Bruma
5 Septiembre 2008
Justo Serna
“Tenía la intención de irme a la mañana siguiente, pero por la mañana seguía todavía la bruma”. Richmal Crompton
Mira las dos píldoras que están sobre la mesilla. Son dos comprimidos de un preparado milagroso. Eso dicen. No es un ansiolítico, apunta el escritor en su cuaderno. Es un hipnótico y según parece no esclaviza. Es droga saludable, añade. Ayuda a vencer la última resistencia del insomnio. El escritor, que sobrevive a unas ocupaciones imprecisas, quiere dormir. Pero quiere también experimentar el aturdimiento narcótico de dicho fármaco, la extraña euforia que provoca. Eso dicen.
Quiere tomar el medicamento con el ánimo de aguantar el primer sueño: lejos de relajarse, prefiere mantenerse en vela, anotando incluso. Sabe que hay futbolistas que emplean ese preparado para dormir, para abreviar el preámbulo del sueño, pero también para permanecer despiertos, para aturdirse, para saltarse la contención, las nociones y la rigidez. El escritor traga los comprimidos. Se ayuda con un buche de agua. Seguramente lo hace con la esperanza de creerse mejor, de despertarse atlético incluso.
Cuando horas después abre los ojos, el desconcierto es patente: el escritor no sabe dónde está. No hay problema, anota inmediatamente. Despierta en la habitación de un hotel, de un hotel lujoso. Eso parece. En una habitación recargada y cursi, sí. Lamenta la decoración solemne, las falsas antigüedades, la moqueta con arabescos. ¿Pero qué hace en ese cuarto? Aún tendido sobre la cama alcanza el prospecto del medicamento y lee: quien lo toma puede padecer amnesia anterógrada.
Recuerda que la tarde anterior estuvo de visita en casa de un amigo: otro insomne que escribe para alcanzar la obra que le justifique. Retirado en su viejo caserón evita prodigarse en público. La verdad, es un tipo muy extravagante: irrita su desdén de lo ordinario. Una pose, sin duda; una impostura.
Pero no es eso lo que quiere recordar el escritor. Quiere saber qué hace en esa habitación. Toma la libreta, revisa su anotación. Erudiciones de farmacopea. Nada más. No hay registro alguno que detalle, ni descripción realista. No hay palabra sobre el hotel. ¿El hotel? Se incorpora y mira el suelo. Le da vértigo. Vuelve a hojear el cuaderno y lee: “el suelo, que recién acababa de pisar, había perdido su sólida textura de mármol antiguo y asemejaba una especie de bruma en el aire, un enorme y profundo pozo abierto a la oscuridad y al vértigo”. No comprende.


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5 Septiembre 2008 at 10:26 am
[...] Bruma [...]
5 Septiembre 2008 at 11:31 am
Gracias, querido Justo, por utilizar algunas de mis palabras. El microrrelato es un género curioso e inquietante, que sólo me vale como forma de poesía, de poema en prosa, de idea atrapada que sólo se insinua o se muestra un instante antes de desaparecer.
Pero te olvidaste el enlace:-)
5 Septiembre 2008 at 12:26 pm
No, no me olvidé. Mira “No comprende” y pulsa y verás.
5 Septiembre 2008 at 2:38 pm
Ah, cielos. Disculpa, pero es que visualmente, salvo las cursivas, no reluce nada:-)
6 Septiembre 2008 at 8:35 am
Ahí está lo malo, querido juan: Cuando reluce. Espléndida recreación sobre la creación, que no es intertextualidad sino que representa el río del fluir de la cultura, al menos desde la historia de Gilgamesch y Enkkidu.
6 Septiembre 2008 at 1:19 pm
Querido Miguel, espero que los calores sevillanos te hayan sido leves. Ya tengo ganas de volver a verte, al igual que a Justo Serna… Y hay que ver cómo me tienta coger las maletas y salir por la puerta… Todo se andará. Un abrazo.
6 Septiembre 2008 at 3:22 pm
Querido Miguel, gracias por esas palabras generosas, muy generosas.
7 Septiembre 2008 at 10:21 am
Dado que ha sido el verano más espantosamente aburrido y menos digno de envidia de mi vida, celebro verles de vuelta en el mundo real, ese en el cual el verdadero inicio del año es septiembre, al compás del curso escolar, la liga de futbol y eso que llaman el curso político. Fastídiense.
En cuanto al microrrelato de don Justo, me viene a la cabeza aquello que decía Cioran respecto al insomnio como la circunstancia en la cual uno empieza a hacerse idea de a qué sabe y a qué huele cada uno de los segundos que en que transcurre nuestra vida.
Mis primeras luces infantiles sobre el tema me recuerdan el rostro de una presentadora de televisión que, en los años setenta, aparecía como lo que llamaban “locutora de continuidad”. Leí en alguna revista indiscreta que esa chica tenía insomnio, que nunca -repito, nunca- podía conciliar el sueño y que aquello estaba arruinando su carrera y su vida. En algun sitio dijo que los no insomnes no sabíamos el valor que podía llegar a tener una hora de sueño. Se me ha quedado grabada su cara porque para el niño que yo era, aquella dolencia me parecía terrible, el peor de los males. Yo no la escuchaba -aunque creía intuir cierta tristeza en su voz- solo escrutaba sus rasgos, sus ojos… en busca de algún signo de aquel mal vampírico, aquella maldición que, para mí, que dormía entonces a pierna suelta y lo consideraba incluso un placer, era algo así como la maldición del leproso. Aquella chica terminó desapareciendo de la tele… Mi relación con el sueño después se ha vuelto algo más tormentosa.
Besos de regreso para todos.