JulioCortazarAGalvez0. Caminar y mascar chicle. Con frecuencia me veo  obligado a caminar y a mascar chicle a la vez, dos tareas que nada tienen que ver entre sí y que te exigen operaciones bien distintas. En ocasiones, incluso, me veo forzado a pensar y a mascar goma. Es vertiginoso, no crean.  En mi caso, eso significa escribir sobre una cosa y leer sobre otra, mientras absorbes los sabores neutros del chicle. 

Labores  diferentes realizadas a un tiempo te crean un leve estado de confusión, un pequeño aturdimiento. Los seres humanos, decía Herbert Simon, carecemos de una racionalidad olímpica de la que servirnos. Olímpica: ¡quién pudiera! Sólo disponemos de una razón limitada, o de una ración limitada, bastante corta, la verdad: no podemos atender a varias cosas a la vez. A poco que lo intentes te despistas. Por eso, los trabajos importantes no los hacemos simultáneamente, sino sucesivamente: ahora una cosa, luego la otra; ahora camino, luego masco chicle; ahora la goma, luego el pensamiento.  O, cuando me atrevo, estiro el pensamiento-goma hasta hacer un globo, dos globos, tres globos. Bueno, o eso creo.

Y así estoy, hinchando globos y moldeando no sé qué: ahora Papeles inesperados, de Julio Cortázar; luego El Valle de los Caídos, de José María Calleja. ¿Y qué tienen que ver entre sí el narrador argentino y el monumento franquista?  Nada, por supuesto. Sólo el azar o el puro capricho han querido que lea y escriba sobre temas tan dispares en un tiempo vecino y sucesivo: abandonándome al placer de lo arbitrario. ¿Indisciplinado? No, por favor…  De todo se cumplen aniversarios comunicantes, números redondos que te invitan a leer, a releer y a pronunciarte.

Hace veinticinco años murió Julio Cortázar; hace cincuenta se inauguró el Valle de los Caídos. Hace medio siglo nací yo en un Hospital Católico (así se rotula ahora). El primero es un monumento de las letras; el segundo es un monumento de la imaginación kistch. Del primero escribo una reseña; del segundo leo un ensayo periodístico que utilizaré en una conferencia. Para sellar esta tarea contradictoria, para amalgamar lo distinto, me he procurado una divertidísima argamasa: la celebérrima Historias de cronopios y de famas. He procedido a releer esas páginas del Cortázar mas chistoso para ver si encuentro solución.

¿Recuerdan la primera parte, la titulada “Manual de instrucciones”? Un manual con el que sobrellevar las circunstancias banales. Busco en ese capítulo por si hay instrucciones para escribir o para vivir, que al final no son tareas tan contradictorias. No las veo exactamente, aunque –ahora que lo pienso– en Cortázar todo es un código para escribir viviendo, o para vivir escribiendo. En Cortázar hay instrucciones para llorar, para cantar; normas sobre la forma de tener miedo; reglas para entender tres pinturas famosas, para matar hormigas en Roma, para subir una escalera, para dar cuerda al reloj.

Faltan instrucciones, y la arbitrariedad de las normas que Cortázar finalmente recoge me recuerda la clasificación animal que Jorge Luis Borges postuló en uno de sus cuentos. Se trataba de una taxonomía imposible. Michel Foucault la celebraba al comienzo de Las palabras y las cosas. Borges le había provocado una conmoción, una conmoción del pensamiento y de la risa: justamente lo que sintió el creador del chicle cuando observó su producto. Intentemos enumerar esas instrucciones que Cortázar no nos proporciona. Imaginémoslas. No garantizo nada: puede que el resultado sea tan absurdo como el que Borges ideó. Yo, por mi parte, lo pienso modestamente: para mis alumnos, de quienes estoy acabando de corregir trabajos; y para mis amigos, que tienen la caridad de leerme a pesar de los rigores veraniegos.

1. Instrucciones para escribir. Vayamos, pues, con ellas.

Primera. Observe todo lo que sucede a su alrededor. Con ojo clínico o crítico o cítrico. Nada es lo que parece ser. Mírelo de cerca y exprima su imaginación; luego, aléjese: distienda los músculos del ojo. Postule el entorno de lo que ve, ese círculo menor. Imagine un contexto más extenso, el amplio mundo del que forma parte. Cierre los ojos. Ha de sentir algo de miedo, una inquietud. Aventure un significado.

Segunda. Lea todo lo que tenga a mano. Los prospectos farmacéuticos, los insertos publicitarios, los rótulos callejeros, los libros de los amigos, los artículos de los enemigos, la novela que no entiende, el poema que le arrebata. Todo ello, a la vez: sin hacer ascos. Fíjese en la letra pequeña. Utilice lupa: descubra la prosa absurda de la vida.

Tercera. Escriba inmediatamente. Lo que se le antoje: un aforismo o una rutina, un esquema o el resumen acabado de una idea. ¿Y dónde lo escribo? En el reverso de un boleto, de la lista de la compra, de un papelillo, de un cuaderno de campo. En el notebook. Esto es muy  recomendable: lleve, siempre que pueda, una libreta chiquitita, de poco peso. No se preocupe por el orden. La sintaxis y el sentido vendrán después.

Cuarta. Discuta con sus amigos lo que lleva escrito. Sus ocurrencias, sus obsesiones, los enunciados y  los esbozos. Ideas sueltas, vaya. No les lea lo redactado. Reformule la expresión oralmente. Espere a ver cuál es la reacción de las amistades. Si les parece absurdo, es probable que tenga interés. Si lo juzgan nuevo, increíble, rompedor, es posible que sólo sea una estupidez.

Quinta. Documéntese sobre las cosas que le interesan. No sea haragán, no se conforme con las repeticiones. ¿Va usted a reiterar lo ya sabido, lo ya dicho, lo ya pronunciado? Sea audaz. No es preciso informarse de todo lo que se ha escrito sobre ese asunto. Observe y lea con intuición, admitiendo que no podrá agotar todo lo sabido o lo dicho o lo pronunciado. Entre la erudición demente y el tópico perezoso hay un saber informado y  limitado.

Sexta. Escriba para gentes desinteresadas. Ya se va a sentar a poner en orden todo lo recopilado, todo lo que le ha ocurrido o se le ha ocurrido. No redacte pensando en personas a quienes ya tiene ganadas. Escriba para gentes que carecen de todo interés: usted mismo antes de que el tema le arrebatara. Deberá persuadir al desmotivado, al ignorante y al documentado. De entrada, nadie está a favor suyo.

Séptima. Escriba para gentes extrañas. Redacte sin dar nada por supuesto, sin aceptar la evidencia de lo que dice. Quien le lea es probable que no tenga las referencias que usted ha reunido; es posible que no tenga los conocimientos básicos que usted da por descontado. No escriba para adeptos o convencidos, sino para salvajes o nativos de otras tribus.

Octava. Esmérese con las formas. No hay forma y contenido. Hay el contenido de la forma: no aspire a la bella prosa, sino a la comunicación eficaz. ¿Eso qué significa? Que estamos rodeados de rutinas expresivas, de topicazos verbales, de frases hechas, de ideas arruinadas y aceptadas. Sorprenda a su interlocutor. Porque así ha de tomar a su destinatario: como alguien con quien dialoga en términos refinados. ¿Y por qué refinados? Porque lo basto es impreciso, romo, insuficiente, escaso. ¿Es ése su retrato?

Novena. Escriba un primer esbozo o borrador sin libros, sin artículos, sin red. Usted se ha documentado abundantemente; ha analizado con detalle; ha anotado pensamientos y ha registrado observaciones. Un resto importante de todo ese material está en su cabeza. Con esos materiales recordados ya puede escribir. No se ciña a la literalidad de los textos que ha reunido: así evitará el bloqueo. Después ya mejorará y corregirá.

Décima. Escriba como si hubiera un toro a punto de empitonarlo. En esta fase no se consienta tranquilidad alguna; no se permita la pereza de quien mañana lo puede hacer mejor. Presuntamente. No está nada claro que usted lo pueda hacer mejor. El miedo a la página en blanco es, muchas veces, una falsa impresión de omnipotencia.

Undécima. Pásele a un amigo o conocido lo escrito, aún en esbozo. No busque su aprobación, el mero asentimiento, sino el escrutinio  severo. El escrutinio amistoso y leal. Quien lea su escrito le recomendará cambiar esto lo otro; detectará ambigüedades; advertirá erratas o confusiones. Quien le lea amistosamente no le envidiará: se sentirá honrado con su deferencia. Y usted con su cortesía.

Duodécima. Lea libros y artículos que nada tengan que ver con sus intereses más inmediatos. Mientras espera el juicio de sus amistades, mientras aguarda la última versión, contraste lo que ha escrito con la literatura más alejada, con los asuntos más distantes. Daremos por supuesto que usted ya conoce la bibliografía específica del tema. En ese caso, aventúrese con los textos menos afines. Tal vez encuentre en alguna página una de esas ideas que no esperaba, una negligencia valiosa o una epifanía definitiva.

Decimotercera. Piense dejándose iluminar libremente: con las sugestiones verbales y con los parecidos reales. Lo que se parece y es distinto nos activa y estimula, nos exige clarividencia para atisbar lo común, las homofonías, las sinonimias y las casualidades; y nos obliga a separar aquello que creemos un calco, lo idéntico y lo sucesivo. Las cosas no son mero remedo, pero el mundo está lleno de reproducciones sin remedio.

Decimocuarta. Haga esquemas y anotaciones; inscriba leyendas en los márgenes de sus libros. El volumen que maneja es, ahora, su interlocutor. Con él establece una discusión beligerante o amistosa. Por eso, en dicho hueco, en el margen blanco, ha de quedar su huella personal, su escritura sincopada, potencial, locutiva. Sin miedo: lastime los libros, hágales incisiones, déjelos inservibles para una relectura. Las inscripciones son los párrafos que añadirá a ese texto final que aún están leyendo sus amistades. Son sus esquemas o un balbuceo, el registro de sus ruidos cerebrales.

Decimoquinta. Incluya en su texto quince palabras inevitables. No tema. Elija esos vocablos sin los cuales su original ya no sería suyo ni el mismo. Por ejemplo: defenestración, sajar, círculo, lenitivo, ventosidad, vicario, sumidero, calamitoso, ancilar, ojete, divino, sublime, escupidera, haragán, seminal, desecho. No sé si son quince, pero en todo caso evite los fáciles neologismos. Puede consentirse algún terminacho como, por ejemplo, epistemología.

Decimosexta. Reclame a sus amistades la devolución del original que usted les pasó. Que no pretexten falta de tiempo o lectura exhaustiva. Simplemente, sus amigos pertenecen al gremio descrito en la instrucción sexta: son gentes desinteresadas, desmotivadas, ignorantes o documentadas a las que usted no ha sabido persuadir a primera vista. Recuérdelo: de entrada, nadie está a favor suyo.

Decimoséptima. Póngale título final a su texto, ni poético ni puramente descriptivo. Échele un vistazo a Google. Escriba entrecomillado ese título: si los registros del buscador superan las veinte mil entradas, es una frase hecha, un tópico o una lamentable coincidencia. En ese caso, descártelo o, al menos, modifique levemente su enunciado, justificándolo en la introducción.

Decimoctava. Vamos a ir acabando con un decálogo que no es tal. Si ya tiene que entregar su texto, admítase las erratas inevitables, las fórmulas mejorables, las ambigüedades prescindibles, las cacofonías insuperables. Admita que el secreto está en seguir leyendo, en adoptar rutinas verbales, practicando con series de tres y ciclos  de quince. Si no dispone de tiempo o está de mal humor, fíese de su instinto y lea los Consejos sobre el arte de escribir cuentos, de Roberto Bolaño (que descubrí en su libro Entre paréntesis y que ahora Alejandro Lillo me lo ha hecho recordar ).

Decimonovena. Regrese a Julio Cortázar o, mejor, a Edgar Allan Poe, que es también lo que Bolaño recomendaba. Poe, en efecto. ¿Que no quiere redactar cuentos, sino ensayos? No importa: las instrucciones valen igualmente. Mientras tanto, mejore su soltura escribiendo folletos publicitarios o reseñas de libros. Los folletos le servirán para comunicar con habilidad profesional: pensará que de su prosa eficaz y escueta depende la venta de un producto. ¿Y las reseñas de libros? Pues las reseñas le facultarán para destrozar un volumen en un par de folios, que es el sueño inconfesable de todo plumilla. Borges empezó redactando una nota dedicada al yogur y acabó escribiendo prólogos concisos.

Colofón. PapelesinesperadosIntente hacer las cosas a su aire, sabiendo que no hay reglas y que, de haberlas, no son aplicables a la poesía. Simplemente intente escribir con gracia y claridad. De lo contrario pronto nos resignaremos a la prosa oscura de los impresos o la sintaxis inverosímil de tantas traducciones. Aunque, ahora que lo digo, lo mejor para escribir bien es traducir una y otra vez. Cortázar tradujo a Poe y de su versión aún nos servimos. Inténtelo. Empiece con un rótulo callejero, con un folleto publicitario, con un manual de instrucciones o con un prospecto farmacéutico. O, si le resulta imposible, ábrase un blog.

2. Cortazariana

Cortázar 1.Siempre que llegan estas fechas me acuerdo de un relato de Julio Cortázar, un cuento que forma parte del volumen Todos los fuegos el fuego“. Leer más, aquí. Estas palabras proceden de un viejo artículo, publicado en El País hace cuatro años: una tribuna en la que  rindo homenaje a Julio Cortázar. ¿Cuál es la moraleja? Aparte de la prudencia, amigo conductor, el artículo trata del placer que significa escribir y de la felicidad que nos procura leer. Siempre estoy dándole vueltas a lo mismo. Con Cortázar me ocurre lo que con todo maestro: que releo con ganas y con deslumbramiento cada uno de sus aciertos; que me decepciona y le tolero cada una de sus páginas perezosas.

Cortázar 2. Reseña de Julio Cortázar, Papeles inesperados. Madrid, Alfaguara, 2009. En esta reseña, publicada en Ojos de Papel (julio de 2009) hablo, entre otras cosas, de la cubierta del volumen. Cuando trato este asunto, aparentemente menor, digo: “Según leemos en la página de créditos, el diseño de esa cubierta –obra de Raquel Cané y Pablo Rey— confirma la novedad editorial. Del extremo superior, del cielo en definitiva, parecen caer unos papeles mecanografiados, blancos, grises y amarillentos: unos papeles inesperados, ciertamente. ¿Y a quién le caen? En primer lugar, a la efigie que parece recibirlos, a esa persona que reposa cómodamente en lo que es un asiento de piedra. Es Julio Cortázar, ajeno a la edad y al tiempo, sin que los años lastimen su aspecto juvenil, su cabellera…” (Leer más, aquí) .

3. Otras reseñas. Francisco Fuster: Ahmed Rashid: Descenso al caos. EE.UU y el fracaso de la construcción nacional en Pakistán, Afganistán y Asia Central (Península, 2009), Ojos de Papel, 1 de julio de 2009.

Michael Jackson

26 Junio 2009

ThrillerSupongo que no lo puedo evitar… Hay muertos, incontables y anónimos muertos, de quienes no escribo nada. Hay fallecidos ilustres de quienes tampoco me ocupo. Pero hay vivos  distantes que forman parte de tu vida.  Cuando mueren, es irremediable que te acuerdes de ti mismo. Eso me sucede con Michael Jackson. Cada pose o cada excentricidad  te son familiares. Cada logro, aquel logro, te devuelve a 1982.

Yo estaba acabando la mili en Sevilla y pernoctaba en un piso que habíamos alquilado varios soldados. Era hacia el final del servicio y nuestras relaciones se habían enfriado mucho. Prácticamente, cada uno de nosotros hacía vida independiente en su habitación, sin intercambiar palabra con su vecino más cercano. El inmueble, de principios del siglo XX, era enorme, con unas viviendas grandes, señoriales, de techos altísimos. En nuestro piso, las habitaciones eran desproporcionadas, aunque –eso sí– contábamos con una cocina increíblemente pequeña que casi no empleábamos. En cada cuarto, uno podía hacer la vida completa. Tenías tus libros, reunías unos pocos cassettes y disponías de lo necesario: las cosas de aseo, detergente, Mimosín, algo de comida y un transistor. Con la radio estabas permanentemente enchufado. Era nuestra conexión exterior.

Una de aquellas últimas tardes de diciembre de 1982, en un programa musical, escuché Thriller. Estaba producido por Quincy Jones. Yo ya conocía a Michael Jackson, principalmente por la serie televisiva que protagonizaban los Jackson Five y por los discos que los habían lanzado al estrellato. Pero, ah amigos, en 1982 estaba asistiendo al estreno radiofónico de aquel Long Play. Quedé muy impresionado. Siempre me habían gustado la música funky, los ritmos discotequeros y el pop, tan denostado por los rockeros puros y por los cantautores. Pero ese aprecio me lo reservaba para mí: lo padecía en silencio, con algo de vergüenza y de reparo, pues revelaba al tipo ordinario que yo era. Nada sofisticado.

Me fue imposible no quedar trastornado por el Thriller, de Michael Jackson. Te sacudía el cuerpo, obligándote a seguir sus ritmos poperos, a contonearte. Con increíble torpeza por mi parte, claro. Cuando regresé a Valencia, en 1983, su videoclip me impresionó aún más. En las discotecas que frecuenté (no diré con quién) se hacía el silencio cuando empezaba a sonar, pero sobre todo cuando empezaban a emitirse las primeras imágenes de aquella historia filmada por John Landis. Dejábamos de bailar: con aire reverencial nos disponíamos a ver una y otra vez aquel clip que iba a cambiar la historia de la música popular. No exagero ni un ápice. El género no lo inventó Jackson, desde luego. Pero fue a partir de su Thriller cuando se impuso el videoclip como recurso de creación y difusión, como reclamo, como arte de la composición.

La voz, los fraseos y la risa sardónica de Vincent Price, los zombies que recuerda Isabel Zarzuela, la historia de amor imposible, las tumbas humeantes de las que salían muertos vivientes envueltos en harapos. Michael Jackson capitaneaba la coreografía de aquellos zombies, ejecutando unos pasos que luego han sido imitados hasta la saciedad, como descoyuntados y deslizantes, inspirados en el baile callejero de los negros. ¿Recuerdan aquellos radiocassettes gigantescos? Ser portador de un aparato de estas medidas daba prestigio a su dueño. De sus entrañas salían músicas de baile, pero sobre todo salían los sones de Thriller.

Repaso las caras de los zombies y rememoro aquella risa final e inmediatamente recuerdo algunas de sus referencias. Por supuesto, La noche de los muertos vivientes (1968), de George A. Romero, y las versiones cinematográficas de Edgar Allan Poe protagonizadas por Vincent Price.

MJ_CVR_RMichael Jacson acaba de morir con cincuenta años. Yo estoy a punto de cumplirlos. Hace un par de temporadas, mis hijos me obsequiaron con el CD conmemorativo de Thriller, una nueva edición de lujo. ¿Su título? Thriller 25. Lleva como subtítulo la siguiente leyenda: The World’s Biggest Selling Album of All Time. Y, sin duda, lo es.

Es el mismo disco, pero no lo es. En principio, a Michael Jackson no lo vemos pálido, en su último estado (según nos recuerda Juan Planas). Lo vemos rotundamente negro: en la contracubierta se reproduce la portada original, en la que, si se fijan, ya estaba fuertemente iluminado, con un traje blanco que parecía desvanecerse.  Mi primer Thriller lo adquirí como cassette. Si no me equivoco, era algo más económico que el vinilo. Tenía, además, la ventaja de ser verdaderamente portátil: te lo podías llevar en tu radiocassette más chiquito. Pero la cinta tenía la desventaja de su corta y pésima duración. Tras haberlo escuchado cientos o miles de veces, no sé, mis canciones tenían sonidos extraños y opacos, resonancias imprevistas que se añadían a los aullidos de los zombies, por ejemplo. Thriller 25 tiene los cortes originales y otras nuevas versiones para justificar su precio verdaderamente lujoso.

Pero tiene, además, una seria advertencia: “Contains moderate horror“. Y el anónimo redactor añade: “Suitable only for persons of 15 years and over. Not to be supplied to any person below that age“. ¡Ah, la corrección política! En efecto, el DVD que completa la carpeta o disco-libro tiene las imágenes de aquel videoclip y, sin duda, nuestros jovencitos impresionables pueden quedar seriamente acongojados por la coreografía de aquellos muertos. Como le pasó a Isabel Zarzuela. Pero ahora imaginen, imaginen que nos ponemos ordenancistas y prohibimos esas imágenes a los muchachos menores de 15 años: ¿llegarán algún día a amar las películas de zombies?

Dejémonos de bobadas y regresemos al muerto real. Michael Jackson ha fallecido y yo siento más cerca el aliento de la Parca. Pobre Michael. En los próximos días voy a revivirlo, a recrearlo, a exhumarlo, escuchando sus animosas canciones, sus viejas canciones, algunas de las cuales me seguirán acompañando hasta el final de mis días.

Lecciones y maestros

21 Junio 2009

Introducción. leccionesymaestros3Los escritores Antonio Muñoz Molina, Ángeles Mastretta y Luis Mateo Díez protagonizan la tercera edición de las jornadas Lecciones y maestros, que se celebran en Santillana del Mar (Cantabria) los días 22, 23 y 24 de junio.

Leo en la comunicación oficial que “esta cita internacional de la literatura iberoamericana ha reunido, en ediciones anteriores, algunas de las más destacadas figuras de nuestras letras: Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, José Saramago, Arturo Pérez-Reverte, Javier Marías y Mario Vargas Llosa. Tras el éxito y difusión alcanzados por las jornadas, esta nueva edición contará, una vez más, con invitados nacionales e internacionales, entre ellos catedráticos de literatura, críticos, editores, académicos, periodistas y personalidades del mundo de la cultura”.

Aparte de los protagonistas, ¿quiénes participan? Luis Miguel Aguilar, Nuria Amat, J. Ernesto Ayala-Dip, Álvaro Colomer, Álvaro Delgado-Gal, Soledad Foz Maura, Luis G. Martín, Ángel G. Loureiro, Luis Leante, Olga López-Valero, Joaquín Marco Revilla, José María Merino, Julio Ortega, Chritine Pérès, José María Pozuelo Yvancos, Patricio Pron, Domingo Ródenas de Moya, Dora Esthela Rodríguez, Manuel Rodríguez Rivero, Saïd Sabia, Santos Sanz Villanueva, William Sherzer, Michi Strausfeld, Fernando Valls y yo mismo.

Me han invitado a participar. No soy catedrático de literatura, no soy crítico, no soy editor, no soy académico, no soy periodista: tampoco eso que llaman una personalidad del mundo de la cultura. Me han invitado a participar para hablar de la obra de Antonio Muñoz Molina. Allí podré exponer una parte de las conclusiones a que llegué en mi libro Pasados ejemplares. Historia y narración en Antonio Muñoz Molina (Biblioteca Nueva, 2004). Y allí podré participar en las discusiones sobre la novela a partir de los casos de Luis Mateo Díez y de Ángeles Mastretta.

Leo algo más del comunicado oficial: “estas jornadas, organizadas por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y la Fundación Santillana, tienen lugar en la Torre de Don Borja, sede de la Fundación en Santillana del Mar, Cantabria, y forman parte de los cursos de verano de la UIMP. Aunque no constituyen una actividad abierta al público, se transmiten íntegramente a través de Internet. La sesión de clausura –con entrada libre hasta completar aforo– tiene lugar en Santander, en el Paraninfo de La Magdalena”.

Todas las sesiones podrán seguirse en directo en: elpais.com, fundacionsantillana.org, uimp.es, elboomeran.com y alfaguara.santillana.es.

luismateodiezLuis Mateo Díez. Primera sesión del encuentro Lecciones y maestros, en este caso dedicada a Luis Mateo Díez. En la sede de la Fundación Santillana, en un espacio organizado como un café literario, sin barreras, hemos tenido el encuentro con el escritor leonés. Ha sido un repaso por su obra, una creación que no es propiamente autobiográfica. Tampoco es autoficción, aunque incorpore experiencias del autor. Es una misteriosa y afortunada aleación de datos ciertos y fantasías verosímiles. La revisión que ha hecho José María Merino ha apuntado estas y otras cosas, ha subrayado la importacia del territorio de Celama y ha destacado el lugar de la Provincia como espacio propio de sus ficciones. Los invitados de la mesa redonda moderada por Fernando Valls han incidido en estos y en otros aspectos y el propio Luis Mateo Díez ha dado la réplica amistosa haciendo especial hincapié en el callejón –en los callejones– como epicentro de las relaciones  humanas, las de una demografía vasta e inventada. Interpreten esta palabra –callejón– en un sentido metafórico pero también real.

La cosa ha transcurrido severa y académicamente hasta que hemos topado con un dato característico de su obra, un dato irrepetible  que ha provocado coincidencia general y un buen humor creciente: la importancia que tienen los pirados en las novelas del autor. Digo bien: los pirados, los extraviados, esos individuos algo dementes que pululan por la provincia, por los callejones, por los negociados.  Son gentes capaces de no ver lo evidente o de atisbar con una clarividencia aplastante lo que está oculto, gentes de discurso tajante que vaticinan, gentes averiadas por la vida y aún esperanzadas.

No se le ha mencionado expresamente pero cuando se hablaba de estos tipos, yo estaba pensando en Alejandro Saelices Cordal, el poeta olvidado, el vate enterrado de El expediente del náufrago (1992). Es una novela antigua de Luis Mateo Díez pero su lectura o relectura actuales aún siguen conservando el encanto demente, humorístico y finalmente patético de la primera vez. ¿Alguien imagina a un versificador que decide enterrar entre legajos su obra poética? Trabaja en el Archivo –así, con mayúsculas– y allí, entre los expedientes de Actas –si no recuerdo mal– sepulta su obra. No les cuento más, claro. No sé por qué esta novela de Díez me cautivó especialmente: es probable que sea el espacio del Archivo, ese mundo de papel polvoriento en el que el tiempo arruina todo lo previsible, toda expectativa razonable. 

El Archivo es un depósito ordenado, un limbo, pero es también metáfora viva del caos real que la clasificación o la catalogación de los facultativos no pueden detener, un pozo de aguas estancadas. A la postre, muchos expedientes cuidadosamente guardados en lengajos que a su vez van a parar a secciones forman eso: un archivo. ¿Podemos hacer analogías con la vida? Es posible hacerlas porque en este negociado también habitan esos individuos pirados que sobreviven o mueren entre la rapiña polvorienta de los documentos. Los documentos no son toda la existencia, no registran toda la vida. Hay siempre un exceso y una falta, y entre el exceso y la falta están los sanos y los insanos que entre sí tienen tratos directos o vicarios.

La obra de Luis Mateo Díez es como un inmenso archivo con documentos varios, algunos hermanados entre sí y otros orgullosamente solos. En todo caso, necesitan ser leídos para comprender las intenciones de los individuos que las pueblan y para explicarse el mundo general que les rodea. Si, además, su lenguaje sabe captar registros antiguos y expresiones actuales, fórmulas arcaizantes y modismos de hoy, el resultado es el de una sintaxis espectacular. No es prosa sonajero, sino una lengua recias resonancias, de ecos cervantinos, y con un poderoso dominio de la descripción, de la representación. ¿De qué? De lo fantaseado, entre la suma ingente de pirados que luchan por hacerse un hueco entre las páginas de las averías humanas.

Angelesmastretta1Ángeles Mastretta. Lo primero que llama la atención de Ángeles Mastretta es su simpatía, su expansiva humanidad, su dominio escénico. En este mundo, no es raro tropezar con el autor ensoberbecido o fatuo. En Mastretta hay humor, buen humor, y hay también seguridad en el habla, la propia de alguien que confía en sí misma y en sus propios logros.
 
Mastretta ha sobrevivido a la epilepsia, al miedo cierto y constante de una muerte aparente, de un ataque fulminante. Desde jovencita, esa dolencia la ha acompañado y a pesar de la medicación, algo queda del viejo temor ancestral, el que provoca un mal tan literario: de genios, según le dijo un amigo. Pero no es ésa la única barrera que ha debido saltar.
 
También ha sido una rémora su propia condición de novelista mujer…, como ha destacado en su presentación Nuria Amat. Mastretta ha triunfado en una cultura que suele menospreciar u olvidar a las novelistas. En un contexto de esta índole, ¿qué significa triunfar? En las letras hispánicas, en efecto, las mujeres no ocupan un lugar prestigioso. Tal vez porque el objeto frecuente que tratan es el amor, los sentimientos, las emociones, las pequeñas cosas que tantos varones –escritores o no– suelen ignorar.
 
En Mastretta, en las novelas de Mastretta, están la familia y el papel que los individuos juegan en su seno, a veces cargando con arquetipos que les vienen definidos de antemano.  Están los machos de su México natal, pero también los hombres muy hombres de la América hispana. Revisar esos roles, contándolo todo con fluir y dominio es  un ejercicio de esta autora.  La novelista echa mano de sus experiencias, de gentes que ella conoció, pero sobre todo de gentes que eran así en su país, en su entorno, en su circunstancia ambiental.
 
Echa mano también de la cultura popular, de esas músicas que configuran el mundo y las relaciones de los hispanos: desde el bolero al tango. Eso lo he podido constatar en la novela de la que mejor podría hablarles: Mal de amores (1995). Música y amores: ¿no estaremos ante folletines, ante melodramas? No: Mastretta se vale de esos géneros para mezclarlos con la novela histórica, con la novela familiar, sirviéndose de una prosa eficaz y precisa, la propia de una mujer que estudió periodismo.
 
Porque lo que le interesa es contar, relatar en un flujo inagotable de historias que son vidas alternativas o paralelas: justamente las que ella no ha tenido. Pluralidad de existencias es lo que la novela nos da, cierto: algo que sabemos, pero algo que no deja de ser verdadero. Si hay muchas existencias imaginarias que amplían la experiencia de la propia autora, entonces la escritura se convierte en un descubrimiento. En efecto, Mastreta escribe a tientas –ha confesado– sin saber exactamente a qué lugar o a qué estado va a llegar. Tiene la carpintería, dice; ahora hay que rellenar ese esbozo hasta hacer un mueble completo, una novela: por ejemplo,  Arráncame la vida (1992).
 
 AntonioMunozMolinaAntonio Muñoz Molina.  El homenajeado del día estuvo cariñoso y cercano con quienes estuvimos con él, con quienes debíamos glosar su obra. Dice Juan Cruz en su blog que “Muñoz Molina está dotado de una lupa muy especial; dijo Justo Serna que es la lupa del historiador del arte, capaz de asomarse a las profundidades de un detalle para agarrar de éste todo su poder de metáfora”.
 
Efectivamente, creo que lo que estuvo presente en todo momento es el poder de observación de que debe estar dotado un novelista. Este novelista, en concreto, está acostumbrado a mirar como historiador, como el historiador del arte que es. Quien mira así distingue cosas, personas, hechos. Toma ese repertorio interminable de objetos como las piezas sueltas de un museo o como los documentos que duermen en un archivo. Por sí solos, esos documentos y esas piezas transmiten información, pero son también un enigma: el observador no capta la totalidad de su significado, pues hay una parte de lo evidente que se ha perdido y además no siempre puede relacionar la pieza o el documento con otras u otros que son su contexto, ese que le da su coherencia final.
 
La mirada de Muñoz Molina es la del aturdido observador que va a la caza de lo grande y lo minúsculo para hallar su sentido y, sobre todo, para integrarlo en una narración: en un pequeño relato que luego publica bajo la forma de colaboración periodística o en una gran novela que más tarde colma las expectativas de sus muchos lectores. Si va a la caza de lo inesperado que debe ser integrado y parcialmente explicado, la materia de que se sirve es azarosa, como azaroso es también el resultado de la obra, el curso y la consumación de esa obra. La experiencia no garantiza el buen producto. La facilidad o el mucho hábito pueden arruinar una ficción, justamente por la creencia –tan difundida– de que lo ya sabido sirve para lo que está por venir. En ocasiones, un pequeño detalle sólo provoca una narración mucho tiempo después. Habrá que esperar, pues. Pongamos un ejemplo, que en mi intervención precisé brevemente.
 
En julio de 1969 llegaron los primeros hombres a la Luna. El muchacho llamado Antonio Muñoz Molina tenía trece años en esa fecha. Como otros contemporáneos suyos, muchos niños quedamos absolutamente hechizados por ese prodigio de la aeronáutica. Dicho acontecimiento permanecerá durante años y años… y ya para siempre como un suceso de significado incierto que nos perturbó, alimentando la imaginación. Transcurridas dos décadas, el artículista Muñoz Molina vuelve sobre ese acontecimiento en un artículo triste, emocionante, evocador titulado “Un verano en la Luna” (1990), luego incorporado en su libro Las apariencias (1995). Pasados muchos años, el novelista reelabora ese texto hasta hacer una novela de formación, El viento de la Luna (2006).
 
 
O, como también dice Juan Cruz, “un suceso de 1969, el viaje a la luna, tan distante de Úbeda, o de Mágina, dio de sí El viento de la luna, una memoria-ficción que rompe los moldes de los libros en los que los escritores cuentan la adolescencia, para contar una historia completa, la de los suyos cuando la época era aún más ruda y más opaca”. 
 
La capacidad de invención depende de la capacidad de observación, de las mezclas de lo material y lo inmaterial, de lo ocurrido y lo leído. Uno observa un minúsculo dato de lo real y lo toma como el detalle de un todo, pero no siempre ese entero es conocido, con lo que el detalle acaba siendo el fragmento de una totalidad que sólo podrá reconstruirse azarosamente. Muñoz Molina se vale de numerosos fragmentos del pasado y del presente, recogidos con avidez observadora, con la paciente escucha de quien atiende a los mayores.
 
Luego ese material es expresado, descrito, mostrado y narrado en sus relatos o en sus novelas, añadiéndoles el valor y la emoción que los objetos  provocan en sus personajes y en sus narradores. Muñoz Molina se desdobla en esos caracteres y, por tanto, recupera vivencias propias y ajenas que ordenan o desordenan el pasado y el presente.  
 
Colofón. ¿Y…? Espero volver sobre Luis Mateo Díez y sobre Ángeles Mastretta. Y volveré sobre Antonio Muñoz Molina, desde luego. Nos anuncia para el próximo mes de noviembre una nueva novela ambientada en 1935 y 1936: una obra de ochocientas páginas. Eso me confesó el autor. Será un un festín, seguro.
 
La estancia en Santillana del Mar –tan agradable, tan cuidadosamente organizada– te hace convivir durante tres apretadas jornadas con escritores, con críticos, con periodistas, con profesores. No es un Congreso de literatura; tampoco es una promoción editorial. Es un homenaje a tres autores que se han ganado el respeto y la admiración de muchos lectores. También se han granjeado la hostilidad fiel de otros tantos detractores. La importancia de un escritor no se mide únicamente por las ventas que tiene; tampoco sólo por los ditirambos que se le dedican. En realidad, la relevancia de un autor se calcula por las reacciones que es capaz de provocar: la de quienes lo leen incluso con arrobo y la de quienes lo detestan con obstinación leal.  En Santillana no se trata de medir estas reacciones, sino de homenajear a quienes son autores influyentes de las letras hispánicas, novelistas que son responsables de algunas de las obras más significativas de las últimas décadas.
 
Yo era de los pocos historiadores que estaba invitado a este encuentro. La amabilidad de Antonio Muñoz Molina me llevó hasta allí. He tenido la oportunidad de charlar, de discutir yde compartir mesa y mantel con colegas de otras disciplinas: por ejemplo, con nuevas amigas como Christine Pérès u Olga López-Valero. Han sido extraordinariamente amables conmigo. Como lo ha sido  una persona encantadora y experta, una leyenda de los estudios hispánicos: el norteamericano William Sherzer. Su sabiduría y su bonhomía las reparte a manos llenas. Otro festín.
.
 
 
Apéndices
.
Lecciones y maestros, edición 2008.
.  
La intervención de Javier Marías, aquí.
.
 Nuevo artículo de Justo Serna en El País:
. 
.

RalfDahrendorf1. Ralf Dahrendorf. Uno de los preceptos de las notas necrológicas es el de no justificar los datos del fallecido con circuntancias del biógrafo. Es decir, no contar la vida del muerto por las coincidencias que con él hayamos tenido. Creo es que sensata esa prescripción de buen periodismo.

Pero yo no escribo ahora una nota necrológica, sino una triste despedida. Lo dije hace un par de años y lo vuelvo a repetir ahora: el 11 de marzo de 2006 comencé a colaborar semanalmente en Levante-Emv con un artículo titulado “Los liberales y la calle”; el 26 de noviembre de 2007 se publicaba mi última columna en dicho periódico, “La cena de los políticos”. En esa fecha desaparecía, pues, la rúbrica bajo la que escribía, Lente de contacto, un epígrafe nada original –lo admito— pero que expresaba humildad: yo miraba valiéndome de recursos ajenos; yo leía para entender.

Cuando acabé lo dije públicamente: esperaba no haber sido sectario. Quizá se me reconozcan ciertas simpatías ideológicas, pero me siento cómodo leyendo a quienes me desmienten o a quienes me obligan repensar las cosas. Rarl Dahrendorf  ha sido uno de ellos. En el primer artículo que publiqué en Levante-Emv empezaba citando a Ralf Dahrendorf; en el último, sin saber aún que iba a ser el último, volvía a mencionarlo. Citaba el mismo libro y por la misma razón: por la agudeza de su autor. Quién me iba a decir a mí que el ciclo se cumplía con estas simetrías imprevistas.

La lectura de Dahrendorf ha sido una prescripción muy saludable que me he administrado durante años para bien de mi raciocinio. Era un político y un politólogo, pero era sobre todo un lector de filosofía, de filología, de sociología. Lo he leído con profusión. No paso ningún curso académico sin él: regreso a dicho autor, a sus textos antiguos o a los nuevos. ¿El último que le he leído? La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria (Trotta, 2009). Era un pensador que, como Isaiah Berlin, vivió el liberalismo sin tentaciones sectarias, sin hacer doctrina o ariete de sus ideas. Fue alemán e inglés y, como Berlin, supo hacer compatible la naturaleza de su nacimiento y la elección por la que finalmente optó: Gran Bretaña.

En ese libro que antes mencionaba, el autor celebra el coraje de algunos pensadores libres, virtuosos, vagamente erasmistas: el de quienes supieron defender la propia opinión; el de quienes supieron escuchar; el de quienes supieron hacer autocrítica para no caer en el narcisismo o en el sectarismo; el de quienes supieron observar con compromiso y distancia, con moderación y cercanía. Los pensadores libres no se sienten fuertes por pertenecer a una cofradía más o menos multitudinaria, sino que suelen estar solos o escasamente acompañados, sabiendo lo que merece ser defendido.

Eso crea un estilo: “ser capaz de no dejarse apartar del propio rumbo aun en el caso de que uno se quede solo, estar dispuesto a vivir con las contradicciones y los conflictos del mundo humano, tener la disciplina de un espectador comprometido, que no se deja comprar, y una entrega apasionada a la razón como instrumento del conocimiento y de la acción”.  Recuerdo las anotaciones que hice en los márgenes de esas páginas: mi ejemplar de La libertad a prueba está subrayada, garabateada, dialogada, con admiraciones y con interrogaciones, con dudas y con rechazos. Cuando lo leí, reconocía en él a un inspirador intelectual con quien congraciarme y con quien polemizar.

Aunque no siempre compartiera sus pronunciamientos públicos, yo le tenía un enorme respeto: Dahrendorf era de la generación de mi padre, algo más joven. Pero, como él, como tantos otros,  había tenido que sobrevivir a una dura posguerra europea. A diferencia de quienes abrazaron causas perversas, Dahrendorf se mantuvo firme: firme frente a los hermanos sectarios y liberales, que los hay; y firme frente a la tentación totalitaria, que seduce a tantos intelectuales. ¿Es posible un liberalismo no sectario? ¿Es posible un intelectual contrario al totalitarismo?

Tiempo atrás me lo preguntaba. ¿Por qué hay individuos, ciudadanos, intelectuales… que, sin ser especialmente valientes, se oponen a las dictaduras? ¿Por qué lo hacen si es más fácil entregarse? Las preguntas de Dahrendorf eran ésas. Una dictadura es represión, cierto, pero también alguna forma de consenso… perverso. ¿Por qué se dan estas adhesiones? ¿Porque  se obtienen ventajas materiales o porque se manipula la conciencia? Si ésta es una respuesta suficiente, habría que preguntarse por qué algunos individuos desechan esas ventajas o por qué algunas conciencias se resisten.  Dahrendorf  fue uno de ellos.

Silencio0. Silencio. Aquí estoy, escribiendo en el blog: a la espera de un motivo inspirador. Pero no hallo nada que me sirva de acicate. ¿Es el cansancio? ¿El tedio?  ¿El abatimiento? No. O no sólo: uno es optimista y las tristezas le duran muy poco. O tal vez sea la pereza. Ahora siento estupor: la constatación de que no sé de qué escribir; la evidencia palpable de que prefiero callar o leer.  De momento me callo para leer. ¿Qué cosa? Un libro que tengo desde hace días y cuya lectura he ido retrasando por razones banales y ordinarias…

 

 

  1. Razón del mirlo. MiguelVeyratRazondelmirlo Callar o leer. Leo –aún en pruebas– el nuevo libro de Miguel Veyrat: Razón del mirlo (Renacimiento, 2009). Aquí lo tienen, sentado, posando ante el fotógrafo de la revista Tiempo, que días atrás daba cuenta de la nueva obra del poeta. El autor tuvo la amabilidad de remitirme esa copia aún provisional del libro sevillano.  Así podía adelantar la lectura. He cometido la descortesía de retrasarla. Pero, si lo pienso bien, esa circuntancia está justificada. La poesía de Veyrat tiene su tiempo, un tiempo largo, demorado, circular y reflexivo.

Es largo porque a cada verso que avanzas en realidad te remontas a otro momento, a esta o aquella otra resonancia cultural a la que explícita o implícitamente rinde homenaje intertextual. Su poesía es un repertorio de resonancias, en efecto; un conjunto de restos milenarios que es preciso reconstruir. Es demorado su tiempo, porque con cada expresión que lees de hecho te detienes, te frenas, para interpretar todo su significado, siempre equiprobable, si es que finalmente el poema recién pronunciado, declamado, cantado tiene un sentido accesible. Es circular ese tiempo porque la intratextualidad, la remisión o eco de lo ya dicho son artificios constantes en Veyrat, artificios que te impiden salir de ese espacio angosto que son los pocos versos del poeta. Es reflexivo, finalmente, porque la experiencia del autor queda transfigurada en materia universal, en preguntas constantes o en metáforas ya sabidas y ahora nuevas de la condición humana.

Avanzo en la lectura, que es escritura de la impresión y efecto que sus versos me ocasionan… Los poemas de Veyrat son de varia estirpe pero aquí sirve un pasaje de Ocnos, de Luis Cernuda, como exergo, como punto de partida. “…¿Qué puede importarle al mirlo la muerte?, como si ella con su flecha pesada y dura no pudiera pasarle, silba el pájaro alegre, libre de toda razón humana”.

El mirlo, en efecto, es un motivo constante: la inconsciencia del pájaro cantarín ante la muerte. En el libro anterior, Instrucciones para amanecer (Calima, 2007), Veyrat hacía de la cigarra su portavoz. Ahora es un ave que aprende fácil, que incluso tiene capacidad para repetir la voz humana. ¿Qué tiene de humano el mirlo? ¿Ese sonido que remeda? En realidad, lo que de él toma es la alegría inconsciente de quien vive como si no fuera a morir: arrojado al mundo, frágil y orgulloso de su trino.

El volumen es un sondeo del terreno que se pisa, del mar inestable, del pasado que fluye. La vida es, sí, un viaje: una metáfora archisabida y nunca suficientemente explotada. El poeta avanza sin instrumentos, a ojo, con intuición y vehemencia, con mapas inciertos y con los pecios, unos pocos pecios. ¿Un naufragio? En realidad, son los restos de las vidas anteriores, las huellas materiales de lo que va quedando y que sirven como suelo firme. No hay regreso al pasado móvil: sólo un avance a tientas, palpando o conjeturando lo que quizá pueda pasarle, pasarnos.

Una y otra vez, las referencias a la vida que hace Veyrat son las de un vagar sin encontrar. ¿Marchamos a ciegas? En el principio de la vida humana no está la oscuridad, sino la evidencia de la luz, “la primera palabra/ para disimular la noche”. El poeta escribe: ¿ilumina, quizá “con sus dedos transparentes”? Luz y palabra son, en efecto, pecios de una reconstrucción imposible, de una iluminación de lo que la vida ya no es o de lo que el pasado veló.

Itaca está al frente, otra vez, siempre. Pero es un meta inalcanzable, un destino último que querríamos liberador. Ahora bien, no hay vuelta atrás ni reparación: el propio cuerpo acumula las heridas, los ultrajes que el tiempo inflige. “Y su trazas el mapa de tu propio/ cuerpo, sentirás cómo coincide/ con el universo de tu palabra. Y también/ que a las ínsulas se llega/ solamente por los ríos de sangre…” El poeta pone proa hacia lo incierto, con coraje, “sin precisar de sextante ni instrumentos./ Pero no hay regreso, capitán. Atrás/ quedan las estatutas que nunca/ o pronto volverán a la arena”.

El poeta ha vivido, sí, pero sobre todo ha escrito: “junta pecios para después leerlos”. Las palabras que iluminan o disimulan la noche son restos inconexos, pues. Son trozos sin ensamblaje ni argamasa, partes de esas vidas que carecen de coherencia o de brillante consumación. No hay brillante consumación. Hay un fin que no repara, la muerte del individuo, del poeta: una muerte que es la madre nutricia de un mundo que no termina para escándalo de ese hombre que caduca.

Un hombre que caduca y que quiere asemejarse al mirlo, que vive una agonía “limpia/ ya de razón humana, lista para seguir el camino trillado/ de la especie”. La muerte, sí, una muerte que  frena o contiene con un poema que justifique, con el poema irrepetible en el que se reúna el Todo. No habrá extinción, así, ni vacío sin sombra. Mientras tanto, el poeta recibe a Virginia: ¿conviertiéndola en quién, acaso en su Beatriz de ahora mismo? ¿Y por qué no? Pero no hay infierno o purgatorio o cielo. Hay un jardín fresquito, lo más parecido a un Edén modesto y perecedero.

Por ese espacio –improbable hasta ahora mismo– avanzan. Avanzan ambos por lo oscuro, buscando la vocal y la consonante, confirmando el resultado: Tú. Todo lo que rodea cobra una dimensión diferente, inaudita, y hasta el arte interesa o conmueve: el torero  y el toro bravo que sangra y tiñe, la lluvia en el parque de María Luisa, un beso en los jardines de Murillo. Pequeñas cosas. Pero siempre con la amenaza evidente: esa muerte.

Mirlo o lobo, inconsciente o voraz, el poeta busca un lugar donde caerse muerto, una tierra desnuda en la que dejar de ser extranjero, un lugar del que nunca regresar. “Pero la tierra siempre/ tiene dueño –sólo vuela/ libre la inocencia, lugar ignoto/ que nadie es capaz de descubrir”. No hay tierra inocente, pues. No hay Paraíso del que “ser expulsado otra vez”. Así queda su grito, “rebelde desde el abismo a la nada”. Ahí está el rebelde, “sobre otro acantilado”.

Pero no todo es tan sublime (acantilados, abismos). La circunstancia es pequeña, incluso banal. Lo propio, lo que nos constituye, es una materia orgánica. “A veces los vientos acumulan hojas secas/ en un rincón del jardín”, precisa. “¿Son mis trozos las mismas hojas que arrastro/ ahora y renacerán del compost/ en la esquina maloliente del jardín?”. Ese jardín, ese Edén modesto y fresquito, es también un pudridero o un depósito de guano. Las aves defecan, sí.

Vuelve la imagen del mirlo, de los pájaros jóvenes que baten sus alas con energía y demencia, lanzándose hacia el abismo; o de los pájaros ya ancianos, cuyas “alas se vuelven poco a poco/ transparentes”. Arrojarse al abismo o quedar absorbido por lo abisal, ésa parece la trayectoria del poeta convertido en ave, quizá un mirlo ya libre de toda razón humana. “Muy pronto el futuro ciego/ nos persigue y avanzamos entre brumas/ de un pasado que se extingue”. 

Es ésta una contradicción que vive el poeta hecho hombre, “un hombre solo y débil/ que escribe al borde del abismo” otra vez, patroneando un bote, que no un buque, siempre con los mapas inciertos y con los pecios escasos que acarrea. “Coloca/ pues el pie en la barca y larga velas”. Alas o velas, lo más frágil para describir una empresa azarosa y de previsible consumación. “Escogió para morir un día soleado –puso/ después rumbo hacia alta mar”.

Colofón. Miguel Veyrat nos daña con su poesía de la muerte y de la consumación, con sus versos eruditos y saturados, citados, anotados. Varios de los poemas que aquí forman Razón del mirlo están dedicados a distintos personajes que conocemos: un homenaje del autor a algunos de nosotros, a algunos de los que frecuentamos este blog. Así consta en las “Deudas, notas, envíos y datos” que el poeta incluye al final. Pero eso es secundario. Lo principal precede. No se lo pierdan. A mí me ha servido para aturdirme, para dolerme.

Tiempo de escritura

12 Junio 2009

RafaelBlasco11. Rafael Blasco. Es muy probable que los lectores no valencianos de este blog conozcan a Rafael Blasco Castany, Consejero de Inmigración y Ciudadanía del Gobierno de Francisco Camps. Digo que es muy probable porque tiene ya un largo currículum como político en activo: ha desempeñado distintos cargos institucionales con el Partido Socialista y con el Partido Popular. Eso le ha dado una gran versatilidad: facilidad para acomodarse a distintos ambientes. Según leo en su página oficial: sus empleos se han repartido en siete Consejerías distintas del Gobierno valenciano.

 Además del ejercicio cotidiano de sus tareas, Blasco acostumbra a salir en las fotos. Quiero decir que se deja caer en todo tipo de actos para así retratarse con un público más o menos vistoso. De ello hablé aquí hace unos meses, en el blog, y en algún artículo de prensa . Su frecuencia de aparición ha aumentado. Ahora, ya no hay día en que el retrato del Consejero no salga en uno, dos o tres medios afines, generalmente acompañado por noticias que son loa personal o prosa propagandística.

Entre los suyos se le tiene por un gurú electoral. Es decir, averigua los resultados venideros y eso hace que se le respete como si de un nigromante se tratara. ¿Cómo acierta los vaticinios electorales? Desde luego parece dedicar mucho tiempo a estos menesteres y, seguro, las horas que emplea no las roba a su trabajo de Consejero: quizá las robe al sueño o al descanso o a la reparación.  Aunque su robustez parece indicar lo contrario. No sé.

Su activismo es incansable. Ha sido uno de los coordinadores de la pasada campaña europea del PP de la Comunidad Valenciana y, con motivo de ello, ha publicado numerosos artículos antes y después de los comicios. Sorprendente su frenética actividad. Al día siguiente de esas elecciones, Blasco aparecía en distintos medios como autor de uno, dos, tres, cuatro y cinco textos en periódicos locales: por ejemplo, éste que aquí enlazo.

Pero no sólo eso: en medio de la campaña aún le quedó tiempo para conceder entrevistas a medios valencianos o catalanes: por ejemplo, ésta en la que defendía a Francisco Camps. O, mejor dicho, el personaje quedaba muy bien retratado,  entre listo y sibilino: se protegía cuando parecía estar amparando al presidente de la Generalitat.

 En los mentideros locales se dice que Rafael Blasco tiene negros que le realizan parte de esas tareas. Escribir un artículo cuesta su tiempo, y el uso de metáforas, de analogías históricas, de  recursos eruditos y de bromas y guasas con el adversario es un trabajo que requiere sus horas, su dedicación.

Por ejemplo, en uno de los artículos que ahora firma y que he enlazado, Blasco usa a  Borges para lacerar al PSPV, y lo usa con desparpajo y sin necesidad: sin que la erudición en este caso esté justificada. Aunque sólo sea para este empleo ornamental, usar a Borges exige memoria o, al menos, una erudición superficial. ¿La tiene Blasco? No quiero pensar que para recurrir a esto el Consejero necesite tener escritores a su servicio.  Puede haber leído y atesorado y puede no descansar, puede no dormir y puede tener gran facilidad para la prosa: justamente lo contrario de lo que le sucede a Javier Marías, que admite lo laborioso de su escritura, lo costoso de su reescritura, lo detenido y lento de sus sprints.

 JavierMarias12. Javier Marías. “¿No es una distracción tener que escribir un artículo semanal de dos folios para alguien que ha pasado ocho años inmerso en una historia de casi mil seiscientas páginas?”, le pregunta el periodista de El País. “Distrae, sí, pero un artículo es un sprint de tres horas del que sales cansado. Cuando lo escribo no trabajo en la novela que tenga entre manos. Y agradezco que se me obligue a no escribir. Te obliga a pensar. Y no está mal pensar”, añade Marías.

No está mal pensar. Podríamos parafrasear al propio novelista cuando  afirma que escribir suele ser averiguar lo que uno no sabía que sabía. O podríamos decir que escribir es pensar lo que no sabíamos que habíamos pensado. Es un proceso que lleva su tiempo y que la escritura de periódico hace fugaz.

Ahora, Javier Marías reúne noventa y tantas piezas suyas, columnas aparecidas en El País Semanal y que yo leo en su nuevo formato: un libro titulado Lo que no vengo a decir (Alfaguara, 2009). Hay amigos que me preguntan por qué le dedico tanta atención a Javier Marías, al novelista pero también al articulista. He tratado de razonarlo en varios artículos (por ejemplo, éste que enlazo) e incluso en alguna entrevista

Con sus escritos dominicales, Javier Marías se granjea numerosos adversarios, gentes que le profesan una ojeriza incurable. ¿La provoca él? Marías es es columnista habitual, un escritor de semanario. Cada domingo, desde hace años, juzga, se pronuncia, aprueba o desaprueba lo que le rodea. Aborda cuestiones muy distintas y tiene temas persistentes: las malas maneras, la chulería ufana, el ruido español, el avasallamiento, la invasión católica de lo público, etcétera.

Ahora, repito, reúne nuevos artículos en Lo que no vengo a decir. Si lo pienso bien, ese título –afortunado como casi todos los de Marías– podría prestárselo a Rafael Blasco. El Consejero afirma decir distintas cosas en los artículos que aparecen con su nombre. Podría muy bien hacer una recopilación de sus escritos efímeros para disfrute de sus admiradores, seguidores o estudiosos (es mi caso).

¿Su título?  Lo que vengo a decir. Con ese epígrafe aumentaría su prestigio como gurú, pues allí, bajo dicho rótulo, se recogerían las palabras y las erudiciones que ha repartido a manos llenas durante tanto tiempo. Ahora bien, si las tribunas periodísticas no le dan para un número suficiente de páginas, podría añadir pensamientos íntimos o públicos, las opiniones y reflexiones de un político de campo. Ése sería el título del apartado o capítulo. “Las opiniones y reflexiones de un político de campo”.

ManuelPizarro3. Manuel Pizarro. Digo opiniones y reflexiones, digo gurú, e inmediatamente me viene a la cabeza una lectura que he hecho estos últimos días gracias a los aviesos consejos de Alejandro Lillo: la de Manuel Pizarro, El arte de la economía. Opiniones y reflexiones (La Esfera de los Libros, 2009).

Es un libro de retales de pasmosa composición: Jesús Salgado hace un copypaste con “frases cortas extraídas de sus comparecencias en distintos medios de comunicación, actos públicos y conferencias pronunciadas durante los últimos veinte años”. Justamente lo que Rafael Blasco debería encargar que alguien le hiciera: un compendio. Pero… 

Pizarro no ha dedicado ni un minuto a escribir este libro o a reescribirlo o recomponer sus palabras. Todo lo que leemos precede. No ha tenido la deferencia de colocar un prólogo de agradecimiento, un prefacio justificativo.  Ha sido el propio Salgado quien ha debido escribirlo y ha sido también él quien ha debido componer el volumen con frases sueltas.

Por tanto, el editor no es un negro, pues no oculta su autoría. Justamente por eso resulta muy difícil determinar quién dice qué. ¿Está Pizarro dispuesto a firmar un libro con palabras suyas sacadas de contexto, palabras que parecen tener un sentido aforístico?

El aforismo es un arte para el que muy pocos están dotados: una sentencia resume o abrevia con ingenio lo que es una lección profunda que no todos ven. La frase ha de tener sonoridad y sobre todo ha de tener algo paradójico, imprevisto. Algunas de las sentencias de Pizarro tienen cierto sentido y poca gracia, qué le vamos a hacer. Otras muchas son trivialidades que no sé si imputar al político del PP, a Jesús Salgado o a ambos, mecachis.

¿Me piden ejemplos?  ¿Ejemplos de frases banales? No puedo extenderme: convertiría este post en un surtido inacabable. Les reproduciré alguna de esas frases para regresar después al tiempo de escritura. En estos ejemplos no brilla el aforista; tampoco el prosista; menos aún el creador de metáforas, pues las que emplea suelen estar muy gastadas. ¿Luce el sentido común? En algunos momentos sí, pero para eso no hace falta componer este breviario…

“La educación bien entendida empieza en el seno de la familia. Es el primer eslabón que tiene el ser humano para unirse a la sociedad”, dice Salgado que dice Pizarro. “Me gusta enseñar a pescar, no estar dando peces toda la vida, porque el caladero de los subsidios, como los del mar, acaba agotándose”, dice Salgado que dice Pizarro.

“España somos un país que gastamos más de lo que ingresamos. Así no hay economía familiar o estatal que resista”, dice Salgado que dice Pizarro. “Una gran parte de los abogados, jueces… son ya mujeres. Su abanico de incorporación se está desplegando todos los días”, dice Salgado que dice Pizarro.

“La ley de igualdad, violencia de género, norma que permite los matrimonios homosexuales…, una parte es semántica, que me importa bastante poco”, dice Salgado que dice Pizarro. “En España, un país ordenado, el orden y los valores están en la ley. Es la ordenación de la razón para el bien común, que decía Santo Tomás”, dice Salgado que dice Pizarro.

“Tengo una especial admiración por la figura del autónomo, porque son personas que creen en la libertad y en su propio esfuerzo”, dice Salgado que dice Pizarro. “La Iglesia católica lleva dos mil años diciendo lo mismo. ¿A qué viene ahora rasgarse las vestiduras?”, dice Salgado que dice Pizarro. “En Teruel, como no tenemos mar, es muy difícil ser tiburón. A lo más que se llega es a barbo o trucha, que son animales objeto de depredación por parte de otros. Soy una persona tranquila a la que le gusta pasear y leer”, dice Salgado que dice Pizarro.

Mirarunapelicula4. Escribir o mirar. En una página de Lo que no vengo a decir, Javier Marías dedica a Manuel Pizarro un párrafo absolutamente cruel. Es uno de esos miramientos que el novelista practica desde hace tiempo: escrutar fotografías con el ánimo de sacar el ánima del retratado. Hay mucho de observación realista y hay mucho de fantasía literaria o cinematográfica.

Todo lo que vemos, viene a decir Marías, lo hemos visto ya. Todas las caras que miramos se parecen a las de personas o personajes que conocemos o de quienes tuvimos conocimiento. El cine nos suministra rostros que se fijan en nuestra memoria y que, ahora, nos sirven para tipificar a este o a aquel individuo.

A Marías le suena el aspecto de Pizarro. Es como si pudiera identificarlo con algún personaje de la gran pantalla. ¿Con quién?  “Ahora ha surgido una cara nueva, la de Manuel Pizarro, ‘fichaje estelar’ del PP –dicen–, y como aún lo miramos ‘con ojos vírgenes’, en seguida he podido ‘meterlo’ en una película. Y la verdad, parece que ese Partido los busque desagradables: su gesto cruel y despectivo me ha hecho verlo al instante como uno de esos despiadados magnates de las viejas cintas de Frank Capra, dispuesto a dejar a James Stewart en la ruina por arañar unos pocos más dólares. O bien –es una alternativa– como uno de esos malhumorados campesinos suréños de escopeta y Biblia que pululan por las películas de Ku-Klux-Klan y conflictos raciales. Hasta tiene cara de los años cuarenta o cincuenta del pasado siglo”, concluye Marías con crueldad analítica, con extrema dureza.

Tiene para todos, sin embargo: para Rodríguez Zapatero, para José Blanco, para Esperanza Aguire, para Isabel San Sebastián, para Juan José Ibarretxe, etcétera. Por hache o por be, en todos encuentra algo calamitoso o premonitorio. “¿Por qué no miramos en la vida como en la sala oscura? (…). Ojalá recuperáramos la capacidad para verlos a todos con mirada cinematográfica”. Como cuando éramos niños, o ya de adultos, y así “nada más asomar un personaje” podríamos decirnos: “Huy, éste no es de fiar”.

Me pregunto qué podría decir  Javier Marías si echara un vistazo al rostro repetido de Rafael Blasco, a esos cromos que reparte en los diarios. Tiene la oportunidad de verlo cada día en distintos periódicos valencianos. Allí se nos presenta con retratos favorecedores, con extras más o menos exóticos, apoderándose del instante y del fotograma.

Por supuesto no he conseguido ninguna fotografía suya escribiendo: escribiendo en la intimidad, quiero decir. Sólo lo he sorprendido firmando: ¿será alguno de esos artículos a los que, precisamente, les pone la firma? No, responderá indignado el Consejero. Firmo acuerdos y convenios que hacen prosperar la sociedad, añadirá.

RafaelBlascofirmando

Rojo

0. ¿Refundación socialista? Estoy escribiendo una columna para El País: para el miércoles día 10, que es cuando me toca publicar. No sé si finalmente la acabaré. Quizá me harte y cambie de asunto…

Pienso en la refundación del Partido Socialista Valenciano. No es éste el título, pero ése es su sentido. Yo no soy militante de dicha organización, aunque juzgue urgente su renovación radical para bien de la ciudadanía y del equilibrio democrático. No soy quién para arrogarme el derecho de indicarle al PSPV lo que debe hacer. Pero quién sabe: quizá algo sensato pueda decir.

Creo que ya está bien de candidatos averiados, de propuestas ignotas, abortadas. Ya está bien de sectarismos y purismos. Y creo que ya está bien de electores dengosos, siempre dispuestos a poner peros y reparos, tantos simpatizantes que observan ese partido con resignación o con fatalidad.

Aún estoy escribiendo. No sé si acabaré mandando dicho artículo. Me esfuerzo. Se admiten ideas. Quién sabe: quizá algo sensato podamos decir…

azul1. La Europa que queda. Pienso en términos locales e inmediatamente el triunfo del Partido Popular me hace recordar el resultado del Parlamento europeo, con una derecha desacomplejada o extremista a la que Silvio Berlusconi puede pastorear.

Pienso en términos continentales e inmediatamente el estado de aquellos escaños me hace recordar también el contrapeso norteamericano. En otras fases y momentos históricos, la amenaza de Europa o su deriva peligrosa se han visto frenadas y compensadas por el contrapunto estadounidense.

¿Recuerdan los primeros pasos de la Administración Obama? Unos pocos casos de políticos encausados o sospechosos de corrupción eran inmediatamente apartados de la primera línea, del puesto de responsabilidad. De no hacerlo así, el nuevo Gobierno habría quedado afectado por esa avería, con amenaza de apagón. La agilidad de Obama y el dominio de la puesta en escena mediática le están dando mucho aire frente a una Europa que, ante las crisis, siempre se inclina por lo peor. ¿O es que Berlusconi no es de las peores opciones…?

Sombra2. Liderazgo. Recuerdo cuando leí por primera vez Los partidos políticos (1911), de Robert Michels. Era en la época del felipismo, cuando la hegemonía socialista empezaba a hacer aguas. Me pareció un texto premonitorio y acertadísimo. Por supuesto, la mía era un falsa impresión. Aunque Michels había analizado con finura el funcionamiento de la institución moderna, de la organización de masas, del partido obrero, su texto tenía fecha y contexto. Y tenía subtexto. Michels era un desencantado de la socialdemocracia alemana y la experiencia la volcaba contra sus antiguos correligionarios, aquejado de un rencor incurable.

A pesar de ser un instrumento de la democracia, decía Michels, el partido obrero no puede tener democracia interna. Todo se delega en beneficio de un líder o de unos líderes que tienden a atesorar el poder, a concentrar los recursos, a exigir obediencia. No es posible ejercer la democracia directa, las decisiones colectivas tomadas por todos en la plaza pública. Por eso,  hay tensiones continuas para hacerse con la representanción: tensiones que no siempre acaban en equilibrio, sino en oligarquía de los dirigentes.

¿Hay solución? Internamente no la hay, respondía. Michels hablaba de la ley de hierro de la oligarquía. Quien dice organización dice oligarquía, precisaba. Es un círculo vicioso: en su funcionamiento interno no es posible crear un mecanismo democrático, porque los líderes o disputan entre sí o se someten al dirigente máximo. Por supuesto, en ese esquema hay elementos ciertos y datos de hecho, pero elementos y datos que no son rasgos exclusivos de la socialdemocracia. Todo partido tiene esas tendencias oligárquicas.

¿Qué respuesta acabará dando Michels a la oligarquización? Pues la elección, la elevación de un líder carismático que ponga fin a los conflictos internos, un líder irrevocable que conduzca a todos hacia un objetivo común. A comienzos del siglo XX, esa solución llevará al fascismo, que es aquello a lo que finalmente se adhiere Michels. Criticar la institución partido como una forma antidemocrática supone inevitablemente respuestas excepcionales. La disolución del sistema de partidos, por ejemplo.

En la sociedad de masas, de cuyo origen Michels sólo pudo ver los inicios, el liderazgo es algo imprescindible desde el punto de vista de la organización, pero también desde el punto de vista de la comunicación. No está claro que lo único posible sea el jefe providencial, una figura peligrosa que acaba confundida con el dictador: siempre popular, siempre excepcional. En realidad, lo deseable es un líder democrático, con capacidad de organización y de comunicación, un dirigente que sepa transmitir honestidad y habilidad, que sepa incorporar tradición e innovación, que sepa emplear los medios habituales y los nuevos recursos. ¿Existe? ¿Es posible auparlo?

Colofón: Justo Serna, “¿Un líder socialista?”, El País, 10 de junio de 2009

«Yo creo en ti»

6 Junio 2009

derkaufmanngeorggiszeEn las actividades mercantiles, el crédito del comerciante es lo principal. Una trayectoria lo avala. Es fiel cumplidor de las obligaciones contraídas, de la palabra dada, de los acuerdos firmados. El comerciante es un vendedor, alguien que tiene una mercancía que ofrecer. Ante el cliente es probable que exagere las virtudes de su producto; ante el comprador es posible que agrande las bondades de esos bienes que pone en el mercado. Eso es la publicidad, justamente: información y deseo, funciones e imaginación.

Pero el comerciante no puede engañar muchas veces ni hacer trampas continuamente. Si lo hace, perderá una clientela pronto escamada. Si vende un producto averiado o inútil o inservible, sólo le salvará la credulidad favorable, esforzada, voluntariosa, ciega, sentimental del consumidor: la fe de carbonero. Lo deseable, sin embargo, es ganarse la confianza de ese consumidor con la seriedad y el buen hacer.

Por eso,  aquel comerciante tiene crédito: la banca espera la devolución de los préstamos. Como tiene crédito cuando el cliente confía en que el comerciante cumpla. Las relaciones humanas se basan en eso, en la confianza. Y en la expectativa: esperamos con bastante certeza que cada uno cumpla sus tareas y en el orden y en el tiempo que le corresponden.

Las elecciones y, en general, la política son un sistema de mercado, un sistema de mercado basado en la concurrencia y en la suma cero: lo que yo gano tú lo pierdes (y al revés). Efectivamente es un mercado en el que pocos triunfan y muchos fracasan. Son pocos los clientes potenciales a ganar y las mercancías que se les ofrecen suelen ser intangibles, venideras, posibles. Pero es un sistema económico: hay que ganarse al cliente con la calidad de los productos.

Más aún: a ese cliente no se le puede pedir que crea en el comerciante. Crédito y creencia tiene una raíz común pero no significan lo mismo. El crédito es la reputación, la fama, la autoridad de que se vale alguien que ha probado su seriedad, alguien que cumple puntualmente sus compromisos. La creencia es un asentimiento por fe, por artículo de fe. Quien tiene crédito nos pide confianza, no creencia: nos los pide por experiencia.  

campsrajoyEn un mitin celebrado en Valencia días atrás, Mariano Rajoy le dijo a Francisco Camps: «Yo creo en ti». Y añadió: «creo en lo que haces y estaré a tu lado». Ignoro si Rajoy quería pronunciar esa palabra, creo, o si simplemente quería decir confío. En ese ambiente, la respuesta de Camps fue emocional y empeñosa, poco mercantil: «con vuestro cariño no hay obstáculo que no pueda ser salvado». Es decir, pedía una clientela amorosa: algo extraño en el mercado, algo que ningún dependiente o jefe de planta de El Corte Inglés reclamarían a sus compradores.

«Cada sonrisa vuestra», decía Camps, «cada abrazo vuestro, cada guiño vuestro, cada palabra vuestra me da la fuerza suficiente para salvar cualquier obstáculo que me pongan por delante, porque lo hago por Valencia y lo hago por España». Esta invocación no es nada mercantil: es un discurso populista, puramente emocional. La verdad, prefiero el lenguaje económico de la política, la expresión puramente material de quien se gana la confianza por experiencia, al sentimentalismo impostado de un mercader.

Pero, claro, aquello que yo prefiera no significa gran cosa, porque lo que Camps y los suyos esperan es ”la credulidad favorable, esforzada, voluntariosa, ciega, sentimental del consumidor”. Habrá que preguntarse qué han hecho los otros comerciantes, los rivales, la competencia, vaya; habrá que preguntarse cuál es la confianza o el crédito que son capaces de suscitar…

————-

Blogosfera- Hemeroteca

-”Silvio Berlusconi“, Los archivos de JS, 26 de junio de 2008

 -”Francisco Camps“, Levante-Emv, 18 de mayo de 2007

-”La servidumbre voluntaria“, Levante-Emv, 13 de mayo de 2007

-”Inacabable Camps“, El País, 28 de mayo de 2005

-”Francisco Camps y la Jura“, El País, 22 de junio de 2003

————–

Votando… Estamos votando, pocos, pero votando. Lo ideal es ganar, cierto: para ambos partidos. Pero, si hay una fatal abstención, ésta beneficiará al PSOE (no al PP): a mayor porcentaje de abstencionistas, menos posibilidades tendrá el PP de sacar pecho, de pedir elecciones anticipadas, de convertir las Europeas en un plebiscito. ¿Quién puede exigir algo con un 40 por ciento de participación?

libros0. Alfons Cervera y Javier Cercas. Nada tienen que ver entre sí pero la pura chiripa ha hecho que mi lectura de sus últimos libros prácticamente coincida. Cosas que pasan… Hace cuatro años, en 2005, en la primera etapa de este blog, abordaba también la lectura conjunta de ambos autores.

Y escribía: “Días atrás, el 16 de abril [de 2005], en las páginas de la edición valenciana de El País, Ferran Bono le hacía una entrevista a Alfons Cervera con motivo de la publicación de una novela suya. Cervera es un novelista riguroso, apreciado, que ha hecho de la exhumación del pasado, de la rememoración del franquismo, parte de su tarea narradora. ‘El escritor toma partido’, decía, y por eso, desde su concepción comprometida, ‘lo que no vale es la neutralidad del narrador’, añadía. Por consiguiente, ‘el narrador de la historia tiene que escoger un punto de vista desde el cual contar’, y en su caso, aclaraba Ferran Bono, ‘no duda en situarse al lado de los perdedores, de las víctimas de la dictadura’. Rechaza, pues, lo que en la entrevista llamaba ‘esa literatura del 50%, esa literatura de la equidistancia’, que espera hablar de reconciliación entre la derecha y la izquierda, a las que igualaría equilibrando en cierto modo las actuaciones de ambos bandos en la Guerra Civil y en la República. Según apostillaba el periodista, Cervera inscribe la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas, en este grupo, si bien, insistía el escritor, ‘no pretendía polemizar’…Me entrometí en esta discusión y escribí sobre el particular. Ahora regreso a Cervera y a Cercas.


AlfonsCervera1. Mi madre. Leo de un tirón Esas vidas (Montesinos, 2009), el último libro de Alfons Cervera, un volumen que no llega a las ciento cincuenta páginas, pero que tiene la densidad de unas extensas y dolorosas memorias. Lo leo de un tirón no porque sea ligerito, sino porque te fuerza, te obliga, con su desarrollo, con la intriga personal o familiar, con la expresión de unos sentimientos que siempre son ambivalentes y desgarrados.

¿Qué puedes experimentar cuando tu madre emprende un proceso acelerado de decrepitud que la lleva a la muerte próxima, obvia? Si las relaciones son normales, lo primero que sientes es tristeza, la evidencia de que nada puedes hacer para detener el fin. Crees que puedes sacar a esa persona de la fatalidad, pero no: no es posible porque ella se ha rendido. Entonces, sientes un punto de rencor, un resentimiento repentino y antiguo. Durante año y medio, la madre se abandona a un mutismo arbitrario; se abandona a un aislamiento destructivo; se abandona a una hostilidad creciente. Tiene una enfermedad que parece justificar ese estado; ha padecido un episodio, un accidente, que ha agravado o destapado la circunstancia.

¿Entonces? ¿No debería sentir piedad, sólo piedad? Lo verdaderamente conmovedor de Esas vidas es el sentimiento de impiedad y rencor que el hijo puede llegar a experimentar, un resentimiento mudo que carece de salida. O sí: la muerte de la propia madre, una liberación. Qué extraño, qué raro. Muchos lectores hemos podido atravesar situaciones semejantes a las descritas por Cervera en su libro, pero no todos somos capaces de darles forma verbal, orden. Hablar de la muerte es una paradoja: hablamos de segundas, de manera vicaria, jamás directamente. En realidad, Cervera no escribe un libro sobre la muerte, sino sobre los sentimientos de quien acompaña: ese hijo que cuida  a quien va abandonándose hasta fallecer. 

Perdonen la trivialidad: el tiempo no pasa en balde. Todo lo que rodea al hijo se vuelve significativo: los muebles, unos viejos papeles en los que hay condena, una fotografía antigua. “La casa estaba llena de cosas inservibles. Los armarios escondían manchas de sombra, telas roídas por la polilla, algunas otras que aún enteras resultaba inñutiles. En el fondo de una convacha oscura había tres maletas, una caja con libros descuartizados, los restos hechos trizas de un uniforme de soldado”, dice Cervera. Esos restos no sirven, pero son significativos y remiten a un pasado que se ignora, algo que condiciona sin que se sepa por qué. Los indicios materiales de otro tiempo permiten rememorar lo pretérito, la vida en común y las existencias previas, aquellas que el hijo no conoció. ¿Pero qué sentido tienen? La madre no ayuda, claro: su mutismo agresivo no facilita la pesquisa. 

¿Es una situación común que muchos hemos podido vivir? ¿Qué significado tienen esos objetos? No son baratijas o antiguallas, sino piezas sueltas y escasas de un rompecabezas personal. Alfons Cervera dice que escribe semanas después de la muerte de la madre, pero no en la casa de Los Yesares que habitó, sino en Grenoble, durante una estancia académica: mientras asiste a un Congreso sobre la memoria individual y la memoria colectiva. La situación es la del extrañamiento y gracias a la distancia lo rememorado cobra un orden y un sentido. Se mezclan los tiempos y los lugares de la enunciación, en presente y en pasado, en Los Yesares y en Grenoble.

A pesar del alejamiento físico, en la ciudad francesa todo parece remitir a la experiencia por la que acaba de pasar. El resultado es un relato que aturde hasta aterrar: escribir expresamente sobre el sentimiento del rencor y del dolor no es nada sencillo. Una madre que  evita cualquier manifestación de afecto, un padre ya muerto que siempre calló lo fundamental, una generación trastornada por una guerra perdida y silenciada. El hijo escribe en Grenoble, en un exilio figurado y provisional, y todo lo que fueron su infancia y su juventud –la condición humilde de panaderos, de lecheros– revive en estas páginas con los recursos cultos de la cita erudita, de la literatura leída, de los libros que completan la experiencia: con Stendhal al fondo, siempre al fondo.

Vivir no es sólo lo factual: es también lo mental, lo imaginado, incluso lo fantaseado, esas experiencias secundarias y potenciales que nos hacemos sin necesidad de actuar. Los libros nos llenan con referencias que despiertan otra vez a partir de las sugerencias de lo externo, a partir de las analogías sorprendentes que hallamos en la vida. Salgo aturdido de estas páginas, ya digo. Yo nunca he sido tan sincero cuando hablo de sentimientos paternofiliales. No puedo; no quiero.

JavierCercas2. Mi padre. Escribo sobre el último libro de Javier Cercas en Ojos de Papel. Anatomía de un instante (Mondadori, 2009) es una crónica del 23-F, sin duda. Pero sobre todo es una reflexión sobre el padre, la generación del padre. Un padre muerto al que ya no puedes interrogar;  un hombre que vivió callada, silenciosamente, el franquismo: adaptado, sin mayor incomodidad, al régimen. ¿Cómo has de interpretar su acción o su omisión? ¿Cómo has de interpretar los hechos que tú no viviste? 

La pregunta que Cercas se formula es muy parecida a la que Cervera se plantea: también su padre muerto es todo un enigma por aclarar. Yo mismo me veo entre Cercas y Cervera, y como ellos también yo me pregunto por mi padre y por mi madre. Me interrogo sobre su adaptación o silencio ante el franquismo, sobre su derrota o su comodidad. No quiero juzgarlo. Tampoco  quiero juzgar mis sentimientos. Leo y me dejo llevar. ¿Qué dice Cercas sobre Adolfo Suárez?

Cuando relata los actos del político, examina indirectamente la generación de su padre. Cercas no pretende “vindicar la figura de Suárez, ni denigrarla, ni siquiera  evaluarla, sino sólo explorar el significado de un gesto. Mentiría sin embargo si dijera que Suárez me inspiraba por entonces demasiada simpatía: mientras estuvo en el poder yo era un adolescente y nunca lo consideré más que un escalador del franquismo que había prosperado partiéndose el espinazo a fuerza de reverencias, un político oportunista, reaccionario, beatón, superficial y marrullero que encarnaba lo que yo más detestaba en mi país y a quien mucho me temo que identificaba con mi padre, suarista pertinaz; con el tiempo mi opinión sobre mi padre había mejorado…”.  También la mía. ¿Y su opinión sobre Suárez?

No la revelaré. Así, ustedes leen a Cercas y descubren cómo construye el personaje, qué juicio tiene sobre cada uno de sus instantes decisivos y qué valoración de conjunto hace. En realidad, lo que importa es la relación que el narrador tiene con el objeto narrado, la implicación personal, incluso los sentimientos que vuelca o hace explícitos. ¿Eso le resta méritos como cronista de hechos? En absoluto. En esta obra, Cercas no hace ficción: avisa cuando conjetura. Una conjetura enunciada a partir de hechos no es ficción: es posibilidad. ¿Hay fuentes que la sostengan? No todo lo que decimos o escribimos se puede fundamentar siempre en informaciones fehacientes. Pero eso no nos frena para interpretar. Los documentos son las pruebas; las conjeturas son las posibilidades. Cercas examina el derrotero de la generación paterna y, de paso, enjuicia a su propia generación (que es la mía): la de los adolescentes de la transición.

En cambio, Gregorio Morán, de quien leo Adolfo Suárez. Ambición y destino (Debate, 2009), analiza las ficciones de su generación, que es también la de Alfons Cervera. Eran jóvenes ya talluditos cuando Suárez ganaba las primeras elecciones. Morán, que es cronista, se permite licencias de novelista: fantasea sobre situaciones de las que nunca habrá datos, documentación o contraste, cosa que hace, además, erigiéndose en desfacedor de ficciones y presunciones. Por otra parte se permite también todo tipo de sarcasmos. ¿Sobre quién? Sobre todos. Es un hábito antiguo en este autor. Aún recuerdo cuando leí El maestro en el erial (Tusquets, 1998), la obra que Morán dedicó a José Ortega y Gasset.

Su nuevo libro, el dedicado a Suárez, atrapa. Es vertiginoso y la lectura de dicha crónica es provechosa. Pero tiene varios problemas que no se dan en el novelista Cercas. ¿Cuáles son? Tres. Primero: una parte esencial de la información de Morán procede de conversaciones privadas que el autor mantuvo con algunos protagonistas ya fallecidos de la transición política, conversaciones que no data ni localiza, cosa que impide cualquier verificación. Segundo: la descripción viene acompañada de valoraciones, de sarcasmos, de chascarrillos, cosa que entretiene mucho al tiempo que dificulta un examen riguroso. Tercero: la escritura de un libro tan extenso, de un volumen  que sobrepasa las seiscientas páginas, es algo descuidada, con fórmulas expresivas cacofónicas, con confusiones y con licencias verbales muy dudosas.

¿Qué les recomiendo? Pues que lean a Cervera, su dolor íntimo; que lean a Cercas, su pesquisa familiar; y, si tienen ánimo, que lean la literatura atropellada de Morán, su novelón generacional.

————–

Hemeroteca del mes

-Justo Serna, reseña de Anatomía de un instante, de Javier Cercas, Ojos de Papel, 1 de junio de 2009

-Justo Serna, “El narrador y el héroe. Conversación con Javier Cercas”, Ojos de Papel, 26 de junio de 2006

-Francisco Fuster, reseña de En la carretera, de Jack Kerouac, Ojos de Papel, 1 de junio de 2009