adversarios. Algunos pensamos que la tarea pedagógica de la historia no puede confundirse con la justicia ni fundarse en la reminiscencia que afirma una supuesta continuidad, sino que, por el contrario, debería adentrarnos en lo extraño, en lo que nos separa de aquellos antepasados, en lo que nos incomoda, en lo que desestabiliza la identidad de hoy.

Estamos hechos de retales históricos, de trozos que no casan fácilmente: también de actos espantosos cometidos por los antepasados y de hazañas menores de antecesores humildes. No somos, en efecto, de una pieza y la exhumación de los tiempos pretéritos no nos devuelve una imagen aseada. Si hay dentro de mí algo aciago y sombrío, si dentro de mí anida también lo siniestro de mis mayores, decía Freud, si yo no me conozco bien, entonces la evocación de lo remoto no puede ser la mera y mendaz exaltación de la continuidad, la fábula que me ratifica, la remembranza que me repara. ¿Cuándo dejará la historia de ser materia de reconocimiento patriótico o de enfrentamiento colectivo?, se pregunta el lector inocente. ¿Cuándo será sólo una disciplina de conocimiento humano y de apaciguamiento común, un saber que no oculta la distancia que nos separa de los antecesores? Jamás… En las celebraciones históricas del pasado fue habitual el brío guerrero, la fiebre belicosa, ardor que llevó a la muerte generalizada con los horrores de la movilización patriótica. Para nuestra desgracia, aún seguimos en ello. «Tienen mucha suerte los caballos», leemos en el Viaje al fin de la noche de Céline, «ya que si bien padecen la guerra como nosotros, no se les pide que la suscriban, ni que tengan el aire de creer en ella». Nosotros tenemos muertos a los que se les debe justicia, cosa nada objetable; pero también tenemos creyentes que exaltan la épica de la guerra. No me pidan que la suscriba. 

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2. El ombligo de la nación, 3 de mayo de 2008

El texto inmediatamente superior apareció en Levante-EMV  el 25 de abril de 2006. La casualidad hizo que se publicara en fecha tan significativa. No estaba exactamente pensado para hablar de la Guerra de Sucesión. Estaba pensado para tratar este y aquel conflicto: porque no es raro que este o aquel conflicto se tomen como fermento patriótico o como munición nacionalista.  El 2 de mayo de 1808 se convirtió pronto, casi desde el principio, en el Dos de Mayo. Toda nación suele afirmarse con mitos unificadores y simbólicos, pero no todos los historiadores están dispuestos a administrar esos tóxicos o estupefacientes. Al menos, ahora, tras siglos de belicosidad nacionalista. 

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, desde el 2 de mayo de 1808. Ahora, dos siglos después, dicha fecha es motivo de una renacionalización, como hace Fernando García de Cortázar, presidente de la Fundación Dos de Mayo. Nación y Libertad. Es ésta una operación con la que se pretende fortalecer y hacer evidente el vínculo de la débil nación –una operación que ya le conocíamos–, un artificio político en el que se invocaría la Constitución como detente bala. Pero esa reivindicación es un anacronismo, como lo es la cantinela de los nacionalismos periféricos, que dicen fundarse en naciones igualmente milenarias. ¿Por qué razón? Primero, porque la nación es un producto contemporáneo. En su libro Naciones y nacionalismo, Ernest Gellner analizaba el mito del origen como discurso básico de todo nacionalista, siempre ocupado de rastrear su raíz originaria en el curso de la historia. En Nacionalismo, su última gran contribución al tema, Gellner volvía sobre el asunto: si nos remontamos tiempo atrás buscando el origen de la nación -decía-, es probable que lleguemos muy lejos, hasta Adán mismo. Adán no tenía ombligo y nadie, pues, le cortó el cordón umbilical. Entonces sensatamente cabría preguntarse con Gellner: ¿tienen ombligo las naciones? ¿Cortó alguien el cordón umbilical?  El anacronismo nos lleva al paraíso, ya ven…

Pero dejemos esos tiempos remotos para regresar a García de Cortázar. Decía que su operación renacionalizadora es también anacrónica porque mezcla el Dos de Mayo con la Constitución. La respuesta que podría darse a nuestro reproche parece evidente. ¿Acaso no hubo 1808? ¿Acaso no hubo una Constitución nacida del levantamiento del 2 de Mayo? Pues no. El constitucionalismo hispano no es un producto del Dos de Mayo. O es anterior (hay una cultura política constitucional anterior a la Constitución) o es posterior (cuando cristaliza en 1812). El levantamiento del 2 de mayo fue popular y emocional, manipulado y espontáneo a un tiempo, reivindicativo de lo propio y de la tradición, sin que el lenguaje constitucional de la libertad fuera el primero ni el decisivo. Darlo por hecho es hacer aleaciones nacionalistas. Cuando escribe o hace declaraciones, Fernando García de Cortázar no rastrea la continuidad y el cambio del constitucionalismo anterior o posterior al Dos de Mayo. Lo que hace es constatar y dar por evidente la Nación como si ésta ya existiese indiscutiblemente (sin ombligo, pues); y lo que hace es escribir con pompa y énfasis, con prosa campanuda, entre sonora y hueca, sirviéndose en ocasiones de analogías temerarias o simplemente insensatas. En ese caso, la erudición histórica le vale para colorear el presente a su antojo.

¿Una muestra? Valga como ejemplo aquel artículo en el que comparaba y mezclaba a Rodríguez Zapatero con Napoleón. ¿Puede alguien sostener seriamente una analogía tan disparatada? En la pasada legislatura, un antizapaterismo primario fue la enfermedad que se contagió entre ciertas elites intelectuales de la derecha. García de Cortázar cayó víctima del mismo padecimiento, sin que, de momento, se haya repuesto de su prosa altisonante y de su indisposición abiertamente antisocialista. No es un malestar reciente: como mínimo,  se le puede diagnosticar desde que publicara su Breve historia de España. Si no la recuerdan o no la han leído, échenle un vistazo y lo confirmarán: hay en sus páginas una sintaxis trabajosamente literaria, hay conjeturas y generalizaciones sin cuento, hay condenas y atribuciones, suposiciones. Y hay sobre todo una idea embrionaria de la nación, latente o manifiesta según los momentos. Qué pesadez.

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Hemeroteca y fonoteca del Dos de Mayo.

Lo que la historia no es

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Fotografía: Público

–”El Dos de Mayo no tendrá lugar”, artículo de Pedro J. Ramírez, El Mundo, 3 de mayo de 2008

–Declaraciones de Esperanza Aguirre ante el Dos de Mayo, Cadena Ser, 2 de mayo de 2008

–”Elogio del Dos de Mayo”, artículo de Mariano Rajoy, Abc, 2 de mayo de 2008

–”Mayo de España”, artículo de Fernando García de Cortázar, Abc, 1 de mayo de 2008

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Hemeroteca y blogosfera del blog…

–Francisco Fuster, “Barack Obama y tres precursores“, Claves de razón práctica, núm. 181, abril de 2008. Texto completo en pdf, aquí.

–”Éste no es otro artículo sobre el Dos de Mayo“, El náufrago digital. Blog de Eduardo Laporte

–”Martillo de infieles“, La grieta en el cristal. Blog de Small Blue Thing

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Convocatoria de Cursos de verano en Santander. Palacio de La Magdalena

Escribir a solas. El diario íntimo en el siglo XIX“, UIMP, 18-22/08/2008

Viernes 22, 9:30 horas:

Original burgués. Reflexiones sobre el diario en el siglo XIX

Ponencia de Justo Serna