‘Soldados de Salamina’.  El timbre de Sergio Zamora

Como un niño cuando descubre un juguete nuevo y hasta inesperado: así estoy yo con el audiolibro. Este nuevo soporte de lectura me tiene muy entretenido.

Digo nuevo y he de corregirme: ya tiene años el ingenio y si pensamos a lo grande o en términos más generales la cosa es antigua, muy antigua. En cierto sentido se remonta al principio de los tiempos, al momento en que alguien contó una historia en voz alta.

Yo, ahora, en cuanto puedo, cuando conduzco mi automóvil o cuando me abandonó al dolce dar niente, sintonizo el audiolibro. Lo vivo como si efectivamente me contaran un cuento, con el placer que de niños experimentábamos. Eso no me evita leer, claro. Simplemente utilizo otra parte de mis sentidos.

En fin, llevo varias obras escuchadas y me llenan, me colman. Escuchar una novela no depara placeres inferiores a leerla. La novela, digo. Insisto: voy en coche, me desplazo, y de inmediato me deleito con la historia que me cuentan. 

He de decir, sin embargo, que lo que llevo escuchado ya lo había leído e incluso releído un par de veces o más. Y es por eso por lo que mi experimento sólo es relativo: no me cuentan algo que ignore. 

El locutor que con tan entonada voz me relata lo escrito no me descubre algo ignoto, pero eso que me detalla la voz narrativa (nunca mejor dicho) me hace descubrir (ahora sí) aspectos que me habían pasado inadvertidos o cosas a las que no les había prestado suficiente atención. 

En cualquier caso, volver sobre una novela que ya conoces o crees conocer te depara sorpresas: como cuando regresas a aquel film que viste y cuyo impacto y cuyo sentimiento ahora reviven de otro modo. Imaginen escuchar una película sin verla.

En Soldados de Salamina sorprenden la emoción y la sabía disposición de recursos que el autor pone en práctica para provocarte propiamente la adhesión emocional. Sorprende esta historia la primera y la última vez. En términos verbales y orales.

En mi caso, no es adhesión ideológica o axiológica o no sólo ideológica o axiológica o ni siquiera ideológica o axiológica. Lo que cautiva es un crescendo de averiguación e impresión que el narrador desvela y revela.

Nos hacemos solidarios con la peripecia de es narrador, Javier Cercas. Nos hermanamos también con ese miliciano que salva la vida a un enemigo, a un importante enemigo.

Cercas, quien relata, nos dice lo que hace para proceder a ciertas pesquisas. Nos dice lo que descubre y lo que no consigue conocer o confirmar. Nos hace partícipes, en realidad copartícipes, de su implicación, de su sentimiento desnudo. 

Un periodista llamado Javier Cercas conoce a Rafael Sánchez Ferlosio justo cuando el escritor acude a Gerona a impartir una charla. Tal cosa ocurre a la altura de 1994. Ese mismo periodista sabe y quiere saber más sobre el padre del conferenciante, Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores del partido Falange española.

Hablamos de personajes, aunque en realidad hablamos de personas, de tipos reales que aquí tienen protagonismo con sus nombres reales. 

Pero Javier Cercas narrador no es exactamente un calco del Javier Cercas escritor: es un reportero de provincias y es un novelista apenas esbozado, un escritor casi secreto o desconocido. 

Ese Cercas ficticio cree hallar en Rafael Sánchez Mazas –en su caso, en su fusilamiento frustrado en 1939 en el Colell, cerca de la frontera francesa– un buen motivo para escribir una nueva novela. Quizá ello le salve. Igual que se salvó de chiripa el falangista, tal vez también se redima Cercas.

Será una historia verdadera de un suceso ocurrido. Si es periodista y escribe novelas, ¿por qué no contar la vicisitud de un falangista que sobrevivió a su fusilamiento? 

No se trata de festejar o de celebrar a un totalitario, a un escritor que adoró el fascismo, a un español que idolatró la Italia mussoliniana, a un prosista que con su discurso esmerado y exaltado justificó la ferocidad de Falange o el triunfo de Franco.

De lo que se trata es de averiguar por qué un miliciano, un comunista catalán que pudo haberlo matado o delatado, le salva la vida. Ni siquiera Conchi, la sensata y atolondrada novia del periodista, entiende este empecinamiento de Cercas. 

¿No sería mejor escribir sobre García Lorca, por ejemplo? , le dice. ¿Qué interés puede haber en Sánchez Mazas, un buen escritor menor?, admite Cercas. Sánchez Mazas, un escritor de medianías.

Pero el periodista Javier Cercas tiene muy claro cuál ha de ser su novela, cómo concebirla, a qué o a quién la va a dedicar. En Cancún, en donde pasa unos días con Conchi, toma la decisión. 

“…y un atardecer de Cancún (o del hotel de Cancún), mientras mataba el tiempo en el bar esperando la hora de la cena, decidí que, después de casi diez años sin escribir un libro, había llegado el momento de intentarlo de nuevo, y decidí también que el libro que iba a escribir no sería una novela, sino sólo un relato real, un relato cosido a la realidad, amasado con hechos y personajes reales, un relato que estaría centrado en el fusilamiento de Sánchez Mazas y en las circunstancias que lo precedieron y lo siguieron…”

Aquello que a nosotros nos llega no es una novela que no es novela, o ese relato real, ese relato “cosido a la realidad”, sino la novela metanarrativa en la que se nos cuenta eso mismo: aquella novela fracasada que ahora no conocemos, aquello que se hace conforme se escribe, aquello que se hace mientras el narrador reúne información y nos la administra. 

Vuelvo al audiolibro. Conforme escuchaba uno de los últimos cortes de la grabación, propiamente final de la novela, me iba emocionando hasta lo indecible. El miliciano comunista catalán, ya muy anciano, vive en una residencia de Dijon.

Hasta allí acude Javier Cercas para entrevistarse con él, para rememorar hechos remotos, para exhumar reminiscencias. Hablan. Se despiden y el Cercas narrador concluye. Esas últimas páginas de la novela (¿o habré de decir esos últimos pronunciamientos?) son conmovedoras. 

No voy a transcribir aquí la prosa del Javier Cercas escritor. Habría que reproducir la oralidad, la hermosísima entonación, el timbre de Sergio Zamora, el actor que nos ha narrado admirablemente obra.  

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Unos minutos:

La lectura.  La mayor recompensa 

El lector común, dice Virginia Woolf en un ensayo homónimo, “difiere del crítico y del académico”. ¿En qué sentido? 

“Está peor educado, y la naturaleza no lo ha dotado tan generosamente. Lee por placer más que para impartir conocimiento o corregir las opiniones ajenas”, añade irónicamente Woolf.

Es más, “le guía sobre todo un instinto de crear por sí mismo, a partir de lo que llega sus manos, una especie de unidad –un retrato de un hombre, un bosquejo de una época, una teoría del arte de la escritura”.

Así, “nunca cesa, mientras lee, de levantar un entramado tambaleante y destartalado que le  dará la satisfacción temporal de asemejarse al objeto auténtico lo suficiente para permitirse el afecto, la risa y la discusión. Apresurado, impreciso y superficial…”

Entonces, si esto es lo que hace un lector común, ¿cómo debería proceder esa persona?, se pregunta directamente Virginia Woolf. ¿Le damos algún consejo al respecto? La respuesta es tajante y arriesgada. 

“El único consejo, de verdad, que una persona puede dar a otra acerca de la lectura es que no se deje aconsejar, que siga su propio instinto, que utilice su sentido común, que llegue a sus propias conclusiones”. 

No deberíamos, pues, dejar entrar a las autoridades literarias para que nos digan o impongan “cómo leer, qué leer, qué valor dar a lo que leemos”, advierte la propia Woolf contradictoriamente.

Si consentimos esa intromisión, se destruirá “el espíritu de libertad que se respira en esos santuarios” (en las bibliotecas). “En cualquier otra parte nos pueden atar leyes y convenciones; ahí no tenemos ninguna”. 

Pero, a la vez, hemos de contenernos: leer sin derrochar nuestras capacidades. Como hace todo buen escritor: quien escribe bien ordena sus habilidades, añade Woolf.

Es más, leer bien es una cualidad excepcional y compleja de la imaginación: más que erudición, exige perspicacia y juicio y tiene, la verdad, muchas recompensas. ¿Recompensas? No pensemos por fuerza en frutos materiales. 

Como bellamente concluye Virginia Woolf: “Algunas veces he soñado, al menos, que cuando llegue el día del Juicio Final y los grandes conquistadores y juristas y hombres de Estado vayan a recibir su recompensa –sus coronas, sus laureles, sus nombre esculpidos indeleblemente en mármol imperecedero–, el Todopoderoso se dirigirá a Pedro y le dirá, no sin cierta envidia cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: ‘Mira, éstos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles aquí. Han amado la lectura’…”

No sé si el porvenir augurado por Virginia Woolf será tan bello o conmovedor. Creo que hay que bajar del Cielo. Creo que hay descender a la Tierra: todos necesitamos recompensas materiales, cierto. Ahora bien, sin lectura no hay paraíso.

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Virginia Woolf, El lector común. Barcelona, Lumen, 2009.
Fotografía: Virginia Woolf en 1902, por George Charles Beresford

La lengua es fascista.Un desatascador

El libro del que somos autores Juan Calabuig y yo mismo es un desatascador. ¿Eso qué significa? Que cumple una función de limpieza, que hace fluir lo que estaba detenido u obturado. 

A veces se nos atraganta una tarea o un noble propósito y nada: que no hay manera, que seguimos sin encontrar solución o salida. Imagino que cualquiera de nosotros ha vivido esa experiencia.  

Un día estás aturdido, te sientes espeso o poco lúcido. Crees que lo que lees o escribes no te satisface. Más aún, crees que casi nada de lo que haces vale la pena. Y sí, allí en el alma, se te instala la pena negra, una nube de presagios y fatalidad. 

Justo en ese momento alguien te recomienda o te regala o te presta La lengua es fascista. Precisamente en ese momento, cuando empiezas a leer las historias de ese libro comienzas a sonreír y, sí, todo también comienza a fluir. 

Notas un repentino bienestar y juzgas saludable la lectura de La lengua es fascista. Las vicisitudes que se cuentan son patéticas, cómicas o incluso trágicas, pero siempre narradas con jovialidad, con cortesía hacia el lector. ¿A qué se debe este prodigio?

Miguel Catalán, profesor de filosofía y fino ensayista, de mucho postín, me lo cuenta privadamente. Acepta que yo reproduzca sus palabras tan generosas. Y probablemente acierta con su diagnóstico o calificación: La lengua es fascista es un desatascador. Esto dice: 

“Acuso recibo, querido Justo, de vuestro inclasificable libro escrito a cuatro manos La lengua es fascista. 

“He empezado a leerlo y lo encuentro muy divertido y desinhibido, a ratos hilarante.

“Lo he recomendado a un amigo que está empezando una novela y se encuentra en esa fase en que parece imposible que prospere. 

“Creo que es un excelente desatascador de novelas ajenas.

“Un abrazo y a seguir así”.
Vamos a seguir así. Aunque sólo sea por cumplir la cariñosa recomendación de Miguel Catalán. 

A desalambrar. A desatascar.

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Fotografía de Cubierta: Asfixia (2011), de Antonio Barroso

Hoy he vuelto a Canterville

No puedo añadir gran cosa. No puedo añadir gran cosa a lo que me sugirió la primera relectura. Pero no quiero dejar de transmitir mi entusiasmo por una obrita maravillosa.

Releo la obra de Oscar Wilde. Ojalá pudiera decir: anoche soñé que regresaba a Canterville… No puedo, pero he vuelto, sí, a El fantasma de Canterville, una novela breve que Oscar Wilde publicó en 1887. 

La releo –ahora ya por cuarta vez– en la versión de Mario Lacruz, recientemente recuperada por la editorial Funambulista. ¿Es un relato gótico? ¿Es propiamente una novela de fantasmas?

            

Como indica su título trata de espectros, de aparecidos, sí. Trata de un ser que penosamente sobrevive o malvive desde 1584. Desde 1584. Nada menos. Penoso. ¿Ustedes se imaginan?

Estamos a finales del siglo XIX y, por tanto, el fantasma lleva mucho tiempo haciéndose presente, manifiesto: asomándose en el momento en que va a ocurrir una desgracia, una defunción en la familia propietaria del castillo. 

Desde luego es para pensárselo: quiero decir, es para pensarse la compra de una heredad cuyos habitantes se ven periódicamente trastornados por esa fantasmal presencia, unas apariciones que certifican y confirman una desgracia doméstica, una predicción o su misma causa. 

La respuesta del comprador, Hiram B. Otis, de espíritu tan práctico y estadounidense, no ofrece dudas: ¿me dice, milord, que cada vez que alguien enferma y muere se hace presente el fantasma? Bueno, igual hacen los médicos de cabecera, Lord Canterville. 

“Los fantasmas no existen”, aclara el norteamericano, “y supongo que las leyes de la Naturaleza no hacen una excepción con respecto a la aristocracia inglesa”. 

Es curioso: años después, hacia 1897, Drácula, el viejo noble feudal que arrastra siglos de penosa vida viaja a Inglaterra para comprar fincas: tierras e inmuebles que habrán de convertirle en un hacendado. 

Se desplaza al centro del Imperio, al núcleo del capitalismo industrial, comercial, inmobiliario. Los fines están claros: apoderarse del fluido vital de la Gran Bretaña. 

En cambio, en la novela de Oscar Wilde, son los estadounidenses los que llegan para adueñarse no sólo de sus viejos castillos, sino también de los bienes inmateriales, de esas propiedades intangibles que son sus fantasmas: en realidad, para arrebatarles incluso el pasado que es su gloria y mayor pertenencia. Pasado y heredad son la rúbrica de una nación poderosa. 

La obra de Wilde no es exactamente terrorífica, sino humorística, con esa melancolía algo triste de quien ve mudar el mundo y sus certidumbres más arraigadas. Es lo que nos pasa a nosotros. No hay manera de entender el curso del devenir.

“El tema de El fantasma de Canterville pertenece a la novela gótica, pero, afortunadamente para el lector, el tratamiento no lo es. En este divertido relato, los americanos no toman en serio al fantasma, y ni los lectores ni Wilde toman en serio a los americanos”, dice Jorge Luis Borges en uno de sus prólogos prodigiosos. 

La obra es una mezcla de sátira y farsa, con esa elegancia de la que es y será capaz el autor de El retrato de Dorian Gray (1890) o La importancia de llamarse Ernesto (1895). 

La imagen que Wilde da de los norteamericanos es ambivalente, claro. Por un lado son gente de gran sentido pragmático (como ocurre con el personaje estadounidense de ‘Drácula’). Por otro son individuos que achatan la egregia solera inglesa. 

Como había escrito Wilde en sus Impresiones de Yanquilandia (1881), quizá no sean elegantes, pero qué cómodamente visten los estadounidenses; quizá carezcan de la suave indolencia británica, pero qué ajetreo tan desenvuelto; quizá no tengan el silencio milenario de las ruinas europeas, pero que ruido tan industrioso; quizá no dispongan del primor histórico o estético de Oxford o Cambridge, pero qué belleza imprevista hay por muchos parajes americanos. 

Todo en América tiene una insólita, una imponente grandeza, con ese horizonte, con ese Oeste que nunca acaba de alcanzarse. 

Ah, el vagón movido por una máquina de vapor que avanza y avanza eficazmente, sin poesía. El volumen de las cosas es su canon de belleza y la altura de las construcciones, su patrón de excelencia. Algo así decía Wilde. 

¿Previsible lo que afirma el escritor? Hay que tener en cuenta que Wilde viaja por Estados Unidos en 1881. Por tanto, sus impresiones son tempranas y describe con precisión muy satírica y elegante lo que es Norteamérica. 

En estas circunstancias, con naturales de esa índole, ¿qué puede sucederle a un fantasma, a ese espectro de Canterville que cae en manos de los estadounidenses? 

Pronto estará chasqueado, abatido: desconsideradamente tratado, ya no puede deprimirse más. Se ve víctima de la mala educación de los muchachos americanos y del burdo materialismo de Hiram B. Otis. 


Se decepciona, en fin, pues ya no vale para impresionar, para atemorizar a la familia yanqui, que vive imperturbable en la vieja residencia señorial. 

¿Tantos siglos de culpa para esto? “Hace trescientos años que no duermo y me encuentro muy fatigado”, admite pronto ante Virginia, la joven norteamericana. Y lo necesita, vaya si lo necesita: reposar blandamente abandonando toda esperanza. ¿Esperanza, un fantasma?  

En realidad, es otra cosa lo que precisa: “no saber que existe el ayer ni el mañana… Olvidar el tiempo y la vida, yacer en paz… Usted podría ayudarme”. ¿Es posible lo que estamos leyendo? ¿Un fantasma pidiendo ayuda a una jovencita? 

Ojalá lo consiga. Visto de lejos, un fantasma da miedo, señala Wilde; de cerca…, de cerca nos provoca una gran compasión.

Todo mi ánimo.

—-Fotografía: autor desconocido.

Javier Cercas.”Como un detective que ronda la escena del crimen”

El monarca de las sombras (2017) es un libro de Javier Cercas. Permítaseme está declaración tan obvia. Dicha información, dicho dato, es una evidencia, una absoluta trivialidad que cualquiera puede comprobar y confirmar.

La editorial corrobora que con esta obra estamos ante la nueva novela de Javier Cercas. “Ésta es la novela que Javier Cercas se había estado preparando para escribir desde que quiso ser novelista. O desde antes”, leemos al comienzo de la contracubierta.

El género es prestigioso y en el mercado literario en principio se vende mejor todo volumen rotulado así.

Pero si al principio he dicho “libro” era para evitar de modo expreso la voz “novela”. ¿Acaso porque no lo es? Bajo ese rótulo cabe todo, decía Camilo José Cela, o casi todo, precisaba Northrop Frye con mayor finura en su Anatomía de la crítica: desde el romance hasta la novela propiamente dicha, desde la confesión hasta la anatomía. 

¿A qué forma se adhiere Javier Cercas con su libro? ¿Al romance? No exactamente, si por tal entendemos el relato de la máxima subjetividad y de la fantasía más desbocada: ambas cosas las evita Cercas en su libro. Es probable, no obstante, que la nueva obra sea un cruce de novela, confesión y anatomía. Empleo estas designaciones en el sentido que les diera Frye.

Es decir, hallamos en El monarca de las sombras una narración de hondura analítica, sin grandes peripecias, sin una sucesión vertiginosa de lances, cosa que es propia claramente del romance.

Esa hondura analítica es característica de la novela: se necesita una prosa demorada, extensa, premiosa e incluso reiterativa para que el enigma que se cuenta, los enigmas que se cuentan, puedan ser levemente aclarados o iluminados.  

¿Y que enigmas son éstos? Pues el de la vida y la muerte de Manuel Mena, joven alférez del bando franquista que fallece en septiembre de 1938, tío abuelo de Javier Cercas.

También es objeto de pesquisa el efecto que esa muerte tuvo en la madre del novelista, Blanca, Blanquita, sobrina de Mena que tanto lo quiso; e igualmente el efecto en la propia vida del hijo: de ese Javier Cercas que es narrador en capítulos alternos.

¿Cómo afrontar tu pasado, incluso la herencia de esas figuras pretéritas, parientes que han sido idealizados, idolatrados y hasta enigmáticos pero que, en cualquier caso, nada tienen que ver contigo? 

¿O sí tienen que ver contigo? Tus parientes tienen que ver con tu linaje y también sus ideas acertadas o equivocadas y hasta dañinas te constituyen o al menos forman parte de ti. 

El pasado incómodo para Javier Cercas es ese antecesor llamado Manuel Mena, joven “franquista entusiasta, o por lo menos un entusiasta falangista, o por lo menos lo fue al principio de la guerra” y lo pretérito es también su procedencia charnega, la emigración de su familia patricia y rural, de Ibahernando, a una Cataluña próspera y culturalmente distante o ajena. 

El pasado son los Cercas y los Mena, apellidos franquistas de aquella población extremeña, gentes que tuvieron destacada posición política (la máxima posición) en el momento del golpe del 36 y en el curso de la Guerra Civil. 

Ser charnego de una familia patricia rural y desarraigada y luego localizada en la Gerona de los años sesenta se lleva mal o con desazón por un muchacho que crece y madura a partir de los sesenta. 

Saldar cuentas con esos pasados tuyos exige valentía y claridad; exige ser honesto, crítico, no condescendiente. Justamente por eso, Cercas escribe una novela, si por tal entendemos una estructura verbal en prosa en la que suceden cosas a ciertos personajes. Pero el autor escribe también una confesión y una anatomía, en el sentido que le diera Northrp Frye a esta expresiones. 

Es importante retener todo ello… 

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De esto y de otras cosas, como la polémica con Cercas, como los ataques tan furibundos de que ha sido objeto, hablamos en el Club de Lectura de la Librería Gaia (Valencia).

Lunes, 10 de abril a las 20 horas. Luego, ‘picaeta’.

Les esperamos.

El avestruz de Samsung

Vuelve Elton John 

En mi pasado de niño y adolescente, en aquellos años sesenta y primeros setenta, yo encendía la radio muchísimo, con el automatismo del que está habituado día a día a efectuar los mismos actos, con la rutina de quien sabe lo que quiere, lo que le entretiene y espera encontrar en el dial. 

¿Qué cosas? Los 40 Principales, por ejemplo. Con el estridente Joaquín Luqui. Luego, ya más crecido y documentado me inclinaré por Radio 3. Con Jesús Ordovás y Diego Manrique, claro. Pero regresemos a Luqui. 

Joaquín no te dejaba indiferente: a través de las ondas radiofónicas llegaba su tono susurrante y gritón hablando de los Beatles, de la música pop, con una erudición inverosímil. 

Atesoraba conocimientos inacabables sobre el grupo de Liverpool, sobre Cliff Richards, sobre Elton John, sobre…, y pronunciaba el inglés como si el idioma fuera para él una cosa antigua y bien sabida: lo pronunciaba como yo nunca lo pronunciaré. 

Siempre he pensado que hagas lo que hagas has de acometerlo apasionadamente, teniendo un motivo que te provoque el entusiasmo y la fijación. Eso sí, siempre que tu exaltación no te acabe convirtiendo en un tipo repelente.

Yo veía ese entusiasmo, ese modo de obrar, en el Joaquín Luqui de finales de los sesenta y comienzos de los setenta, y lo veía informadísimo en una rama del saber que carecía de expertos. A qué rama del saber me refiero? A la música ligera.

El pop se estaba creando y, sin embargo, Luqui hablaba como si ese dominio tuviera ya una larga historia detrás 

Hablo de Luqui en pasado, en mi pasado de muchacho que quería escapar de la fatalidad de una España agropecuaria, pero para evocar aquella época no debo hacer un especial ejercicio de memoria. 

Con escuchar música ligera otra vez, con escuchar nuevamente a Elton John o con repasar lo que ahora Ramón de España dice de él me basta. 


Un spot de Samsung en el que veamos a un avestruz batiendo sus potentes alas le han devuelto actualidad: la banda sonora es Rocket Man (1972), de Bernie Taupin y Elton John. Qué simpático anuncio; qué melodioso. Pura música ligera. 

Ésta era una expresión corriente entre los críticos musicales de la España de los sesenta y setenta. Para cuando se edita Rocket Man, todos hablan, sí, de música ligera. 

En nuestro país se empleaba genéricamente. Aludía al rock y al pop y con ella los locutores de radio (Joaquín Luqui, por ejemplo) se referían a los ritmos bailables, a esas canciones que duraban tres minutos con estribillos pegadizos e instrumentaciones sencillitas. 

¿Sencillitas? No todo fue tan simple: ni las melodías eran tan esquemáticas ni las letras eran tan ramplonas. Del swing al rock, del folk al pop, muchas de esas canciones reinventaron el mundo, afirmando valores de los que no se hablaba. 


Los ritmos de aquella música ligera son el fondo sonoro de varias generaciones y nos mueven, nos hacen movernos y conmovernos. 

Cuando alguien tararea música ligera siente, en efecto, una ligereza. Como si se le fueran los pies, como si no pudiera parar: dispuesto a taconear o a dar los pasos, dispuesto a seguir el ritmo. Como si echará a volar. Igualito que el avestruz de Samsung a los sones de Elton John.

La música ligera no es arte despreciable. No es mero fondo, la sonoridad que tenemos asociada a un hecho. No es sólo un ritmo bailable, esquemático y repetitivo. 

La música ligera es cultura, es un producto más o menos esmerado y de disfrute colectivo. La asociamos involuntariamente a un acontecimiento personal o común y, sin duda, se nos van los pies cuando empezamos a escucharla. 

Los creadores podrán ser más o menos virtuosos. O nada. Pero son los públicos quienes convierten una pieza de tres minutos y pico en fragmento de un todo sonoro.
El que escucha hace suya la canción, la tararea, la recuerda y en su evocación o repetición la vincula a una circunstancia emocional. Rocket Man es, para mí, una de esas piezas.

Las emociones no son un subproducto de lo humano. Son estados del alma, si se me permite decirlo así. Son los humores que se escapan, exhalaciones del ánimo: y esta manifestación individual siempre es ruidosa y seguramente colectiva.

¡Hale!, ahora escuchen Rocket Man y a volar. Ya digo: siempre he pensado que hagas lo que hagas has de acometerlo apasionadamente, teniendo un motivo que te provoque el entusiasmo y la fijación. Como el avestruz volador de Samsung

Sabían lo que hacían los señores publicitarios…

En tercera persona 

Umberto Eco por Justo Serna 

¿Pero este libro qué es? Pestañeas y te pierdes el nuevo volumen de Justo Serna? Resulta preocupante, fácilmente diagnosticable.

Hay tipos que están aquejados de incontinencia urinaria, como aquel personaje de Antonio Muñoz Molina (‘El dueño del secreto’, 1994). 

 

 Serna padece, por el contrario, el síndrome de incontinencia bibliográfica. Publica con frecuencia, y con periodicidad regular, nuevas obras que ya forman el anaquel de esta temporada. Amenaza con aturdir y aburrir al lector atento. Por ello pide perdón. No está loco, dice. Es que lo parieron así.

Hay editores que no entienden cuando periódicamente desfallece, sus desazones incluso psiquiátricas; hay editores que le reprochan incumplir plazos y promesas. Con mucho aspaviento. 

Él no sabe cómo disculparse. Su vida no se parece al programa previsto y el caos es su disfrute y su infierno. No te ciñas, le dijo Umberto en sueños. O no te riñas: no sabe muy bien qué le aconsejó Eco.Aquí, Serna rinde homenaje al Maestro. Le profesa admiración y algo de erudición. Desde luego, Justo es un enano subido a espaldas de un gigante. A pesar de gozar de esa posición privilegiada, Serna no mira por encima del hombro.