‘Soldados de Salamina’.  El timbre de Sergio Zamora

Como un niño cuando descubre un juguete nuevo y hasta inesperado: así estoy yo con el audiolibro. Este nuevo soporte de lectura me tiene muy entretenido.

Digo nuevo y he de corregirme: ya tiene años el ingenio y si pensamos a lo grande o en términos más generales la cosa es antigua, muy antigua. En cierto sentido se remonta al principio de los tiempos, al momento en que alguien contó una historia en voz alta.

Yo, ahora, en cuanto puedo, cuando conduzco mi automóvil o cuando me abandonó al dolce dar niente, sintonizo el audiolibro. Lo vivo como si efectivamente me contaran un cuento, con el placer que de niños experimentábamos. Eso no me evita leer, claro. Simplemente utilizo otra parte de mis sentidos.

En fin, llevo varias obras escuchadas y me llenan, me colman. Escuchar una novela no depara placeres inferiores a leerla. La novela, digo. Insisto: voy en coche, me desplazo, y de inmediato me deleito con la historia que me cuentan. 

He de decir, sin embargo, que lo que llevo escuchado ya lo había leído e incluso releído un par de veces o más. Y es por eso por lo que mi experimento sólo es relativo: no me cuentan algo que ignore. 

El locutor que con tan entonada voz me relata lo escrito no me descubre algo ignoto, pero eso que me detalla la voz narrativa (nunca mejor dicho) me hace descubrir (ahora sí) aspectos que me habían pasado inadvertidos o cosas a las que no les había prestado suficiente atención. 

En cualquier caso, volver sobre una novela que ya conoces o crees conocer te depara sorpresas: como cuando regresas a aquel film que viste y cuyo impacto y cuyo sentimiento ahora reviven de otro modo. Imaginen escuchar una película sin verla.

En Soldados de Salamina sorprenden la emoción y la sabía disposición de recursos que el autor pone en práctica para provocarte propiamente la adhesión emocional. Sorprende esta historia la primera y la última vez. En términos verbales y orales.

En mi caso, no es adhesión ideológica o axiológica o no sólo ideológica o axiológica o ni siquiera ideológica o axiológica. Lo que cautiva es un crescendo de averiguación e impresión que el narrador desvela y revela.

Nos hacemos solidarios con la peripecia de es narrador, Javier Cercas. Nos hermanamos también con ese miliciano que salva la vida a un enemigo, a un importante enemigo.

Cercas, quien relata, nos dice lo que hace para proceder a ciertas pesquisas. Nos dice lo que descubre y lo que no consigue conocer o confirmar. Nos hace partícipes, en realidad copartícipes, de su implicación, de su sentimiento desnudo. 

Un periodista llamado Javier Cercas conoce a Rafael Sánchez Ferlosio justo cuando el escritor acude a Gerona a impartir una charla. Tal cosa ocurre a la altura de 1994. Ese mismo periodista sabe y quiere saber más sobre el padre del conferenciante, Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores del partido Falange española.

Hablamos de personajes, aunque en realidad hablamos de personas, de tipos reales que aquí tienen protagonismo con sus nombres reales. 

Pero Javier Cercas narrador no es exactamente un calco del Javier Cercas escritor: es un reportero de provincias y es un novelista apenas esbozado, un escritor casi secreto o desconocido. 

Ese Cercas ficticio cree hallar en Rafael Sánchez Mazas –en su caso, en su fusilamiento frustrado en 1939 en el Colell, cerca de la frontera francesa– un buen motivo para escribir una nueva novela. Quizá ello le salve. Igual que se salvó de chiripa el falangista, tal vez también se redima Cercas.

Será una historia verdadera de un suceso ocurrido. Si es periodista y escribe novelas, ¿por qué no contar la vicisitud de un falangista que sobrevivió a su fusilamiento? 

No se trata de festejar o de celebrar a un totalitario, a un escritor que adoró el fascismo, a un español que idolatró la Italia mussoliniana, a un prosista que con su discurso esmerado y exaltado justificó la ferocidad de Falange o el triunfo de Franco.

De lo que se trata es de averiguar por qué un miliciano, un comunista catalán que pudo haberlo matado o delatado, le salva la vida. Ni siquiera Conchi, la sensata y atolondrada novia del periodista, entiende este empecinamiento de Cercas. 

¿No sería mejor escribir sobre García Lorca, por ejemplo? , le dice. ¿Qué interés puede haber en Sánchez Mazas, un buen escritor menor?, admite Cercas. Sánchez Mazas, un escritor de medianías.

Pero el periodista Javier Cercas tiene muy claro cuál ha de ser su novela, cómo concebirla, a qué o a quién la va a dedicar. En Cancún, en donde pasa unos días con Conchi, toma la decisión. 

“…y un atardecer de Cancún (o del hotel de Cancún), mientras mataba el tiempo en el bar esperando la hora de la cena, decidí que, después de casi diez años sin escribir un libro, había llegado el momento de intentarlo de nuevo, y decidí también que el libro que iba a escribir no sería una novela, sino sólo un relato real, un relato cosido a la realidad, amasado con hechos y personajes reales, un relato que estaría centrado en el fusilamiento de Sánchez Mazas y en las circunstancias que lo precedieron y lo siguieron…”

Aquello que a nosotros nos llega no es una novela que no es novela, o ese relato real, ese relato “cosido a la realidad”, sino la novela metanarrativa en la que se nos cuenta eso mismo: aquella novela fracasada que ahora no conocemos, aquello que se hace conforme se escribe, aquello que se hace mientras el narrador reúne información y nos la administra. 

Vuelvo al audiolibro. Conforme escuchaba uno de los últimos cortes de la grabación, propiamente final de la novela, me iba emocionando hasta lo indecible. El miliciano comunista catalán, ya muy anciano, vive en una residencia de Dijon.

Hasta allí acude Javier Cercas para entrevistarse con él, para rememorar hechos remotos, para exhumar reminiscencias. Hablan. Se despiden y el Cercas narrador concluye. Esas últimas páginas de la novela (¿o habré de decir esos últimos pronunciamientos?) son conmovedoras. 

No voy a transcribir aquí la prosa del Javier Cercas escritor. Habría que reproducir la oralidad, la hermosísima entonación, el timbre de Sergio Zamora, el actor que nos ha narrado admirablemente obra.  

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