Alegrías y alergias

30 Junio 2008



1. Alegrías
Vaya por delante: me alegro del triunfo de la Selección Española de Fútbol. Vaya si me alegro: durante décadas la he padecido en silencio, verificando una y otra vez que los jugadores españoles sólo sabían lamentarse, dar patadones y sacar la furia. O eso me parecía, en mi ignorancia… Días atrás leía un artículo de Javier Marías. Parecía pensado para mí, para expresar lo que yo mismo sentía (y tantos otros). Estos muchachos de ahora no parecen españoles, venía a decir Marías: son lo contrario de lo que hemos sido. Lo contrario de lo que hemos sido. A mí, que nunca me ha gustado el fútbol, había que ganarme con el espectáculo, con un juego bonito que nunca le he visto a la Selección… hasta ahora mismo. Los nuestros siempre me provocaban tedio o un padecimiento absurdo. ¿Qué hago yo viendo un partido de fútbol, un juego que no me interesa? Eso me preguntaba desde hace varias décadas. Tal vez por eso evité emplear mucho  tiempo en algo que no me procuraba placer alguno. Jugar, amagar, controlar el balón, driblar, golear: eso eran virtudes de otros. Lo nuestro era el patetismo, el agonismo y… la agonía. En fin.
Quizá había algo personal en todo ello: siempre me ha provocado envidia la habilidad corporal, quien sabe hacer esas cosas (jugar, amagar…). Precisamente porque siendo joven yo siempre me mostraba tardo y escaso, rudimentario o falto de inspiración. ¿Inspiración? Jamás tuve algo parecido. Recuerdo que en el bachiller elemental nos obligaban a formar dos equipos, que alguna vez se llamaron Roma y Cartago. Cuando era un partido de fútbol, los capitanes de ambos grupos elegían a los jugadores respectivos: unos pocos nos quedábamos como resto, de tal mal que jugábamos. Nos ponían de defensas (o de porteros), confiando en que hiciéramos pared o rompíéramos piernas, no sé. Evidentemente no prestábamos interés alguno a una habilidad de la que carecíamos y, por eso, nos dedicábamos a simular: como si realmente supiéramos contener al contrario. Mientras tanto, en aquel campo de tierra y cantos, rodeado de bancales de cítricos, los torpes nos dedicábamos a coleccionar piedrecitas y a saciarnos con las naranjas que birlábamos.
He escrito lo que arriba han leído mientras escuchaba a través de mi teléfono y con auriculares una música que mi hijo me pasado con el bluetooth. No es un himno (aún recuerdo el artículo de Javier Marías dedicado a los himnos en la competiciones futbolísticas, ahora recogido en Salvajes y sentimentales), pero merecería serlo: es el Volare de los Gipsy Kings.  ¿Se imaginan? ¿Cabe mayor alegría? Es, como me dice mi hijo, un fenómeno del melting pot: un grupo francés de gitanos españoles con nombre en inglés que canta rumba catalana versionando un clásico italiano. Debería ser el himno de la Unión Europea: lo contrario de todo nacionalismo; lo contrario de lo que hemos sido. Sí, ya sé que fantaseo. Pero, qué quieren, no me digan que no es una bella quimera.
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2. Alergias
Más que una quimera, son auténticas pesadillas esos himnos vulgares que sirven para vitorear, para alimentar lo gregario o para encender la pasión plebeya. Si Volare, entonado por Gipsy Kings es un lenitivo, Que viva España (Y viva España) cantado por Manolo Escobar es un purgante. La recepción masiva de los jugadores en la Plaza de Colón, en Madrid, fue una explosión de alegría, desde luego. Aunque volver a oír esa cancioncilla alemana que exalta la España tópica me hace regresar al final del franquismo cuando, siendo adolescente, yo evitaba el fútbol y lamentaba vivir bajo una dictadura. Lo siento, pero esa pieza de mediados de los setenta me abochornaba entonces y aún me abochorna, produciéndome  una alergia insuperable. Todavía me provocan rechazo el patrioterismo, la unanimidad, el belicismo coral y algo beodo: ése suele ser el contexto festivo en el que se canta dicha letra, tan espiritual, que habla de flores, de fandanguillos y de diestros con la gracia de un hidalgo español.
Qué bonito sería poder emocionarse sin remordimiento alguno, pero el franquismo contaminó demasiadas cosas de las que otros países se sirven sin problema. “Nuestra Marcha de Granaderos“, nos recordaba Javier Marías, es una pieza del siglo XVIII: ”no está nada mal, tocada suave y lentamente –de manera derrotista, sólo la he oído una vez–, llega a ser casi tan melancólica y poco ofensiva como la cuerda de Haydn cuando es sólo cuerda. Es difícil, sin embargo, que la pieza no resulte más bien odiosa, al menos para nuestra generación,  que la oyó demasiadas veces en desfiles y presididos por la mano floja que subía y bajaba como un paso a nivel, qué  barrera”, concluía.  
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3. Reflexionemos (1de julio de 2008)
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“Reflexionemos”, nos pide David P. Montesinos en su comentario del 1 de julio. Y sí, reflexionemos: que no nos impongan los sentimientos colectivos; que no nos fuercen a experimentar el mismo júbilo; que no nos obliguen a cantar los mismo himnos. Leo el editorial de Abc, del 1 d ejulio, y no puedo más que temer la oleada de lo obvio, de lo masivo o de lo gregario: los sentimientos nacionales son munición frecuente. Hay gente que tiene derecho a no sentir nada con el triunfo de la Selección Nacional Española de Fútbol: o por no apreciar ese deporte, o por no sentirse española, o por ambas cosas a la vez. Como también hay gente que tiene derecho a no emocionarse a los sones de los himnos, sea en un sambódromo o en un estadio.  

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4. Observador participante (2 de julio)

Dice Juan Planas en su comentario del 2 de julio que le resultan curiosas nuestras palabras sobre los himnos. Confiesa no haber sentido nada ante ningún sonsonete o señera: nada de todo eso que nosotros decimos padecer. Lejos de tomárselo como una carencia –la carencia de un sentimiento positivo o negativo que otros experimentan–, el poeta afirma disfrutar únicamente con las cosas que le gustan. Bien mirado, es un buen programa de vida: tomar de ella sólo aquello que nos procure placer y sólo cuando nos lo procure. Insisto: no parece un mal plan…, siempre y cuando podamos costeárnoslo materialmente (incluso la austeridad obliga a desembolsos); siempre y cuando nuestra psique tenga una fina película protectora que nos evite la sensibilidad indeseada; siempre y cuando rijamos nuestar conducta con mano de hierro, expulsando aquello que nos contraríe o nos produzca disonancia moral o cognitiva. O, mejor aún, siempre y cuando lo externo, eventualmente dañino o ansiógeno, lo asimilemos como fuente de dicha o empeño autocreador: a eso aspiro yo.

Los himnos –o despotricar contra los himnos– no me producen especial angustia: son un estímulo reflexivo que me saca de mi aturdimiento, de mi nirvana o duermevela. Me gusta estar en activo y, desde luego, los sones patrióticos que tanto detesto me sirven para ponerme en guardia. En el mejor sentido: pensando sobre lo que no me agrada. Así evito tomar como natural, normal o familiar lo que sólo es histórico, contingente: por supuesto es una manera de desfamiliarizarme. Pero es también una manera de preguntarme sobre lo obvio, sobre aquello que a tantos otros sí conmueve. Ni el fútbol, ni los toros, ni la America’s Cup –que se celebrará o no en Valencia– son acontecimientos que logren intersarme vivamente. Como mucho, son eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, en célebre expresión de Machado. Bueno, más o menos: más o menos acontecen consuetudinariamente, es decir, frecuente, periódicamente; y más o menos en la rúa, es decir, son externos y multitudinarios.

Según le dije a Miguel Veyrat hablándole de la Fiesta, yo observo esos hechos (en el sentido sociológico) sin gran emoción y, como mucho, con un interés erudito, de observador distante. Me pasa igual con las fiestas populares. Perdonen la pedantería: en antropología, el observador participante mira a los nativos, sus costumbres ancestrales, sus formas de sociabilidad, sus ritos, sus normas y su convención. Toma nota y se interesa por cosas que no le apetecen o que, incluso, le producen rechazo, pero entiende que esos eventos efectivamente consuetudinarios merecen ser registrados. No se le puede pedir que, además, los apruebe. Tampoco se le puede pedir que adopte ante ellos una actitud indiferente. En su  Diario de campo en Melanesia (A Diary In the Strict Sense of the Term), el gran Bronislaw Malinowski  protestaba contra los bárbaros nativos y sus costumbres: el observador participante mira, anota y deplora lo que no le gusta. Al final, lo que no le gusta es lo que le despierta, lo que le saca de su modorra.

Creo que muchos de los que aquí intervien hablando de los himnos manifestan ambivalencia u oposición, como hacen Kant o Alejandro Lillo o Arnau Gómez, y creo que no lo hacen porque sean nacionalistas encubiertos de la parte contraria, antiespañoles emboscados, sino porque les producen sentimientos contradictorios lo que ven y lo que escuchan: como Ana Serrano cuando cantaba algo improcedente (La Marsellesa) o como Marisa Bou cuando en tierra extraña se emocionaba a los sones del pasodoble valenciano. En cuanto a mis emociones, pues qué quieren que le diga… Al nacer aquí –o allí– se me fuerza a ser miembro participante de una comunidad de costumbres, tradiciones y atavismos. Yo sólo deseo ser un observador participante… que se irrita y despierta y lee. Tal vez por eso, sr. Duarte, leo con interés campechano las declaraciones de Luis Aragonés, un tipo –por cierto– que canta endiabladamente mal hasta el himno más ligero. No sé si tomarlo como un informante, como un hechicero o como el jefe de la tribu.

 

Variedades

Sin palabras. ¿Leer más?

Los himnos. Leer más.

Entre flores, fandanguillos y alegrías. “…En las tardes soleadas de corrida, / la gente aclama al diestro con fervor / Y él saluda paseando a su cuadrilla, / con esa gracia de Hidalgo Español / La plaza por sí sola vibra ya, y empieza nuestra Fiesta Nacional / Por eso se oye este refrán / ‘Que Viva España’…”. Leer más.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Silvio Berlusconi

26 Junio 2008

1. El populista

 

 Siempre hay motivos de actualidad para ocuparse de Silvio Berlusconi. Los chascarrillos que profiere, los comentarios jocundos de que se vale para piropear o para denostar, etcétera. Todo lo convierte en materia de interés periodístico o humorístico: siniestramente humorístico. “No, no”, me dirá mi crítico. “Tomar a Berlusconi como objeto de reflexión es un expediente muy facilón: cuando no se tiene nada de lo que hablar, se habla de Berlusconi. O de Aznar”, añadirá mi crítico. Todos lo hacen. ¿No hay noticias? Pues miremos a ver qué ha dicho el primer ministro italiano: seguro que hay algunas patochadas o algunas bravuconadas que puedan explotarse para rellenar el vacío del blogger o del articulista.

 

¿Explotar? No me hablen de explotar… ¿Pues no hizo estallar Berlusconi un volcán de pega? No recuerdo qué día, pero sí que fue en 2006: el entonces ex presidente organizó una fiesta nocturna en su casa de Cerdeña, Villa Certosa, con un pequeño volcán en erupción. Esto creó la alarma entre los vecinos de la zona, que reclamaron la presencia de los bomberos ante el fuego y la lava. Recuerdo que acudieron los equipos antiincendios, i vigili del fuoco. Pronto se disipó la alarma: el dueño de Villa Certosa informó de que esa erupción sólo era un repertorio de efectos especiales, puro ilusionismo. Esta hazaña fue muy comentada en mi casa. Mi hijo mayor -que por cierto está en estos momentos en Italia, sobreviviendo a la ola de calor y a las basuras de Nápoles– me hablaba indignado y sonriente de la payasada. ¿Payasada?, le dije. Es exhibición, es ostentación: yo domino la realidad con efectos especiales, le pongo banda sonora y la acomodo mis necesidades. Es el ejemplo cómico-siniestro de la cultura de masas, de la sociedad de masas.  

 

Muchos meses después, la cosa continúa. Me refiero al petardeo y al ilusionismo del ahora primer ministro.  Leo en una crónica de Miguel Mora que “Los empresarios abuchean a Berlusconi por criticar a los jueces“. La de los   jueces es una figura temida por el presidente del Consiglio italiano: il Cavaliere les reprocha normalmente que ejerzan sus poderes sin respaldo democrático. En Italia, se lamenta Berlusconi, nadie elige a los jueces: no pasan por el veredicto de las urnas y, por tanto, no responden ante el electorado, como sí que deben hacerlo el político peatón o  el mandatario de las alturas. Por supuesto, esta forma de razonar es característica del populista, que es quien apela directamente al pueblo, sin mediación: a unos ciudadanos que pondrían y quitarían gracias a la ley del número. Pero el populista es también aquel que quiere convertirlo todo, toda acción, toda destreza, toda cualidad, en criterio de evaluación estadística.

 

Por eso, años atrás, ya decía Berlusconi que los jueces deberían acreditarse ante el pueblo. El presidente del Consiglio llega por votación, no por concurso-oposición. ¿Entonces…? Si toda actividad profesional o institucional se validara por elección popular, entonces tampoco deberíamos confiar nuestros muchachos a los profesores ni nuestros enfermos a los médicos, podríamos decir. La sencilla pero inapelable idea es de Umberto Eco, quien en su  libro A paso de cangrejo le reprochaba a Berlusconi muchas cosas. ¿La principal? Su incoherencia lógica, la debilidad de sus enunciados, la incongruencia de lo que afirma: en efecto, los galenos no han sido acreditados por el pueblo, sino por concurso de méritos, tras unas pruebas que evalúan sus conocimientos.

 

Por supuesto no es la primera vez que me fijo en Silvio Berlusconi. Hace unos años escribí un primer artículo sobre él, basándome en la lectura de Retratos y perfiles: “El amigo de Aznar” lo titulé. Para el ex presidente español, Berlusconi era admirable por su tenacidad, por su voluntad emprendedora, por su lealtad, por su talento, por su esfuerzo. Etcétera. José María Aznar veía en él a un hombre original, quizá excesivamente original, alguien dispuesto a tirar por un camino no trillado o a probar lo que otros no se atreven. Ese hombre hecho a sí mismo era, sin duda, un espejo al que Aznar quería parecerse o un doble del que quería ser su igual: resolutivo, capaz de patronear una gran coalición de partidarios, de afines y tibios.

 

Las páginas de Retratos y perfiles tenían, sin embargo, un sesgo menos conmemorativo. Hacia el final y después de algún ditirambo, Aznar concluía diciendo: “a Silvio Berlusconi y a mí nos une además la afición al fútbol, un asunto del que solemos hablar, él con su Milan y yo con mi Real Madrid, aunque a veces tengo que recordarle que él es el propietario de su club de fútbol mientras que yo soy, como lo he sido siempre, un seguidor –apasionado, eso sí— del mío”. En estos momentos, en efecto, Aznar no posee un equipo de fútbol: sólo es un hincha apasionado, un militante disciplinado de su partido y un ex presidente que asesora e imparte conferencias.

 

Berlusconi se apoderó del Milan, pero también de numerosos medios de comunicación italianos creando un ilusionismo audiovisual que le resultaba y le resulta muy beneficioso. Ha estado en el Gobierno en un par de ocasiones y –siempre, siempre— respaldado por la mayoría de los votantes, agradecidos a su figura de empresario hecho a sí mismo: un líder económico del que esperaban otras formas de gobernar la hazienda . El momento de su irrupción fue cuando la crisis republicana de Mani pulite, cuando la clase política italiana salía desprestigiada y sin recambio. Pero todo se puede empeorar…

 

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2. El ilusionista

 

El histrionismo de Berlusconi atrae los objetivos de las cámaras: le sirve para adoptar poses que él cree favorecedoras. Sin duda, obliga a los espectadores a reparar en él, a pronunciarse. Creo que es lo más parecido a un ilusionista. Nuevamente Clément Rosset –a quien citábamos en la entrada anterior– puede servirnos para tratar de comprender la actuación del primer ministro italiano. “En la ilusión, es decir, en la manera más corriente de apartar lo real, no hay rechazo de la percepción propiamente dicho”, precisa en Lo real y su doble. “No se niega la cosa, tan sólo se la desplaza, se la coloca en otra parte”. O, en otros términos, “la técnica general de la ilusión” de que se vale el ilusionista “consiste, en efecto, en convertir una cosa en dos”. Sus ardides y juegos de manos, las palabras que enredan y rellenan, no hablan de fantasías cuyo engaño cualquiera podría advertir. El ilusionista, por el contrario, “confía en que el mismo efecto de desplazamiento y de duplicación se dé en el espectador: mientras el ilusionista se ocupa de lo que hace, orienta la mirada del público hacia otra parte, hacia donde nada sucede”.

 

“Quizá en Italia, más que en otros países, permanece aún vivo el siglo dieciocho, y con él, el personaje del charlatán”, dice el narrador de Mario y el mago, de Thomas Mann. El personaje del charlatán, “del titiritero de feria, tan característico de aquella época, y sólo en Italia cabe encontrarlo aún en buen estado de conservación”, añade Mann con displicencia aristocrática, quizá errónea. En una zona turística de Italia, una familia extranjera se instala en el Grand Hôtel. ¿Qué les depara la experiencia? Mala comida, discriminaciones groseras (poder o no poder comer en la terrazas, etcétera). Por ello deciden mudarse a una pensión. Allí tendrán otras vivencias: entre ellas, la actuación del Cavaliere Cipolla. “Entró con aquel especial paso rápido que a la vez denota una cumplida deferencia frente al público, provoca, asimismo, la ilusión en este de que el recién llegado acaba de recorrer una gran distancia para mostrarse ante él, siendo así que apenas hacía un instante se hallaba en realidad todavía entre bastidores”, prosigue el narrador de Mario y el mago. “De una edad difícil de determinar, desde luego ya nada joven”, el recién llegado se ofrece como solución, con una “impresión de bufonería fantástica” muy equívoca.

 

     “–Parla benissimo –afirmó alguien junto a nosotros. El hombre no había hecho aún nada, pero ya sus palabras se estimaban como un mérito, sólo con ellas había sabido imponerse”, leo en Mario y el mago. “Después de haberse despojado de la flamante chistera, de la bufanda y el abrigo, se adelantó de nuevo al proscenio arreglándose la levita, sacando fuera los puños de grandes gemelos y ajustándose la faja bufonesca. Tenía un pelo horrible: la parte superior del cráneo era casi calva”, añade el narrador. “Era un poco como el peinado de un director de circo de antaño, ridículo, pero apropiado para aquel anticuado estilo personal”, precisa. 

 

¿Satisfechos? Qué fácil sería si pudiéramos ridiculizar a Berlusconi así, con esa referencia degradada, haciendo de él una copia del mago ideado por Mann. Pero su ilusionismo no se reduce a ser mera apariencia maquillada o simple  reflejo restaurado. En realidad, si lo pensamos bien, tampoco el mago de Mann es tan obvio: su ilusionismo se consuma haciendo creer al público que él no es un sujeto, sino el soporte de una voluntad colectiva, una expresión estadística: un portavoz o mediador.

 

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3. El vendedor

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Esa paradójica evaporación del sujeto por medio de su constante presencia hace que el público fije su atención en lo que no debe fijarse. Es la técnica del ilusionista. Pero es también la técnica del viejo vendedor que sabe inventar necesidades o adaptarse a ellas con algo de caradura. ¿En qué consiste? Umberto Eco, nuevamente, es quien mejor ha sabido precisar esa figura encarnada en Berlusconi y que tan buenos rendimientos le ha dado. Pensemos, por ejemplo, que el primer ministro es un vendedor de coches. Es ésta una analogía que no resulta extraña en la política: ya en tiempos de Richard Nixon al presidente norteamericano se le comparaba con un vendedor de automóviles… poco fiables. Pero regresemos a Berlusconi. ¿Qué es lo que habitualmente hace? Sin preguntarse qué tipo de conductor es usted, Berlusconi empezará diciéndole que el auto que le ofrece es un bólido en la práctica, todo un bólido pensado para una conducción deportiva. Tanto es así, añadirá, que basta con accionar levemente el pedal del acelerador para el coche sobrepase en unos instantes los doscientos kilómetros por hora. Pero el potencial comprador, usted mismo, no pensaba precisamente en conducciones temerarias: tengo familia numerosa y una suegra inválida, le dirá al vendedor. ¿Qué hará, entonces, Berlusconi?  

 

“Sin solución de continuidad pasará a demostrarle que es el coche ideal para una conducción segura, capaz de mantener tranquilamente la velocidad de crucero, hecho para la familia”. Más aún, añade Eco, “de repente, le dirá que si lo compra le regala las alfombrillas”. Ese vendedor no tendrá especial preocupación por mantener la coherencia, por sostener sus enunciados de manera congruente. Lo que verdaderamente le preocupa es que, de todas las cosas que dice –esas paparruchas mercantiles–, alguna le pueda interesar a usted para hacer el desembolso. Imaginemos que sí, que uno de esos señuelos le convence: dicho vendedor sabe que usted olvidará toda la ganga verbal anterior para fijarse en el reclamo que ya le ha convencido; ese vendedor sabe que debe hablar y hablar como un charlatán, con promesas, con prendas, con hipérboles… Berlusconi obra de manera semejante, teniendo que lidiar, además, con una oposición o una judicatura hostiles: “tiene que hacer promesas que, aunque para sus seguidores sean buenas, malas o neutras, aparezcan a los ojos de los críticos como una provocación. Y tiene que hacer una provocación todos los días, y mucho mejor si es inconcebible e inaceptable”, concluye Eco. Esa estrategia le permite estar en el candelero y en el candelabro, arrojando luz y ensombreciendo el resto, ocupando la primera plana de los periódicos, dictando, en fin, el temario del que discutirán sus opositores: como un tendero inescrupuloso con rivales y enemigos fuerza a sus oponentes y a la competencia a tratar de lo que él quiere vender. Ahora, además, gobierna…

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4. Colofón

27 de junio de 2008:

 

“El Consejo de Ministros de Italia aprueba la ley que dará la inmunidad a Berlusconi”.

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Variedades

Las llamadas telefónicas de Berlusconi. “Silvio segreto”, de Marco Lillo: escuchar y leer en L’Espresso.

 

Silvio y José María. Algo semejante valora en Silvio Berlusconi (…). También Aznar, en fin, dice ser leal y amigo de sus amigos y, justamente por eso, recuerda siempre los  favores y no olvida los ultrajes o lo que él juzga afrentas”. Leer más

 

La metástasis de la democracia. “Sono costretto ogni sabato mattina a preparare con i miei legali udienze in cui sono oggetto dell’attenzione dei pm [fiscales] o giudici politicizzati che sono la metastasi della democrazia”. Leer más

 

“Molti pm [fiscales] vorrebbero vedermi così”, dijo Silvio Berlusconi simulando estar esposado. Leer más.

 

 Lunes 30 de junio, nuevo post

Lo real y su doble

23 Junio 2008

 

1. Lo real y su doble

¿Qué sucede, qué es lo real? ¿Lo que ocurre o lo que nos muestran? La pregunta es ociosa en un sociedad mediática: nos plantea un falso dilema. ¿Qué es un objeto real? ¿Qué es un hecho real?, se preguntaba Clément Rosset. Todo lo que tiene una existencia real es aquello que captamos singularmente, sin representación, sin mediación, sin espejo, admite Rosset. Pero, por ello mismo, “el objeto real es en efecto invisible, o más exactamente incognoscible e inapreciable, precisamente en la medida en que es singular, esto es, en la medida en que ninguna representación puede sugerir su conocimiento o apreciación mediante la réplica”. Pero vivimos en un mundo de réplicas, de espejos que se reflejan mutuamente sin que sepamos cuál es el referente original. Toda recreación de lo real falsea propiamente lo real representado o reproducido, lo vela con un significado añadido, resaltado, sesgado, haciendo de su duplicación una metáfora. Si lo real es la identidad absoluta, la singularidad, entonces no puede haber lo mismo duplicado: sólo será una ilusión. 

¿Entonces? Vivimos, insisto, en un irremediable mundo de réplicas, de espejos, sin que sea pensable desprenderse de esa duplicación exponencial. Lo que pasa es lo que pasa en las pantallas (o en su pálido reflejo, que son los periódicos): lo real duplicado en esas pantallas que reúnen a públicos diversos, a espectadores diseminados que comparten unas mismas imágenes o vivencias, unas mismas ilusiones. Salvo que te desconectes o salvo que te alejes de tu entorno personal, no hay modo de escapar de esa red audiovisual. ¿Algo que lamentar? No es posible una vuelta atrás: no es sensato creer que podemos prescindir de lo real mediático, de lo real duplicado. Lo que unos ven es objeto de comentario, y eso de lo que se habla sirve para establecer lo real hablado, el temario de lo contemporáneo, de lo actual: de lo comentado. Más que proponerse una robinsonada imposible (solo, sin asideros, sin contacto), es preferible aprender a conducirse en un universo noticiero que está hecho de lo relevante y de lo irrelevante, de lo real y de su réplica, de su mezcla delirante.

Como admite Gilles Lipovetsky, “el papel de la escuela será primordial para aprender a situarse en la hipertrofia informativa”, para aprender a discernir. Debemos manejarnos con noticias muy variadas que se hacen públicas con intenciones muy diversas. No hay un mundo del que se informe, sino que hay una información a la que se le busca confirmación real, corroborando lo ya sabido de antemano. Debemos interpretar simultáneamente lo distinto, lo previsto o lo imprevisto. Desde luego estos aprendizajes son retos imprescindibles (y de eso hablábamos en la mesa redonda en la que estuve el pasado sábado). “Uno de los grandes desafíos del siglo XXI”, añade Lipovetsky en La sociedad de la decepción, ”será inventar nuevos sistemas de formación intelectual”. Lo distinto no es lo distante, sino lo conexo, lo vecino. Vivimos, en efecto, en la suma de las noticias: cosas varias se adicionan aturdiéndonos. El resultado es un caos informativo de datos heterogéneos que, yuxtapuestos, provocan un efecto, un estado de ánimo, una impresión: rehacen lo real, sin que sepamos muy bien qué es eso que llamamos lo real.

Inevitablemente, los periódicos españoles avecindan un partido futbolístico y un congreso partidista. En primera plana aparecen Mariano Rajoy e Íker Casillas: ¿lo real y su doble? ¿Quién es lo real, y quién el doble? O, mejor, pongámoslos en orden: Casillas y Rajoy. El primero sale en efigie y en texto; el segundo, sólo en texto. La imagen de un guardameta estirándose hasta detener un balón es épica: es el individuo que hace frente a la fatalidad como un héroe. El presidente de un partido saliendo semivictorioso de un congreso como si estuviera en la final de la Eurocopa es previsible: el protagonista puede resignificar valiéndose de símiles futbolísticos y su periódico rival se lo agradece: así hace primera plana con la Eurocopa real y su doble. Incluso con los africanos que se valdrían del aturdimiento futbolístico para burlar la vigilancia fronteriza: “Los subsaharianos aprovechan los penaltis para entrar en tromba en Melilla por segunda vez”, dice otro titular de la portada reproducida más arriba.  

“Estamos cada vez más ahogados por los flujos ininterrumpidos de la información”, insiste Lipovetsky. Una sobremediatización que reemplaza, en parte, la vivencia personal o la propia experiencia directa de lo real, mezclándose lo factual y su metáfora, la pieza y un puzzle posible. Si se fijan, ambos fenómenos –el partido y el encuentro– eran previsibles en su desarrollo, pero tenían suficiente azar para hacerlos relatos inciertos y comunes, que es lo más atractivo de lo real convertido en símbolo. El Congreso del Partido Popular se concibió como un espectáculo mediático en el que conjurar un pasado para hacer posible determinado porvenir. El encuentro futbolístico, también.  ¿Y la avalancha de subsaharianos?

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2. El miedo del portero al penalty

El Mundo, por ejemplo, convierte ese hecho en un dato más de la Eurocopa. Los restantes diarios mezclan igualmente los hechos según las ediciones. Al final, al lector le resulta difícil orientarse entre una información que se renueva constantemente solapándose con las anteriores. La edición impresa del periódico que aquí pueden consultar habla de los “penaltis” que habrían aprovechado los africanos para irrumpir en Melilla. Sería una segunda avalancha, según el diario y según las agencias: habría habido una previa, en efecto. En la edición en papel que yo tengo frente a mí (El Mundo, de Valencia), la portada es la misma salvo por un leve cambio en el enunciado de dicha noticia: “70 subsaharianos entran en tromba por la frontera de Melilla arrollando a los vigilantes”. Sería la primera de las avalanchas. Acudo a la página 25 (a la que me remite ese titular) y, en efecto, nada se dice aún de la Eurocopa de los africanos. ¿Aprovecharon o no los “penaltis” más tarde?   Las ediciones en papel de los periódicos coinciden en que la hora de la primera avalancha fue hacia las 4:30 horas de la madrugada del domingo y la segunda, abortada, en el momento de la sensación verdadera: en la tanda de “penaltis”. Aun admitiendo que todo esto haya sido así, habría que preguntarse si, en efecto, la vigilancia froteriza se descuidó cuando el encuentro futbolístico estaba concluyendo. No lo parece, pues esa segunda tromba humana fue finalmente detenida. ”Los inmigrantes no saltaron  la alambrada, como en anteriores ocasiones, sino que entraron a la carrera, arrollando todo lo que encontraron a su paso”, leo en un despacho de agencia. Arrollando todo lo que encontraron a su paso: hay tantas tentaciones de equiparar la carrera del jugador con la del inmigrante, tantas tentaciones metafóricas… Permítanme hacer literatura irritante de un pasaje notable.

     “Se anunció un penalty. Todos los espectadores corrieron a ponerse detrás de la portería.

     –El portero está pensando hacia qué esquina va a lanzar el otro el balón –dijo Bloch–. Si conoce al jugador, sabrá cuál es la esquina que elige normalmente. Pero generalmente, el jugador que lanza el penalty cuenta también con que el portero está haciendo éstas o aquellas conjeturas. Así que el portero sigue reflexionando, y llega a la conclusión de que esta vez el tiro irá dirigido a  la otra esquina. ¿Pero qué ocurre si el jugador continúa reflexionando también, y decide dirigir el tiro a la esquina acostumbrada? Etcétera, etcétera.

     Bloch vio cómo poco a poco todos los jugadores iban saliendo del área de castigo. El que iba a lanzar el penalty colocó el balón en el sitio adecuado. Entonces él mismo retrocediño y salió del área de castigo.

     –Cuando el jugador toma la carrerilla, el portero indica con el cuerpo inconscientemente la dirección en que se va a lanzar, antes de que hayan dado la patada al balón, y el jugador pueden entonces lanzar el balón tranquilamente en la otra dirección –dijo Bloch–. Es como si el portero intentara abrir una puerta con una brizna de paja.

     De repente el jugador echó a correr. El portero, que llevaba una camiseta de un amarillo chillón, se quedó parado sin hacer un solo movimiento, y el jugador le lanzó el balón a las manos”.

Eso leo en la célebre novela de Peter Handke: El miedo del portero al penalty. Exactamente como les sucedió a los inmigrantes reales de la historia melillense: tampoco la carrera del delantero le sirvió, a pesar de haber salido a arrollar. También a los subsaharianos les pararon el tanto,  y ahora los diarios pueden narrarlo en términos futbolísticos: como un duplicado de lo real. Los africanos no rompieron el maleficio, no pudiendo acercarse al final, a la final, pero si hemos de creer lo que dice la crónica periodística esos inmigrantes sabían lo que se jugaban y lo que se jugaba. La policía ejercía de guardameta bien real (más que metafórico) y Melilla, o sea España, era la portería a franquear, la portería inexpugnable del contrario. Es muy grande, sí, la tentación metafórica y la prensa se entrega a ello con fruición. Desde la primera página.

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3. El Manifiesto por la lengua común

Desde la página 1. En un primer comentario aparte y en correo privado, Àngel Duarte me pide, por favor, que me fije bien, que no me detenga en lo fácil: los titulares de la Eurocopa con los que se interpreta el propio fútbol, el congreso del PP o la irrupción de los inmigrantes. Me pide que mire la parte superior de esa página para así ver el Manifiesto por la lengua común: otro titular que encabeza la primera plana de El Mundo. Claro, claro que lo he visto: es a cinco columnas con un fondo azul que resalta su importancia y con un motivo cervantino que, supongo, también sirve para realzar y para dar algo de casticismo o de universalidad –según– a dicho Manifiesto. El reclamo, con los nombres de los primeros firmantes, remite a páginas interiores. ¿Algo que decir? Como en el caso del fútbol, de Rajoy y de los inmigrantes, no voy a entrar en sus contenidos. Me permitirán no pronunciarme sobre ese Manifiesto (quizá en otro momento). No se me escandalicen: tampoco examino la conclusión política del PP, el logro deportivo de la Selección Española o el resultado polícial de la avalancha. Sólo constato su valor informativo y su contaminación semántica.

Si se fijan, lo que he realizado en este post es un análisis formal y sobre todo un examen del avecindamiento metafórico de las noticias. Lo que hago es verificar cómo la política y la inmigración –en este caso– se conciben y se ejecutan en términos futbolísticos por su propios protagonistas: Rajoy hablando de la final a la que acudirá el PP; y los subsaharianos aprovechando el aturdimiento futbolístico de la España vigilante. Lo que hago también es mostrar la construcción de una primera plana con los periodistas seleccionando unas pocas piezas de un puzzle semánticamente coherente. No inventan, pero refuerzan la impresión y, por tanto, imponen una única interpretación basada en la noticia dominante: esa en la que aparece el guardameta cruzándose en su paradón, en una fotografía que ocupa las cinco columnas.

Si el Manifiesto carece de todo sesgo futbolístico y además encabeza, entonces esa noticia –también a cinco columnas– parece desmentir el análisis que he hecho de la primera plana, pues no todo lo noticiable tiene que ver con el fútbol patriótico como significado global o vitola que todo lo envuelve. Habría, por tanto, un elemento incoherente en la página (y una incongruencia en mi análisis). Y, sin embargo, no es así: hay patriotismo de lo español y del español. En las páginas 20 y 21 se detallan las condiciones que han rodeado la redacción del Manifiesto. Se reproduce incluso. Y ahí es donde lo periodístico –el doble de lo real– desplaza al hecho, crea el acontecimiento de antemano. Leyendo esas páginas advertimos que, el mismo día en que se va a hacer público dicho Manifiesto, El Mundo ya lo reproduce, sin que las restantes ediciones impresas de los periódicos que he leído (El País y Abc) puedan hacer lo mismo: sólo anuncian el acto de presentación en el Ateneo de Madrid para ese mismo día.

¿Una exclusiva del diario? ¿Un tanto a favor de Pedro Jota…, ya que hablamos en términos futbolísticos? Desde luego, El Mundo les ha metido un gol a sus rivales valiéndose de un once titular y de unos primeros suplentes que también juegan. Hay gentes apreciables entre quienes firman, algunos –unos pocos– muy destacados y relevantes. Desde luego es una filtración interesada que el periódico hace suya hasta convertir su fax, su correo postal o su sitio web en los lugares o medios de la adhesión. Las páginas interiores convierten el hecho en grave y muy importante, extraordinariamente importante si, como dicen los firmantes, su aprobación podría “exigir una modificación constitucional y de algunos estatutos autonómicos”. La pregunta inmediata es: si tan decisiva es esa noticia, al poder implicar cambios del orden constitucional, por qué no se le reserva mayor espacio en portada; si tan grave es la discriminación lingüística de los castellanohablantes, por qué se agiganta al héroe Casillas. El tamaño sí importa: la imagen poderosa del guardameta limita la presunta relevancia que el periódico quiere dar en primera plana al Manifiesto, a su anuncio. Su colocación en la parte superior despista y equivale al valor informativo y al reclamo de una página par, siempre inferior a la la impar. 

4. Colofón

Este post no concluirá el martes 24 de junio a las 17 horas, según estaba previsto. Porque la duplicación de lo real, su simulación, la ceguera voluntaria, el velo, continuarán… Continuará…, como suelo poner en el post in progress. Parafraseo una cita de E. A. Poe que Clément Rosset emplea como exergo: en este post quería hablarles de nuestra manía de negar lo que hay, y de explicar lo que no hay. En eso seguimos. ¿Por qué? Pues porque “lo real no se admite sino bajo ciertas condiciones y sólo hasta cierto punto: si abusa y se muestra desagradable, se suspende la tolerancia. Una interrupción de la percepción pone entonces a la conciencia a cubierto de cualquier espectáculo indeseable”, añade Rosset. Nos gusta engañarnos, concluye en su libro titulado Lo real y su doble, porque la ilusión tiene que ver más con el deseo que con el error. La cubierta de El Mundo que motivaba este post es una ilusión: también tiene que ver más con el deseo que con el error.  Por favor, vuelvan a mirar esa primera plana. Examínenla ahora. Es el puzzle del deseo y es el espejo de una realidad monocorde. Cuando un bebé de pocos meses se ve reflejado en un espejo no sabe que es él. Poco a poco irá descubriendo que esa imagen especular es la suya, pero entonces comenzará una etapa productiva: tratará de acomodar la imagen a lo que cree ser hasta finalmente ser lo que la imagen le devuelve. La pose se refleja y, finalmente, el ser real se parece a la pose: todo un repertorio de deseos insatisfechos.

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Variedades

La velocidad de superposición de los sucesos “…En todo caso, para revertir este fenómeno e impedir que la actualidad tergiverse la realidad se impone volver a un sistema gravitatorio suficientemente fuerte como para que las cosas puedan reflejarse y por tanto tengan alguna duración y alguna consecuencia”. Leer más.

0. La incertidumbre

Los desafíos de la cultura ante el nuevo siglo: esperanzas y temores. Ése es el título de una Mesa Redonda en la que he de participar el sábado 21 de junio. ¿Qué es la cultura? Perdonen que me ponga pesadamente académico para responder. En el libro que Anaclet Pons y yo publicamos hace unos pocos años titulado La historia cultural abordábamos esta cuestión. En ese punto concreto no pretendíamos decir nada nuevo ni original, por supuesto: tan sólo esperábamos ordenar lo dicho cargando con las mil y una definiciones que se han dado. Abreviaré: la cultura es un esquema general de funcionamiento o, si prefieren la metáfora, una falsilla con la que escribir recto. La cultura es una suma de códigos de intervención, un repertorio de modelos de percepción, de significación, de imaginación, de acción con los que afrontamos el mundo, un mundo real o virtual, auténtico o inventado.

Con la cultura aprendemos las reglas que nos vienen dadas, las normas que otros adoptaron y los valores que otros idearon o aceptaron, las prescripciones y prohibiciones que se revelaron eficaces y cuya aplicación ahora, en el tiempo presente, nos será útil para desenvolvernos. Unos y otros nos observamos y, gracias a indicios múltiples, muchos de nuestros actos son previsibles. En efecto, la cultura es un conjunto de expectativas que hemos ido aprendiendo y que nos sirven para reducir la incertidumbre. Cultura es, así, suma de tradiciones: esos esquemas de percepción, de significación, de imaginación, de acción. La religión cumple un papel fundamental en el orden cultural y, por tanto, durante siglos –qué digo siglos: durante milenios– ha proporcionado claves de conducta para el creyente, esquemas operativos e indiscutibles. La religión instituye una comunidad moral que obliga a sus miembros. Pero la religión también dispensa sentido: el catolicismos, por ejemplo, ordena las cosas, encaja los hechos, traza parentescos entre cosas del pasado y del presente y hace vivir con la esperanza escatológica del Juicio Final. Cada uno recibirá su merecido y Dios examinará el pecado y las increencias. Eso es cultura o, en términos de Sigmund Freud, un delirio colectivo.

Pero regresemos a la cultura. Ésta se inserta en el proceso histórico, que es cambiante: no todo se transforma, desde luego. Hay rasgos de la naturaleza humana que perduran y hay hechos propiamente históricos que son de larga duración, que permanecen casi inmóviles por debajo de la espuma de los acontecimientos, que diría Fernand Braudel. Ahora bien, hay aspectos que mudan profundamente, que sufren un trastorno manifiesto. Es entonces cuando ciertas prescripciones o prohibiciones culturales pueden quedar obsoletas. Si el cambio es repentino o se consuma en poco tiempo, los individuos nos vemos forzados a reinventar parte de las reglas, normas y valores de que nos habíamos servido, esas convenciones que ordenaban los actos posibles en cada una de las esferas en que nos movíamos. La educación –es decir, la transmisión cultural– o la catequesis, entre los creyentes, nos ayudan a identificar y a aprender la naturaleza de dichos espacios, permitiéndonos reconocer cuáles son las conductas correctas en cada una de dicha esferas.  Vivimos transitando entre marcos de acción, decía Erving Goffman, que son lugares con códigos de conducta reglamentaria o aceptable, fijados de antemano. Sin embargo, hay momentos en la vida y en la historia en que casi todo deja de funcionar según lo supuesto. Un cataclismo, una revolución o, simplemente, un profundo cambio tecnológico alteran la marcha ordinaria de las cosas: ya no parece haber previsión que razonablemente anticipe ni expectativa que se cumpla exactamente. Entonces, es frecuente que se viva con azoro o con angustia lo que es un presente ingobernable o un futuro incierto. Incertidumbre, ésa es una de las palabras-clave.

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1. La secularización

Para orientarme en el tema de la mesa redonda, para preguntar qué esperanzas y temores son esos que nos acucian,  he hecho distintas averiguaciones en fuentes diversas que radiografíen el estado de la cultura actual, esos desafíos que nos retan. Lo mejor, casi siempre, es acudir al pensamiento reaccionario. No es broma. Los reaccionarios suelen tener una especial sensibilidad para detectar lo que nos pasa, lo que nos duele, aunque sus soluciones sean nostálgicas y, por tanto, erróneas. Son un indicio muy interesante, revelador de todo un estado de ánimo.

El pasado 19 de junio leía Alfa y Omega, semanario católico de información. Como saben es un cuadernillo que edita la Fundación San Agustín, del Arzobispado de Madrid, y que se adjunta cada jueves con el diario Abc. Sus páginas me suelen provocar pánico. ¿Que por qué las leo? Pues por lo mismo que acuda a ver cine de miedo: lo bueno de una ficción terrorífica es que nos hace regresar a la infancia viviendo por unos instantes el peligro. Pero a la vez el terror nos permite superar el riesgo al que voluntariamente nos sometemos, ese pánico que agita el corazón y que acelera el pulso. De la película de miedo salimos indemnes y hasta satisfechos; de la muerte con que se acaba nuestra vida, no. 

Si atendemos a lo que en Alfa y Omega  se dice, hemos de convenir en que el diagnóstico del presente es estremecedor. Lo normal es que el mundo esté a punto de acabarse, que el orden de las cosas esté trastocado, que el hedonismo horade la moral, que las familias estén acosadas y desorientadas, que los individuos vivan desnortados su propia quiebra, que el Estado agreda las instituciones católicas. Sus responsables no se conforman, sin embargo, con esos dictámenes siniestros. Lo habitual es que propugnen soluciones: que los creyentes se manifiesten, que hagan ostentación de su confesión, que hagan proselitismo. El mundo va a la deriva –parecen decirnos–, pero nosotros hemos de aferrarnos a las creencias que nos han constituido haciéndolas públicas. En ese sentido hemos de leer el reportaje principal de la revista, en este caso elaborado a partir de las respuestas de veintiséis reconocidos personajes católicos, gentes célebres por su profesión o por su dedicación. “La red que teje el laicismo” es el título general, las contestaciones de los veintiséis lo son a dos preguntas concretas. Primera, ¿qué opina del proceso de secularización en España? Segunda,  ¿qué aporta la Iglesia a la sociedad? Por supuesto no voy a detallar todas las repuestas que se dan. Sólo les pediré que reparen en un par respuestas, quizá las contestaciones más significativas.  

Creo que la secularización es un proceso típico de las sociedades sin esperanza de las que nos habla Benedicto XVI en su última encíclica”, dice el novelista Juan Manuel de Prada, y añade: ”sociedades que han erigido una nueva idolatría, fundada en el progreso, la ciencia y la política, y que, como todos los procesos idolátricos, acabará con la sociedad convertida en escombros: ya conocemos la historia de la torre de Babel. Es un proceso que se podría resumir en tres fases: primero, se considera que el hombre por sí mismo puede salvarse, porque es bueno por naturaleza. No estando tocado por el mal, la Redención se convierte en algo superfluo; segundo, puesto que la Redención es algo superfluo, la religión se vacía de sentido: pasa a ser un conjunto de bellos mitos y dulces fábulas; y tercero, el hombre tiene horror al vacío, y como la religión ha sido vaciada de contenido, ese vacío lo llena la idolatría al hombre mismo, hacedor del progreso, la ciencia y la política. Pero ya se sabe quién se oculta detrás de esos disfraces: el mismo que les prometió a Adán y Eva que serían como dioses. En eso estamos”, insiste. “La secularización es parte de un proyecto político deplorable”, dice Ignacio Sánchez Cámara, catedrático de filosofía y columnista, que entraña la producción de un cambio de régimen y un intento de transformar las bases morales de nuestra sociedad. Se trata de un proyecto de modelación de la sociedad desde el Estado, que exhibe rasgos totalitarios. Se produce una agresión al cristianismo, que se manifiesta en la pretensión de concebir la religiosidad como una dimensión privada de la persona, que el Estado se limita a tolerar fuera del ámbito de la vida pública. No se trata de un conflicto entre integristas y laicistas, sino de una cuestión de libertades personales y de intromisión del Estado en las conciencias”, concluye.

Una de las cosas más sorprendentes de los integristas es que dan por hecho que debemos pensar como ellos. Y si tal cosa no ocurre, si no pensamos como ellos establecen, entonces es que hemos caído o recaído en el pecado o en el error. O, quizá incluso, estamos urdiendo un plan o ejecutando una conspiración –la del laicismo– contra evidencia natural de las cosas. Me he ocupado de Prada y de Sánchez Cámara en alguna ocasión anterior. No con el propósito de convencer, sino con el objetivo de entender por qué piensan así. Creo que en su defensa del integrismo hay razones que convendría tratar otra vez. ¿Es tan desastrosa la pérdida de la fe en el mundo reciente? Les doy la razón en una cosa: vivimos una época de increencia, sin duda, una etapa de pérdida de referentes confesionales. Qué sucede entonces.

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2. ¿Qué es lo que nos pasa?

A la hora de evaluar el estado de la religión y la sociedad, hay numerosos diagnósticos sin duda menos apocalípticos que los que plantean los integristas. Uno de los más atendibles y probablemente más mesurados, uno de los que mejor recrea la tradición francesa (Alexis de Tocqueville, Émile Durkheim, etcétera), es el de Gilles Lipovetsky. Su último libro traducido, que no es el primero que aquí comentamos, es un ejemplo de sensatez analítica, de diálogo instructivo. ¿Su título? La sociedad de la decepción. En efecto, decepción es la palabra-clave: no el relativismo o el nihilismo que supuestamente nos aquejan (una cantinela de todos los fundamentalistas), sino la desmesura de nuestras expectativas, la esperanza que depositamos en una vida que sabemos corta, sin solución. Roto el consenso antes indiscutible de las Iglesias, quebrado el colectivismo moral de la tradición, desechada la obligatoriedad de nuestras elecciones, es la autocreación aquello que nos fuerza. Hay exigencias que cumplir, pero… son las nuestras, las que hemos aprendido de los medios y de la autorreflexividad, las que nos transmiten y las que deseamos. Somos individuos más preocupados y quizá más vulnerables emocionalmente. Leyendo a Lipovetsky sorprende la escasa calidad de los juicios integristas de Prada o Sánchez Cámara: sus malestares son sensores, tienen perspicacia a la hora de señalar los dolores, pero diagnostican con torpeza de curanderos.

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 3. El observador

“Un hombre está de pie, sin sombrero y con un abrigo negro, sobre una roca alta, de espaldas a nosotros y se apoya en un bastón para resistir el viento que le agita y le enmaraña el pelo. Ante él se extiende un paisaje envuelto en niebla, en el que apenas se divisan parcialmente formas fantásticas de promontorios más lejanos”, dice John Lewis Gaddis en El paisaje de la historia. Describe breve, parcialmente, El caminante ante un mar de niebla (1818), de Caspar David Friedrich. Que en 1818 David pintara lo concreto frente a lo indeterminado, casi abstracto –lo finito frente a lo infinito–, era una manera de expresar lo sublime: el yo se extiende nebulosamente sin que sepamos con precisión qué contiene y dónde acaba. Que en 2008 la cubierta de una publicación como Alfa y Omega repita el motivo del observador ante la naturaleza embravecida  o indeterminada sólo es una concesión al tópico, una lugar común que, sin embargo, detalla la zozobra clerical de tantos y tantos integristas ante la incertidumbre: un hombre rodeado de lo indómito parece hablar de la soledad y de la determinación del creyente frente a lo Absoluto.  Otra topicazo reforzado por el enunciado que está al pie: “La tormenta de la secularización”. Tormentas, riadas: una pesadez metafórica que no es más que repetición estética y retorcimiento ético. En cambio, el volumen de Lipovetsky adopta formalmente otra solución más minimalista, si quieren.

 La cubierta del libro francés (que inspira la portada española) es sencilla: un primerísimo primer plano nos presenta el detalle de un rostro, el del filósofo. ¿Tal vez un ejercicio de narcisismo? Del narcisismo contemporáneo nos habla Lipovetsky, desde luego: del narcisismo suyo y del nuestro. Captado por el objetivo de la cámara, el observador es observado a la vez pero  sólo en parte: una parte de la cara, otra metáfora en este caso de la identidad parcial de quien se asoma a este libro. Porque, en efecto, representa una ventana a la que se asoma ese individuo-filósofo, como atisbando. Si el recorte de la imagen es deliberado, entonces el sujeto parece mirar con un solo ojo porque el fotógrafo ha preferido dejar la identidad seccionada: conocemos o conoceremos una parte; la otra… queda preservada. El individuo diagnosticado  es el punto de partida de su examen secular, expresamente secular. ¿Y qué averiguamos?

Lipovetsky analiza sin alarmismos algo que es evidente y constatable: de unas décadas a esta parte asistimos a una “revolución individualista-narcisista”. La analiza sin darle a esta categoría un sentido necesariamente negativo. Nunca como ahora hemos tolerado tan mal que nos estafen, que nos defrauden, que nos maltraten. ¿Narcisismo? Bendito sea si ese individualismo de hoy es una exigencia de cada uno, si implica mayor reflexión. Pero ese narcisismo también entraña consecuencias negativas: una creciente arbitrariedad subjetiva, la creencia en una omnipotencia individual, que la realidad desmiente una y otra vez. De ello se sigue una “intensificación de la dificultad de vivir y del malestar subjetivo”, que tiene que ver con esas expectativas humanas,  demasiado humanas, que nos hacemos tras la muerte de Dios. ¿La muerte de Dios? Lipovetsky acaba reivindicando a Nietzsche y a Marx: ambos se plantearon exigir al individuo su autorrealización, el empeño por salir de lo obvio, que en nuestro tiempo es el consumismo, la conformidad. ¿Otra jeremiada antimoderna? No, por supuesto: la de Lipovetsky es una moral laica, materialista, muy alejada de la que, por ejemplo, defiende Lydia Jiménez en Alfa y Omega.

Jiménez, que es directora general de las Cruzadas de Santa María, dice en esas páginas: “con la muerte de Dios propugnada por Nietzsche, se ha ido gestando un acelerado proceso de secularización que ha conducido a la muerte del hombre. Si Dios no es el centro de la vida, el hombre vive desamparado, a merced de leyes, costumbres que atentan contra su felicidad y su plena realización. Es grave. Pero no deberíamos quedarnos en constatar una realidad que afecta no sólo a España, también a Europa y el mundo. Los santos siempre han colaborado a poner las cosas en su sitio. España tiene necesidad de santos”. Sin duda, Lipovetsky no concibe la santidad como la solución de lo moderno. Bienvenido sea el desencanto del mundo (la pérdida del referente religioso obligatorio), aunque eso nos lleve a la alegría o a la decepción –depende–, unos estados de ánimos personales que los intregristas tan mal nos toleran. Bienvenido sea el declive de la pasión política (la decadencia de las ideologías uniformadoras), aunque eso nos conduzca a la reflexión o a la anomia, esa libertad que los fundamentalistas no nos aceptan.

Hay que luchar para reducir la escandalosa desigualdad. Y hay que luchar para que la búsqueda de criterios sea humana, propiamente humana: limitando el resentimiento, responsabilizándonos. Lipovetsky llama democracia posconsumista a esa sociedad. “Conocer, aprender, crear, inventar, progresar, ganar autoestima, superarse figuran entre los muchos ideales o ambiciones que los bienes comerciales no pueden satisfacer”. No se trata de proclamar la austeridad (que cada uno buenamente podría elegir), sino de aceptar que entre los individuos más conspicuos “lo que les motiva y carga de energía su existencia no son los goces consumistas, sencillamente porque su actividad o su trabajo les resulta mucho más estimulante”. Desde luego, no siempre ese trabajo procura el placer. No se me adelanten: eso ya lo observó Marx. En realidad, hay que sentir que algo de lo que uno hace no pasa por el mero consumo, sino por la producción: o, mejor, por la autoproducción, como diría Nietzsche. Y eso no es ser santo ni tampoco… mero observador.

¿Y ya está? ¿Me piden que les resuma el libro de Lipovetsky? No querrán que yo les haga la faena, ¿verdad? Léanlo y discutan con él: seguro que disienten feliz y frecuentemente.

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Variedades

La estupidez del ateo, según Juan Planas. “La estupidez del ateo no es no creer en Dios -eso está al alcance de cualquiera- sino creer que no cree en Dios”. Leer más y más.

Creer que se cree. En 1996, Gianni Vattimo se planteaba cuestiones que Planas apuntaba indirectamente  y que tratábamos en el post de Padres e hijos, en concreto en el apartado dedicado al pensador italiano (“El filósofo sin padre”). Si la ciencia o las ideología redentoras pretendieron reemplazar a la religión, ¿que habría de impropio en volver a creer después de la caída de esas cosmovisiones? Vattimo admitía proceder de un ámbito católico, del que se había separado, como tantos otros de su generación, por la difícultad de seguir los preceptos morales en materia sexual. ¿Dejó de creer realmente? Vattimo no sabría decirlo con certeza. Ahora años después, Vattimo se plantea creer otra vez. O, al menos, se plantea cómo y en qué es posible creer después de la metafísica. Pues bien, a su juicio, la única manera aceptable es la de arrancar el cristianismo-catolicismo de esa metafísica, en este caso encarnada en el integrismo, en la ortodoxia papal. ¿Que quedaría? Una enseñanza crística basada en la caridad. Según Vattimo, la religión fue primitivamente una manifestación muy violenta basada en el chivo expiatorio. Cristo ya no fue un chivo espiatorio: vino a cerrar la fase primitivamente violenta de lo religioso, en este caso materializada en un Dios lejano, ajeno, terrorífico. El cristianismo, pues, rebajaría, reduciría a escala humana aquel Dios terrible. A esta reducción humana de la divinidad, Vattimo la llama kenosis

Dios y Tony Blair. “…Es interesante seguir los pasos que ha dado desde que tuvo que dejar Downing Street: se ha convertido oficialmente al catolicismo, ha ganado cinco millones de euros en un año con asesorías y conferencias como la de Barcelona y, finalmente, ha puesto en marcha una Fundación de la Fe (Tony Blair Faith Foundation). Podría pensarse que estos hechos no tienen nada que ver entre sí, pero la personalidad de Blair hace que no se expliquen unos sin los otros”. Leer más.

LUNES, 23 DE JUNIO, A LAS 16:30 HORAS, NUEVO POST.

Padres e hijos

16 Junio 2008

0. Léxico familiar (16 de junio de 2008)

Durante las últimas semanas, lo que he vivido, lo que he sentido y lo que he leído me hacían evocar Padres e hijos, la novela de Iván Turguéniev. No creo ser nada original, pero el asunto está en que me he visto con casos propios o ajenos que me remitían a las relaciones familiares que él tan bien describe en sus páginas. Me he recordado leyendo el relato de Turguéniev: y, en efecto, he recordado vagamente cómo trataba el novelista esas relaciones afectivas que son, claro, la base de nuestra madurez o inmadurez, el momento en que siendo niños definimos el mundo, la etapa en que nos distanciamos de los viejos para oponernos con orgullo legítimo. Hijos que forjan sus ideales contra el padre o contra lo que creen que es el padre; muchachos que se definen sacudiéndose la férula del progenitor bajo que la que aún estaban. Yo leí la novela de Turguéniev hace años, durante unos días de verano: en Requena, en casa de mis padres, el lugar en que, precisamente, pasan las vacaciones. Meses después escribí un artículo en el que indirectamente reproducía el efecto que aquella lectura me había provocado. No puedo ahora repetir mis subrayados o anotaciones pertinentes –que seguramente hice en los márgenes– porque no puedo acceder a dicho ejemplar, que sigue estando allí…

Pero no sé por qué cuando pienso en Padres e hijos inmediatamente me viene a la cabeza Léxico familiar, de Natalia Ginzburg. Hay una parte de nuestras vidas que consumimos reafirmándonos contra el tronco precisamente familiar, hijos contra padres, hijos que se aúpan contra la evidencia de las cosas recibidas, del mundo heredado. Tenemos derecho a oponernos a ese mundo heredado, rehaciéndonos en la individualidad, inventando unos referentes que serán propios. Hacemos eso  y luego resulta, como dice Natalia Ginzburg, que hay un lenguaje del que no podemos desprendernos, un lenguaje al que se asocian imágenes que se verbalizaron y que ahora regresan, estemos donde estemos. “Cuando nos vemos, podemos estar indiferentes o distraídos el uno con el otro, pero basta que uno de nosotros diga una palabra, una frase, una de aquellas antiguas frases que hemos oído y repetido infinidad de veces en nuestra infancia”, añade, “para volver a recuperar de pronto nuestra antigua relación y nuestra infancia y juventud”. Para bien y para mal. Cada uno de nosotros puede aspirar a ser distinto, a alejarse de ese léxico familiar que hemos aprendido en innumerables conversaciones y momentos, y justo en un instante un hecho singular y probablemente banal nos hace remontarnos a pasados que creíamos desaparecidos y que juzgábamos superados.

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1. ¿Matar al padre? (16 de junio de 2008)

“Antonio Muñoz Molina ha tenido a bien hacernos saber que todavía anda matando al padre. Lo ha hecho desde las páginas de ese suplemento cultural que un día lo fue, también, de libros”, dice Àngel Duarte en su blog. Comenta un artículo de Antonio Muñoz Molina titulado “Arte de matar“.  ”Como todo buen español de ideas avanzadas ha arremetido contra los toros”, insiste Duarte. “Costumbre bárbara a la que su padre acudía porque no tenía otra cosa que hacer en su escaso tiempo de ocio. Afición que él, afortunadamente, nunca había hecho propia y que el tiempo, y se supone que la democracia, habían conseguido arrinconar. Pero el pasado no cesa”. Las palabras de Duarte son irónicas, incluso sarcásticas, y le sirven al blogger-historiador para criticar al literato, acusándole de ignorante, ese literato que nos amonestaría semanalmente sobre temas que domina o que ignora.

Creo que Àngel Duarte es extraordinaria e innecesariamente severo con Antonio Muñoz Molina.  La andanada a la que lo somete no es por lo que el novelista revela de su padre, sino por la taurofobia que el escritor expresa, una crítica o una denuncia que se toleran a duras penas entre la gente fina de la cultura actual. Claro que Muñoz Molina anda todavía matando al padre: como tantos y tantos de su edad que aún vivimos nuestra relación con ternura, con cariño, pero también con una distancia irónica que ya no nos hace daño. Sólo ahora  podemos hablar con el padre, un señor mayor que ya no puede frustrase más si coteja lo que somos con lo que íbamos a ser, con esa proyección que en nosotros volcó cuando niños. Pero también a la inversa: ese anciano ya no puede decepcionarnos más si lo comparamos con el ideal de padre que, como un objeto interno, aún tenemos alojado. Podemos conversar con el viejo valiéndonos de la suficiente ternura irónica, aceptando su decrepitud, sus cosas y nuestra vida. Nuestra vida, ¿aún potente? Tampoco es nada del otro mundo. Muñoz Molina no puede hablar con su progenitor porque falleció hace unos años: el impacto emocional, las palabras que pudo decirle o no y la muerte misma están admirablemente recreadas en El viento de la Luna, una novela en la que el autor regresa a la adolescencia desde un presente en el que el padre ya no está.

Pude escribir sobre ella y sobre otros libros suyos en mi ensayo Pasados ejemplares. En una parte significativa de sus narraciones, son historias transfiguradas de esa relación paterno-filial. ¿Le sirven El viento… o el artículo “Arte de matar” para demorar ese pasado contra el que se ha afirmado, para realimentar una literatura que no encuentra nuevas fuentes de inspiración? Cosas así he leído y oído. En todo caso, el tema que puede ser objeto de recreación literaria no es necesariamente aceptable porque sea nuevo, sino por su tratamiento. Pero el padre en Muñoz Molina era un precipitante, una percha en la que colgar el asunto principal: los toros. Lo siento, pero la Fiesta me produce un enorme desinterés, seguramente semejante al que le provocan los toros a tantos hijos actuales. No lo digo porque me considere joven o porque mi desinterés tenga por motivo el mismo repudio: probablemente en los muchachos de hoy, la lidia del toro bravo es un espectáculo sangriento de una España castiza que está desapareciendo… En mí, ese casticismo es una herencia del abuelo, algo que para él era evidente: un arte, un coraje, un momento especial (ya no habrá nadie como Manolete). Para mí, sin embargo, es gore esteticista, un ensañamiento adornado. Siendo joven viví en algún pueblo en el que hacían vaquillas, en el que también se soltaban toros “embolaos”, esos morlacos incendiados. Qué tradición… Lo siento, pero cuando acudí a ver una corrida no vi arte muy superior.

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2. El filósofo sin padre (16 de junio de 2008)

Es curioso hasta qué punto puede influir en un filósofo el hecho de haber tenido un padre policía al que prácticamente no conoció. Ése es el caso de Gianni Vattimo, el célebre autor del pensamiento débil. He leído con interés y un punto de decepción No ser Dios. Una autobiografía a cuatro manos: dos manos del filósofo y dos manos de su escriba, Piergiorgio Paterlini. ¿Y por qué decepción? Pues porque hay algo de perezoso en la reconstrucción personal que aquí se recoge. Teniendo en cuenta el outing corajudo de Vattimo -pronto, en 1976, y a lo grande: en unas listas electorales como candidato homosexual, “un maricón, del norte, un filósofo”-, frustran unas páginas tan poco empeñosas, tan breves. ¿Cómo puede profesar el maoísmo a partir de 1968 sin precisar ahora si dura su adhesión y por qué? Parece un texto concebido como mera justificación, como reproche contra tantos y tantos que no lo estimarían como el filósofo se merece o cree merecer. Habla de la posmodernidad, de Nietzsche, de Heidegger, de Gadamer, de Pareyson. Habla de sí mismo, de su condición, de su origen. Habla de su cristianismo cada vez más tibio, más templado, más liviano o débil (“muchos me acusan de haberme diseñado un cristianismo a mi gusto. ¿Y…? ¿Tendría que vivir según una religión que me disgusta?”). Habla de Richard Rorty, con quien escribió un libro incluso. Pero sobre todo habla de su padre…, en pocas páginas.

“A mi padre prácticamente no lo conocí, murió cuando yo tenía dieciséis meses”. Vattimo vivirá su infancia y primera juventud rodeado de mujeres. Como filósofo convertirá la falta del padre en una quiebra definitiva de la metafísica. Dios no existe, el padre no está. Eso “significa que no existe fundamento último”. Somos seres arrojados al mundo, en términos de Heidegger: no hay una concepción objetiva estable por la que sentir nostalgia; no hay un Ser al que regresar, situado más allá de lo contingente. Cristo es así, para Vattimo, un hombre literal que rehace por sí solo su condición perdida y última. ¿Padre, por qué me has abandonado?, dice Jesús. “Mi padre, Rafael, nació en 1885″, indica Vattimo. “Era un campesino calabrés emigrado al Norte y había llegado a Turín en torno a 1910″, precisa. “Era policía”, admite con orgullo herido. “Mis orígenes son éstos. Las raíces en el Sur, un padre inmigrado, una pobreza digna. Yo, un niño medio huérfano”. De ese abandono viene su dolor incurable, su rencor contra los cultos laicos y ricos de Turín o de Roma. “Consiguen –lo admito– hacerme sentir siempre un poco fuera de lugar. No hay nada que hacer. Me siento y me sentiré siempre un parvenu“, insiste. “Es una reserva de clase, yo soy un proletario, hay poco que rascar. Luego también seré un intelectual, pero ante todo procedo de los bajos fondos; no soy de buena familia. Provengo de la nada y, por si fuera poco, soy un miserable  ex católico”. Por si no lo sabíamos, apostilla: “mi padre era calabrés. Y policía”.

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3. “Ese señor que era mi papá” (17 de junio de 2008)

No haber tenido cerca al padre no es necesariamente un problema. La orfandad no es, fatalmente, un grave quebranto, como tampoco lo es por fuerza la familia monoparental. Hay jóvenes que han crecido sin el padre o muchachos que lo han perdido tempranamente (siempre es tempranamente) y han sabido componérselas o reponerse. Han rehecho su vida asumiendo la orfandad, haciendo el duelo. El problema se da cuando el padre real existe pero se le toma como un tipo fraudulento: cuando se fantasea con el padre biológico como un impostor. Es entonces cuando se piensa: llegará un día en que mi progenitor auténtico regrese… A esta patología (bastante corriente, por otra parte, Freud la llamaba “novela familiar del neurótico”). El problema se da también cuando la figura del padre, olvidada o sepultada, reaparece real o fantasiosamente. Ésos son los casos, por ejemplo, de Mario Vargas Llosa o de Barack Obama.

Aún recuerdo el primer capítulo de El pez en el agua, las memorias de Vargas Llosa que leí en 1993. Me dejó muy impresionado dicho apartado. ¿Su título? “Ese señor que era mi papá”. Esas páginas son una recreación personal del complejo de Edipo…, pero con un retraso de diez años. Ni más ni menos. Marito había crecido creyendo haber perdido al padre. Así se lo habían dicho en la familia. De repente, a la edad de diez años, justo cuando descubre lo que significa cachar, cuando descubre que sus padres también habían cachado, regresa un señor que dice ser su papá. “La revelación fue traumática”, admite, “al imaginar a esos hombres animalizados, con los falos tiesos, montados sobre esas pobres mujeres que debían sufrir sus embestidas. Que mi madre hubiera podido pasar por trance semejante para que yo viniera al mundo me llenaba de asco, y me hacía sentir que, saberlo, me había ensuciado y ensuciado también  mi relación  con mi madre y ensuciado de algún modo la vida”. Tuvo que pasar mucho tiempo, añade Vargas Llosa, “antes de que me resignara a aceptar que la vida era así, que hombres y mujeres hacían esas porquerías resumidas en el verbo cachar y que no había otra manera de que continuara la especie humana y de que hubiera podido nacer yo mismo”.

Cómo decir: que un padre desaparecido –al que se ha idealizado, al que se ha mejorado, con el que se ha fantaseado– regrese para hacerse cargo de la realidad, para reapropiarse de la madre, debe de ser insoportable…. Insoportable: especialmente para un niño de diez años que, años después, aún recuerda la tensión, el odio, la pesadilla. O más exactamente: “la crueldad, el miedo, el rencor, dimensión tortuosa y violenta que está siempre”. Las páginas que Vargas Llosa le dedicaba a su padre en 1993 aún transpiran esos sentimientos. “Se inclinó, me abrazó y me besó. Yo estaba desconcertado y no sabía qué hacer. Tenía una sonrisa falsa, congelada en la cara. Mi desconcierto se debía a lo distinto que era este papá de carne y hueso, con canas en las sienes y el cabello tan ralo, del apuesto joven uniformado de marino del retrato que adornaba mi velador. Tenía como el sentimiento de una estafa: este papá no se parecía al que yo creía muerto”. Ese sentimiento es exactamente el que describe Freud en su ensayo dedicado a la novela familiar del neurótico: es una impresión fuera de contexto, igualmente retrospectiva, pero aún más fraudulenta.

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4. “Mi padre era un príncipe” (17 de junio de 2008)

Leo en El País del domingo 15 de junio de 2008 que próximamente aparecerá Los sueños de mi padre, el primer libro de Barack Obama . Ya vimos la importancia que las memorias escritas han tenido en la carrera política del candidato presidencial. No es sorprendente que una historia de desamparo, de abandono paterno en este caso, se repita y que ese hecho desgraciado sirva otra vez para echar cuentas con el progenitor…, también a los diez años. Desde luego es puro azar que Vargas Llosa y Obama  descubran a sus respectivos padres a esa edad. Lo que en el escritor es un rencor inextinguible, en el senador es idealización absoluta que oculta una herida. No quiero, no puedo y no sé psicoanalizar, y menos a distancia y con cuatro datos, pero admitirán que ambos casos se prestan a examen. Ante unos niños de su misma edad, el joven Barack Obama cuenta quién es su padre, el descendiente de un jefe tribal de Kenia.

“Mi abuelo, ¿sabéis?, es un jefe. Una especie de rey de la tribu, ¿no?… como los indios. Y eso hace que mi padre sea un príncipe. Él subirá al poder cuando muera mi abuelo”, escribe Obama recordando aquella escena infantil. “¿Y qué pasará después?”, le pregunta uno de sus amigos. “¿Volverás allí y serás un príncipe?” El joven Obama, según escribirá después, recrea en ese momento y agiganta sus posibilidades, no descartando el regreso. De repente descubre que los otros niños se le acercan: “una parte de mí empezaba a creerse realmente la historia. Pero la otra parte sabía que lo que les estaba contando era una mentira, algo que había construido a partir de retazos de información”. En ese momento. Obama daba forma al padre –realzaba un objeto interno– sin tener que vérselas con alguien inevitablemente decepcionante, ese ser que estaba a punto de regresar, ese señor que pronto iba a conocer. Lo conoce y, aunque hay mucho que contar, la verdad es que el joven Obama queda paralizado por una especie de silencio, de estupor, quizá de reproche: también de intimidación real.

Pero ese padre se acercará un día a la escuela del muchacho. “El padre de Barry Obama”, dice la profesora, “está aquí, y ha venido desde Kenia, en África, para hablarnos de su país”. Se dirigirá a todos los colegiales reafirmando su condición, repudiando la esclavitud, el colonialismo, celebrando la libertad. “Todos mis compañeros aplaudieron de corazón” y hasta los más reacios pudieron confirmar que el padre de Obama no tenía nada que ver con los episodios de canibalismo que habían imaginado en un país tan remoto.  ”Dos semanas más tarde, se había ido”, concluye el senador.

No hay más. El periódico no reproduce más y, por tanto, quienes no hemos leído el libro en versión original hemos de aguardar. Queda, sin embargo, una impresión de ese pasaje, la de que Obama sabe sacar provecho de un rencor sutil, la de que sabe desempeñar su cometido: destrona a su padre íntima y públicamente afectando sinceridad y luciendo cicatrices filiales. Ahora bien, quien escribe no parece un hijo que odie incurablemente. Hay en la escena escolar una reparación que Obama agradece. El padre desempeña a su vez otro papel, de gran lucimiento, muy favorecedor para ambos: el del africano que tiene un sueño de libertad.

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5. Colofón (18 de junio de 2008)

¿Colofón? Conclusión, al menos, no hay. La historia de los padres y de los hijos, de lo que nos debemos o nos reprochamos mutuamente, es inagotable: seguimos en ello. He recuperado una versión reciente de la novela de Turguéniev. No es el ejemplar que está en casa de mi padre. Es otro distinto, otra edición que, por desidia, ignoraba tener. En mi casa me han recordado que este volumen existía. Por respeto a todos ustedes y por cumplir con el asunto que me inspiraba he regresado a dicha novela. ¿Regresado? Las traducciones no coinciden y, salvo pasajes muy conocidos que evoco inmediatamente, el resto me parece casi nuevo. Hay momentos decisivos en la narración que me hacen disfrutar otra vez de un gran relato del Ochocientos. ¿Y quién dijo aquí que ya no leía novelas? Juan Planas. Le pido que regrese a este género. 

Me conmueven tantas cosas de esas páginas de Turguéniev. Tantas… Pero hay algo irrepetible: la rebeldía de los hijos frente a los padres, una rebeldía aturdida, incluso vesánica, una oposición a todo. Los muchachos, recién licenciados, con la graduación bajo el brazo, proclaman el nihilismo –¿recuerdan?–, manifestándose con insolencia, con suficiencia, con altanería, con petulancia. Así lo denuncia uno de los adultos que observa con estupor el repudio de los jóvenes. Desde luego, la novela es, entre otras muchas cosas, una exposición del conflicto ruso (eslavismo-europeísmo). Pero la narración es para mí algo más perdurable. Releída ahora, la novela es un examen sutil del choque moderno que enfrenta a jóvenes y padres, el mismo choque y expresado prácticamente con las mismas palabras que un siglo después.

“Antes, los jóvenes tenían que estudiar, no querían pasar por ignorantes y estudiaban aunque fuera en contra de su voluntad”, se lamenta uno de los personajes más ancianos. “Ahora pueden decir: ¡todo en el mundo es un absurdo!, y asunto concluido”, apostilla. Deplora el orgullo casi satánico de los muchachos, la burla destructora y anticivilizada. Eso dice. Los hijos se separan, en efecto. Se alejan, destronan a los padres, les reprochan todo y proceden a vivir a su modo, de otro modo. Creo entender lo que Arkadi, uno de esos jóvenes, dice y emprende: me suena esa música, me suenan esas palabras. Es más, creo haber pronunciado cosas semejantes cuando siendo joven manifestaba con rabia mi oposición al mundo de los adultos. Sin éxito, claro. El padre de Arkadi se llama Nikolái Pietróvich Kirsánov. Puede parecer un tipo rezagado, pero apenas sobrepasa los cuarenta años. Qué raro es todo. Por edad, yo podría ser el hermano mayor de Nikolái. En fin. Espero que todo esto acabe bien. ¿Pero qué es eso? ¿Qué significa “acabar bien” cuando hablamos de padres e hijos? 

Ilustración: Fotografía de cubierta de Padres e hijos (Ediciones El Cobre), titulada El marido de la fotógrafa y su hijo, de Eveleen Myers.

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Variedades

Toros, taurófilos y antitaurinos. No tengo nada contra los toros, lo siento; ni a favor, tampoco. Me hago taurófilo en cuanto oigo a los fanáticos de ERC ponerse en contra; y antitaurófilo cuando escucho las demagógicas explicaciones de Sánchez Geta Dragó. En toda mi vida, sólo he estado en una ocasión en la plaza, y se remonta a la noche de los tiempos, tanto que ni siquiera recuerdo a uno solo de los toreros. Más allá de la niñez, tampoco recuerdo haber visto una corrida en televisión. Pero no es esto, desde luego, lo que hoy quería contar, sino lo mucho que me llama la atención el despliegue que últimamente dedica el diario El País a la fiesta, la entronización -incluso ¿intelectual?- que ha hecho del torero José Tomás”. Leer más

Papa, jo vull ser torero. “Papa jo vull ser torero / papa jo vull matar toros / papa jo vull saltar ruedos / ai papa jo vull ser torero / i el pare es desesperava / ell que era tan honorable / potestat de la sardana / de les lletres catalanes”. Leer másAlbert Pla. Escuchar Papa, jo vull ser torero. Escuchar El lado más bestia de la vida.

Padres tóxicos. “…Kafka es un hijo que tiene miedo al padre, un miedo general e inespecífico. “Yo, flaco, débil, esmirriado; tú, fuerte, alto, de anchas espaldas”. Es un patriarca que ha trabajado duro, alguien que sólo se debe a su propio esfuerzo y que ha conseguido llegar tan alto que tiene una confianza ilimitada en su propia opinión. Es un padre que lo ha sacrificado todo por su descendencia, a la que ha procurado darle todas las comodidades, el alimento. Pero esa entrega no ha aliviado hijo, puesto que, en lugar de sentir gratitud o simpatía por el progenitor, dice haberse “ocultado de ti, en mi habitación, con libros, con amigos alocados”. Por eso, jamás, hasta ahora, le había hablado con franqueza…”. Leer más

¿El protopadre? “Esos prehumanos, emparentados con extraviados eslabones genéticos, temblorosos y asustadizos ante el inesperado movimiento de los matorrales, temerosos ante la estruendosa aparición del relámpago, asomados a las más espantosas simas de terror ante el vibrante aullido de la bestia, se habían aferrado en una nada simbiótica relación a una potestad majestuosa y unánime: el protopadre”. Leer más.

Fútbol es fútbol. El balompié según Martes y trece y según Monty Python. Por cortesía de Anaclet Pons.

Fútbol es fútbol

13 Junio 2008

 1. No hay rivales pequeños

Por si alguien no se había enterado, aviso: la Selección española de fútbol está disputando el torneo de la Eurocopa. A lo que nos cuentan, el primer partido fue bien para los muchachos de Luis Aragonés –para nuestros muchachos, suele decirse– y las expectativas del equipo se mantienen: hay ilusión de que esta vez sí, de que esta vez se pasará de Cuartos, de Cuartos de Final. ¿Y mientras tanto, qué? Se retransmite un encuentro y hasta días después la Selección no vuelve a enfrentarse. Los mismos medios que agigantan esas hazañas al retransmitir los partidos o al comentar sus ejecuciones deben aliviar la espera de los aficionados. ¿Cómo? Con literatura adventicia y parasitaria, por supuesto. Cuando digo literatura, me refiero a crónicas, reportajes, entrevistas, con fotografías de los ídolos, con noticias sobre los entrenamientos, con diagnósticos sobre el estado de ánimo de este o de aquel jugador, sobre las reflexiones del seleccionador. ¿Recuerdan la guerra del Golfo? Entre ataque y ataque, las pantallas televisivas y las páginas periodísticas se nos llenaron de expertos que predecían el pasado y que diagnosticaban el futuro.

 En un torneo futbolístico –otra guerra con batallas y tiempos muertos–, también hay que calmar la sed de noticias: hay que saciar la no-noticia con periodismo de declaraciones, con vistuosismos literarios, con relleno. Así, entre partido y partido, los aficionados pueden leer mil y un comentarios de los expertos, dedicados al análisis de gestos, de roces, de torpezas; pueden deleitarse con mil y una columnas de postín firmadas por literatos pequeños y grandes, auténticos esforzados de la pluma a quienes los libros no les apartan de las sanas aficiones del pueblo. Yo no suelo incurrir en este tipo de escritura, básicamente porque el fútbol me aburre mortalmente: una vez escribí –animado por unos amigos– creyendo que así podría descubrir los valores de este espectáculo. No logré nada: sigo tan desinteresado como siempre, y ello a pesar de haber sido coeditor de un librito dedicado a… El fútbol o la vida: sí, hasta los tópicos se nos pegaron y no para bien. Por eso, por no acertar a verle el duende al balón es por lo que también evito leer el periodismo de salón, aquel en el que los poetas y novelistas balompédicos hacen gala de sus virtuosismos palabreros. Lo normal es que me mantenga alejado de las páginas deportivas. En ese sentido he de admitir que soy incorregible, que me aburre mortalmente el fútbol, y que sólo de tanto en tanto una página me sorprende y me entretiene.

Hoy he leído esa página. Se trata de una entrevista. Cuando las preguntas son sobre el balón, sobre tácticas y estrategias, no sobrepaso la tercera pregunta: generalmente se emplea una jerga para la que carezco de competencia. Pero cuando las preguntas se dirigen al futbolista en la inimidad, admito que me puede mi lado cotilla. Es entonces cuando descubro a los ídolos en sazón y sin calzón. Para quienes no tenemos intereses futbolísticos,  entrevistas de ese tipo son muy reveladoras.  La última interviú que he leído es a Sergio García, según parece un afamado jugador español. Como consecuencia de la Eurocopa y por estar entre los seleccionados, tiene un protagonismo ahora evidente. El periódico Publico le ha hecho preguntas extrafutbolísticas para así sondear sus gustos, sus inclinaciones, sus preferencias. Es un modo de conocer mejor a las estrellas, una manera de que los aficionados se familiaricen con sus ídolos. Cuando alguien es un profesional eficaz, cuando resuelve bien sus labores, nos gusta conocer sus cosas… y cómo es él, a qué dedica el tiempo libre, que decía aquel vocalista y compositor. ¿Y cómo es él? Aquí tienen la interviú. Quizá les sorprendan las respuestas, entre anodinas y vulgares, de una incultura impenitente, satisfecha, opulenta. Pero, por favor, reparen en las preguntas. Están lejanamente inspiradas en el célebre “Cuestionario Proust“. No sé si son simplonas o si, por el contrario, buscan revelar el lado estulto del protagonista. Leánla, por favor, y luego hablamos.

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2. Entrevista a Sergio García

…/…

¿Qué ciudad le gustaría conocer?

Alguna bonita.

¿Qué valora más en una mujer?

Que sea buena y respetuosa.

¿Qué libros lleva en la maleta? ¿Cuál es último qué ha leído?

Ninguno. No he leído ni los
libros del colegio.

…/…

Leer la entrevista completa en Público, 13 de junio de 2008.

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3.Entrevista a Fernando Torres

…/…

¿Qué ciudad le gustaría conocer?

Me gustaría conocer todas.

¿Qué valora más en una mujer?

Que te complete. Al final la persona que eliges para vivir tu vida es la que te debe completar lo que te falta.

¿Qué libros lleva en la maleta? ¿Cuál es el último que ha leído?

Sí. Siempre. El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

…/…

Leer la entrevista completa en Público, 14 de junio de 2008.

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Variedades

Remake. “…Cuando vemos a tanta gente que cree tener ideas y que no lee, cuando vemos a tantos ricos y famosos que se vanaglorian con jactancia inculta de no precisar la lectura para sermonearnos sobre la vida, cuando vemos a tantos indigentes intelectuales que se exhiben en pantalla y que no parecen necesitar las ideaciones de los otros expresadas en los libros, uno puede llegar a pensar que tal vez Eduardo Mendoza tenga razón: que no hay que darle más vueltas, chavales, que si uno no lee es difícil salir de la estupidez bobalicona, que si uno no se adentra en los libros puede morir en el delirio avenado de quien se creyó soberano. Cuídate, muchacho, porque si no lees libros es fácil que te quedes tonto”. Leer más.

Ministerio de Igual Da. “Nos queda, eso sí, tiempo para una última sonrisa. Podría ir para los delirios lúdicos y filosóficos de Grosske, pero la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, le ha superado al lograr que su ministerio se adapte, como un guante, al nombre con que le han bautizado en Internet: el Ministerio de Igual Da. Pues eso”. Leer más

La plétora de Internet

10 Junio 2008

O. El vertedero (10/06/08)

 

Anaclet Pons y yo estamos acabando de coordinar un nuevo dossier para Pasajes. Revista de pensamiento contemporáneo, una publicación que dirige Pedro Ruiz Torres. Se trata de un número que saldrá después del verano. El dossier lo dedicamos a Internet y allí reunimos artículos de expertos que tratan del desconcierto electrónico, del mundo virtual que nos envuelve. Hay que pensar Internet en términos culturales y no como mero soporte tecnológico: ¿qué significa lo que nos acaece? Les aseguro que será un número interesante. ¿Por lo sublime de los colaboradores? ¿Por la hondura de la reflexión?

 

Queremos pensar en la Red como el espacio sin limites: el espacio de la experimentación, de la sutileza. Pero Internet es también el lugar de la vergüenza, de lo ordinario, el lugar en el que la cantidad es un dolor o en el que la oferta es casi una ofensa: por el número de lo vertido y por lo vulgar de lo mostrado. YouTube, por ejemplo, es un hecho sociológico insoslayable, más allá del ultraje estético de tantos y tantos tantos vídeos que allí se comparten. Es un vertedero y es un expositor, el reino de lo trash y de los freakies, el lugar del excremento, el sumidero de la imaginación averiada y pobretona: también el espacio de la invención audaz.  Pero sobre todo ese sitio y otros en los que se comparten o se venden textos o películas, música y fotografías son un zoco multitudinario y caótico, un bazar con trastos de desigual valor. Como lo es Ebay, un mercadillo global de objetos nuevos, seminuevos o averiados. ¿Zoco? ¿Bazar? Estamos tan desconcertados que nombramos las cosas, las nuevas cosas que nos ocurren, sirviéndonos de metáforas quizá gastadas, incluso milenarias, creyendo tal vez que lo nuevo podremos cotejarlo con lo viejo: cotejarlo y contenerlo. Pero, bien pensado, lo nuevo no es tan insólito, pues las funciones que desempeñan muchos sitios de Internet no son radicalmente distintas a las que prestaban –y prestan– otros lugares del mundo físico (o imaginado o fantaseado). En La estructura ausente (1968) ya nos recordaba Umberto Eco que un nuevo medio no sustituye al anterior, sino que se añade a los otros, se suma a los precedentes: la función se divide y, por tanto, la cubren o la comparten varios soportes o  prodigios técnicos.  

 

Lo que ahora hace diferente el fenómeno de Internet es el número,  el exceso, la sobreabundancia de datos que circulan. Precisamente eso, las metáforas de la Red, es lo que planteaba hace años Javier Echeverría en algunos de sus libros más conocidos: Telépolis (1994) y Cosmopolitas domésticos (1995). Echeverría, a quien entrevistamos para ese dossier de Pasajes, es un pionero que supo ver de antemano qué era eso de Internet y con qué debíamos compararlo. Partía de la metáfora espacial más próxima, la de la casa, para extenderla después a la ciudad. Hacia 1994, la telépolis de Echeverría era ya una urbe con barrios de mala nota, con lugares selectos, con calles intransitables, con espacios comunes de visita obligada, con zonas nada recomendables. Con vertederos, podríamos añadir ahora. En las ciudades reales, los basureros están fuera del recinto. En la urbe electrónica, la cochambre y la inmundicia están junto a los barrios distinguidos, junto a las ruinas y a las joyas. ¿Cómo orientarse en esa ciudad opulenta?

 

Las imágenes se multiplican, como se multiplican en la Red los microrrelatos, como se desborda la escritura electrónica. La plétora, la saturación: todo amenaza con desbordarse. ¿Cómo abordar esta revolución? Todas las revoluciones (incluidas las tecnológicas) tienen su lado eximio, trágico, selecto; y tienen su parte chocarrera, vulgar, masiva. Lo ordinario y lo grosero cambian el mundo porque los efectos de esa transformación se multiplican infinitesimalmente. Siempre ha sido así. ¿Creen que el mundo del Setecientos cambió porque los grandes ilustrados fueron los preceptores de sus contemporáneos? No. Como indica Robert Darnton (del que Anaclet Pons ha escrito varias veces en su blog), la revolución del pensamiento se dio frecuentemente en lo pequeño, en infinidad de creadores chiquitos, incluso vulgares, cuyas obras se editaban en imprentas menesterosas sorteando la censura y lo correcto, lo políticamente correcto, de aquel tiempo. Eran disolventes y muchas de ellas se han perdido. Cumplieron su papel, ese papel infinitesimal, y caducaron. Por eso, Darnton insiste en lo inestable de la información ahora y tiempo atrás. Los universitarios queremos pensar el mundo en términos de canon o de paradigma. Pero la realidad de la comunicación, de las obras y de las sobras es más imprevisible. La revolución la tenemos aquí mismo, alrededor y no siempre tiene su parte egregia, sublime.

 

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1. La plaza (10/06/08)

 

Como en una plaza pública en día de mercado, no hay posibilidad de someter a control dicho espacio y ello aunque ciertas normas acaben por imponerse. ¿Se logrará? No hay aún reglas generales que obliguen ni hay un recetario práctico que nos guíe en cualquier circunstancia. Somos una muchedumbre abigarrada en continuo movimiento, sin coacciones sociales evidentes, con máscaras numerosas, bajo el anonimato protector. Ejercemos el nomadismo individual, el de sujetos embozados o desconocidos que van de corro en corro en esa plaza enorme, de grandísimas dimensiones, observando a las gentes sensatas que allí se arraciman, pero también a los locos, a los posesos que de pronto aparecen. Sin embargo, la acción es igualmente colectiva y sólo a veces programada: hay grupos que enredan e imantan. Somos una mayoría peatonal que se mueve en gigantesca manifestación sin saberlo: un acto que provoca efectos aunque como muchedumbre diseminada no compartamos un único objeto o meta. Somos sensibles a las imágenes, a los rumores y últimas noticias, a las nuevas del comercio primario, reducido frecuentemente al chisme, al trueque, pero también al regateo. Cada uno cree disponer de su propio tenderete en el que exponer su plétora, existencias variadas, en ocasiones valiosas, útiles que podremos usar o simples baratijas: metáforas, incluso. Pero el espacio tiene unos límites difusos y es normal perder el campo visual, abigarramiento en el que algunos difunden especies interesadas.

 

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2. Delete (11/06/08)

 

La gente más inquieta se pregunta sobre Internet. Los videos subidos a YouTube o los blogs y fotologs alojados en distintos servidores se caracterizan por su inestabilidad, por su provisionalidad, por su caducidad. Se crean miles de bitácoras que expresan seguramente una urgencia personal: tienen incluso una función terapéutica o se conciben como espacios de intervención. Pero esos tenderetes no siempre arraigan y, si dependen de un público generalmente escaso y voluble, de esos corros que avanzan y giran por la plaza, entonces el expositor puede quedar vacío. Si no hay que renovar el puesto, si la mesa sólo tiene un objeto que queda para uso de interesados ocasionales (en YouTube, por ejemplo), entonces la mercancía gratuita seguirá al alcance. Pero si ese escaparate de existencias ha de actualizarse frecuentemente, entonces no será raro que el responsable se canse: no obtiene gran recompensa por acudir a la plaza si resulta que esos corros se desplazan como público volátil o si resulta que otras mesas exponen lo mismo. Es más, su decepción puede que sea mayor si descubre que, en efecto, hay esos manipuladores que, como decía, enredan e imantan a la clientela.  

 

Júcaro, por ejemplo, que es un blogger muy interesante y contumaz parece interrogarse sobre la continuidad de su casa: la mayor parte de lo que decimos los bloggers es prescindible, precisa. Nada cambia sustancialmente si un día esta o aquella bitácora dejan de actualizarse, añade. Una pena. Pero lo escrito en la Red puede ser copiado, duplicado, multiplicado y, por tanto, esa plétora sobrante y, a la postre, prescindible puede permanecer más allá de la voluntad del autor y ser como una ganga gigantesca o como una materia viscosa. Ya sabemos que los periódicos sirven al día siguiente para envolver el pescado y los libros, transcurrido un tiempo, se descatalogan, se relegan o se guillotinan. ¿Pero qué pasa con lo escrito y publicado en la Red, eso de lo que el autor se desprendió y quiso olvidar? Puede, desde luego, destruirlo. Yo mismo eliminé cada una de las entradas de la primera etapa de este blog. ¿Pero qué sucede con esas páginas o comentarios denigrantes en donde se nos veja, esos que circulan por ahí y que no podemos borrar? A pesar de la tecla del, la plétora crece.

 

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3. Cardenio virtual (11/06/08)

 

 

Y todas estas reflexiones –triviales, seguro– me las provoca el medio en el que estamos, el soporte de que nos valemos, el expositor de que nos servimos, el dossier que estamos preparando para Pasajes: pero, sobre todo, a estas ideas sobrevenidas llego tras la lectura del último libro de Roger Chartier: Escuchar a los muertos con los ojos (Katz, 2008). En otro blog muy interesante, Grafosfera, también se da noticia de este pequeño volumen, que recoge su lección inaugural en el Collège de France, en octubre de 2007.  ¿Qué es lo que trata Chartier que tenga que ver con lo virtual? Este gran historiador francés es un sutil erudito, un brillante analista: pero, más allá de esto,  Chartier idolatra a Jorge Luis Borges e, incentivado por su lectura, investiga sobre las nociones de autor, de texto y de obra, sobre la creación y sobre el artefacto material llamado libro. Se pregunta sobre el Quijote, sobre Cardenio. Toda la obrita de Chartier gira en torno al célebre personaje de Cervantes: el loco Cardenio. Este bien pronto se independiza de la novela cervantina hasta convertirse en protagonista de obras teatrales representadas, por ejemplo, en Inglaterra hacia 1613: el Cardenio, de John Fletcher y William Shakespeare. Pero esa comedia como tal no se publicará, al menos no en 1653, que es cuando estaba prevista su edición: es decir,  habiendo sido llevada a las tablas no podrá leerse…. Como un Pierre Ménard redivivo, Chartier emprende una búsqueda borgiana: “escribir un ensayo sobre una obra que no existe”. Pero sobre todo Chartier se pregunta a lo largo de sus páginas por la inestabilidad de lo escrito (de Cervantes a Shakespeare); se pregunta por su materialidad, por las variaciones accidentales de los textos, que son el producto final que nos llega; se pregunta por los personajes que se emancipan de sus creadores, flotando en un mundo virtual del que otros autores se apropian como mayor o menor acierto en libros posteriores.

 

Lo inestable, lo efímero, lo valioso o lo caduco estaban ya en la gran literatura, que era a la vez  parte sofisticada de lo popular. Si en la alta cultura ya se daban estas desapariciones o presencias viscosas, qué no pasará en lo electrónico y perecedero. Creemos que lo digitalizado dura y reemplaza lo material y antiguo. Chartier defiende el mantenimiento de lo pasado y arcaico en su propia materialidad. Los incunables no desaparecerán, admite, “pero no ocurre lo mismo con las más humildes y recientes publicaciones sean o no periódicas”, con los libros de bolsillo, con los volúmenes populares, la morralla y lo pulp. Esas obritas son artefactos que fueron editados, comprados, usados. Su sustitución por una biblioteca virtual y borgiana, presuntamente infinita, sería una pérdida.

 

Cuando Don Quijote está en Sierra Morena con Cardenio, le ofrece su biblioteca: “quiera vuestra merced ser servido de venirse conmigo a mi aldea, que allí le podré dar más de trescientos libros que son el regalo de mi alma y el entretenimiento de mi vida; aunque tengo para mí que ya no tengo ninguno, merced a la malicia de los malos y envidiosos encantadores”. Eso leemos en el capítulo XXIII de la Primera Parte del Quijote. ¿Trescientos libros? ¿Qué queda? Muchos de esos volúmenes fueron importantes y hoy son insignificantes. Y al revés: muchos que fueron irrelevantes luego alcanzaron la dignidad del canon. Qué raro es todo esto. Internet nos hace soñar con lo importante y con la biblioteca universal: en ella también debería quedar la plétora de lo prescindible, esas mercancías nuestras cultural y materialmente significativas, históricas: lo que existe o lo que creemos que no existe

 

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4. Colofón (12/06/08)

 

Príncipe de Asturias.  

 

 

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Variedades

 

-De YouTube a MySpace. “…la enorme difusión que supone para los artistas noveles, el uso de diferentes canales de Internet, entre los que destacan sin duda, Youtube (como principal reproductor de vídeos en línea) y MySpace.com (un portal web de interacción social que incluye redes de amigos, blogs, fotos, música). El caso de Youtube es tan paradigmático, que nadie duda ya en nuestros días de su potencial como un medio de promoción…”. Leer más.

 

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-Generación Me. “De entrada es falso que los jóvenes españoles sean más inteligentes. Es mejor su alimentación, disponen de más medios de todo tipo -no solo de comunicación- y están creciendo con una capacidad de acceso a las fuentes de información que nos hace pensar a los que tan solo hemos alcanzado los cuarenta años que crecimos en el neolítico. Y sin embargo, nosotros fuimos tan tecnológicamente mutantes como ellos, pues nada hasta el PC ha transformado tanto las líneas de convivencia en los hogares y los referentes del conocimiento como en su momento lo hizo la televisión, que por cierto lleva como quien dice cuatro días entre nosotros… aunque no lo parezca”. Leer más.

 

 

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Viernes 13 de junio a las 12 horas, nuevo post en este blog

Vejez, acaso

8 Junio 2008

 

0. La vejez indiferente

 

 

Acabo de leer El bálsamo de la indiferencia (Calima ediciones), de Juan Planas Bennásar. Un libro que contiene tres poemas absolutamente desolados (que no desoladores): “Recinto de Voces”, “Cántico Intermitente” y “El Bálsamo de la Indiferencia”. Se expresa en ellos una voz que a la vez es una y se desdobla (en redonda y en cursiva, con “líneas entrecruzadas”, como “arrugas densas”), una voz empeñada en acometer el mundo, sabiendo además que su empresa es literalmente imposible: “[Escapo del paisaje / y dejo atrás / la creación intacta]“. Eso es: la contradicción insalvable que niega toda acción perdurable. De hecho, en el libro la voz –insisto: desolada y desdoblada– se duele de lo contradictorio y de lo fragmentario: sabiendo que ese acto de nombrar es a la vez urgente, cotidiano, constitutivo. ¿Ustedes imaginan qué significa eso? “Ahora andamos deshaciendo la creación. / Pedimos a los mares que nos muestren / su vegetación sumergida. A los cielos / que se alcen más allá de sus nubes. / A la tierra que se hunda en sus raíces.”

 

Proponerse nombrar las cosas, imaginar lo real, calificar lo sucedido y lo fantaseado y salir llagado e indiferente. “[Nos gusta retorcer frases antiguas. / Someterlas al riesgo de las variaciones / y a los equívocos de la memoria]“. La clave de El bálsamo… está en esa contrariedad de lo real: lo que contradice y es accidente y dolor: un “rigor de oxímoron”. ¿Cómo afrontarlo? Pues, por ejemplo, convirtiendo “…el paisaje en un refugio / y acampar en su centro…” ¿Es posible? Las voces de Planas manifiestan un empeño una y otra vez frustrado: hay necesidad de acceder a un mundo, el mundo, pero ese espacio es sobre todo un lugar ignoto que exige ser nombrado, un espacio con velos que hay que levantar. “A veces tropezamos / con una última celosía. / Más allá está el mundo. / Como nosotros / en paradero desconocido.” Ese nosotros alude a todos, unos personajes del yo y alude a esas voces que se interpelan e interrumpen en cada uno de los tres poemas.

 

¿Una pluralidad de voces como ilusión, como juego? No: es algo más doloroso y trágico. En realidad, el autor parece buscar la identidad fija de las cosas, la del propio yo, admitiendo el fracaso egregio de tal empresa. Un diálogo presunto que, en realidad, es monólogo en dos tiempos. “Imposible negar la claustrofobia. / Aquí no hay nadie y sin embargo, / este monólogo simula / el discurrir coral del mundo.” No hay solución polifónica, no hay coro de voces comunes, sino un estridente silencio, quizá. “¿Puede una voz / resumir / las otras?”. Tampoco el espejo es un juego o una ilusión. Es un dolor infligido en el yo incurable, narcisista. Porque, en efecto, el espejo no nos devuelve un yo que subsiste, sino un rostro irreconocible. Ése no soy yo,  ése que ahora soy no era yo. Entre aquel que creía ser y éste que ahora veo hay una identidad imposible. ¿Lo mismo igual a lo mismo? ¿Y cuándo detenemos el tiempo para fijar esa identidad?

 

“Ahora la parálisis. No queda señal alguna / del pasado en el rostro, sólo la tez amarillenta, / el cabello raído, las uñas huérfanas, el olor / próximo de la muerte y lejano de la biografía.” Adviértase que la parálisis de ese tiempo no retiene el pasado; lo que queda de lo pretérito no es más que el resto irreconocible de ese yo remoto: así no fuimos, así no éramos. Lo que subsiste como huella es la ruina y la precipitación y el cese. Insisto: “del pasado en el rostro, sólo la tez amarillenta, / el cabello raído, las uñas huérfanas, el olor / próximo de la muerte y lejano de la biografía.” O, como leo en “Cántico intermitente”, el segundo poema, “Todo tiene su nombre. Postración. Inercia. / Decrepitud. Vejez, acaso. Pero todo va perdiendo / sentido y los sentido corren lejos, se esconden / como niños traviesos entre los cortinajes de la amnesia / y el aire a pergamino de la habitación cerrada.”. Aunque, bien mirado, el cese nunca es definitivo, “La desaparición nunca es completa”. ¿Por qué? “Envejecemos en los otros, en la arcilla / de sus manos, la súbita mortandad, el triunfo / de la indiferencia sobre la pasión.”

 

En otros de sus poemarios, Juan Planas me había hecho reflexionar sobre la amenaza del mundo, sobre el yo rodeado de sombras, sobre el cerco del que no puede escapar. Ahora, me hace reparar en un fin, en la muerte. “[Desde siempre lo supe. Escribo / porque temo a la muerte]”, me dice la voz en cursiva e interior. Pero ahora no: ahora la voz que se expresa directamente lo hace desde la indiferencia de quien se sabe superviviente: sobrevive en lo que no sabe, en lo externo, en lo que ya hizo y es resto y no posesión.

 

¿Puede leerse un poema como leemos un libro de instrucciones o un prospecto publicitario? ¿Tiene su concepción algo de ambos géneros? El poema nos da reglas explícitas o implícitas y nos muestra, nos destapa: un manual de instrucciones nos enseña a activar los engranajes, a hacer funcionar lo que está inerte. El poema saja, abre. Por su parte, la publicidad es la desnudez del yo, la exhibición del dolor transfigurado bajo la forma de lo apetecido, de lo deseable. Pero las instrucciones son un principio de realidad que mata la vida, lo imprevisto, lo aleatorio; y la publicidad es una maquinaria que procura un placer raquítico: sofoca lo sublime, lo primario, lo pulsional. El poema niega esas reglas operativas y esa exhibición mercantil. Hoy, en el mundo joven de hoy, sobrevivimos técnicamente con manuales de instrucciones y con publicidad. Por eso, ahora también, la poesía sólo es apta para minorías que han alcanzado ya la indiferencia, que no es el cinismo.

 

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2. La vejez lectora

 

Para sobrellevar el trastorno reflexivo que Juan Planas nos provoca, nada mejor que  abandonarse a una nouvelle de Alan Bennet: Una lectora común. Se trata de una obra encantadora, muy británica, un juego amable sobre la vejez. ¿Amable? No crean que Bennet les liberará de Planas. En realidad, esta novelita ahonda satíricamente en algo muy grave: cómo hacerse cargo de la propia existencia. ¿Hay alguna persona que alguna vez no se haya planteado seriamente qué está haciendo de su vida? Y esa pregunta que todos nos podemos formular no es fruto de una crisis generacional, ese momento en que nos interrogamos si hemos hecho bien las cosas… profesionales o familiares. Es algo más grave y profundo: la quiebra de toda certeza. 

 

La reina de Inglaterra, de edad provecta, descubre por azar la felicidad de leer, de leer desordenadamente, sin provecho utilitario, sin lección práctica, sin finalidad, por puro placer personal, egoísta. La reina de la contención, del freno… Eso ven con horror sus asesores: alguien que fue morigerado ahora se despeña con desmesura. Por que la lectura no es un entretenimiento ligerito, sin consecuencias. No: los consejeros, los secretarios e incluso el primer ministro asisten despavoridos a esa ruina institucional. Pero no acaban ahí los trastornos de esta anciana, de pronto irónica y adorable. La vejez es una decadencia pero es también el momento de la clarividencia. Es raro empeorar siendo un anciano. Quienes fueron regulares u obraron dolosamente suelen mejorar; y quienes fueron perspicaces y avispados se vuelven más descreídos y humanos. No conozco anciano que no acabe siendo mejor de lo que fue. Lo digo por experiencia: por quienes me rodean.

 

Pero no acaba aquí la cosa. La reina descubrirá también la escritura. ¿Otra diversión inocua para soberanas aburridas? El poeta Planas, el columnista Planas negaría rotundamente esa gratificación menor. En realidad, y no les digo más, la señora se precipita pronto en un pequeño abismo de proporciones insospechadas: por culpa de la lectura, por culpa de la escritura. Todo dicho con guasa, pero todo expresado con enérgica y disolvente broma. Feliz Bennett… Podemos tomarnos las cosas a la tremenda, con gravedad, o podemos distanciarnos sabiéndonos perdidos: o recuperados para nosotros mismos. La vejez puede ser esa epifanía personal. Es curioso: Bennett nos atempera con su humor trepidante y Planas nos desasosiega con el  bálsamo de la indiferencia, con esa vejez sobrevenida que no tiene que ver la cronología. Yo no puedo inclinarme por una u otra literatura, pues me gustan estas aleaciones de lo insoluble, de lo que nunca estuvo junto. Me alivio con las chanzas de Bennett de la punzada de Planas. No sé: mi edad es próxima a la del escritor mallorquín, pero mi tendencia es la de un optimismo insensato, probablemente más cercano al humor de Bennett. Aunque, ahora que lo pienso, el columnista Planas se expresa habitualmente así: con angustia satírica.

 

Los papeles de Obama

4 Junio 2008

 

 

1. “El arte de manejar las impresiones” 4/06/08

 

En todo político que se precie hay una puesta en escena, una presentación de la persona según el rostro más favorecedor: en esta fotografía, Barack Obama señala a alguien, a una parte de su público, parece. O quizá es un mero ademán. En todo caso, revela resolución,  seguridad gestual. Su aspecto es inmejorable.

 

Hace muchos años, en 1959, Erving Goffman trató de la dramaturgia ordinaria: de La presentación de la persona en la vida cotidiana. Desde que descubrí a este microsociólogo, mis estudiantes me han oído hablar con entusiasmo de sus obras y de sus categorías. La metáfora básica que él establecía resulta hoy evidente, pero para cuando él la planteó las cosas no pintaban así. Somos actores que ejecutamos papeles, decía Goffman: papeles en parte aprendidos y en parte improvisados, guiones que nos sirven para desenvolvernos aceptablemente en un entorno que reconocemos. Hemos de aprender “el arte de manejar las impresiones”, añadía. “Los gestos impensados, intrusiones inoportunas y pasos en falso son motivos de perturbación y disonancia, generalmente involuntarios, que podrían ser evitados si el individuo responsable de introducirlos en la interacción conociera de antemano las consecuencias de su actividad”, insistía.

 

Nos sabemos insertos en marcos de sociabilidad, que son restricciones:  así, de acuerdo con los códigos que en ellos rigen el comportamiento adecuado, interpretamos. Interpretamos, en el sentido de captar las reglas; e intepretamos, en el sentido de actuar, de cumplir con  un guión establecido. Si, en el día a día, cada uno de nosotros se esmera por ofrecer su mejor perfil, según señalaba Goffman, imaginen qué no hará un aspirante a la Casa Blanca para evitar los pasos en falso. No sólo actuamos, sino que, además, sabemos que hay un significado tras nuestros actos. Ese significado lo damos los actores, siendo a la vez espectadores de los otros. Un político con expectativas tiene una mutitud de espectadores. Se sabe en escena, pero lo último que desearía es “hacer una escena”. Un enredo, en fin: lo que los otros ven de mí no es necesariamente lo que yo quiero que vean y lo que yo quiero que vean no es necesariamente lo que yo interpreto.

 

Las imágenes más frecuentes que hemos contemplado en la campaña de Barack Obama nos presentan a un candidato en ciernes: recién rasurado, recién planchado, siempre impoluto, con aspecto descansado y animoso, con un toque kennedyano. De hecho, el sastre y los asesores que lo visten han acentuado ese aspecto. Parece salido de una película de los años sesenta. Los ternos son de buen paño, por supuesto oscuros, perfectamente cortados y abotonados, con excelente caída para un cuerpo delgado, alto, incluso filiforme. Piénsenlo bien: con una mano en el bolsillo del pantalón,  no habrá varón más elegante que aquel que sepa moverse vistiendo una americana con el talle exacto, sin estrechuras, al modo en que lo hacía Cary Grant en las películas de Alfred Hitchcock

 

 

Grant sabía conducirse con una elegancia natural o, si acaso, muy bien aprendida: hasta el punto de parecer innata y no un papel. Sin embargo, Hitchcock gobernaba con mano de hierro las poses del actor. ¿Quién gobierna los ademanes del candidato demócrata? ¿Quién le establece los papeles? Con los trajes que viste, el político da la impresión de seriedad, de limpieza y de orden, de aseo meticuloso y de rigor. En campaña no recuerdo haberlo visto con unos chinos, con unos jeans : nada de casual wear. Aunque, eso sí, cuando es preciso se saca la americana y se arremanga la camisa, blanca por supuesto. El efecto que provoca es de dinamismo: alguien que sabe estar, que sabe moverse sin envaramiento alguno.   

 

 Con la camisa arremangada, dirigiéndose a una multitud, parece dispuesto a ponerse manos a la obra, como un hombre de acción que no pierde la compostura. Se muestra rodeado de gentes que lo aclaman, gentes que se dejan persuadir por su verbo, por su aspecto, derrochando juventud, apelando a un modelo bien reconocible, representando un papel que ya hemos visto.

 

Por ejemplo, la pernera de los pantalones, siempre estrecha y corta, evoca directamente la moda de los cincuenta-sesenta. Observen esos zapatos que aparecen en la instantánea inferior. Observen esa pernera. Pero sobre todo observen el entorno. Barack Obama está hablando por teléfono. Fíjense en al  auricular. ¿Notan algo extraño? La escena parece el backstage de un mitin: todo apunta a que el candidato  charla con un asesor que le suministra algún dato. El entorno es provisional, urgente, como un fotograma de los sesenta-setenta. Como inspirado en una película de Alan Pakula… Hasta quien le acompaña, de quien sólo vemos su brazo y mano, parece haberse relajado. Desde luego está sentado en el suelo, con ese desenfado al que nos tienen acostumbrados las campañas norteamericanas. Ésta es una instantánea casual pero parece un fotograma…, una pose especialmente adecuada para la imagen de Obama.

  

2. Obama, dos o tres cosas que sé de él 4/06/08

 

 

¿Por qué sólo dos o tres cosas que sé de él? Pues precisamente porque mi conocimiento se basa sólo en pocas fuentes: pocas para formarme una opinión acabada de lo que Obama representa. Decía Umberto Eco que escribía novelas históricas porque el presente sólo lo conocía por los mass media.

 

Salvando las distancias, yo tendría que hacer lo mismo. Es decir, no debería escribir nada o casi nada de Obama, dado que los papeles suyos que pueda conocer son siempre escasos: La audacia de la esperanza, en concreto. Y, sin embargo, de Obama hablan muchos analistas que parecen fiarse sólo de sus impresiones. ¿Algo erróneo, condenable? No exactamente: creo no equivocarme si digo que la mayoría de quienes le voten no leerán una página suya. Quizá se basen en la apariencia fiable del candidato. En la sociedad mediática, buena parte de las acciones colectivas se fundamentan en impresiones informadas o desinformadas.

 

Entre los políticos, los libros autobiográficos son “signos de vinculación”, según la expresión que Goffman utiliza en su ensayo Relaciones en público. Más que contratos con los electores, esos papeles son como las viejas tarjetas de visita, un resumen favorecedor de sus ideas, un autorretrato bien perfilado. Yo leí La audacia de la esperanza bajo ese prisma. Este volumen, del que me habló una y otra vez Francisco Fuster, es un eficaz producto de promoción, un resumen bien hecho (pero defectuosamente traducido). Es también un interesante libro de reflexión, algo bastante insólito en un político. Es, en fin, un atendible texto de sociología, de historia, de prospectiva incluso. 

 

Si recordamos que Obama ejerció durante unos años como profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago, nos sorprenderá menos su habilidad expositiva. Pero los éxitos del senador no se deben a su condición docente. Se deben a la capacidad para sintetizar el pasado (la tradición demócrata menos sectaria) y el porvenir (la esperanza con que titula su libro, un trasunto del sueño americano). Se deben, en fin, a la perspicacia de verse a sí mismo encarnando el cambio, a la obstinación tajante y modesta con que se presenta.

 

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3. He tenido dos o tres sueños 5/06/08

 

Hay que superar las divisiones del país, los encontronazos partidistas, los desencuentros diplomáticos. Deliberación es la palabra-clave. Hay que reunir a quienes quieran colaborar más allá de su adhesión política, más allá de todo sectarismo: a quienes aceptaron el revulsivo de Ronald Reagan y a quienes se felicitaron por el triunfo de Bill Clinton. ¿Es posible hallar ese punto de equilibrio, ese centro? Se trata de realimentar la esperanza americana de individuos potentes y autosuficientes en una comunidad hospitalaria, lo que significa intervención estatal sólo en su justa medida: únicamente para procurar un entorno material aceptable que permita el autogobierno personal. Hay que asumir las tradiciones constitucionales que vienen de los Padres Fundadores y de quienes mejor las reinterpretaron: Lincoln y King. Pero hay que hacer autocrítica: Estados Unidos es odiado por su hegemonía cultural, por su pujanza política contemporánea: también por su hegemonismo. Ésa es la historia que debía contarse, pero sobre todo ésta es la historia que debía contarse bien, en papel que debía encarnar con convicción. “If a biracial son of a Kenyan and Kansan could reconcile the seemingly irreconcilable in himself, a divided country could do the same”, decía Janny Scott resumiendo la clave del éxito. Y Obama hizo de la historia, del presente y del futuro un material perfectamente vendible. O como recoge Scott: “a window into the political and spiritual convictions that propelled Obama’s recente U.S. Senate victory”.
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Obama representa muy bien el papel de americano medio, como un tipo crecido en un entorno que sin ser hostil no le facilitaba las cosas. Y cuando digo “representa” no le doy necesariamente a la palabra ningún sentido de doblez o de engaño. Sabe que encarna un papel, que tiene rasgos que le hacen ser el individuo adecuado en el lugar exacto y en el momento idóneo. Sabe que ha de ser creíble y, para ello, debe distanciarse (ya lo ha logrado) del sectarismo partidista, a pesar de que se reconozca demócrata (a lo que tiene derecho): a pesar de que sus puntos de vista estén más cerca  del New York Times que del Wall Street Journal, según confiesa. Sabe que puede ser objeto de transferencia: que “soy lo suficientemente nuevo en la escena política nacional como para ser una pantalla en blanco sobre la cual las personas de tendencias políticas muy distintas proyectan sus propias ideas”.  Su figura aún estaría por estrenar, como quien dice, y por tanto su papel debería rellenarse con las proyecciones de quienes le son afines, pero también con las de quienes no simpatizan con él. Sabe que la retórica forma parte de las identificaciones y sabe, en fin, que en este tiempo la ideología ya no sirve de acicate emocional. Tiene ideas, por supuesto; las tiene ordenadas, claro. Pero la pasión se refleja en su libro bajo la forma del crédito personal: por ello, esta tarjeta de visita acaba siendo una especie de contrato kennedyano. ¿Será así? En todo caso, aquel presidente y su familia tenían su parte fatal y trágica. Ojalá que a Obama no le toque representar la última función.

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Hemeroteca (selección)

 

-Francisco Fuster, Reseñas de La audacia de la esperanza, de Barack Obama, en Ojos de Papel y en Claves de razón práctica. Artículo en El Boletín: 1, 2 y 3 (Las erratas que hay en estos tres textos son responsabilidad del editor).

 

-Justo Serna, Reseña de Lugar común. El motel americano, de Bruce Bégout, en Ojos de Papel, dedicado este artículo –como ya dije— a David P. Montesinos, Francisco Fuster y Alejandro Lillo.

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Por razones que ignoro, han desaparecido casi todos los enlaces que aquí figuraban sobre Obama y la prensa española. Ha sido un trabajo perdido, pues. Irrecuperable. Disculpen las molestias. Reproduzco sólo los links que encabezaban. Cualquier otro enlace que pueda poner en este post será en la sección de comentarios. No quiero añadir nada más en el cuerpo del texto porque temo que la plantilla dinamite todo lo escrito. Por ello, mejor esperar al domingo 8 de junio, por la mañana, que es cuando tego previsto renovar el post.

 

De miedo

2 Junio 2008

 

0. Stephen King 

Stephen King no tiene buena prensa. A pesar de estar influido por H. P. Lovecraft (o tal vez por eso), sus ideaciones suelen ser repudiadas por los intelectuales de postín. Yo, qué quieren, he leído historias suyas que son recreaciones terroríficas muy refinadas. Pero no me engaño: no conseguirá librarse de la mala fama. En efecto, de este escritor se dice que es rudimentario, algo así como un tipo tosco que sólo sabría concebir historias poco sofisticadas. Insisto, yo no creo que todo King sea así. Bien mirado, muchos de sus relatos son sutiles. O con esa impresión quiero quedarme. ¿Recuerdan El resplandor, de Stanley Kubrick? Pero, claro, digo Kubrick y debo disculparme… En su momento, esa película fue vapuleada por ciertos críticos. Vista y vuelta a ver, hemos de convenir en que dicha historia es igualmente sofisticada. O, quién sabe, quizá sólo sea una película irreparablemente kistch. Días atrás hablábamos del kitsch.

Indicaba Umberto Eco, en Apocalípticos e integrados, que esa categoría estética alude al mal gusto, entendiendo por tal la prefabricación e imposición de un efecto artificiosamente culto. Es decir, un producto kitsch es aquella creación dedicada a confirmar las preferencias y reconocimientos de quienes tienen una cultura media (midcult). Deseosos del menesteroso y redundante buen gusto, los espectadores o lectores medios se dejarían llevar por un producto enfático, destinado a consumidores poco exigentes.  Mozart en El Corte Inglés, o Vivaldi en el Metro, Goya en el kiosco: todas las formas del esteticismo o de referencia esforzadamente culta. ¿Es así? ¿Son así Kubrick o King? Quizá, no lo niego. Pero hay veces en que a uno le gusta abandonarse a lo medianamente culto, incluso a lo que carece de sofisticación…

Cuando estuve en Roma la última vez, pude recrearme con la Exposición alemana dedicada a Kubrick. Fui un par de veces para abandonarme a una sugestión, la que tuve en aquellos momentos de los respectivos estrenos: el de 2001 o el de El resplandor,  momentos que me dejaron absorto, sin palabras, ajeno a las críticas justificadas o rencorosas que denostaban el estilo grandilocuente de Jack Torrance, así como otros gadgets. ¿Se imaginan? En Octubre de 2008, esa muestra llegará a Valencia. Por supuesto volveré a verla, irracionalmente. Sí, ya sé: este director era pomposo y desmedido y algunas de sus películas, como Eyes Wide Shut, provocaron una legión de contrarios. Pero, qué quieren, este cineasta me produce una fascinación que no puedo justificar. Dejemos, de momento, al cineasta fallecido y volvamos sobre el terror o al puro miedo, a lo inminente, a lo que está a punto de sucedernos: eso que se cierne sobre nosotros, eso que no tiene explicación. Quiero comentarles varios casos.

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1. La niebla  

No sé ustedes pero yo, cuando olfateo una película de terror que pueda ser aceptable, no me la pierdo. Me gusta pasármelo de miedo… Bueno, miento: me he perdido algún film reciente por puro estremecimiento, sabedor de que no podría aguantar el pánico que el tráiler anunciaba: sabía que no podría soportar tanta realidad, tanto terror. Me refiero a [Rec] (2007), de Jaume Balagueró y Paco Plaza. Hace meses vi una película espléndida, 28 semanas después, film sobre el que escribí un artículo en el que apenas podía expresar el impacto que esa historia me había ocasionado: “Terrores londinenses” lo titulé. Ahora mucho tiempo después voy al cine con el mismo fervor infantil.

El pasado fin de semana se estrenaba en las pantallas españolas La niebla (2007), un film de Frank Darabont basado en un relato de Stephen King. En muchas de sus imágenes recuerda otra película evidente (y contemporánea de El resplandor): La niebla (1979), de John Carpenter. La de Darabont parece un producto de serie B, pero bien realizado, con medios. Sin abandonar un toque menesteroso, los monstruos que allí salen son la encarnación del mal y tienen el aspecto de aquello que nos atemoriza desde niños: los tentáculos de pulpo, las garras de ave rapaz, lo viscoso, las  larvas, los insectos, los híbridos. Un monstruo es algo informe o gigantesco; pero también una figura con alguna de sus partes anormalmente alterada. Este exceso es lo que nos trastorna y lo que nos inquieta, lo desmedido: si además esa figura nos acecha y nos amenaza en un medio conocido (o precisamente por ello), entonces el horror se despierta. En dicha película, la mayor parte de la acción transcurre en un supermercado, uno de esos lugares comunes a los que acudimos, un espacio reconocible. Es en un sitio así en donde el terror puede llegar a la angustia absoluta. El miedo, decía Lovecraft en frase mil veces repetida, es “la emoción más antigua y más intensa de la humanidad”, sí: “y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”.

 Allí, ante la tienda o entre sus pasillos, está el mal. Es algo inconcreto, esa niebla inespecífica que por carecer de forma se adapta, se filtra. Pero tiene fuerza y de su interior invisible salen monstruos. La niebla es como una pesadilla infantil, en efecto. En nuestros malos sueños hay un vapor que vela, un vaho que oculta, unas nubes que no dejan ver: en principio, de allí procede lo que nos amenaza. Así sucede en la película. Si estoy solo me muero de miedo, pero si estoy en compañía de otros formo un agregado con el que defenderme y defendernos. Los consumidores que accidentalmente están en el supermercado no son únicamente individuos: tienen la fuerza del número. ¿Pero qué pasa si los otros son el infierno, si hay una locura contagiosa que nace de la religión fanática? Vamos a morir, ¿no es cierto? Pues esto sólo puede deberse al pecado, a los numerosos pecados que hemos cometido contra Dios, dice algún personaje. ¿O acaso se debe a alguna extraña manipulación científica?, conjeturamos. Lovecraft tiene una página en la que habla del miedo relacionándolo con la ciencia expansiva y la misticismo religioso. Parece escrita expresamente para esta película.

 ¿Hay posibilidades de un horror sobrenatural? ¿Lo favorecen la religión o la ciencia en este mundo cada vez más racionalizado?, se preguntaba Lovecraft en los años treinta. “Combatido por una ola creciente de tedioso realismo, cínica petulancia y sofisticado desencancanto, recibe el aliento, sin embargo, de una corriente paralela de misticismo cada vez mayor, debida tanto a la reacción cansada de los ‘ocultistas’ y a los defensores de los fundamentos religiosos frente a los descubrimientos materialistas, como a la estimulación del asombro y la fantasía a causa del ensanchamiento de las perspectivas y la ruptura de barreras que la moderna ciencia ha provocado con su química intraatómica, sus adelantos astrofísicos, su teoría de la relatividad y sus tanteos  la biología y el pensamiento humano”, concluye Lovecraft. Más allá de las imprecisiones del narrador o más allá del sentido apocalíptico final que le da a sus palabras, lo cierto es que el terror preternatural que hoy aún se cultiva tiene esas fuentes. De ahí que, como en otros momentos, la alegoría sea el discurso cinematográfico de La niebla. El supermercado es, sin duda, la sociedad humana, tan frágil, tan expuesta a la acometida bestial de los seres monstruosos; pero es también el microcosmos en el que toda relación se agrava, en donde todo fanatismo tiene su asiento. Ahora bien, el héroe y algunos de quienes le acompañan no se resignan al temor cerval: se proponen hacer frente al hostigamiento de lo inaudito, a la amenaza del determinismo, del fatalismo… El coraje, la supervivencia de la humanidad, el valor de lo humano: todo ello está en juego para una sociedad que vive un pánico justificado e infantil. Y hasta aquí puedo leer…

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2. ¿Un fundamentalista?
 
Acabo de leer una novela de Mohsin Hamid titulada El fundamentalista reticente, recién publicada en España por Tusquets editores. Ha recibido distintos galardones y aquí ha sido acogida con interés. A mí, la verdad, no me ha gustado nada. Nada. ¿Por qué ha triunfado en ciertos ambientes? Quizá algunos hayan pensado que con esta novela acortábamos el atajo: que con ella podríamos acceder al universo cultural, a la complejidad étnica de un Oriente siempre distante y extraño. Hay párrafos de sociología sintética, de historia abreviada, de psicología de urgencia, de antropología apresurada. Hay descripciones absolutamente tópicas. Para retratar a una mujer, por ejemplo, se escribe: “baste decir que, comparada con los actuales iconos femeninos de su país [de Estados Unidos], estaba más cerca de Gwyneth Paltrow que de Britney Spears”. ¿Se puede describir peor a una dama? ¿Se lo atribuimos al narrador, a esa voz enigmática que habla en primera persona? ¿A ese paquistaní joven y acomodado que perora todo el tiempo? Desde luego, el relato está concebido para dar miedo, para hacer pensar, como una tesis pesimista y esforzadamente reflexiva. Atención: reflexiono, parece decirnos el narrador. Insisto: está pensada para darnos miedo o para que veamos a qué conduce el miedo. Otra cosa es que efectivamente lo consiga. Todo me resulta previsible, adaptado al gusto de occidentales dengosos, llenos de dudas y de mala conciencia. La leo y releo párrafos y no puedo quitarme la impresión de que es una alegoría muy evidente, excesiva. Hay alegoría también en La niebla: pero allí todo es puro juego de terror, un sermón sobre el fin del mundo y sobre el fanatismo que uno no puede tomarse muy en serio. De ahí ese sentido de serie B que el director asume explícitamente.

En cambio, en El fundamentalista reticente todo adquiere un tono de gravedad tremenda, de tesis, con una  severidad enfática políticamente correcta, sin pizca de humor. Tanto es así que parece la confesión de un ex adolescente desengañado que mezcla su dolor personal y el del resto del mundo. ¿Alguien de tez oscura educado en Harvard descubre de repente que Norteamérica puede ser un sitio poco hospitalario? Parece muy obvia la respuesta, como obvias son sus llamadas; como obvio es algún guiño cultural abiertamente kitsch, reclamo para cultos: ”desde entonces me he sentido un poco como un Kurtz esperando a su Marlowe”, dice en algún momento con errónea transcripción. “He tratado  de vivir con normalidad, como si nada hubiera cambiado, pero me he visto asediado por la paranoia, por la sensación recurrente de que alguien me observa”. Uf, con una confesión así habríamos denostado a Lovecraft por simple y por explícito…  

 

En Lahore (Pakistán), un joven local se dirige a un norteamericano allí presente. Transitan por la ciudad y paran en un bar. La novela es un diálogo del que únicamente tendremos una parte, el parlamento de uno solo de los interlocutores, de aquel que se constituye en narrador. Quizá ello sea lo más notable de la novela: que sólo podamos acceder a lo que para nosotros es monólogo, el monólogo de un acto en el que en realidad dos hablan, dos escuchan, dos se interpelan, dos se interrumpen. ¿Quién amenaza? ¿Quién está dispuesto a infligir el mal? Me permitirán que no siga. No me ha dado miedo alguno y la tesis que sostiene ya me la conocía, luego… poco he aprendido. Hay veces en que las novelas te provocan tal tedio, que sólo puedes curarte leyendo otra ficción. Espero que sea de miedo. Buenas tardes. 

 

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Hemeroteca

 

Nuevo artículo de Justo Serna

 

Reseña de Lugar común. El motel americano, de Bruce Bégout

 

Descubrí a este autor gracias a tres personas: gracias a David P. Montesinos, Francisco FusterAlejandro Lillo. Uno lo mencionó con sutileza, provocándome un interés que yo no tenía; otro me prestó su ejemplar de Zerópolis, demostrando otra vez ser un fino lector; y otro me habló con entusiasmo de Lugar común mientras lo disfrutaba, que es lo que debe hacer el mejor lector, el mejor librero. A los tres les debo algo: les dedico esta reseña-artículo. Gracias.

 

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Blogosfera

El blog de Àngel Duarte ha cambiado de sitio. Ésta es la nueva dirección:

http://adu1.wordpress.com/

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ESTA TARDE, MIÉRCOLES 4 DE JUNIO, NUEVO POST