De risa
29 Septiembre 2009
La risa. Me gusta emplear el blog para escribir sobre lo que me interesa. Tomarme la libertad de detallar lo que me inquieta o me place. Es lo que suelo hacer. Un ensayo que me entretiene, una novela que me hace pensar, una película que me enreda, una poema que me enfría: ésas son las historias con las que normalmente sobrevivo. Una reseña pendiente, un artículo que aún debo, un compromiso incumplido: ésas son las cargas verbales que he de sobrellevar. Con mucho gusto, eso sí.
Pero la actualidad, la dichosa actualidad, me empuja a hablar de lo que los medios dictan y de lo que es escandaloso o chusco o banal. Pienso en Gürtel otra vez y no hay manera de desprenderme de ese asunto. Me dispongo a leer la prensa, a consultar los periódicos atrasados que acumulo. Las grabaciones transcritas y difundidas me hacen carcajearme. Que te hagan reír es algo que agradezco mucho. ¿Pero cómo y quién te hace reír?
Recuerdo cuando vi Pulp Fiction (1994), de Quentin Tarantino. La verdad es que me sorprendieron el tratamiento de la violencia y la banalización del horror pistolero. “Hola, soy el Sr. Lobo. Yo arreglo problemas”, decía el personaje interpretado por Harvey Keitel en aquella película. John Travolta y Samuel L. Jackson estaban en un serio aprieto. De su coche tenían que hacer desaparecer los restos de un cadáver: más concretamente los sesos desparramados de un tipo que acababan de acribillar. ¿Eso puede ser chistoso? El Sr. Lobo sabía cómo limpiar el vehículo, cómo retirar hasta el último vestigio sanguinolento. Eliminar pruebas, vaya.
La prueba es central en el trabajo del detective, del juez, del historiador. Digo esto e inmediatamente recuerdo mi lectura de El juez y el historiador, de Carlo Ginzburg. En dicho ensayo, el historiador italiano ponía el acento en la prueba, en lo decisivo que es conservar el testimonio o la huella que sirvan para investigar. El Sr. Lobo atenta contra lo sucedido. Al eliminar pruebas, exculpa y, sobre todo, destruye lo pasado, lo cambia. Hablo de lo pretérito, hablo del Sr. Lobo y por hache o por be voy a parar a la última película de Tarantino: Malditos bastardos (2009).
En este film se reescribe el pasado: el director inventa una brigada de matones norteamericanos de origen judío que, entre otras lindezas, se dedica a liquidar nazis y a cortar sus cabelleras. De chiste. En el pasado mítico de las películas son los pieles rojas quienes hacían tal cosa. Aún recuerdo mi infancia y mi adolescencia: mi aturdimiento y la risa nerviosa que este acto de salvajismo o de venganza me provocaba. Tarantino –ya digo– reelabora lo sucedido, lo sucedido en el cine y lo que nunca ocurrió en la realidad: imagina una reacción violenta y eficaz de los hebreos contra los verdugos del Tercer Reich. Todo el film es un disparate, pura broma, y es un homenaje gamberro y cómico a aquel género de los sesenta que tanto nos hizo disfrutar ( y reír): Los cañones de Navarone (1961), Doce del patíbulo (1967), El desafío de las águilas (1969), etcétera.
Uno examina la actuación de Brad Pitt en Malditos bastardos y ha de admitir que ejecuta con gracia el papel de tipo achulapado y bronco, guaperas y pendenciero. Es un cómico al que Tarantino exagera hasta hacer de él una caricatura, un auténtico payaso. Probablemente en esa película haya una escena especialmente descacharrante, de comedia de enredo. Es aquella en la que los matones antinazis (un tipo apodado El oso judío y los otros acompañantes hebreos capitaneados por Brad Pitt) han de asistir al estreno de una película producida por Joseph Goebbels.
Allí esperan consumar un atentado (y no les digo más). Lo simpático, lo hilarante, es cuando los bastardos que hablan un inglés evidente deben hacerse pasar por italianos. Balbucean el idioma y reproducen gestos que se suponen propios de sus naturales. Sin duda, lo que está flotando en la película aparece ahora de manera explícita: más que una película de guerra, estamos viendo un spaghetti-western, aquel género en el que la violencia pistolera era brutal, gratuita e involuntariamente cómica.
El humor nos rodea y emplear la risa a mandíbula batiente, con la broma como antídoto, es el arma de los humanos o de los débiles frente al poder y los engreídos. Así lo temía Jorge de Burgos en El nombre de la rosa, la novela de Umberto Eco que citaba Pumby y que ustedes recordarán. Pero la risa no es el disolvente de la seriedad, sino el taladro de la severidad. El humor es un asunto muy serio, que se ajusta a reglas de composición y que se ceba, por ejemplo, en la debilidad de los ufanos. En cambio, la severidad es otra cosa: el tipo severo es, precisamente, aquel que no admite la risa, aquel que repudia la ironía, aquel que rechaza el sarcasmo, ese sarcasmo que algunos se merecen por payasos…
Hemeroteca
Novedad del día:
Justo Serna, “Don Ricardo Costa”, El País, 30 de septiembre de 2009
Blogosfera:
Pedro Amorós: sobre La juventud domesticada, de David P. Montesinos
Las botas de Shakespeare
25 Septiembre 2009
1. Graffiti was here. Acabo de recibir un nuevo número, el octavo, de la revista Cultura escrita & sociedad (Editorial Trea). El dossier se dedica a la historia y al análisis de las pintadas. “Graffiti was here”, es el título general que le han puesto y que coordina Fernando Figueroa-Saavedra. Dirige esta publicación Antonio Castillo y a los lectores de Los archivos de JS no les resultará un desconocido: su blog figura entre los selectos que siempre frecuento.
El resultado de ese número es excelente. Los autores que intervienen convierten en materia académica lo que es arte callejero. ¿Arte callejero? El graffiti es una práctica que aún escandaliza porque perturba el paisaje urbano, porque supone una apropiación visual del espacio y de la propiedad, porque es una agresión contra el orden convencional del entorno. Mucha gente detesta a quien se atreve a violentar los bienes públicos y privados con dibujos ostentosos, con colores rotundos, con letras deformes, con ocurrencias retadoras: afirmaciones de un yo propiamente narcisista o rebelde. Sin duda, es eso, pero el graffiti es algo más. Es trastorno público y es autorrealización personal, la expresión de quien se plasma, se proyecta con su nombre, con su tag, con ese alias que es sobre todo comunicación y firma orgullosa.
Un muro, que es cierre, clausura y delimitación, se convierte así en una ventana al mundo, una ventana chiquitita que nos muestra algo que no siempre sabemos interpretar. El espectador anda acelerado por las calles, observa los dibujos hechos con improvisación o con plantilla, lee la contorsión de las letras y se pregunta si eso es arte o vandalismo, si tiene algún valor estético, si es una violación de la propiedad. Pero, además, ese mismo público que accidentalmente transita por allí descubre un día que aquel cuadro ya no está, que ha sido literalmente tapado a brochazos por la brigada de limpieza municipal o por otro nuevo graffitero. Todo caduca.
Justamente por eso, el artista se apresura a conservar su obra efímera. Hace una foto, dos, tresfotos: incluso se retrata camuflado o emboscado durante el proceso y, si dispone de un fotolog, lo hace público en un nuevo muro. Conozco casos cercanos, muy cercanos, que además de hacer todo esto escriben y reflexionan sobre esa infracción que comunica y expresa. Leo esas páginas de autoexamen y veo que el graffitero comparte con los autores del dossier académico una misma inquietud y ambivalencia.
“Cuando alguien pinta graffiti en la pared, lo primero que piensa es cómo lo verán las personas que pasen más tarde por allí. De alguna manera, el artista deja todo preparado para que un rato después alguien que camine cerca de la obra la pueda ver y diga algo. Con el simple hecho de que aquel que pase por allí y diga algo (“Vaya destrozo que han hecho” o “Mira qué colores tan bonitos”) se establece una comunicación entre el artista y la gente que observa el resultado. Hace más de cinco años que llevo viviendo ese tipo de sensaciones y experiencias. Muchas tardes cuando voy a pintar por mi barrio, en vez de hacer bocetos o dibujos previos, lo que hago es pensar cómo lo verá la gente, y a partir de ahí empiezo. Creo que ese tipo de pintadas si no transmite nada, ningún sentimiento ni ningún mensaje, rápidamente son relacionadas con algo que destruye, con vandalismo“, admite.
Emborronar los muros es un escándalo y una falta de urbanidad, cierto, pero también la urbe –precisamente– ha crecido y se ha transformado a golpe de piqueta, de destrucción, de ocupación. Lo que hoy nos parece obvio fue un acto contra lo establecido, contra la historia, contra la tradición. Numerosas ciudades europeas tenían en el siglo XIX murallas que las circundaban. La piqueta municipal o el pico y la pala de los obreros las abatieron. ¿Para qué? ¿Para orear, para airearse? Sí, pero también para ocupar el espacio disponible, para construir, para levantar nuevos edificios, para especular con la riqueza inmobiliaria. Hoy vemos esas residencias como un resto del pasado, como un vestigio de otro tiempo más burgués y elegante. En realidad, el muro era la historia y la vivienda de nueva planta era un acto de vandalismo histórico. O no. Quién podría decirlo ahora. La revista Cultura escrita & sociedad propone una paradoja: observar los graffiti como “una ventana abierta al muro”, que es la segunda parte del subtítulo del dossier. Pienso en ello y estas páginas me hacen remorar una vieja lectura.
2. ¿La derrota del pensamiento? Veinte años atrás, un libro de Alain Finkielkraut me impresionó: La derrota del pensamiento (1987). Desde luego, me hizo pensar. Con el autor podía estar de acuerdo o en completo desacuerdo: era todo un acicate. Entre otras cosas, Finkielkraut se oponía a las equivalencias culturales. O, en otro términos, el autor deploraba el relativismo posmoderno. Lamentaba concretamente la tendencia contemporánea que nos hacía ver como productos culturales una tragedia de Shakespeare o un par de botas: si toda elaboración humana es propiamente creación, artificio, toda fabricación tiene su valor propiamente cultural. Para Finkielkraut, esta conclusión resultaba absolutamente desastrosa, siendo resultado de la revolución del arte, de la descolonización, del autoodio de Occidente, del 68, de la antropología. Como para los etnólogos todo lo que no es natural es cultural, eso a la larga habría conducido a las equivalencias creadoras, al relativismo.
Finkielkraut lo expresaba así, con estas palabras polémicas y contundentes: ”…un par de botas equivale a Shakespeare. Y todo por el estilo: una historieta que combine una intriga palpitante con unas bonitas imágenes equivale a una novela de Nabokov; lo que leen las lolitas equivale a Lolita; una frase publicitaria eficaz equivale a un poema de Apollinaire o de Francis Ponge; un ritmo de rock equivale a una melodía de Duke Ellington; un bonito partido de fútbol equivale a un ballet de Pina Bausch; un modisto equivale a Manet, Picasso o Miguel Ángel; la ópera de hoy –«la de la vida, del clip, del single, del spot»– equivale ampliamente a verdi o a Wagner. El futbolista y el coreógrafo, el pinto y el modisto, el escrito y el publicista, el músico y el rockero son creadores con idénticos derechos. Hay que terminar con el prejuicio escolar que reserva esta cualidad para unos pocos y que sume a los restantes en la subcultura“.
La andanada de Finkielkraut ha sido muy influyente y de forma periódica distintos autores deploran esas equivalencias culturales. La última vez que he leído algo semejante es en un artículo de Vicente Molina Foix, publicado en la revista Tiempo. Me lo ha remitido, muy amablemente, Óscar Gual. De nuevo, cunde la alarma. ¿Valen lo mismo un graffiti, un cómic o una tragedia de Shakespeare? Sin duda, la pregunta está mal planteada y tiene truco: una respuesta sabida de antemano que exige la vuelta al canon. La cuestión no es si hay gentes ignaras que atribuyen el mismo valor a todo: claro que las hay. Como hay provocadores que se creen genios. Pero para un historiador eso no es lo relevante: lo importante es asumir la cultura de masas, la fabricación, la composición, la construcción como productos culturales que nos alejan de la naturaleza, como formas de expresión humana que cambian nuestros hábitos, nuestras formas de relación, hoy, en la época contemporánea.
La naturaleza se hace paisaje cuando alguien la observa dándole valores propiamente humanos, cuando la inviste con sentimientos y emociones, cuando se sirve de ella para hallar lo sublime, por ejemplo. Una tormenta o un acantilado no tienen sentido alguno, pero son los ojos alucinados de un espectador romántico los que convierten aquel paraje en paisaje: arrebatado, extremo, convulso. Umberto Ecó dedicó páginas imperecederas a estudiar Superman, un subproducto cultural despreciado por los intelectuales de postín. El semiótico italiano fue capaz de examinar las formas discursivas del cómic y los valores folletinescos que incorpora, sus ecos tradicionales, incluso los restos de un Shakespeare remoto: el mismo Eco que estudiaba a James Joyce y o la estética de Santo Tomás. Ahí es nada.
Salgan a la calle. Tengan mucho cuidado ahí fuera. Echen un vistazo. Quizá encuentren en el último rincón de una calle a Superman volando entre los muros, un superhéroe recreado con las artes del graffiti…
La Exposición
26 Mayo 2009
1. Exposición. Exponerse es mostrarse, presentarse, manifestarse, sometiéndose al escrutinio público; es aventurarse, poniéndose en riesgo; es someterse a la acción de un agente, dejándose alterar.

Observen la fotografía que encabeza. ¿Qué vemos? Hay unos individuos que se exponen ante el objetivo de la cámara. Son un total de cuatro. Tenemos a dos personas ataviadas con la indumentaria de piloto: con las preceptivas gabardinas, con los anteojos, con las gorras impermeables. Y tenemos, en un segundo plano, a otras dos personas de evidente extracción rural, con blusón o con ropas negras, de luto perpetuo. Mientras los primeros parecen gente fina y principal, los segundos son lugareños. Los automovilistas han bajado del automóvil, un Peugeot, y han desplegado un mapa. Están junto a un monumento cuya alzada vemos enteramente: es el Alto de los Leones. Los naturales están discretamente apartados y se prestan a fotografiarse con los señores. Queremos pensar que, fuera de campo, hay una quinta persona: el retratista.

Estamos a principios del Novecientos, hacia 1906. Tomás Trenor Palavicino y algunos de sus hermanos (Francisco o Leopoldo) muestran especial predilección por la máquina del siglo. Las clases distinguidas emprenden frecuentes recorridos automovilísticos para probar las prestaciones de sus vehículos. Organizan también concursos de chauffers, caravanas o certámenes en que los constructores presentan sus cacharros, competiciones en que los pilotos practican diversos ejercicios. Rivalizan dirigiendo hábilmente sus coches , demostrando serenidad en el manejo de las máquinas o mostrando el perfecto dominio de los motores. Fiat, Peugeot, Ford o… Hispano Suiza. La instantánea recoge uno de esos momentos de orgullo mecánico, de aventura viajera.
Son gentes adineradas que dan a sus vidas un sentido moderno y deportivo, una concepción de hermandad motorizada incluso. “El 23 de Noviembre de 1908″, dice Tomás Trenor Palavicino en su Memoria de las Exposiciones de 1909 y 1910, ”celebróse una reunión de propietarios de automóviles y aficionados, resolviendo constituirse en sociedad y organizar un festejo para la Exposición. El 26 del mismo mes quedó formado el Club Automovilista Valenciano (…). Este Club, que poco tiempo después obtuvo el título de Real, adquirió rápidamente gran importancia, así por la calidad como por la cantidad de sus individuos. No vaciló en determinar el festejo que prepararía, y se dispuso a organizar una caravana automovilista de Barcelona a Valencia, seguro de encontrar en los deportistas catalanes cariñoso apoyo para realizar tal propósito. ¡Y así fue!”
¿Pero qué mundo es éste? Es un espacio sin señalizaciones; una carretera sin apenas indicaciones. La máquina que avanza pilotada por sus orgullosos pasajeros, despertando la admiración de los espectadores. Se exhiben, mientras el pueblo contempla el espectáculo del motor de explosión. Ahí es nada. Veámoslos inmediatamente antes de descender de su vehículo, cuando han coronado el Alto y allí, en la cima, encuentran a esos lugareños que observan el avance de la máquina.
La pregunta sigue siendo la que al principio nos formulábamos y que luego Juan Planas subrayaba: en este cuadro, la quinta persona es la importante. Alguien que está fuera de campo inmortaliza el momento. Retrata a dos automovilistas que llegan pertrechados y bien dispuestos para esa aventura que es viajar por la España de 1906. Y retrata, parece que accidentalmente, a dos lugareños apostados en el flanco de la carretera. A los campesinos no se les distingue bien. Al hombre de campo que se desloma con sus faenas rurales se le ve enhiesto, con orgullo. En cambio, de la mujer sólo atisbamos la mitad de su cuerpo enlutado. Todos ellos parecen mirar al objetivo de la cámara. Es decir: saben que están posando, seguramente instruidos por esa quinta persona que organiza la escena.
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Algunas fotografías del acto de inauguración:

Observen esta fotografía autorreferencial. El objetivo de la cámara aparece reflejado en el espejo que sirve de fondo. Hay siete personas dentro de campo. A cinco de ellas las vemos indirectamente; a las restantes las vemos en primer plano. Observen. Resultan poco menos que risibles las posturitas que ambos varones adoptan. No es serio exponerse así. Hacen de soportes, falsos soportes de una repisa que nada contiene, una repisa sobre cuyo espejo vemos aparecer a cuatro muchachas y a un caballero. Todos ellos creerán que son sus poses lo que atrae la atención, pero si se fijan bien lo que sorprende es ese techo inverosímil. Si no fuera por el exceso de luz, se nos antojaría una sala del Nautilus, con sus respiraderos. No veo las escotillas.
Foto primera, Foto segunda, Foto tercera, Foto cuarta, Foto quinta, Foto sexta, Foto séptima, Foto octava, Foto novena, Foto décima, Foto undécima, Foto duodécima, Foto enésima
3. Hemeroteca Justo Serna. Nuevo artículo semanal
JS, “El presente monumental”, El País, 27 de mayo de 2009
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-Adolf Beltran, “Flash back hacia el auge burgués”, El País, 26 de mayo de 2009. Leer más.
-M. Vázquez Valencia, “La dinastía que lanzó Valencia a la modernidad”, Levante-EMV, 27 de mayo de 2009. Leer más.
-C. Velasco, “La mirada visionaria de los Trenor”, Las Provincias, 27 de mayo de 2009. Leer más.
-ADN, “Universidad presenta exposición que recorre la historia de la familia Trenor”, Adn, 26 de mayo de 2009. Leer más.
-Valencia City, “La historia de la Valencia burguesa en La Nau”, Valencia City (mayo de 2009). Leer más.
-Las Provincias, “Familia Trenor. Una exposición de la burguesía”, Las Provincias, 12 de abril de 2009. Leer más.
-Universitat de València, “La Universitat de València inagura hui una exposició sobre els Trenor”, Universitat de València, 26 de mayo de 2009. Leer más.
-Soytu.es actualidad, “La Universidad presenta una exposición que recorre la historia de la familia Trenor”, Soytu.es, 26 de mayo de 2009. Leer más.
-Revista Archivos del Sur, Buenos Aires (Argentina), 26 de mayo de 2009. Trenor: la exposición de una gran familia burguesa. Leer más.
-Javier Mesa Reig, “La Universidad de Valencia inauguró la exposición Trenor, una gran familia burguesa”, AbsolutValencia, 27 de mayo de 2009. Leer más.
-Javier Mesa Reig, “Descubre los objetos de los Trenor”, AbsolutValencia, 27 de mayo de 2009. Leer más.
Vampiros
21 Abril 2009
0. Vampiros. ¿Otra película de vampiros? ¿Hay algo nuevo que decir? Miren, yo no me sacio. Es tal la fascinación que me despierta la figura doliente del vampiro que procuro estar al tanto de su suerte. O mala suerte. Una y otra vez se le da nueva vida con películas, con novelas, con ensayos, con poemas. No todo es igualmente válido, claro. Pero cuando una obra da en el clavo (y nunca peor dicho), entonces procuro no perdérmela.
Ese aspecto sombrío, triste, apesadumbrado; esa piel cenicienta o cerúlea, según; esos ojos exaltados y dementes, depende; esa voracidad insaciable y penitente. Esto es lo que más me gusta de las últimas generaciones de muertos vivos. Los vampiros siempre han lamentado su suerte: ese vivir que es un sin vivir, esa longevidad fúnebre y trasnochada. No hay manera de morir en paz. Ahí los tienes, arrastrando su cuerpo frío, blancuzco, añoso o incluso milenario. Pero, además, ahora te hincan los dientes con mala conciencia, como deplorando su mala acción: inevitable, fatal.
No forcemos los simbolismos… El vampiro sólo es un calco del humano que fue y, por tanto, no carece de escrúpulos, de conciencia. No tiene más remedio que sorber tu sangre: comete una grave falta, sin duda, pero no lo hace por nada personal. No tiene nada contra ti: sólo es la voracidad todavía humana que ha de satisfacer. O, si se quiere, sólo es ese ser aún vivo que, como todos los congéneres, persevera en su propio ser. Como diría Baruch Spinoza.
Le he dedicado un capítulo a los vampiros en Héroes alfabéticos. Allí rindo un pequeño homenaje a Bram Stoker y a Bela Lugosi. Digo pequeño porque mis capacidades vampíricas son magras, pero me he atrevido: era el tributo que yo pagaba por la felicidad que me han procurado. Pensaba, entre otros, en Max Schreck, en Christopher Lee y en Klaus Kinski.
Todavía recuerdo el día en que acudí al estreno del Nosferatu (1979) dirigido por Werner Herzog. En aquella película se rehabilitaba a Kinski, un actor entonces muy desaprovechado. De paso, el director alemán celebraba el homónimo film (1922), de F. W. Murnau. Recuerdo, ya digo, cuando la vi. Un lastimero Nosferatu-Kinski gemía y sollozaba poco antes de hincar sus dientes mientras el irrespetuoso público se burlaba de él. Con veinte años, abandonando la adolescencia, yo deploraba aquella grosería de los espectadores. Me quería sentir solidario. Tontamente solidario, me dije tiempo después, al madurar: al vampiro, ni agua. Había que abandonar esas caridades. Hoy no pienso igual. Vuelvo a experimentar una incómoda ternura con los muertos vivientes.
1. La niña. Acabo de ver Déjame entrar (2009), de Tomas Alfredson, y siento una dicha triste por esa niña que chupa sangre. Observen su mirada. ¿Qué revelan sus ojos? No es exactamente miedo. Tampoco la suya es la actitud característica del vampiro arrogante, satisfecho. Esa imagen muestra timidez, soledad. Tiene unas ojeras marcadas que le dan un aspecto enfermizo. No está bronceada. Su pelo, rotundamente negro, anda algo revuelto. En conjunto, tiene un aire vagamente cíngaro.
Ahora observen a este otro muchacho. Tiene un aspecto evidentemente septentrional. Rubio como la cerveza. Incluso más claro: su largo cabello aún es más claro. Tiene una tirita en su rostro sonrosado. Es la cara de un jovencito bien nutrido. Mira con desconfianza: no sabemos si esos ojos revelan miedo o desamparo o dolor.
El muchacho y la muchacha tienen doce años. Como tantos adolescentes a esa edad, ambos se sienten solos, muy solos: incomprendidos, hostigados, ajenos al mundo que les rodea, prácticamente huérfanos. Cuando escribo prácticamente huérfanos empleo esta expresión de manera equívoca: aunque hay figuras tutelares que velan por su nutrición, en realidad el chico y la chica sobreviven o malviven –ya digo– en un retiro que es espiritual y es físico. La acción se desarrolla –calculo– en la Suecia de finales de los setenta o principios de los ochenta. Todo el mobiliario lo pregona; también los Volvos, el aparato de televisión, la indumentaria. Es un país septentrional sumido en una nieve perpetua, con calles enterradas en un blanco asfixiante, con adultos que se reúnen para beber y beber: precisa o paradójicamente desnortados.
Antes, las películas de vampiros nos atemorizaban. Ahora, estos films nos dejan tristes. Ya no estamos en Transilvania, en efecto. Tampoco en la Inglaterra victoriana. No nos las vemos con un Drácula feroz e inmisericorde, ese noble voraz y milenario. Nos las vemos con gente sencilla, de condición modesta… Nos hallamos en una Suecia acomodada, asistencial, con jóvenes que asisten a colegios bien dotados, con familias que no parecen pasar graves apuros económicos. La vida transcurre sin mayor sobresalto: poco a poco iremos descubriendo violencias implícitas o insinuadas; o violencias de pura, de estricta supervivencia. Alguien debe desollar y desangrar para nutrir a quien tutela. Qué fatalidad.
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Ilustración: Víctor Serna.
Vivaqueando
18 Marzo 2009
He publicado unos cuantos artículos sobre las Fallas. Como no me gustan las verbenas ni el ruido municipal, esa fiesta de estrépito y detonación, siempre acabo escribiendo sobre ellas. ¿Es posible manifestarse contra las Fallas sin ser perseguido. “¿Es posible deplorarlas y no suscitar escarnio u odios entre los conciudadanos?”, me preguntaba en un primer texto fechado el 14 de marzo de 2001. Lo titulé ”A favor del individualismo“ y apareció publicado en El País. Responsables de dicho periódico me felicitaron por la sensatez de mi crítica, me decían. Pero también me advertían: seguro que los munícipes no hacen caso. No hay freno que detenga esta explosión de casales, de carpas, de petardos.
Con inconsciencia volví sobre ello. Lo intenté de nuevo. “La juerga explosiva se adueña de las calles sin dar descanso al vecindario más necesitado; el rugido de las motocicletas petardea, sabedores todos de que hay licencia para el decibelio; el desenfreno y el estrépito de la pólvora y de las explosiones amenazan a quienes temen el estruendo y el fuego; y la alcaldesa y sus adláteres se suman con alegría expansiva y condescendiente al libertinaje municipal, alentando, jaleando, entregados con la furia propia de una campaña electoral. Y lo peor es que todo, absolutamente todo, resulta ser predecible”, admitía otra vez y con fatalidad el 17 de marzo de 2003. Lo decía en otro artículo publicado en El País con el título de “Ardor fallero“. La repetición, la exacta y predecible repetición, era lo que deploraba en ese texto: la sensación de déjà vu , una fatalidad de excesos que nuestras autoridades municipales apoyan con interés demagógico. Recuerdo que me animaron algunos lectores, gentes que me escribieron o que me saludaron diciéndome qué razón tienes.
Yo sé que todo es inútil, pero al año siguiente volví a incurrir. “Una arrogante brutalidad de cristales rotos, la incultura adueñándose de ciertas calles, el estrépito motorizado, el desenfreno de la pólvora y del fuego, el engreimiento de quienes incendian papeleras, contenedores, orinan por todas partes. Mientras tanto, nuestros munícipes parecen callar o jalear a los juerguistas como si ya estuvieran resignados a la expansión, como si sólo fueran capaces de demagogia”, reconocía nuevamente en otro artículo, “Fiesta y devastación“, este del 19 de marzo de 2004, también en El País. Desde luego no aportaba datos distintos ni argumentos diferentes. Todo en mi artículo era como lo que lamentaba: previsible y reiterado. No hay nada nuevo que añadir, me decía. Aun así, dos periodistas de El País me mandaron dos correos cariñosos, felicitándome otra vez por la exactitud de lo denunciado.
Dejé pasar muchos meses antes de reincidir. “Afloran aquí y allá los mismos tenderetes que ciegan las aceras impidiendo el tránsito de peatones. Se emplazan innumerables puestos de churros y buñuelos cuyos humos y aceites asfixian… dejando el paladar y el olfato embreados. Estallan los mismos cohetes, nos ensordece el mismo estruendo, y jovencitos feroces e insaciables, con idéntica energía, acicateados por unos padres temerarios que por momentos parecen olvidar la cordura, nos estremecen. Se instalan unos monumentos falleros que creíamos ya incinerados, años atrás. Se adorna la vía pública con idénticas señeras y bombillas de colorines, con las mismas banderolas que con insistencia nos advierten, por si alguien lo había olvidado, que estamos en tierra de valencianos: las mismas perillas que anuncian con despilfarro, con disipación, el general regocijo, una vía en la que todo el mundo parece entregarse a una furiosa bulla de discomóvil. Se acumula la misma basura: los mismos botes estrujados de cerveza y las mismas botellas astilladas de whisky. Produce desagrado oler, como siempre, a ciudad amoniacal y mefítica, el vómito esparcido con que los más jaraneros o incontinentes se alivian rociando el asfalto y los adoquines. Es un vandalismo mediterráneo, claro, salpicado de orín y gentío”, concluía el 22 de marzo de 2006 en un artículo significativamente titulado “Adiós a las Fallas“, publicado esta vez en Levante-Emv. El entonces responsable de Opinión de dicho periódico me felicitó, pero para inmediatamente después pedirme contención y resignación. La gente quiere diversión y el turismo que la fiesta atrae nos obliga a aguantarnos, me dijo.
Empecé a aburrirme. Creí que no iba a volver a escribir sobre las Fallas, sobre unos recocijos que padezco con irritación creciente. Harto, algo cansado de decir evidencias, resignado a la fiesta municipal, había decidido callar. Me dije: ya que no puedes hacer nada, tira el escudo de Arquíloco y sal corriendo. No hay batalla que librar. Está todo perdido y, además, tampoco quieres hostigar a quienes no son exactamente tus enemigos. Los falleros son gentes como tú, vecinos que viven, sobreviven y trabajan. ¿Para qué enfrentarte?, me había dicho. Adopta otra estrategia: escápate de la ciudad hostil y reserva tu escritura para el blog, para los amigos. Así lo hice el año último, pero ahora regreso para tratar lo mismo en un medio impreso, para retocarlo y mejorarlo –creo– en El País. Ahí abajo tienen el enlace… Llevo camino de adherirme a aquello que me hostiga. Regreso, pues, y qué veo.
Con la excusa de la fiesta peatonal otra vez se cierran numerosas calles al tránsito rodado, bloqueándose cruces, taponándose salidas. Los ciudadanos quedan aislados y hasta las ambulancias tienen dificultad para acceder a los lugares en donde las necesitan. No es el público caminante quien se adueña de la calzada, sino las carpas innumerables en que vivaquean los festeros con su música ensordecedora, con sus detonaciones. ¿Y los orines? Siempre acabo hablando de los orines, de la Valencia hedionda. Todo huele a meado: las aceras y los rincones, regados con el pipí de bebedores e incontinentes. Viva el colectivismo jaranero, viva el regocijo público. Ar.
Ahora ya me callo, ya me voy, no sin antes preguntarme lo de siempre. ¿Y esto cuándo acaba? ¿El día de la cremà? No, la batalla continúa, pero el escudo ya lo arrojé.
Hemeroteca
Justo Serna, “Sant Josep“, El País, 18 de marzo de 2009
Continuará…
El viejo
7 Marzo 2009
Uno. Viejos. Quiero dedicar este post a hablar de viejos, a hablar de lo que es la perspicacia de los ancianos aún lúcidos, una sabiduría que ahora derrochamos o ignoramos por culpa de nuestro apresuramiento.
Si con setenta, ochenta o noventa años todavía son capaces de decirnos cosas relevantes nos sorprendemos: tendemos a pensar que la lucidez, la ironía, la ternura, la generosidad o el amor propio son cualidades raras a esa edad. Y no es así. Una vejez consciente es una suerte para el hijo, para el nieto o para ese otro que pasaba por allí. No siempre nos damos cuenta: sobrevivimos en una sociedad que idolatra lo joven y que parece desechar lo maduro.
Durante estos últimos días y por motivos profesionales he debido tratar con tres señoras que tienen ya una cierta edad. Aunque las conversaciones no han sido extensas ni profundas, lo cierto es que he tenido la sensación de que salía de dichos encuentros más templado y con mayor sosiego. La corrección y la buena disposición, las ganas de saber y la confianza con que se me dirigían eran rasgos de buena crianza, recursos personales de que se valían cada una de ellas. El trato con los mayores nos mejora. Sin duda.
Pero es de otros ancianos, en este caso cuatro varones, de quienes quiero hablar a lo largo del fin de semana. Quiero verles cosas en común. Resultan muy diferentes entre sí, pero creo que comparten algún rasgo. Son tipos sobresalientes que, al fin y al cabo, me interesan o me conmueven en distinto grado; son personas que hicieron o que aún hacen de sus vidas ejemplos notables de coraje, de buen hacer, de profesionalidad, de lucidez, de supervivencia. No son santos: son humanos, propiamente humanos, pero tipos con quienes te irías a compartir recuerdos y saberes. Nacieron entre 1917 y 1930 y cada uno de ellos pertenece a un país distinto: por ejemplo, uno dispone de nacionalidad británica; otro, francesa; otro, española; y otro, finalmente, norteamericana. No sé si hablaré de cada uno de ellos por separado, pero son dichos ancianos en quienes estoy pensando.
Si nos fijamos, esas fechas no forman una generación. Los mayores de este grupo están marcados directamente por los efectos de la Gran Guerra, por las consecuencias de la Revolución de Octubre, por el auge del fascismo, por la crisis de 1929. Vivieron incluso como adultos la Segunda Guerra Mundial, la resistencia. En cambio los restantes, que nacen entre 1926 y 1930, son individuos cuya juventud se desarolla a finales de los cuarenta. Son aún muchachos cuando el conflicto mundial ha acabado y cada uno en su país va a ser testigo de la Guerra Fría. Por ejemplo, uno crecerá en la prosperidad americana de los cincuenta y otro sobrevivirá en la España pobretona de la autarquía.
Para evocar al primero de ellos me permitirán parafrasear un célebre íncipit de Javier Marías. Uno de los cuatro –el que más me importa– ha muerto, justo ahora cuando me dispongo a sobrepasar la cincuentena, y eso me hace pensar, supersticiosamente, que quizá esperó a que yo llegara al medio siglo y consumiera mi tiempo con él para darme ocasión de conocerlo y para que ahora pueda hablar de él. ¿A quién me refiero? A mi padre, por supuesto, que murió cinco meses atrás y de quien aquí traté con dolor. Estos días, sus viejos compañeros le rinden un homenaje, al que asistiré, por supuesto. Espero mantenerme entero.
Pero por pudor no es expresamente de él de quien quiero tratar. Sólo quiero evocarlo leve o indirectamente: por contraste o por semejanza con los otros ancianos que aquí mencionaré. Digamos ya sus nombres: Eric J. Hobsbawm, Clint Eastwood y Jean Daniel. Insisto: nada tienen que ver entre sí, pero sus distintas experiencias me educan y me sirven para sombrear, para perfilar mejor la figura del viejo.
Dos. Eric J. Hobsbawm. Hobsbawm es un historiador muy distinguido: un comunista que ha sabido ser riguroso a pesar de sus simpatías políticas. ¿A pesar de sus simpatías…? Desde luego, la ideología entendida como sistema cerrado y autosuficiente no favorece el rigor.
Según Karl Marx -y David P. Montesinos nos lo recordaba días atrás-, lo ideológico es sinónimo de percepción sesgada, de parcial visión, de concepción determinada por el ser social. Falso pensamiento, llega a calificarlo el propio Marx. En todo caso, la imparcialidad y la objetividad, ¿cómo pueden conseguirse si uno se adhiere a una causa, a una filiación? Desde hace veinte años, desde la caída del Muro de Berlín, Hobsbawm se plantea esta cuestión: precisamente desde el fin de la Guerra Fría. Pafraseémoslo. ¿De qué he escrito?, se llega a preguntar. De todo aquello que no comprometiera mi presente en un circunstancia extremadamente ideológica y convulsa. Si me ocupaba del Ochocientos, llega a decir Hobsbawm, podía evitar plantearme la historia del comunismo: su sentido, su práctica, sus errores e incluso sus horrores. Me adherí al comunismo tempranamente, hacia 1936. Al centrarme en el siglo XIX, no tuve que analizar su consecuencia en el Novecientos. Eso nos viene a decir este historiador. Por esta razón se demoró tanto su gran obra de síntesis reciente: la Historia del siglo XX o, en inglés, The Age of Extremes (1994). Tuvo que hundirse el comunismo. ¿Qué decir sobre ello? Algunas de estas cosas me las planteé tiempo atrás abordando su figura precisamente.
Ahora, cuando ha pasado tanto de tiempo de todo esto, me entero de que el MI5 no le permite el acceso a su propio expediente de viejo comunista espiado. Es un anciano quien exige saber de su vida, lo que otros examinaron y anotaron con precisión. El Servicio de Información británico le niega ese derecho. Pero lo mejor es el colofón de los espías: “No debe concluir de nuestra respuesta que poseamos o no cualquier dato personal sobre usted”. Viejos colegas…
Tres. Clint Eastwood. Gran Torino es un coche, un modelo de 1972 que desarrollaba otros anteriores de la casa Ford. En la película de Clint Eastwood titulada así, Gran Torino (2008), dicho coche es ése, exactamente. A lo largo del film y en distintas ocasiones se precisa la fecha del modelo: 1972. ¿Algún simbolismo? Para esas fechas, el capitalismo no había experimentado la gran crisis energética que traería la guerra del Yom Kippur (1973). Es decir, aún estábamos en la época de esplendor económico e industrialismo, cuando los automóviles americanos eran gigantescos y consumían muchísima gasolina.
El viejo que protagoniza la película es un estadounidense de origen polaco, un tal Walt Kowalski, alguien que ha trabajado en una factoría Ford. Es, pues, un tipo vinculado a la industria de automoción que dio relumbre a Norteamérica y es un individuo que conserva su viejo vehículo como símbolo de poderío, de orgullo patriótico. Él es la encarnación de la América profunda. El coche aún funciona, su propietario lo mantiene en perfectas condiciones y es, sin duda, su bien más preciado que le queda tras la muerte de la esposa.
No les voy a contar el film, claro. Creo que es una película de Eastwood, es decir, hay un tipo que carga con alguna culpa, alguien que no puede redimirse fácilmente, un personaje bronco que, sin embargo, tiene un fondo profundamente humano. Pero la intención del cineasta es hacernos odioso a Kowalski: es gruñón, se lleva fatal con sus hijos y demás parientes, y es un racista impenitente que odia a los amarillos desde que estuvo en la Guerra de Corea. Por supuesto, como todo personaje de Eatswood también éste está averiado. El enigma de la película es hacernos ver si es posible algún cambio, si efectivamente podrá vivir rodeado de asiáticos: él, que los odió tanto desde que estuviera luchando contra ellos a comienzos de los años cincuenta. Los asiáticos, así, en conjunto.
Creo que el film es estimable y, como se ha dicho, testamentario, pues uno tiene la impresión de que Eastwood deja muchas pistas acerca de su fin, de lo que es la muerte. Pero no es la obra colosal que algunos han proclamado. Falta algo esencial. ¿Qué cosa? El personaje no se hace odiar suficientemente. Por muy racista que se manifieste, el viejo gruñón es eso: un tipo gruñón que se hace querer a pesar de todo. Por eso, cualquier cambio que lo mejore está apuntado en su propia naturaleza: no es un diablo, ni un ser que encarne el mal. Es un anciano que acarrea el peso de un acto infame. Me recordaba en algunos momentos la memoria de la culpa en La velocidad de la luz, de Javier Cercas. Lo que pasa es que, en la novela española, el veterano era de Vietnam y su atrocidad no era exactamente equiparable.
El Kowalski de Gran Torino es otro veterano al que queremos desde el principio –vemos en él a Eastwood– y del que deseamos su redención. De Harry el sucio a Walt Kowalski… No les explico más. Ese viejo, nos decimos, merece sobrevivir con dignidad: encarna la América sencilla, quizá bronca pero noble. Es por eso por lo que su final, que a tantos ha sorprendido agradablemente, épicamente, a mí me parece algo postizo y con un punto de inverosimilitud: de tan bello y trágico que es. Ojalá el heroísmo generoso de algunos mejorara la condición humana, como ahí se concluye. Pero de verdad: no podemos pedir tanto a los viejos. Y hasta aquí puedo leer…
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Ilustraciones de este post: Serie fotográfica Ayer y hoy, Víctor Serna.
¿Una serie de catastróficas desdichas?
3 Febrero 2009

Bodas, bautizos y comuniones
28 Diciembre 2008
Francisco Fuster
Como país turístico por excelencia que es, España siempre se ha preciado de poseer uno de los sectores hosteleros más potentes de Europa. Los años sesenta y su turismo de “Sol y playa”, forjaron su imagen –magistralmente reflejada en esas películas en que veíamos a Alfredo Landa persiguiendo a suecas por Benidorm– como una tierra acogedora y abierta: un lugar en el que comer bien y beber mejor era algo que se presuponía, que venía en el precio. Esta premisa, unida a la española costumbre de celebrar cualquier efeméride con un banquete pantagruélico, han hecho de España un país en el que mucha población activa ha pasado en algún momento de su vida por ese peldaño de la evolución vital de un individuo que es el trabajo de camarero. Entre esos incautos o afortunados que un día decidieron ingresar en el gremio se encuentra un servidor de ustedes.
Quizá esto sorprenda a algún lector. No es un dato que figure en mi currículum ni es algo que vaya publicitando, aunque tampoco lo he omitido. No me he avergonzado nunca de ello porque creo que ha sido uno de las mejores experiencias de mi vida; sin duda, de la que más he aprendido. Si tuviera que decir si soy más camarero o historiador, creo que –a día de hoy– diría sin vacilar camarero. No es que haya descubierto ahora que mi vocación innata es la de ser camarero, no es eso. Es que he descubierto que ser historiador –en el sentido en que muchos entienden esa profesión o dedicación– tampoco lo es. Me encanta la historia y por eso he dedicado a su estudio –y lo he hecho a conciencia– algunos de los mejores años de mi vida, años irrecuperables. Sin embargo, confieso que de algunos de mis compañeros de trabajo, de mis jefes y sobre todo, del contacto directo con todo tipo de gentes (por mi lugar de trabajo pasan cada fin de semana más de dos mil personas) he aprendido lecciones que no se imparten en ninguna universidad. No tengo ningún título oficial de camarero ni he estudiado en ninguna Academia.

Lo único que tengo es mi experiencia de ocho años ininterrumpidos de ejercicio de una profesión que me han permitido llegar a una conclusión elemental: el camarero –y más en concreto el del sector “bodas, bautizos y comuniones”, que es el que más conozco– no nace; se hace. Llego a esta certeza después de pensar y repensar en mi profesión, una profesión a la que llegué como medio de subsistencia y siendo un joven de 16 años que solo pensaba trabajar los fines de semana para pagarse algún capricho y luego para pagarse lo que para algunos es un capricho: mi carrera universitaria. Lo que en principio iba a ser algo ocasional –eso de probar por probar– se ha convertido en mi ocupación habitual durante los últimos ocho años de mi vida (casi 800 días de trabajo, la mayoría de ellos bodas). Como ya he dicho, durante estos ocho años he aprendido eso que no se aprende en los libros, ese saber intangible y no evaluable que consiste en la capacidad para comprender al ser humano común, para tratar de encontrar un sentido a formas de comportamiento que en apariencia no lo tienen.
Digo esto porque, normalmente, la gente que acude a una boda tiene un horizonte de acción relativamente reducido a su propia mesa o, como mucho, a lo que alcanza su vista y su curiosidad auditiva. Cada cual se limita a departir con sus vecinos de mesa, a contar chistes entre trago y trago o a comentar si la comida está buena o si el vino elegido por los novios es de los más baratos. El caso del camarero es muy distinto. Aunque mi espacio de responsabilidad personal abarca –teóricamente– un número limitado de mesas y comensales, en la práctica y a efectos de la observación antropológica y el análisis sociológico, me suelo fijar en todo aquello que llama mi atención. Y como es natural, lo que llama la atención es lo anormal, lo raro o extravagante. No llama la atención una persona educada que viene a cenar, que se sienta a la mesa y se dirige al camarero con educación y respeto, incluso con cariño y comprensión (bueno, estos si llaman la atención porque son minoría).
Aunque con el paso de las bodas uno se acostumbra a todo y el grado de sorpresa es inversamente proporcional a la experiencia, hay cosas, comportamientos y reacciones que, inevitablemente, llaman la atención. Llama la atención ver que en una boda entre dos personas que son testigos de Jehová, alguien tome el micrófono y pida a la gente que rece antes de empezar a comer. Pero también llama la atención que a la hora de la típica broma que se hace al novio después de sacar la tarta, los amigos de éste lo escondan dentro de un contenedor de basura (uno de estos grandes y verdes que previamente han subido por el ascensor), cierren la tapa y lo lancen contra un pilar rompiendo una pieza de mármol. Estos comportamientos irracionales suelen ser justificados con argumentos del tipo: “hombre, un día es un día”; “va, hombre, que uno no se casa todos los días”; o “no seas aguafiestas (dirigido al camarero), ¿qué quieres, cortarnos el rollo?”.
Como me enseñó una vez un maître que nos impartió un curso de atención al cliente, el buen camarero es ante todo un buen psicólogo, una persona que analiza al cliente y lo lleva a su terreno. Durante mucho tiempo, decía nuestro profesor, el gremio de la hostelería se ha guiado por esa máxima que dice que “el cliente siempre tiene la razón”. Siento decepcionar a quien se haya creído este eslogan, pero no es cierto: el cliente tiene la razón, si y solo si, tiene la razón. Decía este hombre, que el camarero debe pensar que él es tan señor o más, que quien en ese momento está sentado y ejerce de señor, porque hoy eres tú quien sirve pero mañana puedes ser tú el servido. No obstante este razonamiento lógico, decía el profesor, hay gente que hace del eslogan del cliente y la razón, poco menos que un arma arrojadiza, empleándolo como pretexto para intentar aprovecharse de su situación de superioridad momentánea. Hace poco sin ir más lejos, me sucedió (no me había ocurrido antes) un caso de este tipo.
Creo recordar que fue un sábado cuando me dispuse a empezar la boda, como de costumbre. Un comensal –una chica joven– llamó mi atención con el típico gesto consistente en levantar la mano y agitarla de derecha a izquierda, como el que se está ahogando y pide socorro. Vi a la joven y me acerqué a ella. Estaba sentada en la mesa de los amigos de los novios, mesas problemáticas por definición, pues son por protocolo las encargadas de animar la velada con los clásicos cánticos y vítores. Al acercarme a la chica y confirmarle que iba a ser el camarero de su mesa, me respondió con una sonrisita irónica: “Ay madre –me amenazó– prepárate porque te vamos a dar la tabarra toda la noche”. Prevenido contra este tipo de intimidaciones, me dirigí a mi compañero para advertirle de que en esa mesa venían dispuestos a tocar las narices por decreto, porque esa chica y sus amigos entendían que a una boda se va a eso, a emborracharse y a fastidiar al camarero de turno. Luego volví a coincidir con mi vieja amiga. No recuerdo que me pidió, pero recuerdo que le dije que sí, que acepté su petición asintiendo con la cabeza. Mientras me giraba prosiguió con sus demandas y redondeó la frase con un maleducado e irrespetuoso “ale, que para eso te pagan”.
Como no puedo contar en pocas líneas la experiencia de ocho años, solo me limitaré a dar un par de consejos; quien quiera que los acepte y quien no, pues que siga como antes. Como camarero que ha tratado con infinidad de comensales, de todas las edades y en todos los estados de embriaguez y enajenación imaginables, solo les prevengo contra un par de usos extendidos que al camarero medio le resultan insoportables, predisponiendo su ánimo negativamente contra el que los emplea. Me refiero concretamente a dos expresiones, dos clásicos que se repiten de manera sistemática, a veces con una bondad ingenua y a veces con un sarcasmo no disimulado.
El primero es una frase que a mí, particularmente, me causa un profundo malestar. Se puede escuchar durante todo el convite, pero lo suyo, lo que de verdad fastidia y quema al camarero es escucharla al principio, incluso antes siquiera de empezar a despachar platos. Normalmente, la frase la dice el gracioso de la mesa. Como sabrán, una mesa de una boda es como un grupo unido, como un equipo. No importa que sean amigos o no se hayan visto en diez años; todos reman en la misma dirección porque tienen un mismo fin: beber y comer más que las restantes mesas, sentir que son unos privilegiados porque el camarero se ha hecho colega suyo y les agasaja con una serie de “extras” que los demás no gozan. Es absurdo y primario, pero es así: a la gente le gusta sentirse importante en las bodas, distinguirse del resto, ver que no son uno más. Cada grupo humano que constituye una mesa confía sus agravios y sus deseos a un líder que ejerce de portavoz. En ocasiones puede ser el más entendido, alguien que sepa de vinos o alguien que trabaje en la hostelería (te dicen aquello de “Oye tú, cuidado con éste que éste tiene un restaurante, ¿eh?). Sin embargo, la mayoría de las veces el portavoz es el típico graciosillo que quiere hacerse notar.
Esto pasa mucho en las mesas con gente mayor en las que, bien un hombre campechano y rudo, bien una señora descarada y lanzada, se pasa la noche profiriendo chistes y gracias –las más de las veces a costa del camarero– entre las aclamaciones de sus vecinos de mesa. Pues bien, decía que este personaje que asume voluntariamente el papel de bufón, suele ser el que cuando te acercas a la mesa por primera vez, te interrumpe para decirte con tono chulesco y bien alto para que toda la mesa lo escuche (si no, qué gracia tendría): ¿Tú eres el camarero que nos ha tocado? Y tú le respondes con el tono resignado de quien se imagina la siguiente pregunta: “Sí, soy yo”. Y luego la frase en cuestión: “Pues oye, aquí que no falte de nada, ¿eh?” Incluso alguno sigue la broma “como si fuera una boda, je, je”. Una advertencia de mi parte. Esa frase –“aquí que no falte de nada”– es la peor que se puede elegir para granjearse la amistad de un camarero. Les aconsejo que no la usen porque, normalmente, suele provocar el efecto contrario al deseado. Lo que más odia un camarero es que le digan lo que tiene que hacer, sobre todo si ni siquiera ha empezado a servir platos. “Si antes de empezar ya vamos con ésas, qué no pedirá éste cuando empecemos”, es la reflexión interna que se hace el camarero. Si le dicen eso al profesional, ya presuponen que van a faltar cosas en la mesa y un camarero, por raro que parezca, también tiene su orgullo.
Las otras palabras que causan pánico en boca de un cliente son quizá la expresión que marca la vida de un camarero: “cuando puedas”. Son dos simples palabras, un verbo y su adverbio, pero encierran en su significado toda una serie de connotaciones que es preferible evitar. No digan esas palabras y menos ocupando la primera posición de una frase. Aunque parezca más educado lo contrario, es preferible decir: “me puede traer un café, cuando pueda”, que no, “cuando pueda, me traería un café”. Si le dicen a un camarero “cuando puedas”, le están pidiendo algo que no puede hacer en ese momento. El adverbio temporal “cuando” presupone una incompatibilidad temporal entre lo que el camarero está haciendo en ese preciso momento y lo que usted le está pidiendo en ese mismo momento. Normalmente el camarero está haciendo una cosa y pensando en lo que va a hacer cuando la termine. Se suele seguir el orden cronológico de peticiones de los comensales, pero los camareros son personas y como tales, aplican una regla muy básica: a quien te trata bien, tú le tratas mejor; a quien te trata mal, pues tú peor si cabe. Es así, no hay más. No hay cosa que impaciente más a un camarero que estar sirviendo cubatas en un barra (después de las bodas suele haber “barra libre”), pendiente de memorizar la lista de cinco copas que te ha pedido un comensal, y ver como una persona agita los brazos con gesto de impaciencia y te dice “cuando puedas me pones un gin-tonic; pero tranquilo, ¿eh?, cuando puedas, tú tranquilo”. En fin, que no es recomendable. Hay otros mecanismos.
Lo que quiero decir con esta reflexión personal, a modo de conclusión, es que el camarero, ese gran desconocido, no es un autómata ni un resentido que para desahogar el cabreo que le produce tener que trabajar mientras los demás disfrutan, se dedica a fastidiar al cliente haciéndole esperar más de la cuenta o no complaciendo sus deseos y caprichos. El camarero que trabaja sirviendo bodas tiene su sueldo, más bajo o más alto (no he hablado de los comensales que creen que los camareros de bodas se forran de dinero porque creen que el restaurante ganará mucho con las bodas y, por esa regla de tres, el camarero se hará rico), pero tiene una remuneración que ha aceptado y unas reglas y normas impuestas por su jefe, como cualquier trabajador. El camarero no trabaja por las propinas ni quiere terminar la boda con un puñado de amigos nuevos. No es ese su cometido.
Su cometido es intentar que el comensal se sienta a gusto y que los novios disfruten de su gran día, como les gustaría hacer a ellos si se casasen. Por eso, les digo que la próxima vez que vayan a una boda no traten al camarero como si fuera su amigo de toda la vida (si hay química y buen trato ya se verá, la bodas son muy largas), pero tampoco como si fuera su enemigo, como si fuera el despechado que se ha empeñado en fastidiarles la fiesta porque no se ha acordado del poleo de la abuela o porque hace caso a todo el mundo menos a nosotros.
Si mi experiencia sirve de algo, les digo que no, que no es así. Yo no me levanto cada domingo a les 9 de la mañana y digo: “como todos están durmiendo y yo ayer me acosté a las 3 (porque tuve boda el sábado) y estoy hecho polvo, hoy voy a ir a fastidiar y hacerles la vida imposible a mis comensales”. No es así en mi caso, ni en ninguno que yo conozca. Traten al camarero como les gustaría que les tratasen a ustedes si fuesen ustedes los que estuvieran de pie y él quien estuviera sentado. Hagan la prueba esa y verán como el camarero les cuida, les mima y les atiende con la mejor de las sonrisas. Mejor que una propina es acabar una boda y que se acerque una comensal tuyo y te diga: “todo muy bien ¿eh?, la próxima vez que vengamos vamos a pedir que nos atiendas tu”. A mí me ha pasado y, créanlo, la sensación que provocan esas palabras sinceras no se paga con dinero.
Cultura de masas
27 Mayo 2008
No quería volver a tratar este asunto, pero como para algunos analistas estamos en una situación de emergencia la responsabilidad obliga. Las audiencias se disparan como nunca y eso provoca un desconcierto creciente, mayúsculo, entre las elites culturales. Con su falso tupé, Rodolfo Chikilicuatre nos empitona a todos. Es un fenómeno -porque Rodolfo… es un fenómeno-, algo que a todos desconcierta: a los listos y a los tontos, a los cultos y a los ignaros, a los severos y a los caraduras, que no sé si son los mismos. Incluso quienes estamos dispuestos a no culparnos –quienes estamos preparados para divertirnos con la bulla, asumiendo lo kitsch y aceptando el triunfo inevitable del frikismo–, un caso como éste nos pone en un brete. En efecto, Rodolfo and Friends son un aprieto para todos nosotros. Nos obligan a preguntarnos muchas cosas. Piensen: más allá del producto, la circunstancia seguirá. ¿Y cuál es la circunstancia? El Terrat, la productora que inventó a Rodolfo, se ha propuesto disolver la severidad impostada, ha decidido convertir en rentable el choteo universal.
Saben hacer caja promocionando a todos los monstruos, siempre una figura reconocible. ¿Recuerdan al Neng, inspirado en un bakala? ¿Recuerdan a Narcís Reyerta, un Risto Mejide avant la lettre? La verdad es que Buenafuente and Friends dan vértigo. La evaluación de lo aceptable y de lo inaceptable, de lo bello o lo monstruoso, se quiebra si lo kitsch es consciente y sarcástico. Los de El Terrat parecen un grupo de universitarios gamberros de Colegio Mayor, gentes dispuestas a reventar esa severidad del preceptor, del profe, del tutor. Temibles… Es fácil olvidarse de ellos, descartarlos como los que son: unos bromistas pendencieros. Lo difícil es sobrevivir a una guasa que se impone y se universaliza. Como Chiquito de la Calzada, tan amado por Buenafuente y por un público basto, vasto e interclasista. Hay hallazgos verbales en Chiquito, agudos que perforan el tímpano de sus espectadores, deslizamientos corporales propios de un maiquelyacson.
Llevamos un siglo perorando sobre la comunicación de masas, sobre el descrédito del elitismo cultural. Llevamos varias décadas interrogándonos sobre el Festival San Remo su arte canoro; sobre el de Eurovisión y su decadencia; sobre Abba y sus arreglos; sobre Julio Iglesias y el embeleso de su voz, y resulta que es ahora cuando la rebelión plebeya y el mal gusto explícito triunfan sin embozo; es ahora cuando se abre una hendidura difícil de sellar. ¿Por qué razón? Porque la exaltación de lo kitsch –que Buenafuente and Friends perpetran– se hace con mañas deliberadas; porque ese mal gusto no es inocente y sus factores, quienes lo elaboran, se sirven de sobreentendidos inteligentes, de guiños muy rentables.
El lunes 27 de mayo, un periódico tan circunspecto como El Mundo –el diario de la mosca– dedicaba un editorial al Chiki Chiki. Y lo hacía doliéndose también: al editorialista le duele esta España y así lo manifestaba con desgarro, con sentimiento, con escándalo. ¿A quién hay que atribuir este ridículo continental?, se preguntaba. ¿Quién es el responsable de este desaguisado?, insistía. Una sencilla manera de responder a esta cuestión: culpar de todo a Televisión Española y a las instituciones oficiales; decir que esto es un esperpento subvencionado. Días atrás, El País –si, sí, El País de… las Tentaciones– dedicaba dos extensísimas páginas a ello precisamente: a la exaltación y a la subvención del frikismo. Por otro lado, su suplemento juvenil –ese Tentaciones, ahora EP3– se ocupaba de Sébastien Tellier con la excusa de su sofisticación: justamente como el hombre que dignifica Eurovisión. Admito que me sorprende muy agradablemente el cantante francés: con mucho, el más insólito de la noche festivalera. Pero esa transgresión se apropia de valores y de recursos igualmente frikis. Pero dejemos a los jóvenes formales de Tentaciones. Otros periódicos, igualmente severísimos, también han acabado por lamentar el horror estético que encarnaría el payaso fabricado por El Terrat, ese monstruo del crusaíto. La cuestión no es baladí. ¿De verdad, de verdad, que hemos debido esperar a 2008 para preguntarnos sobre el kitsch, sobre la participación de Televisión Española en la cultura hortera de las últimas décadas?
No nos engañemos y no nos ensañemos. ¿Es que acaso la cultura popular del tardofranquismo puede pensarse sin la canción del verano, aquel vulgarísimo certamen que se disputaban Los Diablos, Fórmula V o Tony Ronald? Yo los seguía con fidelidad adolescente, sintiéndome culpable: una culpa solitaria sólo compensada con mi afición simultánea a Lou Reed o David Bowie. ¿O quizá estos cantantes del rock o del glam, del gay power, eran figuras egregias e indiscutibles de la música ligera. Por otra parte, la poesía del pop y del rock: es, con frecuencia, síntoma de deseos toscamente expresados y de desechos menores, sin atisbo de grandeza; es, comúnmente, señal de frustraciones nada trágicas, de aspiraciones incluso colectivas y poco inspiradas; cuando eso ocurre, también es indicio de una empeñosa escritura, virtud demasiado tosca. Pero insistamos ahora en el pasado hortera de TVE.
¿Es que acaso la cultura audiovisual de la transición puede concebirse sin Aplauso (1978-1983), dirigido por José Luis Uribarri? Aquel programa producido por Televisión Española, bien popular a comienzos de los ochenta, tenía un microespacio que se titulaba La juventud baila y del que era responsable José Luis Fradejas: convertían el plató en una provisional sala de baile, simulando una discoteca febril, precisamente: era la de la época de John Travolta, de los Bee Gees, de Grease, de Olivia Newton-John. Allí, en estudio televisivo, numerosos muchachos se esforzaban y se empeñaban demostrando sus habilidades coreográficas: un antecedente, vaya, de los Operación Triunfo, ¡Mira quién baila!, Fama, Tú sí que vales, etcétera. ¿Cuál es la diferencia con Rodolfo? Pues que la celebración de lo cutre que Chikilicuatre ahora emprende es deliberada, sacando el estereotipo a pasear, a bailar, a perrear, parodiándolo con sarcasmo y ternura, con la consciencia de que dinamitamos con guasa impenitente la idea loca de un certamen canoro: eslavo, báltico, mediterráneo, británico, centroeuropeo o de Uribarri. Sólo encuentro un precedente más o menos equiparable: el programa de Chicho Ibáñez Serrador que Televisión Española emitió años atrás, El Semáforo. De todos los virtuosos que allí accedieron para cantar provocando espanto hay uno al que se le recuerda con estupor y cariño: Cañita Brava, se llamaba aquel políglota cantante cuyas piezas aún suenan (¡un saludo!). En un viaje reciente lo vi paseando por la capital coruñesa, con determinación y tímido desparpajo: era una leyenda local, alguien que tenía repertorio, que había hecho galas y bolos y que, para colmo, había participado en Torrente.
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2. El plebeyismo
Hay una conexión estética, sin duda, entre El semáforo… El Terrat o Amiguetes Entertainment, la productora de Santiago Segura. Es más: se dice que el autor de la letra del Chiki Chiki es el director y protagonista de Torrente. Más allá de colaboraciones esporádicas o vinculaciones efectivas (entre Buenafuente y Segura, o entre Rodolfo y Santiago), lo cierto es que todo ese feísmo explícito y esa guasa consciente forman parte del plebeyismo. ¿Una patología? ¿Una novedad? Ya Ortega y Gasset se lamentaba de esta afección en un ensayo de… 1917. ¿Su título? Democracia morbosa.
Estamos a comienzos del siglo XX y las masas parecen imponer su dominio sobre la cultura, sobre la política, sobre la sociedad. Hay indicios que el aristocratismo de Ortega le permite percibir. La descortesía o el dicterio, el grito y el estrépito ganan: como ganan lo bajo y lo ruin, añade. La democracia entendida estricta y exclusivamente como norma del derecho político parece una cosa óptima, precisa Ortega. Pero la democracia como igualitarismo exasperado de la plebe es el triunfo del mínimo común denominador. La ley del número no tiene por qué aplicarse a dominios en los que no juzgan ni pueden juzgar las mayorías. Nació la democracia, añade Ortega, como el noble propósito de salvar a la plebe de su condición: nace para romper la desigualdad jurídica, para elevar al pueblo, para proporcionarle las posibilidades –culturales, entre otras– que la fatalidad histórica no ha concedido. Pero lo que está ocurriendo es que el demócrata ha acabado por simpatizar con la plebe en cuanto plebe: se generalizan sus costumbres, sus hábitos, sus enfoques. ¿Y? Pues, según Ortega, parece toda una venganza de los bajos contra los antiguos privilegiados, parece la consumación del resentimiento que dictaminara Friedrich Nietzsche: se abandona toda excelencia y se impone lo ordinario, de modo que –como una zorra perezosa– el hombre vulgar prefiere lo agraz, las uvas amargas; prefiere abandonarse sin exigirse a sí mismo.
Pero no se piense que lo ordinario es sólo característico de la plebe: la vulgaridad se ha impuesto entre escritores o políticos mediocres, entre gentes cultivadas, entre gentes con posibilidades, que deberían exigirse algo más. No lo hacen y desdeñan cuanto les desmiente y cuanto les contraría: y todo envenena su interior. Es inútil, insiste Ortega, que consigan desempeñar algún papel vistoso en la sociedad. “El aparente triunfo social envenena más su interior, revelándoles el desequilibrio inestable de su vida, a toda hora amenazada de un justiciero derrumbamiento. Aparecen ante sus propios ojos como falsificadores de sí mismos, como monederos falsos de trágica especie, donde la moneda defraudada es la persona defraudadora”. ¿Y en qué oficios o tareas se manifiesta más evidentemente?, se pregunta. Ese estado del espíritu se hace presente sobre todo en “aquellos oficios donde la ficción de las cualidades ausentes es menos posible”. ¿Hay algo más triste que un escritor, un profesor o un político carentes de talento, sin capacidad sensitiva, sin finura expresiva, doblegados por el fracaso íntimo que les duele? Periodistas, profesores y políticos sin talento son, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, dice Ortega. Literalmente, ”la purulenta secreción de esas almas rencorosas”.
Si regresamos a 2008, ¿a quiénes podríamos aplicar esos diagnósticos ciertamente apocalípticos? Podría parecer que hablamos de los payasos que hacen reír a las masas en la televisión. En ese caso concluiríamos que son avispados cómicos quienes rebajan el nivel de la plebe: aquellos que serían responsables de la confusión, del desorden. No niego que en ciertas ocasiones algunos de ellos se entreguen a lo fácil, incluso a la procacidad más palmaria; pero en otras ocasiones su humor es un corrosivo de la impostura, un disolvente de la falsa gravedad, de la tiranía del pijo. En ese sentido son biehechores y su labor es benemérira: son cómicos, los de una tradición dignísima de la cultura popular, de aquella que viene del carnaval, de la inversión del mundo, de la critica soez. Hay, sin embargo, otros payasos que pertenecen por derecho propio a la cultura de masas más degradada: a aquella en la que triunfa el charlatán cuyo fin es enredar, ese charlatán sibilino, que opera con cinismo, que se instala en un cinismo encubierto atreviéndose a juzgar desde allí.
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3. La educación
En realidad, las procacidades o las gansadas no son gran cosa ni producen graves consecuencias si aprendemos a ver, si aprendemos a leer, si sabemos discernir, si asistimos con ironía y y distancia a lo soez o lo chocarrero: al espectáculo del horror estético, por ejemplo. Buenafuente es un payaso, ya digo, un payaso plebeyo cuyas bromas son perfectamente digeribles si tenemos estómago para asimilarlas. Desde luego no hay que hacer un curso especial: solamente tener una cultura aceptable, tener inquietudes, tener un puntico de ironía. Es lo que procuramos en casa. Allí, por ejemplo, algunos de los lectores que nos reunimos hemos disfrutado con el último volumen de Buenafuente. Entre nosotros es tradición adquirir los libros del showman. Tenemos ya una Biblioteca Buenafuente. La nueva obra se titula Digo yo y recoge los monólogos de La Sexta. Mi hija, de once años, ha disfrutado con algunos de sus sermones más entretenidos. ¿Le han hecho daño? ¿Le han sentado mal?
Creo que, a poco que les ayudemos, los niños saben distinguir muy pronto cuándo se les toma el pelo, cuándo se les trata con cinismo, cuándo se les toma en serio. El volumen de Buenafuente es no engaña: aparece como autor el cómico catalán y detrás de él aparecen también Jordi Évole, Joan Grau, Xavi Roca y Berto Romero, entre otros: así hasta un docena de firmantes. Exactamente lo contrario de lo que ocurre con el autor más prolífico de la España reciente: César Vidal. ¿Cuántas obras suyas aparecen al mes? Pestañeas y seguro que te pierdes uno de sus libros: firmado por él, sin duda. ¿Escrito por él? Suponemos que, al menos, leído por él…
Buenafuente, en cambio, suele hacernos una entrega anual y, encima, los guionistas también firman. El Terrat nos saca los cuartos, pero aún no les he visto un producto totalmente insolvente o completamente cínico. Digo yo está bien escrito (para lo que es el nivel del periodismo actual), tan bien escrito que es muy recomendable como lectura infantil. No es broma: yo no pasaría cualquier cosa a mis hijos. No puedo consentirme ese cinismo. Procuro recomedarles páginas que les eleven el espíritu, y los monólogos de Digo yo son instrucción moral y guasa, todo ello expresado con prosa resuelta y correctísima. No es necesario estar siempre de acuerdo con Buenafuente and Friends. No es preciso reírse de todas sus gansadas, pero, ah amigos, los gamberros de El Terrat son inteligencia explosiva.
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Nuevo post, vienes 29 de mayo a las 12 horas
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Variedades
-A. El intelectual de guardia. Escribe Àngel Duarte sobre José María Lassalle. Escribe con tino y sutileza, pero creo que falta algo en su dictamen. Lassalle es un intelectual que, frente a otros, no pierde fuelle teórico o analítico por el hecho de ser asesor áulico. Se le nota, quizá, la ambición, pero eso, en política, no es malo. Sólo es erróneo calcular malamente las consecuencias imprevistas de la acción. Y creo que Lassalle, experto conocedor de la tradición liberal, no siempre ha calculado los efectos inintencionales de lo que hace o de lo que escribe. Por ejemplo, meses atrás me decepcionaba una y otra vez cuando se ponía el disfraz de diputado pendenciero, algo que sucedía con alguna frecuencia en la pasada legislatura, la legislatura de la bronca: perdía su brillo, su lozanía reflexiva, para convertirse en ariete de un partido confuso, el suyo. En cambio, cuando escribe sobre el liberalismo o sobre Isaiah Berlin (en Abc recuerdo alguno), generalmente acierta. Se lo dije al propio Lassalle en un correo privado y él tuvo la generosidad de remitirme un artículo más extenso sobre el mismo tema titulado “Hamlet en Oxford”, publicado en la revista de la FAES. En FAES, precisamente: ése es el fardo que acarrean los moderados del PP. O, en otros términos, el problema de Lassalle es el problema de Rajoy: han creído que lo liberal, lo sensato o lo moderado pueden finalmente salir adelante en un medio hostil, guerrero, al que ellos no le hicieron ascos en su momento. Han creído que ciertos apoyos y ciertas colusiones eran beneficiosas (sin efectos secundarios). Ahora estamos viendo que no es así. Habrá que volver sobre Lassalle. Hace años, nos rendimos homenajes mutuos a pesar de no ser de la misma cuerda: Anaclet Pons y yo escribimos una reseña de su espléndida tesis doctoral (dedicada a John Locke) y él –en contraprestación y agradecimiento–nos hizo otra de Cómo se escribe la microhistoria. Todo en Ojos de Papel. Ahora, Àngel Duarte nos hace regresar… Qué vueltas da la vida
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-B. Gramsci y Espada. “Tengo prisa. No en el blog. En la vida. Sé que a veces no se me entiende con facilidad. Lo sé. Pero es que tengo prisa. No puedo perder el tiempo con nexos y pedagogías. Léautaud: lo que me importa es que concuerden las ideas y no las frases”, nos decía el periodista en Ojos de Papel. No y no. Han de concordar las ideas y también las frases.
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-C. El cuento de Federico. Aquí.
Resurrección
25 Marzo 2008
1. Resurrección
Durante las pasadas vacaciones, he hecho lo que habitualmente hago en esas circunstancias: camino horas y horas, me oxigeno, levanto la vista y miro lejos. Quizá con la esperanza de atisbar lo que a simple vista no distingo, con la intención de descubrir mientras ando. Los picachos de la Sierra de Aitana siempre me procuran un placer completo: imponentes, pero accesibles; de colores matizados y vivos, con olivos centenarios, con almendros que pronto florecerán. Hay en el entorno algo primitivo, milenario por supuesto. Desde chico, cuando hago marchas montañeras siempre recuerdo la vista que una vez tuve en la cima del Montcabrer, próximo a Cocentaina. Yo era uno de los jóvenes excursionistas que habían ascendido vigilados por un adulto. Mientras divisábamos todo el valle, ese acompañante experimentó algo parecido al arrobo. Con énfasis nos preguntó si viendo lo que veíamos acaso dudábamos de la existencia de Dios. Siempre me ha hecho gracia esa inquisición tan… evidente, tan previsible: similar a la sensación de lo sublime bien codificada desde el primer romanticismo. Lo sublime, otra vez…., entre peñascos milenarios.
Digo milenario y recuerdo otros picachos vistos en una película reciente. Así es. En estos días de vacación, cuando no estaba cultivando el cuerpo, estaba en el cine o leyendo. El Domingo de Resurrección, por ejemplo, acudí a una sala de Benidorm con el objetivo de ver 10.000. Pude cumplir mi propósito a pesar de las multitudes turísticas. 10.000 es un film de Roland Emmerich, suficientemente espectacular y entretenido: trata de una hazaña, de una gesta ocurrida diez mil años antes de Cristo entre los nativos de una pequeña tribu, un pueblo cazador. Entretenimiento para la tarde de un domingo… de Resurrección: no pidan más. Es una película en la que el peplum se recupera como cuento popular, colectivo y mítico; es también cine de aventuras en que el protagonista, un joven corriente de esa comunidad, se ve obligado a comportarse como héroe. ¿Cuántas veces no habremos escuchado, visto o leído historias en las que un muchacho corajudo ha de restaurar el desorden que el mal ha provocado? En 10.000 hay unos malvados, por supuesto: los llamados “diablos de cuatro patas” que dañan, esquilman, queman, roban bienes y personas de otros pueblos vecinos. No sólo por avaricia, sino también por estricta perversidad. La rapacidad de los villanos no tiene límites: en los cuentos, los malvados destruyen lo ajeno (las chozas, las pequeñas infraestructuras) para agostar la vida, para impedir que florezca lo básico. Lo mismo sucede en esta película.
Un muchacho –cuyo padre abandonó la tribu (¿cobardemente?)– restaurará el buen nombre del progenitor enfrentándose a dichos villanos: como el Telémaco que sale en busca de Ulises. Para ello, el joven nativo deberá caminar soportando el frío y el calor extremos a través de vastísimos desiertos de nieve y arena: deberá marchar al frente de un pequeño grupo de intrépidos, una pequeña vanguardia que con arrojo se atreve a dejar la comunidad para recuperar a los convecinos secuestrados, a la amada… de ojos azules. Deberá asimismo contener la embestida de fieras fantásticas y de cazadores prehistóricos.
Dicha película, que la crítica ha vapuleado, amalgama civilizaciones y ciertas tradiciones culturales: la magia de la comunidad primitiva, las legiones del Imperio romano, las pirámides del antiguo Egipto. También distingo mucho cine en sus fotogramas, repetición de secuencias ya vistas: la camaradería de Objetivo Birmania, por ejemplo. Hay momentos en que uno cree acompañar a Errol Flynn y a su grupo de intrépidos soldados a través de la jungla birmana, avanzando entre las líneas enemigas. Hay otros momentos en que uno cree ver nuevamente a Frodo en la Tierra Media de El señor de los anillos. No es que cada uno de esos elementos esté claramente diferenciado o debidamente contextualizado para que el espectador no confunda lo que no debe confundir. En realidad, todos esos motivos –y otros que se añaden a lo largo del metraje– son objeto de representación híbrida y ficticia, sin intención historicista alguna.
Yo me dejé llevar por la acción, sin mayores pretensiones, como me dejo llevar por el sendero cuando camino por el Valle de Guadalest: por la Vall de Guadalest. No persigo nada, no busco nada. Simplemente ver a lo lejos.
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2. El cementerio de Guadalest. Un presentimiento de felicidad
En los cementerios es fácil abandonarse a la sugestión gótica: los huesos exhumados, el moho que todo lo envuelve, la herrumbre de los crucifijos, el cardenillo que ataca los cobres o, más aún, esos árboles enhiestos de sombras amenazadoras. Hemos leído relatos sobre este presentimiento ancestral: el bosque que nos rodea y nos absorbe con la intimidación apremiante de lo desconocido. Y lo desconocido es lo invisible, lo informe, pero también lo que habiendo sido conocido se enterró. Es el miedo siniestro, según Freud: es el que provoca aquello que habiendo sido familiar en otro tiempo ha permanecido inhumado para finalmente regresar o desvelarse.
En los camposantos grandes, el visitante se deja fascinar por la edificación funeraria y por la rivalidad arquitectónica: aturdido, teme perderse entre enterramientos ostentosos. En los cementerios pequeños de poblaciones chiquititas, la muerte irrumpe directamente para mostrarle al espectador la existencia, una eternidad breve de ochenta o noventa años por vivir, esa que se compendia en una lápida escueta. Hay que visitarlos. ¿Por qué razón?
En ellos no hay pretextos arquitectónicos. Las inscripciones de las tumbas son concisas y su laconismo nos achica mostrándonos la futilidad de tantos esfuerzos. El escritor E. M. Cioran, que supo disfrutar de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, recomendaba visitar estos cementerios. ¿Para hacer qué? Para aplacar el dolor humano, para rebajar la herida que lo ordinario nos inflige y para alejar la soberbia, para evitar la jactancia arrogante del éxito y del espejismo.
En tiempos de bonanza es precisamente cuando hay que acudir a estos camposantos. Hemos visitado uno muy pequeño, emplazado en un lugar insólito, un cementerio que no reúne más de ochenta tumbas. Tiene el punto exacto de abandono que estos osarios han de tener: lápidas casi desleídas o ya ilegibles, cruces quebradas, flores secas que ya nadie renueva y esa sensación de hacinamiento y de asfixia que trae la muerte, la Parca que todo lo iguala. ¿Dónde se encuentra?
El Valle de Guadalest es probablemente el paisaje valenciano más bello, ese lugar en el que una Naturaleza imponente de riscos milenarios no resulta victoriosa o amenazante, sino acogedora. El olivo, el almendro, o ese sotobosque de arbustos olorosos que se alza hasta las Sierras de Aitana, de Xortà o de Serrella aún tapizan las faldas de aquellos peñascos. Situada en el interior de La Marina Baixa, con una orientación NW-SE, la vall de Guadalest es una depresión entre esas sierras voluminosas, una depresión habitada por poco más de mil habitantes de sus distintas poblaciones: Confrides, l´Abdet, Benifato, Beniardà, Benimantell y el Castell de Guadalest.
Es en este último lugar en donde descubrimos el cementerio que inspira estas líneas. Enclavada en el eje del valle, sobre una cresta rocosa de grandes dimensiones, está dicha población, y en su centro mismo hallamos los restos del viejo castillo señorial de los Orduña. Entre éstos, en su parte más elevada, está la vieja Torre del Homenaje, pero también está el cementerio pequeño al que acudir, al modo de Cioran, para corroborar la insignificancia, la poquedad, de los empeños humanos. La visita, previo pago, permite confirmar la belleza inaudita de este paisaje. Si subimos hasta allí podremos contar con vistas hermosísimas de todas las sierras que delimitan el valle: la convulsión extática del berrocal eterno, decía Gabriel Miró en Años y leguas.
Podremos apreciar la heredades y la edificación blanca de Benifato, de Beniardà, de Benimantell, en ese valle abancalado: hondo, fresco y quemado de colores, añadía el escritor. Podremos divisar en la lejanía el Mediterráneo que baña a Benidorm y desde el que sopla un levante benigno que siempre ventila con fragancias deliciosas. Son los vivos que acuden y los difuntos que allí reposan quienes disponen en insólita hermandad de la mejor localización del valle, del emplazamiento más cercano al azul puro del cielo, un valle al que Miró llegó a comparar con el Paraíso: él, espectador “poseído de un presentimiento de felicidad, y más hondo, el de su límite, el de la muerte, rodeado de la permanencia impasible de Aitana”.
Fotografías: Víctor Serna












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