Los burgueses se divierten

¿Cómo acceder al pasado?, nos preguntamos. ¿Cómo adentrarnos en el mundo de ayer?, insistimos. ¿Cómo aventurarnos en una Valencia ya desaparecida?, nos interrogamos.

Hay una figura lejana, semiborrosa, que sin embargo ha dejado vestigios. Hay un hombre que tuvo presencia y fama y del que quedan ciertos recuerdos y algunos testimonios familiares: documentos y también sentimientos. Hay un valenciano remoto al que exhumar. Fue escritor local y hombre de mundo que se ciñó a la provincia y a la ciudad. 

¿Su nombre? Manuel Millàs. Nace el seis de enero, de 1845, y muere el mismo día de Reyes, pero de 1914. Allí quedó: en el largo siglo XIX, inhumado en el mundo de ayer.

Entre otras cosas, fue abogado, funcionario y dramaturgo local. Escribía historias comunes, sainetes costumbristas, piezas algunas de ellas muy estimables. Se valía del idioma más popular y de las imágenes más arraigadas. O no tanto: la Valencia burguesa y plebeya que está en sus obras sólo era un hecho reciente: se estaba formando desde mediados del Ochocientos, pocas décadas atrás.

Ese mundo descrito, representado, es la quintaesencia de la ciudad decimonónica, expresión de una vida rural y urbana, menestral y moderna. Hay amores y humores, una rebeldía satírica y escarnios varios. Hay desgarros, folletín y, por qué no, reflexiones y hasta cogitaciones. Los burgueses se divierten; y el pueblo, también.
¿Quién nos cuenta todo esto? Jaime Millás.

Jaime es una figura muy estimada del periodismo español contemporáneo y es persona sutil, de buena crianza. Para mí es una suerte haberlo conocido tras llevar décadas leyéndole crónicas, reportajes y mil y una noticias. Ahora, además, me encanta frecuentar su charla.

Jaime reconstruye ese mundo anterior a 1914, esa Valencia que sin embargo no le es ajena, y lo hace en un libro de microhistoria, propiamente de microhistoria. Investiga y escribe sobre su pariente Manuel Millàs, ese dramaturgo de provincia, ese funcionario de Diputación, el dueño de bienes materiales y el propietario de fincas de mucho valor. Pero sobre todo Manuel es varón experimentado, de iniciativas agrarias e ideas literarias, y hombre inquieto al que aún hay que considerar.

¿De qué modo se interna Jaime en aquella Valencia burguesa? Lo hace por una grieta, por un pasaje del tiempo y por un corredor personal: el linaje que hasta él llega, cargado de reminiscencias, relatos familiares, papeles, piezas y composiciones. 

Ahora bien, Jaime Millás no se conforma con ser observador neutro o intemporal. Admite esa genealogía y se vale de ella para hablar en primera persona. 

¿De qué manera se nos muestra o se presenta? Jaime no puede cancelarse como relator y por ello se hace presente en la narración que nos devuelve la historia de aquel Manuel Millás.


Estas y otras muchas respuestas las descubrirán en la librería Ramon Llull. 

Jueves, 6 de abril de 2017, a las 19 horas. 

Allí estaremos para representar una comedia en un acto. Con firma de libros y copa de honor, al modo antiguo de los señores de hoy.

Jaime Millás, Escenas de un burgués en la Valencia del Ochocientos. Valencia, Editorial Sargantana, 2017.

¿’El País’ miente?

¿Crea El País la realidad? Para responder a esta pregunta inocentona y malintencionada hay que quitarse las máscaras. Que hay una construcción social de la realidad, que decían Peter Berger y Thomas Luckmann, es un dato incontestable: no hay hechos sin interpretación, ni acontecimientos sin narración, ni documentos sin exposición.

Admitido esto, El País, un diario de referencia que ha marcado la agenda de afines y hostiles, proporciona hechos ya interpretados, acontecimientos ya relatados y documentos ya ordenados, un marco expositivo. ¿Se le podrían atribuir manipulaciones, fantasías y realidades virtuales de España, de la España de las últimas décadas? Por supuesto. 

También ciertos logros de avance y modernidad, por Dios. Precisamente porque era un periódico relevante (y en parte lo sigue siendo), quien niegue esto ignora de qué van los medios. La confusión y el enredo también se dan en otras esferas. La televisión o la prensa o la radio nos han documentado y perturbado. 

Yo recibí Formación del Espíritu Nacional cuando su Excelencia don Francisco Franco tenía mando en plaza: esa recia materia contribuyó a fortalecer mi espíritu. De niño blando, muelle, pasé a ser patriota intermitente. Me explicaré. De hecho aún me emociono tontamente cada vez que me toca perorar sobre el Fuero de los Españoles o cuando Corea del Norte derrota a la Selección Española de turno. Menos mal que ambas cosas son infrecuentes. 

Igual que siento un estremecimiento patriótico cuando El País recibe un premio internacional de periodismo. Aunque sea por su sección de crucigramas. Aún lo considero un diario mío: de mil afectos y de mil defectos. De muchacho hicieron de mí un pequeño y renuente –sólo renuente– nacionalista y ahora, con suerte, me estoy quitando de todas estas afecciones. De los dictados de El País y de las hermandades patrióticas.

Admitido esto, aquello que no es de recibo es echarle toda la culpa de lo que nos pasa a este periódico. No conozco a nadie que no haya querido publicar en sus páginas y no conozco a nadie que no se haya dado pisto criticándolo con aspereza. Aceptado esto, atribuirle un poder taumatúrgico al diario que fundara y dirigiera Juan Luis Cebrián o es exceso o es recelo o son celos. 

El País es una empresa de capital financiero, de intereses que satisfacer, un medio periodístico en declive cuya visión ha de imponerse frente a una vasta información y desinformación. Es un diario que pierde aura, el halo que lo nimbaba, y sus criterios son cada vez más discutidos, como debatidos son los procedimientos y los predicamentos de la prensa en general. 

Antes, los columnistas éramos alguien; ahora somos parte infinitesimal de la opinión publicada, de la información contrastada y de los embustes que circulan. Hay que leer, saber discriminar y protegerse. La información cuesta y la opinión sólo puede ser fruto de un fatigoso contraste de datos y relatos.

Ahora y siempre. Aquí y en la China Popular.

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Justo Serna, Cartelera Turia, de 11 de marzo a 17 de marzo de 2017. 

Colaboración núm. 4 de mi columna semanal ‘Me quito el sombrero’

#carteleraturiajustoserna 4

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Fotografía de Antonio Caño por Ricardo Gutiérrez

La Verdad en la Historia. Nada menos.

Yo escucho Radio María 

Un día, así sin más, escuché a Fernando García de Cortázar en Radio María. No es una cadena que yo frecuente, pero mi hija me hizo la caridad de ponérmela mientras hacíamos un largo y tedioso viaje en coche. El programa, emitido en 2012, trataba de la verdad en la historia. O algo así. 

 

Intenté escuchar a García de Cortázar con unción. Él era el invitado y daba lecciones. El jesuita se expresa siempre con rotundidad, como un sordo terminal (en algo me parezco a él), y su voz estrepitosa salía de las ondas tras atravesar las líneas telefónicas. 
Había interferencias y su dicción atronadora dificultaba la comprensión. Hablaba de George Orwell, que es el intelectual de usar y tirar para la derecha patria. Como fue un disidente de la izquierda y como fue un hombre sutil, los ideólogos cultos o semicultos de la derecha siempre lo invocan pro domo sua (perdón por el latinajo). 

García de Cortázar, este recio catedrático vasco, es el historiador de guardia de Esperanza Aguirre. Da gusto oírlo dando voces y exaltándose como un niño español. Preside una fundación nacionalista y dice que él no es tal cosa, que él es hispano a secas. 


Cada vez que habla de la historia me da un cólico (figuradamente). Y así voy, que estoy perdiendo el oremus y los líquidos de freno.

Por alguna razón, cuando entre los nacionalistas españoles o mediopensionistas se hace una invocación explícita al pasado, suelo experimentar un gran tormento, una picazón, un malestar orgánico. 

Insisto: esas soflamas, generalmente grandilocuentes, me producen disgusto como individuo y como historiador, y este hecho simple me obliga a preguntarme. ¿Por qué padezco esa pesadumbre cada vez que oigo a García de Cortázar o a sus equivalentes catalanistas o vasquistas? Creo que son dos las razones del malestar. 

Hay, en primer lugar, una razón puramente académica: la que diferencia la historia de la memoria. Un colega francés, el historiador Pierre Nora, lo dijo expresamente. Permítanme una cita extensa de sus atinadas palabras: 

La memoria es la vida, siempre acarreada por los grupos vivos […]. La historia es la reconstrucción siempre problemática e incompleta de lo que ya no es. La memoria es siempre un fenómeno actual, un vínculo vivido en el eterno presente: la historia, una representación del pasado. Dado que es emocional y mágica, la memoria solo se acomoda a aquellos detalles que la confortan: se nutre de recuerdos borrosos, chocantes, globales o flotantes, particulares o simbólicos, sensibles a todas las transferencias, velos, censura o proyecciones. La historia, en tanto que operación intelectual y laica, apela al análisis y al discurso crítico.

Por eso, cuando alguien mezcla historia y memoria, el resultado no suele ser la mejora crítica del recuerdo o el examen significativo del vestigio, sino la recreación del pasado en términos emocionales y mágicos, simbólicos. Un espanto, pues. Puaj.

La idea de pasado, de que hay un pasado al que estoy obligado y que me libra de mí mismo, es un atentado contra la vida, contra mi vida. Si se concibe lo pretérito como un lastre, si se apela al cataclismo antiguo como amenaza, solo nos cabe una tarea, la de recordar sin vivir, sumidos en la triste analogía de lo que son vaticinios retrospectivos. No tengo existencia alternativa: solo dispongo de esta vida ordinaria, finita, y en ella resuelvo mi destino personal. 

¿Egoísta? No estoy tan equivocado: el coraje y la elección, esas pequeñas tareas en las que nos empeñamos cada día, se hacen contra el pasado de los mayores. Entiéndaseme: quien solo es fiel a lo que sus ancianos hicieron, quien es temeroso de lo que su linaje también padeció, se agosta sin hacer nada nuevo.

Es posible que entre cierta izquierda española aún sobreviva la mención explícita al 36, como si nada hubiera sucedido desde entonces. Es verdad que entre ciertos nacionalistas imaginativos lo pretérito ha sido objeto de recreaciones fantasiosas, melancólicas, reparadoras, incluso falsas. Se acerca el 11 de septiembre… 

Pero no es menos verdad que una parte de la derecha española, la más áspera, la más destemplada, la que creció con el frufrú de las casullas, ha invocado ese mismo pasado para infamar, para acobardar o para sostener marcialmente una identidad indiscutible. 

Es más: en los últimos años, han sido los gobiernos populares los que hicieron de la historia un territorio para la renacionalización. CiU en Cataluña no les fue a la zaga. Y a ello han contribuido con alegría y empeño colegas míos, historiadores profesionales que como Fernando García de Cortázar profesan una ardiente fe españolista. 

Hacen uso de un nacionalismo redivivo que mezcla historia y memoria, que idea una unidad de destino desde tiempos inmemoriales: desde el Paraíso original. 

El pasado ha servido así para la identificación colectiva que nos ata: la ventaja del reconocimiento es que me permite localizar y adherirme a los mis antepasados o, al menos, a aquellos con quienes creo compartir automatismo, procedencia, estirpe. Con ello aspiro a darme una defensa contra las ofensas potenciales que siempre parecen venir de los otros, de los extraños, de los vecinos. 

Sin embargo, la historia debería servir hoy para colectivismos menos étnicos, menos afirmativos, menos guerreros. Más que para el reconocimiento, que es un modo de uniformar, de establecer la fatalidad de unas ataduras, la historia debería emplearse para el discernimiento propio, para mostrar lo que me contrasta y me separa.

 ¿De quién? De aquellos de quienes procedo, para hacer ver todo lo que desconozco de mí mismo, esa parte arcaica que también me constituye, lo que es débito o lo que es provecho, la eventualidad de que yo esté aquí. 

En la vida de cada uno no hay fatalismo ni misión que cumplir y solo un total de contingencias nos han configurado: por tanto no hay calamidades rancias, incluso seculares, que nos apremien y que nos impidan existir, ni hay bultos que estemos obligados a arrastrar y que nos rediman de esos seres circunstanciales que somos. 

La historia nos permite volver para indagar qué forjaron los antiguos, cómo enfrentaron sus vacilaciones, tan ignorantes, tan diferentes. A ese modo de cavilar lo llamamos aprender, lo llamamos escrutinio, no tipificación ni credo. 

Nada de eso le escuché a Fernando García de Cortázar. Con su ampuloso tono, el catedrático hablaba de las cosas que los religiosos de Radio María querían oír.

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Pasaje procedente de Todo es falso salvo alguna cosa. Madrid, Punto de Vista Editores, 2017)

Ignacio Martínez de Pisón.    Horas de plenitud 

Ignacio Martínez de Pisón no es un decorador, alguien que ponga o proponga un ambiente para un tema secundario. Es decir, no es un narrador ornamental. 

Es un novelista hondo, alguien que relata verdades, cercanas o remotas, clásicas y contemporáneas, vislumbres que quiere transformar en arte. 


Martínez de Pisón nos cuenta sin desmayo vidas comunes y vidas agitadas, historias vigorosas, justo cuando a sus personajes la existencia los cambia o justo cuando un pequeño o gran cataclismo los trastorna.  

Ese vuelco de sus respectivas circunstancias les obliga a afrontar y arrostrar la propia biografía; ese giro les fuerza a hacerse cargo de sí mismos y de los pícaros o avispados o calamitosos seres que son o que los rodean o de que se rodean. 

El padre, por ejemplo, es un ser esencial en las obras de Martínez de Pisón: un tipo siempre decepcionante o ausente, alguien fantasioso y frecuentemente novelero. O en todo caso el progenitor es una referencia equívoca.

Como el propio novelista reveló en alguna ocasión: “cuando tu padre se ha muerto cuando tú tenías nueve años, de alguna manera es una herida que te queda allí aunque haya cicatrizado”.

Esa laceración, dice el autor, “tiende a mostrarse cuando escribes libros, porque los libros se hacen sobre el dolor, y sobre la felicidad y las emociones que tienes”. 

Y cuando esto ocurre, añade Martínez de Pisón, “a veces tienes que recurrir a esa memoria sentimental. Y en esa memoria sentimental, evidentemente, perder al padre cuando eres niño es un hecho decisivo”.

A Martínez de Pisón, las novelas le sirven para examinarse en circunstancias no dadas; o para hacernos ver cómo se dan esas mutaciones de la vida, cómo operan el azar y la necesidad que nos transforman. 

Quien vive y vamos conociendo ya no es finalmente ese individuo que empezó en la página primera; o quien cuenta ya no dispone de los mismos recursos o valores de quien comenzamos a tratar. 

La novela es así un pedazo de la existencia que ignorábamos y que los protagonistas desconocían. Los personajes de Martínez de Pisón se nos parecen: no sabemos cómo va a marchar el curso de las cosas y, por eso, son y somos seres entrañables y patéticos que porfían en el error o en el acierto.

Sus novelas son “realistas”, dicen. Realistas, sí, si por tal se entiende narrar y mostrar lo que a esos personajes les sucede. Pero para cuando el novelista empieza (en los años ochenta), el realismo sufre un descrédito.

Precisamente por ello, el propio Martinez de Pisón tiene que asimilar lo que no es obvio: se propone desfigurar tipos o circunstancias o enrarecer ambientes o atmósferas para parecer más profundo. 

Es en los años noventa cuando la Historia común y la Historia colectiva irrumpen en la vida de los personajes, cuando la realidad conocida no es sólo marco o paisaje, sino espacio del drama.

Y el drama y las picardías son las de una clase media que protagoniza sus novelas. Una clase media con ínfulas, gentes de extracción popular que viven de sus expectativas y que, por tanto, cargan con sus frustraciones. 

Con esa mirada, la novela, la novela de Martínez de Pisón, regresa a su etapa egregia del Ochocientos, justo cuando las ficciones nos ayudaban a entender los dilemas humanos de tipos corrientes y mentirosos que, trastornados u obcecados, ambicionan cambiar sus vidas. 

Eran y son individuos de normalidad y cualidades menudas, gentes incluso mediocres, tan mediocres como podamos serlo cada uno de nosotros. 

Es por eso por lo que el humor –a veces el sarcasmo, a veces la ironía– la benevolencia y la severidad son el trato que les dispensa Martínez de Pisón.

Al fin y al cabo, son seres que aspiran torpe o juiciosamente a la felicidad. Ese horizonte, el de ser felices, que a estas alturas nos puede parecer cursi o inalcanzable, es sin embargo una meta a la que no hemos renunciado.

Y todo ello, Martínez de Pisón lo hace con sencillez bien trabajada, con levedad, sin énfasis ni pompa, sin ostentaciones ni pirotecnias verbales. Lo hace con sentimiento y asentimiento del lector.

Y lo hace con una prosa asertiva y hasta humorística que parece fluir sin apenas artificio…, a pesar de que el autor es o se declara metódico y hasta obsesivo, un escritor que se lame sus heridas o laceraciones.

Leo con placer Derecho natural (2017), la última novela de Ignacio Martínez de Pisón. Antes de empezar, yo tenía unas expectativas muy altas. El deleite se confirma. Simplemente, la prosa y la vicisitud de Angelito, el narrador, imantan.
Me esperan horas de plenitud.
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https://m.facebook.com/justo.serna/posts/10211858571440242

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Fotografía 1: Ignacio Martínez de Pisón, por Joan Sánchez (El País).

Fotografía 2: Cubierta de ‘Derecho natural’.

Fotografía 3: Ignacio Martínez de Pisón, por EFE.

Soy sexy y lo sé

Me fascina y me repele The Young Pope (2016), una realización televisiva de Paolo Sorrentino para HBO. ¿La historia de un Papa joven, bello y reaccionario que trastorna a la Curia? 

De entrada me atrae un relato de clérigos previsibles a los que un pontífice altera o enerva con su lascivia y nihilismo. Su posición fanática y su convicción religiosa casan mal con las rutinas y automatismos de la Corte. Eso nos pone en guardia o nos pone a cien. Excitadísimos, en fin.

La serie resulta interesante, incluso muy interesante, y cada plano es una saturación visual. O un ejercicio de estilo, con una morosidad estética muy propia de Sorrentino. 

El guión parece adecuado para expresar la doblez eclesial: la pompa y la inmoralidad del Vaticano. Como igualmente parece muy atinada la estética morbosa de esos cardenales mediocres y viciosos.

Jude Law encarna admirablemente al Papa, ese Pío XIII tan estomagante. El actor sabe qué hacer para representar a un personaje tan guapo y tan odioso: carga con su yo dolido, aquel que fue niño abandonado, aquel cuya orfandad reprocha al mundo. 

Que a la Curia incomode con su conducta atrabiliaria no nos lo convierte en aceptable. No nos lo convierte en más tolerable: ese Pío XIII asume su condición remota, de prisionero del Vaticano (de Pío IX a Pío XI). 


Que sea imprevisible o caprichoso no nos lo hace más simpático: la Santa Sede es una ciudad de viejos pescadores y pecadores. Y es Estado, el Estado de la Ciudad del Vaticano, en el que se reúnen lo más perverso y lo más retorcido de la política.
Es Pío XIII, un Jude Law perjudicado, un cura que se sabe sexy y pecador (Sexy and I Know it, escuchamos en una pieza musical lasciva que define al Papa lúbrico). Le gusta pescar entre sus corderos y se propone depurar una institución tan corrupta e igualmente pecadora.

Si lo pienso bien, me importa un comino la pequeña vicisitud de un Papa insólito. Menos me importaría si dicho pontífice fuera predecible. Me aburre el clero (lo padecí cuando era escolar).

Me enerva el poder de la Iglesia católica, anormalidad que debemos soportar desde hace siglos. Me saca de quicio la historia del Papado, que procuro olvidar. Detesto el dominio sagrado de las conciencias, esa gestión temporal de las riquezas, de las propiedades. Me incomoda la hipocresía de la diplomacia vaticana. 

Pero The Young Pope está tan bien contada y representada que me intereso por la vida de la Curia, por las pasiones de esos seres lúbricos y amputados. Qué bárbaros. 

Tolero mal los lujos en que los cardenales se regodean, los oros sobrantes y el arte expansivo, y tolero peor el vuelo de las sotanas y el tiro de las tiaras: es una estética que me satura, que me ahoga.  

Ahora bien, al ver la serie, me instruyo, pues en todo momento me pregunto por esa excepción del poder y de las riquezas, por ese dominio y esos retorcimientos. 

Es una ficción, me digo. 

Sí, sí, me respondo. Pero el caso de este Papa excitante y loco es la historia de un ser muy concreto y terrenal. Y hasta diabólico. Eso me digo con alivio y con un repeluzno.

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Justo Serna, Cartelera Turia, de 24 de febrero a 3 de marzo de 2017. Colaboración núm. 1 de mi columna semanal ‘Me quito el sombrero’

#carteleraturiajustoserna 1

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http://www.podiumpodcast.com/laboratorio-de-investigacion-de-series/temporada-1/the-young-pope/

¿Por qué nos escribimos?

Pregunto. ¿Por qué nos escribimos? Porque buscamos un interlocutor con quien tratarnos. Si tenemos suerte, hallaremos un destinatario que nos corresponda: precisamente alguien que ejerza de corresponsal. Nos haremos mutuamente accesibles. Qué placer.

Digo eso y me corrijo. Nuestro buzón de correo electrónico, por ejemplo, se nos llena de mails no deseados, a veces falsos o insultantes. Insólitos.

Sin ir más lejos, no hace mucho me escribió un antiguo rey o príncipe africano que pedía una ayudita, un préstamo para recuperar el trono. O una dama rusa que decía amarme en la distancia. Ambos en un inglés trabajoso que yo entendía fácilmente… 

Digo “me escribió”, me escribieron, y debo corregirme inmediatamente. Supongo que miles y miles de destinatarios fueron sondeados por el soberano o por la señora con el fin de obtener dólares o euros.

Otro caso. Hace meses recibí la comunicación de una presunta belleza eslava que quería establecer relaciones conmigo. Así, por las buenas. Me proponía el envío de mi foto. Por supuesto no respondí, eliminando ese mail: imaginaba que la supuesta dama sólo era un virus o una artimaña de estafadores.

¿Por qué antes nos escribíamos cartas? Pues precisamente porque esperábamos respuesta. La carta es como un regalo: si la recibes, de algún modo quedas obligado a responderla. No ocurre lo mismo con el correo electrónico: con éste siempre puedes no contestar, haciéndote el sueco.

En cambio, la carta entraña un esfuerzo por parte de quien nos la envía. Antes, al recibirla, no queríamos incurrir en descortesía y, por eso, la respondíamos. Se establecía así una red de obligaciones, una prestación que exigía una contraprestación.

Es posible que los lectores más jóvenes jamás hayan escrito empleando el correo postal. Era un tarea laboriosa. Había que buscar un sobre, que en casa –en la escribanía– nunca teníamos; había que ponerle un sello, esa gabela; había que emborronar unas cuartillas, con atención, con cuidado. Y había que ponerse a escribir. Era un mundo paulatino, de escritura demorada, de expectativas lentas.

Durante años, yo escribí numerosas cartas, cartas de protesta dirigidas a grandes empresas comerciales. Era a mediados de los noventa y resultó un juego divertidísimo. Si a mi hijo mayor le faltaban matutazos en su bolsa de papas, si su número era inferior al consignado en el envoltorio, ya estaba yo mandando una carta con retórica dolida. 

“Nunca creí que su empresa, tan prestigiosa en el ramo de las chucherías, pudiera defraudar las expectativas de mi hijo”, escribía, por ejemplo. Las mandaba al departamento de atención al cliente. No mentía: cuando remitía esos escritos era por un defecto real, cuyos efectos emocionales yo exageraba.

Así pasé de las chucherías infantiles a las protestas de consumidor adulto y así obtuve reparaciones de Bonka, de Cruzcampo, de Heineken, de Danone, de Telefónica…: para mí, para mi padre y para algunos amigos. Yo sentía una gran emoción cuando abría la carta que me mandaban los jefes de los respectivos departamentos comerciales.  

Los representantes de las empresas se me dirigían con gran corrección e incluso con gran temor. O eso quería creer. Me trataban como a un rey, como al rey consumidor que era y al que ellas debían rendir servicio. O como a una princesa eslava.

Los historiadores nos interesamos mucho por los epistolarios, una documentación privada que puede revelar perfiles desconocidos de los personajes históricos, de unos interlocutores más o menos parlanchines. Esas confesiones son datos, datos que son estados de ánimo, síntomas de un modo de permanecer en el mundo.

He escrito sobre las cartas o mails que remitimos o remitíamos a nuestros destinatarios, sobre aquello que recibimos o recibíamos. En uno u otro caso, lo normal es que nos hagamos mutuamente accesibles, que nos tratemos y respondamos. 

Miro ahora el buzón de mi correo de la Universidad y me dice que tengo 189 mails no leídos, casi doscientos que yo no habría contestado. ¿He de sentirme culpable? Podría desechar la mayoría. ¿Los he leído en realidad? Si pudiera prescindir de ellos inmediatamente, los habría eliminado ya. La mayor parte los he leído para luego marcarlos como nuevos, en espera de ser respondidos adecuadamente. ¿Qué cabe pensar? ¿Acaso soy un abandonado y un descortés? Hay una parte de desidia, sin duda.

¿Desidia? Ésa era siempre la palabra que decía mi padre si quería reprenderme. Así era. Por ejemplo, cuando comprobaba que en mi casa faltaban las herramientas básicas para realizar o completar ciertas chapuzas domésticas en las que él era tan habilidoso: un destornillador de estrella extraviado, un martillo grande desaparecido, una llave inglesa perdida. Quita, quita, me decía, desplegando un kit de utensilios de campaña.

Si mi padre hubiera llegado a usar el correo electrónico, no se le habrían acumulado mails: simplemente de modo resolutivo habría dado respuesta proporcionada a cada uno de ellos. Y habría hecho copia o registro de los mismos y en estos momentos yo dispondría de su archivo electrónico. 

Hay colegas que hacen eso: conservan aparte los correos que escriben o reciben para así tener su correspondencia completa e incluso para así legarlos a la posteridad, como si de un epistolario se tratara. Me parece interesante la operación, aunque algo fatua. ¿Quién podría estar interesado en las minucias que yo escribo privadamente?

Pero digo todo esto para volver al correo no consumado, esas cartas que no llegaron a su destino. ¿Qué podrían expresar? Si digo esto, pienso seguidamente en Bartleby, el escribiente (1853), de Herman Melville. Ahora lo traigo por lo que descubrimos al final del relato.

En el último párrafo, justo en el último párrafo, cuando el narrador nos detalla algunos datos de la vida del oficinista renuente, ese empleado que siempre decía “preferiría no hacerlo”, nos enteramos de algo sorprendente: “que Bartleby había sido un empleado subalterno en la Oficina de Cartas Muertas, de Washington”.

 Cartas muertas.

“¡Cartas muertas!, ¿no se parece a los hombres muertos? Concebid un hombre por naturaleza y por desdicha propenso a una pálida desesperanza. ¿Qué ejercicio puede aumentar esa desesperanza como el de manejar continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas? Pues a carradas las queman todos los años. A veces, el pálido funcionario saca de los dobleces del papel un anillo –el dedo al que iba destinado, tal vez ya se corrompe en la tumba–; un billete de Banco remitido en urgente caridad a quien ya no come, ni puede ya sentir hambre; perdón para quienes murieron desesperados; esperanza para los que sin esperanza murieron, buenas noticias para quienes murieron sofocados por insoportables calamidades. Con mensajes de vida, estas cartas se apresuran hacia la muerte. ¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!”

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Pasaje procedente de ‘Todo es falso salvo alguna cosa’ (2017), Madrid, Punto de Vista Editores.

http://puntodevistaeditores.com/catalogo/todo-es-falso-salvo-alguna-cosa-observaciones-sobre-el-mundo-contemporaneo/

Bowie.  Montreaux, julio de 2002

Estamos en julio de 2002. En el Festival de Jazz de Montreaux –el certamen más famoso de dicha localidad suiza– se anuncia un concierto de David Bowie. No es raro. El artista siempre se ha declarado amante de esa música. 


Es más, sus piezas y su imaginación introducen cada vez más motivos jazzísticos en rocks o baladas, incluso en alguna pieza remota o abiertamente folk. Así es al menos desde finales de los setenta del siglo XX. 

Por su parte, también desde 1970, el Festival de Jazz invita a artistas y virtuosos de otras músicas al certamen. 

A la altura de 2002, Bowie es una gloria que se resiste a desaparecer. De hecho, para la vida de excesos que ha llevado, la persona física, el cuerpo, se mantiene muy bien. Sigue en la carretera, sigue de gira, sigue resignándose a aviones y vuelos, ese riesgo que detesta y que le dejan mal cuerpo.

Para entonces, para 2002, Bowie sobrepasa los cincuenta y cinco años. Conserva una figura envidiable y un pelo que doma a su antojo, un cabello al que somete: se lo tinta, se lo carda, se lo estira, se lo plancha. 

Para la ocasión, Bowie viste un terno oscuro que realza su pose elegante y los gestos desmayados, casi en suspensión, de absoluta languidez. Precisamente como el que distinguimos en la fotografía que le toma Fabrice Coffrini. 

“He started the show in the very stylish black and white clobber that has become the trademark look of this tour”, leo en una crónica del 19 de julio que reproduce ahora la página oficial de David Bowie. Para entonces, para 2002, ya no vemos la estética recargada, estridente, de anteriores décadas, the ‘glam clobber’.

Hace muchos años que ha abandonado sus indumentarias glam, sus colores chillones, sus artificios más ostentosos: el lamé, las lentejuelas, los zapatos de vértigo, de enorme plataforma, los pantalones de vuelo, audazmente acampanados o los leggings, los pendientes de muchas libras, los plásticos satinados, los aderezos tras los que se oculta o se exhibe. 

Fue ese momento, hacia 1972, hacia 1974, etcétera, cuando según admite estuvo apagando el fuego con gasolina. La extravagancia indumentaria revela convulsiones anímicas y creativas, y revela el esfuerzo de un tímido por dejar de serlo. O revela la absoluta dramatización de su puesta en escena.

Ahora, en 2002, es un tipo mundialmente famoso que ha logrado todos los éxitos tan ambicionados, incluida un riqueza descomunal. Al mismo tiempo, ha cosechado fracasos materiales y humanos.

Ahora, en 2002 –insisto– su aspecto en el escenario es de un caballero, de pose refinadamente elegante, un maduro otoñal que aún puede enamorar, que todavía puede seducir a un fan de cualquier edad.

En la instantánea, en la que vemos un gesto de extrema liviandad, Bowie parece doblarse de placer o por la ligereza corporal o por el balanceo de la coreografía. 

El efecto entre el público es el mismo. Hay una larga historia detrás de ese gesto, de esa desmayada suspensión. Hay o sigue habiendo la puesta en escena de un mimo o de un clown o quizá de un crooner. ¿Cómo saberlo? 


Ah, algún día diré la mía…