Actualidad inversa

29 Septiembre 2008

1. La sociedad del riesgo (29 de septiembre).

Hay días en que uno tiene la impresión de que el mundo es indescifrable, de que todo resulta oscuro. No sólo es un estado de ánimo baqueteado. Es la suma vertiginosa de hechos: la propia dificultad de explicarlos congruentemente. Es como si la actualidad –lo que aún está en acto– impidiera asimilar el acontecimiento, un acontecimiento al que pronto le sucede otro igualmente incomprensible. Es la impresión de que todo puede acabar sin que tú puedas hacer gran cosa, percibiéndolo además. Desde luego, esa impresión no tiene por qué estar causada por lo real, sino por lo que creemos que es real.

 

Imaginen que tengo una máquina. Pongamos un automóvil. Imaginen que sé accionar su maquinaria. Conduzco ufano por la carretera, luciendo el coche de última generación con toda clase de extras. Imaginen que se me estropea una conexión o un chip o un rodamiento, qué sé yo. Desde luego será un pequeño desastre, una catástrofe particular. Pero no por el posible accidente, sino por el desconcierto que me provoca que las cosas no funcionen. Me explico. Sé cómo hacer funcionar ciertas cosas, incluso ese automóvil: sé hacerlo marchar. Pero no me pregunten cómo funciona. Pues bien, tengo la impresión de que de un tiempo a esta parte nos pasa eso cuando observamos la marcha del mundo. Sabemos accionarlo cada día pero muchos ignoramos cómo funciona: cómo funcionan el mundo y sus cosas. Eso nos crea una sensación de ansiedad creciente. Un leve contratiempo nos deja desarbolados, con esa impresión de desamparo.

 

“En la oscuridad de las siete de la mañana, el ordenador entró en un salvaje estado de completo desorden”, anota Enrique Vila-Matas en una página de su Dietario voluble (2008). “Un contratiempo terrible”, añade, “porque disponía yo de sólo tres horas para entregar unas páginas. Esperé a las ocho, cuando hubiera ya clareado, para llamar a un servicio técnico de urgencias. Tenía que terminar de escribir mi artículo sobre la inseguridad y la crisis de sentido en el mundo actual, pero si había algo realmente inseguro para mí en aquel momento era el ordenador. En cuanto al mundo, éste podía esperar”, prosigue Vila-Matas.

 

En efecto, el mundo siempre está a punto de acabar. Eso mismo le decía Guillermo de Baskerville a Adso en El nombre de la rosa. Y añadía: cuídate de los agoreros que predicen el desastre. Está bien. Es buena recomendación. En la Edad Media imaginada por Umberto Eco siempre puedes refugiarte en una abadía o en una pequeña aldea, alejado del mundo. Cierto. Pero el problema es que estamos en una sociedad de riesgo de la que no es fácil escapar. Sucede un cataclismo financiero y, qué quieren, sólo con dificultad conseguimos saber qué nos está pasando. Y no sólo eso: qué es lo que nos puede pasar. Los economistas vaticinan retrospectivamente, dice el tópico. Y los historiadores anticipan el pasado, podríamos añadir. ¿Y los sociólogos? Pues los sociólogos hacen como que saben o enuncian lo que todos vemos. Uno de los grandes sociólogos que adelantó lo que nos ocurre fue Ulric Beck cuando distinguía entre peligro y riesgo. Estamos en peligro cuando la máquina tiene una avería que se puede solucionar. Arreglando el desperfecto podremos  prevenir futuros accidentes. ¿Pero qué pasa cuando la máquina produce efectos incontrolables? Que estamos en riesgo… Su marcha no depende sólo de ella, sino de un sistema cuyos factores no siempre pueden prevenirse. En ésas estamos: dándonos cuenta de que no sabemos cuáles son los efectos de nuestras acciones. Corto y cierro.

 

0. El mundo al revés (29 de septiembre)

 

Es ésta una semana de inversión informativa. Era previsible. Después de atender a la familia (aún continúa esa tarea); después de leer y glosar a José Carlos Llop, a Mónica Bolufer; después de practicar la nostalgia periódica (rememorando revistas de nuestra adolescencia), ¿qué esperaban? ¿Que me entregara nuevamente a las eximias letras y en orden? Me reservo para otro día… Ahora, por el contrario, prefiero darle la vuelta al blog: prefiero regresar a lo real. ¿A lo real? ¿Cómo? ¿A través de qué medios? Creo hacer eso si me sumerjo en los periódicos de estos días, cuya lectura tengo retrasada o por empezar. ¿Han probado alguna vez a leer la prensa al revés? La operación es difícil y muy selectiva, lo admito. Se te achinan los ojos y sólo lees lo importante o placentero. Una rareza. Olvídenla, pues.

 

Como la dificultad a vencer es muy grande, prueben en ese caso a leer los periódicos caducados, que es otro modo de invertir las cosas. Seguro que entonces se fijan en aspectos aparentemente secundarios que son la clave de lo que nos ocurre hoy o de lo que nos ocurrió ayer: una nota breve, un inserto escueto, una noticia secundaria que ya no son actualidad, un aspecto menor. Estoy seguro de que una parte de esa lectura me devolverá a lo real, a su lado evidente o a su aspecto insólito. No sé si esas lecturas invertidas o retrasadas te enajenan, te distancian de lo sucedido, o por el contrario te acercan de otro modo al mundo. Como ya hice alguna vez –y esto comienza ser un género de este blog–, escribiré inversamente. Es decir, iré sobreponiéndome y sobreponiendo: colocando una encima de la otra las reflexiones que las últimas lecturas me produzcan. Formarán un tapiz de tejido común, los nudos de una urdimbre imprevista. “Tutto c’entra con tutto“, decía un personaje loco de Umberto Eco. Pues eso: tejeremos la actualidad inversa, que no sé si es el reverso de la actualidad o los reveses de la actualidad.

Mi padre no me lee

25 Septiembre 2008

Ese señor que lee. “Cuando yo era sólo un lector (más o menos lo que ahora soy), cuando sólo era un adolescente contrito y deseoso de cambiar las cosas, empecé a leer Triunfo. Hablo del año 1974, una fecha clave para un púber de quince años, pero también un momento decisivo de la historia reciente, de la historia vivida. El 25 de abril portugués me había sorprendido sin entender gran cosa de lo que aquello significaba y, más aún, la tromboflebitis de Franco había alterado el discurrir obvio, lo que se me antojaba inevitable: la duración mineral del dictador. Yo no sabía muy bien lo que nos esperaba, pero intuía que no podía, que no debía ser un franquismo sin Franco. Mi señor padre leía Sábado gráfico, con aquellas portadas comprometedoras…, y yo, distante del progenitor y pensándome más radical, comencé a leer Triunfo. Me había recomendado la publicación un profesor de Latín al que yo le tenía un gran aprecio: un docente que acudía a clase acarreando Cuadernos para el Diálogo y Triunfo. Recuerdo haberle preguntado cuál de las dos podía leer yo, con mi edad tan escasa y con mi desorientación…, dado que no quería leer lo que mi padre ya frecuentaba todas las semanas: Sábado gráfico“. Así empezaba un artículo que publiqué en El País en enero de 2006, un artículo de cuando yo aún remitía tribunas a la prensa diaria. La percha del texto era un hecho luctuoso: la muerte de Eduardo Haro Tecglen. Aprovechaba esa tribuna para rememorar mi experiencia adolescente como lector de prensa periódica, de Triunfo, por ejemplo. Pero aprovechaba la circunstancia para hablar de mi padre, de lo  que me distanciaba de él: de lo que yo leía por oposición a sus aficiones o inclinaciones.

Ha pasado el tiempo: dejé de publicar en El País y estuve año y pico como columnista de Levante-emv. Ahora, tras un acuerdo que a ambas partes contenta, regreso a El País inmediatamente, a partir del 1 de octubre. Gracias a las confianza que en mí han depositado vuelvo con día fijo, los miércoles en la nueva sección de la última página  de “Comunidad Valenciana”: semana, sí; semana, no. Creo que es razonable establecer esa periodicidad quincenal para un pluriempleado. Son múltiples las tareas que debo cumplir. Las enumero brevemente: 1. Atender a la familia (a los padres, por ejemplo); 2. Cumplir con las obligaciones académicas (con esos alumnos que son tan parecidos a mis hijos); 3. Mantener un blog actualizado (con el lector, ese crítico virtual: “You! Hypocrite lecteur! –mon semblable,– mon frère!, en palabras de T. S. Eliot y Baudelaire); 4. Holgazanear (con la lectura indisciplinada que es la que me inspira). Esas tareas, la verdad, me dejaban poco plazo para un artículo semanal. Cuando coincidió todo ello en Levante, cumplir me resultaba agotador y empeñoso. Ahora El País me fija –miércoles sí, miércoles no– para que escriba y me pronuncie. Están ustedes invitados discutirme. Y no es formulismo ni mera cortesía: por expreso deseo de sus responsables quieren que el artículo conecte con mi blog, que disponga de un enlace que lleve a esta bitácora. Para así prolongar las discusiones, me han dicho.

No hace falta que insuflemos savia nueva a los “diálogos a menudo mayéuticos” y deliciosamente arcaicos que aquí se dan de cuando en cuando. Ustedes mismos admiten incluso su interés editorial. Hay vigor suficiente en las palabras que aquí se vierten. En todo caso, será interesante comprobar cómo funciona la experiencia. Me da mucha alegría regresar a la prensa diaria; me da mucha alegría regresar a El País. Quién me iba a decir hace treinta años que yo publicaría en dicho diario como un columnista habitual. Quién me iba a decir a mí que seguiría siendo un consumado lector de prensa y de volúmenes que me resultaban prohibitivos. Sólo la benemérita institución del libro de bolsillo me auguraba una dicha lectora. Treinta y tantos años después, las cosas han cambiado mucho para mí. Mucho: mi padre ha dejado de leer como leía, y eso es un síntoma  que me hace daño. Si alguna vez falto al compromiso no actualizando el post, si alguna vez me ven melancólico o irritable, ustedes me perdonarán. Tengan por seguro que es por mi padre. No está bien si no lee y ahora –lo digo con ternura– me da disgustos por haber perdido la afición y la afección lectora que le han formado y que yo orgullosamente homenajeé en otra pieza que algunos ya conocen, un artículo que publiqué también en El País.

Mi hijo no me come. Escribo lo anterior y recibo inmediatamente comentarios muy generosos. Me felicitan y yo me enorgullezco, claro. Es un honor lo que me dicen pero noto algo extraño en los elogios. Este episodio menor debería formar parte de la psicopatología de la vida cotidiana que empezó a documentar Sigmund Freud. Ya saben: los lapsus, los actos fallidos, etcétera. Releo lo primero que se me escribe en el post y me doy cuenta del malentendido que he provocado: me he expresado ambiguamente (que es lo peor que le puede pasar a un columnista o a un blogger) y, por tanto, enredo involuntariamente. Tiene su gracia, no obstante. Al titular este post “Mi padre no me lee” y al vincular el hecho al otro que les anunciaba –el inicio de una nueva colaboración en El País–, se ha dado por supuesto que lamento que mi padre no lea lo que yo escribo. Pero no, mi pena no es tan narcisista: mi padre ha sabido no leerme libros y libros para afearme involuntariamente la prosa académica que me gastaba. No, lo que sostengo en este post es otra cosa.

Digo que mi padre no me lee en el sentido que decimos “mi hijo no me come”. Es tu familiar, uno sobre los que tienes alguna responsabilidad, quien no se nutre, no se alimenta, y ese hecho cotidiano o trivial lo vives personalmente, como si te sucediera a ti. Mi hijo no me come: es decir, se me va enfermar. Qué curioso es todo lo que nos ocurre, incluso qué raro. Tiempo atrás, cuando empecé a publicar regularmente en la prensa de papel, el primer artículo que firmé yo solo en El País se titulaba: “Mi hijo no me lee“.

Ampliar horizontes. Cuando yo era un niño de cuatro años llegó la televisión a mi casa. La recuerdo aparatosa y central, dominando el espacio de convivencia familiar. Era un cacharro que encendíamos reverencialmente: se tapaba con un funda cuando la apagábamos y si tronaba desenchufábamos la antena para evitar los rayos. El horario de emisión era muy limitado y las horas que le dedicábamos eran pocas: que yo recuerde, entre semana no había televisión matinal y reservábamos nuestra atención al viernes, sábado y domingo. Aún puedo escuchar la voz potente y marcial de Ángel Losada, que capitaneaba un programa titulado Por Tierra, Mar y Aire , enteramente dedicado a los tres ejércitos. Aún puedo rememorar las series que nos entretenían. Seguramente, la primera que me influyó y de la que me costó desprenderme fue Diego de Acevedo, un emisión dedicada a la guerra de la Independencia protagonizada por Francisco Valladares, un héroe: como me cautivó también aquella otra emisión titulada Viaje al fondo del mar.

He tenido que leer mucho, después, para corregir la imagen de aquel conflicto antinapoléonico. He debido consultar muchas páginas para sacudirme aquella impresión que me causó el héroe antifrancés. No se me indujo ni se me forzó: la lectura era un modo acceder a un mundo más ancho que el que la televisión nos daba: incluso que el que nos daba Viaje al fondo del mar, siempre tan claustrofóbica. La ventaja que teníamos era nuestra principal desventaja. Las cosas costaban, costaban tiempo y dinero, y casi todo debía demorarse: la satisfacción, aunque también el esfuerzo se prolongaba. ¿Lo digo con nostalgia? No, lo digo como un dato de hecho.

Mis primeras suscripciones a revistas me las pagué yo mismo de mi peculio particular. Inicialmente procuré, claro, que mi padre me las sufragara, pero él me hizo repensar. Recuerdo que la primera publicación a la que intenté suscribirme fue Mundo negro. Traté de convencer a mi padre: aquella revista valía la pena, me ampliaba horizontes, me ensanchaba el mundo y me procuraba vistas e historias que la tele no me proporcionaba, le dije más o menos. Mi padre se negó rotundamente a pagarme aquella suscripción: una revista de misioneros no era, seguramente, lo más recomendable para el alma inocente de un muchacho de diez años. Años después de aquella frustración me convertí en lector habitual de Triunfo. Así he salido.    

Enlaces: El blog de Eduardo Laporte: su post ha inspirado el mío.

——

AVISO:

No sé cuándo podré renovar el post, si el sábado o el domingo. Lo haré en cuanto pueda y en cuanto los deberes familiares me lo permitan. Ustedes me perdonarán.

Novela y microhistoria

22 Septiembre 2008

1. Leo París: suite 1940, de José Carlos Llop.  Me maravilla la habilidad de su autor: me sorprende otra vez  la destreza con que retiene al lector. O, mejor aún: prefiero este libro a los anteriores que de él he leído.

Suele ser un piropo ultrajante cuando a un novelista más o menos prolífico se le dice esto: “Oye, ¿sabes que me gustó mucho tu primera novela?” Dicho así, ese elogio suele ser, en efecto, un insulto que podría traducirse con estas palabras: “Oye, ¿sabes que desde tu primera novela no has mejorado?” En el mundillo literario y académico, entre los letraheridos, no son infrecuentes estos dardos, a veces justos y a veces debidos a la inquina, a la envidia, a la ojeriza que los éxitos ajenos provocan.

En el caso de Llop, mi lectura de su último libro, breve pero intenso, me convence y me entretiene, me hace interesarme por su protagonista: por César González-Ruano, un tipo que nunca despertó mi predilección, un creador que se consumió escribiendo notas periodísticas, literatura de diario. Llop me convence, me entretiene y me interesa. Lo digo como viejo lector de novelas a quien no es fácil sorprender con las obritas que ahora se llevan, con las anemias narrativas que tantos padecen. Lo digo como lector que no tiene interés en leer aquello que no le seduce. Lo digo como lector que no puede sacudirse su profesión histórica. En efecto, he de cargar con mi condición de historiador cuando disfruto de una novela, y eso me obliga a leer la ficción como si de un documento extraño se tratara: como si me las viera con un manuscrito de significado impreciso. La buena lectura no es necesariamente la que suma páginas y páginas hasta hacer un libro monstruosamente extenso, un novelón decimonónico. Jorge Luis Borges decía que el género permite los tiempos muertos: que las novelas, precisamente por su extensión, pueden ser prolijas, abundosas, excesivas. La buena lectura tampoco es, necesariamente, la escueta, la económica. Las elipsis son imprescindibles: lo no dicho, lo intuido, lo oculto, lo ignorado forman parte de la novela, por supuesto, pero los autores menos refinados corren el riesgo de no decir nada a fuerza de silenciar.  

Llop ha escrito una obra sutil, cargada de ironía: hay páginas con mucho humor, y eso que se narran circunstancias históricas bien espantosas. ¿Una incongruencia? No: hasta el horror puede contarse con distancia irónica. ¿Recuerdan el Doktor Faustus, de Thomas Mann? También allí el narrador se hacía presente en el relato revelando sus estados de ánimos, sus enfados, sus dificultades y sus malestares, y su tono episódicamente irónico nos hacía mucha gracia…

2. Pero regresemos a José Carlos Llop. La voz que cuenta las vicisitudes de González Ruano en París se expresa en primera persona, como si de un biógrafo se tratara. Pero no es exactamente un biógrafo: repetidamente nos avisa de las hipótesis que aventura, de las invenciones que imagina, de los rellenos con que tapa los huecos de la información. El narrador se basa en las memorias de CGR: Mi medio siglo se confiesa a medias, un grueso volumen repleto de datos en el que la información es cifra más que noticia, cosa que le obliga a rastrear otras fuentes. Obra, pues, como un periodista que husmea las fuentes para informarse; pero obra también como un historiador que consulta textos y más textos para leer mejor, para documentarse. Ahora bien, ese narrador se hace múltiples preguntas que no puede responder, razón por la que una y otra vez ha de admitir su derrota: tiene que fabular, tiene que añadir lo que no se sabe o tiene que imaginar los hechos probables. No se trata de abandonarse a la pura fantasía, sino de completar el trazo que el dibujo no muestra. Al contar así ese narrador me obliga a interrogarme sobre los géneros de escritura. ¿Qué es una novela o qué una investigación periodística? ¿Qué es un libro de historia y qué es aquella ficción que recupera y exhuma lo pasado para conocimiento y averiguación’

Llop añade cuando no sabe y, a veces, cuanto no sabe pero podría ser. ¿Obra así un historiador? No exactamente. Porque esta novela se presenta como un reportaje periodístico, como una investigación. Pero no lo es o, al menos,  no lo es en determinados pasajes. El reportero se ciñe a lo sabido y a lo documentado. Como hace el historiador que se quema las pestañas en un archivo. Llop ha consumido horas y horas acopiando datos, fatigándose –supongo– con innumerables lecturas. Una parte de esas obras se incorporan en la bibliografía final, pero este repertorio no documenta los pasajes que el narrador imagina y nos dice que imagina: la bibliografía provoca sobre todo un efecto de verdad, de empeño erudito. Por supuesto, al investigador académico esa libertad creativa le está vedada: a falta de documentación no podemos rellenar los huecos con la licencia de la imaginación copiosa; como tampoco podemos precisar una efigie exacta con el trazo hipotético. Forzosamente debemos ceñirnos, someternos. ¿Una limitación? Sin duda: una limitación que es el marco de posibilidad de la disciplina histórica. No, no podemos confundir los géneros, aunque éstos linden o, en ocasiones, se solapen.

3. Microhistoria. Dos personas comienzan a investigar sobre César González Ruano o sobre otro antepadado de vida escasa, aventurera o irregular. Uno de ellos acopia información y hace de la ignorancia fuente de su imaginación. Juega con las posibilidades, tantea las probabilidades. Lo que desconoce y no puede documentar es objeto de conjetura y de recreación. Es objeto de ficción, de ficción probable. El resultado es redondo: el lector futuro ya no podrá abandonar el volumen…

El otro investigador, por el contrario, se atiene exclusivamente a lo que puede consultar en libros, en manuscritos, en la correspondencia, etcétera: en todos los vestigios que de aquel individuo sobreviven. No sólo los papeles que él escribió, sino también los testimonios que sobre su figura otros dejaron. Son versiones congruentes o contradictorias, difíciles de casar: no son piezas que encajen. Pero ese investigador no se rinde: en su fantasía más erudita y alocada sabe que al final siempre podrá completar lo que de entrada es enigmático o insuficiente. Esa esperanza le anima y así consume sus horas consultando legajos, por ejemplo.

Me imagino a mí mismo en esa circunstancia… Sentado al pupitre, espero el legajo prometedor. Qué palabra tan querida para los historiadores. Cuando acudí a un archivo por primera vez, aquello que inicialmente me sirvieron fue eso: un legajo añoso, con un tapiz polvoriento. Desanudo cuidadosamente las cintas rojas que luego seré incapaz de atar igual, abro las tapas de cartón, se desprenden ácaros…, ¿y qué encuentro? Expedientes. Cada uno de ellos es información y es enigma. ¿Por qué están en ese legajo y qué relación tienen entre ellos? Un legajo siempre es una suma de posibilidades. Un hallazgo imprevisto te da nuevas pistas y, a la vez, agranda tus ignorancias. También es, por tanto, una suma de datos inconexos, de documentos cuyo significado desconoces. Podrías inventar, pero no, no debes hacerlo: esa felicidad está reservada al novelista. ¿Qué haces, pues?

Inicio un tanteo. Por ejemplo, un nombre propio puede ser el punto de partida. ¿Quién es ese individuo que ahí firma, ese que suscribe…? Puedes tomarlo anónimamente, como un número más de una totalidad más vasta; o puedes tomarlo como un enigma a descifrar. El microhistoriador, en concreto,  emprende una pesquisa a partir del nombre que rotula una identidad que debemos averiguar. Ese dato menor es un indicio que has de llenar de significado, un cabo que te lleva a otros datos: con ellos forma una totalidad que debes reconstruir, algo que debes constituir con los propios documentos del archivo y con los conocimientos históricos previos, esos que te han proporcionado tus colegas, tus predecesores. ¿Se trata de hacer una biografía? No exactamente. Se trata de documentar una acción humana que ha dejado huella y que tiene un determinado sentido para el actor y para los espectadores. Comienzas a rastrear las huellas de un individuo en su contexto, con motivaciones que no son las tuyas, con una identidad que sólo en parte conocerás: comienzas a analizar esas acciones. ¿Cuál es el error que puedes cometer? La presunta o excesiva familiaridad del investigador con el investgado, la supuesta transparencia del individuo observado. Carlo Ginzburg siempre nos ha advertido contra ese riesgo o fatalidad. Luminosas palabras de Ginzburg que Anaclet Pons reproduce en su blog: “Bisogna superare l’idea illusoria che il rapporto con i testi o con le persone sia facile: la trasparenza è un inganno. Il primo aiuto forse ci viene dalla nozione di straniamento, che è stata evocata prima: un atteggiamento che ci fa guardare a un testo come a qualcosa di opaco. È un atteggiamento che può essere spontaneo; più spesso, è il frutto di una tecnica deliberata: non capire un testo come premessa per capirlo meglio, non capire una persona come premessa per capirla meglio. Diffido profondamente delle metodologie che trapassano i testi come un coltello taglia il burro. La loro apparente potenza è illusoria”.

Luminosas palabras.

4. José Carlos Llop. En París: suite 1940,  el narrador subraya la distancia que le (nos) separa de CGR: no hay inmediatez ni transparencia en los textos de Ruano. La verbosidad de CGR es tinta… de calamar, en efecto: un modo de emboscarse y una manera de designar el mundo y las acciones propias. El narrador se formula una pregunta tras otra, mostrando su extrañeza ante lo que lee, ante hechos confusos o poco documentados. Es incisivo por no corta ni saja. Lee, interpreta, conjetura y, en ocasiones, cuando cree que es necesario imagina la situación real, recrea las palabras que se pronunciaron, los diálogos que los personajes mantuvieron. ¿Podría hacer esto un historiador? Quien lo hace en París: suite 1940 no es el escritor: es el narrador, esa voz que nos relata a tientas y a ciegas la vicisitud de CGR. Sería fácil decir que esto no podría hacerlo un historiador: en la obra histórica, narrador e historiador coinciden. ¿Resuelto? ¿Punto final?

No nos precipitemos. El viejo Tucídides, el historiador clásico, predicaba la verdad, el rigor de lo narrado: deploraba la credulidad y los embustes. En su Historia de la guerra del Peloponeso ya indicaba la dificultad de reconstruir la “historia antigua”, ya que no era posible –decía– conceder autenticidad a cualquier testimonio. Más aún, deseando establecer los límites de la escritura histórica oponía resistencia “al canto de los poetas, que exageran los hechos para embellecerlos”. Tampoco atribuía gran valor a los cronistas: “más inclinados a encandilar el oído que a contar la verdad”, esos cronistas que solían tomar “como tema de sus obras unos hechos que no pueden comprobarse con rigor”. Dicho eso, sin embargo, Tucídides se aventuraba por el terreno de la imaginación. ¿Incumplía sus propios preceptos?

“Resultaba prácticamente imposible reproducir las palabras literales con que se expresaron” quienes capitaneaban cada bando de aquella guerra. Justamente por eso, dice Tucídides, “me he limitado a poner, en labios de cada orador, sencillamente los términos en que me parecía que debieron manifestarse en cada caso a tenor de las circunstancias, ajustándose lo más estrictamente posible al sentido general de sus declaraciones”. Eso no es exactamente inventar: es rellenar, es completar lo que jamás podrá reproducirse tal cual; pero es recrear ajustándose. Muchos siglos después, el narrador de París: suite 1940  hace lo mismo.

Permanece, pues, la pregunta: ¿qué podría hacer un historiador actual?

5. Mónica Bolufer. Esta historiadora ha escrito un volumen inteligente, muy bien documentado por el que habría que felicitarla. Lo dedica a Inés Joyes, una dama burguesa del Setecientos…  Antonio Castillo se nos ha adelantado dando noticia de este libro y contribuyendo a su difusión, que se merece. Habría que felicitar a la autora, me decía. Aunque, ahora que lo pienso, no habría que hacer tal cosa. ¿Por qué deberíamos alabar a quien sigue una norma que es de obligado cumplimiento para todo investigador riguroso? Decía E. H. Carr en ¿Qué es la historia?  que, entre historiadores, la precisión es un deber, no una virtud.

Mónica Bolufer obra como debe: con precisión cuando delimita su objeto, cuando consulta un repertorio documental ingente, cuando escribe un texto depurado y elegante, cuando administra su información con intriga adecuada, con una trama narrativa en forma de pesquisa. No da por obvio al personaje y, por tanto, no sigue  ”metodologie che trapassano i testi come un coltello taglia il burro”, por decirlo otra vez con Carlo Ginzburg. Pero su libro es un homenaje a la imaginación, a la obligación de imaginar, de recrear las circunstancias concretas de un personaje: con lo que sabe y con lo que no está documentado, con lo que no puede estarlo. Mónica Bolufer formula numerosas preguntas al archivo (vamos a decirlo así). Se responde con prudencia, con cautela, diciendo: “podemos imaginar”, fórmula expresiva que no le da pie a sobreinterpretaciones incontrolables, sino a conjeturas sensatas. No reproducirá verosímil o probablemente el discurso de un orador, como hiciera Tucídides, pero al igual que él no se niega el atisbo potencial de lo que efectivamente ocurrió.

¿Hay algo que relacione a su personaje, Inés Joyes, con César González-Ruano, el cronista del siglo XX? ¿Obran igual la historiadora y el narrador? Hay proximidades. Al margen de la ficción que los separa, en ambos casos, quienes investigan y escriben –el narrador de Llop y la historiadora Mónica Bolufer– no ocultan sus ignorancias y nos transmiten el progreso de sus respectivas pesquisa. Tenemos el resultado de la investigación como un proceso en el que un yo se ve implicado y desvelado en parte. Con ello se muestran las destrezas y las limitaciones de quienes averiguan y ponen orden en las vidas de otros, siempre remotas, de significado confuso.

“Non bisogna portare la cucina a tavola” ammoniva da qualche parte Lord Acton. Abbiamo cercato de trasgredire il più possibile questo precepto d’etichetta storiografica”, decían Carlo Ginzburg y Adriano Prosperi en Giochi di pazienza. “Anziché un pollo arrosto con contorno di patate fritte il lettore si troverà sul piatto un pollo vivo e starnazzante, provvisto di penne e barbigli; fuor di metafora, non una recicerca rifinita e compiuta ma gli andirivieni della ricerca, le false piste seguite e scartate prima di arrivare al
risultato ritenuto accettabile. Ci auguriamo che tutto ciò no risulti ‘indigesto’…”

Llop y Bolufer, cada uno a su manera, se esfuerzan por llevar “la cucina a tavola”: se esfuerzan por mostrarnos los “andirivieni della ricerca”: unas investigaciones respectivas que deben arrojar luz sobre los actos oscuros de un varón que deja huellas, grafómano y evanescente; o sobre la vida misma, también oscura y no documentable, de una mujer singular y previsible, lectora y escritora.

6. ¿Ahora toca callar? Avanzo en la lectura y relectura, en la comparación de dos obras distantes, por género, por objeto, y ciertos lectores me reclaman cambiar de post o guardar silencio. Pues no. Aún no. La lectura me procura un placer incomensurable: es hacer hablar a sujetos que estaban inertes. Se trata de seguir las instrucciones de los autores que están impresas en sus libros, de ser un destinatario obediente que entiende lo que se le dice, el género bajo el que se le dice, los efectos que se buscan con lo que se dice. Pero quiero ser también un lector aventurado, alguien que mezcla soluciones distintas, que busca parentescos insospechados entre libros que no tienen nada que ver entre sí para después escribir sobre ellos. Carlo Ginzburg, precisamente, es un maestro en este quehacer…  

He leído las obras de Llop y Bolufer así. Quiero ser un tipo que disfruta con el juego intelectual, ese que nos permite burlar el género y hacer hibridaciones, libre e indisciplinadamente. Y quiero ser a la vez un tipo que respeta las normas de la investigación, esas que tanto aprecio porque nos permiten el examen  y la comunicación. Son dos formas de leer. Para referirse a ellas, Richard Rorty habló en cierta ocasión de lecturas inspiradas y lecturas metódicas. Yo deseo deleitarme con ambas. En la obra de Llop y Bolufer, mis colegas, mis hermanos lectores, veo realizado ese juego, el que más valoro: el de interpretar ordenada y audazmente los actos de figuras opacas o histriónicas que se emboscan. ¿Alguien da más?  ¿Ahora toca callar?

Tentaciones

18 Septiembre 2008

John Le Carré. Días atrás, en una nota de la Agencia EFE leí una información muy interesante que procedía de The Times. “El escritor británico John Le Carré, cuyo verdadero nombre es David Cornwell, admite que estuvo tentado de pasarse a la Unión Soviética cuando trabajó como espía para el Gobierno del Reino Unido durante la Guerra Fría”. Así empezaba dicha nota (que sintetizaba las declaraciones del escritor), según pude completar en El Mundo. No aparecía en “Internacional”: se insertaba en la sección de “Cultura”. ¿Se detallaban las razones de dicha tentación? En realidad, no fue una atracción ideológica de John Le Carré, antiguo espía del MI6, sino mera curiosidad: “la curiosidad de saber qué había al otro lado del Telón de Acero”, precisaba. “Cuando espías intensamente y te acercas más y más a la frontera… parece un paso tan pequeño… para, ya sabes, averiguar todo lo demás”, añadía. Por lo que sé, nadie ha comentado esas declaraciones: nadie ha escrito sobre esa tentación.

.

Tentación. Genéricamente, una tentación es aquel estímulo que nos fuerza a desear algo. En lenguaje religioso, la tentación es una inducción pecaminosa del diablo. Son acepciones parejas pero no idénticas. En el primer caso alude a la propensión interior; en el segundo se refiere a una inducción externa. En el primer caso, el deseo es propio, lo que nos apetece conocer o poseer; en el segundo, el deseo es provocado externamente por un agente seductor: por el diablo, en concreto. Soy persona morigerada, pero confieso caer frecuentemente en la tentación: en el deseo bibliográfico y mercantil, por ejemplo. Así, el libro y ése y ése y ése que parecen reclamarme desde el estante de novedades son fantasías internas: imagino cosas con ellos, nuevos saberes o placeres. Intelectuales, claro: no se me asusten. Para frenarme, para contener mi deseo compulsivo me digo: sólo compraré aquel volumen que esté dispuesto a leer efectivamente (que no necesariamente de inmediato). Así consigo descartar muchos que sé que jamás leeré o leería. Con todo, el desembolso sigue siendo notable para mi presupuesto. Soy yo el que se abandona, pues. Pero caigo  en la tentación también en el sentido de hacer algo pecaminoso: aquel volumen vence mi escasa resistencia y me tienta precisamente: es como un fruto prohibido que me deleita culpablemente, con las artes del demonio. Hay algo en ese libro que lo hace inútil, que no se justifica académicamente: algo que lo convierte en puro placer, dispendio del alma. Queda en el alma, precisamente, un regusto amargo por el desembolso injustificado. Uno se sabe condenado.

.

El espía que surgió del frío. Recuerdo cuando leí por primera vez El espía que surgió del frío (1963). Hace de esto muchos años, cuando las novelas de los Servicios Secretos estaban en candelero, cuando la Guerra Fría justificaba estas ficciones posibles, casi naturalistas. Los libros de John Le Carré fueron para mí una tentación frecuente, un modo de aventurarme y de franquear esas barreras. El choque militar-industrial de ambas potencias me resultaba terrorífico y fascinante: en el fondo con una inverosimilitud muy consoladora y fantasiosa, inconcebible. Tanto era el miedo que nos despertaban la amenaza nuclear, el despliegue de los misiles, la arrogancia pretoriana de la URSS y la eficacia del espionaje centroeuropeo (alemán, concretamente), que crecí temeroso y fascinado: sí, crecí convencido de la superioridad de los Estados Unidos, pero sospechando la capacidad fastuosa de la Unión Soviética, una capacidad que se tenía reservada para finalmente mostrar algún día todo su poderío. Al otro lado del Telón de Acero estaba el mal –eso aprendíamos–, pero el mal siempre tiene algo de persuasivo, algo de atractivo. Contrariamente a lo que pensamos, el miedo no siempre es un repelente: en ocasiones nos seduce con una fuerza poderosa. John Le Carré no era un traidor como Kim Philby, agente del MI6 al servicio del KGB. Entonces…, si no era traición ni simpatía ideológica, ¿qué le pudo atraer a Le Carré? El propio miedo, sin duda: el vértigo que nos produce lo que nos pone en riesgo, el cosquilleo que nos provoca la proximidad del abismo, esa curiosidad, en fin, que nos imanta.

Franscico Veiga, Enrique U. Da Cal y Àngel Duarte publicaron hace años una útil y documentada historia de la Guerra Fría que he empleado en mis clases. ¿Su rótulo? La paz simulada. En realidad, deberían haberla titulado Miedo. Cuando llegamos a ese enigma que es un bloque gris, armado y colectivizado, cuando llegamos a ese misterio que fue la URSS, los estudiantes despiertan de la modorra que mis clases puedan provocarles. Todo conflicto a gran escala les atrae y más si el embate se da entre dos modelos de sociedad, dos concepciones de lo real, dos simplificaciones del orden que se oponen, que se definen en negativo, que satanizan al adversario. En un lado se creía en una cosa (en Dios, por ejemplo) y en el otro…, pues en el otro algo bien distinto. Releo este pasaje de El espía que surgió del frío:

        “Después, esa noche, volvieron a hablar de ello. Leamas lo planteó; le preguntó si era religiosa. 

         –Me has entendido mal –dijo–, al revés. Yo no creo en Dios.

         –Entonces ¿en qué crees?

         –En la historia.

         Él la miró un momento con asombro, y luego se echó a reír.

         –Ah, Liz…, ¡ah, no! ¿No serás una maldita comunista?

         Ella asintió con la cabeza ruborizándose como una niña ante las risas de Leamas, irritada y alivida de que a él no le importara.

         Esa noche le retuvo y se hicieron amantes”.

.

Yo no creo en la historia. En ese pasaje de El espía que surgió del frío que hemos reproducido , Liz confiesa creer en la historia. Nada menos. Reparen en la circunstancia. Leamas está interrogando con secreto deseo y con escepticismo a esa bella mujer. Ante la pregunta sobre aquello en lo que cree, Liz responde. “En la historia”, indicio suficiente para que Leamas concluya:  “Ah, Liz…, ¡ah, no! ¿No serás una maldita comunista?”.

Esa maldita comunista es creyente, en efecto. Padece un mal diagnosticable: teología secularizada. Sustituye a Dios o a los Dioses por otra entidad también salvífica y evanescente: el tiempo que todo lo sana. Pero no es la suya una fatalidad de quien nada hace. Confía en que la historia le dé la razón; confía en que su intervención humana, propiamente humana, coadyuve. No es simplemente un optimismo transformador, sino creencia secular en una humanidad irredenta. Escribe Miguel Veyrat.  Admite creer en ello: Yo, como Liz, también creo sólo en la historia, dice. No, no es posible. Si es así, si cree en la historia, entonces contradice lo que su poesía diagnostica sin esperanza. No es posible: yo la he leído sin compensación, sin reparación venidera…

Liz, por su parte, ha depositado su esperanza en el proceso, en el devenir, convirtiendo la flecha del progreso en el curso de su realización. Algunos viejos ilustrados del Ochocientos creyeron también en un progreso cuyo fin era un estadio postrero de felicidad universal. Esa idea –una etapa final de felicidad– es un calco del reino de Dios, es una nostálgica recuperación del Edén al que regresaríamos después de una eternidad de pena y pecado. Es ésta una esperanza que ha provocado graves consecuencias en el siglo XX: todo tipo de ortopedias con que enderezar el fuste torcido de la humanidad, que diría Isaiah Berlin

Inculcar creencias es predisponer al alma para confiar en lo venidero, para sacrificar lo presente, para justificar lo irremediable o presuntamente irremediable. Un futuro más o menos lejano aliviará todos los males que hoy padecemos y justificará el curso de los acontecimientos, acontecimientos sobre los que intervendríamos para abreviar ese tiempo de espera. Todo ello, asumido y realizado con mayor o menor rigorismo, con mayor o menor severidad. En cambio, tener tentaciones es algo más prosaico y llevadero: es algo humano, demasiado humano. Es cargar con el pecado sin esperanza de redención. Es confirmar que los dones son presentes. Pero el presente dura: estamos obligados a cargar con las consecuencias de la acción y… de la inacción.

¿Banal, decepcionante? Perdonen este final sin poesía (iba a decir: este final sin esperanza). O no, no tengo por qué disculparme: hay poesía sin esperanza.

.

“Solo, regresa a Oriente en gran noche”.

(Vicente Aleixandre, In Memoriam)

 

Oh muerte, ficción del tiempo

Que galopa hacia adelante

¿Cómo volver tu flecha

A la frontera de Adán,

Y enervar su pecho abrupto?

 

Muerte, sólo yo puedo saltar

Por el espacio, no mi tiempo,

Negro agujero abierto

A un costado del Universo:

 

¿Cómo ser Uno, en desorden

Infinito? Tan sólo el incendiario

Utiliza el napalm de la razón

Como via posible de regreso:

 

Vuela Escala de Jacob,

Big Bang en donde estallan

Puentes levadizos del vacío.

 

Un meteoro humano

Ha cruzado la noche,

Donde el azar del eco

Quiso manar la luz.

Miguel Veyrat

—————--

Enlace de actualidad:

La mirada al Este

Para qué sirve un partido

16 Septiembre 2008

0. No demos nada por supuesto. No demos nada por sabido. Cuando uno analiza un objeto evidente o un objeto difícil, hay que desfamiliarizarse, evitando la tentadora evidencia. Claro, eso tiene el riesgo de la pesadez pedagógica. Permítanme algún didactismo para centrar la discusión, el posible objeto de debate. Permítanmelo hacerlo, además, con la pesada prosa del institucionalismo. Perdónenme estas verdades de Perogrullo.

.

 

1. Un partido político es una organización cuyo fin es gobernar: acceder a los puestos de responsabilidad institucionales en que se toman las decisiones. Las decisiones son las leyes, las normativas, los reglamentos, los códigos, etcétera, que rigen las acciones y las relaciones de los ciudadanos. Como vivimos en una sociedad que precisa del orden, el orden de los individuos es el marco posible de sus actos. Hay cosas que pueden hacerse y cosas que no pueden hacerse; cosas que se pueden hacer en la esfera privada y cosas que no se pueden hacer en la esfera pública. La distinción entre lo público y lo privado es constitucional, es fundacional en nuestra sociedad. Lo político, todo lo que forma parte del sistema político, es propiamente público. En principio, lo público es lo que a todos pertenece y lo que puede mostrarse, lo que no está sometido a secreto o a reserva, como precisó Georg Simmel. Lo privado es el acuerdo entre particulares, sus convenios; en cambio, lo reservado es aquello que no debe ser visto u observado sin la autorización del individuo o de los individuos relacionados. En principio, lo privado es lo particular, pero sobre todo es lo individual. Ahora bien, los individuos emprenden acciones, pero no todas las acciones son privadas: no todas puede permanecer al margen del control público.  Los partidos políticos son instituciones públicas. Tratan de los asuntos generales, tratan de los intereses generales y tratan de establecer las normas que protegen lo privado y los códigos que salvaguardan lo público. Para lograrlo han de acceder al poder. El poder es la capacidad que se tiene para obligar a hacer algo, indicaba Max Weber.

 

En principio, todos los recursos del partido se orientan a tal fin: la obtención del poder. ¿Y cuáles son esos recursos? En primer lugar, sus militantes, el número mayor o menor de personas que integran la organización. En segundo lugar, sus pertenencias (sedes, bienes materiales, etcétera), una suerte de patrimonio material con que hacer frente a sus reuniones, a sus obligaciones. A la vez, un partido político es, en sí mismo, un recurso de la democracia, un instrumento del sistema. Como la mayoría de los ciudadanos suelen desentenderse del esfuerzo político, la democracia representativa funciona por delegación: funciona  gracias a los partidos, instituciones reconocidas que compiten entre sí para lograr el mayor número de representantes en el Parlamento. Es allí en donde se tramitan las leyes que luego regirán y darán cauce a las acciones de los ciudadanos.

 

Los partidos políticos, sus federaciones regionales y sus organizaciones locales tienen congresos. En esas convenciones, los participantes aprueban o desaprueban ponencias, eligen a sus dirigentes o revocan a los anteriores, idean proyectos y, cuando la ocasión lo merece o lo exige, cambian sus estatutos internos. Un partido político es un agregado de intereses, una organización que dice representar los intereses de una parte o de la totalidad de la población. Intereses son objetivos que alguien se propone alcanzar, pero son también las ventajas ya logradas, ya consolidadas. Los partidos se ofrecen a la sociedad para representar esos objetivos y esas ventajas. Como resulta que el sistema político democrático es un régimen representativo, unos toman las decisiones políticas, pero es la mayoría la que elige a quienes elaborarán las leyes. Las leyes son el reconocimiento de esos  intereses: los objetivos y las metas a que tienen derecho los ciudadanos de un Estado.

 

En sociología al sector que constituye el partido se le llama in-group; a quienes son ajenos, externos o incluso hostiles a la organización se les ve como out-group. En principio, los miembros de un partido comparten los mismos intereses frente al out-group. Un partido es una asociación, en el sentido que le diera Ferdinand Tönnies a esta palabra: un agregado humano en el que los individuos están relacionados por vínculos secundarios. Uno participa en un partido… Pero entre los miembros de dicha organización tienden a crearse redes de cohesión, vínculos que estrechan sus relaciones: se identifican con el mismo partido, se hacen solidarios de sus triunfos y de sus fracasos y emprenden, como organización, una acción colectiva. Por eso decimos que pertenecemos a un partido, como si de una comunidad se tratara: un agregado en la que sus integrantes estrechan vínculos primarios. Ahora bien, más allá de la cohesión frente a los externos, los militantes pueden enfrentarse por los diferentes intereses con que internamente se oponen. El Gobierno que emana del Parlamento está fuera de la organización, pero el poder empieza en cuanto hay diferentes individuos que han de repartirse un recurso escaso. Y escaso es el poder de decidir sobre miembros y sobre pertenencias, sobre logros futuros.

.

.

2. El partido y la democracia interna. “La democracia directa dentro de los partidos es en principio atractiva para los demócratas, pero no deberíamos ignorar algunas de las consecuencias no intencionadas, a veces disfuncionales, y curiosamente no anticipadas (por muchos de sus defensores) (…). En lugar de ser arenas para los debates internos entre las elites del partido de nivel medio que conocen a los candidatos, [los congresos de los partidos] se han convertido en la vitrina del partido, una oportunidad para la expresión pública de solidaridad y unidad, un lugar prominente para los discursos de notables, líderes de partidos amigos e incluso líderes extranjeros. El resultado es un calendario apretado y bien planificado con anticipación que impide el lento trabajo de los comités y los debates prologados, que podrían desorganizar tan apretado horario. El resultado final es que lo que originalmente había sido una convención deliberativa se ha convertido en un evento mediático”, Juan J. Linz, en Partidos políticos. Viejos conceptos y nuevos retos (2007).

.

.

3. El liderazgo. El Partit Socialista del País Valencià y el Partit Popular de la Comunitat Valenciana tienen dos próximos, dos inminentes, congresos. Los debates congresuales  y precongresuales pueden acabar como señala Juan J. Linz (a la búlgara) o pueden provocar, de verdad, debates democráticos. Lo mediático no es, por definición, el antónimo de lo democrático: precisamente porque los posibles manejos antidemocráticos, la marginación del contrario o su ninguneo, se suelen hacer antes de que las cámaras lleguen: antes de que el congreso resuelva al trote la elección de sus dirigentes. Por otro lado, el objetivo de la televisión registra lo que los partidos imponen, lo que la jerarquía de la organización establece como noticiable. Aunque eso limita nuestro derecho a ver y a saber, no es exactamente una tiranía audiovisual: imaginemos a unos cámaras sectarios filmando congresos de partidos rivales para un telediario hostil. Pero, claro, que tal situación pueda darse no justifica el freno democrático interno…

. 

El mejor y análisis del liderazgo en un partido sigue siendo el estudio que Robert Michels publicara a comienzos del siglo XX: Los partidos políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna. Es polémico, discutible, angustioso. Lo leí, hace ya bastantes años por razones académicas. Cuando estaba desentrañando sus páginas debía frenarme una y otra vez para evitar toda analogía precipitada: era la época del dominio parlamentario del PSOE, la época en que convivían guerristas y felipistas, y yo veía semejanzas escandalosas entre la oligarquización de partido socialista español y el partido socialdemócrata alemán (que era lo que estudiaba, básicamente, Michels). Son épocas distintas, me decía. Son organizaciones diferentes, me insistía. Pero Michels no estudiaba un partido en contexto histórico: su propósito era, más bien, elaborar una teoría general de la oligarquía partidista, una tesis sobre la inevitabilidad de ese desenlace. Michels no tomaba una organización conservadora o de notables. Tomaba un partido moderno, integrador, entre cuyos propósitos estaba la ampliación de los derechos, el logro de los derechos políticos. El partido de masas está concebido como un instrumento de participación, de incorporación de la población anteriormente excluida, de integración de las ciudadanía con derechos. Eso leía yo en mis páginas de Michels. Ahora bien, el resultado era distinto. Lejos de ser una institución democrática, decía Michels, frena internamente la participación igualitaria y las libertades, las restringe.

.

¿Por qué razón? Por la necesidad del liderazgo: ante la imposibilidad de la democracia directa, ante la imposibilidad de hacer efectiva la voluntad general, se impone la delegación. Pero sobre todo se impone la selección de un líder que reúna cualidades carismáticas, capaz de imponerse de manera determinante, resolutiva: un líder, además, que sepa contrarrestar a quienes puedan hacerle sombra, a quienes se le opongan. El dirigente se forja en competencia, en un conflicto de suma cero, pero los congresos no son necesariamente el teatro de operaciones o el campo de batalla. En todo caso son la representación final, ya que el líder vencedor será aquel que haya sabido concitar previamente apoyos de militantes pero sobre todo de otros que le eran rivales. En un partido político siempre hay dirigentes potenciales: aquellos que ocupan puestos de responsabilidad tienen un aval simbólico y efectivo del que servirse. El líder que consiga sus objetivos ha de aunar o persuadir a la militancia, ha de dar cohesión a los integrantes de la organización, ha de lograr los apoyos de las otras instituciones intrapartidistas, pero sobre todo ha de ser un político que se extienda, que cautive a ciudadanos no afiliados. El partido de masas necesita ensanchar su influencia, precisamente para ganar elecciones. Hay dos opciones: o se convierte en partido totalitario que encuadra al conjunto de la población, que es lo característico del fascismo; o se convierte en partido catch-all (lo que en otro post llamábamos partido ómnibus), que es lo propio del sistema democrático. 

.

Pero el problema del liderazgo en época de Michels es ahora, en nuestro tiempo, más complejo. Este autor, que procedía de la socialdemocracia, simpatizó finalmente con el fascismo: ya que el partido de masas no puede ser democrático, hagámonos fascistas para así reforzar el liderazgo inevitable y carismático. El resultado de esa vía, ya lo sabemos, es desastroso: todo movimiento que espera sobrepasar la forma partido, que espera llegar a la democracia sin partidos, suele producir consecuencias pertubadoras, destructivas. El partido es un forma muy imperfecta, cierto, pero es una institución de la que no podemos desprendernos. Ahora bien, el partido y el liderazgo actuales juegan –porque la competición política es un juego con reglas– en un espacio público mediatizado: con los mass media presentes e interfiriendo, agrandando los efectos de las luchas intestinas, patrocinando a este o a aquel candidato. Por tanto, el partido ómnibus, que pretende conducir a todos los viajeros potenciales a un mismo destino, discurre por un camino que le marcan los medios de comunicación, un camino empedrado con señuelos. Eso introduce elementos contradictorios. Si a esto añadimos la voluntad de permanencia (usualmente un dirigente no se retira o quiere mantener su influencia), entonces comprenderemos mejor la situación tan conflictiva a que puede conducir la renovación del liderazgo.

.

Uf, qué cosas: sigo pesadamente académico y sigo sin ver respuesta a nuestras incertidumbres…

.

 

——————————————–

Variedades

 

Políticos retirados

 

Àngel Duarte propone la lectura de los clásicos para políticos retirados. ¿La lectura de los clásicos? Qué bella proposición. Pero, claro, impracticable. Un lector cuidadoso exige tiempo, demora, selección y un puntico de desorden. Tengo la impresión de que hay numerosos políticos que  se han habituado a leer ordenadamente el dossier de prensa que sus asesores les han preparado y… poco más. Dice Vargas Llosa en El pez en el agua que cuando estaba en campaña electoral acostumbraba a leer poesía al final de la jornada: una forma de mantenerse en forma. Ésa es la clave: mantenerse en forma.

 

Hace un par de años, yo acudía diariamente a un gimnasio. Para estar en forma, precisamente: jamás conseguí gran músculo… Allí me encontraba a políticos autonómicos y nacionales, preferentemente en activo, un repertorio de la nueva clase emergente local. Algunos de los presentes leían dossieres fotocopiados. Hubo un día en que quedé impresionado:  descubrí a don Eduardo Zaplana Hernández-Soro corriendo sobre la cinta. Yo leía novelitas mientras pedaleaba aupado a una bicicleta estática; el sr. Zaplana daba unas zancadas impresionantes, a gran velocidad, atendiendo incluso las llamadas telefónicas. Estuvo, por supuesto, más de una hora imprimiéndole mucho ritmo a su carrera. Parecía un atleta de veintitantos, sí. Hasta tal punto corría que llegó a darme  vértigo su velocidad. Yo, como soy de gran corazón, empecé a temer por el suyo: por su corazón, me refiero.

 

Ah, qué cosas. ¿Qué hará, ahora, don Eduardo? ¿Cómo llevará sus rutinas y ciclos, sus pesas y medidas? ¿Estará atendiendo a Telefónica?

El poeta y el historiador

13 Septiembre 2008

Muchos siglos después, aún podríamos repetirlo por enésima vez. “No corresponde al poeta decir lo que ha sucedido, sino lo que podría suceder, esto es, lo posible según la verosimilitud o la necesidad”, leemos en la Poética, de Aristóteles. En efecto, “el historiador y el poeta no se diferencian por decir las cosas en verso o en prosa”. En realidad, “la diferencia está en que uno dice lo que ha sucedido, y el otro, lo que podría suceder. Por eso también la poesía es más filosófica y elevada que la historia, pues la poesía dice más bien lo general y la historia, lo particular”.
.
Convendría matizarlo. La poesía trata de lo universal, de lo que siendo general acaba teniendo una dimensión bien particular, hasta incomunicable; pero la historia, que trata de lo individual, de lo irrepetible, aborda aquello que habiendo sucedido una vez acaba teniendo un efecto universal, público, moral. ¿Es así?
.
Por recomendación de Juan Planas, leo La avenida de la luz (2007), de José Carlos Llop, un bellísimo libro de poemas. El poeta es aquí de expresión diáfana: no oscurece el decir del sentimiento primero: lo que hace es nombrar sus tesoros y su desorden, las faltas y lo que soñó y ya no es, el repertorio de un individuo que recuerda. Escribe el recuerdo borroso y líquido: fluye su vida como el tiempo y fluye en la pantalla de cristal líquido, también llena de espectros, esos “fantasmas sin nombre”. Todo es tiempo y palabras, incluso en las lenguas muertas, “No como latín, arameo o griego: / nada de ellos, casi, se ha perdido”, ya que todos los días los pronunciamos. No: son otras las lenguas muertas: las babélicas con que la gente “se amó y odió, hizo la guerra, / se traicionó y puso nombre a las cosas, tomó ciudades, / construyó imperios y le habló a Dios”. Lo babélico, otra vez, que ya examinamos con Miguel Veyrat.
.
Los versos de Llop tratan justamente aquello que me interesa. O porque la voz poética que aquí se expresa me resulta próxima, prácticamente coetánea; o porque los graves asuntos cantados son preocupaciones esenciales que a mí también me acucian. Su lectura es, pues, el descubrimiento que estaba pensado para mí, para mis alegrías o mis desazones. Sorprendentemente, antes de llegar a esta obra, he perdido mucho tiempo leyendo libros que no me conciernen, que no me conmueven. Quien habla es alguien que está en la cincuentena, una edad que no es exactamente el “mezzo del cammin di nostra vita”, sino un estadio de la madurez cuya duración se ignora. Hoy, en nuestra época, quien tiene treinta años aún posee una eternidad de sesenta años por vivir. No así en otro tiempo: en el pasado esas edades eran ya las puertas de la senectud. Quien canta en este libro no sabe cuánta existencia le queda, incertidumbre que no se da igual en todos. Quizá por ello se refiere a su vida con la analogía del año vencido del que hacer arqueo, pero también como una suma de dones frágiles, muy sencillos, nada ostentosos, que no desaparecen y por los que sentimos gratitud: “He amado el sol de la mañana, / las calles cuando se despiertan / y lo mejor de ti y de mí / al margen del ruido del mundo o las heridas de la convivencia. / La compañía de mis hijos le ha dado a la palabra vida / a la palabra muerte un sentido / distinto. Y el paisaje del mar / una forma insistente / de pensar en imágenes, / o la rareza de ser insular”. Ser insular no es tan raro: es la condición del individuo, la de quien necesita de los otros, de su concurso, para poder escapar. La isla es el yo rodeado, con pertrechos suficientes, pero siempre amenazado.
.
El poeta no canta sólo lo que tiene, el botín. Nombra lo que no ha sido, lo que no se atrevió a ser. Ese yo potencial también es un repertorio de presentes que de los que hacer recuento. “Al salir de la librería, al otro lado / de la calle, me vi si hubiera optado / por vivir alejado de la poesía: leerla”. ¿Explorar el yo virtual? Bien pensado, “no es cosa rara verse sin ser / el que ves. No es visión del poeta, / sino algo que está en la esencia del ser”. Lo dijo Heidegger, lo dijo el filósofo: la palabra es la casa del ser, de ese ser del que el individuo es expresión limitada, parcial, finita, contingente: “ese yo que no soy y soy sin serlo”. Hasta el rostro nos desmiente: llegados a la cincuentena miramos nuestro semblante y confirmamos en qué nos hemos convertido, corroboramos que es la cara del que fuimos y del que no somos, del que sumó y del que perdió. “Miro mi rostro en una piscina de agua verde, / con hojas de bronce húmedo y un sapo / de jade que nada indiferente. Miro mi rostro / que no soporto y es otro, como la ciudad”, esa urbe tampoco la reconoce tal cual, “esta ciudad que fue mía / se deshace ahora ante mí / como si fuera de arena. / El tiempo ha desfigurado / el rostro de mis amigos / y ninguno me reconoce”, habitante de una ciudad que no es la que él recuerda haber vivido o anhelado.
.
¿Angustia? Es algo común: “nosotros sólo somos arena en el cosmos / y en el horizonte, el resplandor de la tormenta”. Quien canta está en esa edad de balance, “añoranza de la juventud”. Comprueba: “pasan los años: yo sólo recuerdo”, afirma. “Llegando está la hora de las renuncias. / Mi cuerpo está hecho de pasado / y el presente es agua entre las manos: / se escapa demasiado rápido”. Pero, como la vida puede sentirse como ese arqueo de bienes y dichas, la muerte no es fatalidad temprana: no llega mientras se den lo cotidiano o aquel recuerdo gozoso, el descubrimiento de lo anal, de lo sexual, de la carne, “ su trémula densidad”. Oponemos dique y contención taponando los orificios con los pequeños dones. La muerte aún no llega. “Y eso aún no. Lo niegan la luz del día, / el silencio de la noche en tu casa, / los que amas y te aman, pese a ser / como eres y por ser como eres”.  Pero a esa edad, los hijos reemplazan a los padres, y la vida es ya “el lugar del hijo”: los padres se van debilitando, consumiendo y es entonces cuando “me pregunto, quiero decir, / por la parte de mí que se muere / con ellos, o que ya ha muerto”. No vamos muriendo, sí, “Y en el destino está asumir / que por razón que tengas / jamás te va a servir de nada, / y que es el Tiempo quien concede / los plazos de lo que es verdad / y lo que no en la mente de los hombres”.
.
Por eso, “Elegía” es el poema que expresa el dolor y la necesidad de sobrevivir a la muerte del padre, el poema en que, siguiendo a Zagajewski, “intenta celebrar el mundo mutilado”. Ese propósito es la cifra y el compendio de la vida, de la pasada y de la que está por venir. El mundo siempre está mutilado, es existencia de muertos que han dejado vestigio, huella de su paso: un atisbo material, pero también ese legado inaprensible de los linajes, de los patrimonios heredados. Por eso, dirigiéndose al padre, el poeta dice otra vez y quedamente: “intento celebrar el mundo mutilado sin ti”. Un mundo mutilado de muertos siempre presentes que no pudieron cumplir su vida insuficiente. Esa vida insuficiente siempre la tratan los poetas, todo escriba que quiera nombrar para exhumar. “Soy el escriba de una ciudad que no existe”. Eso es el pasado, lo irrecuperable propiamente.
.
En eso se parecen el poeta y el historiador: ambos se adentran en un pasado ya desaparecido. Pero el poeta se aventura por una ciudad fabulada, fabulosa. “No hay estatuas: piedra y lápidas / son vivienda para los vivos y los muertos, / mas no para honrar la memoria efímera / de lo que ha sido y sólo es en el recuerdo / de los que lo conocieron…” ¿Es eso el pasado? “La historia es cementerio de dinastías olvidadas: / aquí no somos víctimas de los tiranos / y la maledicencia es sólo un juego más / cuando el cielo se oscurece y luego llueve”. El poeta se permite eso, ¿pero y el historiador? No sabemos, no podemos ser sólo expresión de los muertos. El poeta es un descifrador de lo dicho, de lo ya dicho; en cambio, los historiadores se alejan del documento, no recitan ni glosan. Añade el poeta-escriba: “Mi oficio son las cartas de los que no saben / decirse. Descifro sus emociones y relato / sus sentimientos. Y esas emociones / y esos sentimientos son entonces los míos. / Nunca cobro por mi trabajo: agradezco sus encargos, que me permiten sentirme vivo”. El historiador cobra por su oficio público; pero quiere elevarse friamente por encima de sus emociones; relata, sí, aquellos sentimientos de los muertos, ay, pero su palabra no es sólo la carta exhumada o el documento emocional que fue versión del pasado. Por eso, yo historiador, leo a los poetas. Para emocionarme.
.
La emoción es movimiento, que no mera sacudida. Ya lo dije en cierta ocasión y lo repito: un historiador italiano, Giovanni Levi, señalaba que siempre lee a los colegas esperando oír “i rumori di cervello”, los ruidos que producen los engranajes del pensamiento. O, en otros términos, lo mejor de la escritura, de toda escritura, es el acto de poiesis: el proceso de restitución de lo perdido, el proceso de intervención. Es ésta una tarea que implica una pesquisa, un rastreo, un descubrimiento de pistas, una puesta en orden…, que es lo mismo que postular un significado. Poner en orden no es agotar el sentido de lo escaso (lo presente o lo pasado documentado), sino trabar relación entre lo disperso o lo roto o lo fragmentario. Los poetas llevan haciendo eso desde el principio. Los historiadores…, lo intentan.
.
Frente a lo que muchos creen, los historiadores no son portavoces de lo irrepetible, de lo singular, del acontecimiento. Ojalá. Pero tampoco se dedican a lo general, siempre inerte. El caso del poeta es distinto, al menos de entrada. Aunque el yo siempre es oscuro, el poeta puede sondear sus vestigios personales para finalmente expresar lo que no tiene parangón, que es la vida individual, consumida con lo realizado pero también consumada con lo frustrado, con esas existencias potenciales que no se han dado. El historiador acude a un archivo (o a unas fosas que se exhuman). Encuentra allí restos, algunos clasificados o fácilmente clasificables: reconocidos o reconocibles, identificados. Pero eso que encuentra no es la vida. Piénsese en el catálogo de un archivo bien ordenado:  es, en parte, un cementerio en el que lo pasado está efectivamente inerte, en el que todo es carente y escaso. ¿Qué hace? O, al menos, ¿qué debería hacer ese historiador cuando encuentra vestigios? Por supuesto, dedicar muchas horas de su vida a identificar a los muertos reales o metafóricos que allí están. Exhumar, pero sobre todo reconstruir la biografía, que no es meramente fijar las intenciones del antepasado. En primer lugar, lo que sabía o pensaba el muerto, pero también lo que el antepasado no podía saber…
.
Blogsfera:
Lecturas, afinidades y discrepancias:  Àngel Duarte 1, 2.

Roma y Cartago

10 Septiembre 2008

Todos empezamos alguna vez como colegiales. Con el inicio del curso se repiten los temores y las expectativas. Aquí al lado, en un blog vecino –el de Berta Chulvi, que acabamos de descubrir, se detallan esos momentos que preceden a la primera clase, al primer día de lección.
Todos rememoramos esta o aquella circunstancia. Me recuerdo con diez años oliendo -o, mejor, olfateando- los libros escolares. Ilustrados, nuevos: sus páginas despedían un perfume que a mí me embriagaba. El milagro duraba un mes. Más o menos. Si los trasegaba mucho, el hechizo se desvanecía inmediatamente, pues los libros perdían su novedad, su olor: envejecían y me desengañaban. Era una contrariedad, desde luego, pero la promesa de un curso venidero me hacía confiar en la repetición de ese milagro aromático.
Todos atesoramos recuerdos escolares, esa infancia colegial en la que descubrimos las virtudes y las maldades humanas, la competencia y la camaradería, el miedo y el servilismo, las capacidades y las incapacidades. Las propias y las ajenas. Uno se hacía el firme propósito de empezar bien, de llevar las libretas al día, de colorear con lápices distintos las lecciones aprendidas. Pero siempre sucedía lo mismo: acababa incumpliendo mis planes, mis promesas, esas exigencias de orden a las que –y con las que– ceñirme. Transcurridas pocas semanas, los cantos de los cuadernos ya estaban algo desportillados, los libros habían perdido su lustre original y el filo de sus páginas estaba mugriento, con roña excesiva.

Todos recordamos a nuestros condiscípulos. Tan decepcionantes como los manuales eran los compañeros. Mi infancia escolar es la fatalidad de estudiantes repetidos según tipos o moldes y predecibles (yo mismo, entre ellos): cada cual parecía obligado a asumir un papel, a desempeñarlo. Estaban los fuertes, los musculosos, que eran quienes capitaneaban los inevitables equipos de fútbol; estaban los débiles, los patosos, que eran desechos atléticos; estaban los bordes, esos malasombras… Etcétera.

Todos podemos rememorar aquellos años de aprendizaje, pero no todos podemos relatarlos valiéndonos del arte, de la imaginación. No basta con tener esos recuerdos: puestos a contar literariamente ese pasado, hay que reelaborarlos para darles su cifra y su misterio, para extraer de ellos una lección: sin énfasis, con sutileza. Coincidiendo con el inicio de curso escolar he leído, por fin, El informe Stein, de José Carlos Llop. Digo por fin porque la novela tiene trece años y sólo ahora me hecho con un ejemplar: azares de un lector desordenado, qué quieren. La obra de Llop es ya un libro de culto, una nouvelle de aprendizaje, que ahora reedita RBA. Acaba de recibir un prestigioso galardón. Les recomiendo vivamente su lectura (o su relectura). Apenas sobrepasa las noventa páginas y eso, para mí, no es un mérito: detesto las novelas anémicas. Pero ésta no es una novela anémica: es un relato con las páginas que tiene que tener la rememoración de la infancia, de la primera pubertad. Contar la adolescencia en setecientas páginas es, seguramente, una ofensa que se le inflige al lector. Narrar esa etapa en un centenar es una cortesía. Pero no se engañen: El informe Stein no son unas memorias o una autobiografía. Es novela y, por tanto, el autor recrea experiencias propias de su etapa colegial hacia 1968 valiéndose de la imaginación, de la invención literal: sirviéndose también de una amplísima tradición que va de Robert Musil a Mario Vargas Llosa, de Marcel Proust a James Joyce.

Todos podemos contar el pasado escolar: por ejemplo, aquella competición que llamábamos Roma y Cartago, esas batallas que el profesor de Latín nos organizaba para acicatearnos. Todos podemos contar, ya digo, pero no todos podemos hacerlo con arte: menos aún sabiendo compendiar las grandes angustias a las que cada individuo debe hacer frente en esa edad. ¿A qué angustias me refiero? No voy a diagnosticar (no soy competente), pero me permitirán enumerar algunas, algunas muy frecuentes entre quienes fuimos escolares por esas fechas y en todo tiempo.

1. La rivalidad entre los condiscípulos, la organización académica de la competencia en un colegio religioso. Leo en esta novela: “Caballeros –el padre Ribas siempre nos llamaba caballero–, a mí me gustan las naumaquias (…). A lo largo del curso cada uno de ustedes tendrá una flota”.

2. El enigma de los nuevos (“Guillermo Stein llegó al colegio a mitad de curso…”), portadores de un pasado ignoto: “Mi padre fue amigo del conde Ciano y yo soy agente secreto de Su Santidad”.

3. La necesidad de aventura, las fantasías compensatorias: “Y Stein parecía darse cuenta de que yo quería vivir en un relato de Kipling cuando fuera mayor y a mí me daba la impresión (…) de que él ya vivía en un relato de Kipling o en un pasaje de Chesterton”.

4. Los sueños lascivos del adolescente, la carne vista o entrevista: “la cama olía a almendras amargas, no a meado de gato, y yo aún sentía entre mis dedos la piel de Paula Stein”.

5. La necesidad de ver y de conjeturar lo poco que se ve: “buscábamos paseantes con aspecto de sospechoso y les inventábamos una historia”.

6. El secreto, la novela familiar, la lejanía de de los padres, la falta o el despego (“Mis padres eran postales color ámbar”), la ignorancia.

La fotografía de la sobrecubierta es de Henri Cartier-Bresson. Es enigmática y a ella alude el narrador, Pablo Ridorsa. En la página 38 de esta novela se describe la escena de dicho retrato. Está fechado en Singapur y, por lo que parece, éstos que aquí vemos son los padres… del narrador. ¿Del narrador? Muerto de ganas, lleno de nostalgia, enfermo de ignorancia, Ridorsa habla de ellos. Nadie conoce a nadie. Lean esta novela y verán lo que es bueno. Si no pueden leerla,  si no pueden olfatearla, contemplen al menos su bellísima sobrecubierta, esa fotografía: “En ella mi padre llevaba un traje claro, de hilo, y una corbata desanudada sobre la camisa blanca. Estaba consultando un plano, con la cabeza gacha y el ceño fruncido. Mi madre, a su lado, llevaba un vestido flores…

La escasa información agrava las cosas, aumenta la cantidad exacta de lo que no se sabe y nos desconcierta. No es magra lección.

 

 

Compromiso y distancia

8 Septiembre 2008

1. La Guerra y nosotros. Lo fácil sería decir que es pura, puritita coincidencia. Se estrena Los girasoles ciegos (2008), de José Luis Cuerda, y prácticamente a la vez Baltasar Garzón pide información para censar a quienes fueron víctimas de la represión franquista. Pero no, no es el mero azar. Más allá de que aprobemos o no las acciones del magistrado, hay un momento, un contexto que une al juez con el film. Las circunstancias no son mera chiripa y un hecho forma parte de una cadena de hechos con significado común. Sorprende que tantos casos insepultos o tantos cadáveres sin identificar estuvieran pendientes. ¿Treinta años después hemos de ajustar cuentas con el pasado, con ese horror? Juan Planas expresa su extrañeza por este prurito moral que ahora nos ha dado, por las fosas, por los muertos. Aquí ya lo tratamos en una ocasión anterior a partir de una película documental titulada Santa Cruz, por ejemplo… (2005), de Günter Schwaiger y Hermann Peseckas,  un film que amablemente me remitió Ana Pavlova.

Comparto la sorpresa de Juan Planas, pero a la vez pienso en los hijos y en los nietos de las víctimas. Yo no tuve abuelos o padres sacrificados o represaliados en este en aquel bando o en la inmediata posguerra. Mi familia sobrevivió adaptándose al Régimen, formando parte de lo que se llamó el franquismo sociológico. Me libro, pues, de la herida abierta o personal que a tantos duele directa o indirectamente, pero ese hecho –que yo me libre– no permite escandalizarme por la pesquisa o por la inquisición que emprenden quienes se viven como damnificados. No es preciso invocar la memoria, fuente de contradicciones frecuentes. Creo, sin embargo, que debemos restituir a cada uno en su sitio.

Leí Los girasoles ciegos y en 2005 escribí unas palabras sobre ese libro sobrecogedor. Me sigue pareciendo un logro verbal, de un lirismo grave. Ahora quizá corremos el riesgo de agigantar el efecto de dicha obra: o por su excepcionalidad o por circunstancias ajenas al volumen. Tres o cuatro artículos de este fin de semana aludían a la versión cinematográfica o al libro del que procede la película. Antonio Muñoz Molina, por ejemplo, se distanciaba de este contexto para reivindicar otras novelas sobre la Guerra Civil que no son de ahora. Le sobra, quizá, algún aspaviento o generalización, pero comprendo lo que el autor jiennense decía. Hay una larga serie de ficciones publicadas tiempo atrás que han dignificado a las víctimas. No es preciso esperar hasta ahora. Igual que no es preciso limitarse a la ficción. También los documentales nos han enseñado lo que pretérito es y aún cuenta. El pasado mes de agosto pude asistir al preestreno absoluto de Hollywood contra Franco (2008), de Oriol Porta.

—————

2. Franco y nosotros. Hollywood contra Franco es un largometraje documental que directa o indirectamente trata el principal asunto del siglo XX: no el de la Guerra Civil Española, sino el de la potencial conversión de todo conflicto en guerra civil. No le sobra ni un minuto de metraje, todas las imágenes están plenamente justificadas y si hay algo reprochable en su desarrollo y montaje es que no haya más tiempo para recrearse aún más en el avatar personal y en el contexto histórico. No peca en ningún momento de didactismo ni tampoco deja las cosas por sabidas. No establece fáciles camaraderías con el espectador y no hace proselitismo. No hay guiños comodones ni tampoco superioridad moral del director. La suma de imágenes es exacta: este documental nos muestra filmaciones propias y clips de películas clásicas. Estos clips hay que tomarlos como retales con los que el director hace un nuevo tejido narrativo. No hay saltos injustificados ni incongruencias.

Se rescata la vicisitud de un personaje que siendo hijo de su tiempo supo, sin embargo, hacerse a sí mismo como individuo peculiar y heroico, un individuo que se obstinó en elegir su vida por encima del destino que se le tenía reservado. Para ello debió hacer frente a las injurias de la historia y de los contemporáneos, de sus compatriotas. Con ser excelente la documentación del film, irreprochable desde el punto de vista histórico, lo mejor es el punto de vista con que el relato se cuenta: el relato personal y las declaraciones recogidas son fragmentos de un todo que se reconstruye en el montaje mismo del film. El director no incurre en moralejas o en ajustes de cuentas. Hemos de agradecerle, pues, que evite la arrogancia tan común del biógrafo sabelotodo: la jactancia de quien ha vivido después sintiéndose capaz de juzgar los errores o los empecinamientos del biografiado. De hecho, el film no es una biografía: es un ejercicio de microhistoria. Microhistoria no quiere decir algo pequeño o irrelevante, sino un caso en el que observar los retos humanos, un ejemplo en el que apreciar la respuesta del individuo ante las necesidades comunes o inauditas. 

Ésa es la historia de Alvah Bessie que aquí se cuenta. ¿Pero cuál es ese asunto principal del que hablaba al principio? La conversión de todo conflicto en guerra civil, ya digo. Desde el punto de vista del derecho, una guerra civil es algo más grave que un choque entre potencias rivales. Mientras los enemigos vecinos, mientras los Estados rivales aún se reconocen legitimidad territorial, al enemigo se le concibe propiamente con derecho y con derechos. Cuando el enfrentamiento funciona como una guerra civil, entonces la principal operación de combate es deslegitimar completamente al contrario: quitarle todo derecho, reducirlo al derecho particular del oponente.

La película nos narra la historia de Alvah Bessie, guionista de Hollywood, brigadista en España, comunista norteamericano. Pero nos narra también el efecto de esa acción, la consecuencia que esos hechos tendrán en su propio país para quien los protagonizó: estigmatización, persecución al acusársele de actividades antiamericanas. De héroe pasa a ser traidor, sospechoso de una felonía política; de estadounidense solidario a antipatriota que trabaja para el enemigo cuando el enemigo es el comunismo. Ya lo dijimos tiempo atrás. En la guerra del siglo XX, la categoría del enemigo adquiere un sentido nuevo y particular. En el conflicto de antaño, en las viejas guerras tipificadas por Karl von Clausewitz, al adversario no se le extermina por principio: se le desarma. Eso, como principio. Hay que evitar su poderío y su potencial amenaza, pero no hay que hacerlo desaparecer: hay que reducirlo hasta que deje de ser una amenaza, precisamente. Perdóneseme el tópico: la representación clásica de esa forma de conflicto es La rendición de Breda, de Velázquez. Se pone fin a una batalla como caballeros y entre caballeros. En cambio, en la guerra total del siglo XX, el sentido es otro. En época contemporánea y, especialmente, desde 1936, toda guerra es o acaba siendo una guerra civil: un choque entre los propios y los que dejaron de serlo, entre los compatriotas y los antipatriotas. En ese caso, a los enemigos ya no les asiste el derecho, pues son rebeldes, traidores, felones…

“Cada guerra adopta así la forma de la guerra última de la humanidad”, decía Carl Schmitt en 1932. “Y esta clase de guerras son necesariamente de intensidad e inhumanidad insólitas, ya que van más allá de lo político y degradan al enemigo al mismo tiempo por medio de categorías morales y de otros tipos, convirtiéndolo así en el horror inhumano que no sólo hay que rechazar sino que aniquilar definitivamente”: por ser malo y feo además de enemigo, de hostis. “El enemigo ya no es aquel que debe ser rechazado al interior de sus propias fronteras”, precisa Schmitt. Alvah Bessie, que era un patriota y un estadounidense solidario, según él mismo se veía, acaba convertido en un hostis siendo sometido un trato de una “intensidad e inhumanidad insólitas”, ya que van más allá de lo político al degradarle, al convertirle en enemigo propiamente moral.

La historia que Hollywood contra Franco nos cuenta es ésa y su pequeña –o gran vicisitud— es el paradigma de lo ocurrido en el siglo XX, de lo que, por ejemplo, nos cuenta Jonathan Glover en Humanidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX. Lo que sucede a miles de kilómetros ya no nos puede resultar indiferente, hemos de afrontarlo, pero sólo unos pocos idealistas se toman en serio esa evidencia saltando por encima de la comodidad personal. Lo que ocurre a miles de kilómetros de distancia no sólo tiene efectos locales: tiene consecuencias distantes por las que pagamos un precio. Lo trató Carlo Ginzburg en uno de los capítulos de Ojazos de madera: “una bomba que mate a cientos de miles de personas puede producir remordimientos en quien la ha lanzado” ¿Por qué habría de producirlos -se pregunta Carlo Ginzburg- en personas comunes que están lejos, gentes a las que no se les puede imputar directamente la acción?

Contrariamente a lo que creemos, distancia y proximidad son nociones ambivalentes y de la lejanía física no tiene por qué derivarse una falta absoluta de piedad. Alvah Bessie fue uno de esos seres morales (y no sólo políticos) que saltó por encima de la distancia sintiéndose implicado con la humanidad, uno de esos tipos comprometidos que no quiso quedar indiferente ante la inhumanidad. El siglo de la comunicación de masas le permitió enterarse, forzando su compromiso.  Las imágenes espantosas que servían los noticiarios que él veía subvertían la noción de lo cercano y lo lejano habituándole a tratar con seres extraños, distantes, con acontecimientos ajenos que irrumpían en su vida: ya no hay distancias. O, mejor, su marcha como brigadista le hace saltar la última distancia que queda sintiendo el ultraje franquista como una herida propia. Él está en guerra. Por el contrario, quien vive aliviado por la “la distancia”, opone Glover en otro pasaje de su obra, “no sólo reduce la simpatía. También reduce el sentimiento de responsabilidad”. No sólo eso: “al debilitar la repulsión emocional facilita el acto” a quien lo comete y facilita la desatención moral del espectador que no ha provocado personalmente el hecho atroz. Aquel que se escuda en la distancia puede vivir en la fantasía de que todo aquello que sucede en España no le concierne: por falta de responsabilidad directa. Es la indiferencia moral, es el retraimiento y es la ceguera voluntaria de aquellos compatriotas de Bessie o de otros europeos que quisieron seguir ajenos al espanto, al horror y a la muerte. Confortablemente instalados, ¿por qué deberíamos incomodarnos por algo que no hemos hecho, por algo que no tiene remedio, por algo que no sucede exactamente a nuestro lado?

La película muestra el temple heroico de Bessie: no tanto por su condición de brigadista, cuanto por su condición de resistente. Alvah fue alguien que supo oponerse a lo común, a la evidencia supuesta de la cosas, a lo que el destino, la fatalidad o el azar le tenían preparado. Supo remontar la corriente alistándose cuando muchos jóvenes no lo hacían y supo mantenerse firme cuando el Comité de Actividades Antiamericanas irrumpía en su vida, supo sobrevivir en un medio hostil y supo aceptar los efectos de sus decisiones. En pocas palabras, actuó como individuo responsable. Pero no era un sectario más. No era un militante obediente del Partido Comunista: supo abandonar sus filas cuando juzgó irrecuperable dicha organización.

Quizá en el film falte algo de autocrítica: tal vez la crítica de quien se supo un resorte más del engranaje comunista alentado por los soviéticos. Pero, a la postre, también aquí, el director evita la arrogancia de quien juzga a distancia y con el lapso de varias décadas de distancia. El punto de vista del autor está focalizado y, por tanto, es el propio Bessie quien se salva o se condena. A los héroes hay que pedirles clarividencia, discernimiento, coraje, generosidad, a la hora de tomar decisiones; no les vamos a pedir distancia, encima…: esa distancia que a nosotros nos salva para alivio general.

———

Hemeroteca

1. Reseña de Justo Serna sobre El bolso de Ana Karenina, de Anna Caballé, en Ojos de Papel, septiembre de 2008.

2. Reseña de Francisco Fuster sobre Paseos por Londres, de Flora Tristán, en Ojos de Papel, septiembre de 2008.

———————-

Miércoles 10 de septiembre de 2008, nuevo post a las 14 horas.

¿Qué miras?

5 Septiembre 2008

0. Aquí me tienen. Sí, en efecto, aquí me tienen de nuevo. Observen el retrato que me ha hecho Monigote. Me hizo posar entre las flores, entre plantas y árboles. Como si estuviera oculto, saliendo de entre la maleza. Así es. Siempre que estamos disfrutando de unos días en la Serra d’Aitana, él me retrata con ese decorado: con algo de umbría, como si estuviera de incógnito, como si mi imagen la hubiera capturado de improviso. Me hace emboscarme tras hojas y tallos, entre tímido y dudoso y defensivo. En algunas ocasiones, la imagen expresa alegría, sonrisa franca; en otras, mi aspecto refleja estupor. Es el caso del retrato que ven. Miro, sí; pero miro con duda, con aturdimiento incluso. Quizá Monigote ha sabido observarme sin miramientos, precisamente; quizá ha sabido captar el estado de ánimo que las flores, la pose o el bronceado no ocultan, pues los ojos que ustedes ven muestran a un tipo desconcertado, sorprendido y temeroso: prematuramente envejecido, con una calvicie irreparable, con unas arrugas que ya roturan su piel. Acostumbro a retratarme sonriente. No digo cheese ni treinta y tres: fuerzo la impresión riéndome, que es el modo de aparecer menos apergaminado. No sé. Esta vez, la boca escueta no nos permite ver los dientes. El resultado es inapelable. Mi rostro expresa algo de azoramiento, un rictus triste, muy distinto del que ofrecía el turista que se retrataba en julio: desenvuelto, seguro, sin reparos.    

Pero no entiendo: no entiendo por qué ahora Monigote me capta así. Un agosto en Alemania, en Requena, en Santander y en la Serra d’Aitana me ha dejado bien preparado para regresar a Valencia y a la rutina. Insisto: no sé qué es lo que Monigote distingue que yo no consigo ocultar. Pero dejemos esta herida narcisista, la efigie desvaída de uno mismo, y pensemos en lo fundamental. Ese tipo que aquí aparece mira, observa, se esfuerza por ver. ¿Y qué es lo que ve? Y ustedes, ¿qué es lo que ven o han visto?

—————–

2. Turista estoico

A la vuelta de las vacaciones, el blogger amenaza con contarnos sus vacaciones, sus vivencias estivales. No estaría mal si así lo hiciera, pues siempre hay algo original cuando el yo se desplaza: siempre pasa algo. Pero convendrán conmigo en que el turismo no suele reportarnos experiencias inauditas o conocimientos insólitos. También en verano los periódicos adelgazan. Hablando de turistas, admitiremos en fin que las guías ya están editadas, los periplos ya están programados, los lugares a visitar ya se conocen de antemano y, a la postre, regresamos a casa, aliviados tras el esfuerzo viajero, la estancia playera o el retiro rural. Regresamos a casa. Uf, una catástrofe aérea nos conmueve haciéndonos ver lo que no queríamos reconocer: que todo puede perderse en un instante, que nuestras vidas penden y dependen, que la civilización es una defensa contra las ofensas del azar.

Pero el turista renuncia en principio a contar lo que ha visto, pues admite que es impúdico empezar así la temporada: con un álbum de fotos que mostrar a los amigos y vecinos. Al blogger que ha hecho turismo le da reparo hablar de sí mismo, con un yo que sólo se atreve a mostrar en caricatura, ya ven. Más aún, quiere profesar lo que Fernando Pessoa dijo –le hizo decir a Álvaro Coelho de Athayde, barón de Teive–: “la dignidad de la inteligencia está en reconocer que es limitada y que el universo existe fuera de ella. Reconocer, con disgusto o no, que las leyes naturales no se someten a nuestros deseos, que el mundo existe independientemente de nuestra voluntad, que el hecho de estar tristes nada demuestra sobre el estado moral de los astros, ni siquiera de la gente que pasa por delante de nuestras ventanas”.

Estas palabras proclaman un antinarcisismo muy conveniente: son palabras de uno de los heterónimos de Pessoa y expresan también un estoicismo que el blogger quiere profesar de vez en cuando. Ustedes me perdonarán ser así de lacónico.

  —————–

3. Microrrelato

Bruma

—————–

4. Hemeroteca

1. Reseña de Justo Serna sobre El bolso de Ana Karenina, de Anna Caballé, en Ojos de Papel, septiembre de 2008.

2. Reseña de Francisco Fuster sobre Paseos por Londres, de Flora Tristán, en Ojos de Papel, septiembre de 2008.