La lectura.  La mayor recompensa 

El lector común, dice Virginia Woolf en un ensayo homónimo, “difiere del crítico y del académico”. ¿En qué sentido? 

“Está peor educado, y la naturaleza no lo ha dotado tan generosamente. Lee por placer más que para impartir conocimiento o corregir las opiniones ajenas”, añade irónicamente Woolf.

Es más, “le guía sobre todo un instinto de crear por sí mismo, a partir de lo que llega sus manos, una especie de unidad –un retrato de un hombre, un bosquejo de una época, una teoría del arte de la escritura”.

Así, “nunca cesa, mientras lee, de levantar un entramado tambaleante y destartalado que le  dará la satisfacción temporal de asemejarse al objeto auténtico lo suficiente para permitirse el afecto, la risa y la discusión. Apresurado, impreciso y superficial…”

Entonces, si esto es lo que hace un lector común, ¿cómo debería proceder esa persona?, se pregunta directamente Virginia Woolf. ¿Le damos algún consejo al respecto? La respuesta es tajante y arriesgada. 

“El único consejo, de verdad, que una persona puede dar a otra acerca de la lectura es que no se deje aconsejar, que siga su propio instinto, que utilice su sentido común, que llegue a sus propias conclusiones”. 

No deberíamos, pues, dejar entrar a las autoridades literarias para que nos digan o impongan “cómo leer, qué leer, qué valor dar a lo que leemos”, advierte la propia Woolf contradictoriamente.

Si consentimos esa intromisión, se destruirá “el espíritu de libertad que se respira en esos santuarios” (en las bibliotecas). “En cualquier otra parte nos pueden atar leyes y convenciones; ahí no tenemos ninguna”. 

Pero, a la vez, hemos de contenernos: leer sin derrochar nuestras capacidades. Como hace todo buen escritor: quien escribe bien ordena sus habilidades, añade Woolf.

Es más, leer bien es una cualidad excepcional y compleja de la imaginación: más que erudición, exige perspicacia y juicio y tiene, la verdad, muchas recompensas. ¿Recompensas? No pensemos por fuerza en frutos materiales. 

Como bellamente concluye Virginia Woolf: “Algunas veces he soñado, al menos, que cuando llegue el día del Juicio Final y los grandes conquistadores y juristas y hombres de Estado vayan a recibir su recompensa –sus coronas, sus laureles, sus nombre esculpidos indeleblemente en mármol imperecedero–, el Todopoderoso se dirigirá a Pedro y le dirá, no sin cierta envidia cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: ‘Mira, éstos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles aquí. Han amado la lectura’…”

No sé si el porvenir augurado por Virginia Woolf será tan bello o conmovedor. Creo que hay que bajar del Cielo. Creo que hay descender a la Tierra: todos necesitamos recompensas materiales, cierto. Ahora bien, sin lectura no hay paraíso.

—-

Virginia Woolf, El lector común. Barcelona, Lumen, 2009.
Fotografía: Virginia Woolf en 1902, por George Charles Beresford

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