Alejandro Lillo
11 Diciembre 2008
EL NIÑO QUE SOÑABA CON SER ARQUITECTO
El niño que soñaba con ser arquitecto se levantó con los ojos entornados y caminó a tientas hacia su escritorio. Tenía la frente sudada y la habitación no paraba de dar vueltas. El contacto de sus pies con el suelo frío lo espabiló ligeramente, lo bastante como para esquivar un castillo de juguete que había dejado a medio construir antes de irse a la cama. Tras andar unos pasos se detuvo. Con las manos extendidas palpó despacio las tinieblas, como si por efecto del duermevela no recordara bien donde estaba. Sus ojos, que en la oscuridad del cuarto miraban en todas direcciones, advirtieron al fin la ligera claridad de la noche que se colaba por las rendijas de una persiana mal bajada. Entonces supo que debajo estaba su mesa y avanzó hacia allí. Se sentó en la silla sin hacer ruido y encendió la pequeña luz del escritorio.
El repentino fulgor de la bombilla le obligó a cerrar los ojos. Fue entonces cuando la vio, como un fogonazo. Imponente allá a lo lejos, junto al horizonte, con el sol a punto de ocultarse tras su majestuosa silueta, la estructura dominaba el valle entero. Sus líneas se elevaban hacia las alturas con límpida armonía, representando a un tiempo el poder del hombre sobre la naturaleza pero también su propia flaqueza, su insignificancia comparada con las fuerzas que podía despertar. El niño que soñaba con ser arquitecto se vio en la terraza de un palacio, de adulto, contemplando aquella construcción, y se sintió orgulloso, pues supo que aquella maravilla era obra suya. Un hombre con la cabeza afeitada y el torso desnudo se le acercó por un lado y le ofreció una copa. No era la primera vez que bebía. La tomó sin dudarlo y se la acercó a los labios, pero tan rápido como había venido, la ensoñación desapareció, y se encontró otra vez en su cuarto, escuchando su propia respiración agitada y reseca.
La luz de la lámpara proyectaba sombras difusas en la habitación, sombras de objetos extraños, deformados, que no reconocía. Se sintió raro, con un regusto amargo en la boca que, sin embargo, lo despejó un poco. Miró a su alrededor hasta que se fijó en un póster pegado a la pared junto a una estantería repleta de libros. Era una fotografía en blanco y negro de un rascacielos gris y esbelto, rematado con un pináculo. Al fondo podían verse, borrosos por el enfoque y la distancia, otros edificios de lo que parecía ser una ciudad, más grande de lo que él nunca había imaginado, reducida sin embargo a una mancha gris y negra, una minucia comparada con aquel verdadero tributo a los dioses. Contempló el póster desde el escritorio, con la mejilla apoyada sobre la palma de la mano, como si fuera la primera vez que miraba aquella foto. Se imaginó de mayor construyendo aquella torre. Entonces cerró los ojos.
Estaba otra vez allí, en aquel lugar caluroso y seco, caminando ahora bajo el sol del atardecer con pasos vacilantes, la mirada nublada. Aquella bebida le había provocado un nudo en el estómago y se sentía mal. Oía los gritos y lamentos de una multitud a la que apenas distinguía al margen del camino. Delante de él un gran carro tirado por caballos avanzaba hacia su obra maestra, visible desde la mismísima Uaset y cada vez más sublime, más majestuosa. Pero también más inquietante. No le gustaba aquel lugar. Quería despertar.
Dio un respingo en su asiento. Estaba sediento y aterido. Miró desconcertado a su alrededor. Nunca había tenido una pesadilla tan real, nunca había visto un mundo tan extraño, tan fascinante. Se incorporó en la silla y alargó la mano para coger un libro de la estantería. Pero antes elevó la vista al techo, y lo que vio fue un cielo rojizo rasgado por delgadas nubes blancas. Y allá arriba, a lo alto, la cúspide de su pirámide, de la que parecía emanar la luz del mundo. Sintió vértigo al contemplarla, y hubiera caído si alguien no lo hubiera agarrado. Bajó la cabeza y, tambaleándose, siguió caminando tras el carro hasta la entrada del recinto. Admiró por última vez la pared lisa, las piedras perfectamente alineadas de una obra única, exquisita. La ilusión de su vida, toda una vida de ilusión. Cogió una antorcha que alguien le ofrecía y entró en aquel lugar helado, inmenso, oscuro. Tras avanzar unos metros perdió el equilibrio y cayó con un ruido sordo, golpeándose el rostro contra el suelo. Llamó a sus padres sin fuerza dos veces, pero nadie le contestó. Después cerró los ojos y perdió el conocimiento.
Lo cogieron por las axilas y lo ayudaron a levantarse. Murmuraban palabras amables y cariñosas, pero estaba tan cansado que no podía entender lo que decían. Lo arrastraron un trecho y luego lo tumbaron. Después le pusieron la mano en la frente y le ofrecieron un poco de agua, que sorbió con ansiedad. Tenía la lengua hinchada y pastosa. Le costaba respirar. Abrió los ojos con esfuerzo para ver a sus padres junto a él con cara de sueño y preocupación: su madre, con el pelo recogido, acariciándole la frente y dándole besos en la mejilla como solía hacer siempre que le subía la fiebre; su padre, en batín y sentado a los pies de la cama, leyéndole un libro mientras le tocaba los pies. No los sentía. Se revolvió en un espasmo y la escena se esfumó. Había un hombre, con el rostro pintado, murmurando una plegaria a sus pies mientras otro acariciaba su frente con las yemas de los dedos. Estaba metido en una caja. Le dolía la cabeza y por su frente resbalaban gotas de sudor que le hacían cosquillas tras las orejas, pero no podía rascarse. La letanía rebotaba en las paredes, repitiendo palabras ya dichas que lo mareaban. Tenía las extremidades paralizadas y el estómago con espasmos, y aquel sabor amargo en la boca. Veneno, ahora lo recordaba. La copa de vino, la caminata hacia la pirámide acompañando el cuerpo amortajado del faraón. Las náuseas, los mareos. Quiso volver a su cuarto, despertar a su verdadera vida. Rogó para que todo aquello fuera un sueño, para que el arquitecto que soñaba que era un niño fuera en realidad un niño soñando ser arquitecto; para que esa pesadilla no fuera más que el delirio de un crío enfermo nacido en un mundo extraño y prodigioso.
Pero al abrir los ojos sólo vio a los esclavos cubriendo su sarcófago. Y, después, el reflejo de una antorcha y el silencio.


RSS - Posts
11 Diciembre 2008 at 3:09 pm
[...] se refieren a la circunstancia de imaginar, de confundir, de mezclar planos diversos de lo real. Leo El niño que soñaba con ser [...]
31 Marzo 2009 at 11:54 pm
[...] El niño que soñaba con ser arquitecto. Un relato de Alejandro Lillo [...]